miércoles, 22 de mayo de 2019

El juego llega a su fin. Impresiones sobre el final de Juego de Tronos


Bueno, pues ya está. Se acabó lo que se daba.

Juego de Tronos ha llegado a su fin el 19 de mayo de 2019, tras ocho temporadas de duración y calidad irregulares, y cuya finale ha mantenido expectante a más de medio mundo con la promesa de ofrecer el broche de oro definitivo a la serie más adorada del momento. Opiniones ha habido para todos los gustos, desde aquellos que están encantadísimos con el final hasta aquellos que lo desdeñan de plano. Las discusiones en redes sociales entre los fans de uno y otro bando han sido legendarias y podrían dar para un spin off en el caso de que Weiss y Benniof quieran aprovechar el tirón de la saga (algo que, por otra parte, me parece que podrían hacer si deciden adaptar la historia de la dinastía Targaryen o la del origen de los Caminantes Blancos, como creo que será).

Se ha terminado la que ha sido considerada la mejor serie de la historia de la televisión. La serie perfecta, según muchos, aunque tengo mis dudas al respecto. Si habéis sido seguidores de la serie, os habréis dado cuenta de que Juego de Tronos ha ido experimentando un bajón considerable a partir de la cuarta temporada. No es esta una afirmación sin fundamento, ya que habría que estar muy ciego para no ver las inmensas incoherencias que empiezan a surgir tanto en el plantel de personajes como en el orden de acontecimientos. Deus ex Machina por doquier, personajes que no se comportan como se esperaría de ellos, arcos argumentales mal cerrados (y eso cuando se cierran), repeticiones de actos pasados para dar golpes de efecto que quedan sosos y descafeinados, y un montón de recursos que no ayudan a levantar las temporadas que van de la cuarta a la octava. Salvo honrosas excepciones como la Batalla de los Bastardos o la explosión del Septo de Baelor, Juego de Tronos ha sido un aburrimiento desde la mitad de su vida hasta el final. Con el tiempo, ha acabado convirtiéndose en una serie que veía más por inercia que por verdadero gusto, pues no me emocionaba o me parecía demasiado exagerada en algunas cosas.

Quizá por eso su final me haya dejado indiferente. Al contrario que muchos fans, yo no me coloco ni en el bando de los defensores ni en el de los detractores, sino en un punto intermedio. No me ha parecido un mal final porque ya me esperaba que fuese más o menos así, y tampoco me parece un buen final porque va a juego con el resto de la temporada: parece haber sido hecho a toda prisa y sin ganas. Y qué queréis que os diga, pero esto me parece una lástima viniendo de la que he considerado como una de mis series preferidas durante años.

El objetivo de este artículo será el de dejar mi opinión acerca del final de Juego de Tronos, las impresiones que me ha dejado y lo que pienso que podría haber sido. Y ya que mi amiga y compañera bloguera Estelwen Ancálimë ha hecho las reseñas de todos los capítulos de la temporada final, con su permiso yo me encargaré de dejar mi impresión sobre el cierre. Por supuesto, este post irá cargadito de SPOILERS, así que no recomiendo leerlo si todavía no habéis visto el capítulo… aunque a estas alturas me extraña que alguien no lo haya visto. ¿Listos? Vamos allá.




El capítulo empieza donde lo dejamos, con un plano de Tyrion recorriendo las ruinas de la antaño próspera Desembarco del Rey. La capital de los Siete Reinos ha quedado reducida a escombros después de que a Daenerys le entrara un parraque y decidiera prenderle fuego, a pesar del detalle importante de que la guardia de la ciudad ya se había rendido y que la urbe estaba llena de gente inocente que, tras la conquista, habría sido el pueblo al que Daenerys tendría que gobernar. Pero gracias a un inexplicable acceso de locura Targaryen que nunca antes le había dado, ahora Daenerys se ha convertido en la reina de las cenizas: una soberana sin ciudad, sin pueblo y sin el apoyo de los lores de Poniente. En pocas palabras, se ha convertido en aquello que siempre había jurado destruir (¿he oído por ahí La Venganza de los Sith?).

Tras hacer alarde de su poderío ante los dothraki y los Inmaculados, Tyrion se acerca a ella para decirle que igual se ha pasado un poco con lo de arrasar toda la ciudad y que no quiere seguir siendo su Mano, a lo que Daenerys responde dando orden de que sea arrestado. Estamos aquí ante una Daenerys que jamás hemos visto antes en toda la serie. La muchacha ingenua y desvalida que aprende a base de errores y pérdidas a ser una líder de ejércitos y un símbolo de libertad y esperanza para muchas personas, se ha convertido por arte de birlibirloque en una psicótica que ve traiciones por todas partes, una lunática que se cree investida del poder de decidir qué es lo correcto y qué no lo es, y a la que no le importa masacrar a un pueblo inocente con tal de sentarse en el Trono de Hierro, un trono que mucho no le debía importar cuando tardó siete temporadas en viajar a Poniente para reclamarlo.




Pero seguimos, que hay para rato. Jon va a visitar a Tyrion y éste se sincera respecto a sus sentimientos por Daenerys. Se siente hundido y traicionado por la reina a la que ofreció sus consejos y confiesa que apenas la reconoce, que no es la persona a la que él sirvió con devoción y esperanza. Pero la perla viene cuando, apelando a lo que es correcto o no, le insinúa a Jon que mate a Daenerys. Antes hemos hablado de que nadie tiene derecho a decidir lo que está bien y lo que no, ¿verdad? Pues parece ser que eso no se le aplica a Tyrion. Pero claro, es que Daenerys es una loca asesina de niños, así que eso tiene justificación. Jon, por descontado, no quiere mancharse las manos con la sangre de su tía/amante, a pesar de que todos sabemos que ya no la ama (qué poco les dura el amor a los personajes de esta serie, pardiez), pero Tyrion deja plantada la semilla de la confusión y la cosa llega un poco hasta aquí.

Pasamos a la sala del trono, donde Daenerys se acerca a su ansiado premio y lo contempla con ojos emocionados. Y justo cuando está a punto de sentarse en el trono, llega Jon y se produce entre ellos el momento que lo decidirá todo. Jon trata de hacerla entrar en razón y le dice que no puede decidir sobre los destinos de la gente, puesto que nadie tiene ese poder de discernimiento. Pero Daenerys no atiende a razones y trata de acercarse a Jon, tentándole con la posibilidad de que la apoye y que gobiernen juntos los Siete Reinos (¿he oído por ahí El Imperio Contraataca?). Pero Jon, siguiendo el consejo de Tyrion, la apuñala y la mata. Daenerys muere sin un quejido, y Drogon aparece solo para fundir el Trono de Hierro y llevarse el cadáver de su madre a un lugar muy lejano. Nunca sabremos por qué no calcina a Jon, al que tiene a tiro de piedra, pues allí no hay nadie más que hubiera podido matar a Daenerys y él lo sabe, pero a estas alturas de la serie ya no importa mucho. El caso es chapar como sea e irse a casa.



Algo parecido ha quedado, sí...

Tras una elipsis temporal que solo podemos intuir por lo mucho que le ha crecido la barba a Tyrion, se acerca el momento de decidir qué hacer con él y Jon (que no está presente). Aunque se les ofrece a los Inmaculados la posibilidad de fundar su propia ciudad, Gusano Gris solo quiere ver sangre y pide que se mate a los traidores (qué manía con querer matar a todo el mundo, joder), pero resulta que esa clase de decisiones debe tomarlas el Rey. Y aquí llegamos a la parte que todos estábamos esperando: Averiguar quién será el próximo rey de los Siete Reinos. En un concilio en el que se han reunido todos los lores de Poniente (¡hombre, pero si ahí están también Edmure Tully, Robert Arryn y el nuevo dorniense, al que no conocemos ni nos importa!), se procede a decidir quién será el nuevo rey. A pesar de la trascendencia del momento, hay oportunidad de introducir un alivio cómico en la forma en la que Sansa hace callar a su tío Edmure y el descojone general que provoca el intento de Sam de instaurar una democracia moderna. Al final, se opta por la alternativa de que sea este consejo de lores el que elija a los nuevos reyes en el futuro.

Pero, ¿quién va a ser el rey por ahora? Pues nada más y nada menos que… redoble de tambores… ¡¡BRAN STARK!! ¡Sí, amigos! Tras un discurso en el que Tyrion suelta la mayor chorrada de la historia (Lo que une a un pueblo con su gobernante son las historias. Claro que sí, hombre. Deja que lo apunte en mi máquina de escribir invisible), todos aceptan de manera unánime que Bran sea el nuevo rey, a pesar del inconveniente de que tras muchas vicisitudes más allá del Muro no tiene ni idea de cómo gobernar los Siete Reinos, pero esto no tiene la menor importancia; ya he dicho que ahora se trata de acabar como sea y ponerle cierre al asunto, aunque sea de la manera más chapucera imaginable. ¿Y queréis saber lo mejor? Bran acepta y admite que todo lo que ha pasado hasta ahora tenía que ocurrir para llegar a ese momento. O sea, que Bran sabía que Arya mataría al Rey de la Noche, sabía quién moriría en el proceso, sabía que Daenerys arrasaría Desembarco del Rey… y no hizo nada para evitarlo. ¿Os dais cuenta del tamaño y las implicaciones de esta afirmación?

