sábado, 4 de noviembre de 2023

Vagando por la Historia: Juana la Loca


Locura.

Según el diccionario, la locura es un trastorno o perturbación patológicas de las facultades mentales, y también se refiere a una acción imprudente, insensata o poco razonable que realiza una persona de forma irreflexiva o temeraria. Hubo bastantes reyes y gobernantes a lo largo de la Historia que ostentaron el apelativo de "loco" (tengo una entrada al respecto sobre algunos de ellos), pero creo que muy pocos o ninguno lo llevó en relación a la locura de amor.

Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, llegó a nosotros como paradigma de la mujer poderosa que, por ambición y capricho de sus parientes y por haber tenido la mala fortuna de enamorarse de un impenitente mujeriego, fue despojada de su corona y sus títulos y fue encerrada en un convento mientras otros disponían de sus reinos a su antojo. Lo cierto es que no habríamos sabido prácticamente nada de Juana la Loca de no ser por los románticos nostálgicos del siglo XIX, quienes veían en la Edad Media una fuente de inspiración constante para dar rienda suelta a su imaginación exaltada. ¿Y qué podría ser más atractivo para un romántico que una reina cuyo amor por su esposo era tan grande que incluso había perdido la razón por ello? Fue en el siglo XIX cuando se le puso el apelativo de la Loca, pues en su época nunca nadie la llamó así, pero fue este título el que la haría trascender con el paso de los siglos. Aunque en época actual se está intentando despojarla de tan infamante título, no sería mala idea repasar un poco su vida para comprobar por nosotros mismos si la reina Juana I era una persona tan cuerda como cualquier otra, o si en realidad sí padecía una enfermedad mental que en su época fue catalogada como locura.



Juana nace en Toledo el 6 de noviembre de 1479. Era la tercera hija del matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. La precedieron Isabel y Juan y, cuando nació, la reina Isabel andaba empeñada en la reconstrucción del reino tras la guerra civil que asoló Castilla, lo que pasaba por reafirmar el papel de la monarquía castellana y su autoridad como persona. Pero, aunque la Historia la quiere representar como una fanática religiosa, la reina Isabel siempre fue una madre amorosa que supo encontrar el equilibrio entre el buen gobierno del reino con el cuidado de su casa y familia. Se ocupó personalmente de la educación de todos sus hijos, algo insólito para la época, y eligió para ellos amas y preceptores a los que les daba instrucciones sobre qué materias enseñar a cada uno de sus vástagos.

Educar a los infantes no era tarea fácil, pues las obligaciones del gobierno traían frecuentes separaciones entre padres e hijos. Pero, pese a sus grandes ocupaciones, siempre trataban de hacerlas compatibles con el cuidado de los hijos. De la reina Isabel se dice que solía hilar en la rueca para descansar la mente de los asuntos de gobierno, y que tanta era su afición a la costura que se encargaba de remendar personalmente las camisas del rey y los príncipes. Estas labores, junto con la artesanía del bordado y la cocina, fueron aprendidas por todas las hijas de los Reyes Católicos, pero no quiere decir que se descuidaran sus aptitudes intelectuales. Tanto Isabel como Fernando eran muy cultos y con gran sensibilidad artística; la propia reina Católica se había hecho con una gran colección de pintura, una biblioteca y frecuentaba la compañía de grandes hombres de letras y ciencias. Como además se pretendía entablar alianzas con los grandes reinos europeos de la época, ambos vieron como primera necesidad preparar bien a sus hijos en idiomas, humanidades, música, pintura y diplomacia.

De todos los hijos de Isabel y Fernando, Juana era tal vez la más parecida a su abuela paterna, Juana Enríquez. Se la describe como muy hermosa, de pelo castaño, tez tostada y dueña de unos grandes y rasgados ojos verdes. Era también muy inteligente, y de esto nos habla el sabio Luis Vives, quien afirmaba que Juana hablaba en latín con la misma fluidez que su lengua materna. Su personalidad aparece descrita con frecuencia como “enérgica”, lo que nos habla de una muchacha dotada de un carácter bastante fuerte y quizá difícil de domeñar una vez desatado. Este rasgo de su personalidad distaba mucho de la educación que había recibido. Como tercera hija, no era muy probable que accediera al trono, por lo que su instrucción estuvo más enfocada en hacer de ella una buena esposa. Como futura archiduquesa de Austria, se la enseñó a expresarse correctamente en francés, pero no se le permitía hacerse cargo de su propia casa ni de sus criados, y no se consideró la opción de enseñarle a manejar territorios, ya que no se contemplaba que pudiera necesitar tales conocimientos en el futuro. Pero lo que preocupaba a su madre era el escepticismo religioso de su hija y su poca devoción por el culto y los ritos cristianos. Y es que el carácter de Juana tendía a mostrarse cambiante, alternando episodios de risas y alegría extrema con otros de llanto y melancolía; lo mismo sucedía con la religión, ya que lo mismo Juana desdeñaba la idea de rezar y asistir a misa como que manifestaba su deseo de profesar en un convento.

Sin embargo, no era el convento lo que sus padres tenían pensado para ella. Después de que los Reyes Católicos consiguieran la unidad peninsular gracias a la Reconquista y el descubrimiento de América, su presencia y fuerza política les concedió un gran protagonismo en Europa, pero también les granjearía problemas con otros reinos, como fue el caso de la poderosa Francia. Con el fin de asegurar objetivos diplomáticos y estratégicos, los Reyes Católicos entablaron para sus hijos diversas alianzas matrimoniales con las principales casas europeas. Isabel fue prometida a Alfonso, príncipe heredero de Portugal y único hijo del rey Juan II, y a la repentina muerte de este volvió a contraer matrimonio, esta vez con su primo, el ya rey Manuel I. El príncipe Juan, único vástago varón de los Reyes Católicos, contrajo matrimonio con la archiduquesa Margarita de Austria, hija de Maximiliano I de Habsburgo, pero esta unión pronto quedaría rota tras la prematura muerte del joven a causa de unas fiebres. La infanta María contrajo matrimonio en 1500 con Manuel I, viudo de su hermana mayor, y su unión fue feliz y prolífica. En el caso de Catalina, se perseguía la alianza con Inglaterra, así que se la prometió con el príncipe Arturo, primogénito de Enrique VII, pero a su temprana muerte volvió a casarse con su hermano menor, el futuro rey Enrique VIII. Y en el caso que nos ocupa, Juana casó con Felipe de Habsburgo, hijo de Maximiliano I y hermano de Margarita, con lo cual Juana y su hermano se convertían así en cuñados.

El 21 de agosto de 1496, Juana embarca en Laredo y parte rumbo a Flandes. La travesía fue una auténtica odisea, a tal punto que tuvieron que buscar refugio en Portland, Inglaterra, hasta que el clima mejorase. Al fin la comitiva llega a Rotterdam el 8 de septiembre, pero Juana aún tardaría un mes en encontrarse con su futuro marido. Esto se debió a la fuerte oposición que los consejeros de Felipe mostraban hacia su unión con la infanta castellana, viendo como más provechosa una unión con Francia. Sin embargo, el encuentro se produjo en octubre de 1496, y fue tal la atracción que sintieron los contrayentes que fueron incapaces de aplazar su boda por más tiempo, de manera que la efectuaron en aquel mismo momento, sin protocolo alguno, por mano del capellán Diego Ramírez de Villaescusa, que formaba parte del séquito de la infanta. Así fue como Juana se convirtió en Archiduquesa de Austria.



A partir de aquel día, para Juana se abrió un mundo nuevo muy diferente de todo lo que había conocido hasta el momento. La corte flamenca, desinhibida, frívola e individualista, poco o nada tenía que ver con la austeridad de la corte castellana, y la joven Juana, que por entonces sólo tenía diecisiete años, se dejó encandilar de buena gana. Si antes tenía poca afición a oír misa y confesarse, ahora tenía mucha menos. A todo esto, se suma el amor profundísimo que sentía por Felipe, quien, pese a ser un marido impuesto por razones de estado, era joven y guapo. Aunque el apelativo de Hermoso le vendría más tarde (se lo puso el rey de Francia hacia 1501, durante una visita oficial de los archiduques), la fama de Felipe de galán con las damas de la corte lo precedía. Todos conocían de sobra su afición a las mujeres, y el matrimonio con Juana no le disuadió de seguir haciendo su voluntad. Los celos de Juana, que no estaba dispuesta a permitir los devaneos de Felipe, le causaron no pocas preocupaciones a Felipe y le hicieron perder pronto el interés por su esposa.

En cualquier caso, Juana cumplió con lo que se esperaba de ella cuando dio a luz a su primogénita Leonor en 1498 y a Carlos en 1500, con lo cual la sucesión quedaba asegurada. Curioso es el caso del nacimiento del futuro Carlos I de España, pues está bastante extendida la creencia de que vino al mundo en un retrete. Juana vigilaba a su esposo todo el tiempo y, pese al avanzado estado de gestación de su segundo embarazo, se empecinó en ir a una fiesta que se celebraba en el palacio de Gante. En cierto momento de la noche, tuvo retortijones y tuvo que ir al escusado, y allí mismo dio a luz al que sería emperador del Sacro Imperio.

Pero ni la maternidad fue capaz de mantener alejada a Juana de Felipe. Su pasión por él era tal que provocó alarma tanto en su marido como en todos los que la rodeaban, pues eran conocidos sus furiosos arrebatos de celos. Ya hemos hablado del carácter rebelde de Juana, que parece haber sido difícil de sobrellevar. Pero lo que en su madre se había visto como una virtud, en ella no lo era tanto. Se esperaba que una reina tuviera arrojo y un carácter fuerte, pero esta actitud era intolerable en una infanta o en una archiduquesa. Si a todo esto le sumamos que Juana pronto se vio desarraigada tanto de su tierra natal como de sus familiares, se explica que poco a poco entrara en un estado de depresión con altibajos que lo mismo le provocaban arrebatos de amor hacia Felipe, como peleas conyugales que el archiduque zanjaría encerrando a Juana en sus habitaciones de palacio y negándole su presencia.

Para Felipe hubiera sido muy sencillo mantener encerrada a Juana y seguir haciendo su voluntad, pero pronto habrían de cambiar las cosas. En el año 1497 moría Juan, el ansiado heredero de los Reyes Católicos, y su hermana mayor Isabel le seguiría un año después, a causa de un parto. El hijo de esta, el infante portugués Miguel de la Paz, habría sido el heredero de ambos reinos de no ser por su fatídica muerte en el año 1500. Así, gracias a una carambola del destino, Juana se convertía en princesa de Asturias y, por lo tanto, en heredera de las coronas de Castilla y Aragón.



En noviembre de 1501, la pareja emprendió camino hacia Castilla por tierra desde Bruselas para ser jurados por las cortes de Toledo, pero el viaje se hizo tan lento que no llegarían hasta seis meses después. Pese al impresionante futuro que le aguardaba en España, Felipe ansiaba regresar a su tierra. Despreciaba la rudeza de los castellanos, añoraba el refinamiento de la corte flamenca y no estaba dispuesto a quedarse con el papel de segundón que la condición de heredera de su esposa le acarreaba. Sus alardes de lujo y ostentación en la corte castellana fueron, además, vistos con gran desagrado. Por eso, antes siquiera de que acabara el año, Felipe partió hacia Flandes alegando que los asuntos de gobierno le reclamaban, dejando sola y embarazada a Juana, que no pudo hacer nada por retenerle.

En 1503 nació en Alcalá de Henares un príncipe al que Juana llamó Fernando en honor a su padre. En cuanto se recuperó del parto, empezó con los preparativos para marchar de vuelta a Flandes con su marido. Sus padres trataron por todos los medios de impedir que partiera, pues no querían que marchara sin conocer a sus súbditos ni ser jurada por las cortes de Zaragoza. Sin embargo, Juana vio este impedimento como una especie de confinamiento forzoso. Ella quería estar junto a Felipe, que era su esposo, al que se debía por completo. La situación provocó muchos conflictos entre los propios Reyes Católicos. La reina Isabel, quizá pensando más como madre que como reina, trataba de dar explicación a los arrebatos de su hija y disculpaba su proceder ante las grandes personalidades de la corte; Fernando, en cambio, desconfiaba de que su hija pudiera ser una buena reina para Aragón.

Es en este contexto cuando se produce el conocido episodio del Castillo de la Mota. Convencida por su madre, Juana había consentido en retrasar un poco su partida hacia Flandes y la había acompañado a Medina del Campo. Caía una fortísima nevada, por lo que se dio orden de elevar el puente, cerrar los portones y detener la marcha hasta que el tiempo mejorase. Juana, enloquecida porque pensaba que la iban a retener allí indefinidamente, incurrió en desacato, salió al patio en plena nevada y llamó la atención de todo el castillo con sus gritos y alaridos, exigiendo que la dejaran volver con su marido. Alarmados por el escándalo, los criados avisaron a la reina, que trató de convencer a Juana, sin éxito, de que entrara otra vez al castillo. A la mañana siguiente, incapaz de seguir reteniéndola, la propia Isabel dio orden de que la comitiva partiera para Flandes.

