martes, 1 de mayo de 2018

La leyenda del mes: La enamorada cautiva


¡Hola a todos!

¡Y bienvenidos al que seguramente será el mes del año más feliz para mí! Sí, amigos: ¡Por fin me han dado vacaciones en el trabajo! Llevaba mucho tiempo esperando estas vacaciones, y os juro que las voy a disfrutar todo lo que pueda. Estas últimas semanas han sido un poco estresantes en mi trabajo y estaba deseando tener unos días libres seguidos para poder dedicármelos a mí misma y a hacer las cosas que más me gustan, y una de ellas es hacer un viajecito a dos lugares que me gustan mucho: Santiago de Compostela y Valencia. ¿Qué aventuras me esperan allí? No tengo ni idea, pero estoy segura de que van a ser unos días maravillosos y los voy a pasar en compañía de personas a las que quiero con todo mi corazón. ¡Deseadme un buen viaje! ^^*

Mientras tanto, os voy a dejar por aquí la leyenda gallega que abrirá el mes de mayo. ¡Espero que os guste mucho!


La enamorada cautiva




Nelda era una hidalga dulce y gentil, una hermosa muchacha de cabello radiante como el oro bruñido y ojos tan verdes como el fondo de una mansa laguna. Por su mano suspiraban decenas de jóvenes pretendientes que ansiaban tenerla por esposa, pero Nelda solo tenía ojos para Paio, el hijo más joven del conde don Suero, un muchacho esbelto y garrido que correspondía con idéntico amor a la hidalguiña. Ambos esperaban con ansia el feliz día en que habrían de convertirse en marido y mujer.

Pero ocurrió un acontecimiento terrible que dio al traste con su felicidad, pues llegaron noticias de que un gran ejército musulmán, comandado por el temible Almanzor, avanzaba sobre Galicia destruyendo aldeas, villas y todo lo que se encontraba a su paso, sembrando la muerte y arrebatando todo lo que se le antojaba, incluyendo a las doncellas más hermosas de aquella tierra para aumentar sus ya dilatados harenes.

Los hombres se aprestaron a las armas para defender el territorio y las mujeres huyeron y trataron de encontrar refugio en otros lugares, pero de nada les sirvió tanto empeño, pues los jinetes árabes arrasaron los ejércitos de hidalgos e infanzones con tanta facilidad que en poco tiempo se hicieron dueños de las tierras gallegas. Una vez finalizadas sus rapiñas, emprendieron el camino de vuelta llevando consigo un gran número de prisioneros a modo de botín de guerra. Entre estos prisioneros estaba Nelda.

Pocos meses después, apareció en Córdoba un muchacho pobre, harapiento y cojo que pedía limosna tocando un instrumento musical nunca visto por aquellas gentes. Un instrumento formado por una bolsa inflada, un tubo melódico y dos bordones que arrancaba unos sonidos que llamaban la atención por lo alegres que eran.

Un día, el músico callejero vio que se asomaba al ajimez de la torre de un palacio morisco la cara de una jovencita rubia con los ojos llenos de lágrimas. Era Nelda, la desdichada hidalga, que era prisionera del príncipe Omar ben Amid y buscaba consuelo en la música que el mendigo había traído a aquella tierra tan apartada de su hogar. Entonces, su gaita, una gaita gallega, empezó a tocar las primeras notas de una alborada que sobresaltó el corazón de Nelda y la hizo sonreír de esperanza, porque aquella melodía había sido compuesta para ella por su amado. Y fue así como reconoció al mendigo gaitero. Era Paio, que había sobrevivido a la invasión musulmana y había dedicado meses a la búsqueda de su amada. Llevaba consigo una gaita porque sabía que su sonido era el que más le gustaba a su enamorada, por lo que pensó que así le resultaría más sencillo encontrarla. Cuando sus miradas se cruzaron, los dos se reconocieron y, en silencio, se hicieron la mutua promesa de volver a encontrarse.

Aquel día, el príncipe Omar observó que su esclava predilecta estaba más contenta de lo habitual y quiso saber a qué se debía. Nelda le dijo que su alegría se debía al músico callejero que había tocado para ella la música de su tierra; para complacerla, el príncipe dio orden de que se le permitiera al gaitero acercarse todos los días a los pies del palacio para tocar para Nelda.

Sin embargo, no todos veían inocencia en este gesto. Aldonza, una esclava al servicio de Nelda que antaño había sido una de las favoritas del príncipe pero ahora había sido relegada a las funciones de una criada, se lamentaba en secreto de su situación y miraba a las doncellas jóvenes como Nelda con envidia y cierto rencor. Por eso, un día que Nelda le dio un papel y una moneda de plata para que se lo entregara al gaitero, Aldonza fue a llevárselo al príncipe en persona. El príncipe no le dio mayor importancia, pero en su interior ardía un fuego de cólera que le llevó a jurar venganza si descubría que Nelda osaba traicionarlo. Llamó a Yusuf, su arquero, y le ordenó que vigilara bien durante esa noche.

Yusuf llevaba ya mucho tiempo guardando el palacio. Estaba el hombre muy intranquilo y malhumorado, ya que esa noche tenía pensado pasarla en los brazos de Aldonza, que habría de lanzarle una escalera de cuerda desde la ventana de su habitación. Pero el tiempo pasaba y Aldonza no abría la ventana, así que Yusuf quiso hacerle ver que la estaba esperando lanzándole una flecha que se clavó en las maderas de la ventana.

Aldonza reconoció la señal y corrió a abrir la ventana y echar la escala de cuerda, pero no bien hizo esto, Yusuf vio un hombre saliendo de las sombras que se agarró a  ella y empezó a subir con agilidad. Pensando que Aldonza había encontrado un nuevo amante, disparó una flecha al intruso, que cayó sin vida al suelo. Despavorida, Aldonza trató de esconderse pero otra saeta se le clavó en el pecho y la mató.

Yusuf se acercó al hombre que había derribado y le miró horrorizado. ¡Era el príncipe Omar! El príncipe que, creyendo ir a sorprender a Neldiña con el mozo gallego, para el cual supuso que se había lanzado la escala, se disponía a tomar venganza de ellos, exactamente lo mismo que Yusuf acababa de hacer.

El arquero estaba tan espantado por lo que había hecho que no se dio cuenta de que el ajimez donde Nelda solía asomarse se abrió y una mano agitó un pañuelo blanco que pareció el aletear de una paloma. Era la señal para Paio que, disfrazado con ropas árabes, se dirigió rápidamente a una puerta del palacio, donde se reunió con Nelda y juntos huyeron para siempre de aquel lugar.


jueves, 26 de abril de 2018

¿Y si hubiera sido yo?


Voy a contaros algo que nunca le he contado a nadie.

Hace unos diez u once años, yo me encontraba en Santiago de Compostela. Como sabéis, he estudiado la carrera de Historia, y dado que mi hogar se encuentra a varios kilómetros de Compostela, durante el curso escolar tenía que vivir en la capital de Galicia, como han hecho miles de estudiantes antes y después que yo, ya que es un hecho de lo más común.

A mí siempre me ha encantado vivir en Santiago; es una ciudad pequeña, muy tranquila y con unos niveles de delincuencia muy bajos en comparación con otros lugares como podrían ser ciertas zonas de A Coruña o la misma Vigo, considerada una de las tres ciudades con mayores índices de delincuencia en las calles de toda España. Santiago tenía (y tiene) todo lo que siempre he buscado en la ciudad de mis sueños, por lo que para mí fue muy fácil adaptarme y hacerme una vida. Durante el día, seguía mi rutina normal: iba a clase, quedaba con mis amigas, hacía la compra y daba largos paseos para conocer la ciudad y familiarizarme con el entorno. Y las noches de jueves, como todo el mundo, me preparaba para salir con mis amigos y pasármelo bien con ellos en alguno de los muchos pubs que hay salpicados por todo el casco antiguo.

Siempre me he sentido segura viviendo en Santiago. Me sentía tan a gusto que no vacilaba en quedar con mis amigas por la noche en un sitio un poco alejado e ir a dicho lugar caminando en plena noche. Por supuesto, no soy idiota: Siempre he tenido una especial precaución en todo lo que concernía a salir de casa por la noche. Hasta entonces nunca había tenido ningún problema, pero todos sabemos que eso puede cambiar de un momento para otro. Pero por suerte, en Santiago hay muchas zonas abiertas y muy bien iluminadas, y la Policía patrullaba por las cercanías cada pocos minutos. Nunca pasaba nada digno de mención, como pudiera ser un altercado, una pelea en un lugar público o un robo con violencia. Para que me entendáis, os hablo de una ciudad que he llegado a atravesar sola, en plena noche, a las tres de la mañana, y llegar a mi piso tan campante. Nunca me pasó nada.

Hasta que pasó.

Era una noche de jueves tan normal como cualquier otra. Yo había salido con mi grupo de amigas a tomar algo y a divertirme como siempre, y durante toda la noche no sucedió nada que se saliera de lo común. Al día siguiente tenía clase, así que les dije a mis amigas que no quería volver tarde a casa. Normalmente nos acompañábamos unas a otras hasta nuestras respectivas casas, hasta la parada de taxis o hasta algún lugar que nos pareciera seguro. Pero aquel día no quería chafarles la diversión a mis amigas haciéndoles venir conmigo hasta mi piso y luego recorrer el camino de vuelta; ellas no se habrían negado, pero no me apetecía cargarles ese marrón, así que les dije que no se preocuparan, me despedí de todas y me fui a mi casa.

