febrero 23, 2026

Vagando por la Literatura: Las hermanas Brontë

 

Las hermanas Brontë figuran, por derecho propio, entre los puestos más altos de los escritores que ha dado al mundo la literatura en habla inglesa. Sus novelas revolucionaron la narrativa en la Inglaterra del siglo XIX y transformaron, con su rebeldía e independencia, los límites de expresión permitidos para las autoras de la época. Lo cierto es que la leyenda quiere hacernos ver a Charlotte, Emily y Anne Brontë como tres extrañas hermanas que vivían apartadas en los páramos de Yorkshire, aisladas del mundo, ajenas a los aconteceres de su época. Sin embargo, es más que probable que sus vidas no fueran ni tan románticas ni tan patéticas como muchos lectores imaginan. De lo que no se puede tener duda alguna es de su inmenso talento para la escritura, alimentado desde la niñez con una buena educación, el acceso a libros desde edad muy temprana y al desarrollo de una gran imaginación. Las hermanas Brontë figuran como uno de los casos de familias dedicadas a la literatura más impactante de la Historia, lo que, sumado a un destino trágico que conmovió al público y contribuyó a aumentar su fama, las ha convertido en objeto de fervor y culto popular.



Las hermanas Brontë vivieron de lleno en la denominada era victoriana que, como su nombre indica, se corresponde con el reinado de la reina Victoria de Inglaterra, es decir, del año 1837 al 1901. A lo largo del siglo XIX, Gran Bretaña se convertiría en una nación muy poderosa gracias en gran parte a los efectos económicos de la Revolución Industrial, que se había iniciado a finales del siglo anterior. Fue esta misma revolución la que trajo grandes convulsiones sociales, fruto sobre todo del cambio de una sociedad que era predominantemente agrícola a otra con una economía urbana basada en la industria. 

En este periodo también se dio la consagración de los principios de libertad de conciencia y de libertad individual; sin embargo, estos principios beneficiaban sólo a los varones, y de entre éstos sólo a los pertenecientes a las clases altas y medias, mientras que las mujeres seguían viéndose privadas, en su mayor parte, del derecho a una educación, a la propiedad o al voto. En esta época, se esperaba que las mujeres se casaran y dedicaran sus vidas a sus maridos e hijos. También se esperaba que tuvieran familias numerosas, sobre todo por los altos índices de mortalidad infantil, pero también porque era preciso aportar trabajadores para las fábricas e incluso administradores para las colonias. La mujer casada no tenía control sobre su destino, no podía escapar de la vida que había elegido, y la que lo hacía se veía marginada por el desprecio social de un entorno que ponía especial énfasis en la monogamia y la vida familiar. La religión se convirtió en otra forma de control social, pues el puritanismo inglés se caracterizaba por el rigor y la frialdad moral en la conducta de sus seguidores, que procedía de una voluntad férrea de autocontrol de pasiones y sentimientos.

El reverendo Patrick Brontë, padre de las hermanas escritoras, era un irlandés de origen humilde. Su ambición y su interés por la educación le llevaron a estudiar por su cuenta, llegando a aprenderse de memoria un poema tan largo y complejo como El Paraíso Perdido, de John Milton. Aunque trabajó como herrero y aprendiz de tejedor, pronto encontró protectores que le consiguieron una mejor colocación. Así, a los dieciséis años ya era maestro de escuela y más tarde tutor en una iglesia evangélica. Consiguió una beca para ir a Cambridge para servir a la Iglesia evangélica y poco después fue ordenado ministro de la Iglesia. Su apellido, en realidad, era Prunty, pero lo cambió por el de su héroe Horatio Nelson, duque de Bronte, que fue vicealmirante de la Marina Real británica. Escribía poesía, cuentos y hasta llegó a escribir una novela corta, y transmitió esta pasión por la literatura a todos sus hijos, aunque su fuerte personalidad también le llevó a recibir los calificativos de tirano, arisco e irascible.

