julio 21, 2015

Partida y regreso: Historia de una gallega en Valencia


¡Hola a todos!

Pues ya estoy de vuelta de mis vacaciones. Este año he decidido tomarme unas buenas vacaciones en tierras valencianas. ¿Y por qué?, os preguntaréis. Pues porque allí viven algunas personas a las que les tenía mucho aprecio, pero a las que ahora quiero con toda mi alma, pues se han ganado a pulso un lugar en mi corazón. Así que pensé: ¿Por qué no ir allí a verles y, de paso, pasar unos días? Y eso fue lo que hice.

Ahora, recién llegada de mis vacaciones, os traigo la crónica detallada de mis aventuras en Valencia. ¡Con fotos!

Seguid leyendo y dejad que comparta con vosotros mi viaje. Esta es la historia de mi propia aventura inesperada, el relato de una partida y un regreso.



Día 1



Vista de Valencia


¡Empieza el viaje! La primera parte del trayecto ha sido la más fácil, pues sólo he tenido que tomar dos autobuses a Santiago; como siempre que quiero ir de visita a la capital. Pero esta vez ha habido una diferencia notable, y es que estaba más cansada que de costumbre. Llevaba tanto tiempo esperando este viaje que la noche anterior casi no pude dormir. ¡Y tampoco ayuda mucho el tener que levantarse a las seis de la mañana para coger el bus de las siete! Pero bueno, esas son las maravillas de los enlaces de los autobuses.

En Santiago todo estaba prácticamente tal y como lo había dejado la última vez. Tuve la oportunidad de estar con algunas de mis amigas y antiguas compañeras de carrera, con las que he podido ponerme al día y rememorar historias del pasado. Después de todo un día redescubriendo mi querida Compostela, tocaba cenar e irse a dormir. Aunque no he podido dormir gran cosa: Al día siguiente tenía que volver a madrugar para ir al aeropuerto de Lavacolla y tomar mi avión. Así que se puede decir que la jornada fue bastante intensiva y extenuante, pero no lo suficiente como para hacerme caer rendida.



Día 2



El Micalet


Aquí se puede decir que empezó el verdadero viaje. Al ser la primera vez que iba a viajar en avión, estaba muy nerviosa. Pero el avión iba a ser el menor de mis problemas, porque lo peor es el aeropuerto. Primero, he tenido problemas por no haber facturado mi maleta online; el resultado fue que me pegaron una clavada descomunal por facturar la maleta en el aeropuerto (ahora ya sé por qué gana Ryanair tanto dinero, ¬¬). Después tocaba pasar por mil tropecientos controles de seguridad, así que venga a quitarse collares, pendientes, pulseras, chaquetas… dejarlo todo en su bandejita correspondiente y luego volver a ponérselo todo. Bueno, por lo menos no me han cacheado… todavía.

Después venía lo que para mí es la peor parte: la espera. No me puedo resistir a rememorar la mítica canción de Tom Petty en la que decía the waiting is the hardest part, porque tiene toda la razón. Esperar con los nervios a flor de piel, el estómago casi vacío y con la perspectiva de subir a lo que viene a ser un autobús estrecho con alas, no resulta tranquilizador. Pero bueno, hay que pasar por el aro como todo el mundo y al final no fue tan duro como me esperaba.

Llegué a Valencia bien tempranito por la mañana. Ahora tocaba utilizar otro medio de transporte nuevo para mí: el metro. Menos mal que con el metro no hay mucha opción a error y no me he confundido. Tras bajarme en la estación de Ayora, me dispuse a buscar mi hotel. No estaba lejos, pero de haberme bajado en la parada anterior hubiera estado más cerca y no tendría que haber arrastrado ese armatroste de 15 kilos llamado maleta. Mi móvil me salvó la vida gracias al GPS que le he instalado, aunque a veces va tan lento que me desespera.

En el hotel pude dejar la maleta y descansar un poco, pero todavía no podía relajarme. Mi habitación no estaría lista hasta las dos de la tarde, así que tenía que entretenerme de alguna manera. Por eso decidí ir a dar un paseo por ahí, para conocer las calles de Valencia… a pleno sol y con una temperatura que rozaba los 39º. Pero así soy yo: esas menudencias no pueden conmigo. Armada con un abanico y una botella de agua, me eché a caminar y sólo me detuve para almorzar una ensalada, lo único que pude comer sin que me resultara pesado.

Más tarde, volví al hotel para ocupar mi habitación. ¡Y era una pasada! Cama grande, baño con hidromasaje, escritorio, televisión con unos cuarenta canales, neverita, aire acondicionado, conexión wifi… Y en el hotel también había piscina y sauna, aunque no he tenido la oportunidad de ir. El caso es que por fin podía deshacer la maleta y relajarme un poco. ¡Pues no, porque mis peripecias todavía no habían terminado! Resulta que perdí las llaves del candado de la maleta y no podía abrirla de otra manera. La había liado. ¿Qué podía hacer ahora? Pues recurrir a YouTube, naturalmente. Hacedme caso: Todas las respuestas de la vida están en YouTube. Busqué un vídeo en el que me enseñaban a abrir una maleta utilizando un bolígrafo, ¡y dio resultado! Así que al final todo acabó bien.

Hacia el final de la tarde llegó uno de los momentos más esperados para mí: ¡Conocer a Estelwen Ancálimë en persona! Estelwen, a quien quizá ya conozcáis de otros blogs como La luz de Valinor y Mi princesa y yo, me ha dado una calurosa bienvenida a su tierra (que también es bastante calurosa), y me ha presentado a su marido Tindomion y a su pequeña Ratoncita, una niñita preciosa que se enamoró de mí (o de mis collares, no estoy muy segura…) nada más verme. Este ha sido uno de los momentos más emocionantes de toda la semana porque, como soy muy tímida, no sabía cómo iba a ser el primer encuentro entre nosotras. Y no podría haber sido mejor, de verdad. Me he sentido arropada y querida en todo momento, y eso les honra mucho. Tras una deliciosa cena, volví a mi hotel y di por finalizado mi primer día en Valencia.



Día 3



En la Fuente del Turia


Después de una agotadora noche en la que me he visto obligada a subir la intensidad del aire acondicionado para no morirme de una lipotimia, empezó la verdadera inmersión en la cultura gastronómica valenciana. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que con una señora paella como manda la ley? Pero no una paella como se hace en el resto de España; eso es, parafraseando a Estelwen, “arroz con cosas”. La auténtica paella valenciana no se parece a la que he estado comiendo toda mi vida, y hasta el sabor es completamente distinto. Me gusta probar cosas nuevas, y la verdad es que la paella valenciana me ha gustado mucho ^^*.

Después de comer, por la tarde, tuve la ocasión de conocer a otra persona muy querida para mí y que también resulta ser compañero historiador, administrador del blog Castillos en el Aire y comentarista habitual en esta Biblioteca: F. Escamilla, más conocido en los mundos de Filmaffinity como Ferdin. Gracias a él he podido vislumbrar parte del centro de Valencia, con sus iglesias, plazas, fuentes. Fue él quien me llevó a visitar las Torres dels Serrans, desde donde se tiene una magnífica vista de Valencia, contándome además algunas cosas sobre su historia que yo no sabía. Me he alegrado mucho de conocerle en persona, aunque creo que en algún momento al pobre le he desesperado por mi incapacidad para tomar decisiones cuando me planteaba dos opciones a elegir: Que si helado o paseo, que si ver una iglesia o ir a una plaza, que si ir a la derecha o a la izquierda… ¿Sabéis eso que dicen de que no se sabe si los gallegos subimos o bajamos? Pues en mi caso es cierto. En todo caso, a Ferdin le hacía gracia que no pudiera decidirme así que… ¡todos contentos!



