Entre las ruinas de un
monasterio perdido, un pastor encontró un vetusto manuscrito muy
maltratado por las inclemencias del tiempo. Tenía el grosor de un
palmo, pero la mayoría de sus páginas estaban infestadas de moho o
se desprendían al menor movimiento. Sabiendo que tenía entre sus
manos algo muy antiguo, se lo llevó al sacerdote de su parroquia y
éste hizo que unos expertos en codicología lo estudiaran para
averiguar su procedencia.
El códice estaba muy
deteriorado. De sus más de cuatrocientas páginas solo cinco
parecían estar en buen estado. Eso llamó la atención de los
expertos: Aquellas seis hojas de vitela mantenían un estado prístino
en comparación con el resto del códice. Como si algo quisiera
protegerlas de los elementos. Como si alguien quisiera que las
encontraran y las leyeran.
Se llevaron las páginas
a un paleógrafo, que juzgó interesante compartir el trabajo con un
alumno a quien le estaba dirigiendo la tesis doctoral. El joven
recibió con inmensa emoción el encargo de transcribir el documento
y se puso manos a la obra. Sin embargo, no estaba preparado para el
horror que le aguardaba, pues aquellas páginas contaban una historia
tan inverosímil como estremecedora. Aterrorizado, pero decidido a
seguir adelante, el joven transcribió cada palabra que había
escrito el autor del relato en perfecto latín.
Esto fue lo que
descubrió:
Las noches en el valle
son frías, y ni los gruesos muros del monasterio son capaces de
frenar el avance del viento, que se cuela entre resquicios y por
debajo de las puertas. A veces el viento sopla con tanta fuerza que
apaga el fuego del hogar, por lo que no podemos calentarnos las
manos. Pero estoy conforme. Si este invierno que se aproxima es tan
crudo que puede acabar con la amenaza que habita en el bosque,
soportaré mil penalidades con tal de que así sea. Quiera Dios tener
piedad de todos nosotros.
Esta es la quinta
noche que paso despierto, inclinado sobre este pliego a la luz de la
vela. La pluma tiembla en mis manos y mi cuerpo pide a gritos que le
dé descanso. Pero no me atrevo a acostarme, pues sé que, en cuanto
cierre los ojos, la pesadilla que no deja de perseguirme volverá
para atormentar mis sueños una noche más. Para protegerme de ese
ser me he encerrado en mi celda, y he pedido a uno de los hermanos
que me diera cera de abejas para hacer unos tapones que cubran mis
orejas. Sabiendo lo que sé, toda precaución es poca. Me asusta
tanto lo que me aguarda fuera de estos muros que quisiera tapiar las
puertas y ventanas del monasterio, hacer hasta lo imposible por
impedir que esa criatura dé conmigo.
Últimamente me he
obligado a obedecer a nuestro prior, quien dice que mi falta de salud
se debe no a una enfermedad, sino al hambre. He intentado ocultar mis
temores para no sembrar el pánico, pero no aguantaré mucho tiempo.
Me fallan las fuerzas hasta para llevarme la comida a la boca. Hoy
estaba tan débil que me desmayé en el refectorio y cuatro frailes
tuvieron que llevarme a mi celda, donde me suministraron un bebedizo
que me hizo dormir unas horas. Durante el tiempo que dormí, el joven
fraile que estaba a mi lado afirmó que no había parado de
retorcerme y balbucear incoherencias acerca de un bosque y una
canción.
Me duele admitir que
mis días en este mundo están contados. Si la criatura que vive en
el bosque no puede conmigo, sin duda lo hará el terror que despierta
en mi cabeza y en mi corazón. Me he visto obligado no solo a
contemplar un horror que nunca hubiera imaginado, sino también a
presenciar la muerte de personas muy queridas para mí. ¿Cómo es
posible que exista un ser tan maléfico en ese bosque? ¿Acaso el
Diablo camina entre nosotros? Me siento atenazado, al borde de la
asfixia. En mi cabeza no para de sonar la melodía que condujo a mis
hermanos a la desgracia. He conseguido mantenerme firme durante un
mes, pero mis fuerzas han mermado mucho y temo que, como les ocurrió
a ellos, me sea imposible resistir por más tiempo.
Recuerdo el día que
nos adentramos en el bosque. Lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella
mañana, antes de que saliera el sol, un niño campesino llegó a las
puertas del monasterio y se derrumbó como un muñeco sin vida.
