sábado, 10 de noviembre de 2018

Memorias de la XXIII EstelCon


¡Hola a todos!

Hoy va a ser un post un poco diferente a lo habitual. Como ya sabéis, sobre todo si os habéis pasado por aquí alguna que otra vez o tenéis la costumbre de leerme, las cosas que suelo colgar en este pequeño y humilde espacio son de temática friki cuando algo me apasiona mucho, histórica cuando mi vena académica sale a relucir y artística cuando me dejo llevar por mi imaginación. Pero hoy va a ser algo más íntimo, algo más ligado a mi corazón y al de todos aquellos con quienes compartí cuatro días que se convirtieron en el bálsamo que mi espíritu necesitaba. Por lo general, los seres humanos dedicamos un tiempo muy largo a buscar momentos y sensaciones que nos llenen de paz, de vida, de luz, de calor... pero a veces solo son necesarios cuatro días para vivir esa experiencia en toda su plenitud. Yo lo he vivido así.

Pero pongámonos en situación. Embalse de Benagéber, Comunidad Valenciana, año 2018. En un albergue medio oculto entre pinos y montañas se iba a celebrar la XXIII Mereth Aderthad, es decir, la fiesta de la reunión, un acontecimiento que todo amante de la obra de J. R. R. Tolkien espera con fervor durante todo un año. Ciento cincuenta personas venidas de todas partes de España se iban a encontrar (y reencontrar) en este albergue al cual muchas manos se prestaron para adornarlo para la ocasión con estandartes, música, baile, canciones y, sobre todo, muchísima ilusión. Al poner los pies allí volví a sentir una emoción conocida que he experimentado, por desgracia, pocas veces en la vida. Allí estábamos todos, un año más. Rostros conocidos se mezclaban con caras que todavía no me resultaban familiares, pero todos teníamos algo en común: el deseo de reunirnos para conmemorar la obra del Profesor, honrarla y mostrársela en todo su esplendor a quienes querían acercarse a ella.

Para este artículo, he decidido estructurarlo en cuatro apartados, tal como hizo Tolkien en el prólogo de La Comunidad del Anillo, no solo porque me parece una manera de rendirle homenaje, sino también porque creo que solo así podré abarcar en su totalidad todo lo que quiero expresar.


*De los amigos antiguos y los nuevos

Empezamos por lo que yo considero que es una de las mejores partes de una EstelCon, que es el reencuentro con aquellos amigos a los que hace mucho tiempo que no vemos. A pesar de que vivimos en una época hiperconectada en la que saber cómo se encuentran nuestros amigos está solo a un clic de distancia, no hay nada comparable a volver a ver a esas personas cara a cara y darles un fuerte abrazo cargado de sentimientos. Sentir la calidez de su corazón y mirar por fin esos ojos reales, brillantes, reflejo de mil emociones que llegaban al alma. "Aquí estoy", decían sin necesidad de usar palabras; no se necesitan cuando el corazón habla.

Pero una EstelCon también es el lugar donde se pueden hacer nuevos amigos y, con un poco de voluntad, es muy posible que la forja de esas nuevas amistades dure mucho tiempo, cuando no toda la vida. Los lazos de la amistad son como una buena espada: requieren mucho trabajo y es necesario poner mucho empeño, pero si todo sale bien el resultado es inmejorable. Y puedo decir que este año mi experiencia ha sido de lo más positiva, algo por lo que siempre estaré agradecida. En esta EstelCon he tenido la oportunidad de conocer a personas que me han acogido, me han hecho reír, me han escuchado, me han dado ánimos y me han hecho partícipe de sus planes y actividades. Gente a la que no conocía de nada, pero que me ha abierto los ojos a nuevas realidades y a un mundo infinito de fantasía donde todo es posible.

No sé si es necesario que pase un tiempo prudente para llamar "amigo" a alguien; hoy en día tendemos a banalizar palabras tan hermosas como amistad, amor o compañerismo. No sé si cuatro días al lado de una persona son suficientes como para considerarla amiga, pero tal vez mi corazón estaba presto para hacerlo y quería que aquellas personas que conocí allí tuvieran un lugar en él. Todas se lo han ganado, en mayor o menor medida. Todas esas personas ya forman parte de mí de una manera u otra, y lo que le han aportado a mi vida nadie me lo quitará jamás, ni yo lo olvidaré mientras tenga memoria. En el momento de la despedida hubo muchos abrazos y lágrimas pero, sobre todo, la promesa de volver a vernos pronto. Y sé que esa promesa se cumplirá. Tan cierto como que el sol sale todas las mañanas, el reencuentro con los amigos nuevos y viejos se llevará a cabo nuevamente, y volveremos a experimentar ese calor en el corazón que es como el fuego del hogar, agradable y reconfortante.


*Del valor que se oculta dentro de uno mismo

Hay una frase muy acertada que dice que el miedo es la emoción más difícil de dominar. Si sentimos dolor, lo podemos aliviar llorando; si sentimos rabia, la reducimos gritando. Pero el miedo nos invade silenciosamente y ataca nuestro corazón sin que seamos conscientes de ello ni sepamos qué hacer para evitarlo. Es muy normal tener miedo, y más si eres una persona con tendencia a la timidez, a esconderse cuando hay mucha gente mirando y no sabes qué decir mientras bajas la vista, esperando que el suelo o tus pies te den una respuesta que nunca llegará.

Pero el miedo tiene algo bueno y es que, cuando corres hacia él, huye despavorido. El miedo a mezclarme entre desconocidos y a no encajar entre ellos surgió con bastante fuerza en mi primera EstelCon, allá por 2016, y fue la gran culpable de que me acobardara y me hiciera retroceder a la hora de apuntarme a actividades que me llamaban mucho la atención pero que temía no saber realizar y acabara molestando a los demás por ello. Este año no fue así; no dejé que fuera así. Al saber más o menos en qué consistía una EstelCon, pude enfocar la elección de actividades de la manera que mejor se ajustaba a mí, y me alegra poder decir que he participado en más de las que esperaba; algunas de ellas no entraban en mis planes iniciales, pero no lamento haberme metido en ellas, pues me lo he pasado muy bien y he aprendido que el miedo puede ser un poderoso enemigo que nos evita disfrutar de la vida en su máximo esplendor.


*De los bailes, canciones, lecturas y actividades

En los cuatro días que dura una EstelCon hay tiempo para hacer muchas cosas con amigos y compañeros de fortuna. La obra de Tolkien ha dado origen a estudios, ensayos, conferencias y debates muy interesantes que aportan un mayor conocimiento a quienes intentamos saber más y ahondar en el legado del Profesor. Siempre es un verdadero placer asistir a una de las charlas que se dan en una Mereth Aderthad, pues es una oportunidad magnífica para aprender muchas cosas que no sabíamos (o para iniciar debates sobre los Elfos comeflores, por qué no).

Pero no todo iba a ser academicismo y erudición acerca del universo Tolkien, pues también hubo espacio para juegos y actividades relacionadas que hicieron las delicias de muchos de nosotros y nos ayudaron a embebernos del espíritu de la Tierra Media. Talleres como el de elaboración de remedios naturales, el diseño de laberintos o el de un cuaderno de viajes, dedicados a aquellos cuyas manos son incapaces de estarse quietas y quieren hacer algo bello y productivo (es inevitable acordarse de Sam Gamyi, el hobbit que encontraba la felicidad más grande en las cosas sencillas de la vida). Clases de baile al aire libre que pusieron a prueba nuestra agilidad de pies y capacidad para aprender tres pasos diferentes sin pisar al compañero de al lado. Canciones y musicales creados para alegrar el ánimo o enriquecer el espíritu de los atentos espectadores, dando lugar a momentos emotivos y cómicos a partes iguales. Alguien dijo una vez que no hay música más bella que la risa que sale del corazón, y por eso puedo afirmar que en esta EstelCon no ha habido música más hermosa y sincera que la que nació de todos nosotros (con permiso de Eru y los Áinur, claro está).

Quisiera dedicar aquí unas palabras especiales para el juego de rol en vivo, ya que esta fue mi primera incursión en este mundo del que tantas veces había oído hablar y por el que sentía una gran curiosidad, pero que por miedo o desgana había dejado relegado a un segundo plano. Pese a que temblaba como una hoja cuando llegó el momento de empezar el juego, a los pocos minutos ya me sentía tan relajada que pude disfrutar de dos cortísimas horas de juego rodeada de gente increíble e implicada. Cabe destacar el final inesperado de la partida que, unido al buen humor general, arrancó auténticas carcajadas y puso el broche de oro a una tarde magnífica.

Y, como no podía ser menos en la celebración de uno de los escritores más grandes que jamás han existido, también ha habido momentos para la lectura de fragmentos, poemas y cuentos tolkienianos. Reunidos al estilo de una corte señorial en torno a nuestro maestro de ceremonias, unos pocos elegidos tuvimos el honor de llevar a cabo una pequeña representación que espero haya deleitado a nuestros oyentes. He disfrutado mucho leyendo ante todos los presentes y, pese a lo nerviosa que estaba, no me arrepiento de haberme apuntado a la actividad. Creo que ese fue uno de los primeros momentos en los que la magia, la verdadera magia, hizo su aparición y nos acompañó hasta el final de esos cuatro días inolvidables.


*De las risas y las lágrimas

Pero todas las cosas deben llegar a su fin, y el fin de la Mereth Aderthad llegó más pronto de lo que todos queríamos. Después de disfrutar de la cena de gala, con sus brindis cargados de sentimiento y sus canciones que llegaban al alma, llegó el temido momento: el de la despedida. Tras realizar la entrega de premios y homenajear al smial organizador de la mereth, todos los presentes pusimos toda nuestra atención a la lectura final, que no es otra que la marcha de Frodo, Bilbo, Gandalf y Galadriel en un barco rumbo a las Tierras Imperecederas. Un cierre perfecto para una grandísima historia, pero que no deja de ser un tanto agridulce porque Frodo, a pesar de haber llevado a cabo una de las pruebas más difíciles que le pueden tocar a una persona, se ve incapaz de disfrutar de las dádivas del héroe y sufre durante años las secuelas de haber llevado colgada al cuello la más pesada de las cargas. Solo hay un lugar donde por fin podrá alcanzar la tan ansiada paz de espíritu, pero para eso es necesario que deje atrás todo cuanto amaba y tome rumbo al Oeste.