Día 4



Sagunto


Uno de los mejores días de toda la semana, principalmente porque tocaba ir a visitar Sagunto, antigua colonia griega que más adelante pasaría a formar parte de Roma. Las ruinas del emplazamiento romano de Sagunto son una auténtica pasada; es como estar dentro de la propia Roma. En serio, si os gusta la Historia, os encantará estar en la antigua Sagunto y pasear entre esas piedras que tienen cientos de años. Fue muy divertido recorrer las antiguas casas y comentar con Tindomion para qué podrían haber sido utilizadas en el pasado (aunque él me da mil vueltas en ese aspecto, ya que yo soy bastante negada para la Historia Antigua). Eso sí, no todo lo de Sagunto me ha gustado. El antiguo teatro ha sido tan restaurado y modificado que parece hecho en el siglo XX. Es puro mármol y plástico, y no tiene nada que ver con su antiguo aspecto. Me dio mucha pena ver así el teatro pues, como historiadora, estoy a favor de que las cosas se conserven lo mejor posible, pero respetando su origen. Una lástima, la verdad.

De vuelta a Valencia city, nos fuimos al centro a comer en un restaurante japonés. ¡Y por primera vez en mi vida he probado el sushi! Tenía muchas ganas de hincarle el diente a este famosísimo plato japonés, y he de decir que no he quedado en absoluto decepcionada. En serio, está delicioso.

Después de comer, Estelwen y Tindomion me llevaron de ruta por el centro, pero para visitar lugares tan bonitos como la Estación del Norte o el Mercado de Colón. Aunque también hubo sitio para las frikadas, porque hemos ido a tres frikitiendas y a una de las librerías París-Valencia, en donde se pueden encontrar libros a precios muy bajos. Yo me he comprado uno que trata sobre las geishas por menos de 3 euros, con eso lo digo todo.

Por la noche cenamos y de postre nos comimos unas deliciosas trufas de chocolate que me hacen salivar de gusto cada vez que las recuerdo. Madre mía, qué ricas estaban…



Día 5



Jardines de Monforte


Este ha sido el día de los jardines, como me gusta rememorarlo. Por la mañana, como me levanté un poco tarde, decidí ir caminando hasta los jardines de Ayora, pues no estaban lejos de mi hotel. Son unos jardines típicos del siglo XIX o principios del XX, muy bonitos. Estaban bastante concurridos, pues parece que todo el mundo tuvo la feliz idea de ir a pasar allí toda la mañana. Aunque no me extraña, la verdad. El sitio es muy bonito.

Por la tarde, Estelwen y yo quedamos para ir a ver dos jardines más: los de Monforte y los del Real. Los jardines de Monforte sí que recuerdan más al siglo XIX. Son grandes, densos y muy bien cuidados. Hay estatuas de mármol por todas partes y, sobre todo, gatos. ¡Decenas de gatos por los jardines! ¡Ayy, me gustan tanto los gatitooos!

Los jardines del Real son inmensos pero completamente distintos a los de Monforte. Están más enfocados al paseo o a ir en bicicleta. Aunque no están nada mal y, además, tienen una gran jaula de pájaros a los que se les puede dar de comer.

Para rematar esa tarde, nada mejor que un buen helado de chocolate en la Chocolatería Valor. ¡Delicioso!



Día 6



Torres de Quart


Ay, ya queda menos de vacaciones… ¡Pero eso no iba a detener mi entusiasmo bajo ningún concepto! Ferdin y yo quedamos ese día para ir a comer unos montaditos, que nunca había probado (vale, matadme si queréis). Después de comer, dando un paseo, hemos llegado hasta el Museo de Bellas Artes, donde hay una colección de pintura sacra realmente impresionante. También vimos una pequeña exposición de Sorolla y una sala dedicada a Goya, con retratos muy interesantes (¡me encanta Goya! ^^*).

Después de una hora y pico en el museo, como tenía muchísima sed, nos fuimos a tomar un granizado a la Plaza de la Reina. Había tanta gente que nos costó un poco encontrar sitio, pero al final lo conseguimos. Fue un día muy agradable en todos los sentidos, ya que me lo he pasado muy bien. Eso sí, me dio mucha pena tener que despedirme de Ferdin. Le voy a echar mucho de menos… aunque siempre nos quedarán Facebook y el blog!

Por la noche, acepté la invitación de Estelwen y Tindomion para cenar con ellos. Y fue así como tuve la oportunidad de iniciarme en una partida de Zombicide, un juego de matar zombies que está muy entretenido. La partida se alargó un poco más de la cuenta, pero esas cosas pasan cuando uno se lo está pasando bien ^^*.



Día 7



La Albufera


Último día de vacaciones. ¡Qué rápido ha pasado la semana! Gran parte de la mañana he tenido que invertirla en preparar la maleta (y rezar para no pasarme de peso, ya que la había facturado por 15 kilos… y se acercaba peligrosamente a ese límite), pero a mediodía me fui con Estelwen y Tindomion a un pueblo cercano a Valencia llamado El Saler, donde hay un estrecho bosque en el que viven muchas especies de animales que están protegidas. Me ha hecho mucha gracia el ver que hay señales que avisan de que hay que tener cuidado con las mamás pato cuando deciden cruzar la carretera seguidas de sus patitos. Eso sí, al que se atreva a rozar a un solo animal de El Saler, multazo al canto. Y a mí me parece bien. Así todos tendrán más cuidado con los animales.

Después de comer una auténtica fideuá valenciana, me llevaron a ver la Albufera. Me dejó realmente impresionada, porque no imaginaba que sería tan grande. Y saber que parte de esa localización fue la que Blasco Ibáñez describió en su magnífica obra Cañas y Barro me llenaba de una gran emoción, porque esa novela me gustó mucho cuando la leí. Casi podía imaginarme al Tío Paloma navegando por la Albufera con su pequeña barca, perchando con una fuerza impropia de sus años.

Y llegó el temido momento, el de la despedida. No me gustan las despedidas. Me provocan mucha tristeza. Intento aparentar normalidad, pero me duele en el alma despedirme de gente a la que le he cogido mucho cariño. Tanto es así, que cuando todos se fueron y yo me vi completamente sola, me eché a llorar como una tonta. Sé que es una tontería ponerse así, pero no puedo evitarlo. Lloré por tener que separarme de los tres: de Estelwen, de Tindomion, de Ferdin. Me daba mucha pena tener que dejarles, pero había que volver a casa y eso no podía cambiarse. Eso sí, hubo fuertes abrazos, besos cariñosos y la promesa de volver a vernos en el futuro.


Y sé que eso sucederá algún día. Con un poco de suerte, volveremos a vernos.


julio 05, 2015

¡Mis favoritos del verano!


¡Hola a todos!

¿Qué tal estáis? ¿Cómo os va? Supongo que soportando estoicamente los calores del verano. Y de eso precisamente es de lo que vamos a hablar hoy, del verano. Aunque Galicia se caracteriza por ser una tierra en la que, por lo general, el verano brilla por su ausencia, también tenemos nuestros momentos veraniegos. ¿Que no hace un calor abrasador? Ni falta que hace; si el fresquito se agradece mucho. ¿Que puede amanecer soleado y nublarse por la tarde? Pues no pasa nada, hombre. Pero me diréis: Ya, pero es que así no puedes ir a la playa. ¿Cómo que no? A la playa se va aunque sea con chaqueta y, pase lo que pase, el agua estará como el caldo.