En 1812, cuando tenía treinta y cinco años, se casó con Maria Branwell, miembro de una familia de metodistas de la zona de Cornualles. Durante los siete años siguientes tuvieron seis hijos: Maria, Elizabeth, Charlotte, Patrick Branwell, Emily Jane y Anne. En 1820, la familia al completo se trasladó a Haworth, en Yorkshire, donde Patrick consiguió un trabajo definitivo y permaneció hasta su muerte en 1861. En 1821, Maria Branwell murió de cáncer cuando contaba treinta y ocho años. Recordada por sus hijos como una mujer comprensiva y cariñosa, dejó una huella profunda en ellos a pesar de que no tuvo tiempo suficiente para influir en su educación. La muerte de la madre trajo a la rectoría a su hermana, Elizabeth Branwell, que pasó a hacerse cargo de la educación de sus sobrinos y del cuidado de la casa. La tía Branwell, aunque generosa y atenta, era una persona austera y estricta que les mostró la cara más represiva y estrecha de miras de la religión. Influyó mucho en que las niñas recibieran una educación basada en los hábitos de la regularidad y la abnegación, puesto que les serían muy útiles para el caso de que tuvieran que trabajar como institutrices para familias desconsideradas y exigentes.



Patrick Brontë decidió enviar a sus hijas mayores a una escuela recientemente abierta para hijas de clérigos llamada Cowan Bridge. Primero fueron Maria y Elizabeth, y las siguieron poco después Charlotte y Emily. La dura disciplina del colegio, sumada a las condiciones insalubres donde se encontraba, provocó que las hermanas mayores enfermaran de tuberculosis y murieran a la edad de doce y diez años. Por este motivo, Charlotte y Emily fueron sacadas de Cowan Bridge y Anne ni siquiera llegó a ingresar debido a su delicada salud; durante los siguientes seis años estudiarían en casa con su padre, mientras que su tía les enseñaba a coser. Patrick Brontë se aseguró de que sus hijos tuvieran un buen conocimiento de los clásicos, historia, literatura, geografía y gramática. Consciente del temperamento artístico de sus hijos, contrató a un profesor de música para las chicas y a un profesor de pintura para Branwell, y se hizo socio de la biblioteca en el cercano Keighley Mechanics Institute, de modo que en su casa nunca faltaran libros.

Es aquí donde empieza el despertar de las hermanas a la imaginación literaria. En casa se recibía regularmente una revista titulada Blackwood's Magazine, que era muy popular en la época y encantaba a los hermanos Brontë. A lo largo de quince años, Charlotte y su hermano Branwell escribieron quince números de su propia revista en la que incluían poemas originales suyos, reseñas de libros, adivinanzas y comentarios sobre noticias, todo ello a escala reducida, pero cuidadosamente encuadernado y cosido. El tamaño de estas revistas obedece a que se les entregaba a unos pequeños soldaditos de madera que el señor Brontë le había regalado a Branwell. Más tarde, Emily y Anne se unieron a sus hermanos en sus juegos creativos, lo que dio lugar a un sinfín de historias con gran inventiva e imaginación. Lo más curioso de estas historias es la coherencia de sus argumentos, la profundidad de sus sociedades inventadas. Crearon no sólo personajes, sino países enteros, con sus leyes, constituciones, guerras, mapas, intrigas políticas... Las historias tenían lugar en un punto muy concreto: la costa africana de Guinea, donde construyeron la Gran Ciudad de Cristal o Verdopolis. Esta ciudad se amplió hasta crear una Confederación de Estados y con la conquista posterior de Angria y su capital Adrianopolis.

