domingo, 19 de julio de 2020

Flores, mitos y leyendas


¡Hola a todos!

Vaya, parece que ha vuelto a pasar un tiempo considerable desde que publiqué por última vez en el blog, ¿no? Supongo que a una a veces le falta la inspiración para pensar un tema y ponerse a escribir sobre él. También tiene mucho que ver el hecho de que llevo ya la friolera de ocho años escribiendo en este blog y es lógico que los temas (y a veces las ganas) se vayan agotando. Pero seguiré adelante con mis escritos mientras tenga un poco de tiempo y herramientas para escribir, no os preocupéis.

Mientras tanto, voy a poneros en antecedentes para ubicar el tema que os traigo para hoy. Antes de que el coronavirus llegara a nuestras vidas, condenándonos a un confinamiento que parece no conocer fin, empecé a asistir a un curso dedicado al arte floral, con la esperanza de que sacar el título me ayude a tener más posibilidades de cara a encontrar trabajo y, de paso, me ayude a canalizar mi creatividad.

En menudo lío me había metido. De todas mis compañeras (y somos unas cuantas), yo era la única que tenía cero experiencia con las flores y las plantas. Mi único acercamiento al mundo botánico era el ficus que hay en mi piso, y me temo que se morirá si no empiezo a cuidarlo un poco. Pero ahí estaba yo, dispuesta a dar lo mejor de mí y a aprender mucho. Debido al confinamiento, tuvimos que suspender las clases después de solo dos días, pero estas dos últimas semanas hemos podido retomar las clases con relativa normalidad.

No me detendré a contar todo lo que estoy aprendiendo en el curso (que es mucho), pero sí voy a confesar que no esperaba que el mundo de las flores fuese tan vasto y variado. Es un mundo en el que se dan cita maestros floristas consumados, aficionados a las flores, personas con un ojo prodigioso para los arreglos florales, artistas de gran sensibilidad y mentes absolutamente entregadas al ingenio y las manualidades. Hay sitio para todos en este lugar lleno de color, alegría y belleza en el que se pueden crear obras únicas y muy especiales, pero también encontrar curiosidades que nutran nuestra mente.

Este viene a ser el motivo de la entrada de hoy, en la que vamos a mezclar el mundo de las flores con la mitología griega clásica. Y es que hay muchos personajes cuyas aventuras con los dioses y otras entidades les llevaron a terminar convertidos en árboles o flores. Hoy vamos a repasar unos cuantos que he encontrado, con sus propias historias. Algunos son muy conocidos; otros, no tanto. Pero espero que os gusten tanto como a mí me está empezando a gustar el mundo floral.

¡Vamos allá!



Dafne, el laurel




Apolo, dios de la música y de las artes, fue castigado por el joven Eros después de que se burlase de él tras verle jugando con un arco y unas flechas. Para darle un escarmiento, Eros disparó dos flechas, una de oro y otra de plomo. La de oro incitaba al amor, mientras que la de plomo insuflaba el mayor de los rechazos. Apolo, víctima de la flecha de oro, se enamoró perdidamente de la ninfa Dafne, tocada por la flecha de plomo, y comenzó a perseguirla y hostigarla para que fuese su esposa. Dafne corrió cuanto pudo para escapar del dios, pero viendo que estaba a punto de alcanzarla, rogó ayuda a los dioses y a su padre Peneo, que oyeron sus plegarias. De repente, su piel se convirtió en corteza, sus pies quedaron enraizados en la tierra y de sus brazos y cabellos brotaron ramas cubiertas de hojas. Acababa de convertirse en un laurel.

Apolo, desolado por el rechazo de la joven y su transformación, decretó que sus ramas coronarían las cabezas de los héroes. Asimismo, le confirió sus poderes de juventud eterna e inmortalidad para que el laurel permaneciera siempre verde.