¡Ah, el verano! ¡Cuánto lo esperamos y qué poquito dura! Sólo 90 días para disfrutar de la vida de una manera distinta a como lo haríamos el resto del año. Es época de fiestas, conciertos, ferias temáticas, festivales, vacaciones, caminatas por el campo, excursiones a la playa, comidas familiares, encuentros con amigos que viven lejos… Cierto que muchos todavía están trabajando y no pueden hacer todas las cosas que les gustaría, pero sin duda tendrán tiempo para ir una fiesta de pueblo o para sentarse en una terraza al anochecer y tomar algo fresquito en buena compañía.

La entrada de hoy va a tratar de mis favoritos del verano, de aquellos elementos sin los cuales yo no concibo un verano. Al tratarse de algo muy personal, puede que algunos de vosotros no compartáis mi punto de vista; incluso es posible que algunas de las cosas que voy a mencionar os extrañen un poco. Pero así soy yo y esta es mi selección.

He aquí mis favoritos del verano:



1) El florero de mi habitación




Pues empezamos bien. ¿Qué tendrá que ver un florero con el verano?, os preguntaréis. Dejadme que os lo explique, porque la cosa tiene su aquel. Resulta que hace algunos años, durante el Mercado Renacentista, encontré un puesto que vendía flores de madera perfumada. Entre los muchísimos colores que podías elegir, yo escogí dos ramilletes de seis flores cada una: un ramillete con flores azules y blancas, y otro ramillete con flores amarillas y verdes. ¿Por qué esos colores? Pues por frikismo puro y duro: Las flores azules y blancas me remiten a Lyanna Stark, por la nieve y el color de las rosas invernales; mientras que las flores verdes y amarillas nos llevan a pensar en el escudo de la familia Tyrell, una de mis favoritas de la saga de Canción de Hielo y Fuego. En el Dominio, los veranos son cálidos y apacibles, y esta es mi manera de rememorarlo todos los años. En cuanto llega el verano, cambio las flores del florero y mi habitación es un poco más alegre.



2) Leyendas de la Dragonlance Volumen I – El Templo de Istar




Otra cosa que, en principio, nadie relacionaría con el verano. ¿Estoy mezclando el tocino con la velocidad? Nada de eso. Este libro también tiene su conexión con el verano, al menos con el mío. Hace unos años, cuando cursaba el primer año de carrera, salí de un examen con el ansia consumista un poco elevada. Sin motivo aparente, me apetecía comprar un libro de fantasía. Me pasé por algunas librerías, pero no encontré ningún título que me llamara particularmente la atención. Entonces, al entrar en un kiosco, vi que tenían una novela de esas que se venden por entregas: Era El Templo de Istar, de la trilogía Leyendas de la Dragonlance. No sé muy bien por qué, pero al ver aquel libro solitario me entraron ganas de comprarlo, y eso fue lo que hice. Sin embargo, como tenía que estudiar no sacaba mucho tiempo para leerlo. Los únicos momentos que podía dedicarle al libro eran las horas muertas que pasaba en el autobús cada vez que iba y volvía a casa los fines de semana. Y fue prácticamente a finales de curso cuando me ventilé casi todo el libro, con el traqueteo del autobús y los rayos del sol cayendo sobre mí por estar sentada junto a la ventanilla. Lo terminé justamente el día que terminé el primer año de carrera. Una buena manera de darle la bienvenida al verano.


3) Mi bolsa de playa




Bueno, esto sí que ya tiene más que ver con el verano. Aunque la mayor parte del año esta bolsa está muy bien guardada en un armario, cuando llega el verano toca desempolvarla y presumir de ella. Y es que la bolsa lo vale, ¿no creéis? La compré hace tiempo en un bazar y se conserva como el primer día, pues no tiene ni un solo raspón. Por la parte de atrás es de color naranja vivo y por la parte delantera tiene ese precioso y colorido dibujo de una Gal, que fue lo que me animó a comprarla. Como ya sabéis, me encanta todo lo japonés y me parecía muy apropiado tener una bolsa de playa al estilo Gal. Pero, ahora que lo pienso, no sé si la bolsa se puede considerar japonesa, ya que la compré en un bazar chino… Aunque me gusta todo lo que viene del país del sol naciente, reconozco que mis conocimientos sobre la escritura nipona son más bien escasos. Así que, si alguien entiende lo que pone en la bolsa, o por lo menos sabe distinguir si es chino o japonés, le agradecería mucho que me lo dijera.


4) Fresas, cerezas y girasoles




El verano es la época de los colores vivos y los sabores fuertes. Una cosa que me gusta mucho hacer en verano es pegarle un mordisco a una gran fresa y sentir ese sabor entre dulce y ácido tan característico. Un poco menos dulce, pero no por ello menos deliciosa, es la fresa salvaje que crece en los campos: Pequeña como un guisante (o más pequeña todavía), destaca por su colorido y por su intenso sabor. El polo opuesto lo representan las cerezas, de sabor más dulce y agradable al paladar. Un cuenco lleno de cerezas es la merienda perfecta después de una tarde calurosa o al volver de la playa. En cuanto a los girasoles… pues no es que se hayan colado en el apartado de mis frutas favoritas. Están aquí porque son las flores del verano que más me gustan, porque me encantaría rodearme de girasoles o correr entre ellos todo el tiempo. Son la imagen viva del verano. Grandes y amarillos como el sol. ¡Si es que ya lo dice la propia palabra! ¡Es ver un girasol y gritar la palabra “verano” a grito pelado!


5) Helado de nubes




Descubrimiento reciente el de este delicioso helado de color azul salpicado de nubecillas blancas y rosas, y que sabe a chicle Boomer que tira para atrás. Hace un par de años llegó a las heladerías de mi ciudad con cierta timidez, como si temiera no encajar entre esos grandes sabores que son el limón, la fresa, el kiwi y el chocolate. Pero ahora no hay heladería que no tenga una tarrina de este riquísimo helado de sabor dulce y azucarado. Aunque puede que no refresque tanto como otros sabores más intensos o como un buen granizado, es una merienda estupenda mientras das un paseo por la sombra y te entra hambre. Recomiendo comerlo de cucurucho o, si preferís la tarrina pequeña, con un triángulo de galleta.


6) Bob Marley




Este icono de la música reggae no necesita presentación alguna, y tampoco su música inmortal, que nos trae ecos de Jamaica, del cálido Caribe. Aunque el reggae no es precisamente el estilo de música que yo elegiría en primer lugar, sí tengo que reconocer que es una música buena y, sobre todo, que pega muy bien con el verano. En mi caso, no hay verano en el que el gran Bob Marley no amenice mis viajes a la playa. Todos y cada uno de los días que voy con mi mejor amiga a la playa, tenemos que poner música de Bob Marley. Así, canciones como Jamming, Three Little Birds y Is this Love han contribuido a alegrar un poco más mis veranos. Otro tanto podría decirse de los grandes éxitos de Boney M o de otras canciones que inspiran nostalgia al sonar en el interior de un coche, pero de todos ellos es Bob Marley quien se lleva la palma. No puede haber verano sin su música, y punto.


