lunes, 17 de abril de 2017

Apodos everywhere


¡Hola a todos!

Hace unos días me puse a pensar en plan nostálgico en ciertas personas con las que hace mucho tiempo compartí estudios y a las que la vida, por las circunstancias que fuera, acabó separando de mi lado. Y una de las cosas que más me alegró recordar son las maneras en las que se dirigían cariñosamente a mí. Me hizo mucha ilusión recordarles y darme cuenta de que, gracias a muchas personas, tengo varios hipocorísticos que me definen, que me traen muy buenos recuerdos y que consiguen sacarme una sonrisa de felicidad.

Sí, ya sé que dedicar una entrada a mis apodos personales no es algo muy original y puede que tampoco divertido. Pero ¡qué caramba", me apetecía hacer algo así alguna vez y ha llegado el momento idóneo. Como algunos sabéis, durante mi infancia y gran parte de mi adolescencia  sufrí la persecución de abusones que se divertían mofándose de mí y poniéndome motes horribles; por motivos más que obvios, esos apodos no los voy a poner aquí (todavía me resulta doloroso pensar en ello). Este es un blog amable y me gusta hablar de cosas agradables, así que vamos a ello.


Lauchan

Se podría decir que este fue mi primer apodo cariñoso, que recibí a los dieciséis años de mi amiga Jessica. Cuando estábamos en el instituto, nos hicimos muy buenas amigas porque compartíamos un montón de gustos, entre ellos el manga y el anime. Como los japoneses tienen por costumbre poner sufijos cariñosos a la gente a la que aprecian, nosotras quisimos hacer lo mismo; fue así como me quedé con el nombre de Lauchan. Aunque poco después supe que el sufijo chan es más para los niños que para las personas más adultas, me gustó tanto que no quise cambiarlo.


Lau

Vale, este no es exactamente un apodo, sino una forma de acortar mi nombre (aunque realmente no tengo un nombre tan largo como para acortarlo). Sin embargo, me gustaría incluirlo en esta lista porque me trae muy buenos recuerdos de la persona que me llamaba así, un chico llamado Sergio al que conocí durante mi época universitaria y al que siempre le he tenido mucho cariño. Me encantaba cuando venía a hacernos una visita al piso a mi compañera y a mí, y cómo me saludaba con ese “¡Laaaaauuuuuu!” tan característico antes de darme uno de sus abrazos de oso.


Lala

Parecido al anterior, pues fue una de mis amigas de la facultad quien me puso este apodo. Mi amiga Marta, que además tiene el honor de ser la primera persona de la carrera a la que me atreví a saludar y con la que después trabaría amistad, tenía por costumbre dirigirse a mí llamándome Lala, aunque yo no sabía por qué. Un día se lo pregunté y ella me contó que le salía sin querer, ya que tenía otra amiga llamada Laura a la que todos los de su grupo apodaban Lala. De todas mis amigas, ella era la única que me llamaba así y a mí acabó gustándome mucho, hasta el punto de que aún hoy sigo utilizando ese apodo. De hecho, lo incorporé en mi disfraz de Carnaval de este año; en las fotos en las que salgo disfrazada de Pink Lady, el nombre que figura en mi chaqueta rosa es “Lala”.


Lalachan

Este apodo no me lo puso nadie, sino que lo hice yo a partir de la unión de dos apodos de los que ya he hablado: Lala y Lauchan. No surgió por nada en especial, sino por pura ocurrencia mía. Un día, pensé que me gustaría unir los pocos recuerdos felices que guardaba del instituto con los que después me quedarían de la universidad, y decidí rescatar el apodo de Lauchan y darle el toque más actual con el nuevo apodo de Lala. De esa combinación surgió Lalachan. No es muy original, lo sé, pero acabó gustándome bastante. Si sois usuarios de Filmaffinity, una web dedicada a la crítica de películas y series, me encontraréis como Lalachan, ^^*.


