lunes, 8 de agosto de 2016

Las Rosas olvidadas


Antonio Gala dijo una vez que, para conocer bien un pueblo, era fundamental visitar el mercado y el cementerio. Y no iba desacertado el célebre poeta, pues estos dos lugares son los testigos mudos de la actividad cotidiana y de la historia de cualquier municipio. Así sucede en muchos pueblos de España, donde los cementerios se han convertido en los lugares de reposo de cientos de víctimas de la Guerra Civil que arrasó este país entre 1936 y 1939, cuando España se partió en dos y quedó destruida tras una guerra fratricida cuyo resultado, una dictadura de casi cuarenta años, marcó profundamente a la sociedad y la mantuvo dividida durante décadas. Todavía hoy se siguen recuperando historias de la Guerra Civil, de los sublevados y los republicanos, de los que fueron vencidos y represaliados. De todas estas historias, hay una que brilla con luz propia, que es de la que hablaremos hoy en este artículo: las Trece Rosas.

Pero, ¿quiénes fueron las Trece Rosas? Fueron trece mujeres, cuyas edades oscilaban entre los 18 y los 29 años, que fueron fusiladas contra la tapia del cementerio de la Almudena (Madrid) en la madrugada del 5 de agosto de 1939 por su declarada militancia en la organización Juventud Socialista Unificada (JSU) y su defensa de la legalidad republicana tras el final de la Guerra Civil española.

Tras la ocupación de Madrid por el ejército sublevado y el fin de la guerra, la JSU trató de reorganizarse clandestinamente. Los dirigentes del PCE y de la JSU habían huido de España dejando la organización en manos de militantes poco significativos. Sin embargo, los acontecimientos ocurrieron de una forma tan precipitada que la JSU no tuvo tiempo de reorganizarse y cayó en manos de los sublevados en poco tiempo. El oficial de policía Roberto Conesa, infiltrado dentro de la JSU, fue el principal colaborador en la aniquilación de la JSU. Su gran éxito fue la captura y posterior ejecución de las Trece Rosas.

Antes de ser condenadas a muerte por un Consejo de Guerra bajo la acusación del delito de "adhesión a la rebelión", las trece mujeres fueron conducidas a unas instalaciones bajo custodia policial, donde fueron torturadas para arrancarles información sobre otros miembros de la organización clandestina. Más tarde, fueron recluidas en el centro penitenciario para mujeres de Ventas, en Madrid, de donde no saldrían más que para morir.

El asesinato de Isaac Gabaldón, comandante de la Guardia Civil, a manos de varios miembros de la JSU fue el detonante que propició el castigo de todos los miembros de la organización arrestados anteriormente, entre los que se encontraban catorce mujeres, de las cuales sólo una se salvó. Fue uno de los hechos más execrables de la posguerra franquista de los que se tiene constancia, pues en el juicio de las acusadas ni siquiera se tuvo en cuenta que muchas de ellas eran menores de edad (en la época, la mayoría de edad estaba estipulada en los 21 años). Tras la sentencia, las condenadas fueron trasladadas en un camión fuera de la prisión y ejecutadas por un pelotón de fusilamiento, pasando a la posteridad como las "Trece Rosas Rojas", cumpliendo así con el ruego de una de sus cartas de despedida.

Sus nombres eran estos:

Carmen Barrero Aguado (20 años, modista)
Martina Barroso García (24 años, modista)
Blanca Brisac Vázquez (29 años, pianista)
Pilar Bueno Ibáñez (27 años, modista)
Julia Conesa Conesa (19 años, modista)
Adelina García Casillas (19 años, activista)
Elena Gil Olaya (20 años, activista)
Virtudes González García (18 años, modista)
Ana López Gallego (21 años, modista)
Joaquina López Laffite (23 años, secretaria)
Dionisia Manzanero Salas (20 años, modista)
Victoria Muñoz García (18 años, activista)
Luisa Rodríguez de la Fuente (18 años, sastre)





Gracias a la Ley de la Memoria Histórica, promulgada en el año 2007, tanto la historia de las Trece Rosas como otras de similar calibre empezaron a cobrar la importancia y reconocimiento que merecían. Y es que no se puede volver la cabeza ante unos hechos tan terribles, tan desproporcionados. Cientos, miles de personas sufrieron persecución y represalia tras la Guerra Civil, y muchos de ellos descansan hoy en día en fosas comunes, mientras que sus familiares se ven privados de algo tan natural como el poder llevar unas flores a sus tumbas. Poco a poco, las aguas vuelven a su cauce y parte de la herida se ha ido cerrando. Desde el año 1976, en España no es ilegal ni el socialismo, ni el comunismo, ni el republicanismo, como tampoco lo es el derecho a la afiliación a cualquier partido político. La tortura ha quedado erradicada del código penal, así como la pena de muerte por considerarse, con razón, que atenta contra los derechos del ser humano. Se ha avanzado enormemente en la aplicación de una verdadera democracia, y aunque todavía quedan cicatrices, gracias a la Ley de Memoria Histórica se han rescatado del olvido muchas vidas injustamente arrebatadas por el bando sublevado.

