miércoles, 4 de septiembre de 2013

A furore Normannorum, liberanos Domine!



Año 793, Monasterio de Lindisfarne, Reino de Northumbria


En el scriptorium del monasterio, un joven monje trabaja con dedicación sobre un manuscrito que debe iluminar mojando el pincel en diversas pinturas de llamativos colores. De pronto, un sudor frío le recorre el espinazo. Algo ha llamado su atención. Se acerca a la ventana del scriptorium con el alma en vilo, alterado por el murmullo de un terror que no alcanza a identificar. Los latidos de su corazón le golpean el pecho con fuerza, como si en su interior habitara un ser que quisiera huir cuanto antes. Los dedos del monje buscan, temblorosos, el crucifijo que pende de su cuello y se aferran a él en una muda oración suplicando paz y protección.


Pero lo que está a punto de suceder escapa a la comprensión del joven que ha crecido en el monasterio. Un barco de poco calado se acerca a toda velocidad a la playa, empujado por un próspero viento que hincha su única vela rectangular. Es una nave pequeña y estrecha, pero resistente. Los remos la impulsan en dirección a la playa con una fuerza que el monje nunca había visto en otro ser humano. Pero lo que realmente congela el corazón del joven es la cabeza de dragón que adorna el tajamar del barco, confiriéndole el aspecto de una bestia salida de las mismísimas fauces de Satanás.


El barco encalla en la arena. Y del interior empiezan a salir hombres gigantescos de cabello rubio, fornidos como osos, armados con espadas de doble filo, hachas y escudos redondos. Sus caras están pintadas de manera que resulten más aterradoras. Pero es en sus ojos donde se lee lo que el monje y sus hermanos están a punto de descubrir.


El horror. La sangre. La muerte.


Las frágiles puertas del monasterio no son rival para el enemigo llegado del norte. Las hachas destrozan cada barrera que se atraviesa en su camino, y el monje comprende que está atrapado en lo que antes consideraba un hogar seguro para su cuerpo y su alma. Desesperado, implora a Dios que tenga misericordia. Mientras, es testigo de la brutal muerte de los monjes con los que ha crecido y vivido desde que tenía uso de memoria.


Y es que los guerreros del norte no muestran respeto ni piedad. Matan indiscriminadamente a los más ancianos y se ceban con los más jóvenes. Por donde pasan no queda nada en pie: mesas volcadas, bancos destrozados, diversos utensilios desparramados como si fueran objetos inútiles… Los valiosos manuscritos en los que el joven monje trabajaba son utilizados ahora como combustible para el fuego o como paño para limpiar la sangre que mancha sus rostros belicosos. Las santas reliquias, regalo del Señor, son robadas por manos codiciosas que solo ven en ellas oro, plata y piedras preciosas. El monje comprende que el fin ha llegado cuando un inmenso guerrero alza su hacha para partir en pedazos el crucifijo de madera que pende de la pared del altar, en un acto sacrílego difícil de concebir.


Pero lo que acaba de vivir es solo el principio. Azotado, maniatado y humillado, el monje se convierte en un indigno esclavo cuando tan solo unos instantes atrás era un siervo del Dios de las alturas. Unos minutos han sido suficientes para despojarlo de su inocencia y mostrarle la cara más dura de la realidad de su tiempo.


Pues aquella era la primera tropelía de las muchas que iba a presenciar a lo largo de su vida.




No está mal, ¿eh? Esta es una interpretación libre de una de las escenas más vistas del primer capítulo de Vikingos, la nueva serie a la que me he viciado; lo único que he hecho ha sido darle un toque más trágico y novelesco (deformación profesional, supongo).


Vikingos es una serie dirigida por Michael Hirst (que también dirigió Los Tudor) y producida por el Canal Historia y, como es lógico, detrás de cada uno de sus nueve episodios se esconde un amplio y minucioso trabajo de documentación que se refleja en todos los aspectos, desde las casas de los granjeros a los más pequeños utensilios, pasando por sus creencias, leyes y descubrimientos. Imaginad que cogéis un manual de Historia sobre los vikingos y le añadís un argumento sencillo y unas gotas de grafismo televisivo: Ahí tenéis la receta para Vikingos. Cualquier amante de la Historia debería echarle un vistazo, porque creo que vale la pena.