Tendría unos siete años y su ropa estaba hecha jirones. El
boticario examinó su cuerpo y descubrió que se había hecho un
sinnúmero de heridas, siendo las peores las llagas que laceraban sus
pies descalzos. El boticario concluyó que se había hecho esas
heridas en el bosque, al correr entre los arbustos y las ramas bajas
de los árboles. Pero sorprendía lo profundo de algunos raspones y
arañazos. Daba la impresión de que el niño había estado huyendo
de algo.
El zagal no despertó
hasta el anochecer. En cuanto abrió los ojos, empezó a gritar
pidiendo un crucifijo. Un fraile le prestó el suyo, y el niño se lo
arrebató y lo besó muchas veces con desesperación antes de echarse
a llorar. Nuestro prior pidió que lo dejáramos a solas con el niño,
ya que quería hacerle unas preguntas. Cuando salió de la celda,
compartió sus impresiones con los monjes que allí estábamos.
-Una cosa está clara,
y es que a este niño lo han atacado –dijo el prior -. No he
entendido todo lo que ha dicho, pues se expresa de manera tosca y
ruda, pero es evidente que ha sufrido un ataque en el bosque y que
sus parientes han desaparecido.
-Últimamente están
desapareciendo muchas personas. ¿Será que hay bandidos en el
bosque, padre? –preguntó Cibrán, sin poder evitar un
estremecimiento. Había llegado al monasterio siendo muy pequeño y
nunca había salido más que para labrar el huerto, así que le daba
bastante aprensión todo lo que venía del exterior.
-¿Bandidos, decís?
–Clotario soltó una risotada -. Pues si hay bandidos en el bosque,
dejádmelos a mí. En otro tiempo me encargaba de mantener lejos de
la villa a esa escoria; todavía tengo fuerzas para ello.
Si Cibrán era uno de
los frailes más jóvenes de nuestra orden, Clotario bien podía
jactarse del tiempo que llevaba en el monasterio. Era un hombre
corpulento que frisaba los cincuenta años, calvo y de tupidos
bigotes. Había pasado su juventud en tierras francas, donde había
nacido, pero había decidido ingresar en la orden cuando, al morir su
señor, se encontró solo y sin familia. Aunque piadoso, era
testarudo y le gustaba asustar a los novicios con sus refunfuños.
-Opino que deberíamos
advertir al regidor de la villa –acertó a decir Roi con aquella
voz que se quebraba al final de cada frase. Era contrahecho por
naturaleza: tenía una deformidad en los pies que le impedía caminar
bien, pero era resuelto y no consentía que le trataran como un
lisiado -. Sin duda él sabrá qué hacer. ¿Por qué habríamos de
meternos en problemas? Bastante hacemos con cuidar a este niño.
-En verdad no entiendo
cómo podéis decir eso –rezongó Clotario, indignado -. ¡Sois más
pusilánime que una doncella! ¡Deberíais venir conmigo y demostrar
que sois un hombre! ¿No tengo razón, Martín?
Me sorprendió su
brusca manera de dirigirse a mí.
-No sabría qué
deciros, pues no os falta razón a ninguno de los dos –dije.
-¡Ja! ¡Vos siempre
con lo mismo! ¡Hacéis hasta lo imposible por contentar a todas las
partes en un litigio! –se chanceó.
Nuestro prior creyó
conveniente poner fin a nuestra discusión alzando las manos en gesto
de paz.
-Basta, no quiero más
disputas. Permaneceremos aquí y rezaremos. Si hay bandidos ahí
fuera, no les permitiremos traspasar estas puertas. Si hay algo peor…
entonces, que Dios tenga misericordia. En cuanto al niño, cuidaremos
de él hasta que se restablezca; y, si no tiene más familia y quiere
quedarse, lo acogeremos entre nosotros. Ahora, marchaos y encomendaos
a nuestro Señor.
Los cuatro nos
retiramos en silencio pero, en el claustro, Clotario hizo que nos
detuviéramos y habló con nosotros muy seriamente.
-No sé qué haréis
vosotros, pero yo no pienso quedarme aquí sin hacer nada –manifestó
resuelto -. Mañana, en cuanto acaben los maitines, cogeré un báculo
y me adentraré en el bosque. Sea lo que sea que haya allí, no
escapará de mí.
-¿Es que habéis
perdido la razón, Clotario? –le reprendí -. No permitiré que
vayáis solo a un bosque donde podría haber quién sabe qué bestias
peligrosas. Al menos dejaréis que yo os acompañe.
