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abril 13, 2023

Palacios para todas las estaciones

 

¡Hola a todos!

Empezaremos esta entrada con una pregunta: ¿A quién no le gustaría vivir en un palacio? Cuando pensamos en un palacio, a nuestra mente vienen imágenes que parecen sacadas de cuento: amplios salones, muebles dorados, sillones forrados de seda y terciopelo, cuadros inmensos, lámparas de ensueño, música de violín y clavicordio en cada habitación... Y esto no se aleja mucho de la realidad, sobre todo de la realidad dieciochesca. La época de los grandes palacios, esos que tanto han marcado nuestro imaginario, fue el siglo XVIII, y el primero que nos viene a la cabeza es el Palacio de Versalles, ¿a que sí? No es casualidad: el Palacio de Versalles es uno de los complejos arquitectónicos monárquicos más importantes de Europa, y durante años fue copiado hasta la saciedad por los miembros de la monarquía borbónica.

Pero la belleza no se limita solo a Versalles, y hay otros palacios que también merecen nuestra atención por los hermosos tesoros que guardan en su interior. En España, la llegada de los Borbones en 1700 trajo multitud de cambios en varios ámbitos y, cómo no, las residencias reales también sufrieron cambios significativos que las diferenciaban de las pertenecientes a la dinastía anterior, los Austrias. En la época, era costumbre que la corte real fuese itinerante, es decir, que los reyes no vivían todo el año en el mismo sitio, sino que se trasladaban a otras casas y palacios de su propiedad situadas en lugares más idóneos según la época del año en que se encontraban.

El motivo de esta entrada es hablaros de algunas de estas residencias palaciegas en España, más concretamente en Madrid y alrededores, ya que es donde más tiempo pasaron los monarcas, sobre todo a raíz de que se estableciera la capital en la Villa de Madrid en 1561, estando Felipe II en el trono de las Españas. Hoy vamos a hacer un recorrido de un año por los Reales Sitios de la Corona española. Acompañadme en este viaje a través de las cuatro estaciones y os hablaré un poco de cómo eran los palacios donde los reyes pasaban sus días.


PRIMAVERA

Palacio Real de Aranjuez




Al sur de la capital, entre el valle del Tajo y la desembocadura del Jarama, se sitúa la ciudad de Aranjuez, lugar donde podemos encontrar uno de los Reales Sitios más bonitos de Madrid. El Palacio de Aranjuez es, sin lugar a dudas, la principal atracción del conjunto monumental de la villa, y es visita obligada para todo amante de los palacios.

En el siglo XIV, la Orden de Santiago construye ahí una casa hospital, y son los Reyes Católicos en el siglo XV los que lo convierten en Palacio Real, y a partir de entonces será utilizado como residencia de primavera por todos los reyes de España hasta Isabel II. El rey Felipe II le dio el aspecto actual, que es de estilo herreriano y que recuerda mucho al Escorial. Sin embargo, serán Carlos III y Fernando VI quienes mandarán hacer las principales ampliaciones en un estilo más barroco, muy del gusto del siglo XVIII.

El Palacio de Aranjuez es hermoso y está lleno de sorpresas, como el pequeño despacho abovedado descubierto hace relativamente poco en la Sala de Alabarderos, el suelo original del salón comedor, las paredes revestidas de seda del Tocador de la Reina o el cuadro de un paisaje realizado con diminutas teselas. Sin embargo, destacaría por encima de todo la belleza de la Sala de la Alhambra (que en su día fue sala de fumadores), el impresionante Oratorio del Rey y la Sala de Porcelana, cuyas paredes y techos están revestidos de más de dos mil placas de porcelana finamente labradas. La lámpara de esta sala es espectacular, pues representa una palmera arrancada, y las raíces son los diferentes brazos de la lámpara. También podemos encontrar aquí parte de la colección de relojes de Carlos IV (a quien le apasionaban estos artefactos), tres magníficos pianos (uno de ellos tocado por el maestro Joaquín Rodrigo) y el carruaje de la reina Isabel II, además de los trajes que los reyes eméritos Juan Carlos I y Sofía usaron en su proclamación como Reyes de España, así como los vestidos de novia de la reina Sofía, la reina Letizia y las infantas Elena y Cristina.

Fuera ya del palacio, es imprescindible visitar los jardines que lo circundan. Se les conoce como Jardines de la Isla, y son tan bonitos que se dice que inspiraron al maestro Joaquín Rodrigo para componer su famoso Concierto de Aranjuez. Los jardines se crearon en el siglo XVIII y están sembrados de fuentes, cascadas y esculturas que representan a varios personajes de la mitología grecorromana. Su diseño recuerda mucho a los jardines palaciegos franceses, algo que no sorprende dado que la monarquía borbónica procede de Francia. Ya fuera del recinto, se puede visitar la Casa del Labrador y el Museo de Falúas Reales, donde se conservan las barcazas o falúas que los reyes usaban en sus paseos de recreo por el río Tajo o el Retiro.


VERANO

Palacio de Riofrío




Dejamos Madrid por el momento y nos dirigimos a la cercana Segovia, lugar donde se encuentra este pequeño palacio escondido entre más de seiscientas hectáreas de bosque. El edificio destaca por su unidad de estilo y su aspecto lineal y armonioso; pero, a pesar de la singularidad y belleza del entorno, fue un palacio sin huéspedes durante más de cien años, lo que lo convierte en el palacio más desconocido de esta lista, y por eso es fácil que pase desapercibido.

En el año 1751, la reina viuda Isabel de Farnesio impulsó en Riofrío la construcción de su propio señorío con la intención de dejárselo a su hijo, el infante don Luis, como lugar de retiro. Se encargó el proyecto al arquitecto italiano Virgilio Ravaglio, pero la temprana muerte de este artista hizo que otros tuvieran que encargarse de su diseño y construcción. El resultado fue este palacio de líneas sencillas y elegantes, de un estilo muy italiano. Aunque la idea principal era construir todo un complejo palaciego con casas de oficios, caballerizas, iglesias y un teatro, el ascenso al trono de Carlos III, hijo primogénito de Isabel de Farnesio, hizo que la reina viuda volviese a la corte y que no llegara a habitar este sitio, que durante muchos años sería utilizado como pabellón de caza. Habría que esperar al siglo XIX a que dos reyes tomaran Riofrío como residencia personal. El primero fue don Francisco de Asís de Borbón, esposo de la reina Isabel II, que lo usó como lugar de retiro para alejarse de las burlas y ninguneos que sufría en la capital española; y el segundo sería el rey Alfonso XII, que utilizó el palacio durante su periodo de luto por la muerte de su primera esposa, la reina María de las Mercedes.

El Palacio de Riofrío es, quizá, la residencia real menos fastuosa de todas las que componen los Reales Sitios, pero no por eso es menos bonita. Es un palacio en donde se respira una atmósfera muy hogareña. Cuando uno pasea por sus salones, ve cómo era la vida diaria de la realeza borbónica, muy lejos de la vida oficial, con toda su pompa y protocolo. En este sentido, es un palacio profundamente anticortesano. De entre sus pocos salones, destacan el Salón del Billar, la Sala de Servicio al Comedor con su montaplatos original, el Dormitorio de Francisco de Asís y el magnífico Oratorio, en donde además de recuperarse el altar que estaba oculto, se restituyó el reclinatorio del rey con la pieza de terciopelo bordada en plata y con las armas reales, y una colección de 149 cuadros pintados por Giovanni del Cinque en los que se relata la historia de la Pasión de Cristo, y que es posiblemente la mayor colección pictórica completa sobre la vida de Cristo que existe en toda Europa.