No voy a decir que la serie es perfecta, pero no está nada mal. Se le puede achacar un argumento un poco simple de más, ya que por el momento no se sale del cliché de los vikingos bárbaros y violentos que se dedicaban a ir de un lado para otro saqueando y matando. Algunos personajes secundarios no están muy bien perfilados o resultan un poco sosos, aunque puede que todavía sea pronto para lanzarse a opinar. Algunos de los que han visto la primera temporada se han sentido decepcionados porque esperaban encontrar un segundo Juego de Tronos y esto ni se le acerca. Y yo digo: ¿Y por qué esperabais otro Juego de Tronos? Son dos series completamente distintas. Una está sacada de una novela río, y la otra es una serie con trasfondo histórico. No mezclemos churras con merinas, por favor.


Lo que me gustaría hacer hoy es hablar de los vikingos utilizando la propia serie como apoyo, pues me he dado cuenta de que hay mucha gente que no se ha adentrado en el mundo de los guerreros nórdicos más que para examinar su rica mitología. El pueblo vikingo escondía mucho más debajo de esos cascos que, digámoslo de una vez, nunca llevaron cuernos. ¿Queréis averiguar un poco más? Seguid leyendo (y tranquilos, que NO HAY SPOILERS).
 
 
 

El comienzo de Vikingos no puede ser más revelador. En medio de un campo sembrado de cadáveres, se impone la imagen de un guerrero llamado Ragnar Lothbrok (Travis Fimmel), que observa con un atisbo de sonrisa el resultado de la masacre que él y los suyos han llevado a cabo. Las almas de los guerreros caídos en combate ascienden al Valhalla bajo la atenta mirada de un cuervo, mero espectador o quizá un mensajero de Odín. Ya desde el minuto uno sabemos en torno a qué va a girar la historia: la belicosidad de los guerreros nórdicos. Y hay que añadir que, aunque esa mala imagen tenía un trasfondo de verdad, tampoco era para tanto. Es necesario, pues, buscar el término medio.


Antes de seguir, es preciso aclarar qué entendemos por “vikingo”. Pese a dar nombre a la serie, en ningún momento se pronuncia esa palabra, lo cual es muy acertado, porque ellos mismos no se referían a sí mismos como vikingos (dependiendo de la zona que habitaran había Varegos, Rus, etc.). Aunque es una cuestión que continúa en estudio, hay quien encuentra correlación entre la palabra vikingo y vicus, que en latín significaría “centro comercial”. Para otros estudiosos, el origen vendría del término noruego vík (“bahía” o “fiordo”) o del inglés antiguo wic (“asentamiento comercial fortificado”). Lo que parece claro es que “vikingo” sería aquel que se encontraba en mitad de una campaña matando y saqueando.


La edad dorada de los vikingos se dio entre el año 800 y el 1100 aproximadamente. Aunque nunca formaron un Estado único como, por ejemplo, los romanos, su asentamiento se encontraba en la península escandinava y en lo que ahora conocemos como Dinamarca. Pero la escasez de tierras y alimentos, la mejora en la producción de hierro y la necesidad de nuevos mercados hicieron que se expandieran por las islas Feroe, Irlanda, Inglaterra, Islandia… Incluso es muy probable que llegaran al continente americano alrededor del año 1000. Es decir, que desde un primer momento fueron exploradores y colonizadores.


Desde el principio fueron temidos, y parece ser que con razón. Irrumpieron en el mundo a golpe de hacha y no respetaron absolutamente nada, ni siquiera las propiedades de la Iglesia ni a sus representantes. De hecho, se toma como referencia de su crueldad el saqueo al monasterio de Lindisfarne (en el antiguo reino de Northumbria) el 8 de junio del año 793. La descripción del ataque incluye el robo de reliquias, el asesinato de monjes y la captura de los supervivientes para convertirlos en esclavos, lo que demostró al resto del mundo conocido que los guerreros nórdicos eran dignos de temer.
 