Fuente de inspiración para los niños fueron, aparte de los libros y revistas de la época, los cuentos de la vieja criada de la casa, que trataban sobre fantasmas, duendes y hadas que habitaban los páramos. También en los mismos páramos y en el ambiente misterioso que allí se respiraba se inspiraron Emily y Anne para crear los escenarios de Gondal, una isla imaginaria situada en el Pacífico norte, con su capital en la ciudad de Regina y una colonia, Gaaldine, que era una isla del Pacífico sur. Gondal era un lugar exótico, mientras que Gaaldine reflejaba los cielos de Haworth y el temperamento de las gentes de Yorkshire. Por desgracia, toda la literatura de Gondal ha desaparecido y sólo quedan retazos de su existencia en la poesía de Emily y en algunas anotaciones dispersas.

Lo curioso es que estas historias sobre Angria y Gondal ya tenían la semilla de lo que posteriormente iban a ser sus novelas. Había pasiones, personajes que se quebraban pero buscaban la manera de salir adelante... Los hábitos de disciplina que les había enseñado la tía Branwell les fueron muy útiles para sentarse cada día a escribir sin parar y así materializar su rico universo interno. Escribían para comprender el mundo que las rodeaba y también para escapar de los pesares diarios y encontrar refugio en sus mundos imaginarios. Sin embargo, al crecer vinieron también las responsabilidades adultas, y los cuatro hermanos tuvieron que hacer frente a nuevos cambios en su vida que, en teoría, les prepararían para tener un mejor futuro. Pero Branwell empezó pronto a dar señales de descarrío. 

Sobre las espaldas de Branwell Brontë pesaba una carga difícil de sobrellevar. Al ser el único varón de la familia, se le consideraba el heredero por derecho, pero también se le convirtió en una especie de elegido que sacaría a los Brontë de la pobreza y les daría una mejor calidad de vida. Es por eso que se le prestó más atención a su educación que a sus hermanas, porque estaba destinado a ser el salvador de la familia. Se le había estado preparando para su entrada en la Academy Schools, la escuela de arte en Londres, a los dieciocho años, pero llegado el momento y una vez allí, ni siquiera fue capaz de presentarse a los profesores de la escuela y regresó avergonzado a Haworth. Parte de esta retirada se debió a su debilidad de carácter, pero también a su escasa preparación real, a pesar de las clases de dibujo y pintura que había recibido. Branwell se había criado en un entorno familiar que le consideraba un genio indiscutible, pero la realidad fuera de aquel microcosmos le golpeó con una fuerza brutal. Escribió a varias revistas ofreciendo sus servicios con arrogancia, y sus cartas jamás recibieron respuesta. Intentó establecerse como retratista pero, tras unos encargos, pronto abandonó ese trabajo. Su padre le consiguió un trabajo en la estación de ferrocarriles, pero a los pocos meses le acusaron falsamente de robo y fue despedido. Para rematar, su hermana Anne le consiguió un empleo como tutor en la misma casa donde ella trabajaba como institutriz, la familia Robinson. Pero también fue despedido de ese trabajo al descubrirse su relación adúltera con la dueña de la casa. La separación de la mujer a la que amaba, junto con las drogas y el alcohol, que había empezado a tomar años antes, lo convirtieron en una piltrafa y una carga para los demás miembros de la familia, que tuvo que cambiar por completo su vida para atenderle y cuidarle. Sin embargo, es posible que la obligación de estar presentes para cuidar de Branwell hiciera que las hermanas Brontë llegaran a ser las grandes leyendas de la literatura que son hoy.


