miércoles, 14 de febrero de 2018

Música y Amor en el Medievo II: Las Cantigas de Amor


¡Hola a todos!

Y seguimos con la segunda parte de este breve artículo dedicado a la música y el amor en la Edad Media. Esta vez, como os prometí, os traigo el apartado dedicado a las Cantigas de Amor. Aunque el tema que tratan es el mismo que en las Cantigas de Amigo, veremos que no se hace de la misma manera y los recursos estilísticos que se utilizan son diferentes en ambas versiones. Así que, sin más dilación, os dejo con las Cantigas de Amor.

Las Cantigas de Amor son poemas en los que el poeta es un hombre enamorado que canta las alabanzas de su dama. Sin embargo, en vez de valerse de la figura femenina para expresarse como ocurría en las Cantigas de Amigo, en estas cantigas es el propio poeta el que habla en primera persona y se dirige a su dama o hace reflexiones acerca del amor. Las Cantigas de Amor galaico-portuguesas tienen una fuerte influencia de la lírica trovadoresca provenzal de los siglos XI y XIII, pero con ciertas diferencias: la canción provenzal está sujeta a unas normas de versificación mucho más puras y estrictas que las que se utilizan en las Cantigas de Amor. Además, en la canción provenzal prima un sentimiento de felicidad, mientras que en las galaico-portuguesas se sucede todo lo contrario, ya que el poeta no suele ser correspondido por la dama.

Una de las características más llamativas de la Cantiga de Amor galaico-portuguesa es la representación de la figura femenina. La relación amorosa entre el trovador y la dama es pareja a la que se establecía entre un señor y su vasallo; de ahí que la dama aparezca mencionada como senhor, pues el poeta se pone a sus pies y le ofrece servicio de amor. Esta dama suele ser una mujer noble, casada y dueña de unos atributos que en ocasiones se escapan a la realidad física y trascienden a un plano mayor. Aunque esos atributos no se explicitan en la cantiga, suelen tener que ver con la belleza de la dama o su saber estar. Estas características también se podían observar en la canción provenzal, pero con la diferencia de que la dama provenzal participa en el juego amoroso, mientras que la galaico-portuguesa se abstrae e incluso puede ofenderse si el poeta tiene el atrevimiento de mirarla, acercarse a ella o incluso declararle su amor.

Veamos a continuación algunos ejemplos de Cantigas de Amor:






Como morreu quen nunca ben
ouve da ren que mais amou,
e quen viu quanto receou
d'ela, e foi morto porén:
Ay, mia senhor, assi moir' eu!

Como morreu quen foi amar
quen lhe nunca quis ben fazer,
e de quen lhe fez Deus veer
de que foi morto con pesar:
Ay, mia senhor, assi moir' eu!

Com' ome que ensandeceu,
senhor, con gran pesar que viu,
e non foi ledo nen dormiu
depois, mia senhor, e morreu:
Ay, mia senhor, assi moir' eu!

Como morreu quen amou tal
dona que lhe nunca fez ben,
e quen a viu levar a quen
a non valia, nen a val:
Ay, mia senhor, assi moir' eu!

(Pai Soárez de Taveiros)


Traducción

Como murió quien nunca obtuvo
favor de lo que más amó
y quien vio cuanto receló
de ella y así murió:
¡Ay, mi señora, así muero yo!

Como murió quien fua a amar
a quien nunca le quiso favorecer
y de quien Dios le hizo ver
aquello por lo que fue muerto con pesar:
¡Ay, mi señora, así muero yo!

Como hombre que enloqueció,
señora, con el gran pesar que vio
y no fue alegre ni durmió
después, mi señora, y murió:
¡Ay, mi señora, así muero yo!

Como murió el que amó
a tal dama que nunca le favoreció
y quien la vio llevar por quien
no la merece ni la mereció:
¡Ay, mi señora, así muero yo!






Pero que eu mui long' estou
da mha senhor e do seu bem,
nunca me dê Deus o seu bem,
pero [que] m'eu [tam] long'estou,
se nom é o coraçom meu
mais perto d’ela que o seu.

E pero long'estou d’ali
d'u agora é mha senhor,
nom aja bem da mha senhor,
pero m'eu long'estou d’ali
se nom é o coraçom meu
mais perto d’ela que o seu.

E pero longe do logar
estou, que nom poss'al fazer,
Deus nom mi dê o seu bem-fazer,
pero long'estou do logar,
se nom é o coraçom meu
mais perto d’ela que o seu.

C'a vezes tem em al o seu,
e sempre sigo tem o meu.

(Don Dinís de Portugal)


Traducción

Aunque muy lejos estoy
De mi señora y de su favor,
Que nunca me dé Dios su favor,
Aunque muy lejos estoy,
Si mi corazón no está
Más cerca de ella que el suyo.

Y aunque lejos estoy de allí
De donde ahora está mi señora,
Que no halle yo el favor de mi señora,
Aunque lejos estoy de allí,
Si mi corazón no está
Más cerca de ella que el suyo.

Y aunque lejos del lugar
Estoy, que nada puedo hacer,
Que Dios no me dé su bien hacer,
Aunque lejos estoy del lugar,
Si mi corazón no está
Más cerca de ella que el suyo.

Que a veces el suyo se extravía,
Pero siempre el mío está con ella.






Senhor do corpo delgado
en forte pont'eu fui nado!
Que nunca perdi coidado
nen afan, des que vos vi.
En forte pont'eu fui nado,
senhor, por vos e por mi!

Con est'afan tan longado,
en forte pont'eu fui nado!
Que vos amo sen meu grado
e faç'a vos pesar hi.
En forte pont'eu fui nado,
senhor, por vos e por mi!

Ay eu, cativ'e coitado,
en forte pont'eu fui nado!
Que servi sempr'endonado
ond'un ben nunca prendi.
En forte pont'eu fui nado,
senhor, por vos e por mi!

(Pero da Ponte)


Traducción

Señora de cuerpo esbelto
¡bajo mal signo nací!
Que nunca dejé de pensar
ni de sentir afán, desde que os vi.
¡Bajo mal signo nací,
señora, para vos y para mí!

Con este afán tan prolongado
¡bajo mal signo nací!
Porque os amo a mi pesar
y con ello os causo pesar.
¡Bajo mal signo nací,
señora, para vos y para mí!

¡Ay de mi, cativo y cuitado,
bajo mal signo nací!
Pues serví siempre en vano
donde nunca obtuve ningún bien.
¡Bajo mal signo nací,
señora, para vos y para mí!






A dona que eu am' e tenho por senhor
amostrade-mh-a, Deus, se vos em prazer for,
se non dade-mh-a morte.

A que tenh'eu por lume d'estes olhos meus
e por que choran sempr' , amostrade-mh-a Deus,
se non dade-mh-a morte.

Essa que vós fezestes melhor parecer
de quantas sey, ay Deus!, fazede-mh-a veer,
se non dade-mh-a morte.

Ai, Deus! qui mh-a fezestes mays ca mim amar,
mostrade-mh-a u possa com ela falar,
se nom dade-mh-a morte.

(Bernal de Bonaval)


Traducción

La mujer que yo amo y tengo por señora
Mostrádmela, Dios, hacedme el favor,
Si no, dadme la muerte.

La que tengo por luz de estos ojos míos
Y por la que lloran siempre, mostrádmela, Dios,
Si no, dadme la muerte.

Esa que vos hiciste mejor parecer
De cuantas hay, ay Dios, hacédmela ver,
Si no, dadme la muerte.

Ay Dios, que me hiciste amarla más que a mí,
mostrádmela y que pueda con ella hablar,
Si no, dadme la muerte.






A maior coita que eu vi sofrer
d'amor a nulh'home, des que naci,
eu mi a sofro; e já que est assi,
meus amigos, assi veja prazer!,
gradesc'a Deus que mi faz a maior
coita do mundo haver por mia senhor.
  
E bem tenh'eu que faço gram razom
d'a maior coita muit'a Deus gracir,
que m'El dá por mia senhor, que servir
hei mentr'eu viver: mui de coraçom
gradesc'a Deus que mi faz a maior
coita do mundo haver por mia senhor.
  
E por maior hei eu, per bõa fé,
aquesta coita de quantas fará
Nostro Senhor, e por maior mi a dá
de quantas fez; e pois que assi é,
gradesc'a Deus que mi faz a maior
coita do mundo haver por mia senhor,
  
pois que mi a faz haver pola melhor
dona de quantas fez Nostro Senhor.

(Fernão Velho)


Traducción

La mayor cuita de amor que yo
he visto sufrir a un hombre, desde que nací,
yo la sufro; y ya que es así,
amigos míos, así tenga placer!
Doy gracias a Dios, que me hace
tener la mayor cuita del mundo por mi señora.

Y bien tengo yo que tengo mucha razón
al darle gracias a Dios por la gran cuita
que Él me da por mi señora, que he de servir
mientras yo viva. Muy de corazón
Doy gracias a Dios, que me hace
tener la mayor cuita del mundo por mi señora.

Y por mayor tendré yo, de buena fe,
esta cuita de cuantas hará
Nuestro Señor, y por mayor a mí me la da
de cuantas hizo; y puesto que así es,
Doy gracias a Dios, que me hace
tener la mayor cuita del mundo por mi señora.

Puesto que me la hace tener por la mejor
dama de cuantas hizo Nuestro Señor.


¡Y hasta aquí por hoy! Espero que os haya gustado y os haya metido ganas de tratar de saber más sobre las cantigas medievales. Si queréis dejar vuestra opinión o preguntar cualquier cosa, os animo a hacerlo en la caja de comentarios con total libertad. Nos vemos pronto en la Biblioteca.

¡Hasta pronto!

miércoles, 7 de febrero de 2018

Música y amor en el Medievo I: las Cantigas de Amigo


¡Hola a todos!

El amor es uno de los temas preferidos para ser representados en el arte. Se han pintado lienzos por amor, se han elaborado joyas para regalar a la persona amada, se han compuesto poemas ensalzando las mil y una virtudes de aquella persona que hacía estremecer el corazón del poeta. Y también se han compuesto canciones de amor. Se ha cantado al amor más que al odio, más que a la libertad, más que a la esperanza. Y esto da fe de la inmensidad de ese sentimiento, del enorme espacio que ocupa en nuestros corazones. Todos queremos amar y ser amados, y tener la suerte de haber encontrado a aquella persona que nos complementa nos llena de tanta felicidad que a veces nos asusta creer que pueda ser verdad.