En la parte inferior de este palacio se encuentra el Museo de la Caza, que consta de una serie de dioramas donde se muestran cerca de doscientos ejemplares disecados de la fauna ibérica.


Palacio de la Granja de San Ildefonso




A once kilómetros de la localidad de San Ildefonso, a los pies de la Sierra de Guadarrama, se alza el complejo palaciego de la Granja de San Ildefonso. Felipe V, prendado de la belleza del lugar, mandó construir aquí un palacio y unos jardines adornados con esculturas y fuentes que le recordaban su infancia en la corte francesa de su abuelo, el rey Luis XIV. Fue su gran obra personal, y durante su largo reinado se ocupó de las sucesivas ampliaciones. Encargó las obras del palacio a Teodoro Ardemans y las de los jardines a René Carlier, quienes en poco tiempo terminaron el conjunto. Aquí fue donde Felipe V anunció en 1724 que abdicaría en su hijo Luis, pero a la temprana muerte de este se vio obligado a volver al trono. El Real Sitio de San Ildefonso tuvo que adaptarse a este cambio, pues había pasado de ser un lugar de recreo a convertirse en la residencia predilecta del monarca, sobre todo en los meses de verano.

El palacio de la Granja constituye una maravilla para la vista y es un magnífico ejemplo de la pompa y boato cortesanos de los primeros Borbones. Sus jardines enmarcan un edificio de estilo italiano con fachada de piedra rosa, granito y mármol de Carrara. La decoración del interior del palacio es de estilo barroco, con estatuas y techos abovedados pintados con frescos alegóricos. La sala más importante de este palacio es el Dormitorio de Sus Majestades, decorado con colgaduras de damasco ricamente bordadas, pero no son menos hermosos el Gabinete de la Reina, la Galería de Retratos, el Salón de Lacas o el Gabinete de Espejos.

Las salas de la planta baja del palacio albergan la colección de esculturas de la reina Cristina de Suecia, que fue adquirida por Felipe V y su esposa. Hay dos salas dedicadas a los cuatro continentes que se conocían por entonces, marcadas por los propios reyes con sus respectivos símbolos (el aspa de Borgoña de Felipe V y la flor de lis de Isabel de Farnesio). La Sala de Mármoles está decorada con una curiosa mezcla de mármol, bronce y espejos; el estuco blanco con bordes dorados cubre la bóveda donde se representa el rapto de Europa.

Además de recorrer las dependencias reales, no se pueden dejar de visitar el Museo de Tapices y la Capilla Real o Colegiata, construida por Ardemans y redecorada por el maestro Sabatini durante el reinado de Carlos III. Y, por supuesto, es imprescindible la visita a los jardines aledaños al palacio, en donde todos los veranos se hacen en sus fuentes los juegos acuáticos que tanto embelesaban a Felipe V.


OTOÑO

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial




Considerado la octava maravilla del mundo, el Monasterio de San Lorenzo se construyó entre 1563 y 1584 por decisión de Felipe II para ser panteón de los reyes españoles y albergar la Biblioteca, el Convento, el Seminario (hoy transformado en Colegio) y los Cuartos Reales. Agrupando en un edificio varias funciones, San Lorenzo el Real nace como un monasterio de monjes de la orden de San Jerónimo, cuya iglesia sirviese como panteón del Emperador Carlos V y de su mujer, Isabel de Portugal, así como de su hijo Felipe II, sus familiares y sucesores, y donde los frailes orasen ininterrumpidamente por la salvación de las personas reales. Asimismo, cuenta con un palacio para alojar al rey, como patrono de la fundación, y a su séquito. El Colegio y el Seminario completan la función religiosa del Monasterio, y la Biblioteca se establece para estos tres centros. Este esquema se mantiene, en cierto modo, en la actualidad. La figura de Carlos V es decisiva en la fundación de este Real Sitio por lo mucho que influyó en el espíritu de su hijo, por el ejemplo de sus últimos años pasados entre los monjes jerónimos de Yuste y por la necesidad de dotarle de una digna sepultura.

Todo lo que se diga sobre el Monasterio del Escorial es quedarse corto. Es un auténtico deleite para los sentidos y cuenta con multitud de rincones tan bellos como curiosos. Son realmente impresionantes la Basílica, que marca el eje principal del monasterio y es uno de los ejemplos arquitectónicos más notables del Renacimiento español; el claustro principal, en donde encontraremos una nave decorada con un magnífico fresco titulado La Gloria de la Casa de Austria; el Panteón de Infantes y el Panteón de Reyes, donde están sepultados los miembros de la familia real española. Es sorprendente la Real Biblioteca, fundada por Felipe II como centro del saber científico y humanístico del Renacimiento, con obras manuscritas e impresas de diferentes épocas, lenguas y culturas, y que fue puesta por el propio rey a disposición de cualquiera que necesitara consultar esos libros para sus estudios e investigaciones.

En el Monasterio también se construyeron las estancias palaciegas, y podemos encontrar las habitaciones en las que vivieron los Austrias y los Borbones respectivamente. El palacio de los Austrias está enclavado a ambos lados de la cabecera de la Basílica. Cuenta con el Cuarto del Rey y el Cuarto de la Reina, distribuidos de manera simétrica. Las estancias utilizadas por los Borbones durante el otoño, época en la que solían ir al Escorial, están vestidas con una fantástica colección de tapices, mobiliario y otras artes decorativas de los siglos XVIII y XIX.


Casita del Príncipe




La Casita del Príncipe, o Casita de Abajo, es otra de las residencias de la familia real española, aunque suele pasar desapercibida para la mayoría de los visitantes. Fue construida en la villa de El Escorial entre 1771 y 1775 a partir de un diseño de Juan de Villanueva, uno de los arquitectos más importantes del neoclasicismo español. El motivo de su construcción obedece a fines recreativos, pues fue utilizada en diversas ocasiones por Carlos IV, por entonces Príncipe de Asturias. No muy lejos de su enclave se encuentra la Casita del Infante, o Casita de Arriba, destinada al Infante Gabriel de Borbón, hijo de Carlos III y hermano de Carlos IV, aunque su valor histórico y artístico es inferior.

La Casita del Príncipe es como un pequeño lugar de ensueño. Está rodeada por dos jardines comunicados entre sí por dos pórticos de columnas toscanas, y cuenta con fuentes, cascadas, estanques, paseos y setos de boj, muy del gusto de la época. A esto se añade la existencia de un extenso parque a su alrededor, poblado por especies autóctonas, como el roble y la encina; alóctonas, como la secuoya y el pinsapo; y otros árboles típicos de jardines.

El interior de la Casita guarda una relevante decoración dieciochesca, que recuerda mucho a un pequeño Palacio de Versalles o un Petit Trianon. Cuenta con decoraciones neoclásicas de Ferroni, de estilo pompeyano y etrusco, sedas, tapicerías, mobiliario, lámparas y relojes. Además, alberga una valiosa colección de pinturas auténticas, entre las que destacan las realizadas por Luca Giordano, de estilo muy exuberante. En esta Casita, el Príncipe de Asturias y su esposa, María Luisa de Parma, buscaban escapar del protocolo cortesano y pasaban las horas solos o con sus amigos jugando, tocando instrumentos musicales o disfrutando de pequeñas representaciones teatrales. El hecho de que en la Casita no haya un cuarto destinado a dormitorio demuestra que su uso se limitaba a disfrutar de la casa durante el día, ya que por la noche se retiraban a dormir a sus estancias en el Monasterio del Escorial.