Lyanna

Si sois fans de Juego de Tronos, entonces sabréis que el nombre de Lyanna no se me ha ocurrido a mí, sino que forma parte del universo ficticio creado por George R. R. Martin. Lyanna Stark es uno de los personajes más misteriosos de la historia, quizá porque la trama empieza muchos años después de su muerte en circunstancias poco claras y a todo el misterio que rodea su recuerdo. Precisamente esa aura de misterio fue lo que captó mi atención e hizo que me enamorara platónicamente del personaje y quisiera saber más cosas de ella. Me gustaba tanto que hasta me hice un cosplay de Lyanna Stark, con corona de rosas azules y todo, y ese vestido todavía lo sigo utilizando en ferias medievales y otras fiestas de temática similar.


Princesa

Típico y manido. Suena al típico comentario cariñoso que un chico le haría a su novia, pero este no es el caso. Para mí, este apelativo me remite a la película La Princesita, en la que Sarah, la protagonista, insistía en que las mujeres, ya fuesen guapas o feas, ricas o pobres, jóvenes o viejas… todas éramos princesas por derecho propio. Cuando era pequeña, me imaginaba a las princesas como símbolos de educación, elegancia y refinamiento, pero también de amabilidad y generosidad, y tenía muchas ganas de convertirme en una. Ser una princesa no significa ser estirada, débil o desvalida, sino ser capaz de adaptarse a cualquier situación sin perder la compostura. Y aunque no uso el apodo de Princesa para hablar de mí, algunas personas de mi círculo de amistades ya lo han empleado conmigo, como la también bloguera Estelwen Ancálimë o de nuevo mi amiga Jessica.


Niphredil

También sacado de un universo ficticio, pero en este caso del que surgió del imaginario de Tolkien. Niphredil significa estrella-luna, y es el nombre de una flor blanca que agradaba mucho a los Elfos; de hecho, la niphredil fue la flor que se abrió cuando nació Lúthien Tinúviel, la Elfa más hermosa del mundo. Cuando fui el año pasado a la Estelcon de Zaragoza, se me dijo que podía elegir un alias tolkieniano para poner en mi acreditación, y escogí Niphredil por tres razones. La primera, porque no había nadie más que llevara ese apodo (que yo sepa). La segunda, porque su nombre habla de la luna, satélite que siempre me ha provocado cierta fascinación poética y con el que me gusta identificarme. Y tercera, porque me encantan las flores y, de todas ellas, las blancas son mis favoritas por su pureza y sencillez. Y supongo que el apodo arraigó, ya que no eran pocos los que en la Estelcon se dirigían a mí llamándome Niphredil o Flor de Alqualondë, que suena a título otorgado a una princesa elfa. ¡Vamos, lo que siempre he querido! ^^*


¡Y hasta aquí por hoy! Siento no haber publicado muchas cosas este mes, pero la verdad es que no he tenido mucho tiempo y me parece que a partir de ahora voy a tener menos aún. Pero seguiré subiendo cosas de vez en cuando, así que... ¡seguid visitándome de vez en cuando, ^^*!

miércoles, 5 de abril de 2017

La Truñoteca strikes again: Te esperaré toda mi vida


¡Hola a todos!

Hace unas semanas me dio por moverme un poco por los blogs que suelo seguir y me he fijado en que muchos han hecho listas de los libros que tenían pensado leer a lo largo del 2017. Y esto me ha hecho pensar que yo, a pesar de lo mucho que me gusta leer, nunca he escrito ninguna lista de libros que me apeteciera leer en un determinado año. No es que tenga en mente muchos libros con los que hacer una lista (los que quiero leer suelen estar en inglés y tardan una eternidad en editarse en España), pero sí me dio ganas de retomar con mayor entusiasmo el hábito de la lectura.

Pero esto es la Truñoteca, amigos. Aquí no voy a hablar bien de un libro, sino a despedazarlo sin piedad. Y esta vez me siento con derecho a ello, porque el libro que hoy os traigo me ha producido auténticas arcadas y unas ganas tremendas de liarme a patadas con algo para descargar mi furia contenida. Señoras y señores, hoy os presento Te esperaré toda mi vida, de Megan Maxwell.





