sábado, 4 de noviembre de 2023

Vagando por la Historia: Juana la Loca


Locura.

Según el diccionario, la locura es un trastorno o perturbación patológicas de las facultades mentales, y también se refiere a una acción imprudente, insensata o poco razonable que realiza una persona de forma irreflexiva o temeraria. Hubo bastantes reyes y gobernantes a lo largo de la Historia que ostentaron el apelativo de "loco" (tengo una entrada al respecto sobre algunos de ellos), pero creo que muy pocos o ninguno lo llevó en relación a la locura de amor.

Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, llegó a nosotros como paradigma de la mujer poderosa que, por ambición y capricho de sus parientes y por haber tenido la mala fortuna de enamorarse de un impenitente mujeriego, fue despojada de su corona y sus títulos y fue encerrada en un convento mientras otros disponían de sus reinos a su antojo. Lo cierto es que no habríamos sabido prácticamente nada de Juana la Loca de no ser por los románticos nostálgicos del siglo XIX, quienes veían en la Edad Media una fuente de inspiración constante para dar rienda suelta a su imaginación exaltada. ¿Y qué podría ser más atractivo para un romántico que una reina cuyo amor por su esposo era tan grande que incluso había perdido la razón por ello? Fue en el siglo XIX cuando se le puso el apelativo de la Loca, pues en su época nunca nadie la llamó así, pero fue este título el que la haría trascender con el paso de los siglos. Aunque en época actual se está intentando despojarla de tan infamante título, no sería mala idea repasar un poco su vida para comprobar por nosotros mismos si la reina Juana I era una persona tan cuerda como cualquier otra, o si en realidad sí padecía una enfermedad mental que en su época fue catalogada como locura.



Juana nace en Toledo el 6 de noviembre de 1479. Era la tercera hija del matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. La precedieron Isabel y Juan y, cuando nació, la reina Isabel andaba empeñada en la reconstrucción del reino tras la guerra civil que asoló Castilla, lo que pasaba por reafirmar el papel de la monarquía castellana y su autoridad como persona. Pero, aunque la Historia la quiere representar como una fanática religiosa, la reina Isabel siempre fue una madre amorosa que supo encontrar el equilibrio entre el buen gobierno del reino con el cuidado de su casa y familia. Se ocupó personalmente de la educación de todos sus hijos, algo insólito para la época, y eligió para ellos amas y preceptores a los que les daba instrucciones sobre qué materias enseñar a cada uno de sus vástagos.

Educar a los infantes no era tarea fácil, pues las obligaciones del gobierno traían frecuentes separaciones entre padres e hijos. Pero, pese a sus grandes ocupaciones, siempre trataban de hacerlas compatibles con el cuidado de los hijos. De la reina Isabel se dice que solía hilar en la rueca para descansar la mente de los asuntos de gobierno, y que tanta era su afición a la costura que se encargaba de remendar personalmente las camisas del rey y los príncipes. Estas labores, junto con la artesanía del bordado y la cocina, fueron aprendidas por todas las hijas de los Reyes Católicos, pero no quiere decir que se descuidaran sus aptitudes intelectuales. Tanto Isabel como Fernando eran muy cultos y con gran sensibilidad artística; la propia reina Católica se había hecho con una gran colección de pintura, una biblioteca y frecuentaba la compañía de grandes hombres de letras y ciencias. Como además se pretendía entablar alianzas con los grandes reinos europeos de la época, ambos vieron como primera necesidad preparar bien a sus hijos en idiomas, humanidades, música, pintura y diplomacia.

De todos los hijos de Isabel y Fernando, Juana era tal vez la más parecida a su abuela paterna, Juana Enríquez. Se la describe como muy hermosa, de pelo castaño, tez tostada y dueña de unos grandes y rasgados ojos verdes. Era también muy inteligente, y de esto nos habla el sabio Luis Vives, quien afirmaba que Juana hablaba en latín con la misma fluidez que su lengua materna. Su personalidad aparece descrita con frecuencia como “enérgica”, lo que nos habla de una muchacha dotada de un carácter bastante fuerte y quizá difícil de domeñar una vez desatado. Este rasgo de su personalidad distaba mucho de la educación que había recibido. Como tercera hija, no era muy probable que accediera al trono, por lo que su instrucción estuvo más enfocada en hacer de ella una buena esposa. Como futura archiduquesa de Austria, se la enseñó a expresarse correctamente en francés, pero no se le permitía hacerse cargo de su propia casa ni de sus criados, y no se consideró la opción de enseñarle a manejar territorios, ya que no se contemplaba que pudiera necesitar tales conocimientos en el futuro. Pero lo que preocupaba a su madre era el escepticismo religioso de su hija y su poca devoción por el culto y los ritos cristianos. Y es que el carácter de Juana tendía a mostrarse cambiante, alternando episodios de risas y alegría extrema con otros de llanto y melancolía; lo mismo sucedía con la religión, ya que lo mismo Juana desdeñaba la idea de rezar y asistir a misa como que manifestaba su deseo de profesar en un convento.