No volverían a verse. El 26 de noviembre de 1504 fallecía Isabel la Católica en el castillo de la Mota. Su cadáver fue amortajado con hábito de San Francisco y fue llevado a Granada. En su testamento dejaba dispuesto que Juana y Felipe fueran reconocidos como reyes de Castilla. Don Fernando debía ocuparse del gobierno hasta que la nueva reina tomase posesión de la Corona, y también podría tomar las riendas del gobierno en el caso de que Juana no pudiera o no quisiera gobernar, hasta la mayoría de edad del príncipe Carlos.

Pero este acuerdo no satisfizo lo más mínimo a Felipe, que ansiaba el poder y deseaba derrotar a su suegro a como diera lugar, y de nuevo consiguió ganarse la voluntad de Juana amenazándola con no volver a dejarla traspasar el umbral de su alcoba si no le obedecía. En respuesta a este movimiento, Fernando de Aragón respondió casándose con la jovencísima Germana de Foix. Este matrimonio tenía varios objetivos: el primero, conseguir una alianza firme con Francia, su acérrima enemiga (Germana era sobrina del rey Luis XII), y gracias a esto, debilitar la postura de Felipe. El segundo, conseguir descendencia masculina a quien legarle sus posesiones, ya que la Corona de Aragón pasaba directamente al heredero varón; si llegara a tener un hijo, Fernando se aseguraría de que su yerno jamás tocara sus posesiones en Aragón y el Mediterráneo. Así pues, se hacía indispensable un pacto entre los dos para evitar más rencillas. Y así, un año después de la muerte de Isabel la Católica, se llevó a cabo la Concordia de Salamanca, por la cual Fernando y Felipe se repartían el gobierno de Castilla y las rentas reales. Debido a los trastornos que se apreciaban en Juana, ambos dispusieron que gobernara Felipe y, en ausencia de este, se ocuparía Fernando.

Los nuevos reyes de Castilla partieron desde Flandes para establecerse, esta vez de forma definitiva, en sus nuevos dominios. Una vez en Castilla, Felipe comenzó una auténtica ofensiva para librarse de su suegro e incapacitar a Juana. Si bien es cierto que el estado mental de Juana no era el más óptimo, personajes como el arzobispo Jiménez de Cisneros no vieron en ella la lacra de la locura que le achacaba su marido. Se desvivía en demasía por su esposo, pero también tenía momentos de gran lucidez en los que tomaba decisiones acertadas o pedía que le hablaran de los últimos momentos de su madre. Después de visitarla varias veces y hablar con ella, Cisneros se opuso a que Juana fuera incapacitada, pero esto no detuvo a Felipe. Consiguió ganarse el favor de la nobleza castellana y aprovechó sus apoyos para apartar a Fernando de Aragón y quedar él como dueño de la Corona de Castilla. Esto quedaría acordado en los Acuerdos de Villafáfila.

Sin embargo, ese mismo año Felipe el Hermoso moría en Burgos, en el Palacio de los Condestables. Las circunstancias de su muerte siguen sin estar del todo claras. Unos creían que había sido envenenado por un sicario de Fernando el Católico; otros creen que contrajo unas fiebres tras haber disputado un partido de pelota. Sea como fuere, y pese a todos los desvelos de Juana, no hubo manera de salvarle la vida. Murió el 25 de septiembre de 1506, a los veintiocho años.



Juana mandó embalsamar el cuerpo de Felipe al uso de Flandes y ordenó que lo expusieran en la cartuja de Miraflores, donde ella iba a verlo cada dos o tres días. Como el deseo de Felipe era ser enterrado en Granada, Juana dio orden de que se organizara una comitiva que la llevaría a atravesar los campos de Castilla con el cadáver insepulto de su marido, lo que a ojos del pueblo produjo una penosa impresión. Sin embargo, esta maniobra podía obedecer a tres cosas: la primera, que el peregrinaje nocturno era más fácil que hacerlo de día por el calor (aunque esto podría quedar invalidado cuando nos damos cuenta de que el peregrinaje se llevó a cabo en invierno); la segunda, y quizá la más probable, que mientras tanto se aseguraba de que ni su padre ni la nobleza intentaban volver a casarla con otro hombre. Un nuevo matrimonio podría traer más hijos que le disputarían la herencia a su hijo Carlos, y eso era algo que Juana no quería; y la tercera, que al ir de pueblo en pueblo, esquivando las grandes ciudades, se cuidaba de ponerse en las manos de algún noble que quisiera controlarla. Con todo, y a pesar del empeño de Juana, nunca llegaría a Granada; en Torquemada hubo que hacer un alto para que la reina diese a luz a su última hija, Catalina.

En cuanto al gobierno del reino, los nobles crearon un Consejo de Regencia para gobernar provisionalmente el reino, presidido por Cisneros. Se sabe que, pese a que no le gustaban los asuntos de estado, la reina Juana trató de gobernar por sí misma, quitando los privilegios que su marido le había dado a los flamencos, e incluso llegó a prohibir que el cardenal entrara a palacio. En 1507, padre e hija se entrevistaban y el encuentro terminó con Fernando asumiendo el poder en Castilla como gobernador del reino. En 1509 dio órdenes de que Juana fuese llevada a Tordesillas, donde vivirá el resto de su vida, retirada de la política y de la vida cortesana. En realidad, su situación parece ser la de tantas otras reinas viudas de la época, que dejaban atrás todo lo que les ataba al mundo y se retiraban a alguna de sus posesiones para llevar una vida más tranquila y recogida. Con todo, Juana no dejó de ser reina nunca, ya que las cortes nunca la desposeyeron de su título. Pero Fernando quería evitar que se crease un partido nobiliario en torno a su figura, por lo que mandó que nunca saliera de Tordesillas y que fuese vigilada en corto por los Marqueses de Denia, de los que se decía que la maltrataban y le hacían padecer penurias y necesidades.

En 1516 muere Fernando el Católico, lo que dejaba a Juana como heredera también de la Corona de Aragón. El cambio más significativo es la visita de sus hijos mayores, Leonor y Carlos, que viene a Castilla para tomar el poder sobre los reinos. Parece bastante claro que Juana no quería gobernar, de manera que estuvo dispuesta a cederle a su hijo las riendas del gobierno mientras que en los documentos siguieran apareciendo los dos. Pero sucede algo que vendría a traer problemas, y es que una serie de ciudades castellanas (con la excepción de Burgos) se levantan contra su hijo y la toman a ella como referente. A finales de 1520, los lideres de las Comunidades toman Tordesillas, hablan con Juana sobre su situación y le piden que tome cartas en el asunto. Juana solo accedió en retirar las mercedes que se les habían concedido a los flamencos (muchos de ellos habían sido compañeros de francachelas de su difunto marido), pero se negó a firmar ningún tratado que pudiese perjudicar a su hijo Carlos. Al no conseguir nada de ella, los Comuneros fueron derrotados y Juana, una vez restablecido en su cargo el marqués de Denia, volvió a su encierro.

La vida de doña Juana se deterioró progresivamente, como testimoniaron los pocos que consiguieron visitarla en su palacio de Tordesillas. Durante años vivió con su hija Catalina, hasta que esta tuvo que abandonar el palacio para casarse con el rey de Portugal. Desde ese momento, los episodios depresivos se sucedieron con más frecuencia, a pesar de las visitas constantes de sus hijos y sus nietos. Sufrió una caída que la dejó muy mermada e inútil de ambas piernas, por lo que sus problemas de higiene personal se vieron agravados. En sus últimos años, se dice que empezó a tener visiones, lo que, conforme a la mentalidad de la época, le dio fama de estar endemoniada. Para entonces, su nieto Felipe dio orden a Francisco de Borja que la visitara para ver si los rumores eran ciertos. El 12 de abril de 1555, doña Juana moría en su confinamiento en Tordesillas.

La versión oficial del siglo XVI fue que la reina Juana había sido retirada del trono debido a su incapacidad mental para reinar, pero esta enfermedad mental nunca nos queda del todo clara. Se cree que pudo haber padecido melancolía, trastorno depresivo severo, psicosis, esquizofrenia heredada o un trastorno esquizoafectivo. Es muy posible que el confinamiento forzoso y los constantes maltratos a los que estuvo sometida por otras personas agravaran su estado mental. A día de hoy, la opinión mayoritaria es que Juana fue una víctima de las ambiciones de su padre, su marido y su hijo, lo que no deja de ser cierto, y cada vez se alejan más de la visión romántica de la reina que enloqueció por amor.


jueves, 19 de octubre de 2023

Vagando por la Historia: Los juicios de Salem

 

Se acerca Halloween, la noche de brujas por excelencia en medio mundo, y no van a ser pocos los niños y adultos que se disfracen de brujas, vampiros y fantasmas para celebrar de una manera jocosa la noche más terrorífica del año. La exaltación del más allá y de lo mágico nos parece algo divertido, pero esto no ha sido siempre así. Entre 1692 y 1693, diecinueve personas fueron ahorcadas y una aplastada bajo una montaña de rocas en los juicios por brujería de Salem. Fue uno de los casos de caza de brujas más sonados de la Historia. Casi siempre que se habla de brujería, posesiones y pactos con el Demonio, los juicios de Salem están entre los más destacados, no tanto por la veracidad de las historias que consiguieron acabar con la vida de veinte personas, sino por el terror y la histeria colectivas ante un enemigo que sólo existía en sus cabezas y que acabó por darle triste fama al pueblo de Salem.




Brujas en el viejo continente

En Europa, desde el siglo XIII hasta el XVII, decenas de miles de personas fueron ejecutadas o linchadas por ser presuntas servidoras del Demonio. A cambio de los servicios al Maligno, se suponía que conseguían algún tipo de beneficio, tal como un poder mágico que les permitía tener más salud o riquezas que cualquier otra persona. Y también se creía que ese misterioso poder, llamado maleficio, tenía por objetivo hacer daño, provocar enfermedades y otros males al prójimo. Para todas las religiones, pero especialmente para el Cristianismo, la caza de brujas se convirtió en una obsesión. Y es que a estas personas dotadas de poderes mágicos se les atribuían ritos blasfemos realizados en grupo o aquelarres, así como actos obscenos e inmorales que se alejaban de la piedad de Dios.

Identificar a una bruja tenía un método que, bajo nuestra perspectiva, parece de lo más absurdo y simplista, pero en la época suponía una auténtica ciencia, hasta el punto de que tenía su propio manual: el Malleus Maleficarum, también llamado Martillo de Brujas, escrito por los monjes inquisidores Heinrich Kramer y Jakob Sprenger. Según este libro, las brujas solían ser mujeres de edad mayor que estaban dotadas de una serie de poderes que les habían sido otorgados por el mismo Demonio, tales como causar tormentas, destruir plantaciones e incluso provocar impotencia sexual en los varones. De las brujas también se decía que eran capaces de volar ya que, al no tener alma, su cuerpo era mucho más ligero que el de una persona normal. También se pensaba que podían adquirir diversas formas, o incluso volverse espectros invisibles. Aunque hubo hombres acusados de hechicería, lo cierto es que la mayoría de las acusadas fueron mujeres, y esto tiene su explicación: en la época, se pensaba que la mujer era de talante más débil que el hombre y, por lo tanto, más proclive a ser manipulada y seducida por los influjos demoníacos.

En Europa, por tanto, ya existía toda una tradición en la persecución de brujas, que se dio de forma bastante notable en países como Alemania, Suiza, Inglaterra, Francia o los Países Bajos, es decir, en países que experimentaron grandes reformas religiosas. El calvinismo y el luteranismo abrieron una brecha social que amenazó la hegemonía de la Iglesia Católica entre los siglos XVI y XVII. En este contexto de alta polarización, se desató una auténtica persecución de supuestas brujas, debido a ese ansia de legitimarse ante los feligreses, pues ambas corrientes necesitaban justificar su predominio capturando y ejecutando a los siervos de Satanás en el mundo. Las acusaciones se convirtieron en una herramienta para resolver disputas políticas o rencillas personales. No es casualidad, por tanto, que la mayor caza de brujas se hubiera llevado a cabo en los años de la Reforma y la Contrarreforma hasta que, a partir de 1650, las cazas de brujas empezaron a ir a menos, y ya en 1700 nos encontramos con que prácticamente habían desaparecido del viejo continente.