-Yo también voy –dijo
Cibrán, cosa que me pareció sorprendente -. Aunque poco pueda
hacer, si hubiera que ayudar en algo, dos manos más os vendrán
bien.
Clotario y yo
asentimos y aprobamos su muestra de valor. Sin embargo, no osamos
preguntarle a Roi si vendría con nosotros; en nuestro pensamiento no
cabía la posibilidad de que nos acompañara un tullido. En caso de
que hubiera que huir, ¿cómo podría él seguirnos? Roi se dio
cuenta de que le manteníamos al margen, y se sintió ofendido.
-A mí no me dejaréis
aquí. Yo también me internaré en el bosque.
-No, Roi –le dije yo
-, que el bosque encierra muchos peligros. Si no habéis tenido la
oportunidad de mostrar antes vuestro valor, vuestro estado os exime de hacerlo
de ahora en adelante.
-No os atreváis a
despreciarme por ser un lisiado. No soy un gran corredor, pero sé
utilizar una honda como el mejor.
-De mucho nos servirá
si hallamos a Goliat en la floresta –se rió Clotario.
Juzgué necesario
terminar con tanta mofa. La situación era muy grave. Habían
desaparecido muchas personas en el bosque, y el único que había
conseguido escapar con vida de la floresta era un niño que no paraba
de aullar y gritar incoherencias. Tomé las riendas de la situación:
les dije que nos encontraríamos en la leñera a la mañana
siguiente.
Escapar del monasterio
fue más sencillo de lo que imaginaba. Sabía que era una falta grave
abandonar nuestro convento sin advertir a nadie, pero la curiosidad
pudo más que nosotros. Clotario, Cibrán y yo cogimos unos cayados
para usar en caso de peligro, ya que no teníamos otras armas; Roi
llevaba una honda atada a su cinturón. Yo había conseguido hurtar
de la despensa pan y un poco de queso (que Dios me perdone), por si
tardábamos en volver y teníamos hambre. Cuando estuvimos listos,
emprendimos el camino. Aún no había salido el sol.
El bosque no estaba
lejos de nuestro monasterio. Allí acudían muchos campesinos a
buscar madera, pero no solían pasar de las lindes del bosque por
temor a lo que ocurría en la espesura. Veinte desaparecidos en menos
de seis meses eran suficientes para meterle el miedo en el cuerpo a
cualquiera. Los campesinos se santiguaban cada vez que alguien
mencionaba el bosque. Si tenían que pasar por allí, venían a
nuestro monasterio a pedir la bendición del prior. Empezaban a
circular rumores sobre un monstruo que encantaba a sus víctimas con
una melodía, como las sirenas de las que hablaba Homero. Pero
nosotros no pensábamos en eso. En nuestra arrogancia, creíamos que
no nos pasaría nada malo.
Caminamos durante una
hora siguiendo el sendero cubierto de hierba; al final del mismo, un
poco lejos, se divisaban las copas de los árboles del bosque. El sol
despuntaba entre las montañas para cuando llegamos a la entrada
pero, de pronto, los cuatro nos sentimos conmocionados por el tamaño
de la floresta.
Al ver tan de cerca
los árboles retorcidos y los castaños gruesos y caídos, comprendí
por qué la gente tenía miedo. La oscuridad y las tinieblas eran las
dueñas de aquel bosque. Las ramas, los arbustos y los troncos de
árbol muerto nos impedían el paso, tupiendo cada espacio libre, y
no nos dejaban ver lo que se escondía detrás. El aire estaba
cargado de una pesada humedad tan fría que pronto empezamos a
tiritar. Un atisbo de miedo me invadió cuando mi hábito se enredó
en una zarza y se me escapó una interjección.
-¡No gritéis,
Martín! –susurró Clotario -. Debemos ir con mucho cuidado. Huelo
un peligro.
Avanzamos lentamente,
esquivando ramas, hojas putrefactas y musgo húmedo que se había
pegado a los árboles. Con una pequeña hoz para cortar hierbas,
Cibrán iba segando las ramas que se cruzaban en nuestro camino.
Clotario caminaba junto a él; Roi y yo íbamos detrás. En esas, Roi
tropezó con una rama corta. Al agacharse para recogerla, se dio
cuenta de que no era una rama, sino un hueso. Un hueso humano.