Debían de ser las dos o tres de la mañana, no lo sé. Caminé sola durante un buen rato, crucé el casco antiguo y un tramo de la Alameda; por este paseo suele haber gente corriendo y haciendo deporte en plena madrugada, así que su presencia me tranquilizaba. Caminé sin pensar en nada en concreto, andando a buen paso y mirando al frente, sin dudar. Estaba tan cerca de mi piso que ya casi percibía el tacto suave y esponjoso de mi pijama. Después de caminar un rato por el paseo, bajé unas escaleras para llegar a la carretera principal que cruza el casco nuevo de Santiago. En una de las esquinas, justo a pie de carretera, había un pequeño bar todavía abierto. Y en la puerta había un coche encendido y varios chicos dentro bebiendo y contándose sus historias. Creo que eran cinco o seis, no lo recuerdo, como tampoco recuerdo sus caras. Puede que fueran de mi edad o tal vez algo mayores, pero repito que no lo sé.

De lo que sí me acuerdo es de sus miradas al verme aparecer. Yo no llevaba puesto nada particularmente llamativo, como pudiera ser un vestido corto, unos pantaloncitos o una blusa escotada, pero me fijé en sus miradas y en la sonrisa que se les dibujó a todos en la cara, y no me hizo ninguna gracia. Sabía lo que venía a continuación y en ese sentido no me decepcionaron: Empezaron a decir las típicas tonterías de un grupo de borrachos, a piropearme y a preguntarme por qué me iba tan pronto a casa. A mí no me hacía ni pizca de gracia tener que pasar a su lado, pero no me quedaba más remedio porque era el único camino posible para seguir ruta hacia mi casa, así que decidí pasar lo más rápido que pude. Con paso firme, sin apenas mirarles, avancé hacia delante. Uno de ellos iba a entrar en el coche y me invitó a subir, a lo que yo respondí con seriedad:

-No, gracias. ¿Me dejas pasar, por favor?

No fue una provocación, pero ellos se lo tomaron como tal. Pasé de largo, doblé la esquina y seguí caminando un par de metros. Los chicos dejaron de decirme piropos y me soltaron alguna que otra grosería, pero les ignoré y seguí caminando. Entonces, les oí decir que no me moviera de donde estaba. Miré hacia atrás... y cuando les vi arrancar el coche para empezar a seguirme, me invadió el pánico. Eché a correr cuesta abajo todo lo rápido que pude sin volverme ni una sola vez. Al parecer, al conductor le estaba costando un poco maniobrar y enderezar el volante (probablemente porque iba bebido), y eso me hizo ganar tiempo. Corrí, corrí y corrí. En mi cabeza parpadeaba una y otra vez la palabra "¡Huye!", y no pude ni quise desobedecer tal imperativo. Corrí hasta quedarme sin aliento; tuve que esconderme en un lugar apartado para recuperarme hasta que me pareció que el coche de aquellos chicos había pasado de largo. Mi casa no estaba a más de dos minutos, pero la distancia que me separaba se me hizo eterna. Casi a escondidas, como una criminal, tuve que agazaparme y correr hacia mi casa. Un conejito asustado.

Por suerte, me faltaba muy poco para llegar. Solo tenía que cruzar un paso de cebra, llegar a una plazuela y entrar en mi bloque. Por precaución, busqué las llaves en mi bolso, y recé por que no se me atascaran en la cerradura del portal, como ya había sucedido otras veces. Todo indicaba que no debía seguir preocupándome por lo ocurrido. Estaba agotada después de haber corrido tanto y todavía estaba en tensión, pero parecía que todo había acabado ya. Mi casa estaba a menos de cien metros y ellos habían pasado de largo sin encontrarme. Me sentí aliviada.

-¡Miradla, allí está!

Me quedé helada al oír esta frase. Un escalofrío me recorrió la espalda.

"No, no puede ser. ¿Cómo me han encontrado?", recuerdo que pensé.

Pero allí estaban. Los chicos se habían tomado en serio la tarea de buscarme. No sé si querían hacerme algo malo o solo pretendían asustarme, pero el caso es que se habían dedicado a dar vueltas con el coche por los alrededores hasta dar conmigo y seguir persiguiéndome. Recuerdo haber pensado que se habían tomado demasiadas molestias por una simple chica a la que solo querían molestar.

Lo demás lo recuerdo de manera muy rápida. Volví a echarme a correr, metí la llave en la cerradura, entré de manera atropellada y cerré la puerta del portal dándome impulso con todo el cuerpo; supongo que los vecinos del primer piso se sobresaltarían al oír aquel estruendo, pero en aquel momento no me importó. Los chicos seguían rondando con el coche en el exterior, gritando y llamándome, mientras yo esperaba a que el ascensor bajara de una puñetera vez. En cuanto llegué a casa, cerré la puerta con dos vueltas de llave, corrí a mi habitación, me metí en la cama y me cubrí con las sábanas hasta arriba. Y allí, en la calma que llega después de la tempestad, me eché a llorar. No hacía más que preguntarme qué habría podido pasar si aquellos chicos me hubieran atrapado y me hubieran metido en su coche, cómo habrían terminado las cosas si yo no me hubiera echado a correr o si ellos realmente tuvieran pensado hacerme daño. No podía parar de llorar, no podía parar de temblar. Solo conseguía exorcizar mi miedo cuando me repetía una y otra vez que los chicos no sabían en qué piso vivía y que no vendrían a hacerme nada.

Al día siguiente, tras haber dormido unas pocas horas, me levanté para ir a clase y seguir con mi vida normal. Mientras caminaba hacia mi facultad, y a pesar de ser las diez de la mañana, miraba a mi alrededor con miedo a que un coche aparcara a mi lado y de él salieran cinco chicos para arrastrarme a su interior.

Nunca se lo he contado a nadie hasta ahora, pero ese recuerdo se me ha presentado hoy muchas veces a lo largo del día. Y es que hoy ha salido a la luz la sentencia de la Manada, ese grupo de repugnantes amigos que se aprovecharon de una chica de dieciocho años que iba bebida en las fiestas de San Fermín, la metieron en un portal y se la follaron entre los cinco como si fuera una vulgar muñeca hinchable. Esa sentencia, tan esperada por millones de mujeres, ha caído como un jarro de agua fría sobre todas, pues los jueces que se han encargado de dictar sentencia consideran que estamos ante un caso de abuso sexual, no de agresión sexual... y esto implica que la pena de cárcel que les ha caído es bastante menor: nueve años, exactamente.

No quiero criticar sin saber. Yo no estuve allí, no he visto los vídeos, no he visto las pruebas, no he estado presente en los juicios. No sé si fue una violación. No sé qué tiene que pasar para que un acto así se considere una violación en la Justicia española. No sé de Leyes ni Jurisprudencia, pero entiendo que todas las mujeres nos sintamos indignadas ante semejante escándalo. Puede que la víctima hubiera decidido someterse a la vejación intimidada por aquellos cinco hombres más grandes y fuertes que ella, o puede incluso que hubiera aceptado tener relaciones sexuales con uno y que después se vio acorralada al darse cuenta de que iba a ser plato para cinco comensales. No lo sé. Pero lo que sí sé es que los miembros de la Manada son repugnantes, vomitivos y dignos del mayor de los desprecios. Cinco hombres entre los que hay (me estremezco al pensarlo) un Guardia Civil, alguien que jura servir y proteger a los ciudadanos de a pie, que tratan a una chica poco más que adolescente, borracha y mermada de facultades, como un juguete sexual... es para echarse a temblar.

Hoy más que nunca he pensado mucho en la víctima y en lo que podría haberme pasado a mí. ¿Y si hubiera sido yo? ¿Y si aquellos chicos me hubieran cogido, me hubieran drogado y luego decidieran violarme entre todos? ¿Qué habría sido de mí? ¿Cómo habría actuado? ¿Qué harían conmigo después? ¿Quién me encontraría? ¿Cómo llegaría a mi casa... si es que llegaba? Por fortuna, a mí no me pasó nada pero hay otras mujeres que no han tenido la misma suerte que yo y que incluso han muerto por intentar defenderse y oponer resistencia. Es horrible tener que pensarlo, pero a día de hoy una mujer sigue sin poder caminar segura por las noches, pues estoy segura de que un chico, en la misma situación en que me vi yo, es probable que no hubiera llamado la atención del grupo del coche.

Y si por casualidad alguna de las víctimas de la Manada o cualquier otra mujer agredida lee este post, quiero que sepa que mi corazón está con ellas, que he visto brevemente lo que es el miedo y que no me atrevo a imaginar el terror que habrán pasado.

Hoy más que nunca la Justicia tiene que cambiar.

lunes, 23 de abril de 2018

¡Feliz día del Libro!


¡Hola a todos!

Esta será una entrada cortita, casi anecdótica. Debido a la escasez de tiempo y a ciertos asuntos personales, este mes no he podido actualizar mucho, y me temo que el mes que viene tampoco podré explayarme demasiado en el blog. Con todo, no quería dejar pasar este día sin dejar un pequeño recordatorio de este día tan importante para los escritores y para los lectores que se animan a dar una oportunidad a un libro nuevo.

Por eso, desde este blog, os animo encarecidamente a que leáis. Leed todo lo que caiga en vuestras manos. Leed libros nuevos y antiguos, buenos y malos. Leed novelas, artículos, ensayos, poemarios, cuentos, manuales y enciclopedias. Leed historias de amores imposibles, de monstruos horrendos, de espadas y dragones, de historias que ocurrieron en el pasado o de aventuras que ocurrirán en el futuro. Leed por gusto, por el placer de llenar vuestros corazones con las maravillas que se esconden entre las páginas de un libro. Leed y viajad a otros mundos. Leed y aprended de la sabiduría de los eruditos que nos precedieron. Leed y convertíos en los elegidos de la profecía. Leed y vivid mil vidas, todas diferentes, todas fascinantes.