Siempre me ha producido una tremenda congoja esa parte de El Retorno del Rey, pues comparto la tristeza de Sam ante la pérdida inevitable de su amo, amigo y compañero. Pero a pesar de las amargas lágrimas, que son las mismas que cayeron de nuestros ojos en medio de la lectura, nos queda el consuelo de que el tiempo vivido ha sido pleno y nuestras experiencias, vívidas en nuestra memoria, permanecerán en nuestro interior hasta que nos llegue el momento de partir. Risas y lágrimas entremezcladas. La amargura de la despedida unida a la sonrisa de la esperanza y a la promesa de volver a vernos en un futuro no muy lejano. Como bien decía Gandalf, no todas las lágrimas son malas. Ésa fue su última lección, y puede que la más sabia y verdadera.

Y así fue como terminó uno de los períodos más felices de mi vida, corto e intenso a partes iguales. El camino de vuelta a casa, marcado por ese silencio solemne en el que se entremezclan el cansancio y la pena, no fue tan amargo para mí como la primera vez, quizá porque tuve la oportunidad de compartirlo con tres personas a las que quiero muchísimo. Volvíamos otra vez a la vida cotidiana, con su ritmo ajetreado y las obligaciones que todos tenemos que cumplir, pero regresábamos con el espíritu renovado y la mente clara. No son muchas las veces que me ha tocado vivir una experiencia tan enriquecedora como lo fue esta EstelCon, pero creo que todos regresamos a casa con el mismo pensamiento en la cabeza: El haber sido partícipes de algo tan grande como es la celebración de la amistad que, ojalá, dure por muchos, muchos años.

Gracias de corazón a todos los que lo habéis hecho posible.

martes, 6 de noviembre de 2018

La leyenda del mes: ¿Por qué es salada el agua de mar?


¡Hola a todos!

Sí, sé que este mes empezó hace seis días y yo no he subido la entrada correspondiente, pero tengo una buena excusa y es que me he tomado unos días libres en el trabajo para ir a la Estelcon que se ha celebrado este año en Benagéber, y de la que he vuelto este mismo lunes. Decir que ha sido una experiencia maravillosa es quedarse corta, pero puede que os cuente un poco más en los próximos días. Han pasado tantas cosas que siento la necesidad de compartirlo con todos vosotros con la esperanza de pasaros un trocito de la felicidad que todavía me embarga.

Pero vayamos por partes, porque no se puede empezar el mes sin la entrada correspondiente del calendario bloguero. Así que para hoy os he traído otra nueva leyenda gallega, que espero que os guste mucho.


¿Por qué es salada el agua de mar?




Dice la Biblia que en el principio Dios creó los cielos y la tierra, pero después hizo que las aguas se juntaran en un lado y que en el otro quedara la parte seca. Pero las aguas eran todas dulces en general, tanto las de los ríos y fuentes como las de los mares, aunque después de un tiempo las aguas del mar se volvieron saladas, y hay quien dice que fue por esto que voy a contaros.

Casi desde el comienzo del mundo, los hombres empezaron a vagar por la tierra en busca de alimento, ya fueran frutas, cereales, carne o pescado. Obligados por la necesidad, poco a poco aprendieron a cocinar sus alimentos, y después a construir embarcaciones para navegar por el mar y carros para trasladarse de un lugar a otro, y después a intercambiar objetos y alimentos y a comerciar unos con otros.

Una vez, un hombre que navegaba en su barco fue a parar cierto día a una isla que tenía unos montecillos de lo que parecía ser arena muy blanca, y descubrió que aquella arena era muy buena para conservar la carne sin que se pudriera. Era sal. Entonces, aquel hombre empezó a llevar cargamentos de sal y la vendía, y gracias a eso se convirtió en un mercader rico y próspero.

En uno de sus viajes, el mercader llegó a un pueblo marinero de Galicia, donde conoció a una joven muy sencilla y hermosa, hija de un marinero pescador. El mercader se enamoró de la muchacha y, como ella no le era indiferente, los dos se casaron poco tiempo después. Pero sucedió que el mercader tuvo que hacerse a la mar otra vez, y se despidió de su mujer con estas palabras:

—Olaya, yo he de irme para hacer otro viaje. Tú no puedes venir conmigo en el barco pero, ¿me esperarás hasta mi regreso?

—Yo soy tu esposa —respondió ella—, y te aguardaré y rogaré siempre al mar para que tenga compasión de nosotros y te deje volver sano y salvo.

Pero mientras el mercader se hallaba ausente, un poderoso señor que vivía en un castillo próximo al puerto de los pescadores sintió en su espíritu ambicioso el ansia de poseer a aquella mujer, a la fiel Olaya, e hizo todo lo posible por engatusarla con halagos y obsequios. Pero todo fue en balde porque Olaya, fiel a su esposo, rechazó enojada y ofendida las pretensiones del señor.

Pero la negativa de Olaya encendió más aún las ansias del señor, que se creía dueño de todo lo que abarcaban sus territorios; y una noche, con la ayuda de sus criados, asaltó la casa de Olaya que, a pesar de sus desesperados esfuerzos, fue rendida por la fuerza. Cuando el mercader regresó a su hogar al cabo de un tiempo, supo todo lo que le había ocurrido a su esposa. Hizo todo lo posible por recuperarla, por arrancarla de los brazos del señor, pero al ser el señor también la justicia del pueblo, se vio obligado a regresar al mar con el corazón destrozado.

Pasaron dos o tres años; el mercader consiguió amasar una buena fortuna y concibió la idea de reunir gentes armadas para asaltar el castillo del pérfido señor que le había robado a su esposa, pero cuando llegó a la tierra de su amada descubrió que el castillo había desaparecido y que las olas batían sobre las piedras que habían pertenecido a los muros derribados, esparcidos entre la arena. El mercader corrió entonces a la casa de su suegro, y allí encontró a su querida Olaya, que salió corriendo a recibirle entre risas y lágrimas.

—¡Olaya! ¡Eres tú! —exclamó el mercader.

—¡Sí, amor mío: yo, esperándote siempre!

—Pero, ¿cómo ha sido? ¿Qué es lo que ha pasado?

—Un día —dijo entonces su esposa—, el mar se embraveció y grandes oleadas rompían contra los muros del castillo. El mar batía furioso y las aguas llegaban hasta lo más alto de las torres, invadiéndolo todo. Los muros temblaron y se derrumbaron sobre las mismas aguas que los azotaban. El señor rugía enloquecido, daba órdenes, corría de un lado para otro, denostando y blasfemando, y en un momento de su cólera cayó al mar, y con él, otros de sus criados. Todos se ahogaron. Solamente yo y alguna de las sirvientas que se habían portado bien conmigo durante mi cautiverio nos salvamos de milagro. Después de que murieran los crueles servidores y su amo, el mar se calmó y yo pude volver a la casa de mi padre.

—Pues si el mar te ha salvado —dijo entonces el mercader—, yo le soy deudor de este gran bien que me ha hecho y tengo que demostrarle mi agradecimiento.

Y, dirigiéndose a las aguas, exclamó:

—¡Oh, mar! Tú, que me has ayudado siempre en mis empresas, me has hecho también el mejor servicio de mi vida devolviéndome a mi esposa, a mi querida Olaya, que un infame señor me había arrebatado. Tú has derribado con su castillo su orgullo, su ambición y su poder; tú has hecho justicia, haciéndole pagar con la vida su crueldad. ¡Oh, mar! Toda la gente admira tu grandeza, tu riqueza y tu poder. En adelante, si quieres venir conmigo, todos admirarán también el sabor de tus aguas.

Y parece ser que el mar quedó complacido por sus palabras pues, según se dice, siguió al mercader en su siguiente viaje a la isla de la sal y la invadió, sumergiéndola, haciéndola desaparecer en las profundidades, y desde entonces el mar es siempre salado.

Después, el mercader, ya rico y viendo desaparecer su isla, volvió a la tierra de su esposa y vivió dichoso con ella hasta que murió de viejo.

domingo, 14 de octubre de 2018

Las imágenes del horror


¡Hola a todos!

Dice el refrán que una imagen vale más que mil palabras, y es innegable el poder evocador que un cuadro, una ilustración y una fotografía tienen en el ser humano. El arte pictórico es el mayor exponente del deseo humano de plasmar una imagen determinada en un medio imperecedero, y que la intencionalidad del artista era provocar en el espectador las mismas sensaciones que había experimentado él me parece indiscutible. Por eso a nuestros días han llegado imágenes que guardan una gran belleza, otras que reflejan la vida cotidiana de las personas en sus casas o en sus trabajos, e incluso imágenes captadas en países lejanos que muestran aspectos culturales curiosos y exóticos a nuestros ojos. Pero también tenemos que hablar de las imágenes del horror, testimonio visual de hechos que poblarán nuestra cabeza de pesadillas en cuanto sepamos la historia que cuentan.

Historias y hechos inexplicables que perturban nuestra mente, captados en el momento justo por el objetivo de una cámara fotográfica. Desde que el hombre fue capaz de capturar un instante en un trozo de papel, la cantidad de historias que se han recogido en imágenes nos ayudan a concretar la auténtica historia del ser humano, desde una fotografía con toda la familia reunida en torno a la mesa, hasta la instantánea de un paisaje cuya belleza fue capaz de subyugar al fotógrafo que lo inmortalizó.

Pero en la historia de la fotografía también existen imágenes que son el prólogo a la pesadilla que esconden detrás. Fotografías que no delatan el horror de buenas a primeras, pero que preparan el terreno para lo que vendrá después. Algunas tienen la macabra virtud de grabarse en las retinas y permanecer en nuestros recuerdos para atormentarnos en el peor de los momentos, cuando creemos estar a salvo siguiendo con nuestras apacibles vidas. He encontrado muchas fotografías que tienen historias aterradoras detrás, pero he elegido estas siete para el artículo de hoy porque son las que más me han marcado y las que, en mi opinión, son más reveladoras de las diversas caras del terror.