Recapacitemos. A lo largo de la temporada, personajes como Sansa, Varys o Sam han insistido por activa y por pasiva que Daenerys está pirada y que su llegada a Poniente no traerá más que problemas y desgracias. ¿Argumentos? Pues que utiliza a sus dragones para quemar a sus enemigos y que tiene delirios de grandeza, signos obvios de locura incipiente (nótese el sarcasmo, por favor). Todo cuanto estos personajes dicen redunda en la intención de que veamos a Daenerys como la villana, quizá para que no nos dé tanta pena cuando muera. En la otra cara de la moneda tenemos a Bran, el personaje más inútil por excelencia de toda la serie, que gracias a sus visiones es capaz no solo de conocer hechos pasados sino también de predecir acontecimientos futuros. Este poder visionario lo tiene tan desarrollado que sabe no solo lo que va a ocurrir, sino qué pasos serán necesarios para que tales acontecimientos se produzcan. Es decir, que podría cambiar el futuro si quisiera… pero no lo hace. En lugar de evitar la muerte de inocentes y la destrucción de una gran ciudad, prefiere dejar que todo fluya para llegar al momento en el que los lores del reino lo coronen rey. ¿Esto es propio de un personaje bueno? ¿En qué se diferencia de Daenerys, en que no mató personalmente a los inocentes? Es mucho peor, puesto que podría haber evitado muchas pérdidas y prefirió no hacerlo. Yo no sé vosotros, pero a mí esto me pone los pelos de punta. Bran nunca ha sido tan frío y manipulador, y no tiene motivos para serlo. Y todavía me asombra más que el fandom lo acepte así porque sí, al igual que acepta el brusco cambio de personalidad de Daenerys. Pero entonces, ¿por qué lo que ha hecho Daenerys es peor que lo que ha hecho Bran? ¿Por qué a una se la condena y al otro se lo nombra rey de Poniente?



Cuando un niñato manipulador se porta peor que Hitler
pero le hace creer a todos que tú eres la mala de la película.

En fin, whatever, ya he dicho que lo único que ahora importa es acabar como sea e irnos todos a casa. Tras una rápida reflexión, todos los lores acaban votando a Bran como rey de los Siete Reinos. Ah, perdón, de los Seis Reinos, que Sansa sigue con eso de que quiere la independencia de Invernalia y no le cede el reino a su hermano. Eso es otra cosa que no entiendo. ¿A qué viene el imperioso deseo de Sansa por ser reina, algo que ni su propio padre quería? No se conforma con ser Señora de Invernalia y Guardiana del Norte, no: ella quiere ser reina y gobernar su propio reino. A ver si lo que le jodía de Daenerys es que ella no le iba a dar la independencia y eso con Bran no le va a pasar. Si no, no me explico a qué vienen tantas ganas de llevar corona. Y me extraña también la reacción de Yara Greyjoy, líder de la región más independentista de todo Poniente, que no dice ni una sola palabra al respecto y jura lealtad al nuevo rey sin ningún problema.

Y mientras Bran y Sansa son reyes, ¿qué pasa con los otros Stark? Pues Arya descubre de repente que no puede quedarse en el norte (no sé muy bien por qué, ya que su gran sueño siempre fue volver a casa) y decide convertirse en exploradora de otros mundos (algo que tampoco comprendo, pues nunca fue su deseo y no tiene ni pajolera idea de navegación). Aquí haré una mención especial a los que criticaban a aquellos que queríamos un final feliz para Arya y Gendry. Para vosotros, un final Disney sería que Arya y Gendry se hubiesen casado y hubiesen sido felices para siempre, ¿verdad? Pues ahí tenéis a Arya convertida en Dora la Exploradora, a la que solo le falta un mono para completar el conjunto. ¿Os gusta más esa versión Disney? 

En cuanto a Jon, pues pasa algo extraño. Tras haber matado a Daenerys, los Inmaculados, con Gusano Gris a la cabeza, piden que sea ejecutado como castigo. Pero como Jon no puede morir así como así, los lores del reino no lo permiten y a cambio les ofrecen a los Inmaculados que se le conmute la pena de muerte por una especie de cadena perpetua en el Muro. Varias cosas. Primero: ¿Quiénes son los Inmaculados para hacerle exigencias a la nobleza de Poniente, lugar donde ellos ni pinchan ni cortan y menos aún ahora que su reina ha muerto? Segundo: ¿Por qué mandan a Jon con la Guardia de la Noche… si ahora mismo la Guardia de la Noche ni existe, ni es necesaria? Y tercero: ¿No nos hemos parado a pensar que, condena de por vida o no, en cuanto los Inmaculados se larguen a Naath, Jon Nieve podría irse del Muro cuando le diera la gana? Pero no, claro, porque es un hombre de honor y cumple todos los juramentos que hace. Y como no sabemos muy bien qué hacer con él, y dado que no quiere ser rey, mejor lo mandamos al norte para que vigile una muralla abandonada y se divierta el resto de su vida viendo cómo se cubre de escarcha. ¿Y para esto hacía falta toda la trama de que él era hijo de Lyanna Stark y Rhaegar Targaryen? ¿Por qué se le ha dado tanto bombo a que él era el heredero legítimo si al final no va a reinar?

Me quedan unas palabras para Tyrion y los demás. Tyrion acaba siendo Mano del Rey otra vez y se dispone a gobernar con su grupo de consejeros, entre los que está Ser Davos como Gran Almirante (me parece bien), Ser Bronn como  Consejero de la Moneda (what?) y Sam Tarly como Gran Maestre (¿pero qué cojones…?). A ver, a ver, a ver… Puedo entender que se nombre Gran Almirante a Ser Davos porque es un hombre que ha navegado durante años y conoce el oficio, pero no entiendo por qué se nombra Consejero de la Moneda a Bronn, que toda su vida ha sido un mercenario y un fullero de narices, y si está donde está ha sido gracias a la violencia y la extorsión. Y en cuanto a Sam… Pensaba que sería el nuevo señor de Colina Cuerno, pero es que además tiene a Elí y dos hijos a su cargo, y se supone que los Maestres juran voto de castidad para entregarse al bien común. ¿Se han cambiado las reglas en Antigua y yo no me he enterado o qué? Y falta Brienne de Tarth, nombrada Lady Comandante porque… porque algo habrá que hacer con ella, ¿no? ¿O es que también han cambiado las reglas de nombramiento de Comandantes y ahora las mujeres pueden acceder a tal puesto mágicamente? Yo es que ya no entiendo nada.

En fin, esta serie se ha terminado y mi crítica también. La verdad, no comprendo cómo hemos llegado a este punto. No entiendo cómo una serie que empezó tan bien, siendo fiel a los libros, con una ambientación tan conseguida y unas tramas tan bien llevadas, se haya convertido en un conglomerado de incoherencias que poco o nada tienen que ver con el espíritu inicial de la serie. Supongo que el éxito y la fama han tenido mucho que ver, junto con la dificultad añadida de que todavía faltan dos tomos de la saga literaria que no han visto la luz, lo que ha llevado a inventarse más de media trama. Pero nada de eso justifica el tremendo bajón de calidad que ha experimentado ni las incoherencias con que nos han bombardeado, sumado a un final que pretende ser agridulce pero que a mí me resulta completamente insatisfactorio porque no tiene el menor sentido.



Bend the knee, bitches. I'm your fucking King!

Y esta ha sido mi opinión. ¿Qué os ha parecido? ¿Estáis de acuerdo conmigo o discrepáis completamente? ¿Os gustaría añadir algún comentario? Abajo tenéis la oportunidad de dejarme vuestras impresiones.

Nos vemos!

sábado, 16 de marzo de 2019

Dreshkahud


Se escuchan unos extraños sonidos de fondo, unos susurros inconexos que flotan en el aire y se adentran en lo más profundo del corredor. No me agrada la idea de tener que moverme en esta oscuridad a tientas, sin tener ni siquiera una linterna para iluminarme. Hamilton cree que la luz alertaría de nuestra presencia a quien quiera que se esconda al final de este pasillo y ha insistido en que caminemos a oscuras, por lo menos el trecho que nos queda. Cuando lleguemos, me temo que no necesitaremos linterna alguna.

De los diez expedicionarios que iniciamos este viaje a los infiernos solo quedamos dos. Todos los demás han desaparecido repentinamente sin explicación alguna entre las sombras que nos rodean. Hace dos días desapareció nuestra médium, y Hamilton ni siquiera insinuó la posibilidad de dejar la expedición para ir a buscarla. ¿Para qué perder el tiempo buscando a los que ya están perdidos? Espero y deseo que mis compañeros estén en un lugar mejor, lejos de los males que nos acechan a mi preceptor y a mí.

Creo que falta poco para llegar. En estos momentos, Hamilton duerme mientras yo monto guardia. Los susurros siguen escuchándose, pero una parte de mí lo agradece; un silencio absoluto sería devastador para mis nervios, que ya están destrozados. ¿Quién me mandaría a mí meterme en este embrollo? Hamilton se opuso desde el principio a que yo formara parte de la expedición; dijo que era demasiado peligroso y que no consentiría que le sucediera algo a su “querida niña”. Así es como me llamaba cuando era pequeña y como ha seguido llamándome toda la vida. Las viejas costumbres.

Reconozco que yo tengo la culpa de esta situación. Yo fui la que aceptó este caso. Yo fui la que arrastré conmigo a Hamilton y a los demás para que me ayudaran a investigar lo que ocurría en los sótanos de la mansión de los McDowell. ¿Y cómo no hacerlo? Teléfonos que sonaban estando descolgados, aguas negras lloviendo de los techos de cada habitación, pesadillas que enloquecían a los miembros de la familia… Demasiado atractivo para Sophia Rothschild, descendiente de una estirpe de parapsicólogos de renombre. Veremos de cuánto me sirve ahora el prestigio que me legaron mis ancestros.

Acabo de oír algo. Ha sido ahora, de repente. Un sonido extraño, una especie de gemido largo y aislado, ha roto por un instante la monotonía de los susurros, que siguen rumiando en la oscuridad. Quizá debería despertar a Hamilton y decirle… ¿Decirle, qué? Sabe de sobra que cualquier ruido que oigamos no será preludio de algo bueno, precisamente. Pero siento curiosidad por saber qué clase de criatura ha emitido semejante alarido. Aquí abajo hay algo que no quiere ser descubierto y se está librando de los intrusos uno a uno. Y si no hago algo, Hamilton y yo seremos los siguientes. Está decidido: tengo que seguir adelante. No sé cuánta cinta me queda en esta grabadora, pero no dejaré de grabar hasta que encuentre el origen de esta pesadilla. Voy a seguir.