Sin embargo, no era el convento lo que sus padres tenían pensado para ella. Después de que los Reyes Católicos consiguieran la unidad peninsular gracias a la Reconquista y el descubrimiento de América, su presencia y fuerza política les concedió un gran protagonismo en Europa, pero también les granjearía problemas con otros reinos, como fue el caso de la poderosa Francia. Con el fin de asegurar objetivos diplomáticos y estratégicos, los Reyes Católicos entablaron para sus hijos diversas alianzas matrimoniales con las principales casas europeas. Isabel fue prometida a Alfonso, príncipe heredero de Portugal y único hijo del rey Juan II, y a la repentina muerte de este volvió a contraer matrimonio, esta vez con su primo, el ya rey Manuel I. El príncipe Juan, único vástago varón de los Reyes Católicos, contrajo matrimonio con la archiduquesa Margarita de Austria, hija de Maximiliano I de Habsburgo, pero esta unión pronto quedaría rota tras la prematura muerte del joven a causa de unas fiebres. La infanta María contrajo matrimonio en 1500 con Manuel I, viudo de su hermana mayor, y su unión fue feliz y prolífica. En el caso de Catalina, se perseguía la alianza con Inglaterra, así que se la prometió con el príncipe Arturo, primogénito de Enrique VII, pero a su temprana muerte volvió a casarse con su hermano menor, el futuro rey Enrique VIII. Y en el caso que nos ocupa, Juana casó con Felipe de Habsburgo, hijo de Maximiliano I y hermano de Margarita, con lo cual Juana y su hermano se convertían así en cuñados.

El 21 de agosto de 1496, Juana embarca en Laredo y parte rumbo a Flandes. La travesía fue una auténtica odisea, a tal punto que tuvieron que buscar refugio en Portland, Inglaterra, hasta que el clima mejorase. Al fin la comitiva llega a Rotterdam el 8 de septiembre, pero Juana aún tardaría un mes en encontrarse con su futuro marido. Esto se debió a la fuerte oposición que los consejeros de Felipe mostraban hacia su unión con la infanta castellana, viendo como más provechosa una unión con Francia. Sin embargo, el encuentro se produjo en octubre de 1496, y fue tal la atracción que sintieron los contrayentes que fueron incapaces de aplazar su boda por más tiempo, de manera que la efectuaron en aquel mismo momento, sin protocolo alguno, por mano del capellán Diego Ramírez de Villaescusa, que formaba parte del séquito de la infanta. Así fue como Juana se convirtió en Archiduquesa de Austria.



A partir de aquel día, para Juana se abrió un mundo nuevo muy diferente de todo lo que había conocido hasta el momento. La corte flamenca, desinhibida, frívola e individualista, poco o nada tenía que ver con la austeridad de la corte castellana, y la joven Juana, que por entonces sólo tenía diecisiete años, se dejó encandilar de buena gana. Si antes tenía poca afición a oír misa y confesarse, ahora tenía mucha menos. A todo esto, se suma el amor profundísimo que sentía por Felipe, quien, pese a ser un marido impuesto por razones de estado, era joven y guapo. Aunque el apelativo de Hermoso le vendría más tarde (se lo puso el rey de Francia hacia 1501, durante una visita oficial de los archiduques), la fama de Felipe de galán con las damas de la corte lo precedía. Todos conocían de sobra su afición a las mujeres, y el matrimonio con Juana no le disuadió de seguir haciendo su voluntad. Los celos de Juana, que no estaba dispuesta a permitir los devaneos de Felipe, le causaron no pocas preocupaciones a Felipe y le hicieron perder pronto el interés por su esposa.

