julio 04, 2024

Tuberculosis: La belleza eterna, el pálido final

 

"Últimamente, la enfermedad de Anne ha asumido un carácter menos alarmante que al principio: la agitación se alivia; la tos se calma a veces. Si pudiera saber que viviría dos años, un año más, estaría agradecida: temía los terrores del veloz mensajero que nos arrebató a Emily en unos pocos días".

Así escribía Charlotte Brönte en su diario en 1849. Había perdido a una de sus hermanas y estaba a punto de perder a la otra. Hoy reconocidas como grandes escritoras, ambas murieron jóvenes a causa de la misma enfermedad: la tuberculosis.



La tuberculosis nos ha acompañado desde los albores de la humanidad. Es imposible conocer su incidencia y prevalencia antes del siglo XIX, pero se estima que se trata de una de las primeras enfermedades descritas en humanos, con una antigüedad cercana a los 20.000 años. Una de las evidencias más antiguas de esta enfermedad la encontramos en el cuerpo momificado del sacerdote egipcio Nesperehân (3000 - 2400 a.C. aprox.), que presenta una lesión vertebral muy característica de una variante de esta enfermedad. Pero no sería el único caso: durante mucho tiempo se ha especulado que tanto Nefertiti como su esposo, el faraón Akenatón, fallecieron a causa de la tuberculosis, una enfermedad que, como veremos a continuación, ha estado vinculada a la belleza durante siglos. En el siglo I a.C., el filósofo Tito Lucrecio Caro nos hablaba así de la tuberculosis: "la tisis es difícil de diagnosticar y fácil de tratar en sus primeras fases, mientras que resulta fácil de diagnosticar y difícil de tratar en su etapa final". En el siglo II, el médico griego Areteo de Capadocia fue el primero en describir de manera rigurosa los síntomas característicos de esta enfermedad: febrícula vespertina, diaforesis, síndrome constitucional y expectoración hemoptoica.

Sin embargo, transcurren catorce siglos sin que se produzca ningún avance relevante en el conocimiento y tratamiento de la tuberculosis y, para mediados de 1800, tanto en Europa como en Estados Unidos, la enfermedad se había convertido en una auténtica epidemia. Antes del descubrimiento del bacilo de Koch, había muchos mitos acerca de la tisis, como se la llamaba entonces; por eso era tan fácil contagiarse. Existían (y existen) dos tipos de tuberculosis: la pulmonar, que aparecía inmediatamente después de la infección y afecta al aparato respiratorio; y la extrapulmonar, que puede afectar a otros órganos como el corazón, los ganglios linfáticos, el sistema nervioso central, huesos y articulaciones, y el abdomen, por poner algunos ejemplos. La tuberculosis era absurdamente fácil de contraer y podía afectar a cualquier persona, pero los grupos con más problemática socioeconómica eran los más afectados. El hacinamiento, el déficit en la higiene, la mala alimentación y el agotamiento producido por el trabajo extremo creaban un terreno propicio para el contagio. La víctima de la consunción se iba apagando poco a poco, abocada a una desaparición lenta, dolorosa y enigmática. Y, con todo, resulta curiosa la manera en la que Charlotte Brönte se refiere a la enfermedad que se llevó la vida de sus hermanas:

"La tisis, soy consciente, es una enfermedad halagadora".

La tuberculosis había convivido con la humanidad casi desde sus albores y se había convertido en parte de la vida, la sociedad y la idiosincrasia. Se había adentrado en el subconsciente de todo el mundo y había adquirido la capacidad de otorgar belleza al enfermo que se consumía. Será sobre todo en el Romanticismo cuando el ideal de belleza se relacione con la palidez cutánea, por lo que la tisis se mitifica y se la bautiza como la "plaga blanca". El aspecto volátil y casi fantasmal propició que fuese considerada una enfermedad elegante, un mal que hacía más hermosas a sus víctimas a medida que las devoraba sin remedio.


Belleza sin rival



El nacimiento de Venus

Es imposible no emocionarse al recordarla. La imagen de Venus surgiendo de una concha parece fundir su piel pálida con la fragilidad del nácar. ¿Cuántas veces nos hemos parado a contemplar la belleza en el rostro de la Venus y sus rasgos nos han cautivado por su dulzura, armonía y perfección? En El nacimiento de Venus vemos a una musa que llegó a obsesionar a Botticelli hasta el punto de usar su rostro una y otra vez en muchas de sus obras. La palidez casi sepulcral de Simonetta Vespucci irrumpió en Florencia como un auténtico huracán que removió los más profundos deseos de la alta sociedad. Hombres y mujeres la amaban e idolatraban a partes iguales. Ellos querían poseerla; ellas querían parecérsele.

Simonetta era hija del noble genovés Gaspare Cattaneo. A los dieciséis años conoció al que sería su esposo y poco tiempo después celebrarían un matrimonio concertado, tal como era usual en la época. El novio, Marco Vespucci, pertenecía a una noble familia y tenía contactos en Florencia con los poderosos Médici, lo que le convertía en un buen partido para la hija del noble Cattaneo. Cuando Simonetta entró en los exquisitos círculos florentinos de los Médici, su belleza y porte impactaron de tal forma, que incluso los hermanos Giuliano y Lorenzo de Médici quedaron cautivados. Por lo tanto, es lógico que todos los pintores más célebres del momento quisieran que posara para sus cuadros. El rostro de la Bella Simonetta puede verse en obras de Piero di Cosimo, Ghirlandaio y Sandro Botticelli, quien estaba completamente rendido a su estremecedora belleza.