Leucótoe, el incienso




En la mitología griega, Leucótoe era una princesa mortal que fue seducida por Helios, quien, transformado en su madre Eurínome, logró acceder a los aposentos de la joven y hacerla suya. Clitia, la ninfa que había sido amante de Helios, sintió celos al verse desplazada y acudió al rey Órcamo, padre de Leucótoe, para contarle que su hija era la amante de un dios. Furioso, Órcamo ordenó que Leucótoe fuera enterrada viva. Helios intentó devolverle la vida, pero ya era demasiado tarde, por lo que la transformó en la planta del incienso.



Clitia, el heliotropo




La ninfa Clitia estaba perdidamente enamorada del dios Helios. Lo espiaba a diario desde que salía de su palacio por la mañana hasta que llegaba al oeste por la tarde. Pero cuando se enteró de que Helios la había reemplazado por la princesa Leucótoe, Clitia se sintió tan humillada y celosa que tomó la decisión de delatar a su rival ante su padre. El rey Órcamo, furioso, hizo que su hija fuese enterrada viva. Cuando Helios se enteró de lo sucedido, castigó a Clitia despreciándola e ignorándola. Desolada, Clitia se tumbó en un prado mirando al cielo para ver pasar a su dios amado, y durante nueve días se mantuvo así sin alimentarse más que con sus lágrimas, hasta que los dioses, compadecidos, la transformaron en un heliotropo, cuya peculiaridad es que sus flores se vuelven siempre hacia el sol.

Algunos opinan que la planta en la que fue transformada Clitia es el girasol, por tener la misma particularidad de voltear su corola hacia el sol. Pero la descripción de una flor en tonos violáceos y un cierto aroma a vainilla nos lleva a pensar en el heliotropo, aunque el girasol destaque más por su vistosidad.



Mirra




La historia de Mirra es una de las más desgraciadas de la mitología griega. Enamorada sin remedio de su padre, Cíniras, la joven intenta suicidarse pero es detenida por su aya, quien le promete ayudarla a tener relaciones íntimas con su padre. Durante unas festividades dedicadas a Ceres, en las que la reina participa y no puede tener trato con su marido, la criada le habla a Cíniras de una joven a la que podría tomar como concubina mientras su esposa no está. Él acepta y la criada lleva a Mirra a sus aposentos en plena oscuridad, donde se consuma el incesto. Pero una noche, Cíniras siente curiosidad por saber cómo es su amante y acerca una lámpara. Al darse cuenta de que es su propia hija, desenvaina su espada y la persigue con la intención de matarla, pero Mirra logra huir. Durante nueve meses, Mirra vagó por las tierras de Arabia mientras su vientre preñado iba creciendo. Finalmente, con miedo a la muerte pero cansada de la vida, pidió a los dioses que le dieran una existencia en la que su perniciosa presencia no perturbara ni a los vivos ni a los muertos, y los dioses la transformaron en el árbol que lleva su nombre.



Lotis y Dríope, la flor de loto




Según nos cuenta Ovidio, Lotis era una náyade que fue el desafortunado objeto de deseo del lujurioso dios Príapo. Durante un banquete organizado por Sileno, Lotis cayó dormida y Príapo decidió aprovechar la oportunidad para intentar violarla. Se le acercó con sigilo, y justo cuando iba a cometer el delito, uno de los burros de Sileno rebuznó alertando a todos los invitados y a la propia Lotis, que rechazó a Príapo transformándose en una flor de loto.

En cuanto a Dríope, era una princesa que se hizo amiga de las Hamadríades, con las que gustaba de cantar y bailar. Apolo vio un día a Dríope jugando con las ninfas y se transformó en una tortuga para acercarse a ellas. Las jóvenes empezaron a jugar con la tortuga, y cuando llegó a Dríope, Apolo se transformó en una serpiente y se unió a ella, quedando embarazada de un hijo al que llamó Anfiso. Poco tiempo después, Dríope se dirigió a un lago de aguas cristalinas para ofrecer un sacrificio en honor a las ninfas. Sin embargo, cegada por unas flores de loto, trató de arrancarlas para llevárselas a su hijo. Pero este árbol de loto era la ninfa Lotis quien, furiosa, transformó a Dríope en una flor semejante.