En cualquier caso, Juana cumplió con lo que se esperaba de ella cuando dio a luz a su primogénita Leonor en 1498 y a Carlos en 1500, con lo cual la sucesión quedaba asegurada. Curioso es el caso del nacimiento del futuro Carlos I de España, pues está bastante extendida la creencia de que vino al mundo en un retrete. Juana vigilaba a su esposo todo el tiempo y, pese al avanzado estado de gestación de su segundo embarazo, se empecinó en ir a una fiesta que se celebraba en el palacio de Gante. En cierto momento de la noche, tuvo retortijones y tuvo que ir al escusado, y allí mismo dio a luz al que sería emperador del Sacro Imperio.

Pero ni la maternidad fue capaz de mantener alejada a Juana de Felipe. Su pasión por él era tal que provocó alarma tanto en su marido como en todos los que la rodeaban, pues eran conocidos sus furiosos arrebatos de celos. Ya hemos hablado del carácter rebelde de Juana, que parece haber sido difícil de sobrellevar. Pero lo que en su madre se había visto como una virtud, en ella no lo era tanto. Se esperaba que una reina tuviera arrojo y un carácter fuerte, pero esta actitud era intolerable en una infanta o en una archiduquesa. Si a todo esto le sumamos que Juana pronto se vio desarraigada tanto de su tierra natal como de sus familiares, se explica que poco a poco entrara en un estado de depresión con altibajos que lo mismo le provocaban arrebatos de amor hacia Felipe, como peleas conyugales que el archiduque zanjaría encerrando a Juana en sus habitaciones de palacio y negándole su presencia.

Para Felipe hubiera sido muy sencillo mantener encerrada a Juana y seguir haciendo su voluntad, pero pronto habrían de cambiar las cosas. En el año 1497 moría Juan, el ansiado heredero de los Reyes Católicos, y su hermana mayor Isabel le seguiría un año después, a causa de un parto. El hijo de esta, el infante portugués Miguel de la Paz, habría sido el heredero de ambos reinos de no ser por su fatídica muerte en el año 1500. Así, gracias a una carambola del destino, Juana se convertía en princesa de Asturias y, por lo tanto, en heredera de las coronas de Castilla y Aragón.



En noviembre de 1501, la pareja emprendió camino hacia Castilla por tierra desde Bruselas para ser jurados por las cortes de Toledo, pero el viaje se hizo tan lento que no llegarían hasta seis meses después. Pese al impresionante futuro que le aguardaba en España, Felipe ansiaba regresar a su tierra. Despreciaba la rudeza de los castellanos, añoraba el refinamiento de la corte flamenca y no estaba dispuesto a quedarse con el papel de segundón que la condición de heredera de su esposa le acarreaba. Sus alardes de lujo y ostentación en la corte castellana fueron, además, vistos con gran desagrado. Por eso, antes siquiera de que acabara el año, Felipe partió hacia Flandes alegando que los asuntos de gobierno le reclamaban, dejando sola y embarazada a Juana, que no pudo hacer nada por retenerle.

En 1503 nació en Alcalá de Henares un príncipe al que Juana llamó Fernando en honor a su padre. En cuanto se recuperó del parto, empezó con los preparativos para marchar de vuelta a Flandes con su marido. Sus padres trataron por todos los medios de impedir que partiera, pues no querían que marchara sin conocer a sus súbditos ni ser jurada por las cortes de Zaragoza. Sin embargo, Juana vio este impedimento como una especie de confinamiento forzoso. Ella quería estar junto a Felipe, que era su esposo, al que se debía por completo. La situación provocó muchos conflictos entre los propios Reyes Católicos. La reina Isabel, quizá pensando más como madre que como reina, trataba de dar explicación a los arrebatos de su hija y disculpaba su proceder ante las grandes personalidades de la corte; Fernando, en cambio, desconfiaba de que su hija pudiera ser una buena reina para Aragón.

Es en este contexto cuando se produce el conocido episodio del Castillo de la Mota. Convencida por su madre, Juana había consentido en retrasar un poco su partida hacia Flandes y la había acompañado a Medina del Campo. Caía una fortísima nevada, por lo que se dio orden de elevar el puente, cerrar los portones y detener la marcha hasta que el tiempo mejorase. Juana, enloquecida porque pensaba que la iban a retener allí indefinidamente, incurrió en desacato, salió al patio en plena nevada y llamó la atención de todo el castillo con sus gritos y alaridos, exigiendo que la dejaran volver con su marido. Alarmados por el escándalo, los criados avisaron a la reina, que trató de convencer a Juana, sin éxito, de que entrara otra vez al castillo. A la mañana siguiente, incapaz de seguir reteniéndola, la propia Isabel dio orden de que la comitiva partiera para Flandes.