INVIERNO

Palacio Real del Pardo



El Palacio Real de El Pardo es un edificio vinculado estrechamente a la historia de España. Mandado construir por orden de Carlos V en el siglo XVI, fue mandado ampliar en el XVIII por Carlos III. Sus orígenes como cazadero real están vinculados al monte de El Pardo, un espacio natural de gran valor y considerado como el bosque mediterráneo más importante de la Comunidad de Madrid. Aunque durante mucho tiempo fue la residencia invernal de los Borbones, desde 1983 fue la residencia oficial de los Jefes de Estado extranjeros, e incluso el dictador Francisco Franco llegó a vivir aquí.

Felipe II terminó la obra del palacio que había iniciado su padre, introduciendo por primera vez las techumbres de pizarra a la flamenca, con altos caballetes y chapiteles, y decorando su interior con importantes frescos y una galería de retratos donde había obras realizadas por el mismo Tiziano. Felipe III se encargó de reedificar el palacio tras su destrucción en un incendio, pero Felipe V alteró completamente la distribución del interior para albergar a toda la corte. Será Carlos III el que le encargue a Sabatini la ampliación de este palacio con un patio igual al que ya existía y con un paso para las carrozas, además de decorar las habitaciones del Príncipe de Asturias con varias series de tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara, entre los que se encuentran obras de Ramón Bayeu, José del Castillo y Francisco de Goya. En este palacio, entre otros habitantes, estuvo el rey consorte Francisco de Asís de Borbón durante su primera separación de su esposa, la reina Isabel II; fue aquí también donde Alfonso XII pasó su luna de miel con su amada esposa María de las Mercedes, y donde se retiró a finales de 1885 para mejorar su salud, cosa que no sucedería. También se alojó aquí la futura reina Victoria Eugenia de Battenberg días antes de su boda con Alfonso XIII.

El palacio presenta, en su apariencia exterior, la doble herencia que recibió del viejo alcázar de los Austrias y las sucesivas reformas llevadas a cabo por los Borbones. La planta triangular, el foso, los torreones en las esquinas, las puertas y ventanas enmarcadas con piedra labrada, los techos de pizarra y los emplomados nos hablan de su etapa Austria. Pero las torres achatadas, las mansardas y el enfoscado color crema, así como la fachada obra de Sabatini, son fruto de su época Borbónica.

Entre las muchas cosas hermosas que alberga el Palacio de El Pardo, destacan varias de sus salas, como el Aposento de la Reina, en cuyos techos están representadas varias escenas de la vida de José, hijo de Jacob; la iglesia, con su inmensa bóveda central (donde se casaría años más tarde Carmen Martínez Bordiú, nieta de Franco); el Teatro de la Corte, de los pocos que se conservan en España con esas características; el Comedor del Rey, que se convertiría en Salón de Embajadores en el siglo XIX y luego en despacho oficial de Franco, y a su alrededor estancias como el Oratorio, la Sala del Café y la Sala de Aparadores.

En el recinto palacio de El Pardo también hay otros lugares hermosos que se pueden visitar, como la Casita del Príncipe (ojo, no es la misma que la de El Escorial), la Sala Histórica de la Guardia Real, el Convento de los Padres Capuchinos, la Quinta del Duque del Arco y el propio Monte de El Pardo.


Palacio Real de Madrid




Y terminamos con el Palacio Real, el más grande de Europa occidental y también uno de los más grandes del mundo. Es, además, de las pocas residencias oficiales de Jefe de Estado que está abierta al público, ya que, aunque los Reyes de España realizan aquí actos oficiales, su residencia habitual es el Palacio de la Zarzuela.

El Palacio Real, tal como lo podemos ver, data del siglo XVIII. Fue construido sobre los restos del antiguo Alcázar de Madrid, que Felipe II convirtió en residencia oficial de los Reyes de España desde 1561. Pero este Alcázar quedó completamente destruido a raíz de un incendio ocurrido en la Nochebuena de 1734, por lo que el Palacio como tal se construyó en época de Felipe V, y se hizo al estilo francés versallesco. Arquitectos italianos como Filippo Juvara y Juan Bautista Sachetti dieron forma a este colosal palacio, aunque otros distinguidos arquitectos participaron, como Ventura Rodríguez, de quien es la Real Capilla, o Francesco Sabatini, que se encargó de la conclusión del edificio y de la magnífica escalinata que recibe al visitante. Las obras del Palacio Real terminaron en época de Carlos III, primer monarca que habitó de forma continua este palacio.

De las más de tres mil habitaciones de las que consta el Palacio Real, el visitante solo podrá ver once, en donde está concentrado todo el esplendor de los primeros Borbones. Los impresionantes frescos de Giaquinto y Tiepolo transmiten el espíritu del Barroco, tan abigarrado y extravagante, y que contrasta con la sobriedad de la que hacían gala los Austrias. Son absolutamente arrebatadoras las Estancias del Rey, decoradas por el artista del estuco Gasparini, con sus paredes y muebles forrados de seda bordada, los grandes espejos, las magníficas lámparas y el mosaico del suelo, que ya habla de un estilo cercano al Rococó. Tampoco nos debemos perder el Salón del Trono, conocido también como Sala de Embajadores, donde se respira el lujo y la belleza, desde el mobiliario hasta la gran pintura de la bóveda; las consolas, los espejos de la Granja, los relojes y las excepcionales arañas de cristal tallado dan al salón la prestancia regia que requiere esta sala. Otra sala que tampoco debemos ignorar es el Salón de Porcelanas, una pequeña habitación totalmente revestida de placas de porcelana atornilladas una por una. La Capilla Real, de arquitectura y materiales muy refinados, es un festival de mármoles negros, estucos dorados, pinturas de Mengs y esculturas de gran belleza, todo bajo una cúpula en la que Giaquinto pintó la coronación de la Virgen; mención aparte para el espectacular órgano de 1778, construido por el mallorquín Jorge Bosch, organero de Su Majestad.

Es imposible hablar de toda la belleza que se ha concentrado en el Palacio Real de Madrid, pues es algo que todos deberíamos ver alguna vez para deleitarnos con su esplendor. Desde la Sala de Alabarderos hasta las Cocinas, pasando por la Armería Real, todo es de una maravilla difícil de describir. Solo puedo decir que tenéis que verlo por vosotros mismos, y que la fantasía de cada uno se deje llevar por donde quiera.


diciembre 13, 2016

Crónicas Viajeras: Mis primeras vacaciones en Khazad-dûm!


¡Hola a todos!

¿Qué tal, qué os contáis? Yo estoy recién llegada de Zaragoza, donde durante unos días nos hemos engalanado para convertir el Hotel Diagonal Plaza en las estancias de Khazad-dûm, también conocida como Moria, el reino de la Mina del Enano. Sí, amigos: la Sociedad Tolkien Española (en adelante, STE) organiza todos los años una gran reunión a la que pueden acudir los socios pero también los que van con intenciones de unirse y algún que otro curioso que solo quiere ver de qué va la cosa. Esta mereth aderthad, o 'fiesta de la reunión', es un acontecimiento que los tolkiendili de la STE esperan con ansia, ya que es el momento en el que se reúnen amigos que hace mucho tiempo que no se ven. Y también, como en mi caso, es una buena ocasión para hacer nuevos amigos.