Supongo que para muchos trovadores, cantantes y compositores esto tuvo que ser así también. A fin de cuentas, todos somos humanos y el amor ha estado presente en todas las épocas de la Historia de la humanidad. Como ya sabéis, soy una apasionada de la Edad Media y, como no podía ser de otra manera, su música tampoco me es indiferente. De todas las composiciones musicales de la Edad Media, he elegido las Cantigas de Amor y de Amigo para presentaros hoy porque son las más apropiadas para el mes del amor. Pero, ¿qué son las Cantigas?

Las cantigas son composiciones líricas que tienen su origen en la poesía tradicional galaico-portuguesa medieval. Aunque alcanzaron su época de esplendor en el siglo XIV, las composiciones más antiguas se remontan al siglo XII. Compuestas por juglares y trovadores, las cantigas estaban pensadas para ser cantadas, por lo que muchas de ellas tienen notación musical, y estaban destinadas por lo general a un público culto y cortesano, aunque hay cantigas de temática popular. Tenemos así las Cantigas de Amor, que son ruegos y elogios que el trovador dedica a su dama; las Cantigas de Escarnio e Maldizer, en las que se critica a personajes de la época o a instituciones de manera jocosa y burlesca; Cantigas Sacras, que versan sobre temas religiosos; y las Cantigas de Amigo, que suelen contener añoranzas por la ausencia del ser amado o gozo por el reencuentro.

Este es el primer post que voy a dedicar a este tema, así que empezaré por las Cantigas de Amigo.

Las Cantigas de Amigo tienen como tema principal el amor, pero a diferencia de las cantigas que llevan ese mismo nombre, las de Amigo suelen tener como protagonista a la amada, que suele lamentarse por la ausencia de su amado, al que se refiere como "amigo". Las Cantigas de Amigo tienen un toque melancólico y de añoranza hacia el ser amado, aunque también pueden expresar la alegría por el reencuentro. Normalmente están puestas en boca de una mujer, que mantiene un diálogo con su madre, sus hermanas o sus amigas, a las que confiesa sus pesares.

El simbolismo de las Cantigas de Amigo es muy notorio y remite constantemente al amor y a la sexualidad. Es frecuente encontrar referencias a la fuente, al río y al acto de lavarse las trenzas, lo que sugiere el encuentro con el amado y la consumación del acto sexual; en otras cantigas es habitual escuchar a la doncella hablando con el mar, pidiéndole nuevas de su amado. También es común la aparición del ciervo como símbolo del amigo.

Hay tres cancioneros principales que recogen gran parte de la lírica galaico-portuguesa medieval. De ellos, el más antiguo es el Cancioneiro da Ajuda, compilado posiblemente hacia 1280. Los otros dos, el Cancionero de la Biblioteca Nacional de Lisboa y el Cancionero de la Biblioteca Vaticana, son copias más tardías y recogen una gran variedad de cantigas, mientras que el primero solo recoge cantigas de amor. A estos tres cancioneros hay que añadir otros restos, de los que destacan dos pergaminos hallados con notación musical: el Pergamino Vindel, que contiene siete cantigas de Martín Codax, y el Pergamino Sharrer, con siete cantigas de amor compuestas por el rey Don Dinís de Portugal.




-Digades, filha, mia filha velida:
Porque tardastes na fontana fria?
Os amores ei.

-Digades, filha, mia filha louçana:
Porque tardastes na fria fontana?
Os amores ei.

-Tardei, mia madre, na fontana fria,
Cervos do monte a augua volvian:
Os amores ei.

-Tardei, mia madre, na fria fontana,
Cervos do monte volvian a augua:
Os amores ei.

-Mentir, mia filha, mentir por amigo;
Nunca vi cervo que volvess’o rio:
Os amores ei.

-Mentir, mia filha, mentir por amado;
Nunca vi cervo que volvess’o alto:
Os amores ei.

(Pero Meogo, Amigo 419)


Traducción

-Dime, hija, hija mía hermosa,
¿por qué tardaste en la fuente fría?
Amores tengo.

-Dime, hija, hija mía lozana,
¿por qué tardaste en la fría fuente?
Amores tengo.

-Tardé, madre, en la fuente fría,
ciervos del monte el agua revolvían.
Amores tengo.

-Tardé, madre, en la fría fuente,
ciervos del monte revolvían el agua.
Amores tengo.

-Mientes, hija mía, mientes por el amigo:
Nunca vi que un ciervo revolviese el río.
Amores tengo.

-Mientes, hija mía, mientes por el amado:
Nunca vi que un ciervo revolviese en lo alto.
Amores tengo.




Non poss’eu, madre, ir a Santa Cecilia
Ca me guardades a noit’e o dia
Do meu amigo.

Non poss’eu, madre, aver gasalhado,
Ca non me leixades fazer mandado
Do meu amigo.

Ca me guardades a noit’e o dia;
Morrer-vos ei con aquesta perfia
Por meu amigo.

Ca me non leixades fazer mandado;
Morrer-vos ei con aqueste cuidado
Por meu amigo.

Morrer-vos ei con aquesta perfia,
E, se me leixassedes ir, guarria
Con meu amigo.

Morrer-vos ei con aqueste cuidado,
E, se quiserdes, irei mui de grado
Con meu amigo.

(Martin de Ginzo, Nunes, Amigo 486)


Traducción

No puedo ir yo, madre, a Santa Cecilia
que me apartáis noche y día
de mi amigo.

No puedo, madre, tener placer,
que no me dejáis mandar recado
de mi amigo.

Que me guardáis la noche y el día;
voy a morir con esta porfía
por mi amigo.

Que no me dejáis mandar recado;
voy a morir con esta pena
por mi amigo.

Voy a morir con esta porfía,
Pero si me dejarais ir, me aliviaría
con mi amigo.

Voy a morir con esta pena,
y, si quisiereis, iré de buen grado
con mi amigo.




Quantas sabedes amar amigo
treydes comig’ a lo mar de Vigo:
E banhar-nos-emos nas ondas!

Quantas sabedes amar amado
treydes comig’ a lo mar levado:
E banhar-nos-emos nas ondas!

Treydes comig’ a lo mar de Vigo
e veeremo’ lo meu amigo:
E banhar-nos-emos nas ondas!

Treydes comig’ a lo mar levado
e veeremo’ lo meu amado:
E banhar-nos-emos nas ondas!

(Martín Codax, Vindel 5)


Traducción

Cuantas sabéis amar a un amigo,
venid conmigo al mar de Vigo.
¡Y nos bañaremos en las olas!

Cuantas sabéis de amor amado,
venid conmigo al mar agitado.
¡Y nos bañaremos en las olas!

Venid conmigo al mar de Vigo
y veremos a mi amigo.
¡Y nos bañaremos en las olas!

Venid conmigo al mar agitado
y veremos a mi amado.
¡Y nos bañaremos en las olas!




Sedia-m' eu na ermida de San Simion,
e cercaron-mi as ondas, que grandes son.
Eu atendend' o meu amigo!
Eu atendend' o meu amigo!

Estando na ermida ant' o altar,
cercaron-mi as ondas grandes do mar.
Eu atendend' o meu amigo!
Eu atendend' o meu amigo!

E cercaron-mi as ondas, que grandes son;
non ei [i] barqueiro nen remador.
Eu atendend' o meu amigo!
Eu atendend' o meu amigo!

E cercaron-mi as ondas do alto mar;
non ei [i] barqueiro nen sei remar.
Eu atendend' o meu amigo!
Eu atendend' o meu amigo!

Non ei i barqueiro nen remador:
morrerei, fremosa, no mar maior.
Eu atendend' o meu amigo!
Eu atendend' o meu amigo!

Non ei [i] barqueiro nen sei remar:
morrerei, fremosa, no alto mar.
Eu atendend' o meu amigo!
Eu atendend' o meu amigo!

(Meendinho, Nunes 252)


Traducción

Estaba yo en la ermita de San Simón,
y cercáronme las olas, qué grandes son.
¡Yo esperando a mi amigo!
¡Yo esperando a mi amigo!

Estando en la ermita ante el altar,
cercáronme las olas grandes del mar.
¡Yo esperando a mi amigo!
¡Yo esperando a mi amigo!

Y cercáronme las olas, qué grandes son,
y no hay barquero ni remador.
¡Yo esperando a mi amigo!
¡Yo esperando a mi amigo!

Y cercáronme las olas grandes del mar,
y no hay barquero ni sé remar.
¡Yo esperando a mi amigo!
¡Yo esperando a mi amigo!

No hay barquero ni remador,
moriré, hermosa, en el mar mayor.
¡Yo esperando a mi amigo!
¡Yo esperando a mi amigo!

No hay barquero ni sé remar,
moriré, hermosa, en el alto mar.
¡Yo esperando a mi amigo!
¡Yo esperando a mi amigo!


¡Y hasta aquí por hoy! Dentro de unos días os traeré algunas Cantigas de Amor, esperando que os gusten tanto como a mí. ¡Nos vemos!

jueves, 1 de febrero de 2018

La leyenda del mes: La torre de Breogán


¡Hola a todos!

Seguimos un mes más en la Biblioteca, aunque ya podéis ver que actualizo con bastante menos frecuencia que antes. Pero no os inquietéis, que es muy posible que pronto suba algunas cositas por aquí. Aunque sean artículos más cortos, hay cosas que me gustaría compartir con vosotros.

Mientras tanto, os dejaré con la leyenda gallega que he escogido para inaugurar este mes. ¡Espero que os guste!


La torre de Breogán




Existen leyendas que se refieren a Heracles y al gigante Gerión como principales artífices de la fundación de A Coruña, cuando el poderoso hijo de Zeus decapitó a Gerión y enterró su cabeza en el mismo lugar en el que años después se erigiría la Torre de Hércules. Pero hay otra leyenda que habla de la Torre de Breogán, y que es anterior a la de Heracles y Gerión.