Pero la hermosura de Simonetta no duró mucho. Falleció en 1476 a los veintitrés años a causa de la tuberculosis, la enfermedad que había contribuido a convertirla en una leyenda. Rubia, pálida y lánguida, representaba a la perfección el ideal de hermosura medieval. Su belleza alabastrina, sus rasgos finos, su cutis extremadamente claro y sus ojos resplandecientes eran síntomas de la enfermedad que la consumía por dentro. Aquella por cuyo favor los hermanos Médici habían peleado, aquella que fue nombrada Reina de la Belleza en los juegos de la Giostra, había desaparecido de la faz de la tierra dejando como legado el comienzo de la locura por la belleza tísica. No fueron pocas las mujeres de la época que trataron de parecerse a ella, a veces cometiendo auténticas atrocidades, como comer barro para inflamar los conductos biliares y provocarse una palidez enfermiza, o con ciertos brebajes que les provocaban anemia hemolítica. Todo era poco con tal de conseguir aquella belleza sobrehumana.

El fenómeno más sorprendente se dio cuando la tuberculosis empezó a afectar a las mujeres jóvenes pertenecientes a las clases altas, pues, a diferencia de cómo fueron tratados los enfermos de las clases más bajas, se consideró que la tuberculosis hacía que las muchachas de buena cuna fuesen consideradas más atractivas. Y es que buena parte de la manera en que se trataba esta enfermedad dependía de su estatus: un enfermo de clase baja a menudo era culpado por haber contraído la tuberculosis, seguramente por moverse en un ambiente contaminado o por hacinarse con otras personas que le habrían pasado su mal; en cambio, si el enfermo pertenecía a la clase alta, se suponía que se debía a un problema hereditario y su empeoramiento venía por causas misteriosas. El pertenecer a una clase adinerada les hacía pensar que tenían cierto poder sobre la enfermedad, y las mujeres de este estrato social aquejadas de tuberculosis eran vistas como más atractivas, aunque esto se debía, como ya hemos visto, a que la tisis realzaba las características que en la época se tenían por símbolo de belleza. La escritora Lucy Maud Montgomery, autora de la legendaria Ana, la de Tejas Verdes, describe en una de sus novelas la impresión que Ana siente al descubrir que una de sus amigas, Ruby Gillis, padece tuberculosis.

"¿Qué le había ocurrido a Ruby? Estaba más hermosa que nunca; pero sus ojos azules tenían un brillo excesivo y el color de sus mejillas era demasiado intenso. Además, estaba muy delgada. Las manos que sostenían el misal eran casi transparentes".

Será su vecina, la señora Lynde, quien nos anticipe de manera totalmente cruda y acertada el destino de la infortunada muchacha:

"Ruby Gillis se está muriendo de tisis galopante -soltó bruscamente la señora Lynde-. Todos los saben, excepto ella y su familia. No hay manera de que lo admitan. Si te interesas por ella, te responden que está bien. Pero tuvo una congestión pulmonar este invierno y desde entonces no ha podido dar clases, aunque ella dice que volverá a hacerlo en otoño y que será la maestra de la escuela de White Sands. Cuando la escuela abra sus puertas de nuevo, esa pobre muchacha ya estará en la tumba, sí, señor".

Y esto no sólo se limita a la literatura de ficción, sino a manuales médicos y educativos. En el libro Las dos enfermedades más peligrosas de Inglaterra, publicada por Rowland East en 1842, se describen los síntomas y efectos de la apoplejía y la consunción, refiriéndose a esta última como una enfermedad que otorga una gran belleza a sus víctimas. Una vez más, tenemos los signos que ya hemos visto: la piel casi transparente, el rubor fatal, los ojos brillantes... El cirujano termina afirmando que pareciera que la Muerte quisiera arropar a su víctima para la tumba con todos los atributos de la belleza física. Y en el libro El Arte de la Belleza (1825) se nos dice que enfermedades como la tuberculosis mejoran en gran medida la belleza de determinados cutis, lo que causa que hasta los propios médicos, aun sabiendo el final que le espera a su paciente, no pueden negar su belleza.


Coqueteando con la Muerte



Fading Away

La tuberculosis, como hemos visto, estaba bastante bien considerada entre las clases más altas. Aunque el dolor por la muerte de un ser querido estaba muy presente, era imposible no conmoverse con la belleza que mostraba el enfermo en sus últimos días de vida. Lo que en las clases medias y trabajadoras se veía como una gran tragedia, entre las clases más altas se había convertido en una moda, hasta tal punto que algunas mujeres se acogían a una dieta de agua y vinagre para conseguir esa presencia misteriosa, anclada en la angustia y con un aire siniestro, casi fantasmal. Es muy posible que el uso de corsés y escotes bajos, que enseñaban los hombros y reducían el movimiento de los brazos, fuesen fruto del deseo por aparentar padecer la enfermedad, pues estas prendas daban a las mujeres una apariencia frágil y vulnerable que recordaba a los tuberculosos.