Hoy os voy a traer, pues, la crónica de lo que ha sido mi primera experiencia en una Estelcon. Han sido cuatro días muy intensos en los que ha habido infinidad de sonrisas, hermosas canciones, mucha voluntad por parte de todos pero, sobre todo, una muestra perfecta de lo fuertes que pueden ser los lazos de la amistad.


Día 1

¡Empieza el viaje! Bueno, para mí en realidad el viaje ha empezado un día antes. El 7 de diciembre he tenido que partir hacia Lugo para hacer noche allí, ya que el tren que debía coger para ir a Zaragoza no saldría hasta la mañana siguiente. Cada vez que voy a Lugo me gusta mucho dar un paseo por el casco antiguo para visitar la muralla una vez más. Sin embargo, he tenido que invertir parte del tiempo en buscar la estación de tren para poder ir a tiro fijo al día siguiente; conociéndome y sabiendo que tengo tendencia a perderme, he hecho bien en buscar la estación y el camino más corto desde la pensión donde me he alojado.

Siempre me ha gustado mucho viajar en tren, y la perspectiva de tener diez horas de viaje por delante no me desanimó en absoluto. Aunque ha habido momentos en los que se me ha hecho realmente pesado (a los que se suma el haber tenido que tragarme dos películas bastante mierdosas que NO volveré a ver en mi vida), cuando llegué a Zaragoza tenía un buen estado de ánimo. Cansada, sí, pero muy contenta por haber llegado por fin a mi destino.



Amanecer en la estación de tren de Lugo


Un largo trayecto en taxi después, llegué por fin al Hotel Diagonal Plaza, situado fuera de lo que es la ciudad de Zaragoza. Nada más entrar he podido encontrar al comité de bienvenida, quienes registraron mi llegada y me obsequiaron con un wellcome pack que contenía el programa de actividades, una chapa acreditativa con mi nombre y apodo tolkiendili, y el cancionero, un pequeño librito que contiene todas las canciones que íbamos a cantar durante la cena de gala. Parece una tontería, pero me ha hecho una ilusión enorme recibir estos obsequios, y os aseguro que los guardaré como un tesoro toda la vida.

Una vez registrada, dejé mis cosas en la habitación y bajé a mezclarme con la gente. Y tengo que decir que para alguien tan tímido como yo no es nada fácil ir y lanzarse a hablar con gente desconocida. Sin embargo, había tan buen rollo que no me costó casi nada abrirme con los demás. Y aquí tengo que hacer una mención especial a los integrantes del smial de Lórien, con los que cené esa primera noche, pues me lo he pasado de maravilla con ellos hablando de todo un poco. Los organizadores de la Estelcon nos reunieron a todos en una sala para darnos la bienvenida y dar por inaugurada la Estelcon 2016, tras lo cual todos volvimos a mezclarnos para hablar y compartir experiencias.

Y si la Estelcon es el mejor momento para el reencuentro con los amigos, yo no me podía quedar atrás, ya que he tenido la maravillosa alegría de volver a ver a Estelwen Ancálimë y a su señor marido, el Rey Brujo de Angmar (por cierto, ¿cómo ha acabado casándose una elfa Teler con un Nâzgul? Misterios de la vida, XD). La felicidad que he sentido al volver a verles después de más de un año ha sido enorme y, por fortuna, nos quedaban por delante tres días más para ponernos al día y hacer actividades juntos.



Estandartes tolkiendilis


Después de una agradable cena, tocaba asistir a la lectura de cuentos y pasajes de las obras de Tolkien. Cuando me dijeron que este solía ser uno de los momentos más emotivos de la Estelcon me costó un poco creérmelo; pero hay que estar allí para darse cuenta de toda la carga emocional que tiene la lectura. Los lectores escogen aquellos pasajes que más les han llenado a nivel sentimental o espiritual, y eso se nota cuando leen, pues ponen una entonación peculiar y contagian sus sentimientos a todos los asistentes. Ha sido una ocasión muy especial y, aunque no he leído, sí que me ha inspirado ganas de animarme a hacerlo algún día.

Después de la lectura, nos fuimos todos a dormir, que al día siguiente tendríamos que hacer muchas cosas.



Día 2

¡Vamos allá! La Estelcon empieza por todo lo alto con un buen desayuno. Pero tuve que acabar pronto, ya que a primera hora iba a asistir a una conferencia impartida por el mismísmo Rey Brujo acerca de la guerra en la Tierra Media. Me ha parecido una charla muy interesante, con un trabajo de documentación impresionante y una manera de impartirla atractiva y envolvente (no soy muy dada a los temas de guerra, pero con esta charla me he quedado impresionada). Por desgracia, unos problemas técnicos quitaron mucho tiempo de la conferencia. Además, la amplitud del tema tratado y el hecho de que hubiera preguntas en medio de la charla contribuyó a retrasarla; el resultado fue que se ha tenido que terminar la charla a todo correr y nos quedamos sin saber algunas cosas. Una lástima, la verdad.

Después de comer, tocaba asistir a otra charla, esta vez a cargo de Estelwen Ancálimë, que nos ha amenizado la tarde con una conferencia deliciosa en más de un sentido. Y es que el tema versaba sobre la gastronomía de los distintos pueblos de la Tierra Media. Pero además de lo entretenida y bien estudiada que estaba la charla, los asistentes también pudimos disfrutar de las extraordinarias dotes culinarias de Estelwen, ya que nos ofreció una merienda a base de galletas de turrón de Jijona y unas Chips Ahoy caseras realmente deliciosas. ¡Así da gusto! ^^*



Juegos, bailes y actividades


Después de un pequeño paseo, tuve la oportunidad de participar en una actividad cuyo título de presentación, El miedo en Tolkien, no daba demasiadas pistas acerca de en qué consistía. Pero de los cobardes nunca se ha dicho nada, así que al final me he animado a ir, y la verdad es que me lo he pasado bastante bien. En una habitación, con los ojos vendados y sin más remedio que confiar en las manos que nos guiaban a ciegas, unas voces nos ponían en situación narrando un escenario tenebroso y oscuro sacado de algunos pasajes de la obra de Tolkien, como la aparición del Nâzgul en la Comarca, la desazón de los hobbits al despertarse en las Quebradas de los Túmulos y el apuñalamiento de Frodo en la atalaya de Amon Sûl. Yo no soy muy miedosa, pero la verdad es que la ambientación estaba muy bien conseguida y en todo momento se estaba en tensión.

A lo largo de la tarde también he tenido ocasión de dar un paseo por el recinto del hotel, donde se llevaban a cabo otras actividades como juegos de rol, música, bailes, manualidades. Para quienes habían venido con sus hijos también había un Agujero Hobbit que ofrecía refugio y actividades para los más pequeños. A la hora de la cena volvimos a reunirnos todos para hablar e intercambiar nuestras impresiones sobre las cosas que habíamos hecho ese día.



Los de Amon Hell haciendo de las suyas


Pero después de cenar tocaba disfrutar de una buena sesión de música a cargo del grupo Amon Hell (me encanta el nombre), que también fueron los encargados de impartir el taller de actitud tolkienrockera. Además, el concurso Tu Bardo me Suena me ha conquistado por completo!



Día 3

El sábado suele ser el día más importante de una Estelcon, ya que esa noche suele celebrarse la cena de gala. Sin embargo, hasta entonces se puede seguir disfrutando de otras actividades. Y en mi caso, como no había actividades por la mañana aparte de la Asamblea General (a la que solo pueden asistir los socios de la STE), me lo he pasado muy bien yendo de un lado para otro y hablando con la gente.