Pero no así en otros lugares del mundo.



El Diablo llega a Nueva Inglaterra

La colonia de la bahía de Massachussets fue fundada en 1620, consolidándose como tal a lo largo de la década siguiente con la llegada de unos veinte mil inmigrantes, la mayoría procedentes de Inglaterra. Establecieron su colonia en Plymouth y desarrollaron relaciones de amistad con los nativos wampanoag. Los peregrinos se habían marchado voluntariamente de su Inglaterra natal debido a las diferencias de carácter religioso entre los puritanos y la Iglesia anglicana fundada por Enrique VIII. Los puritanos creían que la Iglesia de Inglaterra era demasiado jerárquica y de moral laxa, por lo que decidieron partir rumbo a Nueva Inglaterra en busca de libertad religiosa en la Nueva Jerusalén que pretendían recrear, libre y purificada de los males que aquejaban a la religión anglicana.

Alrededor del año 1692, ya existían fuertes tensiones tanto en la ciudad como en el pueblo de Salem, dos lugares situados a unos treinta kilómetros al norte de Boston, y separadas entre sí por apenas diez kilómetros. Los habitantes de Salem Village estaban resentidos por la mayor riqueza y prosperidad que había en Salem Town, nutrida gracias a la gran actividad comercial de su puerto marítimo, así como por su presunción al pretender controlar los asuntos del pueblo.

El pueblo de Salem, una comunidad de apenas quinientas personas dedicadas en su mayor parte a las labores agrícolas, carecía de gobierno civil propio y estaba bajo la jurisdicción de la ciudad de Salem. En aquella pequeña comunidad, dos familias luchaban por el control del poder político y religioso del pueblo. Por un lado estaba la familia Putnam, que deseaban una mayor independencia respecto a la ciudad de Salem y eran cercanos a las familias campesinas; por el otro, estaban los Porter, conectados con los prósperos comerciantes de Salem Town y partidarios de que se mantuviera el control económico que esta ciudad ejercía sobre el pueblo.

Pero, ¿cómo se aplicaba ese control? Por poner algunos ejemplos, los campesinos de Salem Village no tenían derecho a ponerle precio a sus cultivos, ni tampoco los impuestos que debían abonar, sino que eran los comerciantes de la ciudad los que decidían esos asuntos. En cuestión religiosa, todos los habitantes de Salem Village tenían la obligación de asistir a los servicios religiosos dominicales, pero Salem Town se negó durante muchos años a permitir que el pueblo contara con su propia sala de reuniones para tal efecto, de modo que los aldeanos tenían que viajar a la ciudad todos los domingos, sin importar las inclemencias del tiempo, algo que llegaron a resentir.

Finalmente, el pueblo de Salem pudo contratar a su propio ministro. No tuvieron demasiada suerte con el primero, ya que se marchó en cuanto descubrió que no iban a pagarle. El segundo ministro, George Burroughs, se encontró con el mismo problema y dimitió, pero decidió permanecer en el pueblo. Un tercer ministro también dimitió, y esto contribuyó a empeorar la reputación del pueblo entre los ciudadanos de Salem, quienes pintaban a los aldeanos como contenciosos y mezquinos. Finalmente, en 1689, un hombre llegó para convertirse en el ministro que tanto anhelaban. Se trataba de Samuel Parris, un comerciante al que no le había ido bien ni en sus estudios en el Harvard College, ni en sus negocios. Con veinte años, tuvo que hacerse cargo de la plantación de azúcar que su padre tenía en Barbados; sin embargo, un terrible huracán destruyó sus terrenos y Parris decidió vender una parte y regresar a Boston. Como sus negocios no le rentaban demasiado, parece ser que se hizo ministro como segunda opción profesional, y en Salem Village se le presentó la oportunidad de formar su propia iglesia como reverendo, gracias a la intervención y patrocinio de la poderosa familia Putnam.

Parris resultó ser una elección realmente desafortunada. Era un comerciante fracasado y amargado, resentido con los que triunfaban en el mundo del comercio, que se dedicó a avivar las hostilidades locales. Sus sermones convirtieron las rencillas entre dos pueblos en una auténtica lucha entre las fuerzas del bien y del mal. En la mente de sus seguidores empezó a dibujarse la idea de que Salem Town era un lugar corrupto y pecaminoso que estaba dominado por el Diablo, y amenazaba el bienestar de Salem Village. Si a esto añadimos la llegada a Massachussets de miembros de colonias cristianas minoritarias como los cuáqueros, y los continuos ataques de los indios wanpanoag en represalia contra los colonos por su descontrolado expansionismo en sus tierras, se puede entender el clima de tensión que existía en aquella pequeña localidad.

Fue en medio de estas tensiones, en febrero de 1692, cuando la hija del reverendo, Betty Parris y su prima Abigail Williams, de nueve y once años respectivamente, empezaron a sufrir unos ataques extraños y antinaturales. Se contorsionaban de manera que sus brazos, cuellos y espaldas giraban de formas imposibles. Fueron vistas arrastrándose por el suelo, escondiéndose debajo de los muebles, gritar de dolor, hacer ruidos extraños similares a ladridos y lanzar objetos por los aires. A veces se quedaban muy calladas, como si no pudieran hablar; otras veces, parecía que se ahogaban y se quejaban de que algo invisible las mordía y las pellizcaba. Al poco tiempo, otra niña de unos once años, Ann Putnam, empezó a sufrir el mismo tipo de ataques, y la siguieron Elizabeth Hubbard, luego Mary Walcott, Mercy Lewis y Mary Warren, que mostraban los mismos signos de delirio y posesión. El reverendo Parris hizo que el médico William Griggs examinara a su hija y a su sobrina, pero como éste no encontró nada físico ni tenía explicación para tales desvaríos, decidió que aquello era cosa de brujería. Una de las vecinas de los Parris le recomendó a Tituba, la criada, que hiciera un pastel de brujas con harina y orina de las dos niñas y que se lo diera de comer al perro; si el animal presentaba los mismos síntomas que las niñas, era señal de que estaban embrujadas. Tituba lo hizo, pero lo único que consiguió fue que su amo, el reverendo Parris, se enterara y calificara el acto de blasfemia. Parris, además, presionó mucho a las niñas para que revelasen quién les había lanzado aquel hechizo, y las niñas señalaron a tres mujeres: Tituba, Sarah Good y Sarah Osborne. Y así fue como empezó el frenesí de la caza de brujas en Salem.



Los juicios de Salem

Antes de hablar de los hechos, el juicio y las acusadas, sería interesante detenerse un momento para ahondar en la forma de pensar que imperaba en la rígida y supersticiosa sociedad puritana. Hablamos de una gente que abogaba por una lectura literal de la Biblia y por una estricta adhesión a las Escrituras a la hora de dirigir la propia vida. Los puritanos se oponían a todas las fiestas y a toda forma de entretenimiento por considerarlo cosa mundana y alejada de Dios. Todo lo que no apareciera en la Biblia, o que al menos pudiera justificarse con ella, no era de Dios y, por lo tanto, debía rechazarse. Por todo esto, no puede sorprender que creyeran a pies juntillas en la existencia de las brujas o hechiceras, pues la propia Biblia les exhortaba a buscarlas y matarlas (Éxodo 22:18 "No dejarás con vida a ninguna hechicera"). Lo que estaba escrito en la Biblia era real, pues era la Palabra de Dios.

Los documentos legales y los testimonios de la época establecen que había una serie de ciudadanos que, con todo, no creían en la brujería, pero la mayoría sí lo hacía y estaban convencidos de su existencia. Esto se debe a la imperiosa necesidad del ser humano por dar explicación a lo aparentemente inexplicable. Si una persona piadosa, un niño o una joven novia enfermaban y morían de repente, podía atribuirse a la voluntad divina, pero también podía explicarse fácilmente por la brujería y el influjo del Diablo. Si alguien tenía un desacuerdo con un vecino y luego este vecino enfermaba o sufría una desgracia, se podía acusar al primero de haberle lanzado un hechizo maligno, y esta clase de acusaciones eran tomadas como ciertas, siendo a veces innecesario que se dieran más pruebas para sentenciar al acusado.

En cualquier caso, la conclusión más previsible de una acusación de brujería era la culpabilidad del acusado, pues se entendía que nadie presentaría una acusación tan grave contra otro sin tener una buena razón. Es evidente el enorme peligro que suponía esta creencia, y lo cierto es que dio pie a que los acusadores tuvieran el convencimiento de que el tribunal no necesitaría más pruebas que su propio testimonio, pero hay que decir que los tribunales trataban de sopesar las pruebas objetivas antes de dictar una sentencia condenatoria, aunque pesase más aquel paradigma de "culpable hasta que se demuestre lo contrario". Este fue el caso de los juicios de Salem, en los que más de doscientas personas fueron acusadas de brujería en el pueblo y la ciudad de Salem, en Andover, Ipswich y Topsfield; treinta de ellas fueron declaradas culpables y veinte fueron ejecutadas, la mayoría en la horca.

Todo empezó, como decíamos, cuando las niñas Betty Parris y Abigail Williams acusaron a tres mujeres de ser las culpables de su tormento y delirio.

Tituba fue una esclava traída junto con su marido desde Barbados por Samuel Parris, quien la tenía como criada para que cuidara de sus hijas. La leyenda y la literatura la acabaron convirtiendo en la "bruja negra de Salem", que contaba historias terroríficas a las niñas Parris y les enseñaba rituales de magia vudú; lo más probable, sin embargo, es que fuese de ascendencia arahuaca y que no supiera apenas nada de vudú, pues lo poco que sabemos de ella respecto a la magia tiene referencias europeas, no caribeñas ni africanas. Es posible que las niñas hubiesen puesto en práctica un inofensivo juego de adivinación, como echar una clara de huevo en un vaso con agua para predecir el futuro, y que una de ellas viese algo que le asustó, dando lugar a la primera crisis de pánico de Betty Parris.

Tituba fue la primera en confesar que practicaba brujería, aunque este testimonio le fue arrancado por su amo Samuel Parris a golpes. En sus confesiones, afirmó haber visto al Diablo en el bosque tomando varias formas, como la de un hombre negro, un cerdo y un perro. El Diablo, según dijo, la había encontrado y le había hecho firmar en un libro negro donde reconoció las firmas de Sarah Good y Sarah Osborne, junto con otras siete rúbricas que no logró identificar. Su testimonio resultó tan convincente y aterrador que sembró la semilla del caos en el pueblo de Salem.

La segunda acusada fue Sarah Good, una mujer pobre que se había visto reducida a la indigencia por no haber podido hacer frente a una deuda de su primer marido, lo que la llevó a perder su hogar y tener que mendigar comida, trabajo y refugio a sus vecinos. Los lugareños la describían como una criatura sucia, de mal genio y con tendencia a mantenerse separada del resto de la aldea, algo que era visto con suspicacia en la estricta comunidad puritana. Tenía la mala costumbre de murmurar maldiciones contra los vecinos que no le prestaban su caridad. Samuel Parris se apiadó de ella y la acogió en su casa durante una temporada, pero después la expulsó por "conducta maliciosa" e ingratitud. Es bastante probable que estas rencillas hubieran acabado por condenar a Good a una muerte injusta. Fue acusada de brujería por Betty Parris y Abigail Williams, quienes afirmaron haber sido mordidas, pellizcadas y maltratadas por su malvado influjo. Fue ahorcada en 1692.

La tercera víctima de estos primeros juicios fue Sarah Osborne. A diferencia de las otras dos acusadas, era la viuda de un terrateniente que la había dejado bien situada económicamente. Su difunto marido era hermano de una mujer que se había casado con un miembro de la prominente familia Putnam, y estos reprochaban ciertos aspectos de su actitud. Se cree que, tras la muerte de su marido, se casó con un sirviente y robó la herencia de sus hijos. Además, no había asistido a la iglesia en tres años, alegando una larga enfermedad, y sus litigios legales con los Putnam, a los que había perjudicado financieramente, tampoco la ayudaron. Al igual que las otras dos, fue acusada de provocar pellizcos y pinchazos "como de agujas de tejer" a las niñas afectadas. Sin más pruebas que ese testimonio, Osborne fue detenida y enviada a la cárcel de Boston mientras duraron sus exámenes y juicios. No llegó a ser ejecutada porque, al estar su enfermedad en un estado muy avanzado, murió en prisión antes de que se emitiera la sentencia.

Como practicar la brujería no era sólo un pecado, sino también un delito, los magistrados Jonathan Corwin y John Hathorne celebraron varias audiencias para investigar el caso. Y sucedió que tanto Sarah Osborne como Sarah Good defendieron su inocencia a capa y espada, pero esta última acusó a Osborne de ser una bruja. Tituba hizo lo propio al confesar (recordemos que Parris la golpeó para obligarla a ello) que era una sierva del Diablo, y que las otras dos mujeres también eran brujas a las que se les había encomendado la misión de acabar con los puritanos.

