domingo, 5 de febrero de 2017

Historias de amor populares en la Edad Media


¡Hola a todos!

Bienvenidos al mes de febrero, el mes en el que los tiernos enamorados se confabulan nos deleitan con sus constantes besos empalagosos llenos de azúcar demostraciones de amor. Corazones, peluches, canciones de amor, cenas románticas... todo está pensado para que la gente enamorada pueda demostrar a su pareja lo mucho que la quiere y adora. Por supuesto, no faltarán semanas enteras en las que nos veremos obligados a ver un sinfín de películas románticas (o la puta Cincuenta Sombras Más Oscuras, que NO pienso ir a ver), o la edición de infinitas novelas románticas pensadas para hacer derramar lágrimas de emoción por la pureza de un amor que trasciende el tiempo y el espacio.

Visto lo visto, cualquiera pensaría que la literatura romántica es cosa de estos tiempos modernos o de la era victoriana, como muy lejos. Pero la verdad es que desde siempre han habido historias de amor que han conmovido al público. Grandes amores que hicieron célebres a sus protagonistas, que nos hicieron ver los peligros que existían al enamorarnos de la persona equivocada, que los dioses tenían mucho que ver con la manipulación de nuestros sentimientos y que el amor podía ser un sentimiento muy destructivo.

No es casualidad que las historias de amor favoritas de la Edad Media terminen de manera trágica. En la época, el amor no se consideraba precisamente un sentimiento positivo por las consecuencias que traía. Ojeras, hondos suspiros, rostros demacrados... El amor tal como lo veían en la Edad Media era más una enfermedad que un hermoso sentimiento. De ahí que se hable a menudo del "mal de amores" o de estar "herido" de amor. Es cierto que en el ámbito cortesano se practicaba el "amor cortés", que consistía en expresar el amor de una manera noble, sincera y caballeresca en forma de poesías y canciones de una sofisticación impresionante. Pero las historias de amor más populares de la Edad Media solían tener un nexo en común, y es el destino trágico de sus protagonistas, quienes, dejándose llevar por sus impulsos de amor, provocaban grandes calamidades cuando no eran ellos mismos los que sufrían la peor parte de su relación de amor.

Veamos cuáles eran las historias de amor que más gustaban a las gentes del medievo:



Tristán e Isolda




Hace un año le dediqué un artículo entero a esta famosa pareja, así que no me extenderé mucho al contar quiénes fueron y por qué se hicieron famosos, pues son de sobra conocidos por todo el mundo. Tristán e Isolda son los protagonistas de una célebre historia de amor medieval, posiblemente de origen celta y posteriormente incorporada a la leyenda del rey Arturo.

La historia nos narra las aventuras de Tristán, que viajó a Irlanda en nombre de su tío Marc, rey de Cornualles, para pedir la mano de la bella princesa Isolda, a quien el rey había escogido para ser su esposa tras descubrir que era la dueña del mechón de cabello que le había traído una golondrina. En el camino de regreso a Cornualles, Isolda, que odia a Tristán porque había matado a su tío, un gigante llamado el Morholt, le da de beber un veneno y lo apura ella misma para evitar casarse con Marco; lo que Isolda no sabe es que ese supuesto veneno era en realidad un filtro de amor que su madre le había dado para que su matrimonio fuese feliz. El filtro tiene la propiedad de unir en amor eterno a quienes beban de él, de modo que Tristán e Isolda no pueden evitar sentirse atraídos el uno por el otro.

A pesar de que nunca dejarán de ser amantes y que todas las circunstancias se confabulan en su contra para separarles (Isolda se casa con Marc y Tristán toma como esposa a una mujer también llamada Isolda), ninguno de los dos se olvidará jamás de su amor, ni siquiera cuando haya pasado el efecto del filtro. La desgracia se ceba con ellos una última vez cuando Tristán, herido de muerte, pide ver a su amada Isolda por última vez y manda a un barco que la traiga y que a su vuelta ice la vela blanca si Isolda va a bordo, o la vela negra en caso de que la reina no venga. Isolda acude, por supuesto, pero la esposa de Tristán, celosa por el amor que su marido le profesa a Isolda, le dice que la vela del barco es negra. Destrozado por la pena, Tristán exhala su último aliento sin llegar a despedirse de su amada. Cuando Isolda llegó y vio que ya era demasiado tarde, se arrodilló a los pies de Tristán y expiró junto a su amor.



Lanzarote y Ginebra




El compendio de historias que dan forma a la leyenda artúrica han sido y serán siempre de las más conocidas y celebradas por el gran público, y en la Edad Media alcanzaron mucha popularidad en el ámbito cortesano. Y siendo el amor uno de los grandes temas que se tratan en la materia de Bretaña, es lógico pensar que el romance entre la reina Ginebra y el caballero Lanzarote del Lago fuese uno de los más famosos de la literatura de la época.