Montse y sus amigas Julia y Juana son tres españolas residentes en Londres que, para olvidarse de su estresante día a día (y para ayudar a que Montse supere la ruptura con un novio traicionero), escapan de viaje de chicas a Edimburgo. Las mágicas tierras escocesas las sorprenderán más de lo que esperaban y cambiarán el rumbo que tenían planificado por otro mucho más tentador. Y, aunque allí donde van a ir a parar no tendrán ni crema de manos ni cobertura del móvil, a cambio encontrarán un castillo, highlanders apasionados e, incluso, un eterno amor que nunca se apaga.



ATENCIÓN! AVISO DE SPOILERS DE TODO EL LIBRO!


Megan Maxwell es una de las niñas mimadas de la Editorial Planeta, y la mejor prueba de ello es que han publicado casi todas las novelas que ha escrito. Hace tiempo leí críticas bastante positivas sobre su trilogía erótica Pídeme lo que quieras que, aunque no la he leído, muchos lectores consideraban infinitamente superior a Cincuenta Sombras de Grey o la trilogía de Crossfire. Hoy os traigo la primera novela de esta autora que ha llegado a mis manos y, sinceramente, si todas sus otras novelas son como esta, me parece que va a ser la última que lea.

Como podéis ver en la sinopsis, la historia comienza de la manera más arquetípica: Tres mujeres insatisfechas con la vida que llevan hacen una escapada a Edimburgo para relajarse un poco y volver a sus vidas con las ideas más claras. Pero lo que la sinopsis no nos dice es que las protagonistas no van a la Escocia de nuestros días, sino que viajan mágicamente a través del tiempo hasta el siglo XVII, en pleno apogeo de las tropas de highlanders. Espera un segundo… ¿Highlanders en una novela romántica? ¡Guau, no me lo esperaba para nada! ¡Seguro que esta novela tiene muchas más cosas igual de originales que contar! ¬_¬

Aunque Maxwell meta el tema de la fantasía, la novela está tan llena de topicazos que es imposible tomarla en serio. Al principio, tras leer los cinco primeros capítulos, eso fue lo que pensé: que Maxwell, en el fondo, estaba haciendo una parodia de esas mujeres adictas a las novelas rosas que fantasean con tener una aventura amorosa con los héroes de sus libros favoritos, que destacan por ser altos, fuertes y varoniles caballeros victorianos/highlanders/piratas del Caribe. La propia editorial dice que es una novela divertidísima y sorprendente, que te partes de risa con las cosas que pasan. ¿Esto no es propio de una parodia? De verdad, aún ahora quiero creer que esa fue la intención de Megan Maxwell al escribir este libro. Mi cerebro quiere pensar que lo ha escrito mal a propósito, que ella en el fondo escribe bien y que es capaz de evitar los tópicos para traernos una historia divertida y original. Bueno, pues no. Es una novela tan mala que solo sería justificable si fuese la primera novela escrita por una chica de dieciséis años, porque su nivel de cultura y redacción viene a ser parecido (ni de coña, conozco a chicas de dieciséis años capaces de escribir relatos de más calidad en Wattpad).

Primero tenemos al infumable trío de protagonistas. Montse, Juana y Julia son tres españolas que se han conocido en Londres cuya mayor preocupación parece ser la de babear por hombres fornidos que las tomen entre sus brazos, les metan una naranja en la boca y las follen por detrás hasta hacerlas Fanta. Es difícil para mí decidir cuál de las tres es peor. Montse es la típica mujer que va de fuerte y segura de sí misma, pero a la mínima que se le acerca su guapo highlander pierde la compostura y se porta como una imbécil descerebrada. Lo mismo le pasa a Juana, bajita y canaria, que tiene por meta meterle ficha a un highlander para que éste le dé lujuria y desenfreno, que es lo único que le importa en esta vida (además, tiene la puta manía de decir la coletilla «mi niña» cada vez que habla, lo que me ha rayado hasta tal punto que me han dado ganas de pegarle cuatro hostias al libro). La que se salva un poco es Julia, que está casada y echa de menos a su marido, pero tampoco es que su personalidad sobresalga demasiado. Además, las que cuentan son las otras, que son las que se van a follar a los highlanders. Oh, ¿que esto es spoiler? Bah, si estaba cantado.

