miércoles, 15 de mayo de 2013

Ana de Clèves, la "Hermana" del Rey

 
 



A comienzos de 1538 se inició formalmente la búsqueda de una nueva reina de Inglaterra. Enrique VIII, habiendo enviudado de Juana Seymour, sentía la necesidad de tener al lado una esposa y compañera. El secretario Thomas Cromwell, consejero del rey, siendo testigo del cambiante panorama internacional, que se enturbiaba a ojos vista debido a la expansión de las nuevas ideas luteranas, consideró prudente realizar un acercamiento a los países en los que más proliferaba el movimiento reformista para buscar apoyos contra posibles represalias del Papado. Así, consiguió convencer a Enrique VIII de que era preferible celebrar un matrimonio que conviniera a las necesidades de Inglaterra. La candidata elegida para ser la nueva consorte real fue la flamenca Ana de Clèves.

El ducado de Clèves estaba situado en el Bajo Rin. El matrimonio del duque Juan III de Clèves con María, heredera de los ducados de Jülich y Berg, dio cuatro hijos de los que Ana, nacida el 22 de septiembre de 1515, era la segunda. El origen de Ana no carecía de distinción, pues descendía de una larga línea de princesas alemanas que se remontaba muy atrás en el tiempo. El hermano de Ana, el duque Guillermo de Clèves, era líder de los protestantes alemanes de occidente, y Cromwell entendía que una unión con los estados luteranos podría ayudar a contrarrestar la amenaza que suponía para Inglaterra la Francia católica y el Sacro Imperio Romano.

El mundo donde se crió Ana de Clèves estaba muy alejado de otras cortes europeas renacentistas, donde se abrazaban las letras y las artes. Al contrario que otras mujeres como Catalina de Aragón o Ana Bolena, Ana de Clèves recibió una educación muy pobre en comparación. Pese a estar en un territorio luterano, fue instruida en la fe católica. No sabía leer ni escribir en otro idioma que el propio, y tampoco sabía cantar ni tocar instrumento alguno. En resumen, no estaba preparada para entrar en un mundo de intrigas tan sofisticado como la corte inglesa, ni para complacer a un marido corpulento y quisquilloso como Enrique VIII.

Pero en aquel momento no se pensaba en eso. Los planes de matrimonio se alentaron al recibir los informes sobre la virtud y modestia de Ana. Sin embargo, no se sabía nada de su aspecto físico. Los enviados ingleses a Clèves que iban a inspeccionar a Ana se encontraron con una desconcertante escena: Ana y su hermana Amelia aparecieron envueltas en un hábito grande que ocultaba sus formas y con un velo que les tapaba la cara. El duque de Clèves accedió a que se pintara un retrato de Ana, y desde Inglaterra fue traído el pintor Hans Holbein, que realizó el hermoso retrato que podemos ver hoy en día en el Louvre. Mientras tanto, se empezaron a preparar las habitaciones y residencias que habría de ocupar la futura esposa del rey.

El viaje de Ana de Clèves a Inglaterra causó muchos problemas, pero finalmente llegó a buen puerto. El rey Enrique la estaba esperando impaciente desde hacía demasiado tiempo y su imaginación había empezado a alborotarse. El retrato que le había dado Holbein alimentaba sus pensamientos y ya se creía enamorado de aquella misteriosa mujer. Estaba ansioso y quería conocerla inmediatamente para averiguar si era como la había pintado su fantasía. Pero su entusiasmo se vino abajo en el mismo momento en que la miró a los ojos. La entrevista posterior tampoco ayudó a mejorar la primera impresión, puesto que Ana apenas hablaba inglés y parecía confundida. De aquel encuentro nos queda el escueto comentario que Enrique VIII le hizo a Cromwell: “No me gusta”.