Breogán fue un poderoso rey celta de una tribu a los que los latinos se referían como ártabros, que se habían establecido en lo que hoy es el puerto de A Coruña, conocida entonces por el nombre de Brigantium.

La ciudad estaba situada en una pequeña isla, hoy unida al territorio por la parte construida sobre el istmo de arena, y allí gobernaba Breogán. Cerca de allí, en una de las orillas de la costa, Breogán hizo construir una gran torre en la parte de la isla más próxima al mar abierto, en cuya parte más alta se encendía una gran hoguera para transmitir a grandes distancias ciertas señales, como la arribada de las grandes naves de los comerciantes fenicios, una orden de reunión, un peligro que amenazaba o cualquier asunto que hubiera que comunicar de alguna manera a las ciudades cercanas.

Una tarde de otoño, Ith, uno de los hijos de Breogán, subió a lo alto de la torre y desde allí oteó el horizonte. Y así fue como le pareció ver, en la lejanía del mar, una tierra nueva envuelta en brumas, un territorio que jamás había sido explorado. Llevado por la curiosidad y por el deseo de aventuras, pidió licencia a su padre para organizar una expedición a aquella tierra. Quizá encontrasen allí piedras que pudiesen trabajarse para fabricar armas y herramientas, o tal vez hallaran el valioso metal amarillo con el cual se labraban magníficas joyas. Tal vez incluso podían descubrir frutas desconocidas o semillas de algún cereal que pudieran sembrar en su propia tierra. Aquella tierra más allá de los mares ofrecía la posibilidad de hacer que prosperase su propio reino, pues ofrecía la esperanza de encontrar comida, animales y personas con las que comerciar y establecer alianzas.

Ante estas explicaciones, Breogán quedó convencido y dio permiso para que la expedición se llevara a cabo. No obstante, antes de que Ith partiera, Breogán le recomendó que hiciera el viaje montado en su caballo, sin bajarse de él hasta que sus pies tocasen el suelo extranjero, pues solo así podría tener la certeza de volver a su tierra sano y salvo.

Y así fue como se dice que llegaron los celtas a Irlanda, y por eso se cree que hay cierto parentesco entre irlandeses y gallegos. No en vano, en las verdes tierras de Eire se encuentran los mismos castros de casas circulares que tanto abundan en el noroeste de la Península Ibérica, y las preciosas torques de oro, emblema que lucían los jefes tribales. Existen nombres de ríos y lugares con raíces muy similares entre una y otra cultura, y hasta la gaita, instrumento musical inseparable de la cultura gallega, tiene en Irlanda su reflejo, con parecidos temas musicales.

martes, 9 de enero de 2018

Vagando por la Historia: Elisabeth de Austria-Hungría


La Emperatriz Sissi es una de las figuras históricas más famosas de todos los tiempos. Creo que no hay nadie en este mundo que no conozca, aunque sea de oídas o por las películas que de ella se han rodado, a la Emperatriz Sissi de Austria-Hungría. Amada por unos, denostada por otros, pero una mujer extraordinaria en todos los sentidos. Para muchos no es secreto que era una obsesa del ejercicio y que muy probablemente padecía anorexia. Otros, en cambio, ha preferido verla como una princesita dulce y vulnerable con un destino romántico y almibarado. El mundo no estaba preparado para comprender a una mujer tan notable como Sissi, y quizá por eso (muy a pesar de los deseos de la propia Emperatriz) le fue imposible pasar desapercibida por la Historia.





Elisabeth Amalia Eugenia de Wittelsbach había nacido en Munich la noche de Navidad de 1837. Fue la tercera de los nueve hijos del matrimonio formado por Ludovica de Baviera y el duque Maximilian de Wittelsbach. La dinastía de los Wittelsbach era una de las más antiguas de Europa, puesto que reinaron ininterrumpidamente en Baviera desde el siglo XII hasta 1918. Sin embargo, muchos de los miembros de esta legendaria dinastía tuvieron comportamientos extraños que muchos consideraban propios de la genialidad o de la demencia.

Con todo, fue una niña muy feliz. La infancia de la pequeña Sissi, como la conocían en la familia, se repartió entre el palacio familiar de la Ludwigstrasse y el castillo de Possenhofen, a orillas del lago Starnberg, un lugar que para ella acabaría convirtiéndose en una especie de refugio donde volver a recordar los días de su niñez.

A pesar de que los Wittelsbach podían presumir de rancio abolengo, lo cierto es que la educación de los miembros de la familia distaba mucho de la elaborada etiqueta de la corte imperial. Sissi creció entre los bosques que rodeaban el castillo de Possenhofen, rodeada de perros y caballos, correteando por los campos y vistiendo al uso campesino. Ludovica, su madre, siempre fue una mujer cariñosa y atenta a las necesidades de sus hijos; y Max, su padre, fue un hombre de ideología liberal al que le encantaba estudiar a los clásicos, interpretar música y charlar sobre literatura, astrología y botánica. De él heredó Elisabeth su pasión por los clásicos, en especial Homero, pero también por la poesía de Heine, lo que la llevaría años más tarde a componer sus propios poemas.

Sin embargo, aunque la infancia de Elisabeth fue sana y feliz, hay que reconocer que su formación no era la más adecuada para la mujer que iba a convertirse en la esposa del Emperador de Austria. Pero, en su defensa, hay que matizar que tal papel no le estaba destinado en un principio. La archiduquesa Sofía, madre del Emperador Francisco José I, era hermana de Ludovica y entre ambas pactaron una entrevista entre Francisco José y la amable y elegante Helena, hermana de Sissi, con la esperanza de que ambos primos se conocieran y formalizaran su compromiso, quedando así asegurada la continuidad de la dinastía. Pero en el viaje a Ischl también las acompañó Elisabeth, que por entonces solo contaba quince años, y su enorme encanto cautivó por completo al Emperador.

La extraordinaria belleza de Elisabeth de Wittelsbach pasó a la historia y se convirtió en parte de su leyenda. A pesar de que apenas había traspasado el umbral de la adolescencia, Elisabeth era esbelta, con un rostro ovalado perfecto, una larguísima y espléndida cabellera, y dueña de unos expresivos ojos entre castaños y verdes. Pero fue sobre todo su naturalidad lo que la hizo sobresalir entre las demás damas de la corte a las que Francisco José estaba acostumbrado.

El joven Emperador de Austria estaba considerado uno de los mejores partidos de su época, no solo por su posición sino también por la larga lista de virtudes que acumulaba en su haber. A pesar de no tener más que veintitrés años, era un hombre disciplinado, trabajador, honesto y muy respetuoso con el legado recibido de sus antepasados. Además, era muy apuesto, de cabello castaño, ojos azules y unos modales exquisitos. Carecía, eso sí, de intereses intelectuales y artísticos, y tampoco destacaba por tener una imaginación demasiado fértil. Pero con Elisabeth siempre fue, ante todo, un hombre enamorado.

A nuestros tiempos ha llegado la historia del legendario amor que existió entre Sissi y Francisco José y, aunque es cierto que hubo un tiempo en el que se puede afirmar que fue un matrimonio feliz y bien avenido, es posible que al principio no fuese del todo así. Algunos biógrafos de la Emperatriz aseguran que Sissi aceptó la proposición de Francisco José porque sabía que él no aceptaría una negativa. Además, como mujer inteligente que era, sabía que sus caracteres tan dispares y la falta de intereses comunes sería una brecha que la mantendría eternamente separada de su prometido. Incluso el entorno del Emperador, empezando por su propia madre, intentó hacerle desistir de su propósito. Todo fue inútil. Francisco José había tomado su decisión y no había fuerza en el mundo capaz de hacerle cambiar de idea. El 24 de abril de 1854, una vez el Pontificado otorgó la oportuna dispensa, se celebró el enlace que convertiría a Elisabeth en Emperatriz de Austria.




La muchacha no tardó mucho en descubrir que tal vez había cometido el mayor error de su vida al casarse con Francisco José. La familia imperial poco o nada tenía que ver con el estilo de vida hogareño y ruidoso que ella había conocido en su infancia. La etiqueta cortesana era tan rígida que hacía imposible cualquier comportamiento espontáneo y, lo que era aún peor, privaba a la familia imperial de todo tipo de intimidad. Todos los detalles de la vida de Sissi, por nimios que fueran, estaban perfectamente medidos al milímetro. Elisabeth debía estar acompañada las veinticuatro horas del día, e incluso algunas de sus damas tenían autorización para irrumpir en sus habitaciones sin ser anunciadas. Además, las damas que le habían sido asignadas eran mujeres de una cierta edad, conservadoras, frívolas y no compartían ninguna de las aficiones que Elisabeth adoraba, como su pasión por los caballos. Por lo tanto, no es de extrañar que la joven Emperatriz se sintiera completamente aislada en un entorno y con una gente que la admiraba y adulaba, pero que no la comprendía en absoluto.

Un año después de la boda, Elisabeth dio a luz a su primera hija, bautizada con el nombre de Sofía en honor a su abuela paterna, aunque es muy probable que Elisabeth nunca quisiera hacerle ese honor. De todos es sabido que la archiduquesa Sofía, de carácter férreo e intransigente, nunca aceptó de buen grado el matrimonio de su hijo. Trataba a Elisabeth como si fuera una niña malcriada y una eterna menor de edad a la que había que educar con mano de hierro. Sofía tampoco la consideraba capaz de ocuparse de la educación de su hija, por lo que no tardó en entrometerse y hacer que instalaran a la niña en su ala de palacio. De nada sirvieron las protestas de Elisabeth, ni siquiera ante su marido; Francisco José, completamente dominado por su madre, no fue capaz de defender a su mujer y darle el lugar que le correspondía como madre de la pequeña Sofía. La historia volvió a repetirse un año después, cuando nació la princesa Gisela, aunque esta vez Elisabeth consiguió que trasladaran a sus hijas a sus habitaciones.

Sin embargo, en 1857 llegó la primera desgracia. Francisco José y Elisabeth debían viajar a Hungría, donde se esperaba que pasaran una larga estancia. La archiduquesa Sofía hizo todo cuanto pudo para quedarse a cargo de sus nietas, ya que no consideraba apropiado para ellas que pasaran tanto tiempo en ese territorio húngaro que tanto despreciaba. Pero Sissi insistió en llevar a las niñas. Estaba convencida de que la mejor educación para cualquier niño, fuese éste de alta cuna o no, estaba en la compañía y el amor que le dedicaban sus padres. Además, no estaba dispuesta a permitir que su suegra volviera a intrigar para separarla de sus hijas, por lo que se negó a ceder.