El caso es que estos tres clones de las chicas de Sexo en Nueva York viajan en el tiempo y retroceden hasta el siglo XVII, que se apresuran a considerar como “medieval”. Aquí tengo que hacer un inciso porque, como historiadora que soy, esto me ofende. Cualquiera que desee escribir una novela sobre viajes en el tiempo, lo primero que debería hacer es documentarse un poco sobre la época que va a tratar antes de empezar a soltar cagadas a diestro y siniestro. Por desgracia, esto es lo que le ha pasado a la Maxwell, que se nota que no tiene ni idea de cómo era la época en la que está ambientando su novela. El siglo XVII entraría en lo que se conoce como Edad Moderna, una época fascinante en la que los cambios políticos, económicos y sociales dieron pie a la configuración de los nuevos Estados europeos y al inicio de una revolución comercial que cambiaría el rumbo y el modo de pensar de toda la sociedad, así que el epíteto de “medieval” sobra. Pero claro, si las protagonistas son unas incultas a las que el riego se les ha quedado en los bajos fondos. ¿De qué me sorprendo?

Luego está su forma de hablar, que es de traca. Al parecer, a la Maxwell le parece descojonante la idea de que tres españolas del siglo XXI suelten expresiones y chascarrillos de su tierra delante de escoceses medievales del siglo XVII. El problema es que se le empiezan a acumular las incoherencias y no se da cuenta. Vamos a ver, se supone que estas mujeres llevan viviendo en Londres una buena temporada, por lo que asumo que hablan inglés y sabrán ver las diferencias que hay entre el acento british de la capital y los acentos de otros lugares, léase Escocia; los escoceses tienen un acento muy cerrado que puede ser bastante complicado de entender. Pero es que además, el acento escocés del siglo XVII era muchísimo más arcaico. Sin embargo, las protagonistas no tienen problema alguno para entender a sus allegados, y viceversa. Pero todavía hay más, y es que no puedes hacer que una persona diga expresiones españolas CUANDO ESTÁ HABLANDO INGLÉS, porque en inglés no existe esa expresión o se dice de manera completamente diferente. Expresiones como “salao”, “tocha” o “coger un trancazo” no tienen un equivalente similar en la lengua de Shakespeare, por lo que queda completamente ridículo. Es como si la Maxwell se hubiera cogido un libro de A lo Superbritánico y hubiera calcado las expresiones que le sonaban más graciosas, pero esto no va así. Si la acción se hubiese desarrollado en la vieja España, podría haber funcionado muy bien y hasta llegar a ser divertido; pero son estos detalles los que hacen que, por ejemplo, El Ministerio del Tiempo sea una obra maestra y que este libro de mierda sea un truño de los grandes.

Me gustaría hacer una mención especial a los alias que las protagonistas escogen para “pasar desapercibidas” entre los highlanders: Cindy Crawford, Paris Hilton y Norma Duval. Esto es lo que entiende Maxwell por humor descacharrante, aunque a mí me ha dejado con tres palmos de narices. ¿En serio? ¿Esto es lo mejor que se le ha ocurrido? Aparte de que es poco lógico que a la actual media de mujeres de 29 años les parezca que Cindy Crawford sea el modelo de mujer perfecta, esto da pie a que se produzca una nueva incoherencia. Vamos a ver, Maxwell: Si las protagonistas no paran de decirles a los highlanders que son españolas, ¿por qué narices se ponen nombres que claramente se ve que no son españoles? Puedo pasarlo en el caso de Norma Duval, aunque al oído hasta podría sonar francés, pero no con las otras dos. Otra cagada más para el saco, y llevamos unas cuantas.

En cuanto a las aventuras de estas tres petardas en la antigua Escocia, supongo que no os sorprenderá saber que son de lo más manido y masticado que se ha visto jamás. Ya os lo he dicho: todos los topicazos de la novela romántica están aquí. ¡Han traído a todo el mundo! Tenemos al exnovio gilipollas, a la protagonista perfecta que es una crack en todo lo que hace (cinturón negro de karate, ouh yeah) y a sus amigas insoportables. Encontramos a la típica pareja de protagonistas que no se soportan al principio pero que en el fondo se mueren por arrancarse la ropa a mordiscos; está el amor a primera vista (más que amor, yo lo llamaría ninfomanía, pero en estas historias suelen ser términos sinónimos); tenemos también a la protagonista con un pasado triste y duro que ha marcado su carácter con los hombres; también pululan por ahí highlanders cuyo único propósito es ser los juguetes sexuales de las protagonistas (y ellos encantados, claro); veremos también a la clásica rival de la protagonista que es una estúpida malhumorada y caprichosa a la que la prota no se recata en avergonzar siempre que puede. Y, por si eso fuera poco, hay una maldición. HAY-UNA-PUTA-MALDICIÓN!!!