Después de la comida tenía previsto asistir a un taller de scrapbooking tolkiniano. ¿Y qué es el scrapbooking?, se preguntará mi inteligente audiencia. Pues el scrapbooking significa hacer libritos y cuadernos a partir de recortes de papel y cartón de diferentes formas y colores. Cada participante recibió una bolsa con un kit que contenía todo lo necesario para hacer un pequeño álbum de fotos al más puro estilo Tolkien, con el detalle añadido de que todos y cada uno de los álbumes que se hicieron eran diferentes unos de otros. Esto ha hecho que haya sido una actividad muy original y entretenida (además de abrirme las puertas a las maravillas de la cinta adhesiva de doble cara).



Mi primer álbum de scrapbooking


Y por la noche llegó el evento que todos estábamos esperando con ganas: ¡La cena de gala! Este es el momento en el que todos los asistentes a la Estelcon se visten con sus mejores galas y se preparan para la cena, no sin antes pasar por el photo-call para hacerse unas fotos para el recuerdo. Durante la cena he podido disfrutar de una deliciosa comida acompañada de risas y bellas canciones que no habrían desagradado a Tolkien. Al final se obsequió a cada invitado con un mathom, un regalo que los hobbits solían hacerse en los días de sus cumpleaños y que consistía en un obsequio que no servía para nada; en este caso, el regalo ha sido una bolsita con unas piedrecitas decoradas para jugar al tres en raya... o tres en Moria, como pone en la bolsita. También los organizadores han recibido varios mathom de parte de los miembros de otros smiales, entre los que se encontraba un libro caja y una Piedra del Arca. Ah, y no nos olvidemos de mencionar la magnífica piñata rellena de caramelos y la emocionante carrera de flanes, en la que Cuernavilla se declaró vencedora varias veces seguidas.



Engalanada para la cena


Después de la cena, llega lo que se conoce como la Noche Intemporal, ese momento mágico en el que nos reunimos todos para hablar, cantar y jugar durante una noche que esperamos que no termine jamás. Es un momento en el que prima la alegría por estar todos juntos, pero también cierta tristeza, ya que sabemos que al día siguiente todo habrá terminado y nos tendremos que ir a casa.


Día 4

Y así es como llegamos al final. Después de desayunar todos juntos por última vez, toca hacer las maletas y aprovechar para hacer algunas compras de última hora en la Esteltienda. Pero el temido momento llega, y el acto de clausura se llevó a cabo en medio de una emoción tan grande que a más de uno se nos han saltado las lágrimas. Tras la entrega de los premios que la asociación concede al mejor ensayo, a la mejor obra de arte y al mejor relato de ficción, uno de los anfitriones lee para todos el fragmento final de El Retorno del Rey, en el que Frodo se despide de sus amigos para partir con Bilbo, Gandalf, Elrond y Galadriel hacia las Tierras Imperecederas, dejando a sus pobres amigos Sam, Pippin y Merry desconsolados. Este párrafo es especialmente emotivo porque, aunque es un final muy apropiado para la trilogía de El Señor de los Anillos, deja un regusto un tanto agridulce, ya que Frodo no disfruta de las dádivas del héroe por haber salvado a la Tierra Media de la maldad de Sauron, sino que se ha convertido en un personaje al que todavía aquejan los recuerdos del viaje vivido y el dolor sufrido después de tantas penalidades, por lo que su única oportunidad de conseguir la paz de espíritu que tanto necesita está en viajar rumbo a las Tierras Imperecederas, de donde no podrá volver nunca más.

Por supuesto, no tiene por qué ser así en el caso de los tolkiendili. A pesar de la tristeza que suponen las despedidas y de alguna lagrimilla que todavía resbala por nuestras mejillas, queda la esperanza de que tal vez volvamos a vernos el año que viene. Por eso, a pesar de que poco a poco abandonamos el hotel y nos dirigimos hacia la estación de bus o de tren, todos nos hemos ido con la certeza de que es muy posible que volvamos a vernos en la próxima Estelcon. Yo, desde luego, tengo ganas de que sea así.



Carrera de flanes, el próximo deporte olímpico


Pero mi viaje no acaba aquí, para nada. Como ya sabéis, yo vivo en Galicia, una comunidad autónoma muy verde y muy bonita, pero con un sistema de comunicaciones bastante caótico, a prueba solo de los más valientes o los más inconscientes. Esto quiere decir que he tenido que buscar la manera de entretenerme desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche, que era cuando salía el autobús rumbo a mi tierra. ¿Y qué hacer para distraer tantas horas? Pues darse una vueltecita por Zaragoza para visitar la basílica del Pilar y hacer algunas compras para la familia. He disfrutado mucho viendo la basílica, pero me ha dado pena no poder sacar fotos por dentro; estaba expresamente prohibido, como indicaban los carteles, aunque algún turista japonés se las ha arreglado para sacar fotos.

De vuelta en la estación, una interminable espera de cinco horas estuvo a punto de hacerme perder la paciencia. Estaba agotada por haber dormido tan pocas horas, pero el viaje en bus no fue mucho mejor, ya que de diez horas de viaje tan solo he podido dormir cerca de dos (aunque me lo he pasado muy bien viendo Cómo entrenar a tu dragón a las cinco de la mañana). Y la cosa no mejora cuando sabes que, a pesar de haber llegado a Lugo, todavía quedan tres horas más de autobús para regresar a casa. Ay, madre mía, qué cansancio...



Basílica del Pilar


¡Y hasta aquí mi primera experiencia en una Estelcon! A pesar de que el viaje tanto de ida como de vuelta ha sido matador, me queda la agradable sensación de que todas y cada una de las horas que he invertido en él han valido la pena. Me alegro de haber conocido a tanta gente divertida y maravillosa, y espero algún día poder volver a verles.

¡Nos vemos, amigos!

noviembre 26, 2015

Crónicas Viajeras: Granada, la bella


¡Hola a todos!

Pues, como he dicho en el post anterior, voy a contaros cómo ha ido mi viaje a Granada, que ha sido uno de los más bonitos que he tenido el placer de realizar. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de visitar las tierras sureñas de España. También ha sido mi primera vez en Andalucía, y me alegro de decir que he entrado con buen pie, visitando una de las ciudades más hermosas del país. En principio yo no tendría que ir a Granada para nada, pues la que tenía que ir era mi amiga Andrea, que tenía que asistir a un congreso; yo iba de acompañante o, como dicen las abuelas, de "pendoneo" (aunque me he portado bien, ^^*).

Pero, ¿para qué os lo voy a contar ahora si puedo explayarme como si esto fuera un diario?

Pues eso, ¡espero que os guste leer mis aventuras en tierras granadinas!

¡Vamos allá!



Día 1

Empezamos con la parte durilla, que ha sido toooodo el viaje de ida. ¡Madre mía, qué viaje más largooo! Yo ya sabía que Galicia y Granada estaban en esquinas opuestas de la península, pero nunca me imaginé que el viaje pudiera hacerse tan largo. ¡Once horas me he tirado en el coche con mi amiga Andrea y su novio! Pero bueno, al final llegamos a Granada y nos instalamos en el apartamento que habíamos alquilado.

Este primer día no ha dado tiempo a nada, pues sólo salimos del apartamento para hacer la compra y volver, ya que estábamos cansadísimos. Así que, cenita rápida y a dormir.