7) Mis vestidos veraniegos




¡El calorcito ha llegado y es hora de hacer el cambio de armario! Dos veces al año hay que hacer mudanzas en mi habitación. Hay que guardar la ropa de invierno y sacar la de verano (aunque siempre dejo alguna chaquetilla por ahí, no vaya a ser que refresque). Mis mejores vestidos vuelven a salir a la luz y a mí se me iluminan los ojos, porque son los que más me gustan de todo el año. Tan frescos, tan ligeros, tan monos... Son una explosión de colorido en mi armario. Pero, ¡ay! Este tipo de ropa es como las fresas o las cerezas: Dura muy poco. Acostumbrados como estamos a los veranos de diez días, tenemos muy poco tiempo para disfrutar de la ropa veraniega. Es una pena, la verdad…


8) Un viaje




Aunque este será el primer año que tome unas vacaciones en el sentido más estricto de la palabra, eso no quiere decir que no haya hecho algún viajecito de ocio a alguna parte. La gente suele pensar que irse de vacaciones implica tener que coger el avión e irse a otro país, pero no tiene por qué ser así necesariamente. Para mí, un fin de semana de agosto en Santiago de Compostela o en Vigo es tener unas vacaciones. Cortitas, sí, pero vacaciones al fin y al cabo. Y sobre todo cuando se está en la mejor compañía del mundo, como unas amigas divertidas y muy queridas. Además, a veces es bueno ver otros rincones de la geografía española (más bien gallega en mi caso), porque hay lugares que son dignos de ver de los cuales la gente habla muy poco. Por mi parte, me declaro fan de esos rincones ocultos que suelen ser auténticas joyas del paisaje y la naturaleza.


9) La playa de Area




Es hora de volver a la infancia, a aquellos días en los que una niña llena de imaginación iba a la playa con su familia para pasar una tarde maravillosa junto al mar. La playa de Area es una de las playas más bonitas de la cornisa cantábrica, de aguas limpias, arena fina y apta para que todos puedan bañarse. Tiene además el privilegio de contar con sus propias leyendas, como la del Bicho de Area, un monstruo con cabeza de dragón, cuerpo de vaca y rabo de lagarto; o la de la villa de Estabañón, una aldea que quedó enterrada bajo la playa hace siglos y que tiene parte de verdad, ya que se han realizado excavaciones y se han encontrado los restos de lo que podría haber sido una factoría de procesado de pescado, construida en época romana pero también utilizada durante la Edad Media. Aunque probablemente esta villa fue abandonada y sus restos quedaron sepultados bajo la arena, no faltan historias que dicen que todo se debió a un castigo divino. Incluso se dice que a veces pueden oírse las campanas de la villa repicando a medianoche, aunque eso se lo dejo a los expertos en leyendas, ^^*


10) Fiestas everywhere




Cómo no, el verano es la época en la que las fiestas proliferan. La norma general es que todos tienen que divertirse, por lo que la oferta de fiestas es grande y variada. Tenemos fiestas patronales y, sobre todo, fiestas gastronómicas que son la excusa perfecta para saborear nuestra deliciosa comida. En el caso de que no nos gusten mucho este tipo de fiestas, tenemos las fiestas temáticas: el Mercado Renacentista, la Feria Medieval de Mondoñedo, la Fiesta Indiana de Ribadeo… y eso por esta zona, que en otras partes hay fiestas de este tipo más grandes y más conocidas, como puede ser la famosa Fiesta Vikinga de Catoira o el Arde Lucus de Lugo. Y si todo esto no os parece suficiente, también se celebran festivales musicales, siendo el más importante el Resurrection Fest, que se ha convertido en uno de los festivales de música metal y hardcore más importantes de España. Y vosotros, ¿cuál elegís?




¡Y hasta aquí hemos llegado por hoy! Espero que os haya gustado mi selección de favoritos para el verano. Como veis, son las pequeñas cosas las que hacen que la vida sea inolvidable. Un libro, una canción y un helado son la mejor manera de recordarnos que el verano está aquí y que tenemos derecho a disfrutarlo.

julio 01, 2015

La Princesa del mes: Pocahontas


¡Hola a todos!

¡Bienvenidos al mes de julio! ¿Qué tal estáis pasando estos calores? Con paciencia y resignación, supongo ^^U. Pero no os preocupéis, que la Biblioteca no cierra en verano y seguiré estando por aquí, con muchas más cosas para alegraros estos calurosos días. Eso sí, supongo que la frecuencia al subir los artículos bajará un poco, ya que durante las próximas semanas voy a estar muy ocupada yendo de fiesta en fiesta. Que si el Mercado Renacentista, que si mis vacaciones (¡ah, qué ganas tengo que irme ya!), que si las fiestas del pueblo... No todo va a ser ocio, ya que tendré que redactar muchos trabajos para entregar en septiembre, a ver si me saco el máster de una vez. En fin, muchas cosas que ocuparán mi tiempo.

¡Pero vamos a centrarnos en las cosas positivas! Vamos a recibir el verano como se merece, y para eso empezaremos el mes de julio con la princesa Disney correspondiente.

¡Nos vemos!



Pocahontas



Nombre: Pocahontas
Rango: Hija del jefe de la tribu
País: América
Edad: 18 años
Familia:
-          Jefe Powhatan (padre)
-          Madre (fallecida)

Amigos:
-          Nakoma
-          John Smith
-          Meeko (su mapache)
-          Flit (su colibrí)
-          Abuela Sauce

Esposo: John Rolfe

Canción: Colores en el viento


Londres. Año del Señor de 1607.

Un barco de colonos zarpa rumbo al nuevo mundo. El ansia de gloria y riquezas ha impulsado a la mayoría de estos viajeros a emprender un peligroso viaje a través del mar, pero también hay quienes no tienen interés alguno en el oro, sino en descubrir otras tierras y conquistar territorios inexplorados. Uno de estos aventureros es el capitán John Smith, que lidera la expedición. Tras un tiempo en alta mar, el barco llega a las costas de Virginia.

Al mismo tiempo, una joven indígena observa la llegada del barco desde la distancia. Es Pocahontas, la única hija de Powhatan, el jefe de su tribu. Pocahontas es una muchacha con un espíritu libre que siempre se debate entre hacer lo correcto o seguir los dictados de su corazón. Una de las cosas que la hacen dudar acerca de sus pensamientos es su reciente compromiso con Kocoun, el mejor guerrero de la tribu, que ha pedido su mano a Powhatan y éste, para sellar la alianza, entregó a Pocahontas el collar de su madre, como símbolo de su compromiso.

Pero la llegada del barco hace olvidar a Pocahontas sus preocupaciones. De hecho, ella ni siquiera sabe que es un barco; la extraña forma de los mástiles y las velas le hace pensar en un banco de nubes. Y es entonces cuando recuerda un sueño que se ha repetido varias veces. En el sueño, Pocahontas ve una flecha que gira rápidamente y, de pronto, se detiene apuntando en una dirección. Tras consultar sus dudas con la Abuela Sauce, un árbol que tiene la cara de una amable anciana, ésta le dice a Pocahontas que esa flecha señala su destino, que le será revelado cuando llegue el momento.

Mientras tanto, no hay tranquilidad en el territorio controlado por los ingleses. Ante la posible amenaza de una emboscada por parte de los nativos, los colonos deben mantenerse siempre vigilantes. Sin embargo, el gobernador John Ratcliffe parece más interesado en encontrar oro que en tratar de pactar una tregua con los indios. Obsesionado por el vil metal, desdeña una y otra vez los intentos de John Smith de convencerle para que explore esa tierra para ver qué partido se le puede sacar. Por eso, John Smith decide recorrer el lugar por su cuenta.

Entonces, de modo fortuito, John Smith llega a una cascada donde se encuentra con Pocahontas. Aunque las diferencias entre ellos son notables, pronto nace entre los dos una fuerte atracción. Pocahontas sabe que los blancos son el azote de su pueblo, pero le puede la curiosidad; quiere saberlo absolutamente todo sobre ellos: cómo son, qué es lo que quieren, qué buscan con tanto ahínco en su tierra. John Smith, haciendo alarde de una gran presunción, le dice a Pocahontas que su intención es conquistar todo el territorio y domesticar a los que él considera "salvajes". Pocahontas se enfada ante su desdén por la naturaleza, pero decide enseñarle las riquezas de la tierra y la belleza de todo lo que le rodea para hacerle cambiar de opinión. Una de las cosas que John Smith descubre gracias a Pocahontas es que en esa tierra no hay oro, pero sí hay comida en abundancia, algo que su gente necesita con desesperación.