Sí, amigos, no podía ser de otra manera. Resulta que el clan de los Carmichael, al cual pertenece Declan, el protagonista, ha sufrido una maldición por parte de la hechicera Keeva. Al parecer, durante los festejos de una boda se celebró una competición de tiro con arco, y una flecha disparada por un Carmichael mató al hijo de Keeva. En venganza, ésta lanzó una maldición sobre los Carmichael, por la cual todos perderían al ser amado en el momento de mayor felicidad, de modo que todos ellos vieran morir a sus parejas y se sintiesen desesperados. Además, se llevó la mitad de la famosa joya de los Carmichael, un colgante en forma de corazón que simbolizaba el amor de la pareja, para asegurarse de que su maldición no se rompería nunca. Pero el tiempo pasa y las reliquias se mueven, y… ¿adivináis quién consigue ese colgante tan bonito? Venga, que no es muy complicado. ¡Pues sí, lo tiene Montse/Cindy Crawford! ¡Y la otra mitad la tiene Declan, su imponente highlander! ¡Qué bonito, qué maravilla, va a triunfar el amor! Puaj…

Me resulta un poco complicado seguir destripando el libro porque, la verdad, no hay mucho más de dónde tirar. Ya os he dicho que el argumento está de lo más trillado, y nada más empezar su lectura ya sabemos que vamos a leer más de lo mismo. Los diálogos son tontos a más no poder, sin gracia alguna. Las escenas en el castillo no resultan verosímiles; los personajes secundarios se comportan como catetos, la figura de los highlanders peca de una ingenuidad propia de un párvulo, los espacios están mal construidos, las descripciones (cuando las hay) son planas y no ayudan a que nos imaginemos ni el lugar ni la cultura escocesa del siglo XVII. Es un suma y sigue, vaya.

Otras dificultades que me he topado a lo largo de la lectura han sido las numerosas faltas de ortografía, puntuación, acentuación y semántica que salpican toda la novela, así como erratas en los nombres de algún personaje; a la Maxwell se la ha jugado el corrector del Word en alguna que otra ocasión, como cuando el personaje de Alaisthar se convierte en Alistar por un segundo, o cuando la Reina de Saba se transforma (no sé muy bien cómo ni por qué) en la Reina de Java, por poner dos ejemplos. La autora también intenta que los highlanders tengan una forma de hablar arcaica con el uso del vos y el usted, aunque su fracaso es tan estrepitoso como en el caso de la ambientación. Pero lo que de verdad me ha hecho daño ha sido ver faltas de ortografía GARRAFALES en un libro editado nada menos que por Planeta. Una está leyendo tranquilamente y de sopetón se encuentra con palabras como debastador (cuando debería ser devastador) y envestida (en lugar de embestida, ya que en el contexto se refiere al acto de embestir), lo que me ha hecho sufrir varios infartos de miocardio consecutivos a la vez que maldecir a todos los dioses del Olimpo. ¿Y esta es una novela best-seller? ¡Es un desastre de principio a fin!