Como cabe imaginar, tal revelación provocó el pánico de toda la aldea de Salem, y los síntomas de las tres primeras niñas empezaron a propagarse entre otras jóvenes del pueblo, al mismo tiempo que otras acusaciones a diversos miembros de la comunidad. Lo curioso es que aquí no se hizo discriminación entre clases a la hora de señalar a alguien como culpable de brujería. Tanto Tituba como Sarah Good y Sarah Osborne eran pobres y/o marginadas sociales (Osborne no era pobre, pero el hecho de no ir a la iglesia y el haber cohabitado con un sirviente antes de casarse le habían hecho perder el respeto de la comunidad), pero ahora no hubo reparos en acusar a miembros de familias respetables o de comportamiento que se tenía por intachable a ojos de todos, lo que sumió al pueblo de Salem en un estupor del que se vieron incapaces de salir, ya fuese por miedo a la brujería o por temor a ser señalado.

En las semanas siguientes, cada vez más y más personas pasaron a engrosar la lista de acusados por brujería. Curiosamente, muchos de los acusados eran enemigos de la familia Putnam, una de las principales acusadoras en muchos casos. En mayo de 1692, el gobernador de la provincia de la bahía de Massachussets Sir William Phips ordenó que se convocara un tribunal en Salem Town para escuchar a los acusados. Pero esto no significa que los acusados tuviesen derecho a un abogado que les aconsejase o preparase su defensa, sino que tendrían que defenderse ellos mismos y demostrar su inocencia. Lo tenían muy complicado, y más todavía si a esto le sumamos que el tribunal aceptó la "evidencia espectral" como prueba concluyente de ser una bruja. En otras palabras, que si una presunta víctima denunciaba haber visto el espectro del acusado atacándola con pellizcos y mordiscos durante un sueño o una visión, el acusado era hallado culpable y condenado por brujería sin más, porque todos sabían que el Diablo le confería a las brujas el poder de convertirse en espectros malignos.

Los juicios de Salem pasaron a convertirse en una auténtica farsa que, de no ser porque muchas personas inocentes fueron ejecutadas, hubieran sido objeto de mofa y censura. No sólo empezaron a volar las acusaciones aleatorias a cualquiera y por las razones más estúpidas, sino que también los acusadores hicieron uso de sus dotes teatrales para dar mayor veracidad a sus palabras. Las niñas empezaron a hacer aspavientos, a convulsionar y gritar de dolor en medio de los juicios, delante de magistrados y jueces. Fingían ataques epilépticos que sólo se detenían cuando quien las tocaba era la bruja en cuestión, y llegaron a imitar los movimientos de manos de las acusadas para dar a entender que ésta las manejaba con hilos invisibles como si fueran marionetas. Pero lejos de frenar estas actuaciones, el tribunal las consideró como una prueba más de la culpabilidad de las brujas. Ante la práctica imposibilidad de defensa y el hecho de que a los acusados se les ofrecía la absolución si testificaban contra otros individuos, hubo acusadas que confesaron ser brujas y señalaron a otras de ser siervas del Diablo. En cambio, los que siguieron confesando su inocencia y se negaron a acusar a otros, sufrieron la pena capital.



Persiste la locura

Ante este panorama, cabe preguntarse si los habitantes de Salem no se daban cuenta de la injusticia que se estaba cometiendo contra sus conciudadanos. Posiblemente muchos así lo sintieran, pero era tal el miedo que reinaba en aquel ambiente que fueron pocas las voces discordantes que se atrevieron a denunciar estos hechos, más que nada porque era muy probable que acabasen siendo acalladas de la peor de las maneras. Esto fue lo que le ocurrió a John Proctor, un rico granjero y tabernero que criticó lo que estaba sucediendo y terminó acusado y ahorcado. También declararon culpable a su mujer, pero su ejecución se aplazó porque estaba embarazada.

Fueron también muy sonados los casos de Rebecca Nurse y Martha Corey. La familia Nurse había estado involucrada en una serie de disputas con la familia Putnam, quien acusó a una anciana Rebecca Nurse de presentarse en forma de espectro para acosar a los miembros de la familia. Rebecca era conocida en todo Salem por su benevolencia y piedad, y porque no había nadie en el pueblo que pudiera decir algo malo de ella. Los propios magistrados manifestaron sus dudas de que Rebecca Nurse fuese una bruja, pero el hecho de que la pequeña Ann Putnam y otras niñas prorrumpieran en ataques en su presencia, sumado al alboroto que se formó cuando se iba a proclamar su inocencia, acabaron por condenar a Nurse a la horca; cinco días después, la seguiría la ya nombrada Sarah Good.

El caso de Martha Corey también provocó sorpresa en la comunidad de Salem, pues también era una mujer de reconocidas virtudes. Al contrario que la mayoría de sus vecinos, Martha nunca había apoyado los juicios de brujas porque no creía que existieran, y además expresaba abiertamente su creencia de que los acusadores estaban mintiendo; al enterarse de esto, Ann Putnam y Mercy Lewis de inmediato la acusaron de brujería. Durante su proceso, Martha Corey nunca dudó que sería exonerada. Instó a los jueces que se guiaran por el sentido común y no creyeran en el testimonio de unos niños histéricos, pero no fue consciente del grado de paranoia del pueblo. En el juicio, las niñas dijeron que estaban siendo controladas por ella y que veían junto a Corey la presencia de un hombre susurrándole al oído y un pájaro amarillo en su mano. Esto fue prueba suficiente para persuadir al jurado de su culpabilidad. Fue ahorcada en 1692 a los setenta y dos años, junto a otras siete personas, incluyendo a Mary Eastie, hermana de Rebecca Nurse.

Su marido, Giles Corey, fue el único que alzó la voz para defender a su esposa, algo que le llevó a ser también acusado de brujería. Pero Giles se negó a someterse a un juicio, por lo que su proceso se agilizó y fue directamente condenado a muerte. La principal razón que le llevó a tomar esta decisión fue que, si alguien que estaba siendo juzgado confesaba su culpabilidad, sus bienes y patrimonio serían confiscados, mientras que si no lo hacía, sus bienes pasarían a sus herederos. Giles Corey fue ejecutado mediante un método conocido como la tortuga, que consistía en colocar al reo acostado entre dos planchas de madera, con la cabeza sobresaliendo, e ir añadiendo rocas hasta provocarle la muerte por aplastamiento. Se dice que, cuando el sheriff le preguntaba cómo iba a rogar, Corey sólo respondió pidiendo más peso. Tras su muerte, sus tierras pasaron a sus hijos en vez de ser arrebatadas por la familia Putnam, que había iniciado la acusación.

Otro de los acusados fue George Burroughs, quien había sido pastor en el pueblo de Salem y que viajó desde Maine, donde vivía, para hacer frente a la acusación de que era el líder de las brujas juzgadas. Tampoco se libró: fue ahorcado junto a otras cuatro personas en agosto de 1692. Antes de su ejecución, se arrodilló para recitar un padrenuestro que casi le valió el indulto, pues se creía que aquellos que tenían pactos con el Diablo no podían rezar. Sin embargo, un ministro congregacional llamado Cotton Mather, que había tenido algunos encontronazos doctrinales con Burroughs y que también estaba presente, aseguró que el condenado no era un ministro ordenado y que a menudo el Diablo se transformaba en un ángel de luz. Con todo, a Cotton Mather hay que reconocerle el haber puesto en duda la validez de las evidencias espectrales, algo que su padre Increase Mather también compartía diciendo que más valía que escapasen diez presuntos brujos que condenar a un inocente.

Curiosamente, una de las personas que se salvó de la horca fue Tituba. A pesar de ser esclava y de haber confesado sus crímenes, Tituba no fue juzgada ni recibió la pena capital, sino que fue encerrada en la cárcel, y más tarde puesta en libertad. Posiblemente se hubiera retractado de su confesión en presidio, lo que le valdría las represalias de Samuel Parris, quien no pagó su fianza y la dejó presa hasta que un año después alguien la compró y se la llevó junto con su marido. A partir de ahí, su rastro se pierde por completo.

Con el tiempo, se empezó a ver que las evidencias espectrales resultaban ser pruebas muy flojas como para condenar a alguien a muerte. De acuerdo al libro bíblico de I Juan 4:1 ("Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas son salidos en el mundo"), era posible que hubiera espíritus malignos influenciando a los acusadores para condenar a buenos cristianos. También podría haber tenido mucho que ver el hecho de que intentaran acusar de brujería a la propia mujer del gobernador Phips, lo que le llevó a poner freno a la situación. Con todo, muchos de los acusados confesaron ser brujos con la esperanza de obtener clemencia (Santiago 5:16 "Confiesen sus pecados unos a otros, y oren unos por otros, para que sean sanados"), pero los que no fueron ahorcados o no murieron en presidio, más tarde se retractaron, explicando que sólo habían confesado con ese propósito y no porque fuesen brujos. Cuando esto sucedió, el tribunal se vio en una posición sumamente incómoda. A medida que su afán por condenar chocaba con un creciente coro de oposición a los procedimientos, el gobernador se dio cuenta de que tenía que suspender los juicios y reevaluar la situación.

En mayo de 1693, los juicios de Salem se suspendieron y se concedieron indultos a los acusados que seguían en la cárcel. El triste acontecimiento se saldó con la ejecución de diecinueve personas en la horca, un muerto por aplastamiento, otros muertos en la cárcel a la espera de juicio y más de doscientas personas con su reputación irremediablemente dañada. Los acusadores nunca tuvieron que rendir cuentas porque nadie dudaba de la existencia de las brujas y de su capacidad para hacer daño, ni de Satanás y su capacidad para engañar y destruir. Al final, los acusadores siguieron con sus vidas como si nada hubiera pasado.



Conclusión

Una vez pasó la histeria colectiva y las aguas volvieron a su cauce, uno no puede dejar de preguntarse qué fue de aquellos que consiguieron salvarse de la ejecución. La mayoría, pese a la suspensión de los juicios y a los indultos concedidos, vieron sus reputaciones tan tocadas que no tuvieron otra opción que trasladarse a otro lugar para labrarse una nueva vida, cuando no tener que seguir viviendo con el estigma del suceso. En 1696, tres años después de los últimos juicios, el Tribunal General decretó un día de ayuno y arrepentimiento por los juicios de Salem. Los jueces que habían participado en los procesos se arrepintieron públicamente y pidieron perdón a las familias y a la comunidad. La propia Ann Putnam, que había destacado por acusar a varias mujeres de practicar sobre ella la brujería, se arrepintió y pidió perdón de corazón, asegurando que el Diablo la había movido a acusar a personas inocentes. A partir de 1700, los familiares presentaron peticiones al gobierno de Massachussets para que anularan las condenas y exoneraran a los condenados, pero ni siquiera así se consiguió que los exoneraran a todos. Sería en el año 2022 cuando se aclararían por fin los nombres de todos los condenados.

Los juicios de Salem fue uno de los acontecimientos más infames de la religión y la humanidad, más todavía por la gran cantidad de mitos que se generaron a partir del suceso. Uno de los más persistentes es que en Salem hubo quema de brujas, cuando esto es rotundamente falso: todas las acusadas fueron ahorcadas. También se creía que las ejecuciones se llevaban a cabo en un lugar llamado Gallows Hill, evocando imágenes sobre una sombría caminata de la muerte hacia lo alto de una colina, pero se demostró que las ejecuciones se habían llevado en la parte baja, conocida como Proctor's Ledge. También se ha afirmado que la mayoría de las mujeres condenadas eran pobres y marginadas, pero ya hemos visto que personas de todas las clases sociales fueron acusadas y condenadas, mujeres y hombres (incluso dos perros), por cualquier motivo. No había discriminación. George Burroughs fue condenado porque parecía tener una fuerza antinatural, otra mujer fue condenada porque podía caminar por las polvorientas calles de Salem sin ensuciarse, y Martha Corey fue ejecutada como bruja por negar la existencia de la brujería.

A lo largo de los años, se han desarrollado varias teorías para tratar de explicar qué fue lo que condujo al pueblo de Salem a aquel estado de histeria y temor desaforado por las brujas. Se ha especulado mucho acerca de lo que pudo haber provocado aquellos extraños ataques en la pequeña Betty Parris y su prima Abigail Williams, que fueron los que dieron comienzo a todo el suceso. Se cree que pudo deberse a un consumo accidental de estramonio, una planta extremadamente venenosa, también conocida como datura o planta del diablo. También se ha barajado la posibilidad de que las niñas hubiesen padecido encefalitis letárgica, una forma atípica de encefalitis que se caracteriza por la alta fiebre, cefaleas, dolor de garganta, visión doble, respuestas físicas y mentales retardadas, inversión del sueño, catatonia, fatiga, temblores y psicosis, en casos desafortunados.