Los libros son los mejores aliados de una persona. Un libro es capaz de aportar conocimientos, ideas, imaginación y emoción a aquel que tiene la valentía de abrirlo y echar un vistazo a los secretos que encierra. Son amigos que nos llevan de aventuras, maestros que nos dan las respuestas que necesitamos, contadores de historias, guardianes del pensamiento y de la memoria.

Leed y vuestro espíritu se enriquecerá. Seréis más sabios, más abiertos de mente, más imaginativos y, sí, más libres.

Feliz día del Libro a todos.




viernes, 6 de abril de 2018

Las hadas de Cottingley


¡Hola a todos!

Christopher Moore, en su novela Aleta, pone en boca de uno de sus personajes la siguiente frase: “La ciencia que no conoces parece magia”. Esta sentencia, tan simple y a la vez tan evocadora, encierra en su interior una verdad que todos conocemos pero que pocas veces exteriorizamos, y es que el ser humano tiende a creer en las artes ocultas o en entidades mágicas cuando se enfrenta a fenómenos que es incapaz de explicar… hasta que la ciencia empieza a investigar y ofrece una explicación plausible, lo que destruye por completo la imaginación de esa persona. En pocas palabras, podríamos decir que la ciencia es la muerte de la magia.

No me voy a parar a enumerar todas las ventajas que la ciencia nos ha dado a lo largo de los siglos porque no acabaría hoy, pero baste decir que, desde que el hombre es hombre siempre ha buscado respuestas para explicar hechos cotidianos y cuestiones de índole espiritual. ¿Qué es la lluvia y por qué cae sobre la tierra? ¿Los relámpagos que atravesaban el cielo eran obra de un dios furioso y vengativo o había otra explicación? ¿Había criaturas mágicas ocultas en los árboles, en los arroyos o incluso en lo más profundo del océano?

Hoy en día conocemos la respuesta de casi todas las preguntas que otros se han formulado antes que nosotros, pero hay quienes afirman que todavía no lo conocemos todo, y una de esas cosas atañe a la existencia de las hadas.



Hadas tomando un baño de sol

Las hadas, esos seres fantásticos e inmortales que viven en un plano astral diferente al nuestro y que utilizan la magia para intervenir en los asuntos de los mortales, han formado parte de todas las culturas humanas bajo diferentes nombres y apariencias. Dotadas de grandes poderes, se creía que determinaban el destino y tenían visión profética. Se las consideraba las protectoras de la naturaleza, de los bosques y praderas, de las flores y jardines, de los ríos y los mares. La tradición popular pinta a las hadas como criaturas femeninas de gran belleza y naturaleza dual, capaces de ser muy bondadosas y muy crueles, pero conservando la ingenuidad y la inocencia propia de los niños; quizá sea por eso que solo puede verlas alguien que todavía conserve el corazón puro de un infante.

No obstante, por mucho que nos guste la idea de que su existencia sea verídica, para la mayoría de la gente es evidente que las hadas no son reales. Son seres imaginarios creados para alegrar y hacer soñar a los niños, pero una vez éstos lleguen a la edad adulta los olvidarán y se darán cuenta de que eran pura fantasía. Imaginaos entonces el estupor que se generó en toda Inglaterra cuando, a principios del siglo XX, dos niñas no solo se atrevieron a afirmar que habían conocido y jugado con hadas, sino que además las habían fotografiado.

Elsie Wright y Frances Griffith eran dos primas que vivían en Cottingley, cerca de Bradford (Inglaterra). Elsie era por entonces una muchacha de dieciséis años con un gran talento para el dibujo y la pintura, especialmente paisajes y retratos utilizando la técnica de la acuarela. Frances había nacido en Sudáfrica y era hija de un sargento mayor, pero se fue a pasar las vacaciones con sus tíos y su prima a Cottingley a los diez años.

La residencia de los Wright estaba establecida en plena naturaleza, al lado de un bosquecillo por el que discurría un plácido riachuelo; un marco óptimo para los amantes de la fantasía. Una tarde de julio de 1917, las niñas pidieron permiso al señor Wright para llevar su cámara fotográfica al arroyo; tras mucho insistir, el señor Wright aceptó y les dio algunos consejos sobre su funcionamiento. Las niñas se marcharon muy contentas y no tardaron más de una hora en regresar con la cámara intacta, pero con unas extrañas impresiones en las placas. Cuando Arthur Wright reveló las placas en su laboratorio casero, se llevó una sorpresa al ver una foto de Frances rodeada de extrañas manchas blancas. Le preguntó a Elsie si sabía qué podía ser eso, y su hija respondió que eran sus amigas las hadas. Como es natural, al oír tal ocurrencia, el señor Wright se rió y guardó la foto en un cajón, pensando que quizá esas manchas eran hojas caídas o papeles arrastrados por el viento.



Frances y las hadas

Unas semanas después, en agosto, las niñas volvieron a salir a jugar al bosquecillo con la cámara, y una vez más volvieron con otra fotografía. Esta vez, quien posaba para la cámara era Elsie, quien le tendía la mano a lo que parecía ser un pequeño gnomo saltarín. Pensando que las niñas querían gastarle una broma pesada, el señor Wright les prohibió que volvieran a coger la cámara. Pero su esposa, Polly Wright, que sentía un gran interés por el ocultismo y había tenido varias experiencias de proyección astral y recuerdos de vidas pasadas, creía que las niñas decían la verdad. Fue ella la que hizo público el asunto en 1919, cuando asistió a una reunión de la Sociedad Teosófica de Bradford. Allí, Polly habló sobre la existencia de hadas en Cottingley y afirmó que su hija y su sobrina las habían fotografiado. La noticia corrió como la pólvora hasta que llegó a oídos del teosofista Edward Gardner.

Interesado por el curioso fenómeno, Gardner pidió que se le mandaran las fotografías para poder verificar si eran hadas auténticas o una falsificación. Como las imágenes estaba un tanto desvaídas y poco definidas, Gardner encomendó que se hicieran mejores revelados, tras lo cual afirmó que las hadas, sin asomo alguno de error, eran reales. Lo mismo creyó Arthur Conan Doyle, autor de las novelas de Sherlock Holmes, el otro gran implicado en el caso de las hadas de Cottingley. A raíz de la muerte de su hijo mayor en la guerra, Doyle empezó a obsesionarse con el espiritismo y el más allá; por eso, no debe extrañarnos su entusiasmo al descubrir que había pruebas fotográficas de la existencia de hadas, ya que venía a corroborar sus creencias más acérrimas.



Elsie y el gnomo

El caso de las hadas de Cottingley fue uno de los más polémicos de la época e hizo correr ríos de tinta. No fueron pocos los periódicos y revistas que publicaron artículos ilustrados con las fotografías que Elsie y Frances habían sacado junto al arroyo. Algunos medios fueron muy agresivos con las niñas (se llegó a romper su anonimato y a publicar la dirección de su casa) y con el propio Conan Doyle, tachándolos de farsantes y de haber falsificado las fotografías. Sin embargo, ninguno de estos ataques consiguió mermar el entusiasmo general de la gente. Los periodistas acudían en tropel a la residencia de los Wright para entrevistarles, y no eran pocos los curiosos que se acercaban al arroyo armados con cazamariposas con la intención de capturar un hada. La invasión de fincas y terrenos privados provocó numerosos disturbios y tensiones, y una y otra vez volvía a surgir la pregunta: ¿Eran reales las hadas o todo había sido un montaje?

Para acallar los rumores maledicentes, se decidió entregarle a cada niña una cámara para que volvieran a fotografiar a las hadas. Para que no se sintieran presionadas, Gardner les dio una serie de recomendaciones acerca de su uso y la iluminación que requerían, asegurándoles que si no conseguían sacar ninguna foto no tenían por qué preocuparse. El mal clima dificultó un poco las cosas a Elsie y Frances, pero al fin consiguieron sacar tres fotografías más que fueron enviadas a Londres. Al verlas, Gardner se puso eufórico y le mandó un telegrama a Conan Doyle, que en esos momentos se encontraba en Australia, para darle la feliz noticia. El escritor se contagió del entusiasmo de su colega y publicó un nuevo artículo con las fotografías más recientes. Describía otros avistamientos de hadas y sirvió de base para su posterior libro The coming of the fairies, publicado en 1922.



Tercera y cuarta fotografías


Las reacciones ante las nuevas fotografías fueron, como antes, muy variadas. Las críticas más comunes eran que las hadas de Cottingley eran muy parecidas a las que salían en las ilustraciones de los cuentos infantiles y que tenían peinados siguiendo la moda parisina del momento. Con todo, las fotografías fueron consideradas como genuinas. En 1921 se hizo una última expedición a Cottingley. Se pretendía entregarles nuevo material fotográfico a las niñas para que volvieran a sacar fotos. Pero tanto Elsie como Frances, agobiadas por la prensa sensacionalista, estaban cansadas del asunto de las hadas y declinaron la oferta. Sin embargo, el tema de las hadas siguió candente durante mucho tiempo, y ni Elsie ni Frances pudieron escapar nunca de él.

A día de hoy, resulta insólito que tanta gente se dejara engañar por dos niñas y una cámara. Y es que cualquiera que vea estas polémicas fotos se dará cuenta al instante de que son un fraude. En las imágenes e impresiones que han llegado a nuestros días, las hadas se ven planas, con una iluminación que no encaja con el resto de la fotografía. Las figuras de las hadas son estáticas y, como apuntaban muchos críticos, lucen vestidos y peinados de estilo parisino de principios del siglo XX. La prueba que hundió definitivamente la creencia en las hadas de Cottingley fue el descubrimiento, en 1978, de unas ilustraciones idénticas a las hadas en un libro infantil titulado Princess Mary’s Gift Book, publicado en 1915. Estas ilustraciones mostraban a unas ninfas bailando en las mismas posiciones que lucen las hadas de Cottingley en las fotografías. Eso sí, en las ilustraciones las ninfas no tienen alas, aunque estos añadidos bien pudo haberlos hecho la propia Elsie Wright, dada su habilidad con los pinceles.