Mientras tanto, cansados de los abusos de los blancos, los indios piden refuerzos para enfrentarse a ellos y expulsarlos de su tierra para siempre. Tanto Pocahontas como John Smith tratan de evitar la guerra entre ambos pueblos. Una noche, se citan para hablar de ello pero son descubiertos por Kocoun besándose. Los celos y la creencia de que se trata de una trampa mueven a Kocoun a atacar a John Smith. Thomas, un joven marinero inglés que había seguido a John Smith, ve el peligro y dispara su arma, hiriendo de muerte a Kocoun. Temiendo que le hagan daño a Thomas cuando se descubra lo ocurrido, John Smith le ordena que huya al campamento. Pero él no tiene tanta suerte, ya que es atrapado por los indios y encerrado en una tienda, donde se le anuncia que será ejecutado al amanecer.

Pocahontas está desolada. Su padre la ha acusado de haber provocado la muerte de Kocoun, su gente la considera una traidora y, además, está a punto de perder a John Smith para siempre. Ni sus amigos animales ni los consejos de la Abuela Sauce consiguen aliviar su pesar. Pero sus animalitos tienen algo para ella: Una brújula. Pocahontas la reconoce al instante, pues es la brújula que siempre llevaba consigo John Smith. Al echar un vistazo, ve la flecha que da vueltas y a su mente vuelve aquel sueño que tanto le había costado descifrar. La flecha se detiene señalando un punto en la distancia y Pocahontas sabe que debe seguirlo para enfrentarse a su destino.

Se acerca el amanecer y Pocahontas tiene poco tiempo para evitar la muerte de John Smith. En un claro se reúnen los dos pueblos enfrentados. Los ingleses, liderados por John Ratcliffe, tienen orden de atacar y matar a todos los indios que puedan si se atreven a ejecutar a John Smith. Los indios, por su parte, no van a hacer sino lo que consideran justo. El jefe Powhatan, armado con un bastón con una gruesa piedra en un extremo, se apresta a aplastar el cráneo de John Smith. Pero Pocahontas llega justo a tiempo y se abraza a John Smith para evitar su muerte. Habla directamente con su padre, diciéndole que siguiendo el camino del odio no llegarán a ninguna parte. Powhatan escucha a su hija y, conmovido por su sabiduría, ordena que liberen a John Smith. Pero Ratcliffe, creyendo que pueda ser una trampa, dispara al jefe Powhatan. Pero John Smith trata de protegerle y es él quien recibe el disparo.

Los colonos resuelven volver a Inglaterra para que John Smith se recupere. Antes de marchar, él le pide a Pocahontas que le acompañe, pero ella ya ha elegido su camino y debe permanecer junto a su tribu. Pocahontas y John Smith se besan por última vez y se dicen adiós. Desde lo alto de una roca, Pocahontas observa cómo el barco de John Smith se adentra en el mar y se pierde en la distancia.

junio 24, 2015

Corazón de Fuego






Hace tiempo me contaron una leyenda muy antigua que pudo haber sucedido en nuestro mundo, aunque la historia guarda tanto de magia y misterio que no podemos estar seguros del todo. La leyenda hablaba de una niña que murió y después resucitó convertida en mujer. Eran tiempos muy difíciles para su pueblo. Antes de morir, la princesa hubo de ver cómo su reino se convertía en pasto de las llamas por culpa de un dragón hechizado. El mundo entero ardía a su alrededor. El incontenible avance del fuego no podía ser detenido. La tierra estaba en llamas, los animales se quemaban... Ni siquiera su gente pudo escapar del beso mortal del fuego. Destrozada, incapaz de derramar una sola lágrima (pues el fuego había secado sus ojos), su cuerpo sucumbió y la princesa murió.

Pero no existe la muerte para aquellos que habían sido elegidos por los dioses. Cuentan que el espíritu de la princesa recibió la visita de Thalion, el antiguo dios de la guerra, cuyo corazón ardía con intensidad. El dios había visto que la muchacha poseía las cualidades que él buscaba en sus elegidos. Por su fortaleza, él le concedería poder sobre todos los ejércitos del mundo. Por su tenacidad, él haría que todo aquel que la escuchase quisiera morir por ella. Por su grandeza, él haría que la derrota se transformara en victoria. Ella sería su elegida, la próxima señora del mundo.

Y fue así como Thalion remató a la princesa y la hizo resucitar como Reina. Surgió del mar de llamas con la piel dorada y su cabello convertido en mil serpientes de fuego. Su corazón refulgía con ígneo esplendor. En sus manos llevaba un arco de oro que lanzaba flechas de luz, un arma ante la cual sus enemigos temblaban de pavor.

Podría deciros muchas cosas sobre aquella sorprendente mujer, pero nunca acabaría. Baste decir que la promesa del dios se cumplió en todos sus puntos. Fue la reina más fuerte y poderosa de su tiempo, y a la vez la más temida y deseada. Su luz iluminaba hasta la noche más sombría y tenebrosa. Defendió a los suyos de las fuerzas de la oscuridad y los guió, como un faro en la noche, a un mundo mejor y más justo.

Y cuando llegó el momento de derrotar a la Serpiente de Mil Bocas, aquella cuya llegada auguraba la Profecía, se cuenta que el cuerpo de la Reina estalló en llamas y tomó la forma de un pájaro, con unas alas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, cayendo como un relámpago sobre la Serpiente maligna. La batalla fue larga y terrible, y aunque la tierra acogió con cariño el cuerpo mortal de la Reina, el fuego que brotaba de su corazón nunca pudo apagarse. Aquella llama imperecedera sigue existiendo, aunque nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentra su santuario. Tal vez, tal y como se cree, daremos con ella el día que una nueva Reina nazca en estos tiempos oscuros para llevarnos de nuevo a la luz.


Este minirrelato se me acaba de ocurrir ahora para celebrar con vosotros la noche de San Juan.

¡Hasta pronto!


junio 13, 2015

Monarcas inestables de la Historia


A lo largo de la Historia, reyes, reinas y emperadores han acaparado una inmensa cantidad de poder, pero eso en ocasiones ha sido su perdición. Sabemos que muchas de las enfermedades padecidas por los gobernantes o líderes políticos pudieron proceder de razones concernientes a la enorme responsabilidad que tenían en sus manos. Sin embargo, también resultaría interesante acercarse a la figura de aquellos que, haciendo gala de un sinnúmero de excentricidades y conductas estrafalarias, dieron mucho que hablar a la sociedad de su tiempo, que los calificó de estar completamente locos.

La locura es un término que está definido de una forma muy vaga. Consideramos loca a una persona que, a nuestro parecer, ha perdido completamente el juicio y actúa, por lo tanto, de manera disparatada e imprudente. Ya fuese por padecer una enfermedad mental o por poseer un carácter francamente peculiar, los monarcas que encontraréis en esta lista tienen méritos más que suficientes para hacernos admitir que algo no marchaba bien en sus cabezas.