 
 


En la serie, después de un peligroso viaje rumbo al oeste, asistimos al asalto vikingo al monasterio de Lindisfarne, donde los monjes apenas hacen nada por defenderse. Ragnar ordena que saqueen todo lo que parezca de valor y que maten si es necesario. Muchos monjes mueren, incluso aquellos que intentaban esconderse para escapar de tan cruel destino. Pero hay uno que se salva: el joven Athelstan (George Blagden), quien la noche anterior había compartido con el padre Cuthbert sus temores por la profecía de Jeremías en la que se anuncian males sin fin. Athelstan consigue salvar el pellejo cuando Ragnar descubre que sabe hablar en su idioma, lo que le parece interesante. ¿Por qué un monje que había nacido y crecido en Britannia conocía un idioma que le resultaba tan ajeno? Athelstan responde que habla en su lengua porque uno de los preceptos del Cristianismo es dar a conocer la palabra de Cristo a lo largo y ancho del mundo. En otras palabras, que en su día fue misionero.


Lo que a Ragnar le parece extraño es que Athelstan sepa que hay muchos más reinos en el resto del mundo mientras que él ha viajado y nunca ha sabido de esos territorios más que de oídas. Para comprender la extrañeza de Ragnar, es necesario tener conocimiento de cómo veían el mundo los vikingos. Para los antiguos escandinavos, el mundo era una amplia extensión de tierra cuyo centro estaba en Yggdrasil, el gran árbol del universo, que abarcaba el tiempo y el espacio. La tierra estaba rodeada por el mar, que llegaba hasta donde alcanzaba la vista. ¿Y qué había después? Pues se creía que más allá había un abismo insondable, que el agua del mar se precipitaba como una catarata. Del mismo modo, el agua arrastraba hacia esa catarata a todos los barcos que pasaran por allí cerca, engulléndolos para siempre. De ahí que la navegación provocara auténtico terror; uno nunca sabía qué peligros desconocidos acechaban en los mares, y era necesaria una buena dosis de valor para hacerse a la mar a descubrir otras tierras. Los vikingos viajaron mucho y visitaron innumerables territorios, pero hay que puntualizar que nunca se echaron a mar abierto más que en unas pocas ocasiones; para ellos era preferible no perder la costa de vista, tanto por los peligros de una tempestad como por las bestias que podían atacarles en el mar.


Ya he mencionado antes que los vikingos están considerados una suerte de exploradores y comerciantes. En la serie, Ragnar es un granjero la mayor parte del año, pero es uno de los primeros en acudir a la llamada del conde Haraldson (Gabriel Byrne) cuando éste organiza una expedición de saqueo. El problema es que solo viajan rumbo a las tierras del este, que conocen bien porque siempre van allí. Ragnar ha oído historias de viajeros que provenían del oeste y que hablan de riquezas sin fin, y propone que el viaje de ese año tome rumbo al oeste. Aunque el conde rechaza su idea de plano, Ragnar consigue convencer a su hermano Rollo (Clive Standen)  después de asegurarle que encontrarán el rumbo fácilmente gracias a dos objetos nunca vistos: una brújula y una piedra solar.


Merece la pena detenerse un momento en estos dos elementos, pues fueron piezas clave para el éxito de los viajes a través del mar. La brújula de Ragnar es una rudimentaria rueda de madera con un punzón en el centro y un círculo dibujado a su alrededor. Cuando el sol del mediodía proyecta la sombra del punzón, la punta señala hacia el sur, de modo que así no perderán nunca el rumbo. Pero Rollo plantea una pregunta lógica: ¿Y si el día está nublado? Aquí es donde entra en escena la piedra solar. En algunas sagas de la época se habla de esta piedra solar con la que, al mirar a través de ella, se puede encontrar el sol en un día nublado. Quizá se refieran a la calcita, que tiene la propiedad de polarizar la luz del Sol. Este mineral se puede encontrar en los fiordos de Oslo, de modo que sería fácil de obtener. Armados con estos objetos, puede empezar el viaje.


Ragnar decide lanzarse a la aventura aun sin tener en cuenta las órdenes del conde Haraldson, quien no se fía de él y teme que le traicione. El conde Haraldson es el jefe del pueblo de Kathegath, y probablemente haya sido elegido en una asamblea de hombres libres, llamados Things. El elegido era el Jarl, un caudillo al que debían obedecer y seguir en sus incursiones. Haraldson es, pues, un poderoso Jarl con muchos hombres a su disposición que le obedecen y respetan. Probablemente recibían a cambio de esa obediencia buenos botines, fruto de los saqueos, que repartían al 50%, mitad para el Jarl y mitad para el resto que sobreviviera. Es también dueño de los barcos que se utilizaban para viajar, y que son motivo de disputa en la serie.