1. El suicidio más hermoso




Evelyn McHale fue una mujer que, a sus 23 años, tomó la terrible decisión de quitarse la vida. Todo ocurrió el 1 de mayo del año 1947, en la ciudad de Nueva York. Como muchos suicidas, Evelyn dejó escrita una nota en la que simplemente decía "Él está mucho mejor sin mí. Yo no sería una buena esposa para nadie". A continuación, se dirigió al Empire State, compró un boleto para subir a lo alto del mirador y saltó al vacío desde la planta 86 del rascacielos, impactando sobre el techo de una limusina que estaba aparcada junto a la acera.

Teniendo en cuenta cómo acaban los cuerpos humanos cuando se estrellan en el suelo tras caer desde una altura tan elevada, no resulta extraño que el suicidio de Evelyn McHale esté considerado como el más "bonito". Un estudiante de fotografía que presenció el acontecimiento tomó la imagen que la haría mundialmente conocida. Al ver la foto, llama la atención la tranquilidad de la expresión de Evelyn, la elegancia con la que está acostada y la forma tan delicada de coger su collar de perlas. Si no conociéramos la historia que hay detrás de esta imagen, se podría pensar que es un montaje, un reclamo publicitario o que Evelyn es una modelo que posa en un decorado creado para una sesión de fotos.


2. El funeral de Vladimir Komarov




En la década de los 60, tanto Estados Unidos como la URSS se encontraban en plena competencia por ver quién encabezaba la carrera espacial. Uno de los mejores pilotos de las Fuerzas Aéreas soviéticas era Vladimir Komarov, uno de los ingenieros aeronáuticos más experimentados y cualificados del momento y al que sus parientes, amigos y compañeros de trabajo consideraban una magnífica persona de gran perseverancia, inteligencia y, a la vez, humildad. En 1964 comandó el despegue del Vosjod 1, que se convirtió en la primera misión espacial con una tripulación múltiple; sin embargo, tanto él como sus compañeros corrieron un enorme riesgo, ya que no contaban con trajes espaciales ni un protocolo de salvamento de emergencia en caso de que algo saliera mal. Con todo, la misión salió bien y Komarov fue condecorado con la medalla de Héroe de la Unión Soviética y la Orden de Lenin. Pero ninguno de estos honores le salvaría del trágico suceso que ocurriría tres años después.

En 1967, se designó a dos cosmonautas, Yuri Gagarin y Vladimir Komarov, para que llevaran a cabo una misión de órbita de la tierra como una manera de conmemorar los cincuenta años de la revolución comunista. Desde el principio, la cápsula presentó fallos estructurales tan graves que hacían imposible su utilización en una misión tan arriesgada. Sin embargo, las autoridades mayores del programa espacial no prestaron atención a esos informes e insistieron en que se llevara a cabo la misión. Komarov aceptó ir en la nave a pesar de que sabía desde un principio que era una condena a muerte, pues sabía que, si se negaba, los altos mandos obligarían a su amigo Gagarin a ir en su lugar. El resultado fue el esperado. Las últimas grabaciones del interior de la nave desvelan el llanto de rabia de Komarov antes de morir. Un detalle interesante es que antes de que la cápsula despegara, Komarov insistió en que su funeral fuera a féretro abierto para que los líderes soviéticos pudieran ver lo que habían hecho. En la foto que tenéis arriba, se puede ver lo que quedó del cuerpo de Komarov.


3. La secuestrada de Poitiers




Francia, año 1876. Blanche Monnier era una hermosa joven aristócrata de 26 años con una vida social muy activa. Su familia estaba muy bien situada económicamente y de reputación intachable. Sin embargo, todo eso cambió el día que Blanche anunció que había conocido a un abogado del que estaba perdidamente enamorada y con el que quería casarse algún día. Su madre no veía con buenos ojos aquella relación, puesto que el hombre no solo le llevaba bastantes años a su hija, sino que también era un abogado de poca monta que además estaba arruinado. Pero Blanche no quiso renunciar a su amor, y esto hizo que su madre la castigara de una de manera tan desproporcionada como inimaginable.

En 1901, el fiscal general de París recibió una carta en la que se le informaba de que en la casa de los Monnier había una mujer que llevaba 25 años viviendo en la mayor inmundicia, casi muerta de inanición y encerrada en una habitación con la puerta cerrada mediante un candado para que no pudiera escapar. Cuando los investigadores fueron a la casa de los Monnier y encontraron la habitación, se quedaron horrorizados ante lo que descubrieron. En aquel cuartucho sembrado de restos de comida, heces y vómito sobre los que correteaban cucarachas y otros insectos, estaba Blanche, desnuda, malnutrida y cubierta tan solo con una manta mugrienta. Pesaba tan solo veinticuatro kilos cuando fue encontrada, y su deplorable aspecto es el que veis en la foto. Mientras estuvo encerrada, no se le permitió salir ni siquiera para ir al baño, por lo que se vio forzada a vivir entre sus propios excrementos, respirando aquel aire viciado y nauseabundo. La madre fue apresada en el acto y acabó confesando que había encerrado a su hija para evitar que se casara con el arruinado abogado, ya que aquello habría supuesto un grave deshonor para su familia.

Pero para Blanche ya era tarde; tras más de dos décadas sin ver la luz del sol, la mujer había perdido por completo la cabeza y tuvo que ser internada en un hospital psiquiátrico, donde moriría en 1913.


4. La muerte de Regina Walters




La foto que estáis viendo muestra los últimos momentos de vida de Regina Kay Walters, una chica de 14 años que fue asesinada en 1990 por Robert Ben Rhoades, también conocido como El Asesino de la Gasolinera. Este hombre se dedicaba a recoger autoestopistas en su camión, en cuya parte trasera había montado su propia cámara de tortura. La fatalidad puso a Regina y a su novio Ricky Jones en el camino de Rhoades, que los secuestró y mantuvo retenidos en su camioneta. Es casi seguro que mató a Jones al poco de haberlo secuestrado y luego arrojó su cadáver al río Mississippi; en realidad, su verdadero objetivo era divertirse a costa de Regina.

El modus operandi de Rhoades era muy sencillo. Secuestraba a autoestopistas muy jóvenes para luego torturarlos hasta la muerte en su propio camión. Los federales descubrieron en el vehículo instrumentos de tortura tales como esposas, látigos, consoladores, correas y agujas, entre otras herramientas. Su trayectoria criminal duró quince años. En la foto queda reflejada la última fantasía del asesino, quien mantuvo cautiva a Regina durante al menos dos semanas, la sometió a todo tipo de torturas y violaciones para finalmente cortarle el pelo y obligarla a ponerse un vestido negro y zapatos de tacón antes de estrangularla con un garrote y tirar su cadáver en un granero abandonado en Illinois.


5. La mirada del odio




En el año 1933, la revista Life estaba cubriendo un evento en la Sociedad de Naciones, germen de la posterior Organización de las Naciones Unidas. El evento tuvo lugar en la ciudad de Ginebra, en Suiza, y al acto acudieron políticos de todos los países miembros. Pero no todos eran gente de bien, pues allí se encontraban también personalidades como Joseph Goebbels, el número dos de Adolf Hitler y una de las principales figuras de la Alemania nazi.

Cuando el fotógrafo Alfred Eisenstaedt, que trabajaba para la revista Life, tomó las primeras fotos de Goebbels, el ministro alemán mostró ante la cámara la mejor de sus sonrisas, mostrándose además comunicativo, participativo y amable. Todo eso cambió cinco minutos después, cuando Goebbels se enteró de que Eisenstaedt era judío. La expresión de Goebbels, captada por el objetivo de Eisenstaedt, cambió de una manera tan acusada que pasó a la historia con el título "Ojos de Odio", y revela a la perfección lo que el político pensaba en aquel momento del hombre que le fotografiaba.


6. La masacre de Jonestown




Jonestown fue el nombre informal con el que se conoció el Proyecto Agrícola del Templo del Pueblo, una secta estadounidense fundada en la Guyana y liderada por el pastor Jim Jones. Este hombre, dotado de un tremendo carisma que le llevó a formar su propia iglesia en 1955, gustaba de propagar un mensaje que podría describirse como una combinación entre socialismo y cristianismo; de hecho, él mismo lo catalogaba de "socialismo apostólico". Gracias a su fabulosa capacidad para transmitir sus palabras, manipuló a cientos de personas para que abandonaran la vida que llevaban y se unieran a él para fundar juntos una verdadera tierra prometida donde todos serían iguales y nadie se vería humillado o desplazado por motivos de raza, sexo y riqueza. Tras varios problemas con las autoridades estadounidenses, Jones decidió marcharse a Guyana con sus discípulos y allí fundó Jonestown, con una población de unas 900 almas aproximadamente.

Pronto empezaron los problemas, como ocurre en todas las sectas. El paraíso socialista de Jones no era tal como sus discípulos pensaron que sería. Trabajaban de sol a sol todos los días y solo se alimentaban de arroz y legumbres, mientras que Jones disfrutaba de alimentos refrigerados de mayor calidad. De vez en cuando se celebraban en Jonestown las Noches Blancas, en las que Jones les hacía beber a los sectarios un brebaje supuestamente envenenado para probar su lealtad. El asesinato del congresista Leo Ryan, que había ido a Jonestown para comprobar si las acusaciones de ex-adeptos eran ciertas, aceleró el fin del Templo del Pueblo.

Un par de horas después de haber ordenado la muerte del congresista, Jones reunió a todos los miembros de la secta y les ordenó que se suicidaran. Se prepararon bidones con zumo mezclado con cianuro y todos los sectarios fueron conminados a que lo bebieran, ya fuera mediante la persuasión o las amenazas. Se le suministró el veneno en primer lugar a los niños, incluso a bebés de pecho que fueron arrancados de los brazos de sus madres, mientras Jones insistía en que lo que estaban haciendo era un acto revolucionario. En la foto de la parte superior, se puede ver el resultado de aquel homicidio masivo, en el que los 900 habitantes de Jonestown fueron encontrados muertos al día siguiente tras haber ingerido dosis mortales de cianuro.