Comparación de las hadas de Cottingley
con las ilustraciones del libro Princess Mary's Gift Book

Años después, en 1981, en una entrevista realizada para la revista The Unexplained, las primas declararon que las fotografías eran un montaje. Elsie dijo que habían recortado las figuras en papel, las habían clavado al suelo con alfileres de sombrero y se habían fotografiado junto a ellas como si fueran hadas de verdad. Sin embargo, Frances siguió manteniendo hasta el final de sus días que tanto ella como su prima Elsie habían visto a las hadas durante aquella hermosa tarde de verano de 1917.

domingo, 1 de abril de 2018

La leyenda del mes: La doncella cierva


¡Hola a todos!

Pues empezamos el mes de abril despidiéndonos de la Semana Santa, que este año en mi tierra ha sido pasada por agua. Me ha dado mucha pena que no hayan podido salir las principales procesiones del Jueves y el Viernes Santo, ya que son las más bonitas y emotivas. De todas formas, no habría podido ir a verlas porque me ha tocado trabajar, aunque me hubiera gustado que los demás sí pudieran verlas.

En fin, toca hacer de tripas corazón y encarar el nuevo mes con alegría. Estoy empezando a preparar mis próximas vacaciones que, si no hay mala novedad, serán en mayo. Estoy tan emocionada que me parece que voy a pasar todo el mes fuera de casa. Tengo muchas ganas de tomarme un descanso y dedicarme un poco a mis aficiones, a mis amigos y, por supuesto, a la escritura. Sin duda, un respiro me hará bien y hasta puede que aprenda a ver algunas cosas de otra manera.

Mientras tanto, vayamos a lo que importa, que es la leyenda que os he traído para inaugurar este mes. Esta es una de mis leyendas favoritas, aunque es muy clásica y su final se vislumbra ya desde el principio. Sin embargo, el halo de fantasía que la rodea me parece mágico y fascinante, y espero que a vosotros también os lo parezca.


La doncella cierva




Se dice que hace muchos años, en tierras de Cervantes vivía un señor llamado Froyás en un magnífico castillo. Este señor tenía dos hijos de los cuales se sentía muy contento y orgulloso: un joven llamado Egas y una muchacha llamada Aldara.

Los hermanos se querían mucho y solían salir juntos a cabalgar por las tierras de su padre. Con frecuencia, Egas acompañaba a Aldara al castillo del joven Aras, el hijo de otro señor que vivía en la misma comarca, quien había pedido licencia para poder cortejar a la muchacha, de la que se había enamorado. Y como Aldara le correspondía y sus respectivos padres veían con buenos ojos la relación entre ellos, todo el mundo pensaba que muy pronto habría casamiento en la tierra de Cervantes. La promesa de los jóvenes quedó sellada cuando Aldara recibió de Aras un hermoso anillo de oro con una piedra amarilla.

Pero ocurrió que un día, Aldara no regresó a casa a la hora acostumbrada. Preguntó su padre por ella y preguntó también su hermano, pero nadie supo darles una respuesta. Nadie sabía dónde podía estar Aldara ni qué le había podido ocurrir. Desesperados, Froyás y su hijo no dudaron en interrogar a todos los que vivían en el castillo y los alrededores. De todos los lugareños, solo un ballestero que había estado de guardia en la puerta del castillo dijo que la había visto salir por la tarde, y que le parecía que la muchacha había tomado rumbo al riachuelo que discurría por las cercanías.

Padre e hijo pidieron inmediatamente que se ensillaran sus caballos y los hicieron correr al galope hasta el riachuelo. Ninguno de los dos quería imaginarse la desgracia que allí había podido ocurrir, pero en la cabeza de ambos había cruzado la imagen de la pobre Aldara ahogada y su cadáver siendo arrastrado por la corriente del río. Sin embargo, ambos recorrieron la ribera del río de arriba abajo y no hallaron rastro alguno de Aldara.

Era tal el misterio que rodeaba la desaparición de la chica que se enviaron mensajeros a los señores de las comarcas vecinas pidiendo ayuda. En las labores de búsqueda participó incluso Aras, el desconsolado prometido, que recorrió los bosques durante día y noche con la esperanza de hallar a su amada. Pero nadie la encontró jamás. Todos dieron por supuesto que a la pobre muchacha la había matado un jabalí o tal vez una manada de lobos, por lo que suspendieron la búsqueda al perder toda esperanza de encontrarla con vida.

Años después, andando Egas de cacería, llegó a un bosquecillo donde pretendía dar caza a un urogallo. Una vez cobrada la pieza, y de regreso al castillo, tuvo la ocasión de atisbar un reflejo blanco entre los árboles. Se acercó sigilosamente y en un claro descubrió una hermosa cierva, blanca como la nieve, que brincaba por el bosquecillo sin preocupación alguna.

Egas no tardó mucho en preparar la ballesta y, de un tiro certero, hirió de muerte a la cierva, que cayó sobre la hierba. Egas se acercó a la pieza que acababa de cobrarse y se dio cuenta de que tal vez había cometido una tontería al matar a la cierva, puesto que no tenía los medios para llevarla por sí mismo al castillo de su padre. Entonces, con su cuchillo de monte, cortó una de las patas delanteras de la cierva, la guardó en el zurrón y, fijándose bien en el sitio donde se hallaba, decidió ir al castillo y avisar a los criados para que viniesen a recogerla.

Cuando llegó donde su padre, Egas le contó todo lo que había visto durante su jornada de caza y abrió su zurrón para mostrarle la pata de la cierva que había abatido. Pero su estupor fue indescriptible cuando de la bolsa no cayó una pata de cierva, sino una mano humana; una mano fina, suave y blanca; una mano de doncella hidalga. Y en uno de los dedos de aquella mano relucía un anillo de oro con una piedra amarilla. Era el anillo de Aldara.

Espantados por lo que acababan de descubrir, padre e hijo corrieron hacia el claro donde Egas había hallado a la cierva. Allí estaba, tendida en el suelo, la desdichada Aldara, con un vestido blanco en el que, junto al pecho, una mancha de sangre señalaba el lugar donde su propio hermano la había herido sin saberlo. Y en un brazo le faltaba la mano.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! ¡Nos vemos pronto!

lunes, 12 de marzo de 2018

Desmontando el hembrismo


¡Hola a todos!

No cabe duda de que el pasado 8 de marzo fue un día en el que se hizo Historia. Aquel día, miles de mujeres dejaron de lado sus trabajos tanto dentro como fuera de casa para salir a la calle todas juntas y lanzar un grito para llamar a la igualdad entre hombres y mujeres. Cuesta creer que algo tan básico como la igualdad de derechos para ambos sexos siga siendo a día de hoy tema de discusión o que incluso se ponga en duda, y considero que en ese sentido la huelga feminista del 8 de marzo fue muy positiva. La marea violeta se hizo ver en todo el mundo y dejó claro que las cosas van a cambiar a partir de ahora, que la revolución se llevará a cabo y que seremos las mujeres las artífices de esa proeza.

A pesar de lo que muchos piensan, el movimiento feminista no está compuesto por un grupo de mujeres histéricas que, dejándose llevar por sus hormonas, se están dedicando a montar alborotos innecesarios para destruir un sistema que el machismo lleva cimentando y fortaleciendo desde el principio de los tiempos. Cierto que el feminismo busca tumbar el machismo, pero lo hace a través de la vía pacífica y siempre buscando la igualdad, cosa que el machismo no hace.

Por alguna razón carente de toda lógica, siempre se ha considerado que el sexo femenino era inferior en todo al masculino, y esta creencia ha arraigado tanto en nuestra sociedad que nuestra educación e idiosincrasia han llegado a hacernos creer que se trata de una certeza incuestionable. Pero esto no es así y, por fortuna, no fueron pocas las mujeres que pusieron en tela de juicio estas premisas marcadas por los hombres. Pues ¿por qué debería ser menos inteligente una mujer que un hombre? ¿Por qué no pueden hombres y mujeres ejercer los mismos trabajos, ya sea dentro como fuera de casa? ¿Por qué no podían las mujeres tener derecho a votar, a tener mayoría de edad, a ser independientes económicamente o a decidir si querían o no tener hijos?

Poco a poco, el sistema empezó a ser cuestionado por los que supuestamente eran los seres más débiles de la sociedad. Las mujeres se dieron cuenta de que no habían nacido para ser objetos decorativos para colocar al lado de un hombre, ni criadas sometidas a cada uno de sus deseos. Comprendieron, a base de vivir injusticias constantemente, de que valían tanto como cualquier hombre y, por lo tanto, debían ser consideradas iguales a ellos en todos los aspectos de la vida. Iguales en derechos, en obligaciones, en educación, en la familia y ante la ley. Y fue así como gracias a estas pioneras surgió el feminismo, un movimiento que nació para exigir la igualdad de derechos para hombres y mujeres.

El feminismo no empezó siguiendo unas pautas y se quedó estancado en ellas, sino que, como todo en esta vida, evolucionó para adaptarse a los nuevos tiempos y a las demandas que las mujeres pedían para ser plenamente iguales a los hombres en derechos y en deberes ante la ley y la sociedad. Existen varios movimientos feministas, pero hoy en día se tiende a dividir la evolución del feminismo en tres olas distintas que se han dado a lo largo de la Historia. Voy a explicaros un poco en qué consistían y cuáles eran sus principales reivindicaciones.