Los hermanos Bell

Mientras Branwell se desmoronaba, sus hermanas empezaban a crear su propio imperio literario. Sentadas las tres alrededor de una mesa, cada una escribía sus propias historias a su ritmo en pequeños cuadernos, hasta que a Charlotte se le ocurre la idea de que podrían intentar publicar sus escritos. Después de haber trabajado como institutriz para dos familias y de haber pasado una temporada en Bruselas dando clases en un pensionado, Charlotte había vuelto a casa destrozada física y emocionalmente. Había sufrido el desprecio de personas de la alta sociedad por su trabajo y, para más inri, en Bruselas se había enamorado del director de la escuela para la que trabajaba y había sido expulsada. Una vez de vuelta en Yorkshire, trató de abrir su propia escuela pero no recibió ni una sola solicitud de ingreso. En esta época, descubrió los manuscritos de la poesía que Emily había estado escribiendo durante los últimos dos años y se le ocurrió que podrían intentar publicar un libro de poesía conjunto. Para protegerse de los prejuicios de la época sobre las mujeres escritoras, decidieron adoptar pseudónimos ambiguos, ni masculinos ni femeninos, que mantenían las iniciales de sus nombres. Para el apellido, optaron por tomar prestado el del nuevo cura, ayudante de su padre. Así fue como nacieron Currer, Ellis y Acton Bell, autores del libro Poems (1846). Aunque sólo se vendieron dos ejemplares de los poemas en el primer año desde su publicación, las reseñas de los críticos fueron incentivo suficiente para que las hermanas se atrevieran a hacer nuevos intentos.



Curiosamente, para ese mismo año las tres hermanas tenían cada una su propia novela escrita y casi acabada: Jane Eyre, de Charlotte; Cumbres Borrascosas, de Emily; y Agnes Grey, de Anne. Tres historias distintas, tres estilos diferentes de escritura pero la misma pasión y entrega en todas ellas. Cuando llevaron sus manuscritos a Londres, se desató la locura. Jane Eyre causó tal sensación en la sociedad que ni la crítica más acerada, que tildaba la novela de vulgar y carente de delicadeza, fue capaz de sustraerse al talento de su autora. Era diferente a cualquier otra cosa que se hubiera leído hasta entonces. Mientras tanto, Cumbres Borrascosas desconcertó a todos los que la leyeron, hasta el punto de que pensaron que había sido escrita por un salvaje o un genio perturbado. Agnes Grey, en cambio, fue un poco más discreta, pero también tuvo una lucidez social impresionante. Aunque ya en la época se tenían sospechas de que los Bell eran, en realidad, mujeres, la verdadera identidad de las Brontë no se haría pública hasta bastante tiempo después. Su padre sólo se enteró del éxito de sus hijas tras la segunda edición de Jane Eyre, y Branwell nunca llegó a saber que sus hermanas habían publicado sus novelas.


Charlotte Brontë (1816 - 1855)



Al morir su madre y sus hermanas mayores, Charlotte tomó sobre sus espaldas la carga de cuidar y velar por sus hermanos pequeños. Pero aquella mujercita amable, sencilla y discreta en apariencia, ocultaba en su interior un volcán de pasiones que se esforzaba día a día por reprimir. Dos acontecimientos de su juventud fueron claves tanto en su vida como en su posterior producción literaria: su estancia en Cowan Bridge y su experiencia como profesora en Bruselas. La dura disciplina del colegio, las injusticias y privaciones y la durísima pérdida de sus hermanas Maria y Elizabeth provocaron un impacto tremendo sobre Charlotte, que por entonces sólo tenía ocho años. Al crecer, y con el afán de prosperar en la vida, se incorporó a la plantilla de maestras de la escuela Roe Head y dio sus primeros pasos como institutriz en una familia local, pero abandonó pronto esos trabajos. En 1842 viajó a Bruselas para enseñar inglés en el pensionado Héger, pero tuvo la mala fortuna de enamorarse del profesor Héger, un hombre casado y, por lo tanto, inaccesible para ella. Este amor no correspondido dejó un hueco muy profundo en ella, pero trató por todos los medios de contener sus sentimientos; esto es importante porque también marca un punto de separación con su hermano Branwell, quien, ante la misma situación, él se dejó llevar por sus pasiones mientras que ella se había forzado a reprimirse.