10. Enrique VI de Inglaterra




Enrique VI fue el único hijo de Enrique V y su esposa Catalina de Francia. Nacido en Windsor en 1421, ni siquiera había cumplido los nueve meses de vida cuando las circunstancias le llevaron al trono tras la muerte de su padre. Un Consejo asumió la regencia hasta su mayoría de edad. Según el Tratado de Troyes, Enrique fue proclamado también rey de Francia a la muerte de su abuelo Carlos VI, pero la larga guerra que Inglaterra y Francia llevaban sosteniendo durante años, sumada a las acciones de Juana de Arco, hizo que Inglaterra acabara perdiendo todas sus posesiones francesas excepto Calais.

Lo cierto es que Enrique VI nunca fue un rey muy popular. Agobiado por los conflictos y las feroces tramas políticas y dinásticas que caracterizaban la Inglaterra medieval, Enrique fue creciendo como un hombre retraído y beato. Su impopularidad creció cuando contrajo matrimonio con Margarita de Anjou, que no fue bien aceptada por los ingleses por su origen francés y que, además, ejerció un pernicioso influjo sobre su esposo.

A raíz de la pérdida de Burdeos, Enrique VI empezó a perder la razón. Una crisis nerviosa que duró todo un año fue una de las muchas causas de la Guerra de las Dos Rosas, durante la cual Enrique VI fue depuesto por los miembros de la casa de York. Volvió a recuperar el trono, pero fue destronado de nuevo en 1455 cuando, tras ser derrotadas sus fuerzas por los partidarios de los York, fue encontrado en la tienda de un curtidor, víctima de otra crisis nerviosa. A veces, de tan desorientado como estaba, ni siquiera se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor; ni siquiera fue consciente del nacimiento de su hijo y heredero, el príncipe Eduardo. Como la enfermedad del rey era periódica, Enrique dependía mucho de su esposa Margarita.

Al final, Enrique fue derrotado y encarcelado en la Torre de Londres, donde fue asesinado en 1471, a la vez que su hijo era ahorcado por los York en Tewkesbury, extinguiéndose así la casa de Lancaster.


9. Carlos VI de Francia




Carlos VI nació en 1368 y fue el quinto vástago del rey Carlos V y Juana de Borbón. A la edad de once años fue coronado rey de Francia, pero fue su tío Felipe II el Audaz quien asumió la regencia hasta su mayoría de edad. Fue conocido por su pueblo como El Bienamado, pero cuando el rey cumplió los veinticinco años se le cambió el apodo por el de El Loco, ya que fue a partir de entonces cuando la salud mental de Carlos empezó a verse tocada.

El primer episodio de psicosis se registró en 1392, cuando  su amigo Olivier V de Clisson fue víctima de un intento de asesinato. Obsesionado con castigar al culpable, Carlos VI empezó a manifestar de forma confusa su intención de empezar una campaña bélica hasta dar con el sicario. En cierta ocasión, mientras viajaba con su ejército, sufrió un brote psicótico durante el cual mató a varios caballeros y casi asesinó a su propio hermano. Fue reducido por un grupo de soldados, que lo acostaron en el suelo. Carlos se quedó quieto y no reaccionó, cayendo en estado de coma.

A partir de entonces, el rey sufrió episodios frecuentes de enfermedades mentales, que a veces le hacían creer que estaba hecho de cristal y hacía todo lo posible para evitar romperse. Durante un ataque, fue incapaz de recordar su nombre. No sabía que era rey e incluso huyó de su mujer, Isabel de Baviera, completamente aterrorizado. En ataques posteriores, vagaba por su palacio aullando como un lobo, rechazaba que lo bañaran y sufrió todo tipo de alucinaciones.

El estado del rey obligó a que fuera apartado del gobierno, recayendo la regencia en su hermano Luis y en su tío Felipe. A día de hoy, se cree que la locura de Carlos VI (y que probablemente heredó su nieto Enrique VI, del que ya hemos hablado) pudo haber sido en realidad esquizofrenia, porfiria o trastorno bipolar.


8. Joshua Abraham Norton




Aunque nunca ostentó ningún poder real, Joshua A. Norton fue conocido en San Francisco como Su Majestad el Emperador Norton I. De hecho, él mismo se había proclamado Emperador de Estados Unidos y protector de México en 1859. Se cree que nació en Inglaterra en 1819 y que emigró a América tras recibir una sustanciosa herencia de su padre. Sin embargo, las cosas no le fueron bien y eso afectó a su salud mental, y más aún cuando tuvo que declararse en bancarrota. Tras un período lejos de San Francisco, regresó a la ciudad y se autoproclamó Emperador de Estados Unidos. Que un hombre enloquezca y tenga delirios de grandeza no es algo raro. Pero que todo el mundo le dé la razón sí que lo es.

A lo largo de su vida, Norton I lanzó varias proclamas que iban de lo ridículo a lo visionario. De hecho, fue uno de los primeros en pedir que se construyese un puente que atravesara la bahía de San Francisco. Por las tardes paseaba por las calles con dos perros vagabundos y se dedicaba a inspeccionar las alcantarillas y comprobar que los autobuses salían a su hora. Iba a misa todos los domingos, cada vez a una iglesia diferente para no hacer distinciones entre unas y otras. Y en cierta ocasión logró evitar una reyerta interponiéndose entre los enfrentados y rezando el Padrenuestro, tras lo cual la pelea se disolvió.

A pesar de su trastorno mental, fue un hombre bueno y justo. Sus allegados le tenían un profundo respeto y le concedieron todo tipo de honores. Norton I siempre comía en los mejores restaurantes a cuenta de la casa, viajaba gratis en el transporte público. Cuando entraba en el teatro (donde él y sus perros tenían asientos reservados), todos los presentes se levantaban y guardaban silencio hasta que se sentaba. Llegó incluso a tener su propia moneda, con la que podía comprar en cualquier establecimiento. Cuando un policía quiso arrestarle por ser un vagabundo, las protestas públicas lograron liberarle.

Norton I murió de una apoplejía en 1880 tras 21 años de reinado. A su funeral asistieron más de 10.000 personas que le lloraron sinceramente y lamentaron la muerte del mejor Emperador que jamás tendría Estados Unidos.


7. Juana de Castilla




La que años después de su nacimiento sería declarada reina propietaria de las Coronas de Castilla y Aragón, pasó más tiempo encerrada en un convento que gobernando. Apartada del gobierno por su padre y por su hijo Carlos I, la reina Juana hubo de pasarse media vida enclaustrada a causa de una supuesta enfermedad mental que le daría el apodo que la ha hecho inmortal: La Loca.

Como a tantas otras princesas de la época, a Juana se la prometió en matrimonio con Felipe de Habsburgo, hijo y heredero del Archiduque de Austria. Aunque los novios no se conocían, en el momento de verse se enamoraron locamente el uno del otro. No obstante, Felipe perdió pronto el interés por su esposa y siguió divirtiéndose con otras damas de la corte. Esto provocó los celos de Juana, unos celos que varios psicólogos actuales califican de patológicos, y que la obligaron a realizar actos escandalosos y extravagantes.

Se dice que, en un acceso de ira, cogió unas tijeras y le cortó el pelo a trasquilones a una amante de su marido. Era tal el desvelo que sentía por Felipe que procuraba estar con él a todas horas. En cierta ocasión, en medio de una fuerte tormenta, Juana salió al patio de armas del Castillo de la Mota llorando y llamando a gritos a su marido, que había partido a Flandes dejándola atrás. A la muerte de Felipe, Juana perdió la razón por completo. El deseo de Felipe de ser enterrado en Granada la llevó a encabezar una comitiva para llevar el féretro de su esposo, pero sólo durante la noche, pues Juana creía que la mujer que había perdido a su esposo, que era su sol, no debía volver a ver la luz del día.