A pesar de la inmensa mortandad que arrastraba, la tuberculosis no dejó de ser idealizada por buena parte de la población, y de esto tenemos muchos testimonios referidos al siglo XIX. Es en esta época cuando la tuberculosis se asocia con ideales de belleza, creatividad y romanticismo. Ya hemos mencionado a Anne y a Emily Brönte, pero otros muchos escritores y poetas fueron víctimas del mismo mal, como Percy Shelley o John Keats, y una de las creencias más populares de entonces es que sus escritos eran mejores y más sensibles debido precisamente a la enfermedad que padecían y que acabaría llevándoles a la tumba. No tenían el menor problema en airear su dolencia porque la tuberculosis estaba considerada una enfermedad elegante, una forma superior de vida que les llevaba a contactar de manera directa con las musas. Esta visión era elitista en cuanto se pensaba que estos raptos creativos sólo afectaban a los artistas, que podían permitirse el desentenderse de toda responsabilidad. Los sudores nocturnos típicos de la enfermedad eran bienvenidos por los poetas románticos: un ansia de padecimiento que les hacía pensar que aguzaría su sensibilidad. Lord Byron nos deja la prueba de esta forma de pensar en esta frase:

"¡Qué pálido estoy! Creo que me gustaría morirme de tisis, porque entonces todas las mujeres dirían: 'Mira a ese pobre Byron, ¡qué interesante se ve al morir!'."

Pero esta belleza venía de la mano de una callada expresión de sufrimiento en el rostro. Para presumir, hay que sufrir, como dice el dicho, y estas mujeres se aplicaron con excesiva dedicación a la búsqueda de la belleza tísica. No sólo los corsés y vestidos estaban confeccionados para alterar su apariencia y volverla más delgada; además de eso, pintaban sus labios y mejillas de rojo para que resaltaran más, y se aplicaban gotas de belladona en los ojos para dilatar las pupilas (la belladona se utilizaba en la época para tratar la escarlatina, pero sus propiedades eran altamente tóxicas y era peligroso administrarla sin supervisión médica). Usaban también tinte azul para marcar las venas y empolvaban su rostro con todo tipo de sustancias para adquirir un aspecto más pálido; llegaron incluso a utilizar polvos de arsénico, estaño y plomo, pinturas que, según se creía, causaban la tuberculosis, aunque lo que sí acarreaban era una fuerte intoxicación por metales pesados.



Entre la clase alta también se pensaba que las mujeres atractivas tenían más posibilidades de enfermar de tuberculosis, debido a que esta enfermedad les ayudaba a realzar su belleza. Esta estética basada en la apariencia que da la tuberculosis fue parte de la cultura popular del siglo XIX. Casi no hay novelas, obras de teatro u óperas en las que no aparezcan mujeres frágiles, tranquilas y bellamente enfermas que se consumían por la tuberculosis y sucumbían a ella sin remedio. La historia más conocida, en la que la protagonista sufre esta enfermedad, es La Dama de las Camelias, escrita por Alexandre Dumas hijo en 1848, novela que también fue llevada al teatro y a la ópera como La Traviata en 1853 de la mano de Giuseppe Verdi. Cabe destacar que el personaje de Marguerite Gautier está basado en una mujer real: Marie Duplessis, condesa de Perregaux, quien en su juventud había sido una famosa cortesana, manteniendo relaciones con grandes personajes de la vida social y muriendo de tuberculosis a los veintitrés años, igual que Simonetta Vespucci.

Pero, ¿por qué la tuberculosis fue vista de una manera tan diferente a otras enfermedades de la época? Quizá fuese porque el progreso de la enfermedad podía ser muy lento en comparación con otras dolencias, más agresivas y devastadoras. Se daban casos de enfermos que tardaban años en mostrar los síntomas de la consunción. Además, muchos preferían padecer los síntomas de la tuberculosis, ya que para ellos la mente y la dignidad permanecían intactas, a diferencia de otras enfermedades como la viruela y el cólera, que avanzaban rápidamente y tenían por síntomas los vómitos y la diarrea. A esto se suma que la pérdida de peso y la piel pálida no se consideraban desagradables, formándose la horrible comparación con el estado del cuerpo que dejaba el cólera, con un rostro contraído y ojeroso y la piel teñida de un color gris azulado. Por otro lado, estaban aquellos que creían que la belleza exterior era el reflejo de una persona virtuosa y de alta moral, llegando a pensar que las mujeres que padecían tuberculosis eran demasiado buenas y hermosas para vivir. Otros pensaban que, al mostrar esta enfermedad como una moda, las familias con un enfermo de tuberculosis podrían encontrarle sentido a la temprana pérdida del ser querido. La lentitud de la enfermedad también ayudaba a que el enfermo tuviera tiempo de resolver sus asuntos antes de fallecer (esto también era algo deseable en la Edad Media, donde existía auténtico pavor a la muerte repentina por miedo a que no diera tiempo de confesarse y arrepentirse de sus pecados).