Por desgracia, la insalubridad de algunas regiones húngaras propició la presencia de varias enfermedades, y ambas princesas contrajeron una fuerte disentería. Gisela se recuperó, pero no así la pequeña Sofía, que murió en Budapest con tan solo dos años. Elisabeth quedó completamente devastada ante aquella tragedia. La tristeza y el fuerte sentimiento de culpabilidad que la oprimían la llevaron a caer en una fuerte depresión de la que le costó mucho recuperarse. Ni siquiera el nacimiento de su hijo Rodolfo un año después consiguió arrancarle la creencia de que sería una pésima influencia para él, de modo que claudicó y dejó que la archiduquesa Sofía se hiciera cargo de Gisela y Rodolfo.

Empezó así uno de los mayores calvarios de la Emperatriz de Austria. El enfrentamiento con su suegra, la muerte de su hija y el distanciamiento de Francisco José, sumado a una total falta de autoestima que la llevó a creer que acarreaba la desgracia a sus allegados, la hicieron enfermar. Elisabeth perdió el apetito y empezó a adelgazar, tosía, tenía accesos de fiebre. Sentía la necesidad de alejarse de Viena y del feroz escrutinio de la archiduquesa Sofía para poder encontrarse a sí misma. Por prescripción  médica, Elisabeth hubo de ausentarse de la corte y emprendió largos viajes que la llevarían primero a Madeira y luego a Corfú, donde su alma halló el reposo que tanto necesitaba. Cuando regresó de su último viaje, en 1862, su carácter se había templado y no vaciló en dejar clara su postura: Acataría la etiqueta cortesana solo cuando fuera estrictamente necesario pero, además, tendría su propio espacio y absoluta libertad para alejarse de Viena siempre que fuera necesario.

Su otra gran victoria vendría poco después y el gran beneficiado sería el príncipe Rodolfo. El pequeño, tan sensible, nervioso e impresionable como su madre, creció bajo la tutela de su abuela hasta que, a los seis años, se decidió que había llegado la hora de darle la educación viril que se suponía propia del futuro emperador de Austria. Se le apartó de su hermana y se le instaló en un pabellón donde quedó a merced del general Gondrecourt, un curtido militar que sometió al niño a todo tipo de barbaridades. Entre otras lindezas, le hacía tomar duchas heladas, lo obligaba a entrenar bajo la nieve o irrumpía en su habitación sin previo aviso disparando al aire. Este método educativo, lejos de endurecer al niño, lo que consiguió fue provocarle ataques de ansiedad y severas crisis de angustia que hicieron temer por su salud. Esta vez, Elisabeth no se calló y amenazó con abandonar la corte definitivamente si no se cesaba al preceptor y se le permitía a ella hacerse cargo de la educación de sus hijos. Fue tal su determinación que Francisco José no tuvo más remedio que aceptar, a pesar de la oposición de su madre, y a partir de entonces la vida de los príncipes cambió por completo. Para Rodolfo fue el inicio de la etapa más feliz de su existencia. Gracias a la labor de sus profesores de griego, filosofía, humanidades y ciencias, el pequeño no tardó en desarrollar unas grandes capacidades intelectuales que le llevaron a conseguir el doctorado honoris causa en ornitología por la Universidad de Viena.




Mientras tanto, Elisabeth siguió adelante con su propia vida y decidió por iniciativa propia empezar a estudiar húngaro. La simpatía que la Emperatriz profesaba a Hungría era bien conocida por todos los que la rodeaban, y le acarreó no pocos problemas en la corte vienesa. Enamorada del país y de su cultura, Elisabeth contrató los servicios de Ida Ferenczy, una joven húngara que se convirtió en su mejor amiga. A través de ella conoció a Gyula Andrássy, coronel del ejército magiar, con el que mantuvo una amistad tan cordial que no escapó a la maledicencia cortesana por considerarla una relación con tintes amorosos. Dejando de lado los rumores, lo que no admite réplica es que Elisabeth siempre fue un fiel apoyo para la causa húngara y es muy posible que ayudara a que se establecieran las negociaciones para unir ambos estados bajo una sola Corona. En 1867, Francisco José y Elisabeth fueron coronados reyes constitucionales de Hungría y recibieron como donación el castillo de Gödöllö, donde nacería un año después la última hija del matrimonio, la archiduquesa María Valeria.

Pero la desgracia volvería a azotar la vida de Elisabeth, esta vez de manera irreversible, en 1889 con la muerte de su hijo Rodolfo. Lo cierto es que Elisabeth sabía desde hacía tiempo que su hijo no se encontraba bien. Consumido por un matrimonio con una mujer a la que no amaba y aquejado por una enfermedad venérea que le provocaba grandes dolores y lo había vuelto adicto a la morfina, el carácter del príncipe Rodolfo se había vuelto difícil e imprevisible. Sus frecuentes crisis de angustia, producto quizá de una neurosis depresiva, fueron las que le llevaron a pactar un suicidio junto con su amante, María Vetsera, en el pabellón de Mayerling, donde el príncipe de Coburgo y algunos amigos encontraron los dos cadáveres al día siguiente.

Tras la muerte de su hijo, Sissi se convirtió en una sombra. Emprendió una huida incesante de cualquier tipo de convencionalismo que hubiera podido llevar a su hijo a la muerte y se retiró a descansar a Wiesbaden. Nunca más volvió a vestir de color. Envuelta en lutos perpetuos, viajó frenéticamente sin rumbo alguno, siempre escondida tras un seudónimo, con la esperanza de pasar desapercibida ante el mundo. Solo hizo una breve concesión en 1890 asistiendo al enlace de su hija María Valeria, tras el cual volvió su interminable peregrinar lejos de la corte.

El 10 de septiembre de 1898, hallándose Elisabeth en Ginebra a la espera de alcanzar el ferry que habría de llevarla a Montreux, el anarquista Luigi Luccheni la reconoció y la apuñaló con un estilete. Elisabeth apenas sintió una leve molestia cuando esto ocurrió, pero no tardó en caer desvanecida. Poco después, murió. A pesar de que su deseo había sido ser enterrada junto al mar en Ítaca o Corfú, su condición de Emperatriz de Austria-Hungría la obligaba a ser sepultada en la cripta de los Capuchinos en Viena, donde reposa en la actualidad.


lunes, 1 de enero de 2018

La Leyenda del mes: Las conchas de Santiago


¡Hola a todos!

¡Y bienvenidos al año 2018! ¿Qué tal lo estáis pasando en estas fiestas navideñas? Espero que muy bien, dando la bienvenida al año al lado de vuestras familias y en compañía de todos vuestros seres queridos. Si habéis tenido que trabajar durante las fiestas, como ha sido mi caso, espero que hayáis tenido tiempo para poder disfrutar de un merecido descanso antes de volver al tajo.

En cuanto a mí, pues qué decir: Me encuentro muy bien, tengo más ganas que nunca de sacar adelante todos mis proyectos y deseo con todas mis fuerzas que este año sea propicio para mí. Me gustaría tener más tiempo para poder dedicárselo a mi novela, pero el trabajo no perdona y he de arañar todas las horas que pueda a mis cada vez más cortos días. Y luego está el blog, que no quisiera descuidar aunque escriba cada vez con menos asiduidad. No sé si habrá cambios en el contenido del blog este año o si trataré más o menos los mismos asuntos, pero espero poder leer vuestros comentarios si decidís dejármelos en los posts, ^^*

Para empezar el año como es costumbre, os voy a dejar la entrada dedicada al calendario. Y este año he decidido dedicarle el calendario a mi tierra, Galicia. O, más concretamente, a sus leyendas populares. En Galicia somos muy conocidos por tener cuentos, relatos y leyendas que se remontan a la época de nuestros antepasados celtas, aunque también las hadas y las almas de los difuntos pueden protagonizar leyendas de corte más fantástico o misterioso. Sea como sea, he decidido recopilar para vosotros doce leyendas que a mí, personalmente, son las que más me han gustado.

Así pues, no os entretengo más y dejo que leáis la leyenda que narra el origen de las conchas que los peregrinos que van a Santiago de Compostela lucen en sus atuendos.


Las conchas de Santiago




Cuenta la leyenda que, cuando fue degollado el apóstol Santiago, algunos de los discípulos que lo habían acompañado a Jerusalén recogieron su cuerpo, lo metieron en una barca y se hicieron a la mar rumbo a la Península Ibérica.

Navegando ya por la costa gallega, en un lugar llamado Bouzas, se percataron de que se estaba celebrando allí una gran fiesta con motivo del casamiento del hijo de un hombre de tierras de Gaia, en la ribera del Duero, con la hija de otro rico señor de la Maía, que tenía sus tierras y vasallos en Bouzas.

El ambiente de la fiesta era de gran alegría, y todos participaban de la algarabía general recitando romances, cantando cantigas, tocando cítaras, violas, gaitas y panderos. Algunos señores a caballo jugaban a bafordar, que es un juego consistente en arrojar la lanza al aire y galopar para recogerla en el aire antes de que toque el suelo.

Entre estos señores estaba el novio, y sucedió que cuando el joven estaba a punto de coger la lanza que caía del aire, su caballo dio un salto, se metió en el mar y se sumergió. Todos se quedaron horrorizados al ver cómo hombre y caballo desaparecían entre las olas. El único rastro que había quedado de ellos era una fina estela de espuma que se adentraba en el mar hasta la barca en la que navegaban los guardianes del cuerpo del Apóstol. Pero entonces se hizo el milagro, y el caballo emergió de nuevo de las aguas con el joven a lomos, allí mismo al lado de la barca.

El joven, aún aturdido, se miró a sí mismo y a su caballo y se dio cuenta de que ambos estaban cubiertos de vieiras; incluso halló varios de estos moluscos bajo su sombrero. Y supo así que había viajado por debajo del mar sin sufrir daño alguno y ahora su caballo caminaba por encima de las aguas igual que si estuviese en tierra.