Narciso




Cuenta la leyenda que Narciso era un joven tan bello y atractivo que no había hombre ni mujer que pudiera resistirse a sus encantos. Entre sus muchos pretendientes estaba la ninfa Eco, castigada por Hera a repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Al intentar confesarle su amor a Narciso, éste la rechazó de malas maneras y Eco se ocultó en una cueva para llorar hasta que se consumió y solo quedó su voz. Para castigar a Narciso por su engreimiento, la diosa Némesis hizo que el joven viese su imagen en el reflejo de las aguas de un estanque. Ya el propio adivino Tiresias profetizó en su día que la vida de Narciso sería larga mientras no se conociese a sí mismo, y esto fue precisamente lo que ocurrió. Obnubilado por la belleza de su reflejo, Narciso trató en vano de seducirse a sí mismo. Intentó abrazar y besar al hermoso joven de mil maneras, sin darse cuenta de que era él, ya que nunca había visto su reflejo ni siquiera en un espejo. Desesperado por no poder tener el objeto de su deseo, se suicidó clavándose una espada y en el lugar donde su sangre fue derramada nació la flor, tan hermosa como él, que llevaría su nombre.



Jacinto




Jacinto era un apuestísimo príncipe espartano que despertó la pasión amorosa de multitud de hombres y dioses. Entre sus pretendientes estaban el aeda Tamiris, que fue castigado por Apolo por jactarse de que su canto era superior al de las Musas. Apolo actuó así por celos, ya que él también amaba a Jacinto. Sin embargo, un día que estaba enseñando al muchacho a lanzar el disco, el dios del viento Céfiro (en algunas versiones es Bóreas), cegado por los celos, desvió la trayectoria del disco y lo lanzó contra el príncipe, acertándole en la cabeza y provocándole la muerte en el acto. Apolo corrió junto a su amado y, al no poder hacer nada para resucitarle, lloró sobre su cuerpo y sus lágrimas fueron a parar a la flor que brotó de la sangre del desdichado Jacinto, formando una huella que se interpretó como las letras AI, símbolo del lamento de Apolo.



Atis, la violeta




La historia de Atis comienza con Agdistis, una deidad anatolia de la que se decía que era hermafrodita. Los dioses, temerosos de Agdistis, le mutilaron su órgano masculino y lo arrojaron lejos, y en el sitio donde cayó, brotó un almendro. Cuando sus frutos maduraron, Nana, que era hija del dios-río Sangarios, cogió uno de sus frutos y se lo puso en el vientre, el fruto desapareció y ella quedó encinta. A su debido tiempo nació un niño, Atis, quien con los años se convirtió en un joven muy apuesto. Su belleza captó la atención de Agdistis, pero los padres adoptivos de Atis tenían otros planes para él, pues querían que se casara con una princesa. En el momento en el que se entonaba el cántico nupcial, Agdistis apareció en su poder trascendente y Atis enloqueció y se cortó los genitales bajo un pino, muriendo en el acto. Como en otras historias, su sangre derramada provocó el nacimiento de una flor, siendo en este caso la violeta, asociada desde antiguo con los ritos funerarios.

En otras versiones, es la diosa Cibeles la que está enamorada de Atis y hace que éste se vuelva loco en cuanto se da cuenta de que Atis prefiere a la hija del rey de Pesino. Arrepentida al ver cómo Atis se da muerte, entierra sus miembros y de ellos nacen las violetas.