La primera ola del feminismo tiene sus orígenes en el Renacimiento, y sus premisas básicas se pueden encontrar en libros como La Ciudad de las Damas de Christine de Pizan; La Igualdad de los Sexos, de François Poullain de la Barre; y La Mujer Honesta, de Jacques du Bosc. En esta primera ola del feminismo lo que se demandaba era la incorporación de la mujer al ámbito académico, cuyo acceso le estaba prácticamente vedado. Fue tal el ímpetu que tuvieron estas pioneras que su influencia tuvo eco en las revoluciones burguesas liberales del siglo XVIII, sobre todo en Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Básicamente, las dos grandes demandas de esta primera ola son la igualdad ante la ley y el acceso de la mujer a la ciudadanía.

La segunda ola del feminismo tiene lugar el siglo XIX y surge a raíz de las teorías sociales, económicas y políticas del marxismo. Será, sin embargo, la obra de Engels la que servirá de base sobre la que se fundamente esta segunda ola feminista, concretamente el libro El origen del estado, la familia y la propiedad privada, publicado en 1884. Esta obra puede resumirse con la frase “En la familia, el hombre es el burgués y la mujer el proletariado”. Lo que Engels pretendía era tender un puente entre la lucha de clases y la lucha de sexos, y declaraba que la mujer tenía que subordinarse a la lucha del obrero para poder liberarse de las cadenas del patriarcado. Esta segunda ola del feminismo terminó siendo un absoluto fracaso, ya que sus postulados no se aplicaron. Baste recordar el sistema político que se implantó en la desaparecida Unión Soviética, en el que la mujer, lejos de gozar de más libertades y derechos, se vio incluso más sometida que antes a los parámetros machistas.

Y llegamos a la tercera ola del feminismo, cuyo origen se puede situar en el año 1949 tras la publicación del ensayo El segundo sexo, de la escritora Simone de Beauvoir. Es muy famosa la frase de esta autora que reza “No se nace mujer, se llega a serlo” que, en mi opinión, resume muy bien esta nueva ola feminista y le da al movimiento una mayor visibilidad. Es ahora cuando se empiezan a elaborar los fundamentos filosóficos de la ideología de género, en la que la sexualidad se ve desarraigada de su realidad natural y pasa a ser presentada como un constructo cultural. Poco a poco se va observando una radicalización en sus premisas; la mujer deja de ser igual al hombre y se convierte en un ser superior a él. Es ahora cuando empezamos a hablar del hembrismo.

El hembrismo (mal llamado también feminazismo), al contrario de lo que muchas personas sostienen, no va parejo al feminismo, sino que lo sobrepasa, va más allá y se centra en buscar motivos por los que odiar y despreciar a los hombres. Supuestamente denuncia el machismo pero lo curioso es que se basa en la misma ideología y consideración de que un sexo es superior al otro por poseer determinadas características. No predica la igualdad de derechos y obligaciones, sino que culpa, tiraniza y ataca al hombre por el simple hecho de ser hombre, impidiéndole defenderse y llegando a condenarle de antemano.

El radicalismo exacerbado de las hembristas ha llevado a que se establezca una dictadura de lo políticamente correcto, en la que cada detalle debe ser cuidadosamente analizado para buscar indicios de machismo, heteropatriarcado, estigmatización social y otros conceptos que oiremos varias veces en el discurso hembrista. En el artículo de hoy voy a hacer un firme alegato en favor del feminismo y a desgranar algunas de las principales diferencias que hay entre las feministas y las hembristas.


Mujeres sí, hombres no

Mientras que el movimiento feminista defiende la inclusión de hombres y mujeres para establecer la igualdad real entre ambos sexos, el movimiento hembrista hace todo lo contrario y opta por apartar a los hombres de sus reivindicaciones, en ocasiones denigrando al sexo masculino. Esto choca con la discriminación con la que, se supone, quieren acabar. Ejemplos de esta violencia ejercida contra los hombres los podemos encontrar en slogans y consignas muy conocidas como "Muerte al macho", “Machete al machote” y “Ante la duda, tú la viuda”, pero también es posible encontrar frases horribles y denigrantes en la filosofía de género, que supuestamente es más seria. Sirvan como ejemplos las palabras de Andrea Dworkin, quien dijo que todo coito heterosexual supone la violación de un hombre sobre una mujer; también está Sheila Jeffreys, a quien le gustaba opinar que cada vez que una mujer experimenta un orgasmo al estar con un hombre, lo que en realidad está haciendo es reproducir el sistema del patriarcado; y por supuesto no podía faltar la famosa Valerie Solanas, creadora del manifiesto SCUM, quien llegó a afirmar que tratar al hombre de animal es halagarlo, ya que el hombre no es más que un consolador andante.


Derechos sobre el cuerpo

Uno de los puntos que siempre ha defendido el feminismo ya desde sus inicios ha sido el de permitir a la mujer tener derecho sobre su propio cuerpo, algo muy legítimo si tenemos en cuenta que durante cientos de años fue el hombre el que dispuso de la mujer de manera indiscutible. Entre otras cosas, el feminismo pedía que se le concediera a la mujer el derecho a abortar libremente, algo que el movimiento hembrista también comparte.

Sin embargo, hay una pequeña diferencia entre las simpatizantes de uno y otro grupo. Al oír hablar a las hembristas, uno casi podría pensar que están supercontentas y deseosas de ir a una clínica para abortar, como si fuera tan normal como irse con unas amigas a tomar un café. No faltan tampoco consignas tan sonoras como “Aborto es sagrado”, repetida infinidad de veces por las simpatizantes del grupo FEMEN. En cambio, las feministas consideran que el aborto debería ser libre y con las máximas garantías sanitarias, pero a la vez lo ven como un drama para la mujer, pues entienden que la interrupción del embarazo es un acto que una mujer solo llevaría a cabo en caso de que no le quedara otro remedio.

Existe una frase muy conocida que resume a la perfección este apartado, que es la famosa “En mi coño mando yo”, sentencia muy respetable pero que, curiosamente, no se aplica a otros aspectos como la prostitución autogestionada o la gestación subrogada. Es decir, que una hembrista defenderá a muerte a una mujer si quiere abortar estando en el quinto mes de embarazo pero la considerará una mujer de segunda si, ejerciendo su derecho a buscarse la vida como mejor le parezca, decide trabajar como prostituta para ganarse las lentejas.


Mujer y religión

Con la Iglesia hemos topado. El hembrismo ha iniciado una cruzada para borrar de la faz de la tierra todo lo que huela a heteropatriarcado, y todos sabemos que no hay nada más heteropatriarcal que las religiones. Aunque la gran mayoría de las religiones son, en esencia, bastante machistas, las hembristas parecen tenerle una especial ojeriza a la Iglesia católica. Una vez más, encontramos aquí una doble vara de medir, ya que el hembrismo no va a ser ni la mitad de duro con el Islam. La fe islámica es una religión tan respetable como todas las demás, pero es innegable que sus preceptos y bases ideológicas son machistas, ya que siempre ponen al varón en un puesto de supremacía sobre la mujer. Sin embargo, nunca veremos a las chicas de FEMEN irrumpir un viernes en una mezquita, desnudas de la cintura para arriba y con flores en el pelo, para ponerle las tetas en la cara a un imán y llamarle machista opresor, cosa que sí han hecho repetidas veces en iglesias y capillas católicas.

Como veis, la cosa cojea por algún lado, ya que no se trata igual a todas las religiones. Es probable que esto se deba a que el movimiento hembrista está muy vinculado a la ideología de ciertos partidos políticos de la extrema izquierda que son muy benévolos con el Islam pero a la vez son muy críticos con el Cristianismo, lo que pone en entredicho su idea de lo que es el respeto hacia las creencias de cada persona. Posiblemente esto sea así porque saben que la Iglesia, haciendo honor a su máxima de poner la otra mejilla, traga con todo y no responde a sus provocaciones, algo que no ocurre cuando se le toca los cojones al Islam. Nunca veremos a las hembristas pidiendo la erradicación del burka, el cual consideran que las mujeres afganas llevan porque quieren, cuando realmente es una imposición del marido a la esposa, ya que el burka no tiene las mismas connotaciones religiosas que el velo, prenda que solo cubre la cabeza pero deja al descubierto el rostro de la mujer.


Capitalismo heteropatriarcal (?)

El feminismo, como ideología y como movimiento político, ha sido un producto de la filosofía liberal que surgió a raíz de la instauración del sistema capitalista. Aunque las “revoluciones burguesas” ayudaron a que las demandas de las mujeres tomaran forma y se organizaran políticamente, la aparición de Marx y Engels vino a cambiarlo todo cuando éste último subordinó la lucha femenina a los intereses de la lucha de clases, haciendo que izquierda y feminismo se unieran contra el capitalismo, y cuyos argumentos han llegado hasta nuestros días. Basta con echar un vistazo a los principales grupos feministas para comprobar que en todos ellos se repite hasta la saciedad el discurso de que el capitalismo es la causa de la opresión de la mujer. ¿Por qué dicen esto?

El capitalismo es un sistema económico que se sustenta en dos pilares: la centralidad de la propiedad privada y la libertad económica. La institución del contrato se vuelve más necesaria que en épocas anteriores, y el mundo empezará a moverse siguiendo la ley de la oferta y la demanda. Con el asentamiento de estas premisas, la mujer fue encontrando mayores espacios en la vida pública, puesto que el mercado no hace distinción de sexos, razas, etnias o religiones. Si una empresa decidiera no contratar a mujeres bien preparadas y pagar en exceso a hombres no cualificados para el puesto, no tardaría mucho en irse a pique. Existe, eso sí, el problema de la brecha salarial, que discrimina a la mujer haciéndole cobrar menos por llevar a cabo el mismo trabajo que un hombre, con las mismas condiciones y características.