Lanzarote era hijo del rey Ban de Benwick, pero siendo tan solo un niño fue raptado por la Dama del Lago, que lo llevó a su palacio acuático para criarlo. Con el tiempo, Lanzarote alcanzaría una gran destreza en el uso de las armas, por lo que al cabo de un tiempo abandonó su hogar para recorrer el mundo, llegando a Camelot después de unos años. Una vez en la corte de Arturo, éste le encomienda la misión de ir a buscar a su prometida para la boda real. Pero durante el camino de vuelta, Lanzarote y Ginebra se enamoran, y desde ese momento el corazón de Lanzarote quedará perpetuamente dividido entre su amor por la reina y la lealtad que le debe a Arturo, su rey y mejor amigo.

A pesar de que al principio el amor entre Lanzarote y Ginebra parece quedar dentro de los límites del amor cortés, la gente que les rodea no tarda en darse cuenta de que ambos rebasan esos límites más de lo permitido. Ginebra le es infiel a Arturo y Lanzarote siente remordimientos cada vez más fuertes, pero ninguno de los dos puede resistirse a llevar su amor hasta las últimas consecuencias. Y será así como ambos provocarán la ruina y caída en desgracia de Camelot. Cuando Arturo se entera por Morgana de la relación que hubo entre Lanzarote y su esposa, condena a ésta a morir en la hoguera y destierra a su mejor caballero. Pero Lanzarote regresa y salva a la reina de su cruel destino. Tras la muerte de Arturo en la batalla de Camlann, Ginebra entra en un convento y Lanzarote se convierte en ermitaño.



Paris y Helena




Hay historias de amor que nunca pasan de moda, y la mitología clásica puede presumir de ser la fuente de grandes historias amorosas cuyo eco resuena todavía hoy. Es el caso de Paris y Helena, cuyo amor trascendió épocas hasta perpetuarse como el símbolo del amor predestinado. Juntos a pesar de todo, juntos cueste lo que cueste. Esta es la historia de un amor que provocó una guerra.

Helena era hija de Zeus y Leda, y estaba considerada la mujer más hermosa del mundo. Y Paris era hijo del rey troyano Príamo, al que las diosas Hera, Atenea y Afrodita eligieron para que fuese su juez para decidir cuál de las tres diosas era la más hermosa; para ganar su favor, la diosa Afrodita le prometió que le entregaría a la mujer más bella del mundo como su esposa, y Paris la eligió. Afrodita cumplió su promesa, pero había un problema: Helena estaba casada con Menelao, el rey de Esparta.

Durante la estancia de Paris en Esparta, donde era huésped de Menelao, Helena le vio y se enamoró perdidamente de él. Fueron tan fuertes los sentimientos que tenían el uno por el otro que Helena decidió fugarse con Paris y se marcharon juntos a Troya. Los aqueos no podían soportar la afrenta del joven troyano y la vergüenza de Esparta exigía venganza, así que se organizó una liga formada por todos los reinos de la Hélade que partieron en sus naves rumbo a Troya, donde daría comienzo la guerra más famosa de la antigüedad.

La llegada de las tropas aqueas fue el inicio del calvario de los dos enamorados. Los troyanos, conmovidos por los encantos de Helena, se negaban a devolverla a los griegos. Sin embargo, aquella guerra que ya duraba diez años les hizo cambiar de opinión y fueron muchos los que empezaron a verla como la causante de sus desgracias. Helena se consumía por la culpa y Paris por la impotencia al ser incapaz de poner fin al conflicto, pero en la intimidad seguían siendo dos enamorados que querían seguir juntos a pesar de todo. Sin embargo, su final estaba escrito y no iba a ser un final feliz. Cuando los aqueos invadieron Troya utilizando un caballo de madera y arrasaron la ciudad hasta los cimientos, Paris fue asesinado y Helena fue llevada de vuelta con su marido. Algunas versiones dicen que el resto de su vida se lo pasó llorando la pérdida de su único y verdadero amor; otras, en cambio, dicen que la muerte de Paris puso fin al hechizo de amor que Afrodita había lanzado sobre ella, y que consiguió ser feliz al lado de su esposo Menelao.



Dido y Eneas




Sin salirnos del mundo clásico, os voy a hablar de una historia de amor que causaba auténtico furor en la Edad Media: la trágica historia de Eneas, el famoso héroe troyano, y Dido, la reina de Cartago. De esta historia existen varias versiones, pero puede que la más conocida sea la que el poeta Virgilio nos ha dejado en La Eneida.

Huyendo de su patria arrasada, Eneas y un grupo de troyanos viajan rumbo a la península itálica, pero una tempestad los desvía hasta Cartago, donde les recibe la bella reina Dido, a quien Eneas le pide su hospitalidad. La diosa Venus, madre de Eneas, hace que Dido se enamore de su hijo para que no lo traicione, a pesar de que Dido había decidido ser fiel al recuerdo de su difunto marido Siqueo. Las diosas Juno y Venus manipulan los acontecimientos para que en Cartago se organice una cacería durante la cual se desata una tormenta que obliga a Dido y a Eneas a cobijarse en una cueva. Esa misma noche yacen juntos y los días siguientes los dedicarán a disfrutar de su recién nacido amor.