En cualquier caso, estos dos eventos se verían reflejados en la obra de Charlotte, pues escribía desde la perspectiva de sus sentimientos, unos sentimientos que se veía obligada a silenciar porque el manifestarlos de forma abierta hubiera sido mucho más desgarrador. Frente a este volcán de sentimientos imparables, estaba en contraposición la enorme disciplina de Charlotte. A pesar de que su estado anímico no era el mejor ni había sanado de sus profundas heridas emocionales, Charlotte Brontë supo encontrar la fuerza para sentarse cada día a escribir, y esto al final resultó convertirse en una catarsis para la autora, pues pudo exorcizar todos sus traumas a través de las páginas de su obra maestra.

Jane Eyre, sin entrar en detalles sobre su trama, nos transporta a su historia de la mano de una protagonista que, al contrario de lo que se suponía que debían ser las heroínas literarias de la época victoriana, era una mujer joven que defendía el tener pensamientos propios, criterio moral y una gran fuerza de voluntad para defender sus convicciones. Su estilo directo causó un gran escándalo porque no se parecía en nada a otras novelas que se habían publicado antes, y lo que provocó más alboroto fue el hecho de que hubiese sido una mujer la que había escrito algo tan bueno. En Jane Eyre, Charlotte volcó su trauma del colegio, su sensación de desarraigo, su idea del amor como algo complejo, intenso y contradictorio, pero no ajeno a la ética y los buenos principios. Es una historia muy humana en el sentido de que permite al lector identificarse con la protagonista y compartir su dolor.

Posteriormente vendría Shirley (1849), novela en la que Charlotte cambia totalmente el tono y la temática. Es su única novela escrita en tercera persona y se inspiró en su Yorkshire natal en la época de los disturbios ludditas en los que los trabajadores de las fábricas rompieron las maquinarias que amenazaban sus trabajos. No es tan íntima como Jane Eyre y, además, está narrada en un tono de comedia, pero es muy reveladora en cuanto a su visión del mundo. La seguiría tiempo después Villette (1853), publicada ya con su verdadero nombre y quizá la obra más personal y madura que escribió. Está ambientada en un colegio extranjero, en el que la protagonista va a dar clases y acaba enamorándose de un hombre con el que no puede casarse. En 1857 se publicaría póstumamente El Profesor, que fue su primera obra y que sería una especie de ensayo de lo que culminaría después con Villette.

Los últimos años de Charlotte fueron un tanto apagados y oscuros. Tras la muerte de todos sus hermanos, se quedó sola con su padre. En su juventud había recibido dos propuestas de matrimonio que había rechazado, y en estos años recibió una tercera que también rechazó. Sin embargo, aceptó de buen grado la proposición de Arthur Bell Nicholls, el cura ayudante de su padre. Nicholls había llegado a Haworth en 1845 y había vivido la etapa más difícil de la familia, siendo un apoyo silencioso pero eficiente para Charlotte. Aunque Patrick Brontë se negaba a que su hija se casara con un pobre clérigo irlandés como lo había sido él mismo años atrás, no pudo evitar que Charlotte y Nicholls mantuvieran correspondencia y se tomaran mutuo afecto, por lo que al final claudicó y consintió que ambos se casaran en 1854. Por desgracia, la felicidad conyugal de Charlotte duró sólo nueve meses, ya que la escritora murió en 1855 estando embarazada. No está clara la causa de su muerte, pues podría tratarse de tuberculosis o, como apuntan nuevos estudios, de hiperémesis gravídica, es decir, un exceso de vómito durante el embarazo. Fue enterrada en el cementerio de la iglesia de San Miguel y Todos los Ángeles, en su Haworth natal.


Emily Brontë (1818 - 1848)



Si Charlotte era el volcán a punto de erupcionar, de Emily se podría decir que era el páramo encarnado en un ser humano. De las tres hermanas, está considerada como la más extraña, lo que probablemente tenga mucho que ver con lo poco que se sabe de ella. Era silenciosa y reservada, pero a tal extremo que se quedaba callada en público aun cuando se dirigían a ella, evitaba el contacto visual con extraños y carecía de tacto social. No tenía amigos por propia elección, y rara vez salía de casa. En 1838 empezó a trabajar como institutriz en Law Hill; fue su único trabajo, al que renunció por hacérsele insoportable enseñar a niños. Más tarde, acompañó a Charlotte a Bruselas para estudiar en un colegio privado, pero la nostalgia y la muerte de su tía la hicieron regresar a Inglaterra, donde se quedaría ya como administradora de la casa familiar.