Ante semejante prodigio, y sin saber por qué tal cosa le sucedía a él, vio a su lado la barca y a quienes viajaban en ella. Y, por alguna razón, se sintió tranquilo, feliz y reconfortado. Tras contarles lo que le había pasado, les mostró las vieiras que lo cubrían y les preguntó qué significado tenía todo aquello.

Ellos le respondieron:

—Verdaderamente, Dios quiere elevarte y Jesucristo, por este su vasallo que aquí traemos nosotros en esta barca, ha querido mostrar por él Su poder a ti y a todos los que ahora son vivos y a los que después habrán de venir, que en este su vasallo quisieren amar y servir y que lo vengan a buscar allí donde él sea enterrado, y que deben traer conchas como esas de que tú has sido «conchado», como señal y sello de privilegio.

Después sopló el viento, las velas se hincharon y la barca partió rumbo a las playas, donde más tarde deberían depositar en tierra el cuerpo de Santiago el Mayor. En cuanto al joven caballero, regresó a tierra cabalgando sobre las olas, donde fue recibido con gran contento por todos los invitados de su boda.

Y desde entonces, todo peregrino que debiera ir hacia Compostela, donde descansan los restos del Apóstol, tendría que lucir como prueba de su peregrinar la concha de vieira en su sombrero y en la esclavina del sayal.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Felicidad para todos


¡Hola a todos!




¡Y felices fiestas desde la Biblioteca de Laura!

Deseo para vosotros que este nuevo año que está por venir os traiga todos los éxitos y felicidad que merecéis. Por mi parte, y como viene siendo habitual en mí, no pienso rendirme ante nada ni nadie. Quiero empezar el año con ganas de hacer mil cosas, y aunque es posible que novecientas se me queden por el camino, sé que esas cien que consiga llevar a cabo me llenarán de una dicha sin igual.

¡Que seáis muy felices, amigos lectores! ¡Hasta el año que viene!

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El Rincón del Lector VIII: El Cuento de la Criada


¡Hola a todos!

Pues aquí estamos un día más en la Biblioteca. ¿Y qué es una biblioteca si en ella no se habla de libros? Sí, ya sé que no suelo subir a menudo posts en los que hago críticas de libros (y cuando las hago suelen ser destructivas, así que...), pero esta vez me apetecía hacer una reseña sobre una historia que se ha convertido en un auténtico hito dentro de las distopías y una serie de éxito en la HBO. Estoy segura de que muchos la habréis visto: se trata de El Cuento de la Criada. Como digo, la serie se ha hecho muy conocida y tiene una amplia legión de fans, pero me parece que la mayoría de reseñas sobre la historia proceden de gente que ha visto la serie y no se ha leído la novela. Bien, pues yo la he leído y he decidido hacer mi pequeña aportación. Espero que os guste!


Título: El Cuento de la Criada

Autor: Margaret Atwood

Editorial: Círculo de Lectores

Nº de páginas: 398 págs.

Año: 1985

Sinopsis: Amparándose en la coartada del terrorismo islámico, unos políticos teócratas se hacen con el poder y, como primera medida, suprimen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres. En la República de Gilead, el cuerpo de Defred sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela –o si, aceptando colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir- le espera la muerte en ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá a la polución de los residuos tóxicos.


RESEÑA (sin spoilers)

No es fácil reseñar un libro como éste. Cuando una historia como El Cuento de la Criada se hace tan famoso en un tiempo récord, es habitual que aparezcan hordas de fans dispuestos a saltar sobre aquellos que tengan el atrevimiento de sacarle un solo defecto al libro que adoran, y me temo que es lo que puede pasar con mi reseña.

Compré El Cuento de la Criada porque sentía muchísima curiosidad por saber cómo era la historia de la que todo el mundo está hablando. A raíz del enorme éxito de la serie emitida en la HBO y del fenómeno fan que ha surgido, mi interés por esta novela creció y decidí darle una oportunidad en cuanto se me presentó la ocasión. ¿Y qué me ha parecido su lectura? Pues debo admitir que tengo sentimientos encontrados y al final me ha quedado un sabor agridulce en la boca.

El Cuento de la Criada es una novela que podría encuadrarse en el género de la ciencia ficción distópica, el mismo al que pertenecen obras como 1984 o Un mundo feliz, aunque el ambiente opresivo y angustioso que nos presenta Atwood recuerda más a Orwell que a Huxley. El Cuento de la Criada nos presenta un mundo en el que un grupo de políticos teócratas que se hacen llamar los Hijos de Jacob han llegado al poder dispuestos a imponer una serie de normas que, según ellos, harán que la nueva República de Gilead (los antiguos Estados Unidos) alcance la grandeza a ojos del mundo entero y de Dios. Y lo primero que hacen nada más tomar el control de la situación es suprimir la libertad de prensa y arrebatar a las mujeres todos los derechos que tenían. Esta premisa de recorte de libertades y anulación de derechos es común en todas las distopías, solo que novelas como 1984 o Un mundo feliz lo desarrollan en el buen sentido y El Cuento de la Criada en el malo o, si no en el malo, en el básico.

Pero analicemos el libro poco a poco. La idea en sí misma está muy bien. El argumento es interesante y plantea un modelo de distopía que se ve poco en la literatura: una dictadura basada en el fundamentalismo cristiano. A través de los ojos de Defred, la protagonista, vemos cómo es la República de Gilead, esa nueva Jerusalén que los Comandantes quieren recrear. La sociedad está separada en castas, los placeres y libertades han sido suprimidos y se aplican severos castigos a aquellos que intentan rebelarse contra el gobierno. El ambiente es opresivo, y podemos sentirlo perfectamente en las palabras y pensamientos de Defred, que reflejan tanto su propio miedo como el de la gente que la rodea, ya sean hombres o mujeres.

Otro punto a favor es, precisamente, la narración en primera persona. Defred narra su propia historia alternando con frecuencia entre el pasado y el presente, entre la vida que llevaba antes junto a su marido y su hija y la nueva vida que se le ha impuesto contra su voluntad. Esto ayuda al lector a empatizar con ella y a ver la situación desde su punto de vista. El hecho de que sea una Criada, una casta mal mirada por el resto de personas, es interesante porque nos muestra la brutal reducción de derechos que han sufrido las mujeres y las humillaciones que deben soportar para ganarse un puesto dentro de esa rígida sociedad y no acabar en las Colonias, unos vertederos de residuos tóxicos de los que nadie vuelve con vida.

Sin embargo, entramos aquí en lo que yo considero que es la parte mala del libro que, por desgracia, es todo lo demás. Aunque ya he dicho que la idea es buena, me ha dado la impresión de que está mal desarrollada. Hay varias incoherencias en los marcos cultural y sociopolítico que me han llevado a hacerme muchas preguntas que el libro no contesta. Partimos de la base de que la autora encuadra su Gilead en el ecuador de la década de los 80, momento en el que las mujeres empezamos a hacernos más visibles y en el que se afianzaron los derechos y libertades que ya habían reclamado las pioneras feministas de los años 60. Entonces, ¿cómo es posible que llegara a instaurarse un gobierno ultraconservador y radical, y que la gente lo asimile en cinco años como mucho? ¿Tan fácil ha sido dar un golpe de Estado, hacerse con el poder y eliminar derechos sin más ni más? ¿Nadie ha podido frenarles los pies a los golpistas? Comprendo que es mucho más difícil conseguir derechos que quitarlos, pero me ha parecido que esto quedaba muy precipitado en la novela. Como ya he dicho, en menos de cinco años toda la sociedad gileadiana ha sido educada en los principios del nuevo régimen y ha aceptado su suerte con resignación bovina.

Otro punto importante sobre el que orbita todo el argumento es el asunto de la concepción y la natalidad. Al parecer, el excesivo control de la natalidad que se había llevado a cabo hasta entonces, sumado a la esterilidad que sufre gran parte de la población debido a la contaminación y las guerras bacteriológicas, ha hecho que el nacimiento de un niño sano sea casi un milagro. Es aquí donde entra en juego el sistema de castas propuesto por Atwood. La sociedad femenina gileadiana se divide en Esposas de Comandantes, Marthas (las que sirven a las Esposas y realizan las tareas de la casa) y Criadas (mujeres fértiles a las que el gobierno utiliza como incubadoras humanas para que gesten y den a luz a los hijos de los Comandantes). De entre todas las mujeres, las Criadas son las que sufren la mayor supresión de derechos, puesto que no tienen nombre propio (su nombre no es más que la preposición “de” y el nombre del Comandante al que sirven), sus cuerpos están a disposición de los Comandantes y de las Esposas, y ni siquiera tienen derecho a criar a sus hijos puesto que, por ley, no les pertenecen.

Entramos aquí en lo que creo que ha provocado el fervor hacia este libro. La sociedad que presenta Atwood es terriblemente represiva con las mujeres, lo que encaja con su planteamiento de gobierno distópico, pero también presenta algunas incoherencias que no ha sabido o no ha querido salvar. Una de las cosas que más me ha llamado la atención es que todo el mundo parece odiar a las Criadas. Defred no para de decir que la Esposa de su Comandante la detesta, las Marthas que trabajan en la casa rezongan cada vez que la ven y las Econoesposas vuelven la cabeza con desprecio para no mirarla. Esto me parece una incoherencia si tenemos en cuenta que uno de los principios sobre los que se basa la República de Gilead es la procreación. En un mundo en el que los vientres fértiles escasean y las Criadas son de las pocas mujeres que pueden quedarse embarazadas, éstas deberían ser tratadas como diosas. Para hacerlas más sumisas o proclives a la humildad, podrían tenerlas custodiadas en lujosos palacios, jaulas de oro alejadas de la contaminación, del vicio y de la corrupción, y educarlas para la misión que se les ha encomendado para que la lleven a cabo con la alegría y entusiasmo propios de un sectario. En vez de Criadas, deberían ser Esposas, pues son las que ofrecen la posibilidad de que los Comandantes puedan tener descendencia. Pero no, resulta que las preparan para ser yeguas de parto mediante ritos que buscan la humillación de la mujer por los miembros de su propio sexo. Las Esposas las odian porque las ven como la representación de su propio fracaso para quedarse embarazadas (por ley, solo las mujeres son estériles, aunque son muchos los hombres que no pueden procrear), y en cierto modo puedo entenderlo. Pero lo que no entiendo es por qué las odian las Marthas, si a ellas ni les va ni les viene que haya una Criada en la casa.