Ragnar necesita un barco para su expedición y, como el conde se niega a prestarle ayuda, decide construir uno a sus espaldas. El típico barco vikingo es un Lagskip (barco largo), más conocido como Drakkar (dragón) e incluso Snekkja (serpiente). Estos barcos eran rápidos, muy manejables, de poco calado pero resistentes, ideales para la navegación de cabotaje y el desembarco fulminante. En casos especiales, podían incluso ser trasladados por tierra a hombros. Contaban con una vela cuadrada o rectangular y un mástil abatible. Si el viento no ayudaba, también disponían de remos.


La construcción de un barco era una operación muy delicada. En la serie, Ragnar confía la tarea a Floki (Gustaf Skarsgard), un desgarbado hombrecillo de gestos nerviosos que parece ser un genio a la hora de construir barcos, aunque no sepa nadar. Su tarea va desde la selección de la madera más apropiada (abedules, fresnos y robles eran los más utilizados), su preciso corte en tablones delgados y flexibles, la talla de la quilla y la construcción del mástil, hasta el calafateado con brea (conseguida a partir de pinos centenarios). Floki hace casi todo el trabajo, aunque en la realidad habría un numeroso equipo trabajando en el barco. Incluso añade, como novedad, un suelo abatible bajo el que se pueden guardar las provisiones y las armas que utilizarán después durante el saqueo.


Visto lo visto, uno pensaría que los vikingos no hacían más que comer, navegar y matar. Es verdad que llevaron a la ruina a muchas partes de Europa, pero es importante señalar que también impulsaron el desarrollo de la industria, especialmente la textil de Flandes. Abrieron rutas comerciales que llegaron hasta Rusia, ofreciendo tejidos de buena calidad. De modo que no hubo una guerra permanente entre los vikingos y occidente, sino todo lo contrario: el comercio internacional floreció en esta época, con frecuentes intercambios en una y otra dirección.
 
 
 
La familia Lothbrok: Ragnar, Bjorn, Lagertha y Gyda


Durante sus viajes de comercio, los vikingos dejaban a un lado los drakkars y utilizaban otras embarcaciones más robustas para transportar sus mercancías. Los Knörr eran barcos de difícil maniobra, pero con gran capacidad de carga. El mayor problema en los viajes por mar era la niebla y el mal tiempo en general. Procuraban mantener la tierra a la vista, memorizaban las costas y comprendían como nadie el movimiento de las olas y la alteración de las mareas. Solían llevar cuervos a bordo que les servían para averiguar si había tierra: si al soltarlos no regresaban es que había tierra cerca. Este detalle también se observa en la serie.


Otra de las cosas que más llama la atención de Vikingos es la relación que Ragnar mantiene con su esposa Lagertha (Katheryn Winnick). Entre los dos existe una especie de igualdad que sorprende si la comparamos con lo que ocurría en otras partes de Europa en la misma época. La familia de Ragnar vive en una granja, y de lo que produce dicha granja. Antiguamente, estas granjas estaban dirigidas por las mujeres con mano de hierro. Puede que Ragnar sea el cabeza de familia, pero Lagertha también tiene autoridad y su modo de ver las cosas no puede ser contrariado. Es tan fuerte como su marido y se enfrenta a cualquier amenaza a golpe de hacha y escudo. Este hecho también está bastante bien retratado en la serie (aunque no el hecho de que las mujeres fueran a la guerra), ya que el papel de la mujer nórdica era muy importante y tenía más derechos que en otras culturas más “civilizadas”: podían pedir el divorcio, heredar, poseer tierras y eran las guardianas del honor. También tenían bastante libertad en lo que a sexo se refiere; la infidelidad no debía de ser un motivo de divorcio, ya que tanto hombres como mujeres hacían lo que les daba la gana. Además, el jefe de familia podía tener concubinas, aunque cada vez se hizo más raro y solo los más ricos lo siguieron haciendo hasta que la costumbre se perdió.


