sábado, 21 de julio de 2018

El Rincón del Lector X: Fariña


¡Hola a todos!

Y seguimos con la racha lectora en La Biblioteca de Laura, que estamos que no paramos. Llevaba mucho tiempo queriendo leer el libro que os traigo hoy, pues tiene unas características que lo han convertido en algo muy especial a mis ojos. La primera, porque la temática de este libro se sale de lo que suelen ser mis gustos habituales. La segunda, porque la acción ocurre en Galicia, mi tierra, en un tiempo que no me queda demasiado lejos. Y la tercera, porque el polémico secuestro que ha sufrido este libro durante varios meses acabó por picarme la curiosidad y me hizo prometer que, si algún día se levantaba el secuestro, lo compraría y lo leería. Este no es un libro como otros que he reseñado. Pocas veces encontraremos una historia tan auténtica contada con tanta libertad como ha hecho Nacho Carretero, su autor. Nunca me habría imaginado que un libro sobre el narcotráfico gallego pudiera traer tanta controversia, pero ahora que lo he leído, creo que entiendo por qué muchos han intentado silenciarlo. Por suerte, al final no se han salido con la suya.


Título: Fariña

Autor: Nacho Carretero

Editorial: Libros del K.O.

Nº de páginas: 365 págs.

Año: 2015

Sinopsis: Coca, farlopa, perico, merca, fariña. Nunca Galicia comercializó un producto con tanto éxito. Aunque ahora parezca una pesadilla lejana, en los años 90 el 80 por ciento de la cocaína desembarcaba en Europa por las costas gallegas. Aparte de su privilegiada posición geográfica, Galicia disponía de todos los ingredientes necesarios para convertirse en una «nueva Sicilia»: atraso económico, una centenaria tradición de contrabando por tierra, mar y ría, y un clima de admiración y tolerancia hacia una cultura delictiva heredada de la época de los «inofensivos» y «benefactores» capos del tabaco. Los clanes, poderosos y herméticos, crecieron en un clima de impunidad afianzada gracias a la desidia (cuando no la complicidad) de la clase política y de las fuerzas de seguridad. A través de testimonios directos de capos, pilotos de planeadoras, arrepentidos, jueces, policías, periodistas y madres de toxicómanos, Nacho Carretero retrata con minuciosidad un paisaje criminal con frecuencia infravalorado. En el imaginario popular, ese costumbrismo kitsch de capos con zuecos y relojes de oro ha oscurecido el potencial destructivo de un fenómeno que arrasó el tejido social, productivo y político de Galicia. Fariña incluye, además, un repaso inédito por los clanes que siguen operando hoy en día. Porque en contra de la creencia mediática y popular –tal y como demuestra este libro-, el narcotráfico sigue vivo en Galicia. No se debe olvidar lo que todavía no ha terminado.


RESEÑA (sin spoilers)

Fariña nació para ser un libro controvertido, y de este hecho creo que era muy consciente su propio autor, el coruñés Nacho Carretero. Al principio pasó casi desapercibido para el público, como un libro más de los muchos que podemos encontrar en librerías y bibliotecas. Pero llegó el año 2018 y ese libro empezó a llamar bastante la atención. Puede que se debiera a la serie homónima que la productora española Bambú estaba rodando, o tal vez porque el libro llegó por fin a las manos de alguien a quien no le había hecho gracia que se le mencionara con nombres y apellidos y se contaran algunas de las lindezas que llevó a cabo años atrás. Luego vino la denuncia y, a continuación, el secuestro. La polémica que rodea a Fariña fue tan grande que una juez llegó a ordenar la retirada del libro y la prohibición de venderlo hasta que saliera la sentencia definitiva. Eso fue suficiente para hacer que la gente acudiera en masa a las librerías para comprar el libro antes de que fuera retirado sine die. Una estrategia de marketing cojonuda… salvo que no fue una estrategia, sino la realidad. Es bastante irónico que un libro que trata sobre el contrabando y el narcotráfico ilegal llegara a pasarse de extranjis entre amigos y familiares que lo habían comprado para que otros pudieran leerlo.

Fariña es un libro atípico dentro de los libros que suelo leer. No es un cuento, ni una novela, ni siquiera un libro de relatos. Se podría catalogar este libro como un ensayo acerca del desarrollo e influencia del narcotráfico gallego durante la década de los 80, pero hay mucho más entre sus páginas llenas de historia y verdad. Está narrado con un estilo muy fluido y directo, haciendo que su lectura sea tan adictiva y voraz como la fariña que le da nombre. Nacho Carretero prescinde de los discursos rimbombantes y de las metáforas absurdas y llama a las cosas por su nombre… o más bien deberíamos decir nombres, ya que aquí figuran todos los implicados junto con sus apellidos y apodos, y es extraordinaria la ausencia de pudor a la hora de contar las cosas como realmente fueron. En Fariña encontraremos los puntos de vista de capos, guardias civiles, periodistas, jueces y madres de jóvenes que vivieron muy de cerca el drama de las drogas y el narcotráfico indiscriminado. Carretero les da voz a todos, y por eso su ensayo es tan real y tan estremecedor. Porque todo lo que aquí se cuenta fue verdad.