Otra incoherencia que he visto es el modo en que se lleva a cabo la división de castas. ¿Hasta qué punto están obligadas las mujeres a ser Criadas? Defred no nos dice gran cosa al respecto. Sabemos que los médicos son los que certifican si una mujer es fértil o no, pero nadie obliga a la mujer a ser Criada, por lo menos en la novela. Existe el rango de las Econoesposas, que son las mujeres que están casadas con hombres de bajo rango y que cumplen las funciones tradicionales de la mujer: ser madre, ama de casa y esposa. Aunque es poco frecuente, las Econoesposas pueden quedarse embarazadas y tienen más libertad que las Criadas. Además, la propia Defred dice que es Criada porque ella misma ha elegido serlo. Podría haber escogido ser Econoesposa y aun así prefirió ser Criada. Si os soy sincera, yo no la entiendo. Ser Criada no mejora su situación de cara a tomar contacto con grupos de resistencia o a encontrar a su desaparecida familia, y tampoco se puede decir que goce de privilegios especiales por su condición. Así que no entiendo a qué viene tanto revuelo por la situación de Defred, si es lo que ella ha escogido ser.

Y, ya que he hablado de Defred, voy a decir un par de palabras sobre este personaje al que todos han encumbrado como el nuevo icono del feminismo. Puedo entender que el lector se ponga en su piel y trate de empatizar con ella, y que el hecho de que sea una mujer a la que han separado de su marido y su hija para convertirla en una máquina de parir parezca suficiente como para compadecernos de ella. Sin embargo, los detalles que va revelando la propia Defred a lo largo de la historia nos muestran a una mujer sin personalidad que no lucha para intentar escapar de la situación en la que está metida. En una trama que parece predecir una rebelión por parte de la protagonista contra el gobierno, la autora ha preferido poner a Defred como una especie de cronista que nos describe hasta los más ínfimos detalles de las cortinas de su habitación, pero que no se molesta en hacer referencia a la situación política en la que está sumida su país. Defred se mueve por la historia como un fantasma insulso al que parece darle igual todo; es cierto que trata de decirnos que sí, que el gobierno es muy represivo y las mujeres no tienen derechos, pero tampoco parece que le importe gran cosa, ni siquiera el paradero de su hijita; de hecho, piensa más en las ganas que tiene de fumar un cigarrillo que en su niña, lo que dice mucho de Defred como persona.

En realidad, Defred no es más que un peón que pasa por diversos acontecimientos sin hacer nada digno de mención. Carece de personalidad, de actitud, e incluso de descripción. Es un ser completamente vacío que se lamenta de su situación pero que no busca la manera de huir de ella. La famosa Ceremonia, ese momento en el que debe abrirse de piernas para que el Comandante copule a su antojo, no es para ella más que un proceso que le causa más molestias que verdadera humillación; y accede sin problemas a todos los requerimientos del Comandante, al que considera solo un poco excéntrico. Ve cómo adoctrinan a sus compañeras a través de insultos a la sexualidad y participa sin problemas en estos rituales, sin que se le mueva un solo pelo o proteste de alguna manera. Le pasan cosas que provocarían un amplio abanico de emociones negativas a cualquiera, excepto a Defred, porque su autora la ha concebido como un maniquí sin emociones con el que resulta difícil congeniar.

Y esto es básicamente El Cuento de la Criada. Un argumento que promete mucho y una sociedad distópica que busca remover conciencias con respecto a los derechos de las mujeres, apelando a un posible futuro en el que líderes políticos como los Comandantes podrían hacerse con el control de los países más liberales y avanzados, y arrebatarles todo tipo de libertades para ir en pos de su visión de lo que debería ser la Tierra Prometida. Pero, si queréis mi opinión, me da lástima que esta novela haya transcurrido de esa manera. A pesar de que tiene en sus manos una premisa de lo más interesante, Atwood ha preferido escribir un inmenso alegato a favor del feminismo a costa del manido cliché de criticar el Cristianismo. Podría haber escrito una novela crítica de verdad, con un mensaje de advertencia para la sociedad hablando de los peligros que supone permitir que un gobierno totalitario tome el control. Pero me temo que se ha quedado en nada, pues el mensaje que supuestamente debía transmitir a mí no solo no me ha llegado, sino que me ha aburrido por completo.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! ¡Nos vemos pronto!

viernes, 1 de diciembre de 2017

La Barbie del mes: Princesa de Corea


¡Hola a todos!

¡Y por fin estamos en el último mes del año! ¿Qué tal lo habéis pasado hasta ahora? ¿Ha sido este un buen año para vosotros? ¿Se han cumplido todos los propósitos que os hicisteis en enero u os queda alguno por hacer? Como de costumbre, toca hacer balance o una especie de examen de conciencia de lo que se ha hecho a lo largo del año, aunque no sé si voy a hacerlo en este blog; todavía tengo tiempo para pensarlo.

Lo que sí quiero hacer es desearos a todos un feliz mes de diciembre, con las fiestas navideñas a la vuelta de la esquina, y que os lo paséis todo lo bien que podáis. Nunca sabemos qué nos deparará el año que viene pero yo deseo de corazón que tengáis un año muy, muy feliz.

Y pasemos a despedir el 2017 con la Barbie que corresponde. A ver qué idea se me ocurre para el calendario del año que viene!

Nos vemos!


Princesa de Corea




Una linda chica admira la ciudad desde un kung (palacio) en Seúl. Su pelo oscuro brilla con el sol resplandeciente. La princesa está contenta porque pronto será el día del Sol Nal, año nuevo, que marca el primer día de primavera. Primero, la familia honra su patrimonio. Luego, el día se torna en celebración, especialmente para los niños. Los niños vuelan cometas. A la princesa le gusta jugar a yut nori (un juego que se juega con un palo). Los músicos tocan bella música con sus gongs y tambores.

Me encanta todo lo que viene del lejano Oriente, en serio. Japón y China siempre han despertado mi imaginación por lo exótico de sus costumbres y su cultura, pero últimamente me estoy metiendo un poco en Corea (la del Sur, la que mola) y he descubierto cosas muy interesantes. De esta Barbie me gusta mucho su llamativo peinado y los rasgos tan delicados de su cara. El hanbok que lleva es colorido y alegre y tiene detalles muy bonitos.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! Nos vemos muy pronto.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Vagando por el Arte: La Condesa de Chinchón


La Condesa de Chinchón es, posiblemente, uno de los cuadros más bellos y delicados de Goya. Pintado en el año 1800, este óleo sobre lienzo pertenecería a la época de madurez pictórica de Goya, etapa muy relevante en la carrera del pintor aragonés en la que se pueden encontrar otros cuadros magistrales como La Duquesa de Alba con vestido blanco, Jovellanos, La familia de Carlos IV o las famosas Majas. En comparación con estos retratos, el lienzo que nos ocupa destaca por su sobriedad y sencillez, pero también por el cariño que destila en cada una de sus pinceladas.




El retrato de doña María Teresa de Borbón y Vallabriga, condesa de Chinchón y marquesa de Boadilla del Monte fue pintado cuando la retratada contaba veinte años. Su padre, el infante don Luis de Borbón, hermano de Carlos III, fue un gran amigo y protector de Goya. Una vida azarosa le llevó a que tanto a él como a sus hijos se les prohibiera vivir en la corte, llevar el apellido Borbón y aspirar a ocupar el trono de España. El rey Carlos IV, al suceder a su padre, intentó reunir de nuevo a la familia, por lo que propuso que su prima María Teresa contrajera matrimonio con don Manuel Godoy, Primer Ministro y Príncipe de la Paz, el hombre más importante del reino. Era, como tantos otros, un matrimonio por intereses políticos, pero para María Teresa suponía la recuperación de aquello que se le había arrebatado a su familia injustamente.

El retrato de doña María Teresa capta con sutileza el alma de la condesa, su timidez, su recato y su dulzura. La condesa posa para el pintor sentada en una butaca en posición central ante un fondo negro, lo que hace destacar el blanco de su vestido y la palidez de su piel. Doña Teresa mira hacia su izquierda mientras muestra un atisbo sonrisa, acaso porque le faltaban varios dientes. La luz invade la escena de izquierda a derecha, resaltando la luminosidad de la figura y tocando aquellos puntos que Goya quería resaltar, como su rostro, su vientre abultado por el embarazo de su única hija, sus brazos (la propia condesa estaba muy orgullosa de ellos), el pecho, el cuello y algunos pliegues del vestido.

El cuadro se realizó de forma muy rápida. Un estudio detallado demuestra que Goya trabajó prácticamente al toque del pincel, sin apenas vacilar. La definición de los rasgos del rostro de doña Teresa es casi nula, pero al alejarnos del cuadro para observarlo mejor vemos que se forma una imagen orgánica y muy exacta de la condesa. Los trazos y pinceladas son los justos para precisar los detalles, luces, volúmenes y sombras; sirva como ejemplo la delicada gasa del vestido, pintada mediante pequeños puntos, rápidos y ligeros.

Para romper el contraste entre el blanco y el negro, Goya introdujo pequeñas notas de color en algunas partes del atuendo de la condesa que quería resaltar. La toca o gorrito que luce en la cabeza destaca por esas cintas de color azul y por el ramillete de flores y espigas verdes, símbolo de la fecundidad. Más toques de color los encontramos en la pulsera que adorna su brazo, en los anillos que lleva en los dedos (uno de ellos, el más grande, con un retrato de Godoy), en las mangas y en el borde inferior del vestido.

Sin embargo, es la historia que hay detrás del cuadro lo que le da verdadera identidad y hace que el espectador se conmueva al verlo. Si por algo destaca este retrato por encima de otros realizados por Goya es por la inmensa sensación de ternura que destila en cada una de sus pinceladas, que no es sino la ternura que el propio pintor sentía hacia la condesa tanto por conocerla desde que era una niña como por la situación tan dura que estaba viviendo entonces.