7. La sonrisa de la locura




La I Guerra Mundial no fue el juego de niños al que muchos hombres corrieron después de hacer largas colas para alistarse mientras lucían una amplia sonrisa en los labios. Eran tantas las ganas de guerra que parecía tener Europa que estos futuros soldados no sabían ni eran capaces de imaginar el horror que se viviría en las trincheras. Disparos a todas horas, bombardeos en los momentos más inesperados, una lluvia de casquillos, proyectiles y cápsulas que acababan por destrozar el espíritu más fuerte. Los militares que lucharon en la I Guerra Mundial fueron testigos de primera mano de ese estado de shock que afectaba a sus compañeros tras experimentar los horrores de la batalla. Y esa expresión de demencia, de absoluta falta de cordura, es la que se ve en esta fotografía.

Fue tomada en el año 1916, en el transcurso de la batalla de Flers-Courcelette en el marco de la ofensiva del Somme, una de las batallas más largas y sangrientas de toda la guerra. No se conoce la identidad del soldado retratado, pero lo que queda fuera de toda duda es que su expresión facial no encaja con la de una persona que está en su sano juicio. Por entonces, a esta especie de demencia se la llamaba "neurosis de guerra" o "fatiga de combate", término que después se cambiaría por el de estrés postraumático. En la fotografía, el soldado está acuclillado en la trinchera y luce una espantosa sonrisa en la cara que se vuelve más escalofriante cuando nos fijamos en sus ojos brillantes de mirada perdida y vacía. Es la imagen más clara del horror de la guerra y los desastres que causó en tantos soldados como el de esta foto.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! ¡Espero que os haya gustado! ¡Un saludo y hasta el próximo artículo!

sábado, 6 de octubre de 2018

Freak Show, el Circo de los Fenómenos


¡Hola a todos!

Empezamos este mes del terror con un poquito de retraso, ya que quería haber subido esta entrada hace un par de días. Cuando quise recopilar información sobre el tema que os traigo hoy, me di cuenta de que tenía tantas cosas que iba a tener que recortar y adaptar un poco el contenido para no hacerlo tan abrumador, y por eso he tardado en subirlo. Espero que al final la espera haya merecido la pena y os guste lo que hoy os traigo.

Porque sí, amigos, hoy vamos a hablar de frikis. Aunque todos hemos oído y/o utilizado más de una vez la palabra friki, son pocos los que conocen su origen y el contexto en el que se usaba. A día de hoy tendemos a considerar como “friki” a una persona  que se pasa todo el día delante del ordenador o leyendo tebeos sin prestar atención a lo que ocurre en el mundo exterior. Se aíslan en una burbuja creada a partir de videojuegos, películas, series, dibujos animados, cómics, música, y no permiten que nada ni nadie entre ahí, salvo otros frikis como ellos. Otra denominación más amplia habla de los frikis como personas que gustan de hacer alarde de ciertas rarezas que tienen que ver con su aspecto físico, como puede ser un cierto tipo de maquillaje y vestimenta o la exhibición de atributos corporales poco comunes. Esta definición es la que más se aproxima a lo que fue el friki en sus orígenes.

La palabra friki proviene del término anglosajón freak, que significa “extraño” o “fenómeno”, que se volvió muy popular a partir del siglo XVII con la proliferación de los Freak Shows, o espectáculos de fenómenos. Un Freak Show era un tipo de espectáculo que consistía en mostrar a seres humanos con diversas características físicas inusuales, sorprendentes o grotescas, pero también incluía presentaciones de diversas proezas y demostraciones atléticas varias. El Freak Show podía ser considerado un entretenimiento complementario a un circo, un carnaval, una feria o un espectáculo de vodevil; es decir, no era la atracción principal pero sí constituía un factor más para atraer espectadores.

Las primeras exhibiciones de rarezas humanas las encontramos en la Inglaterra del siglo XVII. Por entonces, los artistas itinerantes iban de pueblo en pueblo y se presentaban en las plazas públicas con personas que, por los motivos que fuesen, presentaban diversas malformaciones o problemas metabólicos como el enanismo, el gigantismo, la obesidad o el hirsutismo, entre muchas otras. Más adelante, ya en la época victoriana, los Freak Shows se convierten en parte fundamental de los circos y ferias ambulantes, presentando a personas con alteraciones genéticas varias, rarezas étnicas, personas con capacidades físicas inusuales, espectáculos con animales, récords extravagantes y otros espectáculos con ventrílocuos, tragafuegos, lanzamiento de cuchillos y demás. A partir del siglo XIX será cuando se popularicen estos Freak Shows, pasando a formar parte de los teatros de variedades (el vodevil estadounidense) y los dime museums, que eran museos ambulantes que mostraban colecciones y personas con características inusuales a cambio de una moneda de diez centavos.

Con el tiempo, los Freak Shows alcanzaron una gran notoriedad y era raro el espectáculo que no contara con varios fenómenos entre sus integrantes para servir de entretenimiento a sus espectadores. Para el público de aquellos años, presenciar este tipo de espectáculos era un privilegio casi exótico, pero fueron pocas las personas que se pararon a pensar en la triste vida que llevaban muchos de los fenómenos circenses. Las graves anormalidades genéticas de algunos “artistas” les acarreaban toda suerte de infortunios que normalmente empezaban desde su nacimiento. La mayoría de los fenómenos entraban a formar parte de la troupe siendo niños, muchas veces después de haber sido abandonados por sus padres o incluso vendidos a los promotores de ferias por sus rarezas físicas. El circo o la feria contratante los llevaba de pueblo en pueblo para que todos pudieran examinar sus deformidades, pero pocas veces se preocupaban por los terribles dolores que estas malformaciones les acarreaban salvo, claro está, cuando estaba en peligro la salud de su importante inversión de dinero. Tampoco recibían ayuda psicológica de ningún tipo y, en el caso de que debieran ser recluidos en alguna institución especial, se les trataba como objeto de estudio sin pensar en sus sentimientos y mucho menos en sus necesidades. Simplemente existían para servir de entretenimiento a la gente que pagaba por verles, que obtenía su dosis de risas y burlas a través de la felicidad del ignorante.

Entre los muchos fenómenos que formaron parte de estos Freak Shows, he seleccionado algunos de los más famosos ya en su época. Cabe decir que algunos de ellos, a pesar de las burlas y las diversas discapacidades que sufrieron, consiguieron llevar una vida bastante feliz; otros, por desgracia, no tuvieron esa suerte y se vieron obligados a padecer todo tipo de dolores y vejaciones.


Joseph Merrick, el Hombre Elefante




Joseph Merrick fue un ciudadano inglés que se hizo tristemente famoso debido a las malformaciones que sufrió por todo su cuerpo desde su más tierna infancia. Nació en Leicester en el año 1862, y al año y medio empezó a desarrollarse en él una enfermedad congénita conocida como Síndrome de Proteus, que causa un crecimiento excesivo de la piel, un desarrollo anormal de los huesos, músculos y vasos linfáticos, y tumoraciones exageradas por todo el cuerpo. De hecho, fue un inmenso tumor en el rostro lo que le dio a Merrick el sobrenombre que le haría inmortal: el Hombre Elefante.

Aunque desde muy pequeño trató de ganarse la vida trabajando en fábricas o puestos callejeros, al final sus deformidades fueron tan grandes que Merrick no vio otra salida para él más que trabajar en circos ambulantes. Durante toda su vida sufrió burlas, desprecio e incluso el odio de su propia familia, a excepción de su madre, que murió siendo él un niño. En el tiempo que trabajó para circos y ferias itinerantes, su exhibición era tan hórrida e impactante que tuvo que cancelarse en varias ocasiones por ser considerada “indecente”. A todo esto se sumaban los terribles dolores que padecía Merrick a causa de sus malformaciones, como problemas de cuello y espalda y grandes tumores en la cabeza que le impedían dormir acostado porque corría el peligro de morir por asfixia.

Pero a pesar de su desgraciada enfermedad, Merrick fue siempre un hombre de carácter dulce, tímido y educado. Solo en los últimos años de su vida encontró sosiego en la soledad de un pequeño apartamento, donde pudo vivir en paz hasta que murió a la temprana edad de veintiocho años.


Grady Stiles Jr., el Chico Langosta




Nacido en Pennsylvania en el año 1937, Grady Stiles fue uno de los fenómenos de feria más famosos de todo Estados Unidos debido a una malformación conocida como ectrodactilia. Esta anomalía hace que los dedos de las manos y los pies estén fusionados en diverso grado, dando a la extremidad la forma de una pinza de cangrejo. No es extraño, por tanto, que Stiles fuera conocido en todo el país como el Chico Langosta.

Pero Grady no era el único que padecía esta malformación. La familia Stiles presentaba una larga historia de ectrodactilia en la que Grady Jr. era la sexta generación afectada por esta extraña anomalía. Su padre actuaba como fenómeno de feria y agregó a su hijo al espectáculo desde muy pequeño. Debido a su elevado grado de ectrodactilia, Grady tenía las piernas muy poco desarrolladas y no podía caminar. A veces utilizaba una silla de ruedas, pero normalmente se valía de sus manos y sus brazos para desplazarse, lo que le llevó a desarrollar una gran fuerza en la parte superior de su cuerpo. Con el tiempo se casó y tuvo cuatro hijos; dos de ellos también presentaban ectrodactilia, por lo que Stiles los incorporó al espectáculo y viajaba con ellos exhibiéndose como La Familia Langosta.

Sin embargo, su agresividad y mal carácter, unidos a un abuso continuado del alcohol, le llevaron por el camino del maltrato y el crimen. En 1978, mató de un disparo al prometido de su hija mayor el día anterior a su boda por considerarlo poco digno de ella; en el juicio no mostró el menor arrepentimiento por lo que hizo. Debido a su condición, no fue enviado a la cárcel y fue condenado a 15 años de libertad condicional. Maltrató a sus dos esposas y a sus hijos, llegando a amenazarles de muerte, hasta que en 1992 su primera esposa y un hijo suyo de un matrimonio anterior contrataron a un hombre para que matara a Grady. El Chico Langosta murió de un disparo en la cabeza mientras estaba sentado en su casa viendo la televisión.