Su comportamiento daba mucho de qué hablar. Ajena a los gustos y modas de la época, se vestía con ropas pasadas de moda y se negaba a usar corsé. En vez de visitar a personas o recibir en su propia casa, prefería salir a pasear sola por los páramos de Yorkshire durante horas, en plena tormenta o cuando el viento arreciaba. Su apego a Haworth era tal que traspasaba lo puramente sentimental; llegó a ponerse enferma de verdad por estar lejos de su hogar y de sus añorados páramos. De este entorno natural es de donde viene la enorme sensibilidad literaria de Emily, hasta un extremo que pocos son capaces de comprender.

Las únicas obras que nos quedan de Emily Brontë son sus poemas y su novela Cumbres Borrascosas. Su mayor talento fue como poetisa, y la crítica literaria es casi unánime al declararla como una de las mejores poetisas de Inglaterra. De no haber sido por su hermana Charlotte, es posible que nunca hubiésemos podido disfrutar de su poesía, pues Emily, tan reservada con sus escritos, jamás hubiera tenido la iniciativa de intentar publicarlos. En cuanto a Cumbres Borrascosas, es un libro muy difícil de explicar porque supone una anomalía literaria. Si Jane Eyre provocó escándalo en la sociedad victoriana, esta novela causó verdaderos estragos entre los lectores y la crítica. Fue calificada de monstruosa, excesivamente apasionada y hasta impropia de una mente femenina. No se parece a nada que hubiera sido escrito antes ni después. Es una novela muy oscura, con una intensidad muy marcada. Aunque en ella se explora el amor, éste sentimiento se aborda desde una perspectiva salvaje, peligrosa y obsesiva. Sus personajes no gustan ni pretenden gustar, algo que contrasta con las protagonistas creadas por sus hermanas, porque Emily no escribió para complacer a nadie más que a sí misma, lo que obligó en cierta ocasión a Charlotte a tratar de justificar lo escrito por su hermana. Es probable también que, para proteger la extraña personalidad de Emily, alguien ocultara o destruyera el resto de sus obras, incluidos sus diarios y toda su correspondencia (de hecho, no se descarta que pudiera haberlo hecho la propia Emily).

La muerte de Branwell marcó a toda la familia, pero Emily fue quien más la sufrió. Su hermano había sido su principal preocupación desde su regreso a Haworth, pues se había consagrado completamente a su cuidado. Emily, pese a ser una persona severa, de temperamento intransigente y poco efusiva, le atendió hasta el fin de sus días. Permanecía despierta hasta altas horas de la noche hasta que Branwell, borracho y drogado, regresaba al hogar para ayudarle a acostarse. Parece que muchas páginas de Cumbres Borrascosas y algunos de sus poemas fueron escritos durante estas noches de vigilia. Durante el funeral de su hermano, contrajo un resfriado que se negó a cuidar, rechazando todos los medicamentos y consejos médicos. El resfriado derivó en tuberculosis y fue fatal para ella. La enfermedad la consumió en pocos meses y murió en 1848 a la edad de treinta años. La leyenda dice que, fiel a su personalidad difícil y testaruda, se negó a retirarse a la cama y murió en el sofá del comedor.


Anne Brontë (1820 - 1849)



La figura de Anne Brontë, la menor de las hermanas, es quizá la más desconocida, pues ha sido opacada durante años por la prolífica carrera y el arrollador talento de Charlotte y Emily. Es por eso que su persona y su producción literaria tendieron a pasar injustamente desapercibidas. Su delicada salud y su asma crónica la mantuvieron casi siempre en su casa, saliendo en muy contadas ocasiones para formarse o para trabajar como institutriz. Llegó a nuestros días descrita como una auténtica dulzura, discreta, amable y reconfortante en el trato. Al ser la pequeña de la familia, todos la querían y cuidaban mucho. Era la favorita de su tía, que sentía una absoluta debilidad por ella. En términos metafóricos, Anne sería la marea, tranquila y apacible, en contraposición a sus hermanas, de naturaleza más apasionada y salvaje.