Otra cosa que me ha fastidiado un montón es que Montse/Cindy sea la clásica protagonista que tiene que dejar claro en todo momento lo libre y feminista que es. Me explico: Al principio, cuando su exnovio insiste en que vuelva con él a pesar que le haya puesto los cuernos y la haya llamado vieja, Montse nos regalará un “precioso” discurso en el que le expondrá a su desagradable exnovio que ella es una mujer que tiene amor propio, que se quiere a sí misma, que sabe ser feliz sola… Vamos, lo típico. Algo parecido le pasa con Declan Carmichael, con quien le gusta discutir sobre la igualdad entre hombres y mujeres, diciéndole que ella es una mujer libre, que puede vestir como le dé la gana e ir a donde le apetezca sin rendirle cuentas a un hombre. En serio, no tenéis ni idea de lo horrible que es leer este tipo de discursos, pero no por su contenido, sino porque la autora impide que la protagonista se retrate a través de sus acciones. En vez de dejar que Montse se describa a sí misma a través de sus actos, la obliga a desmenuzar un discurso feminista para que las mentes menos preclaras sepan que Montse es una mujer moderna que no deja que un hombre le diga lo que tiene que hacer. Eso sí, como Declan le ordene que vaya a su habitación a calentarle la cama, ella bien que corre como una perra en celo. ¿Coherencia? ¿Amor propio? ¿Qué es eso?

¿Más cosas? Claro, tengo para dar y tomar. Las escenas de sexo son sonrojantes, de vergüenza ajena y fatal escritas. No solo están las descripciones llenas de fogosidad que vienen en el manual de Cómo escribir una novela romántica en tres cómodos y sencillos pasos, sino que también nos regala perlas como el hecho de que a un conservador highlander le parezca muy sexy el que Montse/Cindy no sea virgen, que lleve un tanga con cadenita (que, según Montse, todas las españolas llevamos) y que tenga un piercing en el ombligo. Otra perlita que nos deja Maxwell es que Montse, nada más acabar de echar un polvo con Declan, se lleve las manos a la cabeza porque acaban de practicar sexo sin preservativo ni píldora del día después. ¿¿Y si se queda embarazada?? Pues en vez de hacer lo obvio, que sería evitar volver a acostarse con Declan, Montse seguirá visitándole todas las noches para seguir follando con su maravilloso highlander. ¿Pero en qué quedamos? ¿Estás nerviosa por quedarte embarazada o no? Chica, aclárate.

En conclusión, y por no alargarme más, me resulta incomprensible, como lectora y escritora que soy, que Megan Maxwell esté tan endiosada después de haber escrito una bazofia como esta. Me he llevado un chasco enorme con esta autora, de la que había oído maravillas y, sinceramente, no me han quedado ganas de seguir leyendo nada que haya escrito.

sábado, 1 de abril de 2017

La Barbie del mes: Princesa de Japón


¡Hola a todos!

¡Bienvenidos un mes más a la Biblioteca de Laura! ¿Qué me contáis de vuestra vida? ¿Qué tal os va? Yo estoy como siempre, con mis más y mis menos, siempre embarcada en algún proyecto a largo plazo (a veces, muuuuy a largo plazo) pero con ganas de dar lo mejor de mí en todo momento. Dentro de poco empezará la Semana Santa, que en mi tierra se vive de una manera muy especial, pero antes de eso está el Día de las Tortillas que, como ya sabéis (y si no lo sabéis, ya os lo digo yo), se celebra el domingo anterior al Domingo de Ramos. En realidad no es una festividad ni nada de eso, pero es una buena excusa para reunir a la familia y disfrutar de unas generosas tortillas, algo que siempre apetece ^^*.

En fin, no me entretengo más. Ya sabéis que todos los principios de mes están dedicados al calendario, así que vamos a continuar con el calendario Barbie de este año y os dejo a la princesa de este mes.

¡Hasta pronto!


Princesa de Japón




La princesa de Japón pasea bajo el cálido sol primaveral. Los preciosos sakura, los cerezos, están en flor y hoy la princesa asistirá al hanami, la fiesta anual de los cerezos en flor. Lleva un tradicional vestido japonés llamado "kimono" y sueña que un día se casará y podrá llevar el magnífico juni-hitoe, el vestido tradicional de doce capas.

Sabéis que soy una amante de todo lo que viene de Japón, y esta muñeca no podía ser menos. Esta princesa entraría también en mi lista de deseos no cumplidos, ya que cuando salió a la venta no pude comprarla (tenía que elegir entre esta, la Barbie princesa africana o la Barbie Olivia Newton-John, que fue la ganadora). Me encantan los colores del kimono, lo bien conseguido que está su peinado y el tono blanquecino de su piel, que recuerda al cutis nacarado de las muchachas japonesas.