Josephine Myrtle Corbin, la Chica de las Cuatro Piernas




Josephine Corbin vino al mundo en Texas en el año 1868. Tenía siete hermanos más, todos chicos y chicas normales que recibieron con expectación a esta hermana tan singular que nació con cuatro piernas. Los médicos de entonces pensaban que esta anomalía podía deberse a la consanguinidad de los padres, aunque nunca quedó claro del todo. En cualquier caso, Josephine salió adelante sin muchos problemas; tan solo tenía alguna dificultad para caminar, ya que sus piernas interiores eran débiles y muy pequeñas, pero podía andar con normalidad con sus dos pelvis y las piernas exteriores.

A la edad de trece años empezó a trabajar como fenómeno en ferias de atracciones, haciendo eventos en pueblos, plazas públicas, teatros y dime museums. Sin embargo, pronto empezó a padecer dolores de espalda a partir de la tercera lumbar, donde su cuerpo se desdoblaba originando esas dos pelvis. A los dieciocho años se puso en manos del doctor Clinton Bicknell, con quien acabaría casándose al año siguiente. A partir de entonces, Josephine dejó su trabajo como fenómeno y se entregó por completo a su marido y a los hijos que no tardaron en llegar; como curiosidad, el hecho de disponer de dos pelvis le permitió a Josephine quedarse embarazada de cada una de las dos partes, gracias a lo cual pudo traer al mundo a cinco hijos que crecieron fuertes y sanos.

Josephine llevó una vida plena y feliz acompañada de su familia y de sus numerosos amigos. Murió a los sesenta años por una infección en su pierna izquierda, pasando a la historia de la Medicina como la mujer de dos pelvis y dobles órganos sexuales internos y externos.


Ella Harper, la Chica Camello




Ella Harper nació en Tennessee en el año 1870. Vino al mundo junto con su hermano mellizo, que falleció al poco tiempo. Sus padres pensaron que Ella tampoco tardaría mucho en morir debido a su apariencia débil, pero la niña logró salir adelante. La anormalidad que padecía en sus piernas, una extraña condición congénita en la que las rodillas se doblaban al revés y la obligaban a caminar a cuatro patas, fue lo que la hizo tan excepcional. Esa particularidad, unida a la gran sonrisa con la que se presentaba ante todo el mundo, hizo de Ella una persona muy especial.

Como tantos otros fenómenos de circo, Ella Harper empezó a trabajar en este mundo siendo muy pequeña. En los espectáculos itinerantes se la colocaba al lado de un camello para que todo el mundo pudiera ver el parecido entre ella y las patas del animal, motivo por el cual pronto se la apodó “la Chica Camello”. Llegó a ganar mucho dinero gracias a sus exhibiciones, pero Ella pronto se cansó de esa vida. Su mayor deseo era formarse, estudiar y tener su propia vida lejos de las humillaciones del circo, y por eso tomó la decisión de abandonar al cumplir dieciséis años. A los veinticinco se casó con el maestro de escuela Robert L. Savely, del que nunca se separaría.

Aunque uno de sus grandes sueños era ser madre, Ella tuvo que sufrir las pérdidas tanto de su hija biológica como del niño que ella y su marido adoptaron. A los cuarenta años, Ella Harper murió de un cáncer de colon.


Lionel, el Hombre León




Stephan Bibrowski fue un artista de origen polaco que se exhibió como fenómeno con gran éxito a principios del siglo XX, siendo conocido como el Hombre León a causa de la hipertricosis que padecía, lo que le había hecho nacer con una gruesa mata de pelo que le cubría todo el cuerpo y la cara.

Nacido cerca de Varsovia entre 1890 y 1891, Stephan empezó a trabajar en el mundo circense a instancias de sus padres a los cuatro años de edad. Su promotor lo exhibió en el Panoptikum de Berlín, un gran parque de atracciones situado a las afueras de la ciudad, pero su carrera no se quedó estancada ahí. En 1901 viajó a Estados Unidos, donde fue contratado por el Barnum & Bailey Circus; en sus espectáculos, los jefes de pista le anunciaban como un prodigio que había nacido así a resultas de la impresión que su madre embarazada había sufrido al ver cómo un león atacaba a su esposo domador. Con su nuevo nombre artístico, Lionel participó en numerosas ferias y espectáculos en todo el mundo, obteniendo una gran popularidad.

A diferencia de otros fenómenos, nunca abandonó el circo y vivió con bastante holgura de los beneficios que obtenía por cada uno de sus espectáculos. Lionel era culto, hablaba varios idiomas y además era muy divertido; en sus shows siempre conseguía agradar al público gracias a su conversación y sus demostraciones de fuerza. Le gustaba hacer deporte y mantener una buena condición física, lo que unido a su larga y cuidada pelambrera dorada le valió la admiración de muchas mujeres. Se retiró a finales de los años 20 y regresó a Alemania, donde murió de un infarto en 1932.


Annie Jones Elliot, la Mujer Barbuda




Posiblemente una de las artistas circenses más conocidas de toda la historia, junto con el Hombre Elefante. Nació en Marion, Virginia, en el año 1865 y fue contratada por el empresario P. T. Barnum a la temprana edad de nueve meses para que entrara a formar parte de su espectáculo de fenómenos, recibiendo los padres la suma de 150 dólares semanales. En sus espectáculos se la presentaba como “la Nueva Esaú”, pero no tardaron en cambiar su mote por el de la Mujer Barbuda.

Es muy posible que Annie padeciera una extraña condición llamada hirsutismo, un brote anormal de vello recio en lugares de la piel que por lo general son lampiños. A los cinco años, Annie tenía ya bigote y patillas, y también se dejó crecer mucho el cabello, llegando a lucir barba y melena hasta el suelo. No fueron pocos los fotógrafos que la inmortalizaron en sellos, postales y tarjetas de visita, gracias a lo cual se hizo conocida en todo el país. En lo personal, Annie era una mujer de una gran educación y modales exquisitos, y entre sus habilidades estaba la de tocar la mandolina. Se casó en 1881, pero se divorció para casarse con su amigo de la infancia William Donovan, del que pronto enviudó.

Annie Jones Elliot murió en casa de su madre en Brooklyn de una pulmonía en 1902.


Schlitzie, el Último Azteca




Schlitzie, posiblemente nacido como Simon Metz y legalmente Schlitze Surtees, era un artista de circo y actor estadounidense con una larga carrera en espectáculos ambulantes. Tanto su nombre como su auténtica fecha de nacimiento son un misterio, ya que probablemente sus padres biológicos lo entregaron a algún circo itinerante al poco de nacer. Schlitzie nació con microcefalia, una discapacidad que le hacía tener la cabeza desproporcionada por lo pequeña con relación al resto del cuerpo, provocando que su cerebro no se desarrollara del todo. Su estatura también era muy baja (medía 1,22 metros), tenía miopía y un retraso mental muy grave. Sin embargo, era capaz de llevar a cabo tareas fáciles y parecía entender casi todo lo que se le decía. Se cree que Schlitzie podría haber tenido el conocimiento de un niño de tres años.

Schlitzie, al igual que otros microcéfalos, era presentado en los espectáculos circenses como “cabeza de alfiler” o “eslabón perdido”, pero el mote que le granjearía la fama fue el de El Último Azteca; para darle un toque exótico a su actuación, se le rapaba la cabeza al cero a excepción de una pequeña coleta, se le ponía un vestido muumuu y se decía que venía de Yucatán. En el ámbito de la feria, Schlitzie fue un éxito; entre los años 1920 y 1930 fue empleado por muchos circos de lujo, y llegó a participar en la película de Tod Browning Freaks (1932) junto con otros fenómenos contemporáneos, aunque la película fue un sonoro fracaso en taquilla y llegó a estar prohibida durante muchos años por considerarse escandalosa.

Cuando el tutor legal de Schlitzie murió en 1965, su hija lo internó en un hospital de Los Ángeles, pero como el artista echaba de menos el circo, las autoridades del hospital acordaron devolverle al mundo del que provenía, y allí permaneció hasta 1968, año en el que hizo sus últimas apariciones. Murió en 1971, a los setenta años de edad, a causa de una bronconeumonía.


John Eckhardt Jr., el Medio Hombre




En 1911 nacía en Baltimore John Eckhardt Jr., más conocido como el Medio Hombre debido a que padecía agenesia sacra, una rara malformación que hacía parecer que su cuerpo terminaba a la altura de la cintura. Pasó a formar parte del mundo del espectáculo cuando, a los doce años, participó como voluntario en un número de magia. El prestidigitador se ofreció a ser su representante, algo que Johnny aceptó a cambio de que su hermano mellizo Robert fuera también contratado. Robert no padecía la misma malformación, pero junto con Johnny hacía un gran espectáculo.

En 1931 se le ofreció la oportunidad de participar en la película Freaks, del director Tod Browning, algo que aceptó encantado. Sin embargo, le costaba socializar con el resto de fenómenos, pues no se sentía cómodo entre ellos. Al final, debido al estrepitoso fracaso de la película en taquilla, Eck tuvo que renunciar a hacer carrera en el mundo del cine y regresó a los espectáculos de ilusionismo. Uno de sus números más famosos era el clásico de introducir a un hombre en una caja y serrarlo por la mitad. Durante el número, Robert se cambiaba por su hermano Johnny y un enano escondido en unos pantalones; al abrir la caja, las piernas salían corriendo y Johnny iba detrás de ellas tras las bambalinas, de donde salía Robert “completo” para gozo del público. Además de artista, Johnny también era músico, pintor y tenía un gran talento para las manualidades.

A finales de los 40, con la pérdida de popularidad de los Freak Shows, los hermanos Eckhardt se retiraron a su casa natal en un barrio obrero de Baltimore. Aunque al principio vivieron tranquilos y felices, en los años 70 el barrio quedó invadido por la delincuencia y la droga. A todo esto se suman los constantes robos y estafas que sufrieron por parte de administradores sin escrúpulos e incluso personas a las que consideraban amigas. También sufrieron un robo en su casa durante el cual los ladrones los maniataron e incluso se rieron de la malformación de Johnny. Murió de un infarto en 1991, y su hermano Robert cuatro años más tarde.