La belleza destronada



Jeanne Hébuterne

A finales del siglo XIX, la forma en que se veía la tuberculosis empezó a cambiar debido a que en 1882, el doctor Robert Koch había descubierto y aislado el bacilo que causaba esta enfermedad. Este descubrimiento ayudó a que se prestara mayor atención a la teoría de los gérmenes y convenció a los médicos de la época de que la tuberculosis era muy contagiosa. Por este descubrimiento, el doctor Koch recibió en 1905 el Premio Nobel de Medicina. Con los nuevos conocimientos que se tenían de la tuberculosis, se empezaron a realizar campañas de salud pública para evitar el alto contagio. Uno de los grandes afectados fue la moda femenina, pues los médicos no dudaron en achacar a las largas y ampulosas faldas de las mujeres el arrastre de numerosos gérmenes contagiosos de un lado para otro, llevando a todas partes la enfermedad. Se cree que a partir de esto, la moda femenina empezó a cambiar: las faldas se hicieron menos voluminosas y los dobladillos subieron algunos centímetros. La moda masculina también fue cuestionada, ya que en la era victoriana la tendencia era que los hombres lucieran grandes barbas, bigotes muy bien moldeados y patillas extravagantes. Se pensaba que este tipo de estética también acumulaba muchos gérmenes en la cara. A partir de entonces, la moda sería un rostro bien rasurado. Entre otros tratamientos para la tuberculosis, estaban los famosos baños, tanto de sol como de agua de mar, basándose en la creencia de que un cambio de aires podía ayudar en la recuperación.

Con el reconocimiento de la tuberculosis como una enfermedad grave y el peligro de contagio a través de los gérmenes, empezaron a aplicarse medidas de salubridad que habrían de afectar a todo el mundo. Se limpiaron las ciudades a manguerazos y en los periódicos se recomendaba dedicar tiempo a la limpieza del hogar. En los transportes públicos se empezaron a ver carteles que invitaban a los pasajeros a no escupir en los carruajes, lo que nos da una idea de las costumbres que había en la época y la forma en que se trataron de corregir. Poco a poco, la tuberculosis dejó de ser vista como una enfermedad bonita e incluso deseable. Actualmente, la tuberculosis puede controlarse con antibióticos, pero sigue siendo una enfermedad muy peligrosa. Atrás queda el mito romántico de la tisis, esa imagen del pañuelo manchado de sangre en las manos de una hermosa dama que se desmayaba lánguidamente sobre un diván. Hoy es atemporal, ilusoria y peliculera la imagen de un enfermo tosiendo sangre, y no vemos belleza alguna en una enfermedad peligrosa y mortal. Fueron certeras las palabras de Rosalía de Castro cuando, en 1861, le escribía así a su marido Manuel Murguía:

"¿Quién demonio habrá hecho de la tisis una enfermedad poética?"

La ilustre escritora pensaba que estaba contagiada.


mayo 20, 2024

Animes de ayer: Candy Candy


¡Hola a todos!

Hubo una vez, allá por la segunda mitad de los años 70, una serie de dibujos animada que estaba destinada a convertirse en un clásico del melodrama. Viajemos por un momento a aquella época, cuando en Europa empezaban a llegar los primeros animes recién traídos desde Japón, llenando las parrillas de las jóvenes cadenas televisivas con grandes obras como Mazinger Z, Dragon Ball, Heidi, Marco y muchos otros animes que quedaron en la memoria de muchos niños que hoy, con más de cincuenta años a las espaldas, todavía recuerdan con cariño. Una de las series clave dentro de este boom del anime en Europa, si bien a España llegó un poco tarde, fue la inolvidable Candy Candy, basada en el manga del mismo título que ya contaba con mucha popularidad en Japón.

Candy Candy es un manga shoujo escrito por Kyoko Mizuki (uno de los seudónimos de Keiko Nagita) e ilustrado por la mangaka Yumiko Igarashi. El manga se empezó a publicar en abril de 1975 en la revista Nakayoshi, la misma que años después publicaría grandes clásicos como Sailor Moon o Cardcaptor Sakura. Fue recopilada en nueve tomos, quedando cerrada la historia en el año 1979. El manga fue tan famoso que la Toei Animation lo adaptó en forma de serie anime y lo distribuyó a varios países, por lo que se hizo muy popular a nivel internacional. Ganó el Premio Kodansha Manga para shoujo en 1977 y las ventas del manga llegaron a los 13 millones de ejemplares.

La historia, narrada en forma de melodrama, nos traslada a Norteamérica, al año 1898, cuando la pequeña Candy es abandonada siendo tan sólo un bebé a las puertas del orfanato de la Señorita Pony, en medio de una nevada ocurrida durante la primavera boreal; de hecho, de ahí le viene su nombre: Candice White. Esa misma noche también es encontrada Annie, y ambas niñas crecerán como hermanas en el Hogar de Pony, un pequeño orfanato regentado por la amable señorita Pony y la hermana Lane.

A efectos de la reseña, voy a basarme principalmente en la serie animada, aunque teniendo en cuenta también el manga y la novela, pues hay algunos cambios entre las versiones. He tomado esa decisión basándome en el hecho de que somos muchos más los que hemos visto el anime que los que han leído el manga o leído la novela, aunque esta última debe considerarse la fuente oficial. Por suerte, estas diferencias son muy pequeñas y no alteran el transcurso de la historia, así que no os perderéis en lo más mínimo.