Espantado, Roi lo apartó lejos de sí.
-¡Dios
misericordioso! –exclamó con pavor -. ¿Qué ha pasado aquí?
¿Quién ha muerto en este bosque?
Acudí junto a él y
traté de calmar sus nervios.
Y fue entonces, en
aquel instante, cuando los cuatro la oímos. Una música susurrando
entre las hojas de los árboles. Una tenebrosa melodía de flauta
interpretada por hábiles manos, que entró en nuestros oídos e
inundó nuestros corazones como un veneno ponzoñoso. Había alguien
más aparte de nosotros en el bosque, pues no se concebía otra
manera de que sonara música en aquel lugar. Sin embargo, yo estaba
inquieto. Mi imaginación había empezado a concebir las fantasías
más horripilantes y las ilusiones más espantosas. Entre los
pliegues de aquella inmunda vegetación, imaginaba que había una
sombra que nos observaba con mil ojos, aguardando el momento en el
que cometiéramos un error.
-Pero, ¿qué música
es esta? ¡¿Quién anda ahí?! –exclamó Clotario -. Por todos los
diablos, voy a ver quién se oculta en el bosque.
-¡No, aguardad!
–grité yo.
Pero fue demasiado
tarde. Antes de que pudiera pararlo, Clotario echó a correr; Cibrán
le siguió. Los dos se adentraron en la maleza y los perdí de vista.
La flauta seguía sonando, imperturbable, emitiendo aquellas notas
que subían y bajaban como silbidos de una criatura de otro mundo. A
este sonido no tardó en unirse otro que se asemejaba a una serie de
golpes asestados a un tronco hueco. Me recordaba al sonido que hacen
los huesos al traquetear. Entonces volví a recordar el hueso que
había encontrado Roi, y me estremecí de horror.
-Tardan mucho –dijo
Roi en un susurro -. Martín, debemos irnos antes de que sea tarde.
-No podemos –respondí,
aunque con pocas ganas -. Tenemos que esperar a Cibrán y a Clotario.
-¡Pero están
tardando demasiado! –exclamó él, cada vez más nervioso -. Aquí
hay un demonio oculto y tengo miedo…
Se oyó un movimiento
entre los árboles y el chasquido de varias ramas secas.
-Aguardad aquí
mientras yo voy a buscarles –dije.
Dejé a Roi junto a un
árbol y me adentré con paso decidido entre la vegetación. A pesar
de que mi ánimo era salir de allí con mis hermanos, una parte de mí
no podía evitar pensar que lo mejor era salvar mi propia vida
mientras aún estuviera a tiempo. La canción me acompañaba y sonaba
más fuerte a medida que me acercaba al corazón del bosque, y pronto
fui presa de su influjo. De alguna manera que no alcanzo a
comprender, aquella tenebrosa melodía se había apoderado de todo mi
ser y me arrastraba hacia delante sin que yo pudiera evitarlo. Era
como si careciera de voluntad propia. Me había convertido en un
títere manejado por hilos invisibles que me movían hacia donde
querían.
Mi cabeza tampoco
respondía. Aunque no quería estar allí de ninguna manera, me
resultaba imposible negarme al llamado de aquella música. ¿Qué
poder maligno ejercía sobre mí? Tal parecía que me estaba
conduciendo al mismo lugar al que debían haber sido llamados Cibrán
y Clotario. No sé por qué ese pensamiento pasó por mi cabeza, pero
una vez lo percibí ya no hubo manera de apartarlo de mí. De pronto
se hizo obvio en mi cabeza, como si fuera el axioma más razonable
del mundo: la canción del bosque me llevaría hasta mis hermanos.
Finalmente, movido por
la poderosa fuerza que se había adueñado de mi voluntad, me dejé
llevar hasta un claro donde se estaba celebrando un baile de
cadáveres, movidos por alguna especie de encantamiento que no
alcanzo a entender. Apenas puedo contener un estremecimiento al
recordar lo que vieron mis ojos, lo que ven cada vez que los cierro,
pues esa imagen me persigue en mis peores sueños. Los danzantes,
asesinados de las maneras más despiadadas, agitaban espasmódicamente
sus cuerpos sin vida. Por doquier había manos, piernas y brazos
mutilados, tirados en el suelo como alimento para los perros salvajes
y otras alimañas. Los cadáveres más enteros seguían bailando en
círculo, ajenos a mi presencia. En medio de mi espanto, pude ver que
la mayoría habían sido ahorcados; las cuerdas de la horca estaban
atadas a las ramas de los árboles y se extendían para permitir que
los colgados bailaran. Entre estos ahorcados reconocí a Clotario y a
Cibrán, cuyos ojos y brazos habían sido arrancados de cuajo.