La expedición a Northumbria se salda con varias decenas de muertos, grandes sacos de oro y plata en forma de cálices y relicarios, y un puñado de monjes convertidos en esclavos. Los vikingos comerciaban con esclavos y también los utilizaban en beneficio propio aunque, por razones de abastecimiento, no en el mismo grado que otras culturas con mayor abundancia de recursos. Athelstan se convierte en esclavo de Ragnar, y su futuro no parece muy halagüeño, pero (aunque en el caso de los esclavos podía ser diferente) los vikingos no mataban así como así, a no ser que fuera en el campo de batalla. La vida era un bien demasiado valioso por su corta duración y por lo que costaba mantenerla: las mujeres morían con facilidad durante el parto y los hombres por cualquier herida que se hubieran hecho en combate o en algún accidente. Un ejemplo de su respeto por la vida es que nunca torturaban (aunque en la serie se toman una licencia al respecto, creo que para hacernos odiar aún más a los malos de turno). El esclavo Athelstan puede considerarse afortunado dentro de su desgracia, ya que no es maltratado ni obligado a hacer algo que va contra sus creencias.


En la sociedad vikinga, donde la violencia estaba muy presente, eran frecuentes los juicios. Cuando alguien cometía un delito, se presentaba el caso ante el Thing, la asamblea de hombres libres que presidía el Jarl. Contaban con un especialista que se sabía las leyes de memoria, el recitador de leyes. Parece ser que por entonces imperaba la ley del “ojo por ojo, diente por diente”. El destino del acusado dependía mucho del delito que se le achacaba y de su condición social, pues no recibía el mismo castigo un hombre libre (llamados carls) que un esclavo (conocidos como thralls). Los hombres libres podían llegar a acuerdos económicos o, en casos extremos, ser desterrados por tres años. Pero los esclavos que cometían delitos podían ser ejecutados sin ningún problema, a menos que el amo pudiera compensar de alguna manera al agraviado.


Si había alguna duda, siempre se podía recurrir a los dioses. En Vikingos hay una especie de profeta que interpreta los designios de los dioses a través de magia y hechicería. Es cierto que los vikingos recurrían a la magia (el uso de las runas para adivinar el futuro) y tenían en cuenta la suerte, pero eso no significa que lo dejaran todo al azar. Con frecuencia se fiaban más de su propia experiencia a la hora de tomar una decisión. Es destacable también que entre sus juegos favoritos estuvieran el ajedrez, las damas, el tres en raya o el Hneftafl (un juego del que no se conoce su funcionamiento).


En relación a los dioses y lo mucho que eran tenidos en cuenta para cualquier actividad de la vida diaria, la serie Vikingos nos ofrece una visión bastante realista. En un capítulo, Ragnar y su pueblo viajan al gran templo de Upsala, en Suecia, donde tendrá lugar una ceremonia para honrar a los dioses. En esta ceremonia se hacen ofrendas, se reza ante las estatuas de los dioses y se celebra una fiesta que deriva en una vorágine de alcohol y sexo. Pero lo más brutal todavía está por venir, ya que al día siguiente se hacen los respectivos sacrificios a los dioses, entre los que había seres humanos. La documentación nórdica atestigua que en Upsala, hombres y animales pendía de los árboles del bosque sagrado, tal como se ve en la serie. Además, recuerda mucho a unas estrofas del Hávamál o Canto del Altísimo, un poema que recopila estrofas de mucha antigüedad. El pasaje en cuestión, y que se recita en la serie, es este:


Sé que colgué del árbol azotado por el viento
nueve noches completas,
atravesado por la lanza y a Odín entregado,
yo mismo a mí mismo.
Ningún hombre sabe
de qué raíces ha nacido este árbol.
 

No me dieron pan, ni a beber del cuerno;
miraba hacia abajo;
levanté las runas, las subí bramando,
di de nuevo en tierra.


Ciertamente es un pasaje bastante extraño. Probablemente en la época se comprendía su significado, pero no ocurre lo mismo hoy en día, y en la serie no se dan datos al respecto. Pero los estudiosos opinan que podría estar describiendo una especie de prueba chamánica que Odín sufrió para aprender magia esotérica. Hay elementos que podrían dar a entenderlo: Odín era apodado “Dios de los Ahorcados”, la lanza era su arma especial, era diestro en las runas y se creía que su extraña escritura daba acceso a poderes sobrenaturales. Pero también podría estar salpicado de elementos cristianos: Cristo colgando de un elemento cruzado, atravesado por una lanza, torturado por la sed y logrando la plena divinidad a través de su sacrificio. ¿Son dos mitos distintos que se parecen? ¿O uno de los mundos ya había invadido al otro? Probablemente nunca se sabrá.