Sin embargo, cabe hacerse una pregunta: ¿Qué pasa con las víctimas del otro bando?

No pretendo hacer apología del Franquismo, ya que mi educación y forma de pensar son incompatibles con un régimen militar y autoritario basado en el odio a quienes no comulgan con sus ideales. Como mujer que ha nacido y crecido bajo una democracia, creo en la igualdad de derechos y obligaciones para hombres y mujeres, y considero que nadie es superior a otro por su raza, sexo o cuna. Pero también soy historiadora, y mi deber como tal es mantener una posición neutral. Un historiador no puede posicionarse a favor o en contra de un personaje o de unos determinados hechos históricos; podrá hacerlo como persona, como ser humano con conciencia y corazón, pero no como historiador, pues la tarea principal del historiador es la de registrar los hechos tal y como ocurrieron, invirtiendo todo el tiempo que haga falta para buscar información y esclarecer los puntos oscuros de un acontecimiento. El historiador es una balanza; es el eje que sostiene en equilibrio el bien y el mal que han batallado en nuestro mundo durante siglos.

Aclarado este punto, espero que mi postura quede clara. Vuelvo a hacer la pregunta que he hecho antes: ¿Qué pasa con las víctimas del otro bando? ¿Es que acaso la Guerra Civil fue una lucha entre el Bien y el Mal (léase el Bien representado por la II República y el Mal por el incipiente Franquismo), en la que el Mal triunfó valiéndose de la traición? ¿Y es cierto que todos los que lucharon en el Bando Nacional eran traidores y asesinos sanguinarios a los que no les importaban los republicanos, si eran o no inocentes, si estaban o no afiliados a tal o cuál partido, si tenían padres o hijos que sufrían por ellos? Si pensáis que en esta vida las cosas son blancas y negras, os advierto que estáis muy equivocados.

La Guerra Civil fue un hecho abominable, como lo es cualquier guerra que haya habido a lo largo de nuestra Historia. No hay nada en este mundo que pueda justificar una guerra: ni la conquista de nuevas tierras, ni la fundación de un nuevo imperio, ni el deseo de expandir unos ideales religiosos, ni la posibilidad de alcanzar la gloria... Nada. La guerra sólo trae muerte y sufrimiento, trae odio y desarraigo. Despierta lo peor que hay en el ser humano, lo convierte en una máquina de matar o en un radical político. Pero esto ocurre en los dos bandos, no en uno solo. No se va al campo de batalla con ramos de flores o instrumentos musicales, sino con metralletas y fusiles. Porque a la guerra se va a matar. Y la euforia que despierta el combate, el odio hacia el enemigo y la anulación del pensamiento lleva a los hombres a cometer los crímenes más bajos y abominables que se puedan imaginar. Ocurrió en la Posguerra con la ejecución de las inocentes Trece Rosas, además de todos los represaliados que fueron ejecutados a lo largo de la Dictadura. Y ocurrió también durante la Guerra Civil, con la violación, tortura y asesinato de monjas y novicias a manos de milicianos comunistas y anarquistas.

Ocurre algo muy curioso con la memoria histórica. Me he dado cuenta de que existen muchos libros, documentales y páginas web que hablan acerca de la represión que sufrieron durante el Franquismo aquellos que fueron acusados de ser republicanos, socialistas, anarquistas y comunistas. Todos hemos oído historias de maquis que huían a los montes, de hombres paseados a altas horas de la madrugada para que les descerrajaran un tiro en la cabeza, de largos interrogatorios donde torturaban a los prisioneros para que delataran a sus compañeros de partido, de fosas comunes, de tumbas sin nombre, de desaparecidos... Sin embargo, nada se dice de aquellos que murieron a manos de los republicanos. Parece que todavía hoy existe una lacra con respecto al bando sublevado, hasta el punto de que hemos llegado a considerar culpables a todos los que no comulgaban con la República. Los hemos metido a todos en el mismo saco, hemos hecho que pagaran justos por pecadores.

Pero las víctimas están ahí y no pueden ser obviadas. Existen estimaciones que, incluso hoy en día, no pueden ser consideradas definitivas, pues deben ser sometidas a revisión constante. Y contamos con lo que se puede considerar una ventaja: las víctimas del bando sublevado, gracias a su triunfo en la guerra, han quedado bien identificadas. De todas ellas, me ha llamado la atención el caso de las Concepcionistas de las Rozas, catorce monjas que jamás habían empuñado un arma y que poca cosa debían hacer más que rezar y arar los huertos de sus conventos. Mujeres que dedicaron sus vidas a Dios y a la beneficencia, pero que fueron brutalmente asesinadas por milicianos que, al igual que harían sus homónimos sublevados, destacaron por su bajeza moral, no llegando a compadecerse ni siquiera de una pobre anciana en silla de ruedas. Pues estas mujeres existieron y, como las Trece Rosas, lo más probable es que murieran siendo inocentes. Sin embargo, sus nombres rara vez se mencionan en historias y documentales, y estos suelen estar terriblemente sesgados por la ideología política de los realizadores.