No volverían a verse. El 26 de noviembre de 1504 fallecía Isabel la Católica en el castillo de la Mota. Su cadáver fue amortajado con hábito de San Francisco y fue llevado a Granada. En su testamento dejaba dispuesto que Juana y Felipe fueran reconocidos como reyes de Castilla. Don Fernando debía ocuparse del gobierno hasta que la nueva reina tomase posesión de la Corona, y también podría tomar las riendas del gobierno en el caso de que Juana no pudiera o no quisiera gobernar, hasta la mayoría de edad del príncipe Carlos.

Pero este acuerdo no satisfizo lo más mínimo a Felipe, que ansiaba el poder y deseaba derrotar a su suegro a como diera lugar, y de nuevo consiguió ganarse la voluntad de Juana amenazándola con no volver a dejarla traspasar el umbral de su alcoba si no le obedecía. En respuesta a este movimiento, Fernando de Aragón respondió casándose con la jovencísima Germana de Foix. Este matrimonio tenía varios objetivos: el primero, conseguir una alianza firme con Francia, su acérrima enemiga (Germana era sobrina del rey Luis XII), y gracias a esto, debilitar la postura de Felipe. El segundo, conseguir descendencia masculina a quien legarle sus posesiones, ya que la Corona de Aragón pasaba directamente al heredero varón; si llegara a tener un hijo, Fernando se aseguraría de que su yerno jamás tocara sus posesiones en Aragón y el Mediterráneo. Así pues, se hacía indispensable un pacto entre los dos para evitar más rencillas. Y así, un año después de la muerte de Isabel la Católica, se llevó a cabo la Concordia de Salamanca, por la cual Fernando y Felipe se repartían el gobierno de Castilla y las rentas reales. Debido a los trastornos que se apreciaban en Juana, ambos dispusieron que gobernara Felipe y, en ausencia de este, se ocuparía Fernando.

Los nuevos reyes de Castilla partieron desde Flandes para establecerse, esta vez de forma definitiva, en sus nuevos dominios. Una vez en Castilla, Felipe comenzó una auténtica ofensiva para librarse de su suegro e incapacitar a Juana. Si bien es cierto que el estado mental de Juana no era el más óptimo, personajes como el arzobispo Jiménez de Cisneros no vieron en ella la lacra de la locura que le achacaba su marido. Se desvivía en demasía por su esposo, pero también tenía momentos de gran lucidez en los que tomaba decisiones acertadas o pedía que le hablaran de los últimos momentos de su madre. Después de visitarla varias veces y hablar con ella, Cisneros se opuso a que Juana fuera incapacitada, pero esto no detuvo a Felipe. Consiguió ganarse el favor de la nobleza castellana y aprovechó sus apoyos para apartar a Fernando de Aragón y quedar él como dueño de la Corona de Castilla. Esto quedaría acordado en los Acuerdos de Villafáfila.

Sin embargo, ese mismo año Felipe el Hermoso moría en Burgos, en el Palacio de los Condestables. Las circunstancias de su muerte siguen sin estar del todo claras. Unos creían que había sido envenenado por un sicario de Fernando el Católico; otros creen que contrajo unas fiebres tras haber disputado un partido de pelota. Sea como fuere, y pese a todos los desvelos de Juana, no hubo manera de salvarle la vida. Murió el 25 de septiembre de 1506, a los veintiocho años.



Juana mandó embalsamar el cuerpo de Felipe al uso de Flandes y ordenó que lo expusieran en la cartuja de Miraflores, donde ella iba a verlo cada dos o tres días. Como el deseo de Felipe era ser enterrado en Granada, Juana dio orden de que se organizara una comitiva que la llevaría a atravesar los campos de Castilla con el cadáver insepulto de su marido, lo que a ojos del pueblo produjo una penosa impresión. Sin embargo, esta maniobra podía obedecer a tres cosas: la primera, que el peregrinaje nocturno era más fácil que hacerlo de día por el calor (aunque esto podría quedar invalidado cuando nos damos cuenta de que el peregrinaje se llevó a cabo en invierno); la segunda, y quizá la más probable, que mientras tanto se aseguraba de que ni su padre ni la nobleza intentaban volver a casarla con otro hombre. Un nuevo matrimonio podría traer más hijos que le disputarían la herencia a su hijo Carlos, y eso era algo que Juana no quería; y la tercera, que al ir de pueblo en pueblo, esquivando las grandes ciudades, se cuidaba de ponerse en las manos de algún noble que quisiera controlarla. Con todo, y a pesar del empeño de Juana, nunca llegaría a Granada; en Torquemada hubo que hacer un alto para que la reina diese a luz a su última hija, Catalina.