Crocus y Smilax, el azafrán y la enredadera




El joven y bello Crocus dedicaba gran parte de su tiempo a recorrer los bosques para buscar a la ninfa Smilax, de quien estaba enamorado y a la que no le era indiferente. Durante días y días, los jóvenes amantes pasaron momentos inolvidables entre risas y juegos amorosos, pero al cabo del tiempo, Smilax empezó a aburrirse de Crocus. Sin embargo, el joven seguía amando a Smilax y no tenía intención de irse sin antes tratar de convencerla para que estuvieran juntos. Impulsado por el delirio de amor, Crocus acabó convirtiéndose en una flor de radiantes colores, la preciosa flor del azafrán. En cuanto a Smilax, se dice que sufrió un destino similar, pues los dioses la transformaron en una enredadera.



Las Helíades, el álamo




En la mitología griega, las Helíades eran las siete hijas de Helios, el dios del Sol, y de la oceánide Clímene. Su historia va ligada a la de su hermano Faetón, quien, para alardear de que su padre era el propio Helios, le hizo jurar que le dejaría llevar su carruaje (el sol) durante un día. Pero pronto se demostró que era incapaz de controlar a los caballos, y tuvo una caída mortal. Sus hermanas, al saber de su muerte, le lloraron durante cuatro meses y los dioses las convirtieron en álamos o alisos.



Filemón y Baucis, el roble y el tilo




Se cuenta que en cierta ocasión, los dioses Zeus y Hermes viajaban juntos transformados en mendigos y llegaron a la ciudad de Frigia en medio de una fuerte tormenta. Pidieron asilo en varias casas, pero al ver su penoso aspecto, todos los habitantes de la ciudad les negaron la hospitalidad. Solo Filemón y Baucis, un matrimonio ya anciano, les permitieron entrar en su humilde cabaña y los agasajaron con lo poco que tenían, pues eran muy pobres. Para agradecer su generosidad, Zeus les advirtió que esa misma noche debían abandonar la cabaña, pues él se iba a encargar de destruir la ciudad y a todos aquellos que le habían negado ayuda, y no quería que a Filemón y Baucis les pasara nada. Les dijo que debían seguirle hasta lo alto de una montaña sin mirar atrás en ningún momento; ya en la cima, se volvieron hacia Frigia y la vieron destruida por una inundación que había mandado Zeus. De toda la ciudad solo sobrevivió la humilde cabaña de los ancianos, que posteriormente se convertiría en un templo. Además, Zeus les dijo a Filemón y Baucis que podían pedirle cualquier deseo y él lo cumpliría. El matrimonio pidió ser guardianes de su templo, vivir juntos el mayor tiempo posible y no ver nunca la muerte del otro. Zeus así se lo concedió, y cuando llegó la hora en que ambos debían morir, los transformó en dos árboles, un roble y un tilo, que se inclinaron el uno hacia el otro mientras ambos pronunciaban sus últimas palabras.



Orchis, la orquídea




Es poco conocida la historia de Orchis, nombre que dio origen a una de las flores más bellas de la naturaleza. Hijo de una ninfa y un sátiro, Orchis acudió a un banquete organizado en honor al dios Dionisos, bebió demasiado y, en este estado de embriaguez, cometió el delito de violar a una sacerdotisa. Este acto deleznable le valió el terrible castigo de los dioses, quienes lo condenaron a morir devorado por las fieras. Rotos de dolor, los padres de Orchis suplicaron a los dioses que le devolvieran a su hijo; estos accedieron a condición de que en esta nueva vida, Orchis proporcionara placer a los seres humanos. Fue así como lo transformaron en una orquídea, cuyas antiguas leyendas dicen que al comer dicha flor se despertaban en el interior los poderes eróticos y la energía sexual de Orchis.