El pasillo no es tan largo como pensaba. Ya estoy viendo una pequeña luz al final del túnel, y los susurros se están convirtiendo en algo parecido a una salmodia. ¿Son rezos? ¿Hay alguien rezando? La atmósfera se vuelve pesada por momentos, como si el aire fuera más denso a medida que me acerco. Voy a continuar, y no me importa lo que me pase a partir de ahora. He seguido la luz y creo que he encontrado algo. ¿Una puerta? No, parece más bien un agujero mal tapado con maderos podridos. La luz que veía es la que se cuela entre las rendijas. Ahora se ve con más nitidez y no es solo una luz, sino varias. Luces de mil colores que ascienden dibujando formas de caleidoscopio. Los susurros suenan cada vez más fuerte, se meten en mis oídos y en mi cabeza empieza a formarse un nombre que no logro identificar, pero que me aterroriza.

Otra vez ese aullido espeluznante. Dios, me va a reventar los tímpanos… Esos chillidos me taladran la cabeza, me destrozan por dentro… pero tengo que ver qué clase de criatura los profiere. Si consiguiera arrancar uno de estos tablones, creo que podría tener una mejor visión. Noto que la madera cede. Sí, lo he logrado.

Dios santo, no sé cómo describir lo que estoy viendo. Esto es… inimaginable. Bajo el ventanuco se abre una sima inmensa cuyo final no alcanzo a distinguir. Hay grandes plataformas dispersas aquí y allá, como si hubieran sido talladas en la roca viva. En una de estas plataformas, la más cercana, se está llevando a cabo lo que parece ser un extraño culto. Los orantes son criaturas que podrían ser humanas, salvo que no lo son. Se parecen a nosotros, pero cada una de ellas parece tener dos o tres pares de brazos y piernas, la piel negruzca recubierta de escamas y pequeños cuernos saliendo de sus cabezas. Se inclinan todos a una al ritmo de su oración, mirando hacia un vórtice abierto en uno de los pilares de roca. De ahí procede un zumbido que se prolonga en el tiempo y el espacio, pero no tengo ni idea qué es lo que lo produce.

Los orantes siguen cantando y rezando, cada vez más rápido. Y entonces vuelvo a oír el alarido que sentí antes, solo que esta vez es tan intenso que creo que me va a estallar la cabeza. No sé si la grabadora podrá registrar este sonido anormal, pues no pertenece a nada que la Tierra haya visto nacer. Ahora, ahora empiezo a ver algo. Del vórtice empiezan a brotar luces parpadeantes, y el agujero escupe un conglomerado de esferas iridiscentes que flotan por los aires, a lo largo y ancho de esta sima inexpugnable. En el interior de cada esfera hay cinco orbes más pequeños, cada uno de un color; no me lleva más que unos instantes comprender que esos orbes son ojos que lo miran, lo escrutan, lo analizan todo.

Pero esto no se ha terminado todavía. Con un extraño exabrupto, del pilar de roca surge una criatura. Sí, una criatura inmensa está saliendo del vórtice. Se libera, viene hacia aquí. Es abominable, indescriptible… Solo puedo decir que parece una masa palpitante recubierta de pequeños apéndices que se retuercen de manera grotesca. Un bulto que babea, roe y aúlla ante sus fieles. Las esferas que flotan están unidas a su cuerpo mediante una serie de finos tentáculos, como si se tratara de un manojo de globos. No sé qué clase de criatura es esta, pero algo me dice que se la debe temer, que es algo con un poder tan grande que excede toda comprensión, y que su maldad, la auténtica maldad, no tiene fin en él. Y entonces, de repente, mi cabeza se despeja y escucho con toda claridad el nombre de este monstruoso y abominable ser.

Dreshkahud.

Sus esferas se han detenido frente al vano tras el que me escondo. Me ve. Me observa. Está leyendo dentro de mi cabeza. Su nombre… Dreshkahud… Dios mío… Dreshkahud…

[Fin de la transmisión]

domingo, 24 de febrero de 2019

El lay de Toldryt


El guerrero afligido aguarda de pie, ajeno a la algarabía que se vive en los salones del rey. Su espíritu desearía empuñar y blandir una espada; su sentido común le obliga a permanecer quieto y en silencio. El cadáver de su rey yace a sus pies con la cabeza cercenada, mutilada con saña por obra de aquel jefe bárbaro que ahora se sienta en el trono de los heordas. En sus manos todavía lleva la espada con la que le ha dado muerte, y la sangre gotea en el suelo. Sangre en los salones del rey Giselher, que ahora son de Wulfer, señor de los sekas.

Pocos creyeron a aquel joven caudillo que anunció el ataque inminente de los guerreros del Oeste. Graznaban los cuervos y se levantaban extraños vientos que arrastraban los ecos de una batalla que cayó sobre nosotros con la fuerza del rayo. El rey llamó a las armas, y mis camaradas cogieron los escudos, se ciñeron las espadas, tomaron la primera línea de combate y se dirigieron a las puertas para defender la plaza con sus vidas. Pero el enemigo era fuerte, y su cólera infundió miedo donde antes solo había valor. La ira le dio nuevos bríos, y así fue como caímos todos. Uno a uno, el señor de los sekas decapitó a los guardias del rey, y después hizo lo mismo con el propio rey ante los ojos de sus últimos seguidores.

Yo quiero decir sobre mí que hasta no hace mucho he sido de los guerreros de Giselher uno de los más estimados. Toldryt es mi nombre. Por largos años luché al lado del rey, hasta que ahora Wulfer, un hombre diestro en el manejo de las armas, al más grande de los heordas mató. Ahora es suyo todo lo que le perteneció a Giselher, todo aquello que llega hasta donde alcanza la vista, hasta el último árbol, hasta la última piedra. Hasta la última vida.

Imagino que por las mentes de mis compañeros de hombro cruza la misma pregunta: ¿Qué será de nosotros ahora? No hay nada que nos una a este rey que nos observa con una sonrisa burlona. Envanecido, ebrio de gloria, Wulfer anuncia los cambios que va a imponer en sus territorios recién conquistados, pero yo solo escucho el canto que relata el fin de mi pueblo. Los sekas invadirán esta tierra, se propagarán como una enfermedad y se dedicarán a destruir cada uno de los pilares sobre los que se alzaba. Los hombres serán asesinados; las mujeres, sometidas. Después de la sangre vendrá la ruptura: Destruir las estatuas de nuestros dioses y sustituirlas por los suyos, cambiar nuestras leyes, erradicar nuestras tradiciones. Extranjerizar a los heordas y convertirlos en intrusos en su propio país. Ése será nuestro destino.

Wulfer se regodea ante nosotros. En una mano sostiene un puñado de monedas de oro que muestra a los rehenes. Ofrece honores, fama y fortuna a los que hinquen la rodilla ante él. En la otra mano, su espada señala la cabeza del rey; no hace falta ser muy listo para entender lo que significa. Desesperados, mis compañeros caen de rodillas y aceptan una moneda. Yo soy el último, pero mis piernas se niegan a doblarse. Me quedo rígido, mirando a la cara a Wulfer, incapaz de inclinarme ante él. Pronto, mi renuencia le pone nervioso, más aún cuando empiezan a oírse cuchicheos a su alrededor. La punta de su espada se posa entonces en mi garganta. «Elige», ordena Wulfer. «Oro o sangre». Y así es como tomo mi decisión.

El tiempo se para y siento cómo pierdo el control de mis actos. Mi cuerpo se mueve solo, se derrumba hacia delante y el filo se clava en mi carne hasta que la atraviesa por completo. ¡Oh, dolor! Ahora sí me fallan las rodillas y caigo como un fardo inútil ante el rey bárbaro, que me mira asqueado y se aparta para que mi sangre no roce sus pies. Sin embargo, sonrío satisfecho mientras mis ojos se cierran y dejo que mi espíritu se vaya y cabalgue junto al de mi verdadero señor, rumbo a la morada de nuestros padres.


martes, 4 de diciembre de 2018

La Leyenda del mes: La Navidad y el Judío Errante


¡Hola a todos!

¡Bienvenidos una vez más a diciembre, el mes de la Navidad! El año 2018 llega a su fin y toca despedirlo como se merece: con turrones, mazapanes, canciones y alegría! Ya habréis notado que este mes no he subido la entrada el día 1, como es costumbre, pero debido a ciertos problemas personales me ha sido imposible acceder al blog hasta hoy; espero que podáis disculparme por ello.

Sin más dilación (y como no me han pasado cosas emocionantes a lo largo del mes anterior), os dejo aquí la última leyenda del año. Deseo de verdad que os hayan gustado estas doce leyendas de mi tierra tanto como a mí me ha gustado reproducirlas aquí para vosotros. Nos vemos muy pronto con más cosas interesantes!


La Navidad y el Judío Errante




Hubo un tiempo, hace muchísimos años, en el que se dice que los animales hablaban. Por entonces, todo era bienestar y alegría en la tierra, porque con la venida al mundo del Hijo de Dios era como si una mano milagrosa y providente tocara todos los corazones y arrancara de ellos la maldad.

La comadreja cascaba nueces y las degustaba con alegría mientras le decía a su amigo el zorro:

—Pues ahí ve, señor raposo: yo nunca había comido una nuez, y ahora me parecen excelentes y agradables.

—Yo tampoco había probado nunca una manzana, y tiene un zumo que me encanta —dijo a su vez el zorro.

Un águila se acercó volando, se posó en el palomar de la era y echó al suelo unos granos de trigo que traía en el pico; después llamó a los polluelos y les dijo:

—Venid, pequeños, y comed este trigo que os traigo; lo he cogido para vosotros al pasar sobre un campo cubierto de espigas.

Y durante un buen rato estuvo el águila contemplando cómo los polluelos picoteaban golosos los granos de trigo, satisfecha y feliz. Y esto era así porque el Hijo de Dios había nacido y venía a predicar humildad y amor. Y los animales daban ejemplo a los hombres. Y las gentes también se hallaban predispuestas para la bondad y se saludaban diciendo:

—Paz a los hombres de buena voluntad.