Lo que de verdad importa ahora es la forma en que los nórdicos montaban una de sus famosas celebraciones. Después de un juicio resuelto, un sacrificio o una expedición provechosa, se podía celebrar una fiesta. Todos queremos saber cómo eran esas fiestas vikingas, e incluso daríamos lo que fuera por estar en una. Pues es fácil recrearlas en la actualidad. Tomaban asiento (la ubicación en la mesa era muy importante, cuanto más cerca del anfitrión mayor honor), comían y bebían. Cuando acababa la cena, retiraban los restos de comida y se dedicaban a beber. Competían por ver quién aguantaba más, cantaban canciones obscenas, fanfarroneaban, probaban su fuerza en combates cuerpo a cuerpo, se lanzaban comida… El consumo de alcohol era tal que, antes de empezar a beber, juraban no tenerse en cuenta lo que se dijeran una vez éste empezara a mostrar sus efectos. Se bebía cerveza casera en grandes cantidades y vino, que era muy apreciado, además de licores de bayas y, como artículo de lujo, el famoso hidromiel.


Pero las fiestas solo se celebraban en momentos muy puntuales. Los vikingos estaban demasiado ocupados con sus expediciones y saqueos. Una de las facetas que mejor representa Vikingos es la de buenos guerreros. Y eso que no aparecen los temidos Bersekers, unos guerreros profesionales que gustaban de vestirse con pieles de lobo u oso. Algunos historiadores creen que podían pertenecer a alguna especie de secta en la que consumían alucinógenos para entrar en trance antes de combatir sin descanso durante horas, gritando y aullando. Eran tan peligrosos que durante la vida en tierra eran desplazados a los bosques por el peligro que entrañaban para la comunidad.


Y después del combate, era necesario celebrar algún que otro funeral. En Vikingos se representa el funeral que a todos nos suena: el guerrero tendido en un barco al que luego se le prende fuego. Pero estos funerales estaban reservados a personalidades relevantes y especialmente queridas o admiradas, e incluían sexo, alcohol, magia y muerte. Conocemos estos funerales gracias a las crónicas de Ibn Falán, un persa enviado por el califa de Bagdad al rey de los búlgaros en la región del Alto Volga. Ibn Falán deja constancia de muchas costumbres de los vikingos, algunas de ellas bastante repugnantes: su escasa higiene (se sonaban los mocos en el agua de lavarse la cara y que después iba a utilizar otro hombre) y su falta de pudor en las promiscuas relaciones sexuales. También describe minuciosamente un funeral vikingo.


Primero se enterraba el cadáver y se buscaba entre las esclavas del difunto una voluntaria que quisiera acompañarle al más allá. La esclava se pasaba los siguientes diez días cantando, bebiendo y acostándose con los hombres de confianza del difunto. El décimo día, se desenterraba el cadáver y una anciana, el ángel de la muerte, lo vestía con ricos ropajes. Entonces era llevado al barco, lo acostaban en una tienda entre cojines, le dejaban bebida, armas y los restos despedazados de su perro, sus caballos, dos bueyes, un gallo y una gallina. La esclava es alzada y dice ver a sus padres y a su amo, que la llaman. Subía al barco y, después de beber una copa de hidromiel, entraba en la tienda con seis guerreros, con los que tenía una última sesión de sexo, tras lo cual la anciana le clavaba un cuchillo mientras dos hombres la estrangulaban con un cordón. Finalmente, un pariente el difunto, se desnudaba y caminaba de espaldas hasta el barco y le prendía fuego. Para terminar, se tallaba un poste con el nombre del difunto y de su rey y, a continuación, se emborrachaban. Este sería el funeral de funerales, por llamarlo de alguna manera; en general, la costumbre funeraria más extendida entre los vikingos de a pie era el enterramiento.


Y hasta aquí por hoy. Como veis, he procurado no destriparos nada de Vikingos y me he limitado a hacer una pequeña extrapolación entre la acción de la serie y la historia documentada. Espero haber aclarado algunas cosas, asombraros por otras y, ojalá, despertar vuestro interés por si queréis ver la serie y darle una oportunidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario