lunes, 20 de mayo de 2013

Catalina Howard, la Coqueta Frívola

 
 



Catalina Howard se crió en la pobreza, a pesar del esplendor de su linaje Howard, que descendía de Eduardo I a través de los duques de Norfolk. Nació en 1520 en el seno de una familia muy prolífica y era prima carnal de Ana Bolena. Cuando era pequeña, fue llevada a Chesworth, a la casa de Agnes, la viuda duquesa de Norfolk. Como otras grandes damas de su época, la duquesa Agnes era considerada una figura responsable a la que se podía confiar el cuidado de las jóvenes, pero es bien cierto que una casa en la que había tantos adolescentes se prestaba a todo tipo de escándalos de naturaleza sexual, y Catalina no estuvo excluida de estos.

Su primer romance fue con el músico Henry Mannox, que intentó seducir a aquella muchacha de quince años entre las lecciones de clavicordio y laúd, aunque al parecer la relación se limitó a manoseos furtivos en la cámara de la capilla de la duquesa. Finalmente, se le apartó de Catalina, aunque no por su escasa moralidad, sino porque no se le consideraba un buen partido para ella.

El siguiente romance de Catalina fue con el caballero Francis Dereham. Sus encuentros con Catalina tenían lugar en la casa de la viuda de Norfolk y le hacía frecuentes visitas por la noche en su habitación. Hay motivos para pensar que esta relación sí recibió mayores muestras de aliento, ya que fue consumada sexualmente. Como tenían la costumbre de llamarse “esposa” y “marido”, es muy posible que entre ellos existiera un precontrato de matrimonio. Pero Dereham, si bien de mejor cuna que Mannox, tampoco resultaba un partido especialmente brillante, y el amor de Catalina por él parece haberse enfriado durante la estancia de Dereham en Irlanda, en especial cuando ella se trasladó a la corte y conoció al galante Thomas Culpeper en la cámara privada del rey.

Una vez que Enrique VIII empezó a demostrar interés por ella, los Howard empujaron a Catalina a los brazos del rey. El hecho de que existiera un precontrato de matrimonio con Dereham, algo que era equivalente a un compromiso serio, fue olvidado por el momento, ya que Enrique estaba deseando librarse de Ana de Clèves y ardía en deseos de tomar por esposa a aquella jovencita coqueta y burbujeante. La visitó durante varias noches hasta que por fin se publicó el acta de divorcio. El 28 de julio de 1540, Enrique VIII se casó con su prometida en Surrey. En sus votos matrimoniales, Catalina juró vivir con su esposo en la salud y en la enfermedad, “hasta que la muerte nos separe”.

Del aspecto físico de Catalina Howard nos ha llegado muy poca información. Se dice que era de estatura muy baja, aún más que la difunta reina Catalina de Aragón, y que su belleza no era demasiado llamativa. No obstante, poseía la gracia y la sensualidad de una jovencita que ha sido muy tempranamente iniciada en el amor. Sabía cómo agradar y complacer a los hombres, aunque eso no quiere decir que repartiera sus favores sexuales a la ligera. Era más bien como una seductora Lolita que había atrapado el corazón de un hombre mucho más mayor que ella.

Para Enrique VIII, Catalina Howard era su rosa sonrojada sin una espina. Estaba loco de amor por ella. Le prodigaba su afecto a todas horas y le hacía caros y numerosos regalos. Catalina recibía a diario magníficas joyas, broches y piedras preciosas que hacían sus delicias, además de un vasto ropero compuesto por multitud de vestidos de seda, raso y terciopelo. También le fueron entregados numerosos castillos, dominios y mansiones que habían pertenecido a la difunta Juana Seymour y a Thomas Cromwell. Catalina aceptaba esos regalos como si en verdad tuviera derecho a ellos. Y Enrique estaba tan enamorado de ella que nada le parecía suficiente para agasajarla, fascinado como estaba por su joven esposa.

En cambio, los sentimientos de Catalina Howard hacia el rey son algo más turbios. No se puede decir que no sintiera nada por Enrique, pero más que amor deberíamos creer que se trataba de la impresión que la figura del rey causaba en todos sus súbditos, aumentada además por el aura religiosa que le confería el haberse proclamado cabeza de la Iglesia en Inglaterra. En otras palabras, los sentimientos de Catalina no eran de amor romántico, sino de reverencia y gratitud. Además, hay que tener en cuenta que Enrique VIII no era en esa etapa de la vida un hombre maduro deseable. Había engordado desmesuradamente con el paso de los años debido a una dieta poco saludable basada en carne y vino, y además tenía ulceraciones en las piernas que le causaban un gran dolor. Es obvio pensar que una jovencita como Catalina Howard no se sintiese demasiado atraída por él.

No obstante, la joven reina estaba demasiado ocupada divirtiéndose como para pensar en su anciano esposo. Uno de sus pasatiempos favoritos era la danza, que practicaba a menudo con sus damas de honor. En las ocasiones especiales, tras el banquete, Catalina bailaba para su esposo, que apenas podía moverse debido a sus piernas enfermas. A veces, Enrique sólo podía contemplar cómo bailaba, escogiendo a sus jóvenes caballeros. Hacia 1541, Enrique VIII volvió a sufrir una recaída que le obligó a postrarse en cama durante varios días. Durante ese tiempo, Catalina Howard pudo hacer lo que le dio la gana.


"Ningún Otro Deseo que el Suyo"
 
 
Mientras el rey padecía, Catalina reanudó su relación con Thomas Culpeper. Fue una acción muy inconsciente y temeraria por parte de ambos, pero sobre todo por parte de Catalina, ya que era la clase de muchacha que pierde fácilmente la cabeza por un hombre atractivo. Ingenuamente, pensaba que no hacía nada malo en buscar el placer por su propia cuenta mientras el rey no se enterase. De lo tórrido de esta relación se conserva una carta de amor escrita por la propia Catalina de su puño y letra, y destinada a Culpeper, al que insta a visitarla lo antes posible. La firma, tan conmovedora como indiscreta, no deja lugar a dudas de su pasión: “Vuestra en tanto siga la vida, Catalina”.

Pero Enrique VIII no sabía nada de esto. Partió al norte con la reina Catalina para apaciguar los territorios donde conservaban obstinadamente las antiguas prácticas religiosas y para establecer un arreglo con su sobrino Jacobo V, rey de los escoceses. Se celebraron ceremonias pomposas en cada etapa del viaje, y Catalina Howard ejerció su papel ceremonial perfectamente. Cuando el séquito real llegó a Hampton Court, el rey expresó solemnemente su agradecimiento por la felicidad que le había traído la reina.

Fue su último momento de dicha con Catalina. Las mismas tramas que la habían catapultado al trono de Inglaterra ahora también la destruirían. Su pasado travieso y su presente indiscreto eran un plato demasiado jugoso como para dejarlo escapar. John Lascelles, un caballero de la corte, le contó a Cranmer los detalles del pasado de Catalina Howard en casa de la viuda de Norfolk. Esto sirvió para convencer al arzobispo de tres cosas: El pasado de la reina distaba mucho de ser intachable, podría haber estado prometida con otro hombre y, lo que más temía, tenía que decirle al rey Enrique VIII que su rosa no era tan pura como él pensaba.

Al principio, Enrique se indignó ante las acusaciones contra su esposa, que tachó de calumnias nacidas de la envidia. Sin embargo, instó a Cranmer a que llegara al fondo del asunto. El arzobispo reunió diversas pruebas que demostraban la ligereza de costumbres de Catalina y, cuando se impuso la horrible verdad, Enrique VIII se quedó desolado. Pasaba de la ira a la tristeza en un santiamén. En un momento se compadecía, y al siguiente pedía que le trajeran una espada para acabar él mismo con su esposa. Finalmente, se echó a llorar al verse burlado.

Entretanto, se debía lograr que la reina Catalina hiciera una confesión. Cranmer interrogó a la reina y ella se derrumbó por completo. Paralizada por el terror y el sentimiento de culpa, la desdichada Catalina confesó que había mantenido relaciones sexuales con Francis Dereham antes de casarse y con Thomas Culpeper después de su matrimonio con el rey. Pocos días más tarde, fue arrestada y retenida en Hampton Court; sus antiguos amantes no tardaron en seguirla.

El 24 de noviembre de 1541, Catalina Howard fue acusada de haber llevado una vida licenciosa y abominable, y de aparentar inocencia para inducir al rey a amarla. Fue llevada a la Torre, en la que también habían encerrado a muchos parientes suyos que habían tomado parte en su encumbramiento. El único que se salvó fue su tío, el duque de Norfolk, que se arrastró miserablemente ante Enrique VIII para quedar libre de culpa. El duque de Norfolk había sido uno de los primeros en enganchar su carro a la buena estrella de Catalina; ahora, en su momento de máxima necesidad, la abandonó sin ningún remordimiento.

En febrero de 1542, Catalina Howard se estaba preparando para morir. Aunque se le rindieron los honores debidos a una reina, sabía que no volvería a salir de allí si no era para morir. Dereham y Culpeper fueron condenados a ser cortados vivos, ahorcados, destripados y descuartizados por haber cometido traición. A Catalina se la condenó a ser decapitada. La noche anterior a su ejecución, pidió que le trajeran a su habitación el cadalso del verdugo, y se pasó toda la noche practicando cómo debía colocarse.

A la mañana siguiente fueron a buscarla. Al igual que había hecho Ana Bolena, pidió que su ejecución fuera privada, pero no se le concedió. Tuvo que ser llevada al patíbulo en brazos, pues estaba tan débil que no podía ni mantenerse en pie. Una vez allí, pronunció un corto discurso y, como tantas veces había practicado aquella noche, se ubicó en el tajo y el hacha cayó sobre ella implacablemente. Su cuerpo fue llevado a la capilla de Saint Peter ad Vincula, donde yacía también el cuerpo de Ana Bolena. Catalina Howard había sido reina de Inglaterra poco más de dieciocho meses, y es posible que no hubiese llegado todavía a su vigésimo primer cumpleaños.
 
 


11 comentarios:

  1. Pobre chica imbécil. La verdad es que esta muchacha era tan sumamente tonta e inconsciente que me da pena. También me da rabia su historia, sobre todo por dos detalles: uno, la hipocresía suprema de la sociedad en general y del rey en particular, que se tiraba a todo lo que se movía sin que nadie enarcara ni una ceja, pero en cuanto la reina hacía lo mismo, se aramaba la de Dios y acababan muertos ella y su amante. Nueva muestra de la tremenda misoginia de Enrique: él era un ser humano con honra, deseos y derechos, las mujeres sólo eran objetos que debían satisfacerle y obedecerle.
    Otra cosa que me da mucha rabia es lo del pobre Dereham, a quien considero una víctima inocente. Me parece MUY injusto que lo ajusticiaran, y de un modo tan cruel, por haberse acostado con Catalina ANTES de casarse con el rey. ¡Había un precontrato matrimonial! ¿Cómo fue posible que codenaran a ese pobre hombre? En cambio Culpeper sí que sabía dónde se estaba metiendo.
    Por último, te comentaré que fue incapaz de ver el episodio de los Tudor que va de estas ejecuciones, porque me pareció tan gore, tan desagradbale y tan cruel, que apagué la tele y dejé el capítulo sin terminar.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si...pero tambien hay q pensar q no existian metodos anticonceptivos...la fidelidad de la reina era un asunto de estado porq era la unica manera de asegurar que el heredero al trono sea realmente hijo del rey...por lo demas comparto tu opinion

      Eliminar
  2. Sí, lo tenía todo: Era muy joven, demasiado ingenua, no tenía a nadie que la aconsejara debidamente y, además, inconsciente de sus actos. Ana de Clèves, siendo más inocente en temas sexuales, había estado muy bien aconsejada y supo qué hacer cuando perdió el favor del rey.

    La misoginia siempre ha estado presente en la sociedad. El hombre puede ser infiel, pero pobre de la mujer que se fije demasiado en otros hombres. Se pensaba que la mujer era tan débil por naturaleza que siempre tenía que estar controlada por un hombre, mucho más superior que ella en todos los aspectos. Y en el amor pasaba exactamente lo mismo: El hombre podía hacer lo que le diera la gana porque para eso era el hombre y tenía necesidades que desfogar; la mujer no tenía ese tipo de necesidades (se creía que la mujer ardorosa tenía al diablo dentro de ella). Además, no pasaba nada por que el hombre fuera por ahí dejando bastardos, pero no pasaba lo mismo con la mujer, que era la salvaguardia del honor de una familia.

    Un caso muy emblemático sobre estas diferencias es el de Juana la Loca. Su amor por Felipe el Hermoso ciertamente rayaba en lo malsano, porque se había convertido en una auténtica obsesión. Pero él le daba motivos para estar celosa. Pero la gente no decía nada. Era hombre y además era rey, ¡qué se le iba a hacer!

    La cuestión de los precontratos era algo que Enrique utilizaba como le daba la gana. Ana Bolena también había tenido un precontrato, y se decía que había pasado otro tanto con Ana de Clèves, pero esas cosas se olvidaban cuando se le metía algo entre ceja y ceja.

    Y lo más curioso! Entre Dereham y Culpeper, Enrique podía entender mejor a Culpeper, al que apreciaba. Veía a Dereham como el corruptor de Catalina, pero le daba igual que Culpeper violara a la pobre mujer de un campesino con ayuda de varios secuaces suyos.

    ResponderEliminar
  3. ¡Vaya! No sabía la historia esa de que Culpeper violó a una pobre campesina. Además de idiota, malvado. Desde luego, se merecía acabar como acabó; podríamos decir que fue un Premio Darwin :-P
    Sin embargo, por mucho que Enrique comprendiera mejor a Culpeper que a Dereham, sigo sin entender en qué se basó para mandar ejecutar a Dereham, cuando de los dos era el único que no había cometido traición (ni delito alguno).

    ResponderEliminar
  4. Al parecer, el argumento en el que se basó fue el de acostarse con Catalina. A Enrique VIII lo que le dolió es que Catalina Howard no fuera la chica virginal que él creía que era. Si comparas con lo sucedido con Ana de Clèves, de la que él dijo que sus pechos caídos indicaban que probablemente no era virgen, es casi cómico. Enrique rechazó a una mujer de la que sospechaba que no era virgen, y no era cierto, y escogió a una chica que él creía virginal y no lo era. Por supuesto, Dereham había sido el primero (que sepamos) en acostarse con Catalina, y creo que fue eso lo que enfureció al rey: que un hombre, y además de no muy alta cuna, "profanara" a su florecilla inocente. Por supuesto, eso no quiere decir que sea un motivo válido para matar a nadie, pero ya sabemos cómo se las gastaba Enrique, el octavo de su nombre.

    ResponderEliminar
  5. Lo que me sorprende es que nadie hiciera nada. Quiero decir, una cosa es que las leyes fueran duras, y otr muy diferente que el rey las aplicara como le diera la real gana, sin un mínimo de garantías jurídicas. Que en esa época había pocas, pero haberlas haylas. Lo de aplicar la ley como le daba la sacrosanta gana lo convirtió en un tirano; por mucha rabia que le diera que Dereham se hubiera trajinado a su mujer cuando eran novietes, seguía sin haber quebrantado la ley vigente.

    ResponderEliminar
  6. La historia de que Culpeper violó a una campesina no esta comprobada, ya que Culpeper tenía un hermano mayor que tenía el mismo nombre de pila. Se dice que ese hermano tenía fama de violento. Cualquiera de los dos pudo haber sido.

    ResponderEliminar
  7. Tienes razón en que podría haber sido otro Thomas Culpeper el que llevó a cabo la violación de aquella chica; era costumbre que hubiera hermanos con el mismo nombre, lo que puede dar lugar a confusión. Pero, por lo que he leído, es muy posible que se tratara de nuestro Thomas, ya que es un antecedente del ayuda de cámara personal de Enrique VIII, y no tuvo más que un Culpeper a su servicio.

    Gracias por el aporte!

    ResponderEliminar
  8. Increíble el machismo de la época, el rey fue sumamente infiel y nadie lo enjuiciaba por ser Rey y hombre.

    Llama la atención la forma terrible de castigo de la época que atentaba contra todo derecho humano.Algo que hoy en día no es considerado como grave que implique una condena de muerte.

    Catalina si bien cometió un error, ese error era condena de muerte en ese tiempo, fue víctima de las circunstancias,las reglas de la época y de un Rey tirano y despiadado que se sabía que estaba desequilibrado mentalmente por un accidente en un juego de justas, el sobrepeso y la ambición.

    ResponderEliminar
  9. Increíble el machismo de la época, el rey fue sumamente infiel y nadie lo enjuiciaba por ser Rey y hombre.

    Llama la atención la forma terrible de castigo de la época que atentaba contra todo derecho humano.Algo que hoy en día no es considerado como grave que implique una condena de muerte.

    Catalina si bien cometió un error, ese error era condena de muerte en ese tiempo, fue víctima de las circunstancias,las reglas de la época y de un Rey tirano y despiadado que se sabía que estaba desequilibrado mentalmente por un accidente en un juego de justas, el sobrepeso y la ambición.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, a lo largo de la historia siempre ha habido muchas injusticias, sobre todo para las mujeres. Sin embargo, me gustaría aclarar que el término "machismo" no está bien empleado en esa situación. Sí, desde luego se trata de un comportamiento machista, pero según nuestro punto de vista; el machismo como tal es un término que fue acuñado en los años 80 del siglo XX, por lo que antes no existía. Simplemente, así era como se hacían las cosas; o te adaptabas o acababas mal. La pobre Catalina Howard lo comprobó de la peor de las maneras.

      No sé si Enrique VIII estaba desequilibrado por culpa de un accidente durante una justa; podría ser, no lo discuto, pero quisiera comprobarlo porque me ha entrado curiosidad. Yo siempre he achacado su comportamiento a su educación, pues la verdad es que tenía todas las papeletas para convertirse en el tirano caprichoso y voluble que fue.

      Gracias por comentar! ^^*

      Eliminar