Y todos holgaban y se divertían, pues días de hermandad y felicidad se habían anunciado a todos los humanos.

Pero un día apareció un anciano vestido con un manto muy raído y sucio. Al pasar por la aldea, se detuvo a mirar cómo los humanos y los animales cantaban y bailaban, pero en vez de sumarse a la alegría general, se echó a llorar desconsolado. Y la gente se extrañó al verle llorar.

—¿Por qué llora usted, abuelo? —le preguntaron.

—Lloro —dijo el anciano— porque veo qué fácilmente os sentís felices y cómo florece rápida la alegría en vosotros, despreocupándoos por el día de mañana.

—¿Pero usted no sabe que fue nacido entre los hombres el Hijo de Dios?

—Sí, lo sé, pues fue anunciado hace mucho tiempo por los Profetas. Sin embargo, el mundo no puede dejar de ser como es, y el sol ha de salir todos los días por encima de los montes y se sumergirá como siempre en las lejanías del mar; y lloverá como de costumbre; y el lobo, que fue creado para comer carne, no ha de comer tojos; ni el hombre podrá olvidarse de encender el fuego del hogar, ni dejará tampoco de morir algún día…

—Pero eso… —replicaron las gentes del pueblo, confundidas—. Con tal de vivir alegres y dichosos…

—¡Toda ilusión es fugitiva! —sentenció el andrajoso caminante—. Habréis de volver enseguida a vuestros trabajos y querellas de siempre, a las disputas acostumbradas entre unos y otros.

—¡Si siguieras tu camino y no vinieras a importunarnos con tus malos augurios cuando estamos de fiesta! —le gritó alguien, malhumorado.

—¡Vete de aquí, sarnoso! —le escupió otro con coraje, olvidando el respeto que le debía por su ancianidad.

—¡Echadlo a palos de aquí! —bramó un tercero.

Y otro, más atrevido que los demás, le tiró una piedra al anciano, riéndose. La piedra dio en el blanco, y una mancha de sangre tiñó el rostro del viejo que, volviéndose hacia ellos, dijo dolorido pero sin cólera:

—¿Veis cómo la maldad no se aparta fácilmente del corazón de los hombres?

Y siguió su camino renqueando.

—¿Quién será ese hombre? —se preguntaban las gentes, pensando en las palabras del viejo.

Y el hombre más anciano del pueblo, después de pensar un poco en sus recuerdos, dijo:

—Ese hombre no puede ser otro más que el Judío Errante.

—¡Judío había de ser para venir a hablarnos hoy de la manera que lo hizo! —gritó una mujer, pero todos los demás callaron.

Ahora la gente se ríe de estas cosas. No sabemos si aquel viejecito era o no el Judío Errante del que hablan tantas historias, pero que era un hombre de buen juicio y sabio nadie lo pone en duda. La vida de los humanos de entonces para aquí acabó dándole la razón.

lunes, 19 de noviembre de 2018

13 frases para ofender a los ofendiditos


¡Hola a todos!

 Estaba yo hoy revisando las noticias de mi muro en Facebook cuando encontré algo que me llamó la atención, lo suficiente como para dedicarle un espacio en mi blog. Estoy convencida de que todos vosotros, tanto los que me seguís como los que me leéis de vez en cuando o por pura casualidad, conocéis a Cabronazi, esa página de Facebook que se creó en 2015 y que ha conseguido reunir la nada desdeñable cantidad de 13 millones de seguidores con la sencilla táctica de robar contenido ajeno y publicarlo en sus diversas redes sociales sin citar la autoría de dichas publicaciones.

Pues el caso es que estaba desayunando tan tranquilamente en mi casa mientras me ponía al día con la actualidad, cuando de pronto di con un artículo de Cabronazi que me pareció curioso. No sé si fue el título tan pretencioso del artículo o la foto de Arturo Pérez-Reverte que traía adjunta lo que me hizo pinchar el enlace para ver de qué se trataba; de Cabronazi se puede esperar de todo. Y he aquí que encontré un artículo donde el autor (no sé si es hombre o mujer) nos trae trece frases que no deberíamos decir si nos consideramos personas inteligentes. Resulta un poco irónico que una página llamada Cabronazi se dedique a dar consejos sobre cómo ser más inteligentes, dado que lo que ellos publican es básicamente basura. Pero también soy de las que piensa que nunca se le debe negar una oportunidad a nadie, y menos cuando te ponen de cebo una foto de Pérez-Reverte, así que me decidí. Trinqué el artículo y me leí los trece puntos, uno por uno.

Y esto fue lo que encontré: la filosofía de lo políticamente correcto. Un manual perfecto para tratar con ofendiditos de piel fina a los que cualquier cosa les hace echarse a llorar.

Pero, ¿qué es un ofendidito? El ofendidito es, a mi juicio, un miembro de esa nueva secta internauta que se dedica en cuerpo y alma a tratar de erradicar todo aquello que pueda ser ofensivo para alguien. Tarea bastante ardua, sobre todo si tenemos en cuenta que somos más de seis mil millones de seres humanos en la Tierra y que lo que no ofende a unos sí puede ofender a otros. Y no, no estoy cargando las tintas contra las personas que luchan para hacer de este mundo un lugar mejor para todos tratando de quitar las lacras que durante siglos nos han afectado. Mis quejas van contra aquellos que protestan por TODO, absolutamente TODO, hasta por las tonterías más grandes. La capacidad de un ofendidito para escandalizarse se sale de las gráficas, y son famosos por hacer una guerra de todo cuanto se les pone a tiro, hasta de las cosas más triviales

A tal punto han llegado las cosas que tenemos que emplear un lenguaje especial cada vez que nos dirijamos a un ofendidito. Porque claro, uno no puede acercarse a uno de estos Copitos de Nieve y decirle "Hola, ¿qué tal estás?" sin más, sin vaselina ni nada. ¡Que eso es ofensivo! Y vosotros diréis: ¿Pero en qué he podido yo ofender a esta persona, si solo la he saludado? Pues lo has hecho, y en Cabronazi lo saben mejor que tú. Por eso, en su infinita sabiduría, han reunido para nosotros estas trece frases que, según ellos, una persona que se considere inteligente no debería decir nunca para no herir sensibilidades.

¿Creéis que exagero? Seguid leyendo.



1. Pareces cansado: Esta es una de las frases que más podemos escuchar en nuestro día a día… y deberíamos ir con cuidado. Diciendo esto, estamos mandando el siguiente mensaje: tienes un aspecto tremendamente lamentable. ¿Solución? Preguntar directamente por cómo está la persona.

Empezamos fuerte con la primera frase de la lista. Al parecer, al iluminado que ha escrito este artículo le da la impresión de que si le decimos a alguien que parece estar cansado, lo que en realidad estamos insinuando es que nos da la impresión de que tiene un aspecto deplorable. Es decir, que si nos consideramos inteligentes no podemos decirle esa barbaridad a una persona porque es como si la estuviéramos insultando. Es curioso que en ningún caso se plantee la posibilidad de que una persona pueda estar demostrando sincera preocupación al hacer esa pregunta si su amigo o pariente está demasiado pálido, ojeroso y demacrado, pero veréis que esto va a ser habitual en las siguientes citas.



2. Siempre o nunca: No podemos vivir una vida sin ningún tipo de gris. Todo tiene matices y es importante saber vivir con ellos. No tenemos que ser tan planos y debemos tomar nuestras decisiones en base a la probabilidad, en cualquier caso.

Vaya, ahora parece que las personas que se consideren inteligentes tampoco pueden decir siempre o nunca, porque esas palabras son tan definitivas y contundentes que las nuevas generaciones no serían capaces de soportar la intensidad que comportan. Supongo que el autor del artículo se refiere al empleo que se hace de ellas en frases tales como “Siempre te querré” o “Nunca volveré a confiar en ti”, por poner dos ejemplos de los más utilizados en el día a día. Estoy de acuerdo en que actuar de acuerdo al significado de siempre y nunca puede ser demasiado rígido, pero me llama la atención el hecho de que el autor del artículo parece obviar el significado metafórico que encierran estos dos adverbios. Es como si creyera de verdad que cuando una persona utiliza esas palabras en una frase, lo está haciendo con toda la intención de cumplir lo que dice. No se plantea que pueda ser una hipérbole (si esa persona me está leyendo, hipérbole es sinónimo de exageración) o que, simplemente, son palabras que suele utilizar en su habla habitual y no se plantea darles un significado mayor.



3. Como dije antes: Indirectamente, lo que le estás diciendo al interlocutor es que no está atento y que, de forma constante, le has de estar repitiendo cosas que ya le has dicho. Quizá eres tú el que no está transmitiendo correctamente el mensaje.

Otra tontería más para el saco, y una nueva (mal)intención del autor de interpretar como le da la gana una frase que puede utilizarse en cualquier discurso o explicación y que sirve de enlace para un punto que se ha tratado con anterioridad. Una vez más, no se le adjudica más que un significado a esta locución, y me atrevo a decir que el autor incluso la ha escrito poniéndole un soniquete sarcástico para que suene borde y maleducado porque, obviamente, no cabe otra interpretación posible para esta frase.



4. Buena suerte: Decirle esto a alguien podría malinterpretarse. De forma indirecta, lo que estás diciendo es que la otra persona no tiene suficientes cualidades por sí misma y tendrá que depender de la suerte para poder tener éxito en su empresa.

Vaya, no sabía que ahora es de personas poco inteligentes desearle buena suerte a una persona. Lo que el autor nos dice es que con esa frase tan simple, lo que estamos insinuando es que consideramos a nuestro interlocutor un zoquete del tamaño de una catedral, puesto que solo con mucha suerte conseguirá llevar a cabo lo que se proponga.

Pero vamos a ver, ¿tan difícil es no buscarle los tres pies al gato y pensar que una persona puede desearnos buena suerte porque de verdad quiere que tengamos buena suerte en la vida? De verdad, qué cansancio de gente…



5. Lo que tú quieras: Esto denota una clara falta de interés que no nos conviene en absoluto. Deberíamos ser capaces siempre de dar nuestra opinión sincera, aunque nos cueste un mayor esfuerzo.