Posteriormente sería encerrada en Tordesillas, donde pasaría el resto de sus días. Perpetuamente enlutada, con el tiempo mostró más signos de incapacidad, como su obstinación en comer en el suelo y su negativa a asearse. Actualmente se cree que pudo haber padecido melancolía, trastorno depresivo severo, psicosis, esquizofrenia heredada o un trastorno esquizoafectivo.


6. Erik XIV de Suecia




Erik XIV vino al mundo en el castillo de Estocolmo en 1533. Como primogénito del rey Gustavo I de Suecia, ascendió al trono a la muerte de este, en el año 1560. La mayor parte de su reinado se desarrollaría durante la Guerra Nórdica de los Siete Años, cuando trató de expandir los dominios suecos en el Mar Báltico. Así que prácticamente se pasó toda su vida sometido a una presión muy fuerte, lo que afectaría a su estado mental.

La nobleza sueca temía a Erik XIV, y con razón. Su inestabilidad metal, sumada a su complejo de inferioridad, dio lugar a una época extraña y volátil para su súbditos. Después de pasar por una conspiración orquestada por su hermano Juan (que finalmente fracasó), Erik XIV empezó a desconfiar de todo el que estaba a su alrededor. Uno de sus mayores temores era morir envenenado. Instigado por su consejero Jöran Persson, creó una corte de justicia destinada a hacer cumplir las leyes, pero acabó convirtiéndose en un instrumento de persecución contra los posibles enemigos del rey. De estos, los más desafortunados fueron los Sture, pues Erik XIV ordenó ejecutar a varios miembros de esta familia, convencido de que habían cometido alta traición.

Tras el asesinato de los Sture, se hizo patente la demencia del rey. Entre otras cosas, trató de cortejar a todas las reinas y princesas de Europa Occidental para tener derechos de ascensión a sus diferentes tronos y para saciar sus ambiciones expansionistas. Al final, acabó casándose con la mujer que había sido su concubina durante dos años.

Suecia se liberó de la paranoia de Erik XIV en 1568, cuando fue derrocado por una alianza rebelde liderada por sus propios hermanos. Tras su deposición, el rey inició un peregrinar por diversas prisiones durante nueve años, hasta que finalmente murió de la forma que más temía: Envenenado.


5. Felipe V de España




Felipe V de Borbón, también conocido como El Animoso, fue el sucesor de Carlos II, último rey de la casa de Austria. Su reinado de 45 años y tres días, dividido en dos períodos marcados por la abdicación en su hijo Luis I y la muerte prematura de éste, fue el más prolongado en la historia de España. Llama la atención, sin embargo, que el primer monarca de la casa de Borbón en España también padeciera trastornos mentales al igual que algunos de sus predecesores Austrias.

Desde siempre, Felipe V pareció sentir una obsesión malsana con el sexo. Comía a diario gallina hervida, que le era servida junto con un cúmulo de pócimas y brebajes destinados a potenciar su actividad sexual. Dedicaba a este menester tanto tiempo y energías que con frecuencia se le veía agotado, al borde de la extenuación. Los médicos le aconsejaron que se separara temporalmente de su esposa, Isabel de Farnesio. Pero ésta, sabiendo que su marido era un hombre apocado, abúlico y fácil de manipular por cualquier persona con un mínimo de ambición, no dio su consentimiento a la separación.

En 1717, Felipe V cayó gravemente enfermo. Sufría delirios y auténticos ataques de histeria provocados por una creencia que le atormentaba a todas horas. Al parecer, se decía que la ropa blanca de los reyes irradiaba luz. Felipe V estuvo a punto de enloquecer ante este fenómeno inexplicable que él atribuía a un hechizo o embrujo. Ordenó que la confección de su ropa quedase a cargo de las monjas, en la creencia de que sus manos celestiales podrían con aquel suceso inspirado por el Diablo. Además, se negaba a cambiarse de mudas de ropa interior hasta que las mismas quedasen hechas jirones. A todo esto se unía su estado de completo abatimiento, su costumbre de dormir de día y salir de noche, y su falta de aseo personal.

Durante sus últimos años, su salud mental se fue agravando, hasta que en 1746 murió de un ataque cerebrovascular.


4. Mustafá I




Mustafá I nació en el Palacio de Manisa, y fue el segundo hijo del sultán del Imperio Otomano Mehmed III y una de sus concubinas, cuyo nombre no se conoce.

Entre los sultanes otomanos era casi normal matar a sus hermanos para evitar que amenazasen su posición de poder. De hecho, el propio Mehmed III había mandado ejecutar a 19 de sus hermanos. Al joven Mustafá eso no le sucedió, pues su hermano Ahmed I era el nuevo sultán y carecía de hijos legítimos, de modo que Mustafá era su único heredero por el momento. Sin embargo, eso no quiere decir que no mantuviera a su hermano sometido a arresto domiciliario y a una férrea vigilancia durante 14 años, lo que afectó a la salud mental de Mustafá.

Tras el asesinato de Ahmed I en 1618, Mustafá se convirtió en sultán, pero su comportamiento daba que hablar por lo errático y estrafalario. Mustafá I acostumbraba a tirar de las barbas a sus ministros y echarles monedas a los peces del estanque. Este tipo de actos dieron mucho que hablar en la corte, que empezó a considerar su estado mental, por lo que fue depuesto en favor de su sobrino Osmán II y encerrado de nuevo.

Mustafá se convirtió en sultán por segunda vez en 1622, pero su comportamiento mejoró poco y volvió a ser destronado en favor de otro de sus sobrinos, Murad IV. Fue nuevamente confinado y murió en 1639.


3. Iván IV de Rusia




Más conocido como Iván el Terrible, fue el primer zar de Rusia en coronarse a sí mismo y llevar ese título. Sus mayores aportes a su país fueron la conquista de Siberia, la creación de un nuevo código legal, la centralización del poder en la capital y otras grandes reformas internas. Su reinado duró casi 50 años, el más largo de los zares rusos.

Su infancia no fue nada fácil. Su padre murió cuando él tenía tres años y fue coronado Príncipe de Moscú a esa edad. Sin embargo, fue su madre la que ejerció la regencia hasta que fue envenenada cinco años después. Desde entonces, empezaron a gestarse en Iván feroces ataques de rabia que probablemente eran el resultado de la enorme falta de atención que sufrió en su infancia.

Durante su reinado, su comportamiento fue cada vez más errático. Su gobierno estuvo muy influido por su primera esposa, Anastasia Romanovna Zajarina, y se volvió particularmente autoritario tras la muerte de ésta. Iván IV se transformó en un completo psicópata, y se dice que durante las noches sus gritos sonaban por todo el Kremlin. Pasaba de la euforia a la depresión más absoluta. Ya en sus últimos años dio rienda suelta a sus perversiones. Declaró haber desflorado a más de mil vírgenes y haber asesinado a los hijos habidos con éstas. En un arrebato particularmente violento mató a su hijo con sus propias manos y agredió a su nuera embarazada.

Sufrió varios ataques psicóticos a lo largo de toda su vida, que lo volvían extremadamente violento. Es posible que estos ataques fuesen provocados por el tratamiento con mercurio que los médicos le administraban para tratar la sífilis que padecía. Murió en 1584 en circunstancias poco claras, pues algunos expertos piensan que pudo haber sido envenenado por los boyardos.


2. Jorge III de Inglaterra




De los cuatro monarcas llamados Jorge que reinaron en Gran Bretaña entre los siglos XVII y XIX, Jorge III fue el primero que habló el inglés como lengua materna. Hubiera podido pasar a la historia como el rey que convirtió a Gran Bretaña en una gran potencia mundial extendiendo sus dominios por Norteamérica y Canadá. Si no, podría haber sido recordado como uno de los monarcas más prolíficos de Inglaterra, con nada menos que dieciséis vástagos legítimos. Sin embargo, fue su lado oscuro el que habría de prevalecer de cara a la posteridad.