Sin embargo, culpar al capitalismo de este hecho me parece un absurdo, puesto que gracias al capitalismo se hicieron grandes avances en la tecnología aplicada al ámbito laboral. La creación de maquinaria cada vez más sofisticada ha hecho que la maña supere a la fuerza bruta, además de crear nuevos puestos de trabajo que las mujeres podían desempeñar perfectamente. El mercado también pensó en las mujeres al dar pie a la producción de todo tipo de artículos para facilitarles la vida cotidiana. Así que, en mi opinión, si lo que el feminismo quiere abolir es la brecha salarial, tiene que atacar directamente a ese problema, no a todo el sistema capitalista. A pesar de las innumerables virtudes que, según Marx y Engels, tenía el sistema socialista cuyas teorías elaboraron, en la práctica se demostró que los derechos de la clase obrera iban mermando cada vez más y que ni siquiera las mujeres gozaron de una mayor libertad.


Todos alienados

Como toda ideología extremista, el hembrismo tiende a llevar a cabo una separación ideológica entre los miembros del grupo y el enemigo a abatir. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando es una mujer la que, en pleno ejercicio de sus facultades, manifiesta que no piensa igual que ellas? Pues que pasa a ser una alienada que ha sido abducida por el malvado heteropatriarcado. Para una hembrista, una mujer en su sano juicio no decide ser ama de casa y dedicarse al cuidado de una familia, por mucho que la propia mujer diga que ésa ha sido su elección. Se la intentará convencer de que su forma de pensar es arcaica, denigrante para la mujer e incluso dañina para la lucha del feminismo. Cuando vean que no la pueden convencer de lo contrario, pasará a ser considerada una especie de apestada, una defensora del neomachismo heteropatriarcal que nada tiene que ver con sus ideales de liberación femenina.


Defensa para casi todas

Aunque el movimiento hembrista dice incluir a todas las mujeres en la defensa de sus reivindicaciones, hay casos en los que se puede ver que esto no sucede así en absoluto, puesto que no se actuará de la misma manera para defender a una mujer de una ideología opuesta a la del grupo. Ejemplos de esto los podemos ver en Twitter casi a diario, como fue el caso del ataque machista que sufrió la política de C’s Inés Arrimadas por parte del trabajador de TV3 Toni Albà, quien no se recató en llamarla “puta” de manera pública. Aunque estamos acostumbrados a ver que las redes sociales arden por todo, es curioso que ningún colectivo hembrista saliera en defensa de Inés Arrimadas. Es posible que su condición de política de ideología de derechas no la haya hecho merecedora de recibir el apoyo de este supuesto movimiento feminista, como tampoco lo recibió la presentadora Mariló Montero cuando el líder de Podemos, Pablo Iglesias, gran adalid del feminismo y supuestamente defensor de la mujer, declaró en un chat privado que le encantaría azotarla hasta hacerla sangrar.


Violencia de género

Este es el punto que mayor controversia provoca a día de hoy, ya que se trata de un tema muy sensible con el que no se puede andar con medias tintas. El movimiento feminista condena todo tipo de violencia, tanto si la ejerce un hombre como si la ejerce una mujer. Se habla de violencia de género o violencia machista, pero el término más adecuado es, bajo mi punto de vista, violencia. Y el feminismo no tolera la violencia de ningún tipo. En cambio, las hembristas solo condenan la violencia que se ejerce por parte del hombre a la mujer, e incluso justifican que la mujer ejerza violencia sobre el hombre. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tiene pegarle a un hombre, si por definición todos son machirulos y opresores?

En mi país, España, existe la famosa Ley de Violencia de Género que, aunque fue creada para evitar el maltrato y el asesinato de mujeres a manos de sus parejas, solo ha contribuido a crear más desigualdad ante la Ley y a colocar a las mujeres en un puesto de preferencia sobre el hombre. A día de hoy, y ante un mismo caso de violencia en el seno de la pareja, se juzgará con más severidad a un hombre que a una mujer. Un hombre que pega a una mujer comete un delito, pero si lo hace una mujer es una falta. Si una mujer denuncia a un hombre por maltrato, la Policía se personará en la casa para proceder a arrestar al hombre; en cambio, si es el hombre el que acusa de maltrato a la mujer, se seguirían los procedimientos habituales con la correspondiente citación judicial. Si esto sigue así, se llegará al punto en el que la presunción de inocencia quedará erradicada y un hombre acusado de maltrato será culpable hasta que se demuestre lo contrario. El estado de derecho a tomar viento, señores.


Micromachismos y lenguaje inclusivo

Gilipollez supina donde las haya y que mueve tanto a risa como a enfado. Bien es cierto que existen ciertos comportamientos cotidianos que pueden considerarse propios del machismo, como el hecho de que, habiendo en casa un hombre y una mujer, deba ser siempre la mujer la que se ocupe de llevar a cabo las tareas del hogar, o que corresponda a ésta sin discusión la tarea de encargarse del cuidado de los niños o de personas mayores aun habiendo otros parientes más cercanos que podrían hacerse cargo de tales menesteres. Estos reductos del machismo se ven ahora con mayor claridad de lo que se veían hace veinte años, y supone un gran avance que se saquen a relucir y se pida justicia al respecto.

Sin embargo, también hay que matizar que otros de los llamados micromachismos son completamente absurdos, aunque a las hembristas no se lo parece. Para ellas, que un hombre invite a cenar a una mujer es un acto machista porque el hombre lo hace para mostrar su superioridad sobre la mujer, ya que se supone que él gana más que ella y se puede permitir el lujo de invitar a un ser inferior a comer. Esta misma lógica se puede aplicar a otros comportamientos como el hecho de abrirle la puerta del coche a la mujer, dejarla pasar antes que él al salir de un edificio o hacerle un cumplido. Existe todo un debate acerca del piropo; hay quienes lo ven como un acto sin importancia aunque a veces bastante grosero, y hay quienes lo consideran directamente acoso sexual.

Algo parecido ocurre con el famoso lenguaje inclusivo, una auténtica aberración que consiste en feminizar o neutralizar (nunca mejor dicho) palabras ya existentes para que incluyan a todo el espectro genérico, aun cuando no es necesario. Sirvan como ejemplo bofetadas al diccionario como “miembros y miembras”, “sujetas de pleno derecho”, “bienvenides” o “amig@s”. La R.A.E. ha declarado muchas veces que esto es un error gramatical, pero los partidarios del lenguaje inclusivo se encogen de hombros y siguen a lo suyo, convencidísimos de estar hablando bien y de contribuir así a la integración de género. Otra estupidez más de la dictadura de lo políticamente correcto.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! Si os ha gustado, os animo a compartirlo con quien os apetezca. Si no estáis de acuerdo con estos puntos, tenéis abajo la caja de comentarios, donde podremos debatir tranquilamente. ¡Hasta la próxima!

sábado, 3 de marzo de 2018

Hina Matsuri, el Festival de las Muñecas


¡Hola a todos!

Y sed especialmente bienvenidos hoy, porque estamos de celebración: ¡Hoy es mi cumpleaños!

Sí, hoy soy un añito más vieja o más madura, depende del cristal con que una mire la situación. Recuerdo que hace tiempo tuve un complejo muy grande con lo de cumplir años. En serio, me parecía un auténtico drama cumplir años porque tenía la creencia de que era una especie de recordatorio de todas las cosas que no había hecho antes de llegar a esa edad. Hay quien le llama "crisis de tal edad", que es una época por la que pasamos todas las personas cuando nos damos cuenta de que ya no somos los chavalines de antaño y que vamos a tener que empezar a asumir responsabilidades y tomar las riendas de nuestras vidas.

Por fortuna, el tiempo me ha hecho entender que no hay drama alguno en cumplir años, en hacerse más mayor. Todo lo contrario, pues esto significa que estamos vivos para celebrar nuestro cumpleaños, motivo más que suficiente para estar contentos o, por lo menos, para mostrar una sonrisa y tratar de encarar el nuevo año con una actitud más positiva.

Aunque Internet y las nuevas tecnologías han avanzado una barbaridad, todavía no me permiten enviaros un trocito de la deliciosa tarta de fresas que me he comido hoy para que la probéis. En vez de eso, lo que haré será hablaros un poco de una de las festividades japonesas que más me gustan y que, casualidades de la vida, se celebra hoy.

Sí, lo habéis adivinado: Hoy vamos a hablar del Hina Matsuri o Festival de las Muñecas.




Todos los años en Japón se celebra el día 3 de marzo el Hina Matsuri, el Festival de las Muñecas, una fiesta que está dedicada especialmente a las niñas. La tradición afirma que este festival asegura una vida saludable y buena fortuna a las niñas pequeñas.

El festival se centra en la exposición de una serie de muñecas llamadas hina ningyo. El origen de la leyenda se remonta a China, donde se creía que las muñecas podían proteger a los humanos atrayendo a los malos espíritus y absorbiéndolos. En el período Heian se realizaba una ceremonia conocida como hina nagashi, que consistía en ofrecer muñecas de papel, madera o tela con la fecha de nacimiento de la niña, colocarlas en pequeñas barquitas y depositarlas en el río para que se las llevara la corriente, alejando así la mala suerte. Las niñas asimilaron poco a poco esta costumbre en sus juegos de muñecas, de tal manera que llegados al siglo XVIII ya se puede hablar de una auténtica celebración del festival de Hina Matsuri, con la diferencia de que ahora esta festividad dejará de ser privativa de la nobleza y permitirá la participación de miembros de todos los estratos de la sociedad, 

Las muñecas hina ningyo están hechas completamente a mano siguiendo un proceso delicado y laborioso, lo que las convierte en pequeñas obras de arte. Las muñecas representan a personajes de la corte imperial de la Era Heian, por lo que es normal verlas ataviadas con kimonos tradicionales fabricados con telas muy delicadas y decoradas con los brocados más abigarrados. Cada muñeca hina ningyo es única. Algunas están sentadas y otras están de pie, hay una amplia variedad de vestimentas y cada muñeca tiene su propia cara y expresión facial. Existe también otro tipo de muñecas, más esquemáticas, en las que la ropa está pegada a un cuerpo de madera tallada.