Cisso, la hiedra




La historia de Cisso nos es bastante desconocida, pues su mito no es de los más populares, pero vale la pena traerlo a colación. Las leyendas nos dicen que el dios Dionisos, entre sus bailarines, tenía un favorito que se llamaba Cisso. Pero ocurrió que, en medio de una danza, Cisso giró sobre sí mismo, tropezó y se partió el cuello, muriendo en el acto. Su muerte accidental le causó tanto pesar al dios del vino que lo transformó en una hiedra e hizo que esta planta se abrazara a la vid, de tal modo que ambos pudieran estar siempre juntos.

Este mito quizá explique la antigua costumbre de entretejer coronas de hiedra. El culto al vino requería de una representación duradera que la planta de la vid no les ofrecía. Las viñas pierden sus hojas en otoño y no vuelven a brotar hasta la temporada siguiente (siempre que la poda esté bien hecha). Además, las hojas y pámpanos que quitasen para hacer guirnaldas eran posibilidades de racimos que esquilmaban, de modo que recurrieron a las hojas de hiedra, cuya lozanía se mantiene a lo largo de todo el año y además imita la forma de las hojas de vid.



Cipariso, el ciprés




En las tierras de Cea, cuentan que habitaba un magnífico ciervo que Apolo había consagrado a las ninfas de Cartea. Este hermoso animal tenía cuernos de oro y estaba adornado con todo tipo de joyas y piedras preciosas. El ciervo, libre de todo temor, visitaba las casas de los habitantes del lugar y les permitía que lo acariciaran. De todos los habitantes de Cea, el joven Cipariso era quien más amor sentía por este ciervo. Juntos pasaban largas horas y Cipariso se entretenía poniéndole flores en los cuernos o montándolo como si fuera un caballo. Sin embargo, un día de calor asfixiante, el ciervo buscó sombra bajo unos árboles. Cipariso, que estaba de cacería, lo hirió con una jabalina sin darse cuenta de que era su gran amigo. Al ver que el ciervo se moría, Cipariso deseó la muerte para él mismo también. Aunque Apolo trató de convencerle para que no pidiera tal cosa, Cipariso no atendió a razones. Entonces, vertida ya su sangre, empezó a verdear y sus cabellos se erizaron rígidos hacia el cielo. Apolo entonces decretó que, así como él lo lloraría, Cipariso lloraría a otros y asistiría a sus duelos. De ahí que el ciprés sea considerado como el árbol de los muertos.



Adonis, el adonis y la anémona


Adonis era hijo de Cíniras y de su hija Mirra, quien acabó convertida en un árbol mientras estaba embarazada de su propio padre. De hecho, Adonis nació estando ya su madre metamorfoseada, cuando un jabalí frotó sus colmillos contra la corteza e hizo una abertura por la que salió el bebé. Era tan hermoso este niño que Afrodita quedó hechizada por su belleza, así que lo encerró en un cofre y se lo entregó a Perséfone para que lo guardara. Pero cuando la reina de los muertos descubrió el tesoro que guardaba, quedó también prendada de su belleza y rehusó devolverlo. Zeus tuvo que poner paz entre las dos diosas, y decretó que Adonis debía pasar cuatro meses con Afrodita, cuatro con Perséfone y los otros cuatro con quien él escogiera. Como Adonis prefería estar con Afrodita, estos cuatro meses también los pasaba con ella.

Pero los días felices de los amantes se acabaron cuando Adonis fue muerto por el ataque de un jabalí, que bien podría haber sido el celoso Ares transformado, o bien el animal habría sido enviado por Artemisa para vengarse de Afrodita por la muerte del mítico Hipólito. En todo caso, Adonis murió desangrado sin que se pudiera hacer nada para salvarlo. Cuando Afrodita corrió desesperada hacia él para auxiliarlo, se hirió con unas zarzas y sus gotas de sangre se transformaron en unas flores conocidas como "adonis". Como una manera de prolongar el recuerdo de su amado Adonis, la diosa roció néctar sobre el cuerpo del joven, de forma que cada gota de su sangre se transformó en una flor llamada anémona.


Y hasta aquí por hoy, lectores. ¡Nos vemos pronto!