En el Hogar de Pony



La infancia de Candy en el orfanato es inmensamente dichosa. La pequeña crece feliz en plena naturaleza, rodeada de otros niños que están en su misma situación y arropada por el amor de la señorita Pony y la hermana Lane, a quienes tiene por madres. Candy es una niña que se sale de lo convencional, pues es revoltosa, juguetona y aventurera. Le gustan pasatiempos tales como tirar el lazo al estilo cowboy o trepar hasta lo alto de grandes árboles, algo que trae de cabeza a sus cuidadoras. Sin embargo, sus virtudes destacan por encima de todo lo malo que pudiera tener. Candy es alegre, abierta y sincera. Ante los problemas o adversidades toma una actitud positiva que siempre la lleva a salir airosa y a granjearse la simpatía de todo el mundo. Ni siquiera el hecho de que nadie la haya adoptado todavía parece importarle, pues es feliz en el Hogar de Pony y no echa de menos el tener unos padres.

Quien sí desea de todo corazón tener padres es Annie. Ella es todo lo contrario que Candy: tímida, débil, apocada y con tendencia a llorar por cualquier motivo. Ambas niñas han crecido juntas y se han vuelto inseparables, hasta el punto de prometer que jamás abandonarán el Hogar de Pony y que nunca se separarán la una de la otra. Pero ocurre que en su décimo cumpleaños (sexto cumpleaños en la novela y en el manga), a Candy se le propone ser adoptada por los Brighton, una familia rica, y ella rechaza el ofrecimiento para mantener la promesa que le había hecho a Annie. Los Brighton, al ver que Candy no desea ser adoptada, le hacen el mismo ofrecimiento a Annie y la niña acepta sin dudarlo; de esta manera, Candy ve su inocencia traicionada por los firmes deseos de su amiga de tener una familia. En el manga y en la novela esto ocurre justamente a la inversa, pues los Brighton desean adoptar a Annie desde el principio debido a su parecido con su difunta hija, y es la niña la que se resiste a aceptar la adopción, siendo Candy quien la anime a aceptarla.

El tiempo pasa y Candy espera cada día las cartas que Annie prometió escribirle a diario, pero estas cartas empiezan a escasear con el paso de los meses, hasta que un día llega una misiva en la que Annie le dice a Candy que deje de escribirle, pues su nueva madre no considera apropiado que nadie de su círculo social sepa que Annie se crio en un orfanato. Desolada, Candy huye corriendo a la Colina de Pony y es allí donde se encuentra por primera vez con un chico vestido a la usanza escocesa que toca una gaita. Candy queda absolutamente fascinada por la presencia de este chico, a quien bautiza como Príncipe de la Colina. El muchacho, sonriente y amable, consigue consolarla diciéndole:

¿Por qué lloras? Eres mucho más linda cuando ríes que cuando lloras.

Tras una breve conversación, el Príncipe desaparece dejando a Candy con la impresión de que todo ha sido un sueño, salvo por un broche que se ha desprendido de su ropa y que Candy guarda como su más preciado tesoro. A partir de ese momento, Candy hará todo lo posible por ser adoptada.


Acogida por la familia Lagan



Unos meses después de la partida de Annie (en el manga son cuatro años), Candy recibe la noticia de que el mayordomo de una familia adinerada, los Lagan, ha presentado a la señorita Pony una solicitud para contratar a una niña para que sea dama de compañía de Eliza, la hija de los señores. Candy, que desea ser adoptada por una buena familia, se siente decepcionada al ver que sólo la buscan como mera acompañante, pero tiene casi trece años y sabe que es demasiado mayor para ser mantenida en el Hogar de Pony. Al ver que el escudo de la familia se parece mucho al broche del Príncipe de la Colina, Candy acepta la propuesta con la esperanza de averiguar más sobre él y volverle a ver si es posible.

Durante el viaje, Candy se pregunta cómo será Eliza, imaginándose que será una niña hermosa pero frágil, un poco parecida a su querida Annie. Sin embargo, tanto Eliza como su hermano Neal son dos malcriados que la reciben arrojándole un cubo de agua a la cabeza. Desde ese momento, los dos hermanos no perderán la oportunidad de culpar a Candy de sus fechorías, de humillarla y de exponerla de malas formas. Cuentan para ello con el beneplácito de su madre, quien les consiente todo porque tampoco acepta la presencia de una huérfana viviendo en su casa. Pero a pesar de los muchos abusos y maltratos que recibe, Candy está decidida a convertirse en toda una dama, incluso tras haber sido reducida a la condición de sirvienta y estar obligada a vivir en los establos. Incluso llega a encontrarse una vez con Annie, quien viene de visita en calidad de hija de los Brighton, pero queda defraudada porque Annie finge no conocerla.

Por fortuna, cerca de la mansión de los Lagan viven tres jóvenes que se hacen muy buenos amigos de Candy. Ellos son Archibald y Alistair Cornwell (o Archie y Stair, como les conoce todo el mundo), dos hermanos muy diferentes entre sí pero que comparten un gran interés por Candy, ya que es distinta a todas las muchachas que suelen frecuentar. Un día, Eliza y Neal acusan a Candy de haber robado una cinta que Annie le dejó como obsequio, por lo que huye llorando sin fijarse hacia donde se dirige. Sus pasos la llevan a un portal de rosas que es la entrada a un hermoso jardín en el que abundan estas flores. Allí se encuentra con un joven que guarda un gran parecido con el Príncipe de la Colina, pero lo que más sorprende a Candy es que le diga la misma frase que el Príncipe le dijo en su día. Después de que el chico desaparezca sin decir nada, Candy observa que la insignia de la mansión es la misma que la de su broche.