Al parecer, el problema residía en el aspecto físico de Ana de Clèves. ¿Era tan espantosa como se decía? Viendo su retrato, donde se muestra a una mujer de apariencia dulce y tierna, parece difícil de creer. Pero las descripciones de sus contemporáneos van hacia otros derroteros que el cuadro no muestra. Se decía que aparentaba más edad de la que tenía en realidad, que era alta y delgada, con un semblante decidido y resuelto. Tenía la frente alta, ojos separados de pesados párpados y un marcado mentón. En cambio, parece ser que su nariz era levemente bulbosa. Puede que su tez, de un tono que tendía a oscurecerse, provocara la decepción del rey. No era tan hermosa como la gente había afirmado, aunque su gesto firme contrarrestaba la falta de belleza. Ana era solemne, pero el problema radicaba en que no era tan joven y bella como se le había prometido a Enrique. En otras palabras, no sentía atracción sexual alguna hacia Ana de Clèves.

A pesar de todo, como se temía ofender al duque de Clèves, el matrimonio se llevó a cabo en 1540. Ana parecía ilusionada con su casamiento, pero Enrique mostraba signos evidentes de ira y de una decepción infantil. No había nada que le agradara de su nueva esposa, a la que ni siquiera quería molestarse en conocer mejor. Ante este panorama, la noche de bodas no auguraba nada bueno. Resulta muy claro que el encuentro fue un absoluto fracaso desde el punto de vista del rey. Según él, la reina Ana tenía el vientre y los pechos flojos, de modo que le hacía sospechar que no era virgen. Una burda excusa para enmascarar el hecho más importante: No había podido consumar el matrimonio.

 
"Dios me Envió para Cumplir el Bien"
 
 
Ante estos hechos, es lógico que nos preguntemos qué pensaba Ana de Clèves de todo esto. Al parecer, y afortunadamente para ella, vivía protegida de la humillación gracias a su profunda ignorancia de los hechos de la vida. Aunque parezca difícil de creer, Ana no tenía ni la menor idea de lo que un hombre y una mujer hacían en el lecho. Cuando le preguntaron qué hacía con el rey en la cama, su inocente respuesta fue: “Cuando él viene a la cama, me besa y me toma de la mano y me dice “buenas noches, querida”, y de mañana me besa y me dice “adiós, querida”. ¿No es eso suficiente?”. Tal ignorancia no era una condición universal; de hecho, una de las obligaciones de una madre era preparar a sus hijas en cuestiones sexuales. Pero Ana de Clèves era diferente. Su madre, profundamente religiosa, le había negado una correcta educación mundana. Sin embargo, es muy posible que esa ignorancia la protegiera de una indebida mortificación personal.

En los primeros días del nuevo matrimonio, al menos la corte estaba feliz con la restauración de la casa de la reina. Ana de Clèves ocupó su puesto en la corte y hasta se le permitió emplear a compatriotas suyos en puestos importantes. Sin embargo, seguía habiendo ingleses pugnando por obtener un puesto en la casa de la reina, y la familia que más se benefició fueron los Howard. Entre las damas de la reina Ana, había una bonita muchacha llamada Catalina Howard, que muy pronto empezaría a resultarle atractiva al rey Enrique.

Entretanto, la situación nacional en 1540 no había mejorado demasiado. Los hechos más turbulentos en Inglaterra estaban relacionados con los asuntos religiosos y su impacto en la política. Los católicos, encabezados por el obispo Stephen Gardiner, seguían lidiando contra los reformistas, liderados por el arzobispo Cranmer. Además, Cromwell estaba viendo cómo su buena estrella empezaba a desvanecerse, sobre todo cuando Enrique VIII se enamoró de la joven Catalina Howard y manifestó su deseo de deshacerse de Ana de Clèves, a la que Cromwell había propuesto para el matrimonio. Falsamente, Cromwell fue acusado de herejía sacramental y fue llevado a la Torre de Londres. Se le quitaron todas sus propiedades y títulos nobiliarios. A pesar de haber servido al rey fielmente durante diez años, sus cartas suplicando piedad no ablandaron al monarca. Fue sentenciado a muerte, pese a que no había pruebas en su contra.