Galicia, años 80. Mientras en el resto de España se fumaba Celtas o Ducados, el humo que se aspiraba en Galicia provenía de auténtico tabaco rubio americano. En aquella época, era muy habitual pedir un cartón de Winston en un bar o ultramarinos y que te preguntaran si lo querías normal o de batea (es decir, de contrabando). El contrabando de tabaco en las Rías Baixas no solo era algo habitual, sino que dedicarse a él estaba aceptado y hasta bien visto por la sociedad. Una larga tradición de estraperlo que empezó en la Guerra Civil y continuó durante la posguerra, cuando se pasaba a través de la frontera con Portugal aceite, café, harina y medicinas, hizo que la gente hiciera la vista gorda ante el contrabando de tabaco. Así empezó todo lo que vendría después. Muchos de los señores do fume, nombre que recibían los contrabandistas de tabaco, decidieron dar el salto al tráfico de drogas cuando el contrabando dejó de ser un fraude y se convirtió en un delito penado con la cárcel. El narcotráfico no suponía mayor riesgo que el contrabando, con el atractivo añadido de que era más fácil pasar alijos de droga que tabaco y las ganancias eran mucho mayores. Primero vino el hachís; luego, la coca colombiana. Y así se inició una larga lista de clanes gallegos cuya actividad en el narcotráfico a punto estuvo de arrasar las Rías Baixas y convertir la zona en una nueva Sicilia.

Sito Miñanco, Laureano Oubiña, Marcial Dorado, los Charlines... Son algunos de los nombres de narcos más conocidos que encontraremos entre las páginas de este libro, y observar de cerca cómo fue la trayectoria de estos personajes hará que más de uno se lleve las manos a la cabeza, no solo por la tranquilidad con la que dieron el salto del contrabando al narcotráfico, sino también por su absoluta falta de pudor a la hora de exhibir su fortuna y alardear del poder que políticos, guardias civiles, jueces y vecinos les habían puesto en las manos. Estos son los más conocidos, pero no fueron ni son los únicos. Y es que el problema del narcotráfico, por increíble que parezca, está lejos de haberse extinguido.

Fariña nos lleva de vuelta a una época que, por raro que nos parezca, no está tan lejos de nuestros días. Una época de drama social en una Galicia donde al cierre o las reducciones de plantilla en los astilleros se sumaba la reconversión de la pesca, que dejó a una parte de la flota en tierra. El paro afectaba allí al 23% de la población. Jóvenes y mayores pasaban los días deambulando sin tener nada que hacer, un días tras otro. Cuando se habla de la España de los 80, la memoria colectiva suele acordarse más de la Movida madrileña, pero esto es solo la punta del iceberg. En aquellos años, Galicia era una de las comunidades más atrasadas de toda la Península Ibérica, un pedazo de tierra rural e ignorado por todos. Era el caldo de cultivo perfecto para que los antiguos contrabandistas del tabaco probaran suerte con algo más lucrativo. Y así, la cocaína entró por la ría y se metió en Galicia como una enfermedad.

Pero al principio esto no generó la menor importancia. Nacho Carretero cuenta con una lucidez escalofriante la situación de muchas de estas familias gallegas, empobrecidas y acostumbradas al trapicheo, que asumieron este nuevo negocio que generaba riqueza en la región y puestos de trabajo. Y así se fue fraguando una especie de narcocultura y un gran respeto por estas figuras que ayudaban a la comunidad, construían casas a los vecinos (a cambio de permitirles cobijar algo de mercancía) y pagaban facturas de hospitales o los estudios de sus hijos. La gente admiraba a los narcos, y los que más devoción sentían hacia ellos eran los jóvenes. En aquella época, era muy común ver en las Rías Baixas a chicos que pasaban de trabajar en una frutería a conducir un deportivo de 200 caballos. Y esto fue así hasta que la droga empezó a causar estragos entre la juventud. Los capos amasaron inmensas fortunas con la connivencia de la sociedad y de algunas autoridades policiales y políticas que hacían la vista gorda y se llevaban su tajada en billetes o en favores, mientras las drogas extendían su veneno por la sociedad.

Pero, ¿cómo podría haberse evitado? En aquella época, nadie sabía lo que eran las drogas; los chicos simplemente las tomaban y se divertían (por no mencionar que muchos chavales que ayudaban en las descargas cobraban en especie). No se pensaba en las consecuencias porque no había información sobre lo que podía pasar. Estos jóvenes pagaron un precio muy alto por situarse en el momento y en el sitio equivocado. En Galicia todavía se les conoce como la generación perdida. Algunos lograron sobrevivir, pero la mayoría cayeron como moscas por sobredosis, el sida y otras enfermedades que se expandieron rápidamente. A tal extremo se llegó que incluso aumentó la prostitución para costearse el consumo y también los robos, agresiones y conflictos domésticos.

Fue entonces cuando la sociedad dijo basta, y las primeras voces que se levantaron fueron las de las madres. Fueron ellas las que se juntaron para pelear contra los narcos que, con total impunidad, vendían a precio de ganga aquello que estaba matando a sus hijos. Fueron conocidas como las “madres de la droga”, y fueron ellas las que levantaron Galicia e impidieron que se convirtiera en una tierra sin más ley ni justicia que la que imponían los narcos. A pesar de las amenazas y los intentos de asesinato, las madres consiguieron hacerse oír y su discurso logró concienciar a miles de personas acerca de lo que estaba pasando. A partir de entonces, los políticos tuvieron que hacer hueco para ocuparse de lo que estaba pasando en Galicia, y los medios de comunicación empezaron a dedicar portadas de periódicos y aperturas de telediarios al problema del narcotráfico. Dos años después de las primera reuniones y escraches de las madres, el juez Garzón llevaría a cabo la Operación Nécora, el primer gran movimiento del Estado contra los clanes de la droga.