No, querido. Lo que esto denota son ganas de no seguir discutiendo con la otra persona, sobre todo si es tan cabezota que se empecina en no atender a razones ni escuchar lo que el otro le tiene que decir. Sería como tú dices en el caso de que se pronuncie en tono neutro y desapasionado, como si esa persona cediera ante los deseos de otra. O igual es porque no tiene un plan mejor y prefiere que la otra persona lleve la voz cantante, ¿se te había ocurrido pensar eso?



6. Has perdido muchísimo peso: Esto podría parecer un cumplido, pero lo que estamos diciendo, en realidad, es que la otra persona antes no estaba bien, según tu criterio, y podría sentirse juzgada. Es mejor, simplemente, comentar que la otra persona tiene un buen aspecto.

De acuerdo, pero con matices. Según el autor de esta sentencia, decirle a una persona que ha perdido mucho peso es juzgarla a la baja, insinuando que antes estaba mal y que ahora, bajo nuestro punto de vista, está bien. Lo que no aclara es que si a una persona que está demasiado delgada o demasiado gorda le decimos que tiene muy buen aspecto, también le estamos juzgando según nuestro criterio de belleza. ¿Si una chica es anoréxica, le vas a decir que tiene muy buen aspecto? ¿Y si padece obesidad mórbida? Igual debería aplicarse el cuento de la frase anterior y dar su opinión sincera, aunque le cueste un mayor esfuerzo.



7. Eras demasiado bueno/a para esa persona: Estamos tocando el tema de las relaciones interpersonales y eso puede resultar muy delicado. Si lo que hacemos es hacer una valoración de este estilo, lo que estamos diciendo es que el interlocutor podría haber tenido mal gusto a la hora de escoger… optemos por algo del estilo “¡Él/ella se lo pierde!”

Vaya, resulta que ahora tampoco se puede decir esta frase (más bien es un cliché sociológico) ni siquiera en el caso de que estés intentando consolar a una persona que ha sufrido una ruptura. Una vez más (y no será la última), el autor se empeña en tomarse las cosas a la tremenda y tirar por el camino que no es. Es como si quisiera malinterpretar la frase a propósito, como si todo le ofendiera.

Por cierto, la frase que da como opción es todavía peor, sobre todo si queremos ser puntillosos y le respondemos que la otra persona sabe perfectamente lo que se pierde porque fue la que decidió cortar la relación. Y si lo hizo, será por algo, ¿no?



8. Estás muy bien para tu edad: No partamos de la premisa de que hay una “edad mala”. Es mejor destacar los aspectos positivos y ya está, no unir estos a otras características que nadie puede escoger.

Perdona, pero nadie está partiendo de esa premisa que dices. Lo que se quiere decir con esta frase es que, por lo general, a ciertas edades se notan más los defectos y el desgaste del tiempo en el aspecto físico de una persona. Pero no creo que nadie lo diga para insultar o para faltar al respeto. Es otra fórmula de cortesía para decir, de manera global, que esa persona tiene un aspecto juvenil a pesar de haber cumplido ya los 75 años, porque la juventud se sigue viendo como sinónimo de belleza y lozanía. Según el criterio de este autor (y dado que cada uno tiene sus propios criterios de belleza con respecto a los demás), tal vez sería más adecuado agasajar a esa persona con un cumplido como “¡Caramba, qué cartucheras más bonitas y bien trabajadas que tienes! No las tenías así hace diez años; se nota que te has empleado a fondo para que aumenten. ¡Ole tú y ole tu chocho!”.



9. Eso no es justo: A la hora de opinar de forma negativa sobre algo, no apeles a conceptos abstractos y grandilocuentes como la “justicia”. Limítate a dar tu opinión y a que sean tus argumentos los que ganen o no la conversación.

O, lo que es lo mismo, si dices que algo “no es justo” es como si tuvieras un berrinche de niño pequeño y ése fuera tu único argumento para defenderte. ¿De verdad hay que sacar esta expresión del vocabulario solo porque, según tu criterio personal, te suena banal? Estoy segura de que hay otros contextos en los que se puede utilizar el “no es justo” con toda tranquilidad y sin miedo a parecer un infante caprichoso, como opinar que en un concurso de talentos en el que se presentan niños de diversas edades, ganen por defecto los niños más pequeños porque si no se les rompe la ilusión y lloran. Como los ofendiditos.



10. Voy a hacer una pregunta absurda: Aquí lo que estás reflejando es pura inseguridad. No le sirvamos en bandeja a la otra persona tener unos prejuicios sobre lo que vamos a decir, porque esto puede condicionar su respuesta, y no necesariamente para bien.

Sí, podría ser inseguridad, pero el mostrarse inseguro también es de personas inteligentes. De hecho, solo los necios están seguros de todo, hasta de lo que no saben. Si una persona dice “voy a hacer una pregunta absurda”, lo que en realidad está diciendo es que ha hecho esa misma pregunta otras veces y la gente se ha reído de ella o la ha tildado de simplona. A pesar del miedo que siente a que vuelvan a tacharla de simple y vacía, su curiosidad puede más y se arriesga a hacer la pregunta para obtener la máxima información posible. ¿Eso es de personas poco inteligentes?



11. Lo intentaré: Dar esta respuesta es hacer gala de una inseguridad absoluta. Puede que no consigas tu objetivo, pero es mejor dejar clara la forma en la que lo intentarás que no destacar el hecho de que ves poco probable el éxito.

Madre mía, faltaba que dijera lo de “Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes” y habría redondeado la frase. Para el señor, señora o señore (que ya no sé qué género hay que utilizar, carajo) que ha escrito esto, la frase “lo intentaré” no es una señal de prudencia, sino de inseguridad. Una vez más (¿cuántas van?), entiende esta frase en el contexto que le da la gana y no se plantea la posibilidad de que se pueda aplicar a otras situaciones. Como ya he dicho antes (sí, es una referencia al punto 3. Badum tss!), una persona puede simplemente ser prudente al decir la frase “lo intentaré”, y no porque no confíe en sus propias habilidades para llevar a cabo una empresa, sino porque quizá no sabe cómo se van a desarrollar las cosas y prefiere no arriesgarse con un rotundo “lo conseguiré”.



12. No es mi culpa: No hay forma de decir esta frase y que no se genere una tensión innecesaria. No partas de la premisa de que la gente te va a señalar como el culpable de lo que sea que haya ocurrido. Tú mismo te estás poniendo entre la espada y la pared.

También se podría ver como una manera de echar balones fuera o, lo que es lo mismo, escurrir el bulto para descargar las culpas en otra persona. ¿Por qué no explicas los diferentes contextos y después vemos si se puede aplicar la frase o no? Porque sigo sin ver qué tiene esto de poco inteligente.



13. Así es como se ha hecho siempre: Los seres humanos deberíamos aspirar a la evolución. Si algo se ha hecho siempre de una forma, no debemos estar cerrados a que, quizás, se pueda hacer mejor de otra. Las cosas cambian demasiado rápido como para estar anclados al pasado.

La única en la que estoy de acuerdo, por increíble que parezca. Esta es la única frase que, bajo mi punto de vista, deberíamos tener más cuidado de decir. Eso sí, sin desdeñar la experiencia de los que nos han precedido y que ya están de vuelta cuando nosotros todavía vamos para allá. La evolución no consiste solo en avanzar hacia delante, sino en mirar hacia atrás y aprender del pasado todo lo bueno y lo malo, y luego actuar en consecuencia. Eso sería lo más inteligente que uno puede hacer.


Y hasta aquí por hoy, lectores. Sé que esta no suele ser la tónica habitual en mi blog, pero la verdad es que me ha tocado bastante la moral leer ese artículo, quizá porque ya estoy hasta las narices de ver cómo esta sociedad se hipersensibiliza a pasos agigantados, hasta el punto de que no se puede decir la frase más sencilla sin temor a ofender los sentimientos de los Copitos de Nieve más cercanos.

Nos vemos en la próxima. ¡Hasta pronto!

sábado, 10 de noviembre de 2018

Memorias de la XXIII EstelCon


¡Hola a todos!

Hoy va a ser un post un poco diferente a lo habitual. Como ya sabéis, sobre todo si os habéis pasado por aquí alguna que otra vez o tenéis la costumbre de leerme, las cosas que suelo colgar en este pequeño y humilde espacio son de temática friki cuando algo me apasiona mucho, histórica cuando mi vena académica sale a relucir y artística cuando me dejo llevar por mi imaginación. Pero hoy va a ser algo más íntimo, algo más ligado a mi corazón y al de todos aquellos con quienes compartí cuatro días que se convirtieron en el bálsamo que mi espíritu necesitaba. Por lo general, los seres humanos dedicamos un tiempo muy largo a buscar momentos y sensaciones que nos llenen de paz, de vida, de luz, de calor... pero a veces solo son necesarios cuatro días para vivir esa experiencia en toda su plenitud. Yo lo he vivido así.

Pero pongámonos en situación. Embalse de Benagéber, Comunidad Valenciana, año 2018. En un albergue medio oculto entre pinos y montañas se iba a celebrar la XXIII Mereth Aderthad, es decir, la fiesta de la reunión, un acontecimiento que todo amante de la obra de J. R. R. Tolkien espera con fervor durante todo un año. Ciento cincuenta personas venidas de todas partes de España se iban a encontrar (y reencontrar) en este albergue al cual muchas manos se prestaron para adornarlo para la ocasión con estandartes, música, baile, canciones y, sobre todo, muchísima ilusión. Al poner los pies allí volví a sentir una emoción conocida que he experimentado, por desgracia, pocas veces en la vida. Allí estábamos todos, un año más. Rostros conocidos se mezclaban con caras que todavía no me resultaban familiares, pero todos teníamos algo en común: el deseo de reunirnos para conmemorar la obra del Profesor, honrarla y mostrársela en todo su esplendor a quienes querían acercarse a ella.