Día 2

¡Día espectacular, porque fuimos a ver la Alhambra! Como somos muy pros, decidimos pasar del coche y del transporte público y nos lanzamos a la caminata de dos kilómetros hasta llegar a la Alhambra. Después de dar muchas vueltas y de subir una cuesta que parecía interminable, por fin llegamos a la Alhambra. Al principio todo era confuso in my mind, porque había mucha gente pululando por los alrededores y no se sabía quiénes entraban ni quiénes salían de la Alhambra, así que tuvimos que buscar la cola correspondiente. Después de esperar unos minutos, cogí mi entrada con gran alegría y entré en la Alhambra dando saltitos.




Y es que no es para menos. Todos sabéis cómo es la Alhambra: habéis visto fotos, habéis leído sobre ella, alguien os lo ha contado... Pero verla, pisarla, contemplarla en todo su esplendor... No hay palabras para describir esa sensación, esa emoción que te embarga por dentro. A lo mejor os puedo parecer una exagerada, pero para alguien como yo, que ha estudiado Historia, que se ha sentido fascinada por el Arte... os podréis dar una idea de cómo latía mi corazón en ese momento.

La Alhambra es un lugar fascinante que se presta a todo tipo de fantasías románticas (entendiéndose como perteneciente a la corriente literaria del Romanticismo). Es imposible no pasear por sus salas, patios y habitaciones sin rememorar algún pasaje de los Cuentos de la Alhambra, novela escrita por Washington Irving en 1829. Si no conocéis esa obra, siempre podéis dejaros llevar por vuestra imaginación, cerrar los ojos y pensar qué historia se podría haber forjado en el interior de la Torre de las Infantas o en el Patio de los Leones. Pues visitar la Alhambra se presta a eso y mucho más. ¿Qué puede ser más hermoso que pasear por los Palacios Nazaríes, construidos para asegurar el retiro y disfrute privado de los sultanes de Granada? ¿Cómo se puede expresar la emoción que supone tener a un palmo de nuestras narices el hermoso alicatado de las paredes o los exquisitos mocárabes de yeso que parecen caer del techo como estalactitas? ¿O las albercas, acequias y fuentes que hallamos en cada patio, mostrando la predilección que los nazaríes sentían por el agua? No, no hay palabras para describir tanta belleza.




El resto del día se fue en comer, callejear un poco y pasarse por el Hotel Nazaríes, donde se celebraba un congreso de Psicología. Aunque no soy psicóloga, he podido entrar como oyente y presenciar algunas conferencias muy interesantes, que me podrían servir en un futuro para elaborar los caracteres de posibles personajes de mis novelas. Así que, estad atentos.



Día 3

Seguimos con la visita a la hermosa Granada, esta vez por la zona urbana. En el centro neurálgico de la ciudad, junto a la Catedral, se encuentra la Capilla Real de Granada, lugar donde se encuentran enterrados los Reyes Católicos, Juana la Loca y su esposo, Felipe el Hermoso.




La Capilla es uno de los recintos sacros más bonitos que jamás he visto, con ese magnífico retablo mayor y el dominio absoluto del dorado. Las tallas policromadas eran magníficas, aunque había alguna francamente tétrica, como la de la decapitación de San Juan Bautista o el martirio de San Juan en la olla (ay...). Aunque todo queda eclipsado ante la verdadera atracción de la Capilla, que son los sepulcros de los Reyes Católicos y sus sucesores, Juana la Loca y Felipe el Hermoso. Los féretros se encuentran en una cripta subterránea, incluido en del infante Miguel de Portugal, nieto de los Reyes Católicos, que murió siendo niño.

En una sala anexa se encuentra el museo de la capilla, con objetos tan valiosos como diversas pinturas de la época, varias piezas de orfebrería, estandartes, los objetos de rezo de Isabel I, la corona y el cetro de la reina Católica, la espada del rey Fernando, diversos estandartes y vestiduras de los reyes. Todo era muy hermoso, pero me pareció un poco mal que no se pudieran sacar fotos en el recinto. Me habría gustado tener una foto de la corona de Isabel la Católica...




Más tarde, seguimos de paseo por Granada. Esta vez volvimos a pasar muy cerca de la Alhambra, concretamente por el Paseo de los Tristes, una calle empedrada paralela al río Darro en donde el tiempo parece haberse detenido. Este lugar fue homenajeado por el grupo español Mägo de Oz en su canción El Paseo de los Tristes, en la que cantan sobre un amor desdichado entre una doncella cristiana y un joven musulmán. Pero lo cierto es que su nombre viene por otro motivo: Antiguamente por allí pasaban los cortejos fúnebres que se encaminaban al cementerio que había junto a la Alhambra.

Por el camino iremos viendo diversos palacetes de los siglos XVI y XVII, el puente de Chirimías y el del Aljibillo y algunos baños árabes muy bien conservados. Al final del paseo se puede subir por dos cuestas, la del Chico o la del Chapiz, aunque por aquí ya no fuimos porque yo, que soy muy lista, llevaba botines de tacón y así era imposible caminar. Pero vamos, que lo más bonito lo he visto, ^^*






Día 4

Más que día, debemos decir tarde, porque me levanté tardísimo y me pasé gran parte de la tarde asistiendo a conferencias de Psicología. El día también se vio un poquito afeado por una tenue llovizna que estuvo a punto de echar al traste mis planes de salida nocturna. Y es que llevábamos tres días en Granada... ¡y no habíamos salido ni una sola vez a tomar algo o zamparnos una tapa! Eso no podía ser. Yo no podía irme de Granada sin comerme un par de tapas (y comprarme un corsé de estilo gótico muy bonito... ¡Pero esa es otra historia!), así que convencí a mis amigos para salir esa noche un rato.




Después de una hora dando vueltas, ya que no teníamos muy claro a dónde ir, nos metimos en un lugar un tanto... paradójico. Me explico. ¿Os acordáis de aquel capítulo de Los Simpson en el que van a Tokyo, y Homer sugiere que vayan a comer a un restaurante llamado Americalandia? Pues esto fue igual, porque fuimos a parar al bar Rías Altas; un bar gallego, para entendernos. 

El segundo lugar al que fuimos lo encontramos en pleno centro de Granada: un sitio llamado Bib-Rambla, decorado en un estilo Art Déco realmente encantador, con madera, mármol, dorado y vidrieras de colores. Creo que el Bib-Rambla tiene ya sus añitos, o tal vez fue mi impresión, porque estar allí dentro era como regresar a los años 20 ó 30 (si hubiera aparecido el Gran Gatsby, a mí no me habría extrañado nada). Bueno, el caso es que nos pareció el sitio idóneo para otra tapa. Y la elegida por mí ha sido una buena tapita de queso manchego con aceite de oliva y unas aceitunas verdes para acompañar. Adicta como soy al queso (me gustan todos, en serio), ya os podréis hacer una idea de lo mucho que me ha gustado, ^^*.






Día 5

Pues este día ha sido igual que el primero, en el sentido de que tocaba despedirse de Granada y regresar a casa. Es decir, otras once horas de carretera. Lo bueno es que esta vez el viaje me ha resultado más llevadero. Puede ser porque el viaje tocaba a su fin y volvía a mi tierra; ya sabéis cómo somos los gallegos con la morriña. Me ha gustado mucho ir viendo el paisaje de las dos Castillas y compararlo con el que tanto conozco; sé que las comparaciones no son buenas, pero no puedo evitarlo. Como tampoco he podido evitar sentir cierta emoción al pasar Ponferrada y ver nieve (¡nieve!) en las montañas. Frío, lluvia, niebla... era lo que me esperaba a mi regreso. Bendita sea la morriña, ^^*.