Tradicionalmente, los abuelos maternos eran los que regalaban todo el juego de muñecas al nacer sus nietas; sin embargo, los conjuntos son tan caros que no es raro que lo paguen entre los cuatro abuelos o que pase de generación en generación. Otra cuestión es la del espacio. Al ser juegos de muñecas que requieren un enorme espacio para exponerlos, muchas familias optan por la versión más sencilla o en miniatura. Otros padres prefieren hacer ellos mismos las muñecas a mano, en papel o en tela.

Las muñecas se exponen en una estantería que consta de varios peldaños, como una especie de pirámide. En una estantería de siete peldaños se pueden encontrar de trece a quince muñecas. En el peldaño superior, coronando el conjunto, están el Emperador y la Emperatriz sentados uno al lado del otro; detrás de ellos suele haber un biombo dorado o un panel decorado con motivos florales. Es habitual encontrar flores de melocotonero, ya que el melocotón es la fruta que en Japón se asocia al sexo femenino.

En el peldaño que sigue al de la pareja imperial se suelen situar las figuras de tres cortesanas que van vestidas igual. Los peldaños inferiores muestran miniaturas de muebles, carruajes u objetos de uso doméstico. Sobre ellos hay tres asistentes, dos ministros y cinco músicos de la corte, todos ataviados con los emblemas de su rango y toda clase de complementos (dogu). Hasta el detalle más pequeño de las muñecas está elaborado con un cuidado exquisito, lo que las convierte en pequeños tesoros de gran valor. Aunque lo más habitual es encontrar a las muñecas expuestas en esta especie de pirámide, también se las puede exponer en una réplica a escala de un palacio imperial.




Colgadas de hilos alrededor de la estantería principal del hina ningyo hay muñecas de tela llamadas tsurushi bina. Los otros objetos colgantes son animales u objetos de peluche que remiten a símbolos para desear buena salud y prosperidad a la familia, como grullas, tortugas, bolsitas de tela o melocotones, que una vez más remiten a la feminidad.

El festival de Hina Matsuri es especial para las niñas pequeñas. Estas preciosas muñecas simbolizan las oraciones de la familia para que sus hijas crezcan sanas y tengan una vida larga y feliz. Eso sí, es importante no exponer las muñecas durante demasiado tiempo. Debido a la capacidad de las muñecas de absorber toda clase de espíritus, también es posible que traten de absorber la buena suerte. Los japoneses, supersticiosos como son, creen que es necesario guardar las muñecas una vez pasado el día del Hina Matsuri para impedir que la niña pierda su buena suerte y tarde en casarse o que se quede soltera toda la vida. Aunque esto puede sonar machista, hay que tener en cuenta que en la época en la que empezó esta tradición, una de las peores tragedias que podía ocurrirle a una mujer era no encontrar un buen marido.

En el Hina Matsuri se suele reunir la familia para celebrar la festividad, y es mucho más emotivo cuando hay niñas pequeñas en la familia, puesto que la fiesta gira en torno a ellas. Además de la exposición de las muñecas típicas, es común también que se prepare una comida especial para celebrar el día de las niñas.




El menú típico de este día tan especial suele estar compuesto por una sopa de almejas y un plato de chirashi sushi, un tipo de sushi con base de arroz sobre el que se colocan varios ingredientes. En cuanto a dulces, podemos encontrar el hishi mochi, que es un rombo de tres colores; los hina arare, una especie de bolitas de arroz de varios colores y de sabor muy dulce, que se dice que protegen a las niñas de la mala suerte y de las enfermedades. También suele beberse el shirozake, que es una variante del sake tradicional pero con muy poco o nada de alcohol, que se extrae de la flor del melocotón y se consume para purificar el cuerpo.


¡Espero que os haya gustado! ¡Nos vemos muy pronto!

jueves, 1 de marzo de 2018

La leyenda del mes: El monte Medulio


¡Hola a todos!

¡Bienvenidos a marzo, mi mes del año favorito porque yo nací en él! De hecho, dentro de poco va a ser mi cumpleaños y también tendréis entrada nueva, así que estad atentos por si queréis leerla, ^^*

Estos días han sido muy fríos por donde yo vivo, pues la Bestia del Este ha llegado a Galicia y ha dejado huella de su paso. Cabe destacar que en mi ciudad ha provocado más de una exclamación de sorpresa, pues el otro día nevó por primera vez en más de treinta años, lo que no es poco decir cuando se vive al pie del mar, donde no suele nevar. Eso sí, la nieve duró poco y no tardó en dejarnos, aunque nos ha dejado bonitos y blancos recuerdos.

Para empezar marzo como manda la ley, os voy a dejar a continuación la leyenda que toca este mes. He elegido esta por ser una de mis favoritas cuando era pequeña y porque parece ser que tiene visos de verdad, aunque ya sabéis que a veces la leyenda y la historia tienden a confundirse.

Espero que os guste!


El monte Medulio




Cuando los romanos invadieron la Península conquistando el sur y el este, no tardaron en fijar su atención en el noroeste de la Iberia, donde sabían que abundaban minas de los metales que más ambicionaban: cobre, hierro y, sobre todo, el oro, aquel valioso metal amarillo con el que los nativos fabricaban joyas tan hermosas y preciadas como las torques, que muchos personajes de alto rango lucían alrededor del cuello.

Los romanos se encaminaron sin dudarlo al noroeste, pensando que no sería difícil para las bien entrenadas legiones penetrar en la Gallaecia; no tardarían mucho en darse cuenta de su error. Aunque tanto lusitanos como galaicos eran pueblos poco guerreros, puesto que sus vidas se centraban en la agricultura y el pastoreo, ante la llegada del invasor mostraron un tesón y una fuerza impropias de unas gentes a las que se creía débiles y apocadas. Usando como armas sus herramientas o sus aperos de labranza, cada lusitano y cada galaico le plantaba cara a Roma con el valor de aquel que defiende lo que sabe que le pertenece por derecho. Y aunque aquellas “armas” nada podían hacer contra las tropas romanas, no fueron pocas las ocasiones en las que hicieron retroceder espantados a los legionarios romanos. Hasta las mujeres lucharon al lado de los hombres, negándose a guarecerse del peligro, para pelear por lo que era suyo.

Dada la imposibilidad de entrar en esa tierra por la fuerza, los romanos decidieron recurrir a la astucia y el engaño. Tal como hiciera Galba al ordenar la matanza de cientos de lusitanos a los que había convocado para firmar una paz fingida, en la Gallaecia se utilizaron procedimientos similares para avanzar por aquellas tierras y llegar al monte Medulio, donde habían hallado refugio grupos numerosos de guerrilleros galaicos.

No fue fácil para Cayo Furnio y Publio Carisio cercar el monte Medulio y reducir a los insurgentes. Los galaicos conocían bien su tierra y, aunque hostigados por un enemigo más numeroso, recurrían a la guerra de guerrillas para causar grandes daños a los romanos. Ambos bandos pelearon con fiereza. Las flechas cruzaban el aire de parte a parte, y desde lo alto del monte rodaban grandes piedras para aplastar a los soldados que trataban de ganar terreno. Los galaicos se negaban a rendirse, pero pronto se dieron cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles, puesto que por cada romano que mataban, aparecían cuatro más para continuar la lucha, mientras que sus propias fuerzas eran cada vez más escasas y no disponían de recursos suficientes para permanecer mucho tiempo sitiados.

Era inútil seguir luchando. Los romanos acabarían llegando a lo alto del monte, pasarían por la espada a los hombres y se llevarían como esclavas a las mujeres y a los niños. Sabiendo que su derrota era inminente, los galaicos tomaron una decisión radical e inamovible. Una noche, los romanos oyeron una gran algazara procedente de lo alto del monte Medulio. Al principio se asustaron, pero una música ensordecedora de tambores y los alaridos de los galaicos les convenció de que estaban celebrando una de sus extrañas festividades alrededor de una gran hoguera, por lo que no le dieron la menor importancia. Pero a la mañana siguiente, el silencio les hizo ver que algo no iba bien.

Los romanos ascendieron por la ladera del monte Medulio con cautela, temblando ante la posibilidad de sufrir una emboscada. Pero no hallaron resistencia alguna. Cuando llegaron a la cumbre, la escena que contemplaron les pareció tan espeluznante como desoladora. Todos los galaicos, hombres y mujeres, niños y ancianos, estaban muertos alrededor de los rescoldos de una gran hoguera. Allí se había celebrado una gran fiesta, la última de aquel pueblo. Después de danzar frenéticamente alrededor del fuego y de prepararse para su último viaje, los galaicos se suicidaron a fuego, espada y veneno en medio de un frenesí de música y comida. No quedó alma con vida en el monte Medulio, pues prefirieron morir libres antes que dejarse dominar por el enemigo invasor.

A día de hoy no se sabe qué monte era este ni dónde está situado, y ni siquiera los cronistas de la época como Dión Casio, Floro o Livio indican la situación concreta del monte Medulio. Pero de lo que no se puede dudar es que éste fue un triunfo teñido de amargura para Roma, puesto que en el monte Medulio no solo sucumbió un pueblo entero, sino que Roma también perdió allí lo mejor de sus huestes.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Música y Amor en el Medievo II: Las Cantigas de Amor


¡Hola a todos!