Adoptada por la familia Ardlay



Un día, llega a casa de los Lagan una invitación para un baile que se celebrará en la mansión de los Ardlay. Por supuesto, los miembros de la familia Lagan están invitados, pero se sorprenden al descubrir que Candy también ha recibido no una, sino dos invitaciones para asistir. Han sido Archie y Stair quienes han invitado a Candy, cada uno por su lado, para que fuese al baile a pasar un rato con ellos. Allí conocerá al joven que vio en el portal de las rosas: es Anthony Brown, primo de Stair y Archie. 

Antes de continuar, hay que dedicar una palabras a la familia Ardlay, pues este clan va a jugar un papel importantísimo en la vida de Candy. Los Ardlay son una de las familias más poderosas de Estados Unidos, aunque su origen es escocés. Existen al menos tres ramas de la familia Ardlay, además de la rama principal: los Lagan, los Cornwell y los Brown. Por eso, Neal y Eliza son primos de Anthony, Stair y Archie y sus escudos familiares son muy parecidos. El liderazgo de la familia pasa de generación en generación entre los varones de la familia, y en la actualidad lo ostenta el misterioso tío abuelo William, a quien la mayoría de los Ardlay no conocen porque sus apariciones en sociedad son muy escasas y son pocos los que tienen trato directo con él. La cara visible de los Ardlay es la tía abuela Elroy, quien se encargó de la educación de Archie y Stair y es la responsable de que el honor de los Ardlay no se vea manchado. Esta mujer, pese a que no es malvada, tiende a dejarse llevar por las apariencias y el qué dirán, por lo que la veremos cometer muchas injusticias con Candy a causa de sus prejuicios.

Volviendo a la fiesta, los tres jóvenes anfitriones cuidan y colman de atenciones a Candy, y ella por fin puede disfrutar de su primer baile. Durante el vals, Candy le pregunta a Anthony si la recuerda y él confirma que sólo la conoce de su primer encuentro en el portal de las rosas; es lo más lógico, pues el recuerdo que Candy tiene del Príncipe es el de un joven de unos diecisiete años, pero ya ha pasado mucho tiempo desde aquel primer encuentro y el tiempo también ha pasado por él. Candy se siente un poco decepcionada, ya que estaba convencida de que Anthony era el mismo Príncipe que la consoló aquella vez en la Colina de Pony, pero cree que tal vez Anthony se ha olvidado de aquel primer encuentro. Además, la dulzura y amabilidad de Anthony despiertan en ella un cariño que poco a poco se va convirtiendo en amor por parte de ambos, ya que el muchacho adora a Candy.

Sin embargo, este amor puro e idílico molesta profundamente a los hermanos Lagan, sobre todo a Eliza, pues ella está encaprichada de Anthony y aspira a comprometerse con él algún día. Los hermanos no pararán de meter cizaña entre los dos y causar malentendidos, haciendo que Candy se harte y desee volver al Hogar de Pony. Desesperada, toma una barca sin vigilancia que está apostada en la orilla del río y la corriente la arrastra hasta unas cataratas, haciendo que el bote choque contra unas rocas y acabe hecho añicos. Por suerte, Candy no termina ahogada gracias a Albert, un joven trotamundos de espesa barba y gafas oscuras que se refugia en una casa abandonada en el bosque repleta de animales a los que cuida y con quienes convive. A partir de ese momento, se forjará entre los dos un vínculo muy especial que se mantendrá a lo largo de toda la historia, pues Albert aparecerá siempre en los momentos en los que Candy necesita más ayuda.

Tras descansar esa noche y recuperar fuerzas, Candy vuelve a la casa de los Lagan para aclarar todo aquel malentendido. Anthony, Stair y Archie se alegran de su regreso, pero Neal y Eliza están profundamente celosos del cariño que le muestran a la muchacha. Es entonces cuando deciden elaborar la trampa definitiva para que la echen de allí y no vuelvan a verla. Convencen a sus padres de que es una ladrona y, como castigo, Candy es enviada a trabajar a una hacienda en México. Por fortuna, un nuevo giro del destino hace salir airosa a Candy de la situación. En el viaje de camino a México, cuando está a punto de ser vendida por el hombre que la está llevando, Candy es "secuestrada" por George, el hombre de confianza del tío abuelo William, el cual, tras recibir las urgentes peticiones de Anthony, Stair y Archie, ha decidido adoptar a Candy pese al disgusto de la anciana tía abuela Elroy.

Son días hermosos y felices para Candy en casa de los Ardlay. La muchacha recibe a diario el cariño de sus amigos, y en especial el de Anthony, el tierno y romántico chico que ama cultivar rosas. De hecho, Anthony le hace a Candy un maravilloso regalo por su cumpleaños: cultiva una rosa especial y la llama Dulce Candy en honor a la muchacha. Todo parece indicar que su amor, puro y bonito, durará eternamente.