Entre 1835 y 1837 acudió a la escuela para niñas de Roe Head, donde su hermana Charlotte trabajaba como maestra. Tanto su formación en la escuela como la educación recibida en casa la prepararon para convertirse en institutriz a los dieciséis años para la familia Ingham en Blake Hall. Sin embargo, este trabajo le reportó no pocos disgustos y decepciones: padres despreocupados, madres consentidoras, niños intratables y la constante sensación de ser una intrusa dentro del círculo familiar. Todas estas vivencias quedaron bien reflejadas en su primera obra, Agnes Grey. Por esa época, parece posible que se hubiese enamorado del ayudante de su padre en la vicaría, el señor William Weightman. Sin embargo, ese enamoramiento sólo quedó en sus escritos, pues su timidez y discreción le impidieron dar un paso más y vivir el romance en su plenitud. El centro de su vida lo ocupaba Branwell, el díscolo hermano, al que se dedicó por completo a la vez que escribía y dibujaba. De hecho, fue Anne quien le recomendó a la familia Robinson, para quienes ella trabajaba, como tutor de pintura de sus hijos, pero el escándalo del romance entre Branwell y la señora Robinson precipitó la salida de los hermanos de la casa.

A pesar de su aparente delicadeza y dulzura, las obras de Anne Brontë no quedaron exentas de polémica. Su obra, especialmente su novela debut Agnes Grey, es de un realismo desacostumbrado para la época, sobre todo por expresar de manera abierta las humillaciones y malos tratos a los que eran sometidas las institutrices por muchas familias, sus alumnos y el servicio de la casa. Anne no escribió sobre escenarios imaginarios, sino sobre su propia experiencia, aunque con grandes influencias de la literatura gótica de Walpole, Radcliffe o Scott. Su prosa nos habla de una mujer de gran lucidez a pesar de la dulzura de su carácter y su aparente ingenuidad. Es una novela muy breve, pero perfecta en su honestidad.

Tras verse obligada a abandonar su último empleo para la familia Robinson, Anne empieza a escribir La inquilina de Wildfell Hall. No es su mejor novela, pero la temática que eligió se adelantó un siglo a su época, a tal punto que llegó a ser criticada incluso por su propia hermana Charlotte por considerar que no era apropiada debido a la crudeza del tema. Y es que en esta novela, Anne describe de manera completamente descarnada la violencia, la perversión y el carácter agresivo y dominante de un alcohólico a la par que el conflicto psicológico de su protagonista femenina. Es bastante seguro que se inspiró en su hermano Branwell y en su comportamiento destructivo, fruto de su adicción al alcohol y el opio, así como el daño que le estaba causando a sus seres queridos.

La corta vida de Anne Brontë se deslizó melancólicamente entre sus clases, sus novelas, sus paseos por la playa de Scarborough en vacaciones y el cuidado obsesivo que compartía con sus dos hermanas hacia el disipado Branwell. La muerte de Branwell y Emily precipitó su propio final tan sólo unos meses después, aquejada de tuberculosis. Debido a su deteriorada salud se le aconsejó viajar a Scarborough con la esperanza de que un cambio de aires y un entorno más natural ayudasen a su recuperación, pero nada pudo hacerse para detener la enfermedad. A diferencia de sus hermanos Branwell y Emily, Anne aceptó su destino con calma y se preparó espiritualmente para partir. Murió en Scarborough en 1849, a los veintinueve años, acompañada por su hermana Charlotte. Su cuerpo descansa en el cementerio de Santa María en Castle Hill.




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