Al alzar la mirada
hacia arriba, observé que no todos los cadáveres se movían. De las
ramas más altas pendían los esqueletos de los primeros desdichados
que habían tenido la desgracia de hallar aquel lugar. Algunos
incluso conservaban restos de carne podrida que los cuervos
arrancaban a jirones. De sus pies colgaban palos huecos por los que
pasaba el aire, haciendo que sonaran como un gemido lastimero.
Algunos cadáveres vivientes habían trepado a los árboles y,
empuñando los huesos de otros muertos, hacían música golpeando las
costillas de los ahorcados descarnados. Sentí tal repugnancia al
contemplar ese espectáculo que desperté del maleficio que me
mantenía amordazado y dejé escapar un grito de horror.
Entonces, la danza se
detuvo, aunque la música del bosque seguía sonando. Los danzantes
se volvieron todos hacia mí, mirándome con sus cuencas vacías, y
se hicieron a un lado para mostrarme a Aquel que tenía predominio
sobre todos ellos. Sentado en el tocón de un viejo árbol, tocando
aquella sencilla canción con una ocarina, aguardaba aquel ser. No me
atrevo a decir que era un animal, pues no se parecía a ninguna de
las criaturas de Dios, pero tampoco era humano. Era un engendro, una
abominación salida de un bárbaro abismo. Su rostro estaba oculto
tras una máscara fabricada con la corteza de un árbol, ramas y la
cornamenta de un ciervo. Estaba desnudo, salvo por un irrisorio
harapo que cubría sus partes pudendas. Su piel era de color verde
sucio, como si se hubiera frotado a conciencia con musgos y líquenes.
Pero lo más terrible
era su sonrisa. Aquella sonrisa llena de dientes afilados estaba
dirigida a mí. Me observaba con intensidad, con persistencia. Solo
hay dos criaturas en el mundo capaces de sentir una emoción
semejante: una madre que encuentra a su hijo perdido, y un león que
acorrala a su presa; estoy seguro de que el engendro de la ocarina
sintió ese estremecimiento profundo. Me tenía allí, a su merced.
Podía hacer de mí lo que quisiera.
-¡Dios mío! ¡Dios
mío!
Mi voz sonó
enronquecida por el miedo, teñida de desesperación. Dentro de poco
iba a convertirme en el alimento de aquel monstruo demoníaco, lo
sabía. Pero entonces, sacando fuerzas de alguna parte, eché a
correr para escapar de aquel terrible destino. Mi corazón se encogió
cuando comprendí que ya no podía hacer nada por mis hermanos Cibrán
y Clotario; estaban perdidos sin remedio. Pero todavía quedaba Roi.
Lo había dejado abandonado a su suerte, sin saber el peligro que
corría. En mis pensamientos solo existía la idea de ir a buscarle y
abandonar con él ese bosque maldito.
Llegué hasta el árbol
donde le había dejado, pero Roi ya no estaba allí. Me dije que no
podría haber ido muy lejos siendo tullido. Pero entonces vi una mano
cercenada entre las raíces del árbol: la mano sujetaba con dedos
rígidos la honda de Roi. Así pues, todos mis hermanos estaban
muertos y yo no tardaría en seguirles. Estaba perdido en los
dominios del señor del bosque, que me perseguía con su canción. Y
daría conmigo, pues estaba seguro (igual que lo estoy ahora) de que
todo aquel que escucha una vez su canción está condenado para
siempre.
No recuerdo cómo salí
de la floresta, ni cómo llegué al monasterio. Durante días he
sufrido de fiebres, he vomitado comidas enteras y he padecido
insomnio. Estoy enfermo de un mal que solo se curará con mi muerte.
Pero, ¿qué será de mí cuando esa criatura me reclame? ¿Me
desmembrará, como les ocurrió a mis queridos hermanos? ¿Arrojará
mi cadáver a los cuervos y los perros? ¿Arrastrará mi alma al pozo
de fuego infernal? Los tapones no sirven de nada. En mis oídos
resuena otra vez esa canción y siento que mi voluntad flaquea.
Que Dios me perdone…
El señor del bosque me llama con su canción…