Es difícil hacer un análisis más profundo de Fariña porque no es un libro como tantos otros. Tal vez sea por lo cerca que he estado de ese mundo (aunque, por mi edad, apenas tenga algunos vagos recuerdos, claro está), pero la lectura de Fariña me ha servido para entender cómo ocurrió todo y por qué las cosas fueron como fueron. La forma en que está escrito sumerge al lector en un mundo al que se le ha dado la espalda durante mucho tiempo, y no cae en la trampa de culpabilizar a unos y justificar a otros, sino que deja que seamos nosotros quienes juzguemos lo ocurrido ofreciéndonos la mayor información posible.

Para mí, Fariña ha sido un gran descubrimiento y una ventana al pasado. Y, curiosamente, tuvo un efecto inesperado en mí cuando empecé a comentar párrafos del libro con mi familia y enseguida dio comienzo un debate sobre gente de mi barrio, vecinos míos que también vivieron el drama de la drogadicción en una época en la que era tan fácil conseguirla que asustaba y que, como muchos otros, pasaron a engrosar las listas de la generación perdida. El contrabando y el narcotráfico estaban ahí, y para mí fue pasmoso darme cuenta de que lo había visto con mis propios ojos y me parecía tan normal como ver salir el sol por las mañanas. Quizá por eso Fariña me ha tocado la fibra y me ha dado algo que me ha hecho reflexionar, y esto es mucho más de lo que otros libros más eruditos me han dado jamás.

jueves, 5 de julio de 2018

La Truñoteca once again: No Game No Life


¡Hola a todos!

Y aquí seguimos otra vez, dispuestos a añadir un capítulo más a mi Truñoteca particular. Ya sabéis, ese vertedero de mi blog donde escupo toda la bilis que me sale después de haber visto o leído algo que se sale de mis gustos o me deja completamente anonadada, términos más elegantes para decir que son putas mierdas que han llegado a mi vida para cabrearme y hacerme vomitar hasta los higadillos. Aunque la Truñoteca empezó dedicada a la literatura, he decidido meter también de vez en cuando alguna serie o película que me haya provocado una embolia para no hacer tan cerrada la sección. Por eso hoy os traigo un anime cuyo visionado me ha causado una gran decepción y me ha hecho replantearme si es cierto que la calidad del anime ha bajado o es cosa mía porque me estoy haciendo mayor y mis gustos han cambiado.

Madhouse es un estudio de animación muy bueno que nos ha ofrecido grandes animes a lo largo de los años, como Black Lagoon, Trigun, Monster, Death Note y Ataque a los Titanes entre muchos otros. Y aunque en los últimos tiempos su calidad ha decrecido bastante en comparación a lo que era anteriormente, sigue manteniéndose bastante bien. Una producción del estudio Madhouse siempre trae consigo dos elementos inseparables: épica y acción. Da igual cómo sea el producto que ha llegado al estudio: dáselo a Madhouse y conseguirá que parezca una película de Michael Bay. Discursos de una intensidad que te llegan al alma, bandas sonoras que hacen que comerse una patata frita sea tan épico como un cantar de gesta, o movimientos y planos de espadachines que se cagan en todas las leyes de la Física. Con todo, hay obras de este estudio que merecen que les den de comer aparte, y este es el caso de la que os voy a hablar hoy: No Game No Life. Considerada por muchos como una de las mejores series de animación de los últimos tiempos, la quintaesencia de la fantasía anime, y cargando a cuestas con un fandom increíble… ¿qué podría tener esta serie para que a mí no me gustara?

Empecemos por el principio.

Cuando fui a la Expotaku de A Coruña de este año, uno de los cosplays de parejas que más me llamaban la atención era el que formaban un chico con el pelo de punta y una camiseta amarilla junto con una chica vestida de colegiala, con el pelo azul claro y violeta y una vistosa corona ladeada en la cabeza. Mi amiga me explicó que esos chicos estaban cosplayeando un anime titulado No Game No Life, basado en un manga que a su vez tuvo su origen en una serie de novelas ligeras escritas por el otaku brasileño Thiago Furukawa Lucas. Desconocía la existencia de esas novelas y de que hubieran llamado tanto la atención del público japonés como para realizar un manga y el consiguiente anime, pero me dije que tenía que ser un material muy bueno o muy vistoso para que hubiera alcanzado tanta popularidad. Así pues, aquel día decidí que empezaría a ver No Game No Life para comprobar por mí misma cómo de buena era la historia a la que todo el mundo estaba enganchado.

Y esto fue lo que vi.




No Game No Life es el equivalente a levantarte la mañana del día de Reyes y descubrir que tienes un precioso regalo para ti bajo el árbol. El envoltorio es colorido, el lazo es grande y llamativo, por su tamaño intuyes que es el regalo que tanto estabas esperando… y luego lo abres y descubres que es un puto diccionario (esto me pasó a mí de verdad, por cierto). Nada más empezar a ver la serie nos damos cuenta del despliegue de acción y colorido que va a abundar a lo largo de sus doce capítulos. Una factura técnica impecable, una paleta de colores en tonos pastel original y muy bonita, una banda sonora acorde con el mundo, pegadiza y estupenda, unos personajes estilizados y atractivos que destacan por encima de otros animes de la misma época.

Pero eso es todo, no hay más.

No Game No Life es una serie muy recomendable para aquellas personas que buscan un entretenimiento sin pretensiones, en un entorno muy atractivo visualmente y con una música apropiada para la ocasión. Pero ni de broma es una serie tan buena como la gente dice, pues tiene cantidad de fallos que los fans suelen pasar por alto pero que a mí me dejan con ganas de hacerme un extreme facepalm tras otro.

Pero antes de empezar a destripar sin piedad, voy a contaros un poco de qué va la cosa. NO HAY SPOILERS, más que nada porque no hay nada que spoilear, así que leed con toda confianza.

No Game No Life cuenta la historia de Sora y Shiro, dos hermanos de 18 y 11 años que viven encerrados en su habitación y no tienen contacto con el mundo exterior, en el que son unos inadaptados sociales. Sin embargo, en el mundo virtual son un portento humano conocido por todos los gamers como Espacio en Blanco, un jugador imbatible que es capaz de derrotar a cualquier persona al juego que sea valiéndose de mil estrategias, subterfugios, técnicas de cálculo avanzado y probabilístico, y un poquito de trampa. Un día conocen a un dios niño llamado Tet que los transporta a un mundo de fantasía hecho a su medida, ya que allí todas las decisiones y conflictos se resuelven en base a la victoria o la derrota en todo tipo de juegos, tal como dictan las leyes de ese mundo, conocidas como los Diez Mandamientos.

Como veis, en un principio todo promete. La historia es bastante atrayente y se intuye que va a ser algo parecido a Yu Gi Oh! o a Detective Conan, es decir, una historia en donde lo interesante no es si nuestros protagonistas ganan el juego o no, sino cómo se desenvuelven en esa batalla y lo ingeniosos que son para salir bien parados de la situación. Sin embargo, esta magia se rompe desde el minuto uno cuando descubrimos que tiene unos doce mil clichés por metro cuadrado. Todos los personajes que aparecen en pantalla son tropos, todos y cada uno de ellos. Y lo peor es que al gran público parece que no le importa en absoluto.

Empezamos con el dúo de protagonistas. Sora y Shiro son el equivalente animado del Gary Stu y la Mary Sue en su estado más puro. Empiezan definiéndose como hikikomoris, es decir, personas que tienen una especie de rechazo a salir al exterior y relacionarse con gente (algo a caballo entre la agorafobia y la misantropía), sin más ocupación que comer porquerías y jugar a videojuegos online a todas horas. Son unos inadaptados que, al llegar al nuevo mundo, descubren un lugar hecho a su medida donde todos los conflictos se resuelven con juegos en los que ellos siempre son, por supuesto, los mejores.



Sus Majestades Gary Stu y Mary Sue

Sora es un chico de 18 años, virgen y sin novia al que le gusta ir por la vida en plan Light Yagami, sintiéndose siempre por encima de los demás. Es el típico héroe shonen que goza de una inteligencia privilegiada (a pesar de no haber pisado el instituto en años) y sabe salir de cualquier situación valiéndose de todos los Deus ex Machina habidos y por haber. Es engreído, burlón, egoísta y pervertido, además de ser el protagonista absoluto de la serie, ya que toda la acción gira a su alrededor. Sin embargo, por algún motivo que escapa a mi entendimiento, es querido y admirado por todos aquellos que le conocen.

Shiro, la hermana adoptiva de Sora, es una niña de 11 años diseñada para ser adorable como un osito de peluche. Es un McGuffin con piernas, un personaje que solo está ahí para que la trama avance pero sin ser realmente importante en la historia, a pesar de que nos la venden como la protagonista. Su personalidad es, sencillamente, inabordable ya que siempre está seria y habla muy poco, pues todo el peso de la acción recae en su hermano, del que parece estar enamorada. Posee una habilidad innata para realizar todo tipo de cálculos matemáticos y diseño de estrategias que solo se utilizan cuando las artimañas y discursos de Sora no funcionan. Pero no os preocupéis, que a Shiro no se le permite acaparar tanto protagonismo; en cuanto falla en sus cálculos, Sora volverá a coger la batuta y resolverá la situación usando el método más inverosímil que se le ocurra (alguno hasta de vergüenza ajena).

Como veis, estos dos muchachos no parecen tener un maldito defecto y son queridos y respetados por todo el mundo como si fueran grandes héroes. Además, su inteligencia prodigiosa hace que siempre, siempre, siempre salgan victoriosos de todos los juegos que se les proponen, y esto es algo que me fastidia por dos razones: la primera, porque ya nos han reventado la serie al decirnos que Sora y Shiro van a ganar cualquier reto que se les ponga por delante; y segundo, porque detesto a los personajes tan jodidamente perfectos. Su única debilidad es que no pueden estar separados el uno del otro a una distancia superior a diez metros, porque entonces sus cerebros colapsan y pierden la capacidad de razonar. Es un defecto absurdo, pero ahí está. Pero si creíais que los enemigos de este par iban a darse cuenta de esta debilidad y la iban a explotar para su propio beneficio, lamento decepcionaros. Este recurso no se utilizará jamás, porque parece ser que tanto los creadores de la serie como el fandom no soportan ver a estos dos sufriendo de ansiedad por separación.