Para este artículo, he decidido estructurarlo en cuatro apartados, tal como hizo Tolkien en el prólogo de La Comunidad del Anillo, no solo porque me parece una manera de rendirle homenaje, sino también porque creo que solo así podré abarcar en su totalidad todo lo que quiero expresar.


*De los amigos antiguos y los nuevos

Empezamos por lo que yo considero que es una de las mejores partes de una EstelCon, que es el reencuentro con aquellos amigos a los que hace mucho tiempo que no vemos. A pesar de que vivimos en una época hiperconectada en la que saber cómo se encuentran nuestros amigos está solo a un clic de distancia, no hay nada comparable a volver a ver a esas personas cara a cara y darles un fuerte abrazo cargado de sentimientos. Sentir la calidez de su corazón y mirar por fin esos ojos reales, brillantes, reflejo de mil emociones que llegaban al alma. "Aquí estoy", decían sin necesidad de usar palabras; no se necesitan cuando el corazón habla.

Pero una EstelCon también es el lugar donde se pueden hacer nuevos amigos y, con un poco de voluntad, es muy posible que la forja de esas nuevas amistades dure mucho tiempo, cuando no toda la vida. Los lazos de la amistad son como una buena espada: requieren mucho trabajo y es necesario poner mucho empeño, pero si todo sale bien el resultado es inmejorable. Y puedo decir que este año mi experiencia ha sido de lo más positiva, algo por lo que siempre estaré agradecida. En esta EstelCon he tenido la oportunidad de conocer a personas que me han acogido, me han hecho reír, me han escuchado, me han dado ánimos y me han hecho partícipe de sus planes y actividades. Gente a la que no conocía de nada, pero que me ha abierto los ojos a nuevas realidades y a un mundo infinito de fantasía donde todo es posible.

No sé si es necesario que pase un tiempo prudente para llamar "amigo" a alguien; hoy en día tendemos a banalizar palabras tan hermosas como amistad, amor o compañerismo. No sé si cuatro días al lado de una persona son suficientes como para considerarla amiga, pero tal vez mi corazón estaba presto para hacerlo y quería que aquellas personas que conocí allí tuvieran un lugar en él. Todas se lo han ganado, en mayor o menor medida. Todas esas personas ya forman parte de mí de una manera u otra, y lo que le han aportado a mi vida nadie me lo quitará jamás, ni yo lo olvidaré mientras tenga memoria. En el momento de la despedida hubo muchos abrazos y lágrimas pero, sobre todo, la promesa de volver a vernos pronto. Y sé que esa promesa se cumplirá. Tan cierto como que el sol sale todas las mañanas, el reencuentro con los amigos nuevos y viejos se llevará a cabo nuevamente, y volveremos a experimentar ese calor en el corazón que es como el fuego del hogar, agradable y reconfortante.


*Del valor que se oculta dentro de uno mismo

Hay una frase muy acertada que dice que el miedo es la emoción más difícil de dominar. Si sentimos dolor, lo podemos aliviar llorando; si sentimos rabia, la reducimos gritando. Pero el miedo nos invade silenciosamente y ataca nuestro corazón sin que seamos conscientes de ello ni sepamos qué hacer para evitarlo. Es muy normal tener miedo, y más si eres una persona con tendencia a la timidez, a esconderse cuando hay mucha gente mirando y no sabes qué decir mientras bajas la vista, esperando que el suelo o tus pies te den una respuesta que nunca llegará.

Pero el miedo tiene algo bueno y es que, cuando corres hacia él, huye despavorido. El miedo a mezclarme entre desconocidos y a no encajar entre ellos surgió con bastante fuerza en mi primera EstelCon, allá por 2016, y fue la gran culpable de que me acobardara y me hiciera retroceder a la hora de apuntarme a actividades que me llamaban mucho la atención pero que temía no saber realizar y acabara molestando a los demás por ello. Este año no fue así; no dejé que fuera así. Al saber más o menos en qué consistía una EstelCon, pude enfocar la elección de actividades de la manera que mejor se ajustaba a mí, y me alegra poder decir que he participado en más de las que esperaba; algunas de ellas no entraban en mis planes iniciales, pero no lamento haberme metido en ellas, pues me lo he pasado muy bien y he aprendido que el miedo puede ser un poderoso enemigo que nos evita disfrutar de la vida en su máximo esplendor.


*De los bailes, canciones, lecturas y actividades

En los cuatro días que dura una EstelCon hay tiempo para hacer muchas cosas con amigos y compañeros de fortuna. La obra de Tolkien ha dado origen a estudios, ensayos, conferencias y debates muy interesantes que aportan un mayor conocimiento a quienes intentamos saber más y ahondar en el legado del Profesor. Siempre es un verdadero placer asistir a una de las charlas que se dan en una Mereth Aderthad, pues es una oportunidad magnífica para aprender muchas cosas que no sabíamos (o para iniciar debates sobre los Elfos comeflores, por qué no).

Pero no todo iba a ser academicismo y erudición acerca del universo Tolkien, pues también hubo espacio para juegos y actividades relacionadas que hicieron las delicias de muchos de nosotros y nos ayudaron a embebernos del espíritu de la Tierra Media. Talleres como el de elaboración de remedios naturales, el diseño de laberintos o el de un cuaderno de viajes, dedicados a aquellos cuyas manos son incapaces de estarse quietas y quieren hacer algo bello y productivo (es inevitable acordarse de Sam Gamyi, el hobbit que encontraba la felicidad más grande en las cosas sencillas de la vida). Clases de baile al aire libre que pusieron a prueba nuestra agilidad de pies y capacidad para aprender tres pasos diferentes sin pisar al compañero de al lado. Canciones y musicales creados para alegrar el ánimo o enriquecer el espíritu de los atentos espectadores, dando lugar a momentos emotivos y cómicos a partes iguales. Alguien dijo una vez que no hay música más bella que la risa que sale del corazón, y por eso puedo afirmar que en esta EstelCon no ha habido música más hermosa y sincera que la que nació de todos nosotros (con permiso de Eru y los Áinur, claro está).

Quisiera dedicar aquí unas palabras especiales para el juego de rol en vivo, ya que esta fue mi primera incursión en este mundo del que tantas veces había oído hablar y por el que sentía una gran curiosidad, pero que por miedo o desgana había dejado relegado a un segundo plano. Pese a que temblaba como una hoja cuando llegó el momento de empezar el juego, a los pocos minutos ya me sentía tan relajada que pude disfrutar de dos cortísimas horas de juego rodeada de gente increíble e implicada. Cabe destacar el final inesperado de la partida que, unido al buen humor general, arrancó auténticas carcajadas y puso el broche de oro a una tarde magnífica.

Y, como no podía ser menos en la celebración de uno de los escritores más grandes que jamás han existido, también ha habido momentos para la lectura de fragmentos, poemas y cuentos tolkienianos. Reunidos al estilo de una corte señorial en torno a nuestro maestro de ceremonias, unos pocos elegidos tuvimos el honor de llevar a cabo una pequeña representación que espero haya deleitado a nuestros oyentes. He disfrutado mucho leyendo ante todos los presentes y, pese a lo nerviosa que estaba, no me arrepiento de haberme apuntado a la actividad. Creo que ese fue uno de los primeros momentos en los que la magia, la verdadera magia, hizo su aparición y nos acompañó hasta el final de esos cuatro días inolvidables.


*De las risas y las lágrimas

Pero todas las cosas deben llegar a su fin, y el fin de la Mereth Aderthad llegó más pronto de lo que todos queríamos. Después de disfrutar de la cena de gala, con sus brindis cargados de sentimiento y sus canciones que llegaban al alma, llegó el temido momento: el de la despedida. Tras realizar la entrega de premios y homenajear al smial organizador de la mereth, todos los presentes pusimos toda nuestra atención a la lectura final, que no es otra que la marcha de Frodo, Bilbo, Gandalf y Galadriel en un barco rumbo a las Tierras Imperecederas. Un cierre perfecto para una grandísima historia, pero que no deja de ser un tanto agridulce porque Frodo, a pesar de haber llevado a cabo una de las pruebas más difíciles que le pueden tocar a una persona, se ve incapaz de disfrutar de las dádivas del héroe y sufre durante años las secuelas de haber llevado colgada al cuello la más pesada de las cargas. Solo hay un lugar donde por fin podrá alcanzar la tan ansiada paz de espíritu, pero para eso es necesario que deje atrás todo cuanto amaba y tome rumbo al Oeste.

Siempre me ha producido una tremenda congoja esa parte de El Retorno del Rey, pues comparto la tristeza de Sam ante la pérdida inevitable de su amo, amigo y compañero. Pero a pesar de las amargas lágrimas, que son las mismas que cayeron de nuestros ojos en medio de la lectura, nos queda el consuelo de que el tiempo vivido ha sido pleno y nuestras experiencias, vívidas en nuestra memoria, permanecerán en nuestro interior hasta que nos llegue el momento de partir. Risas y lágrimas entremezcladas. La amargura de la despedida unida a la sonrisa de la esperanza y a la promesa de volver a vernos en un futuro no muy lejano. Como bien decía Gandalf, no todas las lágrimas son malas. Ésa fue su última lección, y puede que la más sabia y verdadera.

Y así fue como terminó uno de los períodos más felices de mi vida, corto e intenso a partes iguales. El camino de vuelta a casa, marcado por ese silencio solemne en el que se entremezclan el cansancio y la pena, no fue tan amargo para mí como la primera vez, quizá porque tuve la oportunidad de compartirlo con tres personas a las que quiero muchísimo. Volvíamos otra vez a la vida cotidiana, con su ritmo ajetreado y las obligaciones que todos tenemos que cumplir, pero regresábamos con el espíritu renovado y la mente clara. No son muchas las veces que me ha tocado vivir una experiencia tan enriquecedora como lo fue esta EstelCon, pero creo que todos regresamos a casa con el mismo pensamiento en la cabeza: El haber sido partícipes de algo tan grande como es la celebración de la amistad que, ojalá, dure por muchos, muchos años.