El siguiente paso para el divorcio era asegurarse la cooperación de la reina Ana. Como razón principal para conseguir el acta de anulación del matrimonio, Enrique VIII esgrimía el argumento de la no consumación, pero se corría el riesgo de que Ana de Clèves contara una versión distinta a la del rey.

La reina Ana no tenía ni la menor idea del destino que la aguardaba. Cuando se le comunicó la noticia de su destitución, escuchó a los comisionados sin alterarse y, después de reflexionar, les dijo que acataría la voluntad del rey. Ana de Clèves acababa de enviar la respuesta que tenía más probabilidades de gustar a Enrique VIII, presentándose como una mujer sumisa, que aceptaba sus decisiones sin oponerse en ningún momento. Enrique VIII siempre se había mostrado generoso con quienes acataban sus deseos; fue generoso ahora con Ana de Clèves.

Se le concedió precedencia sobre todas las demás damas de Inglaterra, excepto la reina y las princesas María e Isabel. Recibió un magnífico conjunto de mansiones y propiedades, muchas de las cuales se le habían confiscado al caído Cromwell, y recibió rentas muy altas. Como condición, debía naturalizarse como súbdita del rey y llevar una buena vida como su “hermana” adoptiva. Aunque se temía la reacción del duque de Clèves, la propia Ana envió una carta a su hermano instándole a acatar la voluntad de Enrique; era mucho más probable que a ella le fuera bien en el futuro si obedecía en vez de ayudar a encabezar una rebelión.

Así terminó formalmente el cuarto matrimonio de Enrique VIII, para asombro de toda Europa. Ana de Clèves solamente había sido reina durante seis meses escasos. Pero es muy posible que para ella la soltería fuese la mejor opción. Tenía una posición envidiable y prácticamente absoluta libertad de movimientos en su nueva tierra. Además, aunque todavía fuera virgen, al menos se libraba de los peligros que en la época acarreaba la maternidad, como le había sucedido a la infortunada Juana Seymour. Hasta su muerte, en 1557, siguió viviendo apaciblemente en Inglaterra como la “buena hermana del rey”.
 
 


3 comentarios:

  1. Esta mujer me recuerda a Sansa Stark (en feo, al parecer). No sé se se hizo la tonta -de ser así, el truce le funcionó genial; acabó viviendo sin los pelirgos del parto, el constreñimiento de los hábitos, y con toda la riqueza, independencia y libertad a la que podía aspirar una mujer de la época-, o si realmente era tan tonta como parecía. En este segundo caso, bueno, al menos no acabó mal.
    Si yo hubiese estado en su lugar, habría hecho lo mismo, desde luego: fingir ser tonta del culo, decirle que sí a todo al rey, y luego disfrutar viviendo yo solita con el chico que más me gustase como "criado personal" de por vida ;-P

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  2. Oh, de tonta no tenía ni un pelo! Puede que no supiera nada sobre el sexo, pero no era ningún misterio lo que Enrique VIII le había hecho a sus anteriores esposas. Era inocente, pero no era idiota; sabía que tenía mucho que perder si se rebelaba. Menos mal que tomó la mejor decisión.

    A mí siempre me ha resultado simpática esta reina, quizá porque fue rechazada de manera cruel y desechada por ser "fea", y eso me inspira mucha lástima. Nadie movió un dedo para defenderla, pero al menos consiguió llevar una vida feliz.

    Por cierto, gracias por seguirme con asiduidad, ^^* Empiezo a pensar que eres mi única lectora, pero me alegro de que alguien lea mis posts. Próximamente voy a poner algo sobre las profecías de Juego de Tronos, por si te apetece pasarte.

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  3. ¡Claro! Siempre me paso por este blog, me encanta leerte :-)
    Y no creas que soy tu única lectora (no tengo tanto tiempo libre como para hacerte las casi 3.500 visitas que tienes en el momento en que escribo estas líneas XD); digamos más bien que soy tu única comentarista asídua :-P

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