Pero llega el día de la presentación de Candy en sociedad ante los miembros de la familia y se organiza la clásica caza del zorro, deporte favorito de los nobles ingleses, y en la que van a participar también Anthony y Candy. Tras un paseo apartados del resto, Anthony atisba un pequeño zorro y trata de esquivarlo, con tan mala suerte que su caballo mete la pata en un cepo y el animal, enloquecido de dolor, se desboca y lanza al muchacho por los aires, cayendo de cabeza contra el suelo y recibiendo un violento golpe que lo mata al instante (en la novela, Anthony no trata de esquivar al zorro, sino que va persiguiéndole). Todo ante los ojos de Candy, que observa horrorizada la muerte de su amado. Tras el trágico acontecimiento, del que es culpada por toda la familia, Candy regresa al Hogar de Pony para reorganizar sus pensamientos y encontrar un poco de paz. Pero a los pocos días será requerida por el tío abuelo William, quien ha tomado la decisión de enviarla al prestigioso colegio Royal Saint Paul en Inglaterra, para que pueda convertirse en toda una dama.


En el Royal Saint Paul



Candy parte en un barco que la lleva a Inglaterra, coincidiendo en la travesía con un misterioso joven de largos cabellos al que en un primer momento confunde con Anthony al verlo de espaldas. Pero pronto se percata de que ambos chicos no tienen nada que ver. El comportamiento tosco y grosero de Terry Granchester está muy lejos de la amabilidad y galantería de Anthony, pues siempre que está con Candy se burla de ella o le pone motes.

Al llegar a Inglaterra se encuentra con sus amigos Stair y Archie, que también han sido enviados a estudiar al Saint Paul. En el colegio, Candy conoce a Patty O'Brien, una chiquilla algo tímida pero muy amable, y se reencontrará con Annie, aunque al principio tendrá problemas con ella. Annie sigue negándose a dirigirle la palabra a Candy porque no quiere que la gente sepa que se conocen desde sus días en el orfanato. Además, su motivo para estudiar en el Saint Paul no es otro que el de estar más cerca del chico del que se ha enamorado, Archie, y acabará reprochándole a Candy que él no le haga caso porque está enamorado de ella. Por otro lado, y por desgracia para nuestra protagonista, los Lagan también han enviado a sus hijos Neal y Eliza al colegio, y ya sabemos que no dejarán de incordiarla y hacerle jugarretas siempre que puedan. Y, para completar el grupo de rostros conocidos, Candy volverá a ver a Albert, quien ahora trabaja en el zoológico de Londres.

Durante la hora de misa, Candy encuentra a Terry, el chico al que conoció en el barco. Su actitud atrevida y descarada, demostrando que no le teme a la autoritaria hermana Gray, quien dirige el internado, llama su atención. Pronto averigua que Terry es hijo del Duque de Granchester, un noble que hace generosos donativos al colegio y cuya palabra parece pesar lo suficiente como para que su hijo Terry no reciba ningún castigo a pesar de sus constantes faltas de respeto a la autoridad y de estar quebrantando siempre las normas. A pesar de todo, Candy descubre que no es un mal chico en absoluto. Terry puede ser burlón y descarado, pero no acepta las injusticias y no soporta la falsedad en las personas; de ahí que más de una vez defienda a Candy de las fechorías de Eliza y Neal, aunque luego vuelva a meterse con ella. Una noche, Candy entra accidentalmente en la habitación de Terry y descubre que es hijo de la famosísima actriz de teatro Eleanor Baker, lo que convierte a Terry en un hijo ilegítimo del Duque de Granchester. Furioso por la intromisión de la muchacha en su vida privada, Terry hace jurar a Candy que no desvelará su secreto a nadie.

El recuerdo de Anthony sigue poblando los pensamientos de Candy en las noches, y más cuando cree ver la sombra de un jinete que se pierde entre los árboles. Sumida en un trance, sale corriendo tras el sonido de los cascos para detener al que cree que es Anthony, tropezando en las escaleras y cayendo desmayada. Terry, que es quien llevaba las riendas del caballo, deja a Candy en la enfermería para que reciba ayuda, pero no se le escapa que durante todo el tiempo ella susurra una y otra vez el nombre de Anthony.

Aunque la intención del tío abuelo William era que Candy estudiara y se convirtiera en una señorita respetable, lo cierto es que Candy tiene problemas para encajar en el rígido sistema educativo británico. Como se guía por su propia brújula moral, que la vuelve intolerante hacia todo lo que considere una injusticia, tiende a meterse en problemas por saltarse las reglas continuamente y por interferir en las órdenes y castigos que imparte la hermana Gray. Por eso, cuando insulta a la monja por castigar a Patty por introducir una tortuga en el colegio a sabiendas de que las mascotas están prohibidas, Candy es enviada a una celda de castigo y se le prohíbe disfrutar del festival de mayo, que esperaba con ansias.


Vacaciones en Escocia



Gracias al oportuno tío abuelo William, que le envía unos disfraces de Romeo y Julieta, Candy consigue escapar y camuflarse en el festival de mayo, pasando desapercibida ataviada con ambos trajes. Ese mismo día, Terry descubre su secreto y la invita a bailar sobre la colina. Candy es feliz a su lado, pero entonces se le ocurre sacar a relucir el recuerdo de Anthony, lo que molesta profundamente a Terry. Para molestar a Candy, insinúa que Anthony es un muchacho débil y apocado, pero Candy se resiente contra él y le reprocha insultar a un joven que ha muerto. A pesar de todo, Candy no puede ocultar la atracción que empieza a sentir por Terry.