¡Y nada más! Este ha sido mi viaje a Granada, que algún día me gustaría repetir si tengo la oportunidad. Ha sido un privilegio para mí poder ver una tierra tan bonita y llena de historia, y poder presenciar maravillas arquitectónicas como las que hay allí. ¿Adónde me llevará la vida en mi próximo viaje?

julio 21, 2015

Partida y regreso: Historia de una gallega en Valencia


¡Hola a todos!

Pues ya estoy de vuelta de mis vacaciones. Este año he decidido tomarme unas buenas vacaciones en tierras valencianas. ¿Y por qué?, os preguntaréis. Pues porque allí viven algunas personas a las que les tenía mucho aprecio, pero a las que ahora quiero con toda mi alma, pues se han ganado a pulso un lugar en mi corazón. Así que pensé: ¿Por qué no ir allí a verles y, de paso, pasar unos días? Y eso fue lo que hice.

Ahora, recién llegada de mis vacaciones, os traigo la crónica detallada de mis aventuras en Valencia. ¡Con fotos!

Seguid leyendo y dejad que comparta con vosotros mi viaje. Esta es la historia de mi propia aventura inesperada, el relato de una partida y un regreso.



Día 1



Vista de Valencia


¡Empieza el viaje! La primera parte del trayecto ha sido la más fácil, pues sólo he tenido que tomar dos autobuses a Santiago; como siempre que quiero ir de visita a la capital. Pero esta vez ha habido una diferencia notable, y es que estaba más cansada que de costumbre. Llevaba tanto tiempo esperando este viaje que la noche anterior casi no pude dormir. ¡Y tampoco ayuda mucho el tener que levantarse a las seis de la mañana para coger el bus de las siete! Pero bueno, esas son las maravillas de los enlaces de los autobuses.

En Santiago todo estaba prácticamente tal y como lo había dejado la última vez. Tuve la oportunidad de estar con algunas de mis amigas y antiguas compañeras de carrera, con las que he podido ponerme al día y rememorar historias del pasado. Después de todo un día redescubriendo mi querida Compostela, tocaba cenar e irse a dormir. Aunque no he podido dormir gran cosa: Al día siguiente tenía que volver a madrugar para ir al aeropuerto de Lavacolla y tomar mi avión. Así que se puede decir que la jornada fue bastante intensiva y extenuante, pero no lo suficiente como para hacerme caer rendida.



Día 2



El Micalet


Aquí se puede decir que empezó el verdadero viaje. Al ser la primera vez que iba a viajar en avión, estaba muy nerviosa. Pero el avión iba a ser el menor de mis problemas, porque lo peor es el aeropuerto. Primero, he tenido problemas por no haber facturado mi maleta online; el resultado fue que me pegaron una clavada descomunal por facturar la maleta en el aeropuerto (ahora ya sé por qué gana Ryanair tanto dinero, ¬¬). Después tocaba pasar por mil tropecientos controles de seguridad, así que venga a quitarse collares, pendientes, pulseras, chaquetas… dejarlo todo en su bandejita correspondiente y luego volver a ponérselo todo. Bueno, por lo menos no me han cacheado… todavía.

Después venía lo que para mí es la peor parte: la espera. No me puedo resistir a rememorar la mítica canción de Tom Petty en la que decía the waiting is the hardest part, porque tiene toda la razón. Esperar con los nervios a flor de piel, el estómago casi vacío y con la perspectiva de subir a lo que viene a ser un autobús estrecho con alas, no resulta tranquilizador. Pero bueno, hay que pasar por el aro como todo el mundo y al final no fue tan duro como me esperaba.

Llegué a Valencia bien tempranito por la mañana. Ahora tocaba utilizar otro medio de transporte nuevo para mí: el metro. Menos mal que con el metro no hay mucha opción a error y no me he confundido. Tras bajarme en la estación de Ayora, me dispuse a buscar mi hotel. No estaba lejos, pero de haberme bajado en la parada anterior hubiera estado más cerca y no tendría que haber arrastrado ese armatroste de 15 kilos llamado maleta. Mi móvil me salvó la vida gracias al GPS que le he instalado, aunque a veces va tan lento que me desespera.

En el hotel pude dejar la maleta y descansar un poco, pero todavía no podía relajarme. Mi habitación no estaría lista hasta las dos de la tarde, así que tenía que entretenerme de alguna manera. Por eso decidí ir a dar un paseo por ahí, para conocer las calles de Valencia… a pleno sol y con una temperatura que rozaba los 39º. Pero así soy yo: esas menudencias no pueden conmigo. Armada con un abanico y una botella de agua, me eché a caminar y sólo me detuve para almorzar una ensalada, lo único que pude comer sin que me resultara pesado.

Más tarde, volví al hotel para ocupar mi habitación. ¡Y era una pasada! Cama grande, baño con hidromasaje, escritorio, televisión con unos cuarenta canales, neverita, aire acondicionado, conexión wifi… Y en el hotel también había piscina y sauna, aunque no he tenido la oportunidad de ir. El caso es que por fin podía deshacer la maleta y relajarme un poco. ¡Pues no, porque mis peripecias todavía no habían terminado! Resulta que perdí las llaves del candado de la maleta y no podía abrirla de otra manera. La había liado. ¿Qué podía hacer ahora? Pues recurrir a YouTube, naturalmente. Hacedme caso: Todas las respuestas de la vida están en YouTube. Busqué un vídeo en el que me enseñaban a abrir una maleta utilizando un bolígrafo, ¡y dio resultado! Así que al final todo acabó bien.

Hacia el final de la tarde llegó uno de los momentos más esperados para mí: ¡Conocer a Estelwen Ancálimë en persona! Estelwen, a quien quizá ya conozcáis de otros blogs como La luz de Valinor y Mi princesa y yo, me ha dado una calurosa bienvenida a su tierra (que también es bastante calurosa), y me ha presentado a su marido Tindomion y a su pequeña Ratoncita, una niñita preciosa que se enamoró de mí (o de mis collares, no estoy muy segura…) nada más verme. Este ha sido uno de los momentos más emocionantes de toda la semana porque, como soy muy tímida, no sabía cómo iba a ser el primer encuentro entre nosotras. Y no podría haber sido mejor, de verdad. Me he sentido arropada y querida en todo momento, y eso les honra mucho. Tras una deliciosa cena, volví a mi hotel y di por finalizado mi primer día en Valencia.



Día 3



En la Fuente del Turia


Después de una agotadora noche en la que me he visto obligada a subir la intensidad del aire acondicionado para no morirme de una lipotimia, empezó la verdadera inmersión en la cultura gastronómica valenciana. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que con una señora paella como manda la ley? Pero no una paella como se hace en el resto de España; eso es, parafraseando a Estelwen, “arroz con cosas”. La auténtica paella valenciana no se parece a la que he estado comiendo toda mi vida, y hasta el sabor es completamente distinto. Me gusta probar cosas nuevas, y la verdad es que la paella valenciana me ha gustado mucho ^^*.