Y seguimos con la segunda parte de este breve artículo dedicado a la música y el amor en la Edad Media. Esta vez, como os prometí, os traigo el apartado dedicado a las Cantigas de Amor. Aunque el tema que tratan es el mismo que en las Cantigas de Amigo, veremos que no se hace de la misma manera y los recursos estilísticos que se utilizan son diferentes en ambas versiones. Así que, sin más dilación, os dejo con las Cantigas de Amor.

Las Cantigas de Amor son poemas en los que el poeta es un hombre enamorado que canta las alabanzas de su dama. Sin embargo, en vez de valerse de la figura femenina para expresarse como ocurría en las Cantigas de Amigo, en estas cantigas es el propio poeta el que habla en primera persona y se dirige a su dama o hace reflexiones acerca del amor. Las Cantigas de Amor galaico-portuguesas tienen una fuerte influencia de la lírica trovadoresca provenzal de los siglos XI y XIII, pero con ciertas diferencias: la canción provenzal está sujeta a unas normas de versificación mucho más puras y estrictas que las que se utilizan en las Cantigas de Amor. Además, en la canción provenzal prima un sentimiento de felicidad, mientras que en las galaico-portuguesas se sucede todo lo contrario, ya que el poeta no suele ser correspondido por la dama.

Una de las características más llamativas de la Cantiga de Amor galaico-portuguesa es la representación de la figura femenina. La relación amorosa entre el trovador y la dama es pareja a la que se establecía entre un señor y su vasallo; de ahí que la dama aparezca mencionada como senhor, pues el poeta se pone a sus pies y le ofrece servicio de amor. Esta dama suele ser una mujer noble, casada y dueña de unos atributos que en ocasiones se escapan a la realidad física y trascienden a un plano mayor. Aunque esos atributos no se explicitan en la cantiga, suelen tener que ver con la belleza de la dama o su saber estar. Estas características también se podían observar en la canción provenzal, pero con la diferencia de que la dama provenzal participa en el juego amoroso, mientras que la galaico-portuguesa se abstrae e incluso puede ofenderse si el poeta tiene el atrevimiento de mirarla, acercarse a ella o incluso declararle su amor.

Veamos a continuación algunos ejemplos de Cantigas de Amor:






Como morreu quen nunca ben
ouve da ren que mais amou,
e quen viu quanto receou
d'ela, e foi morto porén:
Ay, mia senhor, assi moir' eu!

Como morreu quen foi amar
quen lhe nunca quis ben fazer,
e de quen lhe fez Deus veer
de que foi morto con pesar:
Ay, mia senhor, assi moir' eu!

Com' ome que ensandeceu,
senhor, con gran pesar que viu,
e non foi ledo nen dormiu
depois, mia senhor, e morreu:
Ay, mia senhor, assi moir' eu!

Como morreu quen amou tal
dona que lhe nunca fez ben,
e quen a viu levar a quen
a non valia, nen a val:
Ay, mia senhor, assi moir' eu!

(Pai Soárez de Taveiros)


Traducción

Como murió quien nunca obtuvo
favor de lo que más amó
y quien vio cuanto receló
de ella y así murió:
¡Ay, mi señora, así muero yo!

Como murió quien fua a amar
a quien nunca le quiso favorecer
y de quien Dios le hizo ver
aquello por lo que fue muerto con pesar:
¡Ay, mi señora, así muero yo!

Como hombre que enloqueció,
señora, con el gran pesar que vio
y no fue alegre ni durmió
después, mi señora, y murió:
¡Ay, mi señora, así muero yo!

Como murió el que amó
a tal dama que nunca le favoreció
y quien la vio llevar por quien
no la merece ni la mereció:
¡Ay, mi señora, así muero yo!






Pero que eu mui long' estou
da mha senhor e do seu bem,
nunca me dê Deus o seu bem,
pero [que] m'eu [tam] long'estou,
se nom é o coraçom meu
mais perto d’ela que o seu.

E pero long'estou d’ali
d'u agora é mha senhor,
nom aja bem da mha senhor,
pero m'eu long'estou d’ali
se nom é o coraçom meu
mais perto d’ela que o seu.

E pero longe do logar
estou, que nom poss'al fazer,
Deus nom mi dê o seu bem-fazer,
pero long'estou do logar,
se nom é o coraçom meu
mais perto d’ela que o seu.

C'a vezes tem em al o seu,
e sempre sigo tem o meu.

(Don Dinís de Portugal)


Traducción

Aunque muy lejos estoy
De mi señora y de su favor,
Que nunca me dé Dios su favor,
Aunque muy lejos estoy,
Si mi corazón no está
Más cerca de ella que el suyo.

Y aunque lejos estoy de allí
De donde ahora está mi señora,
Que no halle yo el favor de mi señora,
Aunque lejos estoy de allí,
Si mi corazón no está
Más cerca de ella que el suyo.

Y aunque lejos del lugar
Estoy, que nada puedo hacer,
Que Dios no me dé su bien hacer,
Aunque lejos estoy del lugar,
Si mi corazón no está
Más cerca de ella que el suyo.

Que a veces el suyo se extravía,
Pero siempre el mío está con ella.






Senhor do corpo delgado
en forte pont'eu fui nado!
Que nunca perdi coidado
nen afan, des que vos vi.
En forte pont'eu fui nado,
senhor, por vos e por mi!

Con est'afan tan longado,
en forte pont'eu fui nado!
Que vos amo sen meu grado
e faç'a vos pesar hi.
En forte pont'eu fui nado,
senhor, por vos e por mi!

Ay eu, cativ'e coitado,
en forte pont'eu fui nado!
Que servi sempr'endonado
ond'un ben nunca prendi.
En forte pont'eu fui nado,
senhor, por vos e por mi!

(Pero da Ponte)


Traducción

Señora de cuerpo esbelto
¡bajo mal signo nací!
Que nunca dejé de pensar
ni de sentir afán, desde que os vi.
¡Bajo mal signo nací,
señora, para vos y para mí!

Con este afán tan prolongado
¡bajo mal signo nací!
Porque os amo a mi pesar
y con ello os causo pesar.
¡Bajo mal signo nací,
señora, para vos y para mí!

¡Ay de mi, cativo y cuitado,
bajo mal signo nací!
Pues serví siempre en vano
donde nunca obtuve ningún bien.
¡Bajo mal signo nací,
señora, para vos y para mí!






A dona que eu am' e tenho por senhor
amostrade-mh-a, Deus, se vos em prazer for,
se non dade-mh-a morte.

A que tenh'eu por lume d'estes olhos meus
e por que choran sempr' , amostrade-mh-a Deus,
se non dade-mh-a morte.

Essa que vós fezestes melhor parecer
de quantas sey, ay Deus!, fazede-mh-a veer,
se non dade-mh-a morte.

Ai, Deus! qui mh-a fezestes mays ca mim amar,
mostrade-mh-a u possa com ela falar,
se nom dade-mh-a morte.

(Bernal de Bonaval)


Traducción

La mujer que yo amo y tengo por señora
Mostrádmela, Dios, hacedme el favor,
Si no, dadme la muerte.

La que tengo por luz de estos ojos míos
Y por la que lloran siempre, mostrádmela, Dios,
Si no, dadme la muerte.

Esa que vos hiciste mejor parecer
De cuantas hay, ay Dios, hacédmela ver,
Si no, dadme la muerte.

Ay Dios, que me hiciste amarla más que a mí,
mostrádmela y que pueda con ella hablar,
Si no, dadme la muerte.






A maior coita que eu vi sofrer
d'amor a nulh'home, des que naci,
eu mi a sofro; e já que est assi,
meus amigos, assi veja prazer!,
gradesc'a Deus que mi faz a maior
coita do mundo haver por mia senhor.
  
E bem tenh'eu que faço gram razom
d'a maior coita muit'a Deus gracir,
que m'El dá por mia senhor, que servir
hei mentr'eu viver: mui de coraçom
gradesc'a Deus que mi faz a maior
coita do mundo haver por mia senhor.
  
E por maior hei eu, per bõa fé,
aquesta coita de quantas fará
Nostro Senhor, e por maior mi a dá
de quantas fez; e pois que assi é,
gradesc'a Deus que mi faz a maior
coita do mundo haver por mia senhor,
  
pois que mi a faz haver pola melhor
dona de quantas fez Nostro Senhor.

(Fernão Velho)


Traducción

La mayor cuita de amor que yo
he visto sufrir a un hombre, desde que nací,
yo la sufro; y ya que es así,
amigos míos, así tenga placer!
Doy gracias a Dios, que me hace
tener la mayor cuita del mundo por mi señora.

Y bien tengo yo que tengo mucha razón
al darle gracias a Dios por la gran cuita
que Él me da por mi señora, que he de servir
mientras yo viva. Muy de corazón
Doy gracias a Dios, que me hace
tener la mayor cuita del mundo por mi señora.

Y por mayor tendré yo, de buena fe,
esta cuita de cuantas hará
Nuestro Señor, y por mayor a mí me la da
de cuantas hizo; y puesto que así es,
Doy gracias a Dios, que me hace
tener la mayor cuita del mundo por mi señora.

Puesto que me la hace tener por la mejor
dama de cuantas hizo Nuestro Señor.


¡Y hasta aquí por hoy! Espero que os haya gustado y os haya metido ganas de tratar de saber más sobre las cantigas medievales. Si queréis dejar vuestra opinión o preguntar cualquier cosa, os animo a hacerlo en la caja de comentarios con total libertad. Nos vemos pronto en la Biblioteca.

¡Hasta pronto!