Pero una vez más los dioses vuelven a intervenir. Ante el retraso que Dido ocasiona a los planes de Eneas de seguir adelante con su viaje, el dios Júpiter envía a Mercurio para que le recuerde a Eneas que los hados dictaminan que debe continuar viajando. A pesar del dolor que ello le ocasiona, el héroe obedece la voluntad divina y se marcha de Cartago dejando atrás a su amante. Desconsolada y ofendida por su rechazo, Dido trata de olvidarlo pidiendo el apoyo de su hermana Ana, pero no puede. Por eso, mientras los barcos de Eneas parten rumbo a la península itálica, Dido se arroja a una pira y muere.



Jasón y Medea




Y seguimos con la mitología clásica, fuente de grandes historias de amor que se hicieron muy populares durante el medievo. Las aventuras de los héroes griegos gustaban mucho, y entre batalla y batalla también encontraban un huequecito para sus aventuras amorosas, así que era de esperar que los amores de Jasón y Medea también se hicieran muy populares.

Jasón, hijo del rey de Yolco, reunió a un grupo de expedicionarios conocidos como los Argonautas para viajar a la Cólquide, donde se encontraba el famoso vellocino de oro. El rey de la Cólquide, Eetes, le prometió que le entregaría el vellocino si conseguía pasar una prueba que consistía en uncir unos bueyes que expulsaban fuego por el hocico, sembrar dientes de dragón en los surcos arados y derrotar a los guerreros que saldrían de esos dientes. A pesar de que le parecía una prueba imposible de superar, Jasón aceptó.

Pero el héroe no habría salido airoso de no ser por Medea, la hija del rey. Enamorada de Jasón, la noche anterior a la prueba visitó al héroe en su tienda y le proporcionó pociones y ungüentos mágicos que le harían invulnerable al fuego y le darían una fuerza sobrehumana. Además, le dio las instrucciones precisas para superar la prueba. Pero a pesar del triunfo de Jasón, Eetes se negó a cumplir su promesa, así que Medea guió a los Argonautas al lugar donde se hallaba el vellocino de oro. Con sus poderes, hizo dormir a la gran serpiente que custodiaba el vellocino para que Jasón pudiera hacerse con el preciado trofeo. Como sabía que sus compatriotas no perdonarían su traición, Medea le pidió a Jasón que la llevara con él de vuelta a Yolco; Jasón no solo se lo prometió, sino que además juró hacerla su esposa.

Pero después de un tiempo, y pese a que estaban casados, Jasón se cansó de Medea tras quedar prendado de la bella Creúsa, hija del rey de Corinto, por la que abandonó a su legítima esposa. Medea, loca de celos, fingió congraciarse con Creúsa y envió un hermoso vestido para la flamante novia. En cuanto Creúsa se puso el vestido, la magia que contenía se liberó y la convirtió en una antorcha humana. No conforme con esto, Medea remató su venganza asesinando a los hijos que había tenido con Jasón, pues el rencor que sentía hacia él había superado el amor que le pudiera tener a sus hijos. Los habitantes de Corinto trataron de capturarla para matarla, pero Medea consiguió huir en carro de serpientes aladas que le había regalado Helios.



Píramo y Tisbe




Esta historia de amor no es tan conocida como las historias anteriores, pero veremos que las vicisitudes por las que estos trágicos amantes tuvieron que pasar recuerdan mucho a las que hay en otros cuentos medievales. Este cuento babilónico también ostenta el honor de ser una de las fuentes de inspiración de Shakespeare para escribir su maravillosa obra de teatro Romeo y Julieta que, como todos sabemos, es el paradigma perfecto del amor trágico.

Píramo y Tisbe se conocían desde pequeños y habían crecido juntos y, con el tiempo, se enamoraron. Sus familias habitaban casas contiguas, pero sus disputas habían debilitado la antigua amistad que existían entre ambas, llegado al punto de levantar un muro que atravesara la vivienda por la mitad para impedir todo contacto. Sin embargo, Píramo y Tisbe consiguieron burlar en parte la prohibición de verse, ya que en la pared que separaba sus habitaciones había una pequeña grieta, defecto de construcción del muro, a través de la que podían hablar y hasta verse, pero no tocarse y mucho menos besarse, lo que les provocaba un tremendo pesar.

Harto de esa situación, Píramo le propuso a Tisbe huir juntos y le dice que se encontrarán la próxima noche junto a la tumba de Ninus, bajo una morera blanca. Tisbe es la primera en llegar, pero junto a la tumba aparece un león con las fauces ensangrentadas de su última caza. Aterrorizada, Tisbe huye y se le cae el velo, que el león desgarra con su boca manchada de sangre. Cuando llega Píramo y ve el velo, cree que Tisbe ha muerto devorada por el león. Loco de dolor, se suicida clavándose su propia espada en el costado. Al cabo de un rato, Tisbe regresa a la tumba y descubre a su amado agonizante. Incapaz de vivir sin Píramo, Tisbe también se clava un puñal y muere junto a él. La sangre que brotaba de sus cuerpos tiñó de color las moras blancas de la morera que, desde entonces, son púrpuras.


¡Y hasta aquí por hoy! ¡Hasta pronto, lectores!


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