Pero la teoría más extendida es la intoxicación por el hongo del cornezuelo del centeno, que contiene alcaloides y dietilamida del ácido lisérgico, más conocido como LSD. Un consumo excesivo y accidental de este hongo podía darse a través del pan, ya que en la época no se conocía el hongo ni el mal que podía provocar. Los efectos del ergotismo o envenenamiento por cornezuelo pueden traducirse en alucinaciones, convulsiones y contracción arterial (el hongo es un potente vasoconstrictor), que puede conducir a la necrosis de los tejidos y la aparición de gangrena. La enfermedad empezaba con un frío intenso que después se convertía en una quemazón aguda. Muchas víctimas lograban sobrevivir, pero quedaban mutiladas, pudiendo llegar a perder todas sus extremidades. A esta enfermedad también se la conocía como "fuego de San Antonio".

Hasta ahora, todas estas teorías podrían explicar los ataques de las dos chiquillas, pero no explican la histeria colectiva que siguió después. Muchos expertos y estudiosos opinan que, si aceptamos que Betty Parris y Abigail Williams pudieron haber sido intoxicadas por cornezuelo, el comportamiento de otras niñas acusadoras tiene más que ver con la imaginación y la mentira que con un hongo venenoso, lo que no deja de ser cierto. En el caso de que Betty Parris y Abigail Williams mintieran, no se conocen los motivos que las llevaron a acusar a tres mujeres inocentes de practicar brujería. Se ha barajado la posibilidad de que las niñas tuvieran acceso a un libro escrito por Cotton Mather en el que relataba la historia de tres niños de una familia de Boston que, debido a sus ataques y convulsiones para los que no había explicación, habían sido "embrujados".

Sea esto verdad o no, tal vez para las niñas no fue más que una travesura que se les escapó de las manos. La causa más probable de la histeria colectiva fue la creencia religiosa en brujas que habían aparecido para lastimar a los puritanos, unida a las tensiones sociales que ya había entre Salem Town y Salem Village. Todo esto provocó que terminaran acusándose unos a otros, lo que demuestra los peligros de las ideologías que necesitan del sesgo de confirmación para prosperar. Los habitantes de Massachussets ya creían en las brujas porque la religión de la América colonial lo fomentaba; no necesitaban cornezuelo ni ninguna otra cosa. Sólo necesitaban la manifestación física de lo que ya sospechaban que era cierto y actuar en consecuencia.


lunes, 24 de julio de 2023

"Odio ser madre"

 

¡Hola a todos!

Tras casi dos meses de casada, no sabría decir si la luna de miel continúa o si nunca se ha terminado del todo, porque me siento exactamente igual que me sentía cuando era soltera y vivía con mi novio, al que hoy felizmente puedo llamar marido. Ahora que somos oficialmente una familia, sólo nos resta seguir con nuestras vidas como lo estamos haciendo hasta ahora: queriéndonos, cuidándonos y respetándonos mutuamente. Pero ocurre que, a ojos de la sociedad, somos una familia bastante pequeña. Sólo somos dos. ¿Y los niños, para cuándo? Ah, la inevitable pregunta que levanta tantas ampollas como provoca sonrisas. Hay mucha gente que detesta que le hagan esa pregunta, pues la consideran como una manera que tienen los demás en inmiscuirse en su vida y decirle lo que tiene que hacer.

Lo cierto es que la maternidad es un tema que me he planteado múltiples veces a lo largo de mi vida y en diferentes ocasiones. En mi infancia jugué con muñecas y Nenucos a los que me gustaba cuidar, arropar, dar besos e incluso reñir si se portaban mal; también jugaba a ponerme un cojín por debajo del vestido para ver cómo sería mi imagen si estuviera embarazada, cosa que me llenaba de ternura y grandes deseos de ser madre. Con el tiempo, mi visión mudó debido, quizá, a mi escasa paciencia con los niños o, más bien, a mis nulas habilidades para dirigirme a ellos de manera apropiada. Sus gritos me resultaban insoportables y su comportamiento, irritante. Además, tenía la convicción de que en el mundo no había más lugar para los niños que aquellos espacios que se les habían designado, bien lejos del resto de adultos y donde no molestaran más que a sus padres. Asimismo, veía a los padres como los culpables de provocar mi incomodidad trayendo a sus retoños a los lugares donde yo quería disfrutar y relajarme sin su presencia. ¡Quién me iba a decir a mí que, años después y con un novio de por medio, vería a los niños como criaturas adorables!

El algoritmo de Google es una cosa fantástica. Sabiendo que ya tengo cierta edad, me saltan con frecuencia anuncios de productos que el algoritmo cree que podría necesitar. Esto puede ir desde compresas hasta un seguro de vida, pasando por tiendas de vestidos de novia y, cómo no, clínicas de fertilidad. No sé si tengo problemas de fertilidad, puesto que tomo la píldora para no quedarme embarazada, pero tampoco es un tema que me machaque hasta el punto de que me sentiría una desgraciada si no fuese madre. Supongo que estoy en un punto medio: si las condiciones son idóneas, mi marido y yo nos podemos plantear la idea de tener hijos; si pasa el tiempo y no ha podido ser, no nos torturaremos por no haberlos tenido. Una de las cosas que implica más responsabilidad en esta vida es saber planificar una maternidad, pues no hay nada peor que tener un hijo no deseado.

Bueno, creo que sí lo hay: ser madre porque has querido pero odiar la maternidad.

Odiar la maternidad. Pocas cosas suenan tan monstruosas como esta afirmación, pues va más allá del no querer ser madre: Es considerar que ha sido un error serlo. La socióloga israelí Orna Donath, en su estudio titulado Regretting motherhood: sociopolitical analysis, recoge el testimonio de veintitrés mujeres arrepentidas de haber sido madres. La gran conclusión de estas mujeres es que haber sido madre ha sido el peor error de sus vidas. ¿Significa esto que odian a sus hijos? No son pocos los que podrían llegar a pensar eso, pero no es lo que estas madres afirman (al menos, no todas). Lo que subyace de sus palabras es que se arrepienten de no haber podido vivir sus vidas como se las habían imaginado y de que la maternidad no fuese la experiencia bonita que les habían pintado. En resumen, quieren a sus hijos pero detestan la experiencia de la maternidad. 

Pero, ¿por qué odian la maternidad? ¿Cuáles son los motivos de su odio?

Hay varios factores, en mi opinión y en la de personas más expertas, que podrían empujar a una madre a arrepentirse de la decisión de tomar hijos. Veámoslas una por una:


Sacrificio

Ser madre no es una tarea sencilla que deba tomarse a la ligera, ya que exige grandes sacrificios y responsabilidades. Una madre no deja de ser madre nunca. No puede tomarse unas vacaciones de la maternidad para volver recuperada y con las pilas cargadas, sino que es un trabajo que ocupa todas las horas del día, todos los días del año y todos los años que te restan de vida. Lo que muchas madres arrepentidas odian es que, además de los sacrificios que supone para ellas en cuestión de trabajo o carrera personal, sea una tarea tan poco agradecida y sin remuneración. Mi conclusión es que el ser madres no les reporta ningún otro beneficio que el experimentar la crianza de un hijo, y eso no colma sus necesidades personales y emocionales.


Perfección

Las madres arrepentidas culpan en gran medida a la sociedad por haberles metido en la cabeza la idea de que una madre es un ser de luz intachable al que hay que venerar por encima de todas las cosas. Se espera que una madre sea una criatura perfecta, generosa y benevolente, pero esta imagen está sesgada por una fantasía que no ocurre en la vida real (las madres de los cuentos son idealizadas hasta el extremo). La realidad es que la madre perfecta no existe, pero sí que existen muchas madres negligentes que no han querido o no han sabido criar a sus hijos, llenándolos de traumas e inseguridades. La madre arrepentida se siente culpable por no ser perfecta, y culpa a la sociedad por haberle inculcado el deseo de ser madre y por juzgarla cuando no es el dechado de virtudes que todos esperan que sea.


Impedimento

En los tiempos que corren, hay una especie de propaganda dirigida especialmente a las mujeres para que se queden solas, para que demonicen al hombre y no tengan hijos. El embarazo, la maternidad y la crianza se representan como un estorbo para la mujer que quiere salir adelante por sus propios medios. Y está muy bien que las mujeres puedan tener la libertad de elegir, sin la presión constante del paso del tiempo o del entorno cercano, si quieren tener hijos y dedicarse a su familia. Pero el caso es que hay toda una campaña destinada a desprestigiar la idea de formar una familia, y eso se puede ver en muchos alegatos feministas. Todo lo que rodea a la maternidad se considera maligno y pernicioso para la mujer, desde el amor romántico hasta los piropos, pasando por los vestidos recatados y el color rosa. Gracias a esta campaña de demonización, la mujer considera que la maternidad la hace débil en comparación con el hombre, y por ello la rechaza. Es entonces cuando se idealiza la vida de soltera y toda la libertad que conlleva (viajes, vivir experiencias diferentes cada día, tener una pareja sin ataduras), mientras que la vida de esposa se ve como una especie de cárcel para la mujer. La madre arrepentida ha visto que la maternidad le ha arrebatado su libertad y sus sueños de juventud, que no verá cumplidos, y detesta la experiencia.


Vistos estos factores, es imprescindible volver a la pregunta de base: ¿Se puede querer a un hijo y, aún así, odiar ser madre?

Una de las cosas que denuncian las madres arrepentidas es el verse señaladas por la sociedad cuando admiten odiar su papel como madres. Quedan retratadas como seres monstruosos y antinaturales, y lo cierto es que no puedo dejar de pensar en que una parte de ellas sabe que lo son. La madre arrepentida se escuda en su propio egoísmo, pues considera que siempre se les ha exigido mucho a las madres a cambio de nada y se las ha idealizado, impidiéndoles ser personas imperfectas como cualquier ser humano. En su opinión, se les ha enseñado que la maternidad es algo hermoso y deseable, que es la meta de todas las mujeres llegadas a cierta edad, y no entienden por qué no se sienten felices al ser madres. Y es que la maternidad puede llegar a ser extenuante: el hijo depende de su madre durante mucho tiempo y, para ello, la mujer debe sacrificar una parte de sí misma para dedicarse por entero a su retoño. Nadie dijo nunca que ser madre fuera fácil, pero nada que merezca la pena lo es.

Para llegar a la cuestión de fondo, es necesario saber qué cambios han experimentado las madres arrepentidas para llegar a la conclusión de que ser madre es la peor decisión que han tomado en sus vidas. Afirman que algo cambia en el momento en que se convierten en madres, pero yo opino que ese "cambio" ya se da antes de ser madres; de otro modo, no habrían tomado la decisión libre y voluntaria de tener hijos. También dicen que la maternidad les ha hecho perder amistades y que las excluyen de todos los planes; yo a eso respondo que si se pierden amistades por ser madre, la calidad de esa amistad es bastante baja. Y si las excluyen, será de planes que impliquen ocio nocturno, donde es evidente que no pinta nada un niño pequeño. También están las que dicen que sus conversaciones se limitan a temas que tocan única y exclusivamente al niño. Pues yo creo que eso se debe a que sienten tanto estrés que ya no tienen otro tema de conversación, porque tener un bebé no te resetea ni te anula como ser pensante. Se puede seguir leyendo, informarse, comunicarse con las personas... Tener un niño te quita tiempo, desde luego, pero no te impide seguir haciendo esas cosas.

A mi juicio, vivimos en una época en la que la sociedad ha prosperado y ha salido adelante hasta un punto que jamás nos habíamos imaginado, pero al mismo tiempo ha perdido algo. Nunca hemos vivido mejor que ahora, y se nos instruye en que hay que disfrutar de la vida todo lo que se pueda. Esto implica un desdén hacia la toma de obligaciones y la exigencia de cosas que se consideran derechos, como podría ser el trabajar poco pero cobrar mucho, no ir a ninguna guerra a luchar por unos ideales y no respetar nada que se oponga a nuestros deseos. Poco a poco hemos aceptado ese materialismo como objetivo de vida, un materialismo para el cual no nos importa sacrificar a quien haga falta con tal de cumplir nuestras ansias de placer inmediato. El hijo deja de ser un deseo y se ve como una obligación y una molestia que se trata de evitar con anticonceptivos o con el aborto, cuando no es sustituido por una mascota, mucho más fácil de mantener y que implica menos responsabilidades.

Y, ya para terminar, me surge una pregunta inevitable: ¿Qué pasa con los hijos de una madre arrepentida? Porque aquí sólo se ha hablado de los pensamientos y anhelos de la madre que aborrece la maternidad, pero no sabemos qué piensan o pensarán esos hijos cuando tengan más uso de razón. ¿Qué sentirán al oír a su madre decir que, por culpa de haberles llevado en el vientre, ahora odia su cuerpo lleno de grietas y estrías? ¿Qué pensamientos pasarán por su cabeza cuando se les recrimine que, por darles la vida, han renunciado a sus sueños y aspiraciones y que se sienten frustradas por ello? Es curioso que muchas de estas madres arrepentidas fueran, a su vez, hijas de otras madres arrepentidas o negligentes, que antepusieron su egoísmo a la crianza de sus hijos. No me quiero ni imaginar lo terrible que debe ser para un hijo sentir que es un estorbo para su madre, ni cuántas visitas al psicólogo necesitará para aliviar ese trauma. Un hijo concibe a su madre como el ser más especial del mundo porque es la primera persona a la que ve nada más nacer, la que siempre le acompaña, mima y cuida, la que siempre está ahí para enseñarle y ayudarle en lo que necesite. Con el tiempo y la madurez, comprendemos que las madres son personas y, por lo tanto, no son perfectas. ¿Por qué, entonces, eso no consuela a la madre arrepentida? ¿Acaso no quiere que se reconozcan sus imperfecciones como ser humano? Bajo mi punto de vista, el mensaje de las madres arrepentidas se contradice: Por un lado, quieren que se las reconozca como seres humanos capaces de cometer errores y equivocarse como cualquier otro, pero, al mismo tiempo, detestan que las consideren egoístas y las señalen por verbalizar su odio hacia la maternidad. Pero cada uno debe ser dueño de sus actos y sus palabras, y el día de mañana no debería sorprenderles que su hijo les recrimine su falta de amor hacia él y que la historia se repita como ya se ha repetido con ellas.

miércoles, 26 de abril de 2023

Mi boda íntima

 

¡Hola a todos!

Como algunos ya saben, dentro de poco me voy a casar. Es un momento muy emocionante para mi prometido y para mí, porque este acto, por nimio que parezca, simboliza algo tan importante como la unión de dos personas que se aman y quieren estar juntas de todas las maneras posibles. Como dijo Beethoven en una de sus cartas a su Amada Inmortal: 'Siempre tuyo. Siempre mía. Siempre nuestros'. Ese es el sentimiento que ambos compartimos el uno por el otro, así que era cuestión de tiempo que ambos decidiésemos dar el siguiente paso en la vida.

La pedida de mano fue uno de los momentos más especiales que he vivido nunca y, tras las oportunas llamadas a nuestras familias para darles la buena noticia, dimos por inaugurada la temporada de preparativos para la boda. Pero ahí también empezaron los quebraderos de cabeza.

Debo admitir que me planté ante la idea de preparar mi boda con el ego inflado y con ínfulas de wedding planner. La gran culpa de esto la tienen todos esos programas sobre bodas que me he tragado con el paso de los años, como ¡Sí, quiero ese vestido! y Mi boda perfecta. Estos programas mostraban a novias sonrientes e ilusionadas escogiendo sus vestidos de ensueño o dejándose llevar por el arte y experiencia de David Tutera para que les organizara una boda increíble. Y, quieras o no, una va pillando ideas de aquí y de allá, se fija en esto, le gusta lo otro... hasta que te haces una idea de qué quieres para tu propia boda. Y ya cuando hice el curso de floristería, con todos esos ramos de novia, pues fue el remate final.

Sin embargo, cuanto más pensaba en todos los detalles que quería incluir en mi boda, más triste me ponía. Sé de buena tinta que muchas novias esperan este momento con gran ilusión y se lo pasan de maravilla haciéndose cargo de todo, pero a mí sólo me provocaba una mezcla de estrés y pereza que, si no le ponía freno, acabaría desembocando en ataques de pánico. Las dificultades empezaron desde el principio: cuántos invitados íbamos a tener, dónde íbamos a celebrar la boda, cuánto dinero pensábamos invertir, el vestido de novia, el traje del novio, las flores, la música, los detalles, tener contento a todo el mundo... Y si algo me ha enseñado esta experiencia es que nunca, jamás vas a contentar a todo el mundo.

Confieso que nuestra primera idea era la más sencilla de todas: una boda íntima, tan íntima que incluso se la podría calificar de privada. Solos mi prometido y yo, con dos amigos como testigos, en el registro civil. Luego, una comida deliciosa, pasarlo bien el resto del día y listo. Como vivimos en Madrid y nuestras familias residen en Galicia y en Extremadura respectivamente, se nos complicaba bastante juntar a toda la gente que queríamos, de modo que nos ofrecimos a montar dos pequeñas fiestas cuando fuésemos a visitarles, y así sería más cómodo para todos y nadie, salvo nosotros, tendría que hacer demasiado gasto.

Desde el principio, esta idea fue vista con escepticismo por algunas personas, debido quizá a que no es lo que se suele hacer y es algo que se sale de lo tradicional. A veces cuesta romper las costumbres, y las bodas tienen una parafernalia tan arraigada que resulta difícil de entender que se vaya a celebrar un enlace sin la presencia de las familias. Empezaron a darse otras alternativas que suponían más gasto, más estrés y más problemas añadidos, hasta que al final nos dimos cuenta de que nos estábamos desviando de nuestro deseo por tratar de complacer a los demás. Así que tomamos el toro por los cuernos y decidimos atajar la situación: la boda se haría en la más estricta intimidad, tal como nosotros queríamos.

Pero, ¿por qué elegir tener una boda tan pequeña? Pues os he mencionado un par de motivos, pero voy a desgranároslos un poco más para que podáis entenderme. Y ojo, que no estoy criticando a aquellos que decidieron liarse la manta a la cabeza y montar una gran celebración para el día de su boda. Pensad que cada pareja es distinta, todos tenemos nuestros propios gustos y, al final, lo que cuenta es que los novios estén contentos en su gran día. Y, quién sabe, igual os doy algunas buenas razones para que escojáis celebrar una boda íntima si estáis pensando en casaros y, como yo, queréis evitaros preocupaciones y, de paso, ahorraros un dinerillo.




Es más barata

Las bodas son caras, eso lo sabe todo el mundo. Lo que muchos igual no saben es que pueden ser más caras de lo que habían pensado. En España depende mucho de la comunidad en la que se va a celebrar, pero las cifras suelen rondar los 20.000 euros, lo cual es una barbaridad para una fiesta de un día. Nosotros no tenemos esa cantidad exorbitante de dinero, y una de nuestras ideas inamovibles es que la boda queríamos pagarla nosotros y evitar pedirle dinero a la familia, así que la opción de la boda sencilla se empezaba a poner cada vez más atractiva. No va a ser una ceremonia religiosa, sino civil, así que hemos decidido celebrarla en el registro civil de nuestra ciudad, que además es gratuito (en el ayuntamiento tendríamos que pagar), y así redujimos los costes de la ceremonia al mínimo. Una boda civil es tan válida como una boda en una catedral, con trescientos invitados y un banquete enorme, y para nosotros fue la mejor opción desde el principio.


Puedes elegir dónde invertir más dinero

Esto viene relacionado con el punto anterior. Cuando digo que las bodas son caras, me refiero a que todo, absolutamente todo, va a ser caro. Da igual que sea la reserva del restaurante o el tocado para el pelo: en cuanto le pones la etiqueta "de boda", automáticamente va a doblar o incluso triplicar su precio. Lo vi cuando hice el curso de floristería y preparábamos ramos de novia. Esos ramos, que normalmente podrían costar unos cuarenta euros, si eran de novia podía salirles por más de cien, y sólo añadiéndole dos o tres detalles, como hacerlo un poco más bonito, ponerle un lazo y un alfiler. Y ejemplos así hay miles, como sabe cualquiera que haya consultado el precio del cubierto en el restaurante donde quiere celebrar su boda.

Mi novio y yo tuvimos muy claro desde el comienzo que no queríamos gastar demasiado. Y, dado que somos gallega y extremeño, y nuestras familias son más de disfrutar de una buena comida, pues tomamos la decisión de que, si teníamos que invertir dinero, sería en los banquetes. Mi vestido lo compré en una página de ropa en internet, al igual que los zapatos y el tocado que voy a llevar; seré yo misma quien se maquille (aunque del peinado se encargará una peluquera, eso sí) y se arregle el gran día; mi ramo de flores y el prendedor para mi novio serán un regalo de nuestros testigos; es bastante probable que no tengamos fotógrafo, porque lo que cobran es excesivo para nuestro presupuesto; y así podría seguir durante un buen rato. Al final, nos quedó claro que la comida con nuestras familias era más importante, así que ahí es donde pusimos la mayor parte de nuestro presupuesto, creo que con bastante acierto.


Dificultades para reunir a la familia

El problema que se nos presentó desde el principio fue el de reunir a nuestras familias para el evento. Teníamos tres lugares posibles donde celebrar el enlace: en Madrid, que es donde residimos mi prometido y yo; en Galicia, que es la tierra que me vio nacer; o en Badajoz, hogar de la familia de mi novio y donde está la mayoría de sus muchos parientes. Pero está el problema de las distancias, y es que más de 600 kilómetros me separan de los míos, y otros 400 kilómetros de la familia de mi novio; y no digamos ya la enorme distancia que hay entre el norte de Galicia y la propia Badajoz. Es mucho trayecto para recorrer en carretera, y el transporte por tren también se complica bastante (la red ferroviaria en España no es de las mejores, precisamente). Por supuesto, el viaje en avión supondría muchos más gastos, y algunos de nuestros parientes son mayores o tienen problemas de salud, y no estaban para un viaje tan ajetreado.

La idea principal y más cómoda para todos era celebrarlo en Madrid, no sólo porque aquí estamos los dos empadronados, sino porque además era más fácil para el papeleo y otros trámites importantes. Con todo, el problema de poder juntarlos a todos seguía ahí y, aunque algunos parientes no tenían demasiado problema en desplazarse, había muchos que sí los tenían y se les complicaba demasiado el viaje. Mi novio y yo decidimos que, en vez de celebrar una boda en la que uno de los dos echase de menos a un pariente que no había podido venir, era mejor que no viniese nadie de ninguna de las dos familias. La boda sería sencilla, tan sencilla que sólo estarían los dos testigos que nosotros quisiéramos, y cuando volviéramos a nuestros hogares para visitarles, lo celebraríamos con ellos. Al final, tantas vueltas para volver a la idea que teníamos al principio.


No me gustan las multitudes

Quienes me conocen, saben que soy una persona bastante tímida. Bueno, muchos dirán que no, pero eso es porque ya saben que, en la intimidad y con la gente que me quiere, tiendo a mostrarme abierta, sonriente y divertida. Pero esto no me pasa con los desconocidos, con quienes suelo ser muy reservada. La timidez es una maldición que pocos comprenden, pero los introvertidos nos entendemos entre nosotros, y sabemos lo mal que se pasa cuando tenemos que estar rodeados por una cantidad ingente de personas de las que apenas sabemos nada y que se empeñan en pegarse a nosotros y obligarnos a hacer cosas como hablar en público, bailar y posar para hacer fotos.

No me gustan los grandes espacios llenos de gente. Las multitudes me agobian y me hacen querer salir de ahí y buscar un rincón apartado en el que poder respirar. Es como si me ahogara sólo de ver tanta gente, y eso es lo que quería evitar en mi boda. Cuando barajamos la opción de traer a los parientes más allegados, mi cifra no llegaba a veinte personas, que es más que suficiente para mí. Pero por la parte de mi novio la cosa se complicaba, pues pertenece a una familia muy numerosa y había muchos parientes a los que había que invitar sí o sí. Sus hermanas me hablaron de sus bodas de doscientos cincuenta invitados y yo empecé a sentir mareos, así que le pedí que no fueran más de treinta personas. Como esto vino a raíz de los problemas para viajar de algunos de nuestros potenciales invitados, pues decidimos reducirla al máximo: sin invitados.

Ojo, que esto se limita al día de la boda. En las respectivas celebraciones, estaremos con nuestras familias en un ambiente más relajado y alegre.


No me gusta ser la protagonista

Sí, ya lo sé. Sé que la novia es la gran protagonista de su boda y que toda la celebración suele girar en torno a ella. Es la que va mejor vestida, la mejor peinada y maquillada, toda la atención está puesta en ella, hay reglas especiales para no opacarla... Todo está pensado para complacer y agasajar a la novia, y sé que diréis que estoy loca, pero esto a mí me parece de un egoísmo flipante. Igual soy yo la única que piensa así, pero poneos por un instante en mi lugar. ¿Por qué es la novia la única protagonista? ¿Qué pasa, que el novio no se casa también? ¿Él no importa? ¿Sólo hace falta que esté presente, diga 'sí, quiero' y luego que cierre el pico el resto del día y procure no dejar quedar mal a su reciente esposa? Pues a mí esto no me gusta, la verdad. El novio es tan importante como la novia, y esto se lo hice saber a mi prometido desde el primer momento. Le he implicado en todas las cosas que concernían a la boda, le pedí su opinión para todo, le pregunté si había algo que quisiera hacer y que le hiciera especial ilusión... La boda no sólo es el día de la novia, sino también el del novio, y tiene derecho a lucir bien, destacar y tener toda la atención.

De todas formas, nunca he sido una persona a la que le gustara destacar. Puede que esto se deba a mi tendencia a la introversión, pero estoy más tranquila en un ambiente pequeño en el que se me tenga en cuenta, pero que no me estén mirando todo el tiempo, ni me exijan a hacer cosas que no quiero. Y también quería que mi novio fuese protagonista de su día especial, por supuesto. Después de preguntarle su parecer, me dijo que no quería algo grande, sino sencillo y muy personal. Algo sólo nuestro. La respuesta estaba clara: una boda íntima. Solos él y yo.


Es más fácil de organizar

Parece mentira que algo tan sencillo, en apariencia, como una boda, pueda convertirse en una pesadilla a la hora de organizarla. Yo pensaba, ingenua de mí, que con mirar un par de sitios donde comer, buscar un vestido no muy caro y mandar las invitaciones, ya estaba todo listo, pero resulta que hay que tener en cuenta infinidad de detalles en los que yo ni siquiera había pensado. Están el vestido y los zapatos, claro, pero también hay que mirar de comprar el velo, las joyas, las flores, la decoración para el lugar de la ceremonia y el ramo (y los ramos para la madre y la suegra, cuidado), mirar en tropecientos restaurantes que puedan acogernos a todos y no pasarse en el precio, el fotógrafo, la música (no es lo mismo poner un DJ que una orquesta), la tarta, los detalles de regalo para los invitados... Era un follón enorme, y sólo de pensar en ello me ponía mucho más nerviosa. Ahora entiendo por qué hay tantas noviazillas por ahí: son mujeres agobiadas por los preparativos de la boda, lo que las vuelve más peligrosas, exigentes e insoportables. Y como yo no quería ser una noviazilla, me fui a lo que me daba más facilidades para organizarme, que es, una vez más, la boda íntima.

Creedme, si tendéis a poneros nerviosos por todo, esta opción puede ahorraros muchos quebraderos de cabeza.


Sólo nosotros dos

Y por último, y más importante que todo lo anterior, está el hecho de que el tema principal de nuestra boda era 'Sólo nosotros dos'. Lo sacamos de la canción Just the Two of Us, de Grover Washington Jr., que a ambos nos encanta, y que se convertirá en una de nuestras canciones para bailar como pareja casada. Y es que gran parte de nuestra historia juntos tiene que ver con el hecho de ser sólo nosotros dos.

Cuando empezamos a salir, mi novio y yo vivíamos separados por motivos de trabajo y sólo podíamos hablar una vez al día por teléfono, que coincidía cuando salíamos de trabajar. Cuando tuve la oportunidad, me mudé con él a Madrid y empezamos una nueva vida juntos, los dos solos. Y justo cuando aún estábamos dando los primeros pasos, nos cayó la pandemia con todo el peso, obligándonos a estar encerrados en casa. Esto, lejos de ponernos nerviosos, nos ayudó mucho porque forzó nuestra convivencia (antes, mi prometido trabajaba fuera de casa y venía muy tarde, así que casi no nos veíamos) y nos enseñó a vivir juntos como pareja. Salimos del encierro como si no lo hubiéramos notado, más fuertes y seguros que nunca, porque sabíamos que siempre nos tendríamos el uno al otro. Siendo así las cosas, ¿cómo no íbamos a elegir ese tema para nosotros? Nos caía como anillo al dedo.

Y es por esa razón que la boda íntima era algo esencial para los dos, porque aunaba todo cuanto éramos y significábamos el uno para el otro.


jueves, 13 de abril de 2023

Palacios para todas las estaciones

 

¡Hola a todos!

Empezaremos esta entrada con una pregunta: ¿A quién no le gustaría vivir en un palacio? Cuando pensamos en un palacio, a nuestra mente vienen imágenes que parecen sacadas de cuento: amplios salones, muebles dorados, sillones forrados de seda y terciopelo, cuadros inmensos, lámparas de ensueño, música de violín y clavicordio en cada habitación... Y esto no se aleja mucho de la realidad, sobre todo de la realidad dieciochesca. La época de los grandes palacios, esos que tanto han marcado nuestro imaginario, fue el siglo XVIII, y el primero que nos viene a la cabeza es el Palacio de Versalles, ¿a que sí? No es casualidad: el Palacio de Versalles es uno de los complejos arquitectónicos monárquicos más importantes de Europa, y durante años fue copiado hasta la saciedad por los miembros de la monarquía borbónica.

Pero la belleza no se limita solo a Versalles, y hay otros palacios que también merecen nuestra atención por los hermosos tesoros que guardan en su interior. En España, la llegada de los Borbones en 1700 trajo multitud de cambios en varios ámbitos y, cómo no, las residencias reales también sufrieron cambios significativos que las diferenciaban de las pertenecientes a la dinastía anterior, los Austrias. En la época, era costumbre que la corte real fuese itinerante, es decir, que los reyes no vivían todo el año en el mismo sitio, sino que se trasladaban a otras casas y palacios de su propiedad situadas en lugares más idóneos según la época del año en que se encontraban.

El motivo de esta entrada es hablaros de algunas de estas residencias palaciegas en España, más concretamente en Madrid y alrededores, ya que es donde más tiempo pasaron los monarcas, sobre todo a raíz de que se estableciera la capital en la Villa de Madrid en 1561, estando Felipe II en el trono de las Españas. Hoy vamos a hacer un recorrido de un año por los Reales Sitios de la Corona española. Acompañadme en este viaje a través de las cuatro estaciones y os hablaré un poco de cómo eran los palacios donde los reyes pasaban sus días.


PRIMAVERA

Palacio Real de Aranjuez




Al sur de la capital, entre el valle del Tajo y la desembocadura del Jarama, se sitúa la ciudad de Aranjuez, lugar donde podemos encontrar uno de los Reales Sitios más bonitos de Madrid. El Palacio de Aranjuez es, sin lugar a dudas, la principal atracción del conjunto monumental de la villa, y es visita obligada para todo amante de los palacios.

En el siglo XIV, la Orden de Santiago construye ahí una casa hospital, y son los Reyes Católicos en el siglo XV los que lo convierten en Palacio Real, y a partir de entonces será utilizado como residencia de primavera por todos los reyes de España hasta Isabel II. El rey Felipe II le dio el aspecto actual, que es de estilo herreriano y que recuerda mucho al Escorial. Sin embargo, serán Carlos III y Fernando VI quienes mandarán hacer las principales ampliaciones en un estilo más barroco, muy del gusto del siglo XVIII.

El Palacio de Aranjuez es hermoso y está lleno de sorpresas, como el pequeño despacho abovedado descubierto hace relativamente poco en la Sala de Alabarderos, el suelo original del salón comedor, las paredes revestidas de seda del Tocador de la Reina o el cuadro de un paisaje realizado con diminutas teselas. Sin embargo, destacaría por encima de todo la belleza de la Sala de la Alhambra (que en su día fue sala de fumadores), el impresionante Oratorio del Rey y la Sala de Porcelana, cuyas paredes y techos están revestidos de más de dos mil placas de porcelana finamente labradas. La lámpara de esta sala es espectacular, pues representa una palmera arrancada, y las raíces son los diferentes brazos de la lámpara. También podemos encontrar aquí parte de la colección de relojes de Carlos IV (a quien le apasionaban estos artefactos), tres magníficos pianos (uno de ellos tocado por el maestro Joaquín Rodrigo) y el carruaje de la reina Isabel II, además de los trajes que los reyes eméritos Juan Carlos I y Sofía usaron en su proclamación como Reyes de España, así como los vestidos de novia de la reina Sofía, la reina Letizia y las infantas Elena y Cristina.

Fuera ya del palacio, es imprescindible visitar los jardines que lo circundan. Se les conoce como Jardines de la Isla, y son tan bonitos que se dice que inspiraron al maestro Joaquín Rodrigo para componer su famoso Concierto de Aranjuez. Los jardines se crearon en el siglo XVIII y están sembrados de fuentes, cascadas y esculturas que representan a varios personajes de la mitología grecorromana. Su diseño recuerda mucho a los jardines palaciegos franceses, algo que no sorprende dado que la monarquía borbónica procede de Francia. Ya fuera del recinto, se puede visitar la Casa del Labrador y el Museo de Falúas Reales, donde se conservan las barcazas o falúas que los reyes usaban en sus paseos de recreo por el río Tajo o el Retiro.


VERANO

Palacio de Riofrío




Dejamos Madrid por el momento y nos dirigimos a la cercana Segovia, lugar donde se encuentra este pequeño palacio escondido entre más de seiscientas hectáreas de bosque. El edificio destaca por su unidad de estilo y su aspecto lineal y armonioso; pero, a pesar de la singularidad y belleza del entorno, fue un palacio sin huéspedes durante más de cien años, lo que lo convierte en el palacio más desconocido de esta lista, y por eso es fácil que pase desapercibido.

En el año 1751, la reina viuda Isabel de Farnesio impulsó en Riofrío la construcción de su propio señorío con la intención de dejárselo a su hijo, el infante don Luis, como lugar de retiro. Se encargó el proyecto al arquitecto italiano Virgilio Ravaglio, pero la temprana muerte de este artista hizo que otros tuvieran que encargarse de su diseño y construcción. El resultado fue este palacio de líneas sencillas y elegantes, de un estilo muy italiano. Aunque la idea principal era construir todo un complejo palaciego con casas de oficios, caballerizas, iglesias y un teatro, el ascenso al trono de Carlos III, hijo primogénito de Isabel de Farnesio, hizo que la reina viuda volviese a la corte y que no llegara a habitar este sitio, que durante muchos años sería utilizado como pabellón de caza. Habría que esperar al siglo XIX a que dos reyes tomaran Riofrío como residencia personal. El primero fue don Francisco de Asís de Borbón, esposo de la reina Isabel II, que lo usó como lugar de retiro para alejarse de las burlas y ninguneos que sufría en la capital española; y el segundo sería el rey Alfonso XII, que utilizó el palacio durante su periodo de luto por la muerte de su primera esposa, la reina María de las Mercedes.

El Palacio de Riofrío es, quizá, la residencia real menos fastuosa de todas las que componen los Reales Sitios, pero no por eso es menos bonita. Es un palacio en donde se respira una atmósfera muy hogareña. Cuando uno pasea por sus salones, ve cómo era la vida diaria de la realeza borbónica, muy lejos de la vida oficial, con toda su pompa y protocolo. En este sentido, es un palacio profundamente anticortesano. De entre sus pocos salones, destacan el Salón del Billar, la Sala de Servicio al Comedor con su montaplatos original, el Dormitorio de Francisco de Asís y el magnífico Oratorio, en donde además de recuperarse el altar que estaba oculto, se restituyó el reclinatorio del rey con la pieza de terciopelo bordada en plata y con las armas reales, y una colección de 149 cuadros pintados por Giovanni del Cinque en los que se relata la historia de la Pasión de Cristo, y que es posiblemente la mayor colección pictórica completa sobre la vida de Cristo que existe en toda Europa.

En la parte inferior de este palacio se encuentra el Museo de la Caza, que consta de una serie de dioramas donde se muestran cerca de doscientos ejemplares disecados de la fauna ibérica.


Palacio de la Granja de San Ildefonso




A once kilómetros de la localidad de San Ildefonso, a los pies de la Sierra de Guadarrama, se alza el complejo palaciego de la Granja de San Ildefonso. Felipe V, prendado de la belleza del lugar, mandó construir aquí un palacio y unos jardines adornados con esculturas y fuentes que le recordaban su infancia en la corte francesa de su abuelo, el rey Luis XIV. Fue su gran obra personal, y durante su largo reinado se ocupó de las sucesivas ampliaciones. Encargó las obras del palacio a Teodoro Ardemans y las de los jardines a René Carlier, quienes en poco tiempo terminaron el conjunto. Aquí fue donde Felipe V anunció en 1724 que abdicaría en su hijo Luis, pero a la temprana muerte de este se vio obligado a volver al trono. El Real Sitio de San Ildefonso tuvo que adaptarse a este cambio, pues había pasado de ser un lugar de recreo a convertirse en la residencia predilecta del monarca, sobre todo en los meses de verano.

El palacio de la Granja constituye una maravilla para la vista y es un magnífico ejemplo de la pompa y boato cortesanos de los primeros Borbones. Sus jardines enmarcan un edificio de estilo italiano con fachada de piedra rosa, granito y mármol de Carrara. La decoración del interior del palacio es de estilo barroco, con estatuas y techos abovedados pintados con frescos alegóricos. La sala más importante de este palacio es el Dormitorio de Sus Majestades, decorado con colgaduras de damasco ricamente bordadas, pero no son menos hermosos el Gabinete de la Reina, la Galería de Retratos, el Salón de Lacas o el Gabinete de Espejos.

Las salas de la planta baja del palacio albergan la colección de esculturas de la reina Cristina de Suecia, que fue adquirida por Felipe V y su esposa. Hay dos salas dedicadas a los cuatro continentes que se conocían por entonces, marcadas por los propios reyes con sus respectivos símbolos (el aspa de Borgoña de Felipe V y la flor de lis de Isabel de Farnesio). La Sala de Mármoles está decorada con una curiosa mezcla de mármol, bronce y espejos; el estuco blanco con bordes dorados cubre la bóveda donde se representa el rapto de Europa.

Además de recorrer las dependencias reales, no se pueden dejar de visitar el Museo de Tapices y la Capilla Real o Colegiata, construida por Ardemans y redecorada por el maestro Sabatini durante el reinado de Carlos III. Y, por supuesto, es imprescindible la visita a los jardines aledaños al palacio, en donde todos los veranos se hacen en sus fuentes los juegos acuáticos que tanto embelesaban a Felipe V.


OTOÑO

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial




Considerado la octava maravilla del mundo, el Monasterio de San Lorenzo se construyó entre 1563 y 1584 por decisión de Felipe II para ser panteón de los reyes españoles y albergar la Biblioteca, el Convento, el Seminario (hoy transformado en Colegio) y los Cuartos Reales. Agrupando en un edificio varias funciones, San Lorenzo el Real nace como un monasterio de monjes de la orden de San Jerónimo, cuya iglesia sirviese como panteón del Emperador Carlos V y de su mujer, Isabel de Portugal, así como de su hijo Felipe II, sus familiares y sucesores, y donde los frailes orasen ininterrumpidamente por la salvación de las personas reales. Asimismo, cuenta con un palacio para alojar al rey, como patrono de la fundación, y a su séquito. El Colegio y el Seminario completan la función religiosa del Monasterio, y la Biblioteca se establece para estos tres centros. Este esquema se mantiene, en cierto modo, en la actualidad. La figura de Carlos V es decisiva en la fundación de este Real Sitio por lo mucho que influyó en el espíritu de su hijo, por el ejemplo de sus últimos años pasados entre los monjes jerónimos de Yuste y por la necesidad de dotarle de una digna sepultura.

Todo lo que se diga sobre el Monasterio del Escorial es quedarse corto. Es un auténtico deleite para los sentidos y cuenta con multitud de rincones tan bellos como curiosos. Son realmente impresionantes la Basílica, que marca el eje principal del monasterio y es uno de los ejemplos arquitectónicos más notables del Renacimiento español; el claustro principal, en donde encontraremos una nave decorada con un magnífico fresco titulado La Gloria de la Casa de Austria; el Panteón de Infantes y el Panteón de Reyes, donde están sepultados los miembros de la familia real española. Es sorprendente la Real Biblioteca, fundada por Felipe II como centro del saber científico y humanístico del Renacimiento, con obras manuscritas e impresas de diferentes épocas, lenguas y culturas, y que fue puesta por el propio rey a disposición de cualquiera que necesitara consultar esos libros para sus estudios e investigaciones.

En el Monasterio también se construyeron las estancias palaciegas, y podemos encontrar las habitaciones en las que vivieron los Austrias y los Borbones respectivamente. El palacio de los Austrias está enclavado a ambos lados de la cabecera de la Basílica. Cuenta con el Cuarto del Rey y el Cuarto de la Reina, distribuidos de manera simétrica. Las estancias utilizadas por los Borbones durante el otoño, época en la que solían ir al Escorial, están vestidas con una fantástica colección de tapices, mobiliario y otras artes decorativas de los siglos XVIII y XIX.


Casita del Príncipe




La Casita del Príncipe, o Casita de Abajo, es otra de las residencias de la familia real española, aunque suele pasar desapercibida para la mayoría de los visitantes. Fue construida en la villa de El Escorial entre 1771 y 1775 a partir de un diseño de Juan de Villanueva, uno de los arquitectos más importantes del neoclasicismo español. El motivo de su construcción obedece a fines recreativos, pues fue utilizada en diversas ocasiones por Carlos IV, por entonces Príncipe de Asturias. No muy lejos de su enclave se encuentra la Casita del Infante, o Casita de Arriba, destinada al Infante Gabriel de Borbón, hijo de Carlos III y hermano de Carlos IV, aunque su valor histórico y artístico es inferior.

La Casita del Príncipe es como un pequeño lugar de ensueño. Está rodeada por dos jardines comunicados entre sí por dos pórticos de columnas toscanas, y cuenta con fuentes, cascadas, estanques, paseos y setos de boj, muy del gusto de la época. A esto se añade la existencia de un extenso parque a su alrededor, poblado por especies autóctonas, como el roble y la encina; alóctonas, como la secuoya y el pinsapo; y otros árboles típicos de jardines.

El interior de la Casita guarda una relevante decoración dieciochesca, que recuerda mucho a un pequeño Palacio de Versalles o un Petit Trianon. Cuenta con decoraciones neoclásicas de Ferroni, de estilo pompeyano y etrusco, sedas, tapicerías, mobiliario, lámparas y relojes. Además, alberga una valiosa colección de pinturas auténticas, entre las que destacan las realizadas por Luca Giordano, de estilo muy exuberante. En esta Casita, el Príncipe de Asturias y su esposa, María Luisa de Parma, buscaban escapar del protocolo cortesano y pasaban las horas solos o con sus amigos jugando, tocando instrumentos musicales o disfrutando de pequeñas representaciones teatrales. El hecho de que en la Casita no haya un cuarto destinado a dormitorio demuestra que su uso se limitaba a disfrutar de la casa durante el día, ya que por la noche se retiraban a dormir a sus estancias en el Monasterio del Escorial.


INVIERNO

Palacio Real del Pardo



El Palacio Real de El Pardo es un edificio vinculado estrechamente a la historia de España. Mandado construir por orden de Carlos V en el siglo XVI, fue mandado ampliar en el XVIII por Carlos III. Sus orígenes como cazadero real están vinculados al monte de El Pardo, un espacio natural de gran valor y considerado como el bosque mediterráneo más importante de la Comunidad de Madrid. Aunque durante mucho tiempo fue la residencia invernal de los Borbones, desde 1983 fue la residencia oficial de los Jefes de Estado extranjeros, e incluso el dictador Francisco Franco llegó a vivir aquí.

Felipe II terminó la obra del palacio que había iniciado su padre, introduciendo por primera vez las techumbres de pizarra a la flamenca, con altos caballetes y chapiteles, y decorando su interior con importantes frescos y una galería de retratos donde había obras realizadas por el mismo Tiziano. Felipe III se encargó de reedificar el palacio tras su destrucción en un incendio, pero Felipe V alteró completamente la distribución del interior para albergar a toda la corte. Será Carlos III el que le encargue a Sabatini la ampliación de este palacio con un patio igual al que ya existía y con un paso para las carrozas, además de decorar las habitaciones del Príncipe de Asturias con varias series de tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara, entre los que se encuentran obras de Ramón Bayeu, José del Castillo y Francisco de Goya. En este palacio, entre otros habitantes, estuvo el rey consorte Francisco de Asís de Borbón durante su primera separación de su esposa, la reina Isabel II; fue aquí también donde Alfonso XII pasó su luna de miel con su amada esposa María de las Mercedes, y donde se retiró a finales de 1885 para mejorar su salud, cosa que no sucedería. También se alojó aquí la futura reina Victoria Eugenia de Battenberg días antes de su boda con Alfonso XIII.

El palacio presenta, en su apariencia exterior, la doble herencia que recibió del viejo alcázar de los Austrias y las sucesivas reformas llevadas a cabo por los Borbones. La planta triangular, el foso, los torreones en las esquinas, las puertas y ventanas enmarcadas con piedra labrada, los techos de pizarra y los emplomados nos hablan de su etapa Austria. Pero las torres achatadas, las mansardas y el enfoscado color crema, así como la fachada obra de Sabatini, son fruto de su época Borbónica.

Entre las muchas cosas hermosas que alberga el Palacio de El Pardo, destacan varias de sus salas, como el Aposento de la Reina, en cuyos techos están representadas varias escenas de la vida de José, hijo de Jacob; la iglesia, con su inmensa bóveda central (donde se casaría años más tarde Carmen Martínez Bordiú, nieta de Franco); el Teatro de la Corte, de los pocos que se conservan en España con esas características; el Comedor del Rey, que se convertiría en Salón de Embajadores en el siglo XIX y luego en despacho oficial de Franco, y a su alrededor estancias como el Oratorio, la Sala del Café y la Sala de Aparadores.

En el recinto palacio de El Pardo también hay otros lugares hermosos que se pueden visitar, como la Casita del Príncipe (ojo, no es la misma que la de El Escorial), la Sala Histórica de la Guardia Real, el Convento de los Padres Capuchinos, la Quinta del Duque del Arco y el propio Monte de El Pardo.


Palacio Real de Madrid




Y terminamos con el Palacio Real, el más grande de Europa occidental y también uno de los más grandes del mundo. Es, además, de las pocas residencias oficiales de Jefe de Estado que está abierta al público, ya que, aunque los Reyes de España realizan aquí actos oficiales, su residencia habitual es el Palacio de la Zarzuela.

El Palacio Real, tal como lo podemos ver, data del siglo XVIII. Fue construido sobre los restos del antiguo Alcázar de Madrid, que Felipe II convirtió en residencia oficial de los Reyes de España desde 1561. Pero este Alcázar quedó completamente destruido a raíz de un incendio ocurrido en la Nochebuena de 1734, por lo que el Palacio como tal se construyó en época de Felipe V, y se hizo al estilo francés versallesco. Arquitectos italianos como Filippo Juvara y Juan Bautista Sachetti dieron forma a este colosal palacio, aunque otros distinguidos arquitectos participaron, como Ventura Rodríguez, de quien es la Real Capilla, o Francesco Sabatini, que se encargó de la conclusión del edificio y de la magnífica escalinata que recibe al visitante. Las obras del Palacio Real terminaron en época de Carlos III, primer monarca que habitó de forma continua este palacio.

De las más de tres mil habitaciones de las que consta el Palacio Real, el visitante solo podrá ver once, en donde está concentrado todo el esplendor de los primeros Borbones. Los impresionantes frescos de Giaquinto y Tiepolo transmiten el espíritu del Barroco, tan abigarrado y extravagante, y que contrasta con la sobriedad de la que hacían gala los Austrias. Son absolutamente arrebatadoras las Estancias del Rey, decoradas por el artista del estuco Gasparini, con sus paredes y muebles forrados de seda bordada, los grandes espejos, las magníficas lámparas y el mosaico del suelo, que ya habla de un estilo cercano al Rococó. Tampoco nos debemos perder el Salón del Trono, conocido también como Sala de Embajadores, donde se respira el lujo y la belleza, desde el mobiliario hasta la gran pintura de la bóveda; las consolas, los espejos de la Granja, los relojes y las excepcionales arañas de cristal tallado dan al salón la prestancia regia que requiere esta sala. Otra sala que tampoco debemos ignorar es el Salón de Porcelanas, una pequeña habitación totalmente revestida de placas de porcelana atornilladas una por una. La Capilla Real, de arquitectura y materiales muy refinados, es un festival de mármoles negros, estucos dorados, pinturas de Mengs y esculturas de gran belleza, todo bajo una cúpula en la que Giaquinto pintó la coronación de la Virgen; mención aparte para el espectacular órgano de 1778, construido por el mallorquín Jorge Bosch, organero de Su Majestad.

Es imposible hablar de toda la belleza que se ha concentrado en el Palacio Real de Madrid, pues es algo que todos deberíamos ver alguna vez para deleitarnos con su esplendor. Desde la Sala de Alabarderos hasta las Cocinas, pasando por la Armería Real, todo es de una maravilla difícil de describir. Solo puedo decir que tenéis que verlo por vosotros mismos, y que la fantasía de cada uno se deje llevar por donde quiera.