Después de comer, por la tarde, tuve la ocasión de conocer a otra persona muy querida para mí y que también resulta ser compañero historiador, administrador del blog Castillos en el Aire y comentarista habitual en esta Biblioteca: F. Escamilla, más conocido en los mundos de Filmaffinity como Ferdin. Gracias a él he podido vislumbrar parte del centro de Valencia, con sus iglesias, plazas, fuentes. Fue él quien me llevó a visitar las Torres dels Serrans, desde donde se tiene una magnífica vista de Valencia, contándome además algunas cosas sobre su historia que yo no sabía. Me he alegrado mucho de conocerle en persona, aunque creo que en algún momento al pobre le he desesperado por mi incapacidad para tomar decisiones cuando me planteaba dos opciones a elegir: Que si helado o paseo, que si ver una iglesia o ir a una plaza, que si ir a la derecha o a la izquierda… ¿Sabéis eso que dicen de que no se sabe si los gallegos subimos o bajamos? Pues en mi caso es cierto. En todo caso, a Ferdin le hacía gracia que no pudiera decidirme así que… ¡todos contentos!



Día 4



Sagunto


Uno de los mejores días de toda la semana, principalmente porque tocaba ir a visitar Sagunto, antigua colonia griega que más adelante pasaría a formar parte de Roma. Las ruinas del emplazamiento romano de Sagunto son una auténtica pasada; es como estar dentro de la propia Roma. En serio, si os gusta la Historia, os encantará estar en la antigua Sagunto y pasear entre esas piedras que tienen cientos de años. Fue muy divertido recorrer las antiguas casas y comentar con Tindomion para qué podrían haber sido utilizadas en el pasado (aunque él me da mil vueltas en ese aspecto, ya que yo soy bastante negada para la Historia Antigua). Eso sí, no todo lo de Sagunto me ha gustado. El antiguo teatro ha sido tan restaurado y modificado que parece hecho en el siglo XX. Es puro mármol y plástico, y no tiene nada que ver con su antiguo aspecto. Me dio mucha pena ver así el teatro pues, como historiadora, estoy a favor de que las cosas se conserven lo mejor posible, pero respetando su origen. Una lástima, la verdad.

De vuelta a Valencia city, nos fuimos al centro a comer en un restaurante japonés. ¡Y por primera vez en mi vida he probado el sushi! Tenía muchas ganas de hincarle el diente a este famosísimo plato japonés, y he de decir que no he quedado en absoluto decepcionada. En serio, está delicioso.

Después de comer, Estelwen y Tindomion me llevaron de ruta por el centro, pero para visitar lugares tan bonitos como la Estación del Norte o el Mercado de Colón. Aunque también hubo sitio para las frikadas, porque hemos ido a tres frikitiendas y a una de las librerías París-Valencia, en donde se pueden encontrar libros a precios muy bajos. Yo me he comprado uno que trata sobre las geishas por menos de 3 euros, con eso lo digo todo.

Por la noche cenamos y de postre nos comimos unas deliciosas trufas de chocolate que me hacen salivar de gusto cada vez que las recuerdo. Madre mía, qué ricas estaban…



Día 5



Jardines de Monforte


Este ha sido el día de los jardines, como me gusta rememorarlo. Por la mañana, como me levanté un poco tarde, decidí ir caminando hasta los jardines de Ayora, pues no estaban lejos de mi hotel. Son unos jardines típicos del siglo XIX o principios del XX, muy bonitos. Estaban bastante concurridos, pues parece que todo el mundo tuvo la feliz idea de ir a pasar allí toda la mañana. Aunque no me extraña, la verdad. El sitio es muy bonito.

Por la tarde, Estelwen y yo quedamos para ir a ver dos jardines más: los de Monforte y los del Real. Los jardines de Monforte sí que recuerdan más al siglo XIX. Son grandes, densos y muy bien cuidados. Hay estatuas de mármol por todas partes y, sobre todo, gatos. ¡Decenas de gatos por los jardines! ¡Ayy, me gustan tanto los gatitooos!

Los jardines del Real son inmensos pero completamente distintos a los de Monforte. Están más enfocados al paseo o a ir en bicicleta. Aunque no están nada mal y, además, tienen una gran jaula de pájaros a los que se les puede dar de comer.

Para rematar esa tarde, nada mejor que un buen helado de chocolate en la Chocolatería Valor. ¡Delicioso!



Día 6



Torres de Quart


Ay, ya queda menos de vacaciones… ¡Pero eso no iba a detener mi entusiasmo bajo ningún concepto! Ferdin y yo quedamos ese día para ir a comer unos montaditos, que nunca había probado (vale, matadme si queréis). Después de comer, dando un paseo, hemos llegado hasta el Museo de Bellas Artes, donde hay una colección de pintura sacra realmente impresionante. También vimos una pequeña exposición de Sorolla y una sala dedicada a Goya, con retratos muy interesantes (¡me encanta Goya! ^^*).

Después de una hora y pico en el museo, como tenía muchísima sed, nos fuimos a tomar un granizado a la Plaza de la Reina. Había tanta gente que nos costó un poco encontrar sitio, pero al final lo conseguimos. Fue un día muy agradable en todos los sentidos, ya que me lo he pasado muy bien. Eso sí, me dio mucha pena tener que despedirme de Ferdin. Le voy a echar mucho de menos… aunque siempre nos quedarán Facebook y el blog!

Por la noche, acepté la invitación de Estelwen y Tindomion para cenar con ellos. Y fue así como tuve la oportunidad de iniciarme en una partida de Zombicide, un juego de matar zombies que está muy entretenido. La partida se alargó un poco más de la cuenta, pero esas cosas pasan cuando uno se lo está pasando bien ^^*.



Día 7



La Albufera


Último día de vacaciones. ¡Qué rápido ha pasado la semana! Gran parte de la mañana he tenido que invertirla en preparar la maleta (y rezar para no pasarme de peso, ya que la había facturado por 15 kilos… y se acercaba peligrosamente a ese límite), pero a mediodía me fui con Estelwen y Tindomion a un pueblo cercano a Valencia llamado El Saler, donde hay un estrecho bosque en el que viven muchas especies de animales que están protegidas. Me ha hecho mucha gracia el ver que hay señales que avisan de que hay que tener cuidado con las mamás pato cuando deciden cruzar la carretera seguidas de sus patitos. Eso sí, al que se atreva a rozar a un solo animal de El Saler, multazo al canto. Y a mí me parece bien. Así todos tendrán más cuidado con los animales.

Después de comer una auténtica fideuá valenciana, me llevaron a ver la Albufera. Me dejó realmente impresionada, porque no imaginaba que sería tan grande. Y saber que parte de esa localización fue la que Blasco Ibáñez describió en su magnífica obra Cañas y Barro me llenaba de una gran emoción, porque esa novela me gustó mucho cuando la leí. Casi podía imaginarme al Tío Paloma navegando por la Albufera con su pequeña barca, perchando con una fuerza impropia de sus años.

Y llegó el temido momento, el de la despedida. No me gustan las despedidas. Me provocan mucha tristeza. Intento aparentar normalidad, pero me duele en el alma despedirme de gente a la que le he cogido mucho cariño. Tanto es así, que cuando todos se fueron y yo me vi completamente sola, me eché a llorar como una tonta. Sé que es una tontería ponerse así, pero no puedo evitarlo. Lloré por tener que separarme de los tres: de Estelwen, de Tindomion, de Ferdin. Me daba mucha pena tener que dejarles, pero había que volver a casa y eso no podía cambiarse. Eso sí, hubo fuertes abrazos, besos cariñosos y la promesa de volver a vernos en el futuro.


Y sé que eso sucederá algún día. Con un poco de suerte, volveremos a vernos.