Gracias de corazón a todos los que lo habéis hecho posible.

martes, 6 de noviembre de 2018

La leyenda del mes: ¿Por qué es salada el agua de mar?


¡Hola a todos!

Sí, sé que este mes empezó hace seis días y yo no he subido la entrada correspondiente, pero tengo una buena excusa y es que me he tomado unos días libres en el trabajo para ir a la Estelcon que se ha celebrado este año en Benagéber, y de la que he vuelto este mismo lunes. Decir que ha sido una experiencia maravillosa es quedarse corta, pero puede que os cuente un poco más en los próximos días. Han pasado tantas cosas que siento la necesidad de compartirlo con todos vosotros con la esperanza de pasaros un trocito de la felicidad que todavía me embarga.

Pero vayamos por partes, porque no se puede empezar el mes sin la entrada correspondiente del calendario bloguero. Así que para hoy os he traído otra nueva leyenda gallega, que espero que os guste mucho.


¿Por qué es salada el agua de mar?




Dice la Biblia que en el principio Dios creó los cielos y la tierra, pero después hizo que las aguas se juntaran en un lado y que en el otro quedara la parte seca. Pero las aguas eran todas dulces en general, tanto las de los ríos y fuentes como las de los mares, aunque después de un tiempo las aguas del mar se volvieron saladas, y hay quien dice que fue por esto que voy a contaros.

Casi desde el comienzo del mundo, los hombres empezaron a vagar por la tierra en busca de alimento, ya fueran frutas, cereales, carne o pescado. Obligados por la necesidad, poco a poco aprendieron a cocinar sus alimentos, y después a construir embarcaciones para navegar por el mar y carros para trasladarse de un lugar a otro, y después a intercambiar objetos y alimentos y a comerciar unos con otros.

Una vez, un hombre que navegaba en su barco fue a parar cierto día a una isla que tenía unos montecillos de lo que parecía ser arena muy blanca, y descubrió que aquella arena era muy buena para conservar la carne sin que se pudriera. Era sal. Entonces, aquel hombre empezó a llevar cargamentos de sal y la vendía, y gracias a eso se convirtió en un mercader rico y próspero.

En uno de sus viajes, el mercader llegó a un pueblo marinero de Galicia, donde conoció a una joven muy sencilla y hermosa, hija de un marinero pescador. El mercader se enamoró de la muchacha y, como ella no le era indiferente, los dos se casaron poco tiempo después. Pero sucedió que el mercader tuvo que hacerse a la mar otra vez, y se despidió de su mujer con estas palabras:

—Olaya, yo he de irme para hacer otro viaje. Tú no puedes venir conmigo en el barco pero, ¿me esperarás hasta mi regreso?

—Yo soy tu esposa —respondió ella—, y te aguardaré y rogaré siempre al mar para que tenga compasión de nosotros y te deje volver sano y salvo.

Pero mientras el mercader se hallaba ausente, un poderoso señor que vivía en un castillo próximo al puerto de los pescadores sintió en su espíritu ambicioso el ansia de poseer a aquella mujer, a la fiel Olaya, e hizo todo lo posible por engatusarla con halagos y obsequios. Pero todo fue en balde porque Olaya, fiel a su esposo, rechazó enojada y ofendida las pretensiones del señor.

Pero la negativa de Olaya encendió más aún las ansias del señor, que se creía dueño de todo lo que abarcaban sus territorios; y una noche, con la ayuda de sus criados, asaltó la casa de Olaya que, a pesar de sus desesperados esfuerzos, fue rendida por la fuerza. Cuando el mercader regresó a su hogar al cabo de un tiempo, supo todo lo que le había ocurrido a su esposa. Hizo todo lo posible por recuperarla, por arrancarla de los brazos del señor, pero al ser el señor también la justicia del pueblo, se vio obligado a regresar al mar con el corazón destrozado.

Pasaron dos o tres años; el mercader consiguió amasar una buena fortuna y concibió la idea de reunir gentes armadas para asaltar el castillo del pérfido señor que le había robado a su esposa, pero cuando llegó a la tierra de su amada descubrió que el castillo había desaparecido y que las olas batían sobre las piedras que habían pertenecido a los muros derribados, esparcidos entre la arena. El mercader corrió entonces a la casa de su suegro, y allí encontró a su querida Olaya, que salió corriendo a recibirle entre risas y lágrimas.

—¡Olaya! ¡Eres tú! —exclamó el mercader.

—¡Sí, amor mío: yo, esperándote siempre!

—Pero, ¿cómo ha sido? ¿Qué es lo que ha pasado?

—Un día —dijo entonces su esposa—, el mar se embraveció y grandes oleadas rompían contra los muros del castillo. El mar batía furioso y las aguas llegaban hasta lo más alto de las torres, invadiéndolo todo. Los muros temblaron y se derrumbaron sobre las mismas aguas que los azotaban. El señor rugía enloquecido, daba órdenes, corría de un lado para otro, denostando y blasfemando, y en un momento de su cólera cayó al mar, y con él, otros de sus criados. Todos se ahogaron. Solamente yo y alguna de las sirvientas que se habían portado bien conmigo durante mi cautiverio nos salvamos de milagro. Después de que murieran los crueles servidores y su amo, el mar se calmó y yo pude volver a la casa de mi padre.

—Pues si el mar te ha salvado —dijo entonces el mercader—, yo le soy deudor de este gran bien que me ha hecho y tengo que demostrarle mi agradecimiento.

Y, dirigiéndose a las aguas, exclamó:

—¡Oh, mar! Tú, que me has ayudado siempre en mis empresas, me has hecho también el mejor servicio de mi vida devolviéndome a mi esposa, a mi querida Olaya, que un infame señor me había arrebatado. Tú has derribado con su castillo su orgullo, su ambición y su poder; tú has hecho justicia, haciéndole pagar con la vida su crueldad. ¡Oh, mar! Toda la gente admira tu grandeza, tu riqueza y tu poder. En adelante, si quieres venir conmigo, todos admirarán también el sabor de tus aguas.

Y parece ser que el mar quedó complacido por sus palabras pues, según se dice, siguió al mercader en su siguiente viaje a la isla de la sal y la invadió, sumergiéndola, haciéndola desaparecer en las profundidades, y desde entonces el mar es siempre salado.

Después, el mercader, ya rico y viendo desaparecer su isla, volvió a la tierra de su esposa y vivió dichoso con ella hasta que murió de viejo.

domingo, 14 de octubre de 2018

Las imágenes del horror


¡Hola a todos!

Dice el refrán que una imagen vale más que mil palabras, y es innegable el poder evocador que un cuadro, una ilustración y una fotografía tienen en el ser humano. El arte pictórico es el mayor exponente del deseo humano de plasmar una imagen determinada en un medio imperecedero, y que la intencionalidad del artista era provocar en el espectador las mismas sensaciones que había experimentado él me parece indiscutible. Por eso a nuestros días han llegado imágenes que guardan una gran belleza, otras que reflejan la vida cotidiana de las personas en sus casas o en sus trabajos, e incluso imágenes captadas en países lejanos que muestran aspectos culturales curiosos y exóticos a nuestros ojos. Pero también tenemos que hablar de las imágenes del horror, testimonio visual de hechos que poblarán nuestra cabeza de pesadillas en cuanto sepamos la historia que cuentan.

Historias y hechos inexplicables que perturban nuestra mente, captados en el momento justo por el objetivo de una cámara fotográfica. Desde que el hombre fue capaz de capturar un instante en un trozo de papel, la cantidad de historias que se han recogido en imágenes nos ayudan a concretar la auténtica historia del ser humano, desde una fotografía con toda la familia reunida en torno a la mesa, hasta la instantánea de un paisaje cuya belleza fue capaz de subyugar al fotógrafo que lo inmortalizó.

Pero en la historia de la fotografía también existen imágenes que son el prólogo a la pesadilla que esconden detrás. Fotografías que no delatan el horror de buenas a primeras, pero que preparan el terreno para lo que vendrá después. Algunas tienen la macabra virtud de grabarse en las retinas y permanecer en nuestros recuerdos para atormentarnos en el peor de los momentos, cuando creemos estar a salvo siguiendo con nuestras apacibles vidas. He encontrado muchas fotografías que tienen historias aterradoras detrás, pero he elegido estas siete para el artículo de hoy porque son las que más me han marcado y las que, en mi opinión, son más reveladoras de las diversas caras del terror.


1. El suicidio más hermoso




Evelyn McHale fue una mujer que, a sus 23 años, tomó la terrible decisión de quitarse la vida. Todo ocurrió el 1 de mayo del año 1947, en la ciudad de Nueva York. Como muchos suicidas, Evelyn dejó escrita una nota en la que simplemente decía "Él está mucho mejor sin mí. Yo no sería una buena esposa para nadie". A continuación, se dirigió al Empire State, compró un boleto para subir a lo alto del mirador y saltó al vacío desde la planta 86 del rascacielos, impactando sobre el techo de una limusina que estaba aparcada junto a la acera.

Teniendo en cuenta cómo acaban los cuerpos humanos cuando se estrellan en el suelo tras caer desde una altura tan elevada, no resulta extraño que el suicidio de Evelyn McHale esté considerado como el más "bonito". Un estudiante de fotografía que presenció el acontecimiento tomó la imagen que la haría mundialmente conocida. Al ver la foto, llama la atención la tranquilidad de la expresión de Evelyn, la elegancia con la que está acostada y la forma tan delicada de coger su collar de perlas. Si no conociéramos la historia que hay detrás de esta imagen, se podría pensar que es un montaje, un reclamo publicitario o que Evelyn es una modelo que posa en un decorado creado para una sesión de fotos.