Daisy y Violet Hilton, las Gemelas Siamesas




Daisy y Violet vinieron al mundo en Sussex, Inglaterra, en el año 1908. Su concepción y nacimiento no habían sido buscados por su madre, pues eran producto de un amorío efímero; por esta razón, las rechazó al momento de nacer. Mary Hilton, la partera que la había atendido, las compró a su madre y les dio su apellido. Daisy y Violet nacieron como gemelas siamesas pigópagas, es decir, unidas a la altura de la pelvis y compartiendo nalgas y circulación nerviosa. En aquellos tiempos la Medicina no había avanzado tanto como para hacer una operación para tratar de separarlas, por lo que se desaconsejó llevar a cabo la cirugía. Además, como la señora Hilton no tenía una buena situación económica, aprovechó la condición de las niñas para exhibirlas como fenómenos y ganar dinero con ello.

Fueron llevadas de gira a Australia, donde amasaron una inmensa fortuna. Su hermanastra Edith Hilton se casó con un feriante llamado Myers, y el matrimonio adoptó a las gemelas cuando su madre adoptiva murió. Sin embargo, hubo acusaciones que señalaban a su propio agente como presunto culpable de abusos sexuales, y los Myers también recibieron acusaciones por lucrarse indebidamente al exponer en demasía a las gemelas. Una vez asesoradas legalmente, Daisy y Violet se desvincularon de los Myers y volvieron a trabajar en el circo, su único medio de vida. Participaron en la película Freaks, al igual que otros fenómenos de la época, y en otra película titulada Chained for Life, que también fue un rotundo fracaso en taquilla.

Tras haber consumido casi toda su fortuna, las hermanas Hilton trataron de sobrevivir llevando un negocio de perritos calientes, pero no tuvieron suerte porque sufrieron el boicot de varias personas que las acusaban de ser unos monstruos. Murieron en la más absoluta indigencia, en 1949, ambas afectadas por la gripe de Hong Kong.


¡Y hasta aquí por hoy, lectores! ¡Hasta el próximo artículo!

lunes, 1 de octubre de 2018

La leyenda del mes: El alma en pena


¡Hola a todos!

¡Bienvenidos un día más a mi Biblioteca! Empieza el mes de octubre, como siempre, dedicado al terror en este blog. Me gustaría poder deciros que os voy a traer mogollón de contenido oscuro y terrorífico a lo largo del mes, pero todavía no tengo muy claro lo que quiero subir aquí; tengo algunas ideas pero todavía son castillos en el aire, y mi acostumbrada escasez de tiempo sigue siendo un problema. Pero prometo sacar tiempo de donde pueda para ofreceros algunas cosas curiosas para que podáis pasar un mes terrorífico y entretenido!

Mientras tanto, abriremos boca con una leyenda más de mi tierra. Este mes, por tratarse de un tiempo oscuro que se presta a todo tipo de leyendas terroríficas, os traigo una que me ha parecido muy apropiada.


El alma en pena




Cuenta la historia que, en una noche fría y oscura, el señor Pedro se encontraba en su casa y se disponía, como todas las noches, a cenar con su mujer y sus hijos para después irse a dormir, cuando oyó la voz de un criado que le llamaba desde el corral.

—Señor Pedro, señor Pedro; me manda el señor cura a decirle que vaya a verle ahora mismo a la rectoral, que tiene que tratar con usted un asunto de mucha importancia.

El señor Pedro, que era un buen cristiano y tenía en gran estima al señor cura, no quiso hacerle esperar más. Cogió enseguida su sombrero y su gadaño, y se marchó contando volver muy pronto. Pero para ir a la rectoral tenía que pasar por delante del atrio de la iglesia, que es donde se entierra a los muertos. El señor Pedro era religioso y valiente, y había hecho ese mismo recorrido muchas veces sin que ocurriera nada. Había oído contar a sus vecinos historias acerca de espíritus de ultratumba que buscaban hacerle mal al incauto caminante que osaba salir de la protección de su hogar por la noche, pero a él le parecían supersticiones que no tenían fundamento alguno, de modo que siguió su camino sin preocuparse en absoluto por lo que pudiera ocurrir.

Pero sucedió que, en cuanto puso el pie en el primer peldaño de la escalera del cruceiro para subir al atrio, el señor Pedro se quedó repentinamente horrorizado por lo que estaban viendo sus ojos. Ante él se apareció don José, el usurero, vestido con el hábito del Carmen con el que había sido enterrado varios meses atrás, y parecía que de sus ojos y su boca salían vaharadas de fuego.

—¡Avemaría Purísima! —exclamó el señor Pedro, persignándose, y añadió—: Si eres alma del otro mundo, te conjuro en nombre de Dios y de su único Hijo para que te vuelvas a tu sepultura y me dejes el paso libre; y si eres algún espíritu rebelde, que te vayas a sufrir tu merecido castigo en el infierno.

E hizo con el gadaño un círculo a su alrededor y lo agitó en el aire para que al alma en pena no se le ocurriera acercarse. El alma de don José no se movió, pero sí habló a su aterrado vecino.

—No tengas miedo, Pedro, que nada te ha de pasar. Sí, yo soy José, ya veo que me conoces, y te pido perdón por el mal que te he hecho a ti y a otras personas. Por mi ambición, mi deseo de acumular riquezas, fuese como fuese acabó perdiendo mi alma y fui condenado. Pero con este hábito que llevo no puedo entrar en el infierno y tengo que andar penando por el mundo hasta que alguien me lo corte y me permita así cumplir mi merecido castigo.

Y después de decir esto, el fantasma se acercó al señor Pedro y empezó a dar vueltas a su alrededor, pidiéndole que cortara su hábito para librarle de penar por el mundo.

El señor Pedro, dispuesto a cumplir el mandato divino, aprovechó una de las vueltas del fantasma para asestarle un tajo con su gadaño que le rasgó el hábito de arriba abajo. Se oyó entonces un terrible juramento, se abrió el suelo con un ruido estremecedor y las llamas se llevaron el alma de don José antes de que se cerrara el agujero para siempre. Fue tal la impresión que se llevó el señor Pedro que, olvidando el motivo de su visita al señor cura, volvió corriendo a casa, temblando de miedo, y se lo contó todo a su mujer y sus hijos. Estos se quedaron muy sorprendidos tanto por la historia como por su aspecto físico, pues la cabeza del señor Pedro se había cubierto de canas en vez del pelo que antes tenía, y su rostro tenía el color de la muerte y estaba surcado de profundas arrugas.

El señor Pedro se dio cuenta de lo mal que estaba y pidió que le trajeran un confesor. Y después de recibir el viático y de contar su espantosa experiencia, a las doce de la mañana abandonaba este mundo para siempre.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Dos clásicos diferentes


¡Hola a todos!

Si hay algo que me apasiona en esta vida es leer. Sí, ya sé que a estas alturas de la vida (con las coñas, llevamos ya seis años con el blog, que se dice pronto) deciros que soy una ávida lectora es como repetir una historia contada ya millones de veces. Sin embargo, hace poco ha surgido en mi círculo familiar el tema de la lectura, coincidiendo con el inicio del nuevo curso escolar para uno de mis primos.

Durante el debate, mi posición estuvo desde el primer momento a favor del fomento de la lectura, por razones más que obvias. Al igual que el deporte es el ejercicio del cuerpo, la lectura es el ejercicio de la mente, y creo que cultivar el hábito de leer un poco todos los días es algo que se tendría que inculcar a las nuevas generaciones desde temprana edad. La lectura acabará por mostrarle al niño infinitos mundos llenos de historias y posibilidades, y con el tiempo querrá descubrirlos todos. Empezará con los cuentos, seguirá con las novelas juveniles de aventuras, tal vez probará con la fantasía o el romance, se atreverá con la novela negra, la de terror, la humorística... y llegará un punto en el que, como miles de personas antes que él, querrá echar un vistazo a los clásicos literarios de siempre, aquellos que han marcado un hito en la historia de la literatura y que son considerados por muchos como libros que todos debemos leer al menos una vez en nuestras vidas.

Pero entonces surge la contrapartida del debate: No se puede obligar a un niño a leer lo que no quiere ni meterle los clásicos por la fuerza, ya que entonces obtendríamos un resultado negativo. Obligar a alguien a hacer lo que no quiere es suficiente para hacer que lo relacione como algo negativo y no quiera hacerlo nunca más, y en el caso de la lectura no podría estar más de acuerdo. Yo misma siento un cierto rencor hacia el Quijote después de que mi señor padre me aburriera durante mis años de infancia con párrafos inacabables de la obra cumbre de Cervantes.

Sin embargo, una mala experiencia no debería apartarnos de la buena literatura ni reducir a bobadas aquellas obras que, por pereza o desgana nuestra, merecen una oportunidad de ser leídas. Cierto es que a veces la profundidad de la pieza literaria puede disuadir al lector, sobre todo si está poco acostumbrado a la lectura, pero en esas ocasiones basta con cambiar el formato de la novela para darle un mayor atractivo, y para esto no hace falta faltar al argumento original ni destrozar su esencia. Yo misma he podido comprobarlo este verano con estos dos clásicos que aprovecho para recomendaros si queréis leer buena literatura de una manera diferente.



Carmen, Prosper Mérimée





España, siglo XIX. Un viajero francés llega a Andalucía para conocer a fondo el país y embeberse de su cultura. Pero a quien conoce es a José Lizarrabengoa, un exmilitar de origen navarro que comparte con él su terrible historia: la de su amor por Carmen, una hermosa gitana con un poder de seducción tal que lo apartó del Ejército y lo arrastró al delito, convirtiéndolo en un bandido. Ciego de amor por Carmen y, a la vez, devorado por los celos que sus devaneos con otros hombres le provocan, José llega a cometer todo tipo de tropelías, robos y asesinatos con tal de retener a Carmen a su lado un poco más, culminando su estela de crímenes con el peor de los asesinatos, el último que habría querido llevar a cabo.