Pablo Linares, presidente de la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos (ADVC), ha hecho un gran trabajo a la hora de reconstruir la historia que rodea el principal monumento del Franquismo y desmentir algunas de las grandes falsedades que se han convertido en premisas imbatibles. Mostrando un gran interés histórico y haciendo gala de un tremendo respeto, ha sacado a la luz detalles tan interesantes como un listado de mujeres que fueron asesinadas durante la Guerra Civil, en muchos casos fusiladas junto a la tapia del cementerio de la Almudena. Igual que las Trece Rosas. Pero aquí reside una diferencia muy importante: estas mujeres fueron asesinadas, casi con toda seguridad, por el ejército republicano, por anarquistas, comunistas y/o chequistas.

Así que aquí tenemos no trece, sino ciento dieciséis mujeres cuyos restos hoy descansan en el Valle de los Caídos, razón que muchos consideran más que suficiente para olvidarlas y enterrarlas en la parte oscura de la Historia. Pero alguien que se considere historiador o, por lo menos, defensor de la Historia, no puede permitirse el lujo de olvidar lo que le venga en gana. Estas mujeres que ya nadie recuerda sufrieron una muerte terrible a manos de quienes decían defender los valores de igualdad de la República. Así pues, en el bando de los "malos" también murieron mujeres inocentes, asesinadas por soldados que se decían de los "buenos". Ni blanco, ni negro. Deberían tomar buena nota esos entusiastas defensores del bando republicano, a los que se les llena la boca hablando de las Trece Rosas y de la represión franquista, como si la hubieran vivido en primera persona. Mientras tanto, las víctimas inocentes del bando nacional, esas ciento dieciséis rosas olvidadas, no son dignas de ser recordadas.

Para que sus nombres no se pierdan en el olvido, aquí los dejo:

Agapita Bedia Campo
Agustina Vega Gregorio
Ana Martín Delgado
Ana Ruiz García
Andrea Álvarez
Andrea Camacho
Ángela Pinto Rivas
Ángeles Iglesias Paz
Antonia García
Antonia Loma Gallarce
Antonia Rodríguez González
Beatriz Galindo
Carmen Andrés Cachón
Carmen Ayala Laguna
Carmen Capdevilla
Carmen Fernández Márquez
Carmen Martín Miña
Carmen Mesa
Carmen Nieto García
Carmen Perete
Carmen Silva
Carolina Casas García
Casimira Jarnocina Osua
Clara Aragón
Clementina Allende
Concepción Andrés Pérez
Daniela García
Desconocida
Desconocida
Desconocida
Desconocida
Dolores Lozada Lozada
Dolores Marco Rebull
Dolores Rodríguez
Dolores Sánchez
Dominica Martín Gómez
Dorotea González Riaza
Elena de la Vega Hoz
Elvira Morega Cantarero
Emilia García Janoa
Emilia Gómez
Emilia Montero
Encarnación Piter Cruz
Enriqueta Shaw Nation
Eugenia García Lorenzo
Eulalia Torres
Fermina Mercado Barrero
Francisca Parra
Francisca Ramos
Herminia Ramos González
Jerónima Mora
Josefa Fernández
Josefa García Jiménez
Josefa Reig Permaj
Josefa Vidal Coello
Josefa Lozada Lorrilla
Julia Cruz Nicolás
Justa Gómez Álvarez
Luisa Abril
Luisa Fe Jiménez
Luisa Herrera Cabezón
Luisa Herreras Cabezón
Luisa Rodríguez Delgado
María del Rosario
María Luisa Armericas Cabezas
María Teresa Bermúdez de Castro
Manuela Álvarez Quintero
Manuela Corona López
Manuela Gómez López
Manuela López Ciurrets
Manuela Prieto
Maravilla Gómez López
Margarita
María Alda Colini
María Álvarez Juárez
María Barniago
María de Ilaro García
María Díaz Díaz
María Gallego Granados
María Gómez Romero
María López Álvarez
María Mercado Barbero
María Napoleón
María Pascual Caballero
María Tarazanas Llanos
María Torresana García
María Luisa Ontiñano Cañizares
María Ortega
Martina Olaizola
Melitona Flores Conde
Micaela Antolín Pérez
Micaela Díaz Raboneda
Micaela Salas
Nicolasa Cano Perdiguero
Nieves Elena Simón
Obdulia Porras
Paulina Rincón Orgaz
Pilar
Pilar Cervera Quesada
Pilar Fernández Alhajar
Pilar Fontanilla
Pilar Gallego Granados
Presentación Navarro Jorge
Prudencia Alonso Martín
Ramona Escribano Sáez
Remedios Amores Verdugo
Remedios Lorenzo
Rosa Alonso Yepes
Rosalía González Recio
Salomé Aprea Parra
Telésfora Necesval
Teresa Fernández Díaz
Teresa Fuentes Jiménez
Teresa Moreno
Valentina Pascual Ballesteros
Victorina Fernández Arias





A todas las Rosas, tanto rojas como blancas, que han sufrido y muerto por culpa de una guerra.

Descansen en paz.


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