Otra cosa que me ha desencantado de la serie es que no cumple lo que promete. Si habéis leído hasta aquí, os habréis hecho a la idea de que los juegos van a cobrar un rol protagónico en lo que es el argumento de la serie, pero resulta que no es así. Cierto que vamos a ver a Sora y Shiro participando en diversos juegos, pero la verdad es que nunca ganarán utilizando estrategias inteligentes; en su mayoría son victorias sacadas de la manga y los juegos en los que el ingenio juega un papel importante son contados. En realidad, los juegos son una excusa para mostrarnos a los protagonistas, especialmente a Sora, como personajes geniales y carismáticos que siempre ganan y sueltan discursos “épicos” que le dejan a uno el culo torcido.

Quitando el apartado de los juegos, la serie podría calificarse como humorística, aunque su concepto del humor difiere bastante de lo que yo entiendo como tal, pues se basa en su totalidad en humillar y ridiculizar a otro personaje, llegando a un punto en el que se repite tanto que pierde la gracia. Todo esto viene acompañado de un apabullante fanservice de desnudos femeninos y tetas gordas que afecta a todas las chicas que pululan por esta serie. Todas y cada una de las mujeres que salen en No Game No Life existen para ser un fetiche masculino, además de ser clichés andantes para que no desentonen con el resto de la serie. Stephanie Dola es la tetona torpe y estúpida, además de ser el objeto de todas las burlas y humillaciones; Shiro es la hermanita del prota, y sus constantes escenas bañándose tienen como fin satisfacer a miles de pajilleros a los que les ponen los cuerpos aniñados; Jibril, una especie de ángel, es una chica verborreica que siempre va ligera de ropa y tiene una malsana obsesión con Sora; Izuna es una loli neko pensada para atraer al público amante de las chicas vestidas de gato; Chlammy y Feel son dos amigas cuyo rollo tira clarísimamente hacia el yuri o lesbianismo, y la cosa llega un poco hasta aquí.



Stephanie y Shiro haciendo gala de su inteligencia

Y esto es todo, vuelvo a decir. No ofrece nada más, no hay profundización alguna. En ciertos momentos intuimos que Sora y Shiro han debido tener un pasado difícil que ha terminado uniéndoles, pero nunca sabremos qué pasó. ¿De dónde viene Shiro? ¿Por qué la adoptaron los padres de Sora? ¿Por qué los hermanos, a pesar de su inteligencia, han terminado siendo dos absolutos fracasos como seres sociales? ¿Qué les ocurrió en sus respectivos colegios? ¿Viven solos? ¿Qué ha sido de sus padres y por qué nunca los mencionan? Son cuestiones que podrían hacernos una idea del carácter de los protagonistas y ayudarnos a saber por qué son como son y comprender sus motivaciones, pero la serie jamás va a ahondar en este aspecto.

En conclusión, No Game No Life es una serie cuyo apartado técnico es más que notable, pero en lo que se refiere al argumento y el desarrollo de personajes es pésima. Es como aquel regalo de Reyes que recibí de pequeña: un envoltorio bonito con muchos colores pero el interior resulta ser una decepción. Lo peor es que se espera que haya una segunda temporada, dado no solo el final tan abierto que ha dejado, sino también la presión del fandom que quiere más y más de esto. En mi caso, he tenido más que suficiente con una temporada de No Game No Life, y dudo incluso que vea la OVA. Solo le recomendaría esta serie a alguien que está empezando a ver anime y que tenga una edad comprendida entre los quince y los veinte años, porque a los más viejos les va a parecer insulsa y probablemente hasta ofensiva.

lunes, 2 de julio de 2018

El Rincón del Lector IX: Nuncanoche


¡Hola a todos!

Hace un par de meses decidí retomar con mayor ahínco la lectura de novelas de fantasía, en parte para mejorar mi propio estilo de cara a la redacción de mi propia novela, pero también porque hacía mucho tiempo que no encontraba un libro de temática fantástica que se adecuara a mis gustos personales. Durante mi viaje a Valencia, tuve la ocasión de comprar dos novelas que me habían recomendado mucho. La primera es Elantris, de Brandon Sanderson, que todavía tengo pendiente de leer; y la segunda es Nuncanoche, de Jay Kristoff, que es la que os voy a reseñar hoy. A pesar de que tenía ciertas dudas después de conocer un poco del estilo narrativo de Kristoff, decidí darle una oportunidad a Nuncanoche con la esperanza de que me sorprendiera de alguna forma. Y vaya si lo hizo. Tomad asiento y coged un buen cubo de palomitas, porque nos espera una novela con acción a raudales.


Título: Nuncanoche

Autor: Jay Kristoff

Editorial: Fantascy - Plaza y Janés

Nº de páginas: 560 págs.

Año: 2018

Sinopsis: En una tierra en la que sus tres soles casi jamás llegan a ponerse, la joven asesina Mia Corvere acaba de unirse a la banda más mortífera de la República. De niña, Mia escapó de milagro de la rebelión fallida de su padre, que murió ejecutado por traición. Su mundo se vino abajo y, sola y sin amigos, tuvo que huir de enemigos implacables. Pero su insólito don para conversar con las sombras la llevó por un camino más oscuro de lo que jamás hubiera podido imaginar. Ahora, años más tarde, emprende un arriesgado viaje para demostrar su valía en la Iglesia Roja. Los pasillos de esta escuela de asesinos están repletos de peligros mortales. Aquí y allá amenaza la traición, pero, para llegar a ser una adversaria sin par, Mia debe sobrevivir a la iniciación. Solo así estará un paso más cerca de lo único que desea... Venganza.


RESEÑA (sin spoilers)

Para qué vamos a engañarnos: Nuncanoche tiene el argumento más trillado que se ha visto jamás en la literatura. Si habéis leído la sinopsis, os habréis dado cuenta de que esa misma historia ya la habéis leído miles de veces, pues así es como empiezan casi todas las historias de asesinos vengadores. El planteamiento siempre es el mismo: nuestro protagonista es un niño o un adolescente que tiene una vida sin sobresaltos hasta que de repente aparece alguien poderoso que parece tener cuentas pendientes con su padre. Un par de hábiles movimientos políticos después, nuestro protagonista ve cómo ejecutan a su padre, cómo persiguen a su madre y sus hermanos y cómo su mundo entero se viene abajo por la ambición del poderoso. Entonces, para vengar a su familia, el protagonista decide recibir adiestramiento para convertirse en un portento con las armas con el objetivo de encontrar al asesino de su padre y acabar con él. Lo hemos visto en Assassin’s Creed con Ezio Auditore, en La Princesa Prometida con Íñigo Montoya, en Juego de Tronos con Arya Stark y lo veremos en Nuncanoche con Mia Corvere.

Sin embargo, Nuncanoche tiene varios elementos que la hacen descollar entre el millar de historias similares que la rodean. El primero de ellos, y que a mí me parece el más importante, es que es una novela que está bien escrita. Cierto que Jay Kristoff tiene un estilo narrativo bastante peculiar (y volveré a hablar de esto más adelante), pero no se puede negar que sabe escribir bien. Mejor aún: es capaz de coger todas las tramas más tópicas que se os puedan ocurrir, juntarlas en un extraño batiburrillo y remodelarlas de tal manera que el producto resultante va a ser apoteósico. Parafraseando al Geek Furioso de la Literatura, Jay Kristoff es ese tipo que, si en vez de escribir libros dirigiese películas, sería el encargado de la producción del taquillazo del verano, y tiene toda la razón. Nuncanoche es un libro palomitero como pocos, un producto ya visto mil veces pero que engancha sin remedio al lector y le hace querer más.

La historia se centra en la figura de Mia Corvere, hija del justicus Darío Corvere, cuya vida quedó truncada cuando presenció la ejecución de su padre, acusado de intentar provocar un golpe de estado para instaurar una monarquía en la República de Itreya. El cónsul Julio Scaeva, el mismo que ordenó el arresto y ejecución de Corvere, también hizo que encerraran a su madre y al hermano pequeño de Mia en la peor prisión que alguien se pueda imaginar. Mia, a quien también intentan matar, consigue escapar de milagro y es acogida por un extravagante anticuario llamado Mercurio, quien empieza a enseñarle los caminos del asesinato para que algún día pueda tener su venganza.

Al cumplir los dieciséis años, Mia decide separarse de Mercurio para tratar de ingresar en la Iglesia Roja, un lugar oculto a ojos del mundo en el que se reúnen todos aquellos que aspiran a convertirse en asesinos. Además de aprender el manejo de las armas, a robar todo tipo de objetos, la preparación de pociones y el dominio de las artes amatorias, Mia espera averiguar algo acerca de su propia condición. Cuando los hombres de Scaeva intentaron matarla de niña, Mia se dio cuenta de que tenía el poder de hablar con las sombras y moldearlas a su voluntad. Esto la convierte en una tenebra, una criatura marcada por Niah, la diosa de la noche, la oscuridad, la sangre y el asesinato. La Iglesia Roja es el templo donde más culto se le rinde a Niah, de manera que si Mia quiere respuestas, allí las encontrará.

Esto es, a grandes rasgos, el tema principal de la novela. Como veis, no le falta de nada: Hay asesinatos, sangre, aventuras, amistad, odio, venganza, sexo y multitud de sorpresas que harán las delicias del lector que quiera adentrarse en este mundo. Porque ahí es donde está el verdadero atractivo de Nuncanoche: el mundo y los personajes que lo pueblan.

El mundo que ha creado Kristoff para esta saga (sí, es una trilogía) es uno de los más atractivos que vamos a encontrar en una novela de fantasía para adolescentes. La acción nos traslada a Itreya, una república levantada sobre los restos de un antiguo dios caído, en donde la sociedad, la cultura, el trabajo y la religión giran alrededor del culto a los tres soles, que son la encarnación de Aa, dios de la Luz. En este mundo con tres soles, la noche es una rareza que solo se da cada tres años, cuando los tres soles desaparecen y se produce el fenómeno conocido como veroscuridad. Este aspecto del mundo me ha parecido muy original, pues no hay muchas novelas ambientadas en mundos con tres soles. Sí encontraremos mundos con dos o más lunas (Crónicas de la Dragonlance o La Espada de Fuego, por ejemplo), pero es mucho más complicado crear un mundo con varios soles, porque eso exige pensar muy bien cómo se las va a arreglar la gente para vivir en un lugar así. El calor abrasador, la luz que no da tregua, los tiempos irregulares… Todo eso exige un trabajo que pocos autores deciden hacer, y en el caso de Kristoff es digno de elogio.

Pero hay más cosas en Itreya que van a captar nuestra atención, y una de ellas es la ambientación. Si habéis leído otras obras de Kristoff, como Stormdancer, veréis que a este autor le gusta mezclar las cosas más inverosímiles. Y si en Stormdancer teníamos un mundo que se podría considerar como Japón con ambientación steampunk, en Nuncanoche tendremos la antigua República de Roma situada en la Venecia del siglo XV. Y sí, sé que estaréis pensando que son muchas las novelas para adolescentes que se han inspirado en la antigua Roma para describir sus sociedades (¡malditos Juegos del Hambre! ¡Arderéis en el infierno al lado de otros herejes como La Reina Roja y Una Llama entre Cenizas!), pero Kristoff se ha portado y nos ha traído un auténtico mundo inspirado en la antigua Roma. El mundo está gobernado por dos cónsules, hay vocablos en latín, se menciona la existencia de gladiadores, hay un foro, se nos dice que el púrpura es un color que solo puede llevar la clase senatorial, los Luminatii se agrupan en centurias, las espadas que utilizan son gladios y hasta el propio Julio Scaeva es un calco de Julio César. Todo está hecho para que el lector sienta que está de verdad en la antigua Roma.

Y si el mundo es increíble, todavía falta hablar de los personajes que pululan por esas tierras. Los personajes son el otro punto fuerte de Nuncanoche, pues todos ellos tienen una apariencia y una personalidad únicas. De todos ellos, Mia es obviamente el personaje más trabajado, puesto que es la protagonista. Y, a diferencia de otras protagonistas de novelas para adolescentes, no es una Mary Sue. Mia es una asesina que busca mejorar sus habilidades para matar, consciente de que no es la mejor del mundo ni de lejos, y de ahí que vaya a la Iglesia Roja para aprender. Es una asesina que sí mata, y sé que esto os parecerá una obviedad, pero os asombraría ver la cantidad de protagonistas de novela que no cumplen con lo que se espera de ellas. Mare Barrow es una ladrona que no roba, Celaena Sardothien es una asesina que no mata… pero Mia Corvere sí ha matado y está dispuesta a seguir matando hasta conseguir su ansiada venganza, porque es lo que se espera de una asesina, aunque esto no quiere decir que mate a todo el que se cruce en su camino; Mia podrá ser cruel y despiadada con sus enemigos, pero nunca mataría a un inocente a sabiendas. Es inteligente, avispada, fumadora empedernida y tiene un talento especial para mezclar venenos, pero se le da fatal el combate cuerpo a cuerpo y en equitación es un cero a la izquierda. Además, el hecho de que sea una tenebra marcada por la Madre no le otorga ningún privilegio, sino más bien todo lo contrario. Esto refuerza la idea de que es un personaje humano, imperfecto, una chica que tiene mucho que aprender, que se equivoca pero que siempre busca la manera de salir adelante.

El resto de personajes también me han gustado mucho, pues se salen de las típicas figuras de buenos muy buenos y malos muy malos. Me han parecido muy interesantes los shahiids de la Iglesia Roja, los grandes maestros del asesinato. Todos son diferentes entre sí, pero los cuatro son capaces de cometer grandes tropelías por servir a la Diosa sin mostrar el menor titubeo. Los compañeros de Mia son para todos los gustos, pues unos atraerán nuestra simpatía y otros nos harán odiarlos a muerte; cada uno tiene su propia historia y unos motivos que les han llevado a la Iglesia Roja, y merece la pena adentrarse en sus pasados para tratar de dilucidar si tienen o no sobradas razones para hacer lo que hacen.

Sin embargo, como en la propia República de Itreya, en este libro también hay luces y sombras, y las principales sombras con las que me he encontrado han sido las notas a pie de página y la prosa de Kristoff.

Uno de los toques de originalidad que el autor le ha dado a este libro es que está salpicado de notas a pie de página en las que se nos da información extra sobre Itreya, su Historia, anécdotas curiosas y llenas de humor, y datos que en la trama principal no se van a explicar pero que ayudan a situarnos y entender mejor el contexto. El problema es que sobre todo al principio del libro están por todas partes y son larguísimas; de hecho, en algunos casos llegan a ocupar un tercio del capítulo. Además, tienes que leerlas todas, porque si te saltas una nota, más adelante no entenderás una referencia que viene explicada en dicha nota.

El otro problema viene, como ya he dicho antes, de la prosa púrpura del autor. Jay Kristoff puede ser muy directo en su narrativa, pero con frecuencia se deja llevar por el entusiasmo y nos regala párrafos rimbombantes plagados de ampulosos circunloquios, quizá con la intención de parecer elegante, pero con el resultado de ser cansino y un poco pedante. Esta ha sido la principal crítica que muchos lectores han hecho de Nuncanoche, aunque no me parece motivo suficiente para ponerle una baja puntuación a este libro; al fin y al cabo, hay muchos escritores que se valen de la prosa púrpura y no tienen ni la mitad de críticas negativas que Kristoff.

Y luego tenemos las metáforas, que son absolutamente indescriptibles y muy propias del autor; se podría decir incluso que son su seña de identidad. Os dejo unos ejemplos para que juzguéis por vosotros mismos:

«Ese idiota no reconocería un veneno ni aunque le bailara en los huevos con tacones liisanos.»

«Llevan doce camellos, Tric. Un perro sin hocico podría seguir su rastro de boñigas en plena veroscuridad. Aunque de pronto empezaran a avanzar más deprisa que un fumador de cuarenta al giro cargado de prostitutas borrachas, creo que podríamos volver a encontrarlos.»

«Veintisiete minutos desde que se había obligado a salir del baño y bajar al Salón de las Elegías, dejando una capa de sangre y porquería en la superficie del agua que podría haber salido andando por su cuenta si le dejaran unos giros para terminar de gestarse.»

Os hacéis una idea de lo que quiero decir, ¿verdad?

En resumen, Nuncanoche es una historia sobre una asesina vengadora que no decepcionará a nadie. Cumple todo lo que promete y lo hace de la manera correcta, como deberían hacer todas las novelas del género. Quitando el argumento poco original, las metáforas extrañas y la prosa púrpura del autor, Nuncanoche es un libro muy recomendable para todos aquellos que quieran leer una historia entretenida y emocionante con una protagonista carismática en un mundo rico, vivo y original. Por mi parte, estoy esperando con ansia la segunda parte, que saldrá a la venta este otoño.

domingo, 1 de julio de 2018

La leyenda del mes: El sitio de Lugo


¡Hola a todos!

¡Y bienvenidos al inicio del verano en La Biblioteca de Laura! Aunque aquí el verano parece que se va a hacer de rogar (hoy mismo hemos tenido una tormenta de las gordas), al parecer en muchos sitios ya ha salido el sol y empieza a hacer calorcito. La gente se va de vacaciones y los que nos quedamos aquí tenemos que seguir dando el callo y trabajar. Pero, como siempre, voy a procurar ser positiva y sonreír siempre que pueda. Además, siempre puedo volver a reunir una colección de anécdotas con clientes.

Por el momento, empezamos con la leyenda que ilustra el calendario de este mes. Espero que os guste!


El sitio de Lugo





Existen en Galicia algunas leyendas de fondo histórico o que se refieren a personajes que existieron en la realidad o tuvieron participación en ciertos acontecimientos relevantes de nuestra Historia. Algunas de ellas podría decirse que son ciertas, aunque con el tiempo hayan alcanzado tintes de leyenda que las apartan un poco de la realidad. Otras, como esta que os traigo hoy aquí, son invenciones que, no obstante, tienen algo de poético y evocador.

Se dice que allá por el año 997 llegó a tierras gallegas nada más y nada menos que Almanzor, el célebre caudillo mahometano, con la intención de conquistar la ciudad de Lugo, que rápidamente cerró las puertas de sus murallas y se aprestó para la defensa.

Varios intentos de las tropas musulmanas para escalar los muros fueron frustrados por la valiente y firme resistencia de los lugueses, que logró además infligir grandes pérdidas a los invasores. Fue por esto que Almanzor decidió cambiar de estrategia. En vez de atacar de frente, mandó a sus tropas que pusieran cerco a la ciudad y se aseguraran de que a los asediados no les llegara ni un solo suministro hasta que no se rindieran y abrieran las puertas de la muralla.

Empezó el sitio y fueron pasando los días con el consiguiente pánico de los asediados ante el final que les aguardaba. Sus provisiones se agotaban con rapidez y no tenían manera de abastecerse, ni tampoco fuerzas suficientes para intentar una salida; el ejército de Almanzor era grande y poderoso, y día tras día iba aumentando. Ante la ausencia de soluciones, los hidalgos de Lugo empezaron a ver la rendición como la única opción posible.

Pero entonces a uno de los hidalgos se le ocurrió un ardid que quizá pudiera favorecerlos. Acercándose a las almenas de la muralla, gritó para llamar la atención de los sitiadores, y cuando vio que algunos se acercaban para ver si los de la ciudad deseaban parlamentar, el hidalgo les dijo que quería hablar con Almanzor acerca de algo que quizá habría de interesarle mucho. Cuando Almanzor acudió a la llamada, el hidalgo le dijo:

—Gran guerrero que haces ondear en tu tienda el verde pendón del Profeta, ¿por qué estás perdiendo el tiempo ante nuestra ciudad? ¿Qué esperas? Nosotros somos pocos ante tu poderoso ejército, pero podemos resistir el cerco todo un año o más, puesto que tenemos alimentos de sobra. Entre tanto, más tropas han de llegar para ayudarnos, que ya sabemos que se están concentrando y armando cerca de aquí. Y para que veas que es verdad lo que te digo, ahí te va una muestra.

Y cogiendo un cordero de los pocos que quedaban ya en la ciudad, lo tiró a los pies de la muralla a los pies del caudillo musulmán mientras otro hidalgo que le acompañaba volcaba una cesta de mimbre repleta de bollos de pan.

Los moros observaron asombrados cómo aquellos hombres tiraban con tanta soberbia aquella comida. Ellos creían de verdad que no tenían con qué alimentarse, pero al parecer estaban equivocados. Y viendo esto, Almanzor quedó convencido de que nada lograría con el cerco de la ciudad, de modo que ordenó enseguida el levantamiento del sitio y las tropas musulmanas reanudaron su marcha hacia otro lugar, creyendo que, tal vez, si esperaban allí la llegada del ejército al que se había referido el hidalgo, las cosas pudieran ponerse peores para ellos.

Y fue así como la ciudad de Lugo se vio libre y evitó caer en manos de los invasores. Y hay quien dice que de aquel hecho le vino al hidalgo el blasón y el nombre de Bolaño, o sea de bolo (pan) y año (cordero).