A lo largo de su vida, Jorge III sufrió varios episodios de delirios, confusión mental, alucinaciones, agresividad y debilidad, todo ello acompañado de vómitos y diversos malestares. Aunque los médicos actuales han dictaminado que Jorge III probablemente padecía porfiria, en el siglo XVIII sólo había un diagnóstico posible para semejante mal: Locura.

El comportamiento de Jorge III siempre había sido extraño, pero el tiempo agravó su estado mental. A los setenta y tres años perdió completamente la razón y tuvo que ser encerrado en el Castillo de Windsor. Durante su encierro, el rey solía desnudarse y salir corriendo a los jardines para cazar mariposas. Pasaba horas enteras charlando animadamente con los patos y las ocas de los estanques palaciegos y les obligaba a que le siguieran, bajo pena de muerte si no lo hacían. Se dice que una vez saludó a un roble al confundirle con el rey Federico Guillermo III de Prusia. En semejante estado, tuvo que ser apartado del gobierno. Su hijo Jorge, Príncipe de Gales, asumió desde entonces la regencia.

La salud de Jorge III siguió empeorando a un ritmo alarmante. En la Navidad de 1819 sufrió otro ataque de locura y estuvo hablando de forma ininterrumpida durante 58 horas, al final de las cuales cayó en coma. En 1820 murió Jorge III, ciego, sordo y loco, a los 81 años de edad.


1. Calígula




Cayo Julio César Augusto Germánico fue el tercer emperador del Imperio romano, desde el año 37 al 41. Aunque éste era su nombre real, ha llegado a nuestros días con el nombre de Calígula, un apodo que significaba "botitas"; los soldados romanos le habían puesto este apodo por las sandalias con las que su padre, Germánico, solía calzarle.

Se convirtió en emperador a la edad de 25 años y, aunque durante sus primeros seis meses de reinado fue un gobernante moderado, no tardó en convertirse en un hombre cada vez más sádico. Tras superar una grave enfermedad, ordenó asesinar a aquellas personas que habían prometido sus vidas a los dioses si el emperador se recuperaba. También obligó a suicidarse a personas que habían sido exiliadas durante su reinado, entre las que estaban su esposa, su suegro y su primo.

Desarrolló una serie de políticas muy controvertidas que tenían como finalidad hacerle cabeza del panteón romano, esto es, convertirse en dios. Calígula empezó a hacer apariciones públicas ataviado con los atributos divinos y mandó erigir varios templos consagrados a su persona. También divinizó a sus tres hermanas, con las que se dice que tuvo relaciones incestuosas. Las fuentes contemporáneas hablan de él y mencionan todo tipo de historias que muestran que su crueldad y su demencia no tenían límites. Es muy famosa la historia que cuenta que nombró cónsul a su caballo, cosa que podría ser cierta dada la inmensa devoción que sentía por este caballo. Pero el resto de Roma temblaba sólo con oír su nombre, ya que el emperador con frecuencia mataba y torturaba por diversión y se comportaba de manera muy errática.

Por todo esto, no sorprende que Calígula fuese el primer emperador romano en ser asesinado. Pero los planes para restaurar la antigua república en lugar del joven imperio fracasaron, y su tío Claudio fue nombrado nuevo emperador.


¡Y nada más, lectores! Espero que os haya gustado esta selección de monarcas dementes e inestables. Ha habido otros gobernantes con problemas mentales a lo largo de la historia; los que os he traído hoy son un compendio de reyes más conocidos por nosotros junto con otros que no lo son tanto. 

¡Nos vemos!

junio 10, 2015

¡Libre soy! ¡Libre sooooy!


Bueno... no del todo...

¡Hola a todos!

¿Qué tal estáis? ¿Cómo os va? Como podéis ver, yo estoy exultante. Por fin se han acabado los exámenes para mí, así que ya puedo disfrutar de unas muy merecidas vacaciones. Después del último examen (del que prácticamente acabo de salir), me ha venido todo el cansancio de golpe, como si me estuviera llevando durante semanas un peso a mis espaldas y ahora por fin pudiera soltar la carga que llevaba encima. Por suerte, el curso ha terminado y ahora puedo descansar un poco.

Sin embargo, eso no quiere decir que pueda relajarme. Como ya sabéis (más que nada porque no he parado de contarlo... y vosotros soportándome estoicamente), este máster docente ha sido un calvario para mí. Un calvario del que todavía no me he librado. Tengo pendiente una asignatura para septiembre, y eso sin contar las que todavía puedo suspender porque no se puede decir que mis exámenes hayan sido una maravilla. De hecho, uno de ellos me ha salido espantoso, horrible, abominable incluso, por lo que mis posibilidades de llevarme más asignaturas para septiembre aumentan bastante. También hay que contar la multitud de trabajos que tendré que redactar y enviar a la UNED a lo largo de todo el verano. Así que se puede decir que he terminado... pero no he terminado. Todavía queda mucho por hacer.

Como podéis ver, estoy bastante más animada. Después de pasar por un período muy duro y pesado para mí, en el que creí de verdad que se me venía el mundo encima y en el que estuve a un pelo de sufrir una crisis nerviosa, he llegado a una conclusión. Y es que me parece una tontería, una soberana tontería, preocuparse tanto por algo que no merece la pena. ¿Qué me importa a mí en realidad este máster? Prácticamente me he visto obligada a matricularme, por presión, por estulticia, por los motivos que fuesen. Ha sido un año duro, muy duro para mí, en el que he tenido que pelear con uñas y dientes para compatibilizar clases, trabajos y escuela de idiomas, dejándome gran parte de mi energía en el intento. Dado el escaso apoyo que he recibido de mis parientes, habéis sido vosotros, mis amigos y lectores, quienes os habéis portado como cabría esperar. Vuestros consejos y palabras de apoyo me han servido mucho. No lo habría conseguido sin vosotros. Por eso, os doy las gracias de corazón.

Ahora el curso ha acabado, y he conseguido sacarme parte del trabajo de encima. No todo, pero sí una buena parte. Me temo que este verano me lo voy a pasar pegada ante la pantalla del ordenador, redactando unidades didácticas, programaciones por competencias, memorias de prácticas y otros trabajos con nombres igual de sexys y provocativos.

Pero si pensáis que me voy a tirar todo el verano currando en esta chufa, es que no me conocéis bien. Este va a ser el verano de mi vida y ya estoy planificando unas vacaciones que prometen ser muy, muy buenas. ¡Porque yo lo valgo, caray! Que la vida es muy corta como para andar todo el día amargada. Ya iré sacando las asignaturas que me queden una por una, y los trabajos los haré poco a poco. Sin prisa, pero sin pausa. Y al final lo conseguiré. Ese siempre ha sido mi lema: Sé que lo conseguiré.

Mientras tanto, la Biblioteca vuelve por fin a su actividad normal. Habrá más artículos de todos los temas que acostumbro a poner aquí. Tendremos historia, arte, literatura, cosas curiosas, rankings, artículos de opinión y muchas cosas más. Ahora tengo tiempo para dedicarlo a una de mis aficiones favoritas, que lamentaba descuidar por tener que dedicarme a otras cosas menos agradables y aburridas. Así pues, gracias por vuestra paciencia y dejad que os dé de nuevo la bienvenida a mi Biblioteca.




¡Que tengáis un feliz verano!