Con el transcurso del tiempo, el personaje de Carmen se ha convertido en un mito, un icono representativo de la mujer fatal por excelencia. Se tiende a reducir Carmen a la ópera de Bizet, y eso es casi como desestimar el interés que tienen tanto este personaje como la obra que lo hizo inmortal. Creada por Prosper Mérimée en el año 1845, Carmen es algo más que una novela corta ambientada en la España romántica (y bastante idealizada) del exotismo andaluz y el bandolerismo; es, en esencia, un estudio sobre los gitanos y sobre una España desaparecida con el interesante enfoque de un literato, arqueólogo y etnólogo francés que viajó a esta tierra y quedó prendado de su belleza y sus costumbres. Aunque a día de hoy algunos apartados pueden considerarse ofensivos por racistas, pero hay que tener en cuenta que eran otros tiempos y que la intención de Mérimée era la de recrear España y sus costumbres desde su propia percepción. Fascinado por la cultura gitana, no es de extrañar que Mérimée hubiera escogido a una gitana para ser la heroína de la novela que le granjearía la inmortalidad.

Carmen es una heroína tan sólida, tan profunda y representativa, que llegará a convertirse en el arquetipo de la mujer fatal, llegando a inundar por completo el relato aun cuando no está presente. Para hacer más patente la peligrosidad que encierra esta fascinante mujer, Mérimée la describe como una criatura de una belleza sobrenatural, casi satánica. «Has topado con el diablo, sí, con el diablo», le dice a don José, su celoso amante. El atractivo de Carmen reside en su inmenso poder de seducción, al que ningún hombre parece poder resistirse. Con una simple mirada de soslayo, cautiva a cada hombre que se le pone a tiro y teje a su alrededor una telaraña que lo atrapa y lo envuelve hasta que éste pierde por completo su voluntad y se rinde ante ella. Carmen es la tentación hecha carne, y cruzarse con ella es muy peligroso no solo por el poder de atracción que tiene, sino también porque ella misma es consciente del influjo que tiene sobre los hombres. Es múltiple, inalcanzable y víctima mortal de las mañas que ha aplicado con el hombre que no debía. Pero pese a conocer qué destino le aguarda, Carmen sigue siendo Carmen hasta el final. «Puesto que eres mi rom, tienes derecho a matar a tu romí; pero Carmen será siempre libre».

Hay muchas ediciones de esta magnífica novela corta, pero la que más me ha gustado ha sido esta que os muestro hoy, ilustrada por el francés Benjamin Lacombe. El estilo oscuro de este ilustrador me ha resultado fascinante desde la primera vez que lo vi, y cuando tuve la oportunidad de hacerme con esta obra dibujada por él no pude resistirme. Lacombe toma el personaje de Carmen y le da forma como solo él sabe hacerlo. A nuestros ojos la pinta como una mujer de grandes ojos negros y mirada penetrante, quasi metamorfoseada en una araña que teje sus redes alrededor de don José. Su mantilla negra hace las veces de red o de telaraña con la que envuelve a sus amantes, y es frecuente encontrarla dibujada con varias piernas y patas de araña, como si así el ilustrador quisiera remarcar su aura maléfica y antinatural, la de una viuda negra o una mantis religiosa que devora al macho tras la cópula.



La Letra Escarlata, Nathaniel Hawthorne





Un terrible escándalo sacude la tranquilidad de una pequeña comunidad puritana del siglo XVII: una mujer casada ha tenido una hija de otro hombre mientras su marido estaba ausente. Hester Prynne, la adúltera, es obligada por sus vecinos a llevar una letra «A» escarlata sobre el pecho para que no pueda esconder su pecado. A pesar de que se le ordena repetidas veces revelar el nombre del padre de su hija, Hester se niega y trata de vivir con dignidad en una sociedad injusta e hipócrita.

Cuando pensamos en La Letra Escarlata, la mayoría de nosotros tenemos en mente la película de los 90 protagonizada por Demi Moore y Gary Oldman. Pero una cosa es la adaptación cinematográfica al estilo hollywoodiense, y otra muy distinta es la novela original. Publicada en 1850 por el escritor Nathaniel Hawthorne, La Letra Escarlata se convirtió muy pronto en uno de los primeros best seller de Estados Unidos, a pesar de que el autor tuvo sus problemas con la población de Salem, que se sintió insultada por su descripción en el prefacio. La mayoría de los críticos alabaron la novela y la detallada descripción psicológica de sus personajes, pero los líderes religiosos la condenaron repetidamente por su temática poco apropiada y porque Hawthorne hizo que Hester Prynne, la adúltera, dejara de ser una malvada pecadora y pasó a convertirla en una mujer fuerte por la que el lector sentía compasión ante el injusto trato que se le dispensa.

La Letra Escarlata no es un romance, como se dice en la portada de la primera edición, o no es un romance al uso. A pesar de que Hester se ha entregado por amor a otro hombre y ha tenido una hija con él, no es el amor el tema principal de la novela, sino la culpa y el cargo de conciencia. La trama gira alrededor de tres personajes: La propia Hester Prynne; Roger Chillingworth, nombre tras el que se oculta el vengativo esposo de Hester; y el reverendo Arthur Dimmesdale, quien fue el amante de Hester y el padre de su hija Pearl, como iremos descubriendo a lo largo de la novela. El peso de la culpa por el pecado cometido cae como una losa sobre Hester y Dimmesdale, pero es este último el que se deja arrastrar hacia la más absoluta desesperación, quizá porque Hester no puede ni quiere esconder su mancha, mientras que él se empecina en cargar con ese peso por miedo, vergüenza y penitencia.

De todas las ediciones de La Letra Escarlata que habría podido encontrar, la que hoy os recomiendo se sale un poco de lo habitual, pero considero que se trata de una adaptación muy buena tanto si os gusta la buena literatura como el formato cómic. Norma Editorial nos ofrece esta novela convertida en un manga gracias a la colaboración entre la mangaka SunNeko Lee (quien ya adaptó otros clásicos de la colección como Los Miserables y Jane Eyre) y la filóloga Crystal S. Chan, encargada de adaptar la novela respetando la esencia de la obra original y dándole un toque especial para ganarse el gusto de las audiencias más jóvenes. Ha sido esta una lectura de lo más interesante para mí, pues la calidad de la adaptación sumada al exquisito dibujo de Lee y la fidelidad que guarda con el contexto de la obra me han hecho olvidarme de que estaba ante un manga, y me ha enseñado a disfrutar de un clásico literario de una manera que jamás sospeché que podía hacerse. Es una forma muy buena de disfrutar de una maravillosa novela pero con un nuevo enfoque que no resta nada de calidad a la obra original.


¡Y hasta aquí por hoy! Espero que os haya gustado esta entrada. Si queréis hacer algún aporte o hacerme alguna recomendación, ya sabéis que tenéis abajo los comentarios para dejar vuestras impresiones.

¡Hasta pronto!

domingo, 9 de septiembre de 2018

El Rincón del Lector XI: Elantris


¡Hola a todos!

Y aquí seguimos, empapándonos de lectura fantástica para alimentar el cuerpo y el espíritu. Por si no os acordáis, os dije hace un par de meses más o menos que durante mis vacaciones había comprado dos libros muy importantes para mí; de Nuncanoche ya conocéis mi opinión, pues os he dejado la reseña correspondiente en este mismo blog, pero todavía me quedaba pendiente de leer la otra novela que compré: Elantris, de Brandon Sanderson. Considerada una de las mejores novelas de fantasía de los últimos diez años, la magnífica opera prima de un autor novel que supo hacerse un nombre y un lugar de honor en el panteón de escritores de fantasía, Elantris tenía que caer en mis manos de una manera u otra. Y aquí la tenéis. Poneos cómodos y acompañadme a una ciudad poblada por dioses, donde la magia inunda cada piedra que pavimenta sus calles y concede asombrosos poderes a sus gloriosos habitantes. Acompañadme a una ciudad en la que la sabiduría, la gloria y la eternidad se desvanecieron hace diez años, convirtiéndola en un conjunto de ruinas mugrientas por donde vagan cadáveres andantes atormentados por un dolor que no tiene fin. Acompañadme a Elantris.


Título: Elantris

Autor: Brandon Sanderson

Editorial: Ediciones B – Nova

Nº de páginas: 794 págs.

Año: 2006

Sinopsis: Bienvenidos a la ciudad de Elantris, la poderosa y bella capital de Arelon llamada la «ciudad de los dioses». Antaño famosa sede de inmortales, lugar repleto de poderosa magia, Elantris ha caído en desgracia. Ahora solo acoge a los nuevos «muertos en vida», postrados en una insufrible «no-vida» tras una misteriosa y terrible transformación. Un matrimonio de Estado destinado a unir los reinos de Arelon y Teod se frustra, ya que el novio, Raoden, el príncipe de Arelon, sufre inesperadamente la Transformación, se convierte en un «muerto en vida» y debe refugiarse en Elantris. Su reciente esposa, la princesa Sarene de Teod, creyéndolo muerto, se ve obligada a incorporarse a la vida de Arelon y su nueva capital, Kae. Mientras, el embajador y alto sacerdote de otro reino vecino, Fjorden, usará su habilidad política para intentar dominar Arelon y Teod con el propósito de someterlos a su emperador y su dios.


RESEÑA (sin spoilers)

Si os digo la verdad, nunca había oído hablar de Brandon Sanderson hasta hace relativamente poco. Desde que George R. R. Martin puso de moda el género grimdark con su laureada (y a veces sobrevalorada) Canción de Hielo y Fuego, para mí fue habitual encontrar en las librerías montones y montones de novelas ambientadas en reinos de corte medieval donde la sangre, las vísceras, el sexo salvaje y la oscuridad eran el pan nuestro de cada día. Y no me parece mal, pues son temas inherentes al género humano y mucho más realistas que la fantasía Disney por la que otros autores optan, sobre todo los que escriben fantasía para niños o preadolescentes. A día de hoy, la palabra grimdark se asocia con fantasía para adultos y, como ya he dicho, por mí está bien.

Sin embargo, dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno, y esto es precisamente lo que no se aplica a la publicación de novelas de fantasía para adultos. Como pasa con la mayoría de las modas, basta con que salga un libro sobre determinado tema y se acabe popularizando y convirtiendo en un fenómeno de masas, para que acto seguido surja una horda de escritores que van a enfocar sus historias en el mismo sentido. Esto hace que el panorama literario se vuelva tedioso, pues al final casi se nos obliga a consumir libros que tienen temáticas muy parecidas en las que la violencia cobra un papel protagónico y le hace preguntarse a uno si será verdad que el ser humano es un cabrón sanguinario por naturaleza y es imposible que surjan aspectos de su carácter como la bondad, la abnegación y el sentido de la amistad. Por eso creo que Sanderson ha acertado al no dejarse llevar por las modas y seguir su instinto, ofreciéndonos una historia de fantasía para adultos clásica, con sus momentos de maldad y violencia, pero sin eclipsar a los de generosidad y optimismo.

La historia que nos ocupa gira en torno a la ciudad de Elantris, antaño una urbe poblada por criaturas más parecidas a dioses que a seres humanos, capaces de hacer magia poderosísima y realizar prodigios asombrosos. Sin embargo, en el momento en que da comienzo la historia, se nos dice que esa época de esplendor y gloria terminó misteriosamente hace diez años, y que aquellas deidades de poderes sobrenaturales se han convertido de la noche a la mañana en una raza de zombies agonizantes, comidos por la mugre y poseídos por un dolor que nunca merma y que acaba volviéndolos locos. A esta ciudad es a donde será arrojado el príncipe Raoden de Arelon en cuanto se descubre que lo ha alcanzado la Shaod, la Transformación. Su vida cambia por completo en cuestión de horas y se verá obligado a tratar de sobrevivir lo mejor que pueda en ese lugar maldito y odiado por todos.

Al otro lado de las murallas de Elantris, la princesa Sarene de Teod llega a Arelon justo para enterarse de que Raoden, su prometido, ha “fallecido” y que la boda no puede celebrarse. Con todo, tiene el deber de incorporarse a la corte arelena y ejercer su papel como nueva hija del rey, aunque su inteligencia y su interés por los movimientos políticos de su nuevo reino pronto le harán ganarse un lugar de respeto entre la nobleza. Al mismo tiempo, un alto sacerdote fjordell llamado Hrathen llega a Arelon con una misión muy específica: conseguir que el reino de Arelon se someta de buen grado ante su pontífice y su dios, Jaddeth. El imperio de Fjorden, famoso por su amplio territorio y su afán de dominación, tiene en mente la anexión de los reinos de Arelon y Teod, y Hrathen pretende conseguírselos a su emperador a través de la conversión de sus gobernantes a la religión que profesa, el Shu-Dereth.

Tenemos, por tanto, tres puntos de vista sobre la misma historia llevados de la mano de tres personajes: Raoden, Sarene y Hrathen. Raoden nos ofrece la visión interior de Elantris y nos ayuda a profundizar en la miseria de sus habitantes, su dolor y desgracia. Por lo contrario, con Hrathen tendremos la visión de Elantris como una especie de amenaza a sus planes de sometimiento, ya que la antaño maravillosa urbe es un bastión al que muchos siguen temiendo y casi venerando, aunque sus motivos para hacerlo hayan cambiado en los últimos diez años. El punto de vista de Sarene está más enfocado a las luchas políticas en la corte de Arelon, y su principal rival será el sacerdote fjordell, con quien ha iniciado una batalla silenciosa en la que cada uno busca sus apoyos y trata de adelantarse a los movimientos del otro. Pero, sin lugar a dudas, la gran protagonista de este libro es la propia ciudad de Elantris, un lugar fascinante y lleno de misterios alrededor del cual gira toda la acción.

Al parecer, cuando Sanderson concibió la idea de Elantris como ciudad, pretendía crear algo original y distinto a todo lo que se había visto anteriormente; sin embargo, muchos lectores (y yo me incluyo entre ellos) han creído ver un cierto parecido con las antiguas polis griegas. El propio Sanderson reconoce que sí, se parece un poco a Grecia, pero que no se hizo con esa intención. No obstante, esa imagen de una ciudad que parecía hecha de pura luz, donde el arte y la sabiduría eran tesoros más valiosos que el oro o la plata, pero que ahora ha quedado reducida casi a escombros, evoca a la perfección una especie de Atenas o una Olimpia derruida. Desde el principio se nos ofrece la resolución de un misterio para el que no parece haber respuesta posible: ¿Qué ocurrió en Elantris hace diez años? ¿Cómo es posible que una ciudad plena de luz y magia se convirtiera en una ruina de un día para otro? ¿Por qué los elantrinos, esos seres equiparables a dioses hechos carne, se transformaron en cadáveres devorados por el dolor y la amargura? Hay respuestas para todos esos interrogantes, pero el misterio nos acompañará a lo largo de toda la novela y creará en nosotros una especie de tensión que me parece muy bien llevada y resuelta al final.

El resto del mundo es un poco difícil de dilucidar, ya que la marcada presencia de Elantris eclipsa, a mi parecer, los reinos circundantes a Arelon. Tenemos por un lado el reino de Teod, hogar de Sarene, que simplemente aparece descrito como un territorio que posee una fuerza naval insuperable y que basa su riqueza en el establecimiento de tratados comerciales muy ventajosos. Al este de Arelon tendremos la antigua república de Duladel (¿quizás el norte de África o Próximo Oriente?) y Jindo, un lugar que me ha traído reminiscencias de Asia, sobre todo por las rutas comerciales por donde pasan seda y especias como bienes más preciados y el dominio de ciertas artes marciales. Y, por último, tendremos el imperio de Fjorden, gobernado con mano de hierro por una especie de papa-emperador conocido como el Wyrn, cuyo afán de dominación invocando el nombre de su dios le ha llevado a hacerse con más de medio mundo y amenaza con tragarse también Arelon y Teod, los últimos reinos que resisten su envite.

Como podéis ver, a la novela no le falta detalle. Si tuviera que ponerle una pega a la ambientación, diría que la cultura de algunos lugares me parece, si no mal construida, sí un poco simple. En el reino de Arelon no parece haber fiestas populares ni entretenimientos, no hay canciones ni destaca precisamente por ser la cuna del arte, la filosofía o las ciencias. Es un reino estándar con una cultura estándar basada en que los nobles ganan o pierden su título en función de su patrimonio, y en que todas las mujeres son meros objetos decorativos sin voz ni voto y que solo piensan en vestidos y amores cortesanos. Las únicas sociedades que me parecen mejor construidas son las de Duladel y Fjorden, pues de la primera tenemos referencias gracias a menciones de otros personajes que nos dibujan una antigua república llena de vida, color y música, y de la segunda sabemos gracias a Hrathen que es una sociedad edificada entorno al culto casi fanático al dios Jaddeth, por lo que la religión rige todos los aspectos de sus gentes.

En lo que respecta a los personajes, diré que los hay de lo más variados. De todos ellos, el trío de protagonistas recibe una mayor atención y descripción, aunque no todos se han ganado mi simpatía por igual. El príncipe Raoden es un personaje que destaca, sobre todo, por ser un incorregible optimista. Su ingenio, su carisma y su capacidad extraordinaria para ver un rayo de esperanza hasta en la más honda de las miserias, le llevan a recorrer uno de los caminos más difíciles de la historia, pero también el más edificante. Sarene es el paradigma de la princesa que se sale de la norma establecida; inteligente, activa y nada superficial, será una pieza indispensable en el juego político que se ha iniciado en la corte de Arelon. La estropea, bajo mi punto de vista, un excesivo complejo de superioridad que la lleva a querer tener razón en todo y a hacer que paguen justos por pecadores en determinadas situaciones. Y por último tenemos a Hrathen, el que para mí es el mejor personaje de toda la novela. Resulta curiosa la evolución de este sacerdote, que empieza siendo un hombre severo, rígido y profundamente convencido de sus creencias, para acabar cuestionándose a sí mismo y la licitud de las creencias por las que se ha enfrentado a toda una nación. Es uno de los personajes con mayor desarrollo de la novela y, en mi opinión, uno de los más atractivos de todo el plantel.

En cuanto a los personajes secundarios, como siempre, los hay para todos los gustos. Me han gustado mucho aquellos que forman parte de la sociedad de Elantris, como Galladon y Karata. Entre la nobleza arelena también hay personajes que atraerán nuestras simpatías, por no hablar de Kiin, el tío de Sarene, y su peculiar familia. Sin embargo, he tenido mis más y mis menos con los personajes secundarios, ya que muchos de ellos tienden a responder al modelo de buenos muy buenos y malos muy malos, y eso es algo que suele decepcionarme. Además, algunas de las cosas que hacen me han dejado completamente estupefacta, ya que eran cosas que no esperaba que esos personajes fueran capaces de hacer, y la manera en que las hacen es simplona en el mejor de los casos y una completa estupidez en el peor.

Sin embargo, todo eso queda eclipsado cuando toca enfrentarse a uno de los mayores atractivos de esta novela, que no es otra cosa que el sistema de magia. Sanderson, gran defensor de poner normas al uso de la magia, demuestra que se pueden crear sistemas mágicos llenos de coherencia sin perder ni un ápice del sentido de la maravilla. La magia “porque sí” no existe en Elantris: aquí hay normas, poderes que existen por una razón y unas pautas para extraer de ellos el máximo potencial. La AonDor elantrina, agostada también por la maldición que afecta a todos los habitantes de la ciudad, está aguardando a ser despertada de nuevo. Se trata de un sistema de magia que consiste en escribir caracteres de luz que, bien realizados, son capaces de obrar auténticos milagros; en cambio, el más pequeño error puede conducir a un completo desastre; todo depende de la habilidad de su ejecutor, entrenado a conciencia durante mucho tiempo en este tipo de magia. Sin lugar a dudas, la magia y sus reglas son lo que más vida le da a esta novela y creo que es lo que la ha hecho tan memorable.

Para ir terminando, diré que si tuviera que recomendar Elantris, lo haría con mucho gusto y convencida de que al lector potencial le gustará. Si ya estáis cansados de tanto grimdark y queréis volver a las raíces, a la fantasía clásica, éste libro no os va a decepcionar. La falta de sangre y vísceras ha sido suplida por ternura y amistad, y creo que eso está bien. Y si le sumamos el hecho de que es una novela autoconclusiva y no es necesario esperar meses o años a que salga una siguiente parte, me parece que no tenéis excusa para darle una oportunidad.