2. El funeral de Vladimir Komarov




En la década de los 60, tanto Estados Unidos como la URSS se encontraban en plena competencia por ver quién encabezaba la carrera espacial. Uno de los mejores pilotos de las Fuerzas Aéreas soviéticas era Vladimir Komarov, uno de los ingenieros aeronáuticos más experimentados y cualificados del momento y al que sus parientes, amigos y compañeros de trabajo consideraban una magnífica persona de gran perseverancia, inteligencia y, a la vez, humildad. En 1964 comandó el despegue del Vosjod 1, que se convirtió en la primera misión espacial con una tripulación múltiple; sin embargo, tanto él como sus compañeros corrieron un enorme riesgo, ya que no contaban con trajes espaciales ni un protocolo de salvamento de emergencia en caso de que algo saliera mal. Con todo, la misión salió bien y Komarov fue condecorado con la medalla de Héroe de la Unión Soviética y la Orden de Lenin. Pero ninguno de estos honores le salvaría del trágico suceso que ocurriría tres años después.

En 1967, se designó a dos cosmonautas, Yuri Gagarin y Vladimir Komarov, para que llevaran a cabo una misión de órbita de la tierra como una manera de conmemorar los cincuenta años de la revolución comunista. Desde el principio, la cápsula presentó fallos estructurales tan graves que hacían imposible su utilización en una misión tan arriesgada. Sin embargo, las autoridades mayores del programa espacial no prestaron atención a esos informes e insistieron en que se llevara a cabo la misión. Komarov aceptó ir en la nave a pesar de que sabía desde un principio que era una condena a muerte, pues sabía que, si se negaba, los altos mandos obligarían a su amigo Gagarin a ir en su lugar. El resultado fue el esperado. Las últimas grabaciones del interior de la nave desvelan el llanto de rabia de Komarov antes de morir. Un detalle interesante es que antes de que la cápsula despegara, Komarov insistió en que su funeral fuera a féretro abierto para que los líderes soviéticos pudieran ver lo que habían hecho. En la foto que tenéis arriba, se puede ver lo que quedó del cuerpo de Komarov.


3. La secuestrada de Poitiers




Francia, año 1876. Blanche Monnier era una hermosa joven aristócrata de 26 años con una vida social muy activa. Su familia estaba muy bien situada económicamente y de reputación intachable. Sin embargo, todo eso cambió el día que Blanche anunció que había conocido a un abogado del que estaba perdidamente enamorada y con el que quería casarse algún día. Su madre no veía con buenos ojos aquella relación, puesto que el hombre no solo le llevaba bastantes años a su hija, sino que también era un abogado de poca monta que además estaba arruinado. Pero Blanche no quiso renunciar a su amor, y esto hizo que su madre la castigara de una de manera tan desproporcionada como inimaginable.

En 1901, el fiscal general de París recibió una carta en la que se le informaba de que en la casa de los Monnier había una mujer que llevaba 25 años viviendo en la mayor inmundicia, casi muerta de inanición y encerrada en una habitación con la puerta cerrada mediante un candado para que no pudiera escapar. Cuando los investigadores fueron a la casa de los Monnier y encontraron la habitación, se quedaron horrorizados ante lo que descubrieron. En aquel cuartucho sembrado de restos de comida, heces y vómito sobre los que correteaban cucarachas y otros insectos, estaba Blanche, desnuda, malnutrida y cubierta tan solo con una manta mugrienta. Pesaba tan solo veinticuatro kilos cuando fue encontrada, y su deplorable aspecto es el que veis en la foto. Mientras estuvo encerrada, no se le permitió salir ni siquiera para ir al baño, por lo que se vio forzada a vivir entre sus propios excrementos, respirando aquel aire viciado y nauseabundo. La madre fue apresada en el acto y acabó confesando que había encerrado a su hija para evitar que se casara con el arruinado abogado, ya que aquello habría supuesto un grave deshonor para su familia.

Pero para Blanche ya era tarde; tras más de dos décadas sin ver la luz del sol, la mujer había perdido por completo la cabeza y tuvo que ser internada en un hospital psiquiátrico, donde moriría en 1913.


4. La muerte de Regina Walters




La foto que estáis viendo muestra los últimos momentos de vida de Regina Kay Walters, una chica de 14 años que fue asesinada en 1990 por Robert Ben Rhoades, también conocido como El Asesino de la Gasolinera. Este hombre se dedicaba a recoger autoestopistas en su camión, en cuya parte trasera había montado su propia cámara de tortura. La fatalidad puso a Regina y a su novio Ricky Jones en el camino de Rhoades, que los secuestró y mantuvo retenidos en su camioneta. Es casi seguro que mató a Jones al poco de haberlo secuestrado y luego arrojó su cadáver al río Mississippi; en realidad, su verdadero objetivo era divertirse a costa de Regina.

El modus operandi de Rhoades era muy sencillo. Secuestraba a autoestopistas muy jóvenes para luego torturarlos hasta la muerte en su propio camión. Los federales descubrieron en el vehículo instrumentos de tortura tales como esposas, látigos, consoladores, correas y agujas, entre otras herramientas. Su trayectoria criminal duró quince años. En la foto queda reflejada la última fantasía del asesino, quien mantuvo cautiva a Regina durante al menos dos semanas, la sometió a todo tipo de torturas y violaciones para finalmente cortarle el pelo y obligarla a ponerse un vestido negro y zapatos de tacón antes de estrangularla con un garrote y tirar su cadáver en un granero abandonado en Illinois.


5. La mirada del odio




En el año 1933, la revista Life estaba cubriendo un evento en la Sociedad de Naciones, germen de la posterior Organización de las Naciones Unidas. El evento tuvo lugar en la ciudad de Ginebra, en Suiza, y al acto acudieron políticos de todos los países miembros. Pero no todos eran gente de bien, pues allí se encontraban también personalidades como Joseph Goebbels, el número dos de Adolf Hitler y una de las principales figuras de la Alemania nazi.

Cuando el fotógrafo Alfred Eisenstaedt, que trabajaba para la revista Life, tomó las primeras fotos de Goebbels, el ministro alemán mostró ante la cámara la mejor de sus sonrisas, mostrándose además comunicativo, participativo y amable. Todo eso cambió cinco minutos después, cuando Goebbels se enteró de que Eisenstaedt era judío. La expresión de Goebbels, captada por el objetivo de Eisenstaedt, cambió de una manera tan acusada que pasó a la historia con el título "Ojos de Odio", y revela a la perfección lo que el político pensaba en aquel momento del hombre que le fotografiaba.


6. La masacre de Jonestown




Jonestown fue el nombre informal con el que se conoció el Proyecto Agrícola del Templo del Pueblo, una secta estadounidense fundada en la Guyana y liderada por el pastor Jim Jones. Este hombre, dotado de un tremendo carisma que le llevó a formar su propia iglesia en 1955, gustaba de propagar un mensaje que podría describirse como una combinación entre socialismo y cristianismo; de hecho, él mismo lo catalogaba de "socialismo apostólico". Gracias a su fabulosa capacidad para transmitir sus palabras, manipuló a cientos de personas para que abandonaran la vida que llevaban y se unieran a él para fundar juntos una verdadera tierra prometida donde todos serían iguales y nadie se vería humillado o desplazado por motivos de raza, sexo y riqueza. Tras varios problemas con las autoridades estadounidenses, Jones decidió marcharse a Guyana con sus discípulos y allí fundó Jonestown, con una población de unas 900 almas aproximadamente.

Pronto empezaron los problemas, como ocurre en todas las sectas. El paraíso socialista de Jones no era tal como sus discípulos pensaron que sería. Trabajaban de sol a sol todos los días y solo se alimentaban de arroz y legumbres, mientras que Jones disfrutaba de alimentos refrigerados de mayor calidad. De vez en cuando se celebraban en Jonestown las Noches Blancas, en las que Jones les hacía beber a los sectarios un brebaje supuestamente envenenado para probar su lealtad. El asesinato del congresista Leo Ryan, que había ido a Jonestown para comprobar si las acusaciones de ex-adeptos eran ciertas, aceleró el fin del Templo del Pueblo.

Un par de horas después de haber ordenado la muerte del congresista, Jones reunió a todos los miembros de la secta y les ordenó que se suicidaran. Se prepararon bidones con zumo mezclado con cianuro y todos los sectarios fueron conminados a que lo bebieran, ya fuera mediante la persuasión o las amenazas. Se le suministró el veneno en primer lugar a los niños, incluso a bebés de pecho que fueron arrancados de los brazos de sus madres, mientras Jones insistía en que lo que estaban haciendo era un acto revolucionario. En la foto de la parte superior, se puede ver el resultado de aquel homicidio masivo, en el que los 900 habitantes de Jonestown fueron encontrados muertos al día siguiente tras haber ingerido dosis mortales de cianuro.


7. La sonrisa de la locura




La I Guerra Mundial no fue el juego de niños al que muchos hombres corrieron después de hacer largas colas para alistarse mientras lucían una amplia sonrisa en los labios. Eran tantas las ganas de guerra que parecía tener Europa que estos futuros soldados no sabían ni eran capaces de imaginar el horror que se viviría en las trincheras. Disparos a todas horas, bombardeos en los momentos más inesperados, una lluvia de casquillos, proyectiles y cápsulas que acababan por destrozar el espíritu más fuerte. Los militares que lucharon en la I Guerra Mundial fueron testigos de primera mano de ese estado de shock que afectaba a sus compañeros tras experimentar los horrores de la batalla. Y esa expresión de demencia, de absoluta falta de cordura, es la que se ve en esta fotografía.

Fue tomada en el año 1916, en el transcurso de la batalla de Flers-Courcelette en el marco de la ofensiva del Somme, una de las batallas más largas y sangrientas de toda la guerra. No se conoce la identidad del soldado retratado, pero lo que queda fuera de toda duda es que su expresión facial no encaja con la de una persona que está en su sano juicio. Por entonces, a esta especie de demencia se la llamaba "neurosis de guerra" o "fatiga de combate", término que después se cambiaría por el de estrés postraumático. En la fotografía, el soldado está acuclillado en la trinchera y luce una espantosa sonrisa en la cara que se vuelve más escalofriante cuando nos fijamos en sus ojos brillantes de mirada perdida y vacía. Es la imagen más clara del horror de la guerra y los desastres que causó en tantos soldados como el de esta foto.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! ¡Espero que os haya gustado! ¡Un saludo y hasta el próximo artículo!