Casada sin amor, por intereses políticos y familiares, con Manuel Godoy, doña María Teresa de Borbón debió de pensar durante toda su vida que su matrimonio fue una terrible equivocación. Como la gran mayoría de los hombres de la época, Manuel Godoy sostuvo amores con varias amantes entre las que supuestamente estaba la propia reina de España, María Luisa de Parma. Una de las mujeres con las que Godoy mantuvo una relación más larga fue Pepita Tudó, que fue su amante oficial durante muchos años y con la que tuvo dos hijos. Pero los reyes, que toleraban y amparaban la relación de su protegido con la Tudó, consideraron que un hombre de su posición debía contraer matrimonio con una mujer de mayor categoría. Y la elegida fue, por desgracia para ella, doña Teresa de Borbón y Vallabriga.

No fue feliz en su matrimonio la condesa de Chinchón. Para Godoy nunca fue más que un fastidio o, en todo caso, una de las tantas propiedades que le obsequiaban los reyes por sus servicios. Nunca sintió la menor atracción por ella, pero eso no justifica las graves faltas de respeto que le mostraba a diario. Según contaba el embajador alemán, Godoy, tras cobrar la dote de cinco millones de reales por su matrimonio con María Teresa, volvió a llevar a Pepita Tudó a vivir a su casa y la hizo ocupar el lugar preferente, junto a él, en sus actos públicos y privados. El propio escritor Gaspar Melchor de Jovellanos comentaba que sintió vergüenza ajena cuando un día, almorzando en casa de Godoy, se encontró sentado a la mesa con la esposa y la amante de éste cuando aún no había transcurrido ni un mes desde la boda.

Las desavenencias en el seno del matrimonio comenzaron nada más celebrarse, puesto que Godoy no se recató de reanudar de inmediato su relación amorosa con la Tudó, y en el propio hogar conyugal, para mayor escarnio. Solo los convencionalismos de la época permiten entender, que no justificar, esta situación de trío forzoso. Los aduladores del poderoso valido rendían pleitesía a la amante antes que a la esposa, y ésta tuvo que aprender a tragar el dolor y la humillación. Por eso Goya la pinta con esa expresión infeliz y apesadumbrada, portando el anillo con el retrato de su marido, como si quisiera dejar constancia de su presencia y de su derecho de propiedad sobre doña María Teresa. Pues eso fue la condesa de Chinchón para Godoy: una propiedad, una condecoración más en su ya muy adornada pechera. Doña Teresa de Borbón salió de España al ser desterrado su marido y se supone que no volvieron a vivir juntos; murió en París en 1828 con la misma tristeza con la que había vivido.

El Estado español adquirió este cuadro en el año 2000 por derecho de tanteo a los herederos de la condesa, a cuya familia ha pertenecido desde que se pintó. A día de hoy se puede contemplar en el Museo del Prado en Madrid, junto con otras obras de Goya.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Anécdotas políticas


¡Hola a todos!

Si seguís aunque solo sea un poco las noticias de los medios de comunicación, sabréis que ahora mismo España está pasando por una crisis política debido a la cuestión de la independencia de Cataluña. Sin entrar en debates interminables (mi opinión al respecto ya se sabe en diversos foros de opinión y me ha valido una sarta de insultos a cual más florido), últimamente se respira en el ambiente una tensión tal que se podría cortar con un cuchillo. Ahora mismo, el país se encuentra dividido y temo que esto pueda ir a más si la cosa se complica.

La política no es un tema fácil de abordar porque levanta más de una ampolla. Sin embargo, creo que también puede dar lugar a muchos momentos de buen humor. Aunque los políticos son personas que por lo general gozan de bastante impopularidad, hay que reconocer que a veces nos dejan muy buenas frases o anécdotas capaces de sacarnos una sonrisa.

Y este es precisamente el tema del post de hoy. He querido huir de polémicas y he recopilado una serie de personajes que han tenido una gran relevancia en el ámbito de la política o que han hecho referencia a algún hecho político de su época. Espero que os guste!



FILIPO II DE MACEDONIA (382 – 336 a.C.)

A Filipo, rey de Macedonia y padre del célebre Alejandro Magno, le dijeron que uno de sus vasallos se pasaba el día hablando mal de él y le recomendaron que lo desterrara a modo de castigo. Pero Filipo se negó y, cuando le preguntaron por qué, respondió:

—Porque cuanto más se aleje de donde yo esté, más serán los que le escuchen.



DIÓGENES (412 – 323 a.C.)

Diógenes, el famoso filósofo griego del siglo IV a.C., dedicó toda su vida a predicar el desprecio por las cosas de este mundo. Él mismo actuaba en consecuencia, pues por posesiones no tenía más que un palo, una escudilla, una cuchara, unas alforjas y un tonel que siempre llevaba a cuestas y que le servía para dormir.

Un día, se dice que tuvo una inesperada entrevista con Alejandro Magno, quien empezó la conversación así:

—Yo soy Alejandro Magno.

—Y yo, Diógenes el cínico —respondió el filósofo.

—¿De qué modo podría servirte?

Y Diógenes contestó:

—Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol.

Y el general se quedó tan sorprendido por esta respuesta que se apartó mientras decía:

—Si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes.



PIRRO (318 – 272 a.C.)

Pirro fue rey del Epiro en el siglo IV a.C. y se hizo muy famoso tanto por su valor como por el dominio de la táctica militar. Venció en casi todas las batallas en las que participó, pero siempre a costa de terribles bajas en su propio ejército. En la batalla de Heraclea, Pirro empleó los elefantes contra los romanos, pero tanto entonces como en la batalla de Ausculum eso le supuso al rey unas pérdidas tan grandes que se dice que pronunció la siguiente frase:

—Otra victoria como esta y estoy perdido.



ANÍBAL (247 – 182 a.C.)

A pesar de las muchas victorias que tanto Aníbal como Escipión le habían dado a sus respectivas patrias, Cartago y Roma, ambos terminaron sus días en el destierro. Se dice que en cierta ocasión se entrevistaron en la corte del rey Antíoco de Siria, donde Aníbal se había refugiado. Ambos hablaron de las victorias que habían obtenido y, por curiosidad, Escipión le preguntó:

—¿Cuál crees que es el mejor general del mundo?

—Alejandro —respondió Aníbal sin dudarlo.

—¿Y después de éste?

—Pirro —dijo el cartaginés.

—¿Y el tercero?

—Yo —replicó Aníbal.

Escipión se echó a reír y le preguntó:

—¿Y qué dirías si me hubieses vencido en Zama?

—Entonces —contestó Aníbal sin vacilar— me tendría yo por el primero de todos.



AUGUSTO (63 a.C. – 14 d.C.)

Octavio Augusto, primer emperador de Roma, murió a los setenta y seis años de edad en Nola, cuando volvía a Roma desde Nápoles. Antes de morir, pidió a sus amigos un espejo y mandó que le peinaran y perfumaran. Luego, se volvió hacia ellos y les dijo:

—¿Creéis que he representado bien la comedia de la vida? Si os ha gustado, aplaudid al autor.



VESPASIANO (9 – 79)

El emperador Vespasiano era un hombre austero y de modesto origen al que no le gustaban la pompa cortesana ni los aduladores. Pero ocurrió que el Senado, por razones políticas, decidió darle a Vespasiano el rango de dios. A Vespasiano no le quedó más remedio que aceptarlo, pero cada vez que sus cortesanos le felicitaban, decía con sarcasmo:

—Me parece que ya voy notando que, poco a poco, dejo de ser un hombre y me convierto en deidad.



RAMIRO II EL MONJE (fallecido en 1157)

Al morir Alfonso I el Batallador sin herederos, las Cortes de Aragón le entregaron la corona a su hermano Ramiro, a pesar de que era monje. Este hecho provocó bastante disconformidad entre la nobleza aragonesa, que no se recató en negarle ayuda a Ramiro cuando se declaró la guerra entre Aragón y Navarra. Para vengarse de sus magnates, Ramiro convocó Cortes en Huesca y anunció que deseaba fundir una campana tan grande que habría de oírse en todo su reino. Los nobles juzgaron que, como rey que antes había sido fraile, era lo mejor que podía hacer. Lo que no sabían es que ellos iban a ser el bronce que daría forma a la campana de Ramiro. El día señalado, el rey mandó comparecer a los nobles uno a uno y, a medida que entraban, el verdugo les iba cortando la cabeza. Luego fueron colocadas en una bóveda en forma de campana y en el centro, a modo de badajo, estaba la cabeza del magnate más importante del reino y principal instigador de la rebelión.


LADY GODIVA (S. XI)

Cuenta la leyenda que esta famosa dama inglesa estaba casada con Leofric, conde Mercia y gobernador de la ciudad de Coventry. Este hombre exigía a sus vasallos unos impuestos tan elevados que las gentes de Coventry se morían de hambre. Su esposa Godiva, conmovida por el sufrimiento de sus vasallos, intercedió por ellos ante su marido y le pidió que rebajara los impuestos, a lo que Leofric contestó:

—Libraré a mis súbditos de todos los impuestos si tú atraviesas la ciudad a caballo, un día de mercado, completamente desnuda.

Ni corta ni perezosa, lady Godiva aceptó el reto. El día en que iba a salir, montada ya a caballo y cubierta tan solo por su larguísima cabellera rubia, las gentes de Coventry se quedaron en sus casas y cerraron puertas y ventanas para no mirarla, como muestra de respeto a la bondadosa dama.



ALFONSO X EL SABIO (1221 – 1284)

Alfonso X, además de poeta, era aficionado a la astronomía. Llamó a Toledo a los eruditos más reconocidos de la época, ya fuesen cristianos, judíos o musulmanes. De una de sus muchas conferencias salieron las famosas Tablas Alfonsíes, que sustituyeron a las Tablas de Tolomeo. Y se hizo famosa la frase del rey cuando, mientras comentaba el orden de las esferas, dijo:

—Si yo hubiese estado al lado de Dios cuando creó el universo, le habría dado algún valioso consejo.



CARLOS VII EL BIENSERVIDO (1403 – 1461)

Carlos VII, aquel a quien ayudó Juana de Arco en su guerra contra los ingleses, era un rey pródigo al que le encantaba organizar fastuosos banquetes en la corte. Entre sus muchos cortesanos, la mayoría aduladores, había alguno que era capaz de decirle la verdad. Y esto fue lo que le ocurrió con Jean Poton de Xaintrailles, con el que mantuvo el siguiente diálogo durante una fiesta:

—¿Qué os parece? ¿No es magnífico?