En cuanto al gobierno del reino, los nobles crearon un Consejo de Regencia para gobernar provisionalmente el reino, presidido por Cisneros. Se sabe que, pese a que no le gustaban los asuntos de estado, la reina Juana trató de gobernar por sí misma, quitando los privilegios que su marido le había dado a los flamencos, e incluso llegó a prohibir que el cardenal entrara a palacio. En 1507, padre e hija se entrevistaban y el encuentro terminó con Fernando asumiendo el poder en Castilla como gobernador del reino. En 1509 dio órdenes de que Juana fuese llevada a Tordesillas, donde vivirá el resto de su vida, retirada de la política y de la vida cortesana. En realidad, su situación parece ser la de tantas otras reinas viudas de la época, que dejaban atrás todo lo que les ataba al mundo y se retiraban a alguna de sus posesiones para llevar una vida más tranquila y recogida. Con todo, Juana no dejó de ser reina nunca, ya que las cortes nunca la desposeyeron de su título. Pero Fernando quería evitar que se crease un partido nobiliario en torno a su figura, por lo que mandó que nunca saliera de Tordesillas y que fuese vigilada en corto por los Marqueses de Denia, de los que se decía que la maltrataban y le hacían padecer penurias y necesidades.

En 1516 muere Fernando el Católico, lo que dejaba a Juana como heredera también de la Corona de Aragón. El cambio más significativo es la visita de sus hijos mayores, Leonor y Carlos, que viene a Castilla para tomar el poder sobre los reinos. Parece bastante claro que Juana no quería gobernar, de manera que estuvo dispuesta a cederle a su hijo las riendas del gobierno mientras que en los documentos siguieran apareciendo los dos. Pero sucede algo que vendría a traer problemas, y es que una serie de ciudades castellanas (con la excepción de Burgos) se levantan contra su hijo y la toman a ella como referente. A finales de 1520, los lideres de las Comunidades toman Tordesillas, hablan con Juana sobre su situación y le piden que tome cartas en el asunto. Juana solo accedió en retirar las mercedes que se les habían concedido a los flamencos (muchos de ellos habían sido compañeros de francachelas de su difunto marido), pero se negó a firmar ningún tratado que pudiese perjudicar a su hijo Carlos. Al no conseguir nada de ella, los Comuneros fueron derrotados y Juana, una vez restablecido en su cargo el marqués de Denia, volvió a su encierro.

La vida de doña Juana se deterioró progresivamente, como testimoniaron los pocos que consiguieron visitarla en su palacio de Tordesillas. Durante años vivió con su hija Catalina, hasta que esta tuvo que abandonar el palacio para casarse con el rey de Portugal. Desde ese momento, los episodios depresivos se sucedieron con más frecuencia, a pesar de las visitas constantes de sus hijos y sus nietos. Sufrió una caída que la dejó muy mermada e inútil de ambas piernas, por lo que sus problemas de higiene personal se vieron agravados. En sus últimos años, se dice que empezó a tener visiones, lo que, conforme a la mentalidad de la época, le dio fama de estar endemoniada. Para entonces, su nieto Felipe dio orden a Francisco de Borja que la visitara para ver si los rumores eran ciertos. El 12 de abril de 1555, doña Juana moría en su confinamiento en Tordesillas.

La versión oficial del siglo XVI fue que la reina Juana había sido retirada del trono debido a su incapacidad mental para reinar, pero esta enfermedad mental nunca nos queda del todo clara. Se cree que pudo haber padecido melancolía, trastorno depresivo severo, psicosis, esquizofrenia heredada o un trastorno esquizoafectivo. Es muy posible que el confinamiento forzoso y los constantes maltratos a los que estuvo sometida por otras personas agravaran su estado mental. A día de hoy, la opinión mayoritaria es que Juana fue una víctima de las ambiciones de su padre, su marido y su hijo, lo que no deja de ser cierto, y cada vez se alejan más de la visión romántica de la reina que enloqueció por amor.