—¡Soberbio! —respondió Xaintrailles—. No se puede perder un reino de una manera más divertida.



FERNANDO EL CATÓLICO (1452 – 1516)

Fernando V de Aragón, llamado el Católico, fue uno de los diplomáticos más brillantes de su época, si entendemos como diplomacia el arte de elaborar los más bellos engaños. Sus principales víctimas fueron los reyes de Francia, especialmente Luis XII, con quien Fernando no tuvo el menor reparo de quebrantar todas las promesas que le había hecho en materia de política. Un día, un cortesano llegado de París le dijo al rey que Luis XII le acusaba de haberle engañado dos veces. Y Fernando, sin pelos en la lengua, replicó:

—¡Miente! No le he engañado dos veces, le he engañado diez.



TOMÁS MORO (1478 – 1535)

Hombre prudente y sabio como pocos, Tomás Moro le dijo una vez a un noble que acababa de ser nombrado consejero de Enrique VIII:

—Habéis entrado al servicio del príncipe más sabio, noble y liberal. Si queréis seguir mi humilde consejo, cuando tengáis que dar a su majestad el vuestro, decidle siempre lo que debería hacer pero nunca lo que es capaz de hacer. Así seréis un buen servidor y un valioso consejero. Porque si el león supiera la fuerza que tiene, nadie podría dominarle.



FELIPE II (1527 – 1598)

Algunos caballeros de la corte de Felipe II acudieron a él para quejarse de que mucha “gente común” se daba el tratamiento de Don y Doña, algo que solo estaba destinado a personajes de las más altas esferas. Los caballeros le pidieron al rey que impusiese multas y castigos a quienes se atrevieran a darse aquel tratamiento. Pero Felipe II, bien motejado como “el Rey Prudente”, respondió:

—Esto es irremediable y así me parece dexallo, y que cada uno tome de la vanidad lo que quisiere.



LUIS XIV (1638 – 1715)

Cuando Luis XIII de Francia murió, su hijo, el que con el tiempo sería conocido como el Rey Sol, solo tenía tres años. En su lecho de muerte, el rey pidió que le trajeran a su hijo y, quizá porque ya andaba mermado de facultades, se olvidó de su nombre y le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

Y el niño respondió:

—Luis XIV, papá.



FRANCISCO DE QUEVEDO (1580 – 1645)

En la época de Felipe IV, la monarquía española perdió Flandes, Portugal y Jamaica, y esto sin contar las posesiones que los franceses le quitaron en Europa. A pesar de todo, a Felipe IV se le conocía como Felipe el Grande. Esta expresión llegó a oídos de Quevedo que, con su cáustico humor, dijo:

—Sí que es grande, pero a la manera de los pozos, que son más grandes cuanta más tierra se les quita.



IEYASU TOKUGAWA (1543 – 1616)

El fundador de la dinastía Tokugawa sabía dar a sus leales grandes ejemplos de talento político. Durante la batalla de Sekigahara, Ieyasu se alzó contra el gobierno del hijo de Hideyoshi Toyotomi y se lanzó a la batalla con la cabeza descubierta, obviando la protección del casco. Cuando la batalla terminó y el nuevo shogun se proclamó vencedor, Ieyasu llamó a su escudero y le pidió que le trajera el casco. Se lo puso y dijo:

—Después de la victoria es cuando conviene resguardarse.



VOLTAIRE (1694 – 1778)

Viendo que la religión perdía fuerza en la Francia de su tiempo, decía Voltaire:

—Esto es lamentable. ¿De qué nos vamos a burlar?

Una persona que estaba con él trató de consolarle diciéndole que no le costaría hallar otros motivos para burlarse, a lo que Voltaire respondió:

—Querido señor, fuera de la Iglesia no hay salvación.



CARLOS IV DE BORBÓN (1748 – 1819)

Era un hombre de una ingenuidad escalofriante. Un día, siendo todavía príncipe heredero, se suscitó en la cámara real una discusión acerca de la fidelidad conyugal, y el joven Carlos arguyó:

—Nosotros tenemos en ese caso más suerte que los demás mortales, porque es difícil si no imposible que nuestras mujeres encuentren a nadie que sea superior a nosotros en categoría con quien engañarnos.

Y el rey Carlos III, mirando con gesto triste y burlón a quien inevitablemente habría de sucederle, suspiró:

—¡Qué tonto eres, hijo mío!



ABRAHAM LINCOLN (1809 – 1865)

Abraham Lincoln supo definir de manera certera los límites del engaño tanto en la vida corriente como en la política:

—Puedes engañar por algún tiempo a todo el mundo. Puedes engañar durante todo el tiempo a algunas personas. Pero no puedes engañar a todo el mundo durante todo el tiempo.



FRANCISCO JAVIER CASTAÑOS (1756 – 1852)

Después de la batalla de Bailén, ganada por los españoles a pesar de que sus tropas eran inferiores en número y en calidad, el general Dupont, que mandaba las tropas napoleónicas, se presentó ante el general Castaños y le tendió humildemente su espada diciendo:

—Os entrego esta espada, vencedora en cien batallas.

—Pues esta —replicó Castaños— es la primera que yo gano.

Y, con gesto caballeroso, le devolvió la espada.



FERNANDO VII (1784 – 1833)

Un cortesano se acercó a Fernando VII para pedirle que le diera una colocación digna de su categoría. El rey prometió procurarle un empleo, y al día siguiente lo llamó para informarle de que había dado con el adecuado para él.

—Voy a hacerte canónigo de la catedral de Murcia.

El cortesano, contrariado, replicó:

—Pero majestad, eso es imposible. Soy casado y tengo ocho hijos.

Y el rey contestó:

—¡Bah! Si te andas con esos escrúpulos, nunca encontrarás empleo.



MADAME DE STÄEL (1766-1817)

La baronesa de Stäel hablaba de política en una reunión en la que se encontraba Napoleón Bonaparte, entonces general del ejército. Cuando el futuro emperador de Francia comentó que no entendía por qué una mujer se metía en asuntos políticos, la baronesa le contestó:

—Veréis, señor, en un país donde se decapita a las mujeres, es lógico que las que aún quedamos nos preguntemos por qué.



BENJAMIN CONSTANT (1767-1830)

El escritor y político se sintió atraído por los principios de la Revolución francesa y trabajó en su favor sin caer nunca en ningún extremismo. Sin embargo, cuando le advirtieron que su nombre figuraba en una lista de personas a las que iban a deportar, Constant escribió al rey Luis XVIII una carta de justificación tan convincente  que el mismo rey tachó su nombre de la lista de proscritos.

—Tu carta era una maravilla —le dijo un amigo—. Ha convencido al rey.

—Creo que sí —aseveró Constant—. Estaba bien escrita. Casi me convenció a mí también.



ISABEL II DE BORBÓN (1830 – 1904)

Isabel II y su segunda nuera, la austríaca María Cristina de Habsburgo, solían discutir a menudo hasta por los temas más triviales, como la comida. Isabel, reina castiza donde las haya, adoraba comer arroz con pollo, cocido madrileño y bacalao con tomate, algo que su hija política detestaba.

—Es una porquería —dijo en cierta ocasión María Cristina cuando en casa de su suegra le sirvieron uno de estos platos.

—La porquería —respondió entonces Isabel— son esas coles podridas que comen en tu tierra.



JOSÉ OSORIO Y SILVA, MARQUÉS DE ALCAÑICES (1825 – 1909)

En los comienzos de la Restauración, don Pepe Alcañices, duque de Sesto, fue nombrado alcalde de Madrid. A él se debe la instalación de los primeros urinarios públicos que hubo en la capital. Al mismo tiempo, dictó un bando imponiendo una multa de dos reales a quien fuera descubierto orinando en público. Un periódico de la época publicó esta cuarteta: Dos reales por mear, ¡Dios mío, qué caro es esto! ¿Qué cobrará por cagar el señor duque de Sesto?



MAXIMILIANO I DE MÉXICO (1832 – 1867)

El 19 de junio de 1867 fueron ejecutados en el cerro de las Campanas de la ciudad de Querétaro, en México, el emperador Maximiliano I y dos de sus ayudantes, el mariscal del ejército Miguel Marimón y el indio Tomás Mejía, cuya lealtad al emperador le llevó a rechazar la huida para morir junto a él. Estando ya en el cerro, rodeados de soldados, se oyó un toque de corneta y Maximiliano preguntó:

—¿Es ésta la señal de la ejecución?

Y Mejía respondió:

—No lo sé, majestad. Es la primera vez que me ejecutan.



ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO (1828 – 1897)

Era un hombre de gran ingenio y talento, pero también podía ser bastante displicente cuando quería. Durante una fiesta en palacio, Cánovas se comportó de forma un tanto maleducada con un aristócrata. Éste, ofendido, le advirtió que tuviera cuidado, puesto que era un Grande de España. A lo que Cánovas replicó:

—Y yo soy quien los hace.



PRÁXEDES MATEO SAGASTA (1825 – 1903)

En agosto de 1883, dos regimientos de Badajoz, uno de La Rioja y otro de La Seo de Urgel se sublevaron con la intención de proclamar la república. Un secretario corrió a despertar a Sagasta a las cuatro de la mañana para comunicarle las graves noticias, a lo que el jefe de estado dijo, rascándose la barba:

—Pero, hombre, ¡a estas horas!



SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL (1852 – 1934)

En uno de sus gobiernos, Segismundo Moret le ofreció a Santiago Ramón y Cajal la oportunidad de formar parte del gobierno como su Ministro de Instrucción Pública. Y don Santiago, poco amigo de los honores, exclamó enfadado:

—¿Ministro yo? Mire, don Segismundo, tengo mucho trabajo. No salgo de aquí, no voy siquiera al café. Le aseguro que no me queda tiempo para perderlo en tonterías. 


¡Y hasta aquí por hoy! ¿Cuál os ha gustado más? ¿Tenéis una anécdota política que queráis compartir aquí? Ponedla en los comentarios y hacédmela saber!

Hasta pronto!