Archie, celoso por las atenciones que su amiga le prodiga a Terry, le pide que deje de verle porque no lo soporta y termina confesando su amor por ella. Annie, que lo escucha todo, le echa en cara a Candy que todos la quieran y prefieran a ella, como pasaba en el orfanato con la señorita Pony y la hermana Lane. Por desgracia, sus palabras llegan a oídos de Eliza, quien confirma sus humildes orígenes y pretende ridiculizarla ante todo el alumnado por ser una huérfana. Sin embargo, y aunque podría haberse enfadado con ella por sus duras palabras, Candy arregla el entuerto haciendo ver a Annie su error y que ella siempre estará ahí para ayudarla. Por su parte, Archie acabará por comprender que el corazón de Candy no le pertenece y le pide perdón.

Llegan las vacaciones de verano y el grupo de amigos viaja a Escocia. Allí, en una vieja mansión, Terry se reconcilia con su madre gracias a la intervención de Candy. En una manera un poco brusca de devolverle el favor, Terry obliga a Candy a montar con él a caballo. Candy está aterrada, el caballo galopa cada vez más veloz, y las imágenes de la tragedia vuelven a dibujarse ante sus ojos, haciéndola llorar. Pero Terry no se detiene, ya que está decidido a que Candy supere su trauma de una vez por todas. Debe olvidar su pasado y dejar de vivir de los recuerdos de Anthony, pues le impiden vivir y disfrutar del presente. Finalmente, Candy comprende lo que Terry intenta decirle y asume que no puede aferrarse al recuerdo de alguien que no regresará jamás. Por otra parte, empieza a entender el alma herida de Terry, quien fue abandonado por su madre y recibe el rechazo continuo de su padre, haciendo que entre los dos nazca una nueva relación mucho más cercana.

Pero los problemas continúan para nuestra protagonista, ya que Eliza, que está enamorada de Terry, sigue haciéndole la vida imposible. Con motivo de haberla salvado en el lago, Eliza invita a Terry a una fiesta que dará en su honor, pero él no aparece porque prefiere estar en compañía de Candy, cosa que Eliza descubre al ir a buscarlo a la mansión. La maliciosa muchacha traza la que será su venganza definitiva.

A una semana de que acaben las vacaciones, Candy y Terry están pasando un momento a solas en la campiña. Terry invita a Candy a bailar y, de repente, la besa apasionadamente. Candy se lo toma muy mal y le da una bofetada por considerarlo un atrevido; Terry le devuelve la bofetada y se marcha. Sin embargo, ninguno de los dos podrá olvidar lo que ha sucedido entre ellos.

De vuelta en el colegio, Candy recibe una carta de Terry citándola al anochecer en los establos. Allí ambos se dan cuenta de que se trata de una encerrona, pues Terry ha recibido otra carta, supuestamente de Candy, en la que le pide que se reúna con ella esa noche. En ese momento llega la hermana Gray, junto a Neal y Eliza, y los descubre. Todo ha sido una artimaña de Eliza con la intención de que echen a Candy del colegio. Frente a la inminente expulsión de la muchacha, Terry se interpone y asume toda la culpa, aceptando su expulsión y marchándose a Estados Unidos. No le gusta la vida acomodada que lleva junto a su padre, al que no aprecia, y va a tratar de ganarse la vida por sí mismo ejerciendo su mayor vocación: ser actor de teatro. Cuando Candy descubre que Terry se ha ido, decide seguir su ejemplo y deja atrás el internado para regresar a América y encontrar su propio camino.


Candy White enfermera



El viaje de vuelta a Estados Unidos se convierte en una auténtica odisea para Candy, pues se ve obligada a ir de polizón en un barco. Una vez de regreso en el hogar de Pony, Candy descubre que Terry pasó por allí para conocer el lugar donde ella había crecido y ver con sus propios ojos la colina de Pony de la que Candy tantas veces le había hablado. La muchacha siente la necesidad de ayudar a los demás, y así es como se da cuenta de que su vocación es ser enfermera. Por ello, ingresa en la Escuela de Enfermería Mary Jane para obtener la titulación que le permita desempeñar dicho trabajo. En la escuela conocerá, entre otras compañeras, a Frannie Hamilton, una estricta y severa estudiante a quien no le agrada Candy por considerarla impertinente y charlatana.

A pesar de su inicial falta de habilidad, Candy consigue poco a poco convertirse en una buena enfermera, destacando por su bondad, su alegría y su empatía con los pacientes. El inminente estallido de la Gran Guerra en Europa lleva a Mary Jane a enviar a cuatro de sus mejores alumnas a trabajar en el hospital de Chicago, donde andan escasos de personal, y entre éstas se encuentra Candy. Sin embargo, aunque aprecia el reconocimiento por ser una buena enfermera, no puede evitar sentir miedo al descubrir que en el hospital también tendrá que aprender técnicas quirúrgicas; esto le hace entender que podrían necesitarla en el frente algún día y quieren prepararla para el caso de que eso suceda.

En Chicago, Candy volverá a encontrarse con sus amigos y también con los hermanos Lagan. También descubre que Terry está en la ciudad, pues dará una función benéfica con la compañía y la muchacha hará todo lo posible por verlo, a pesar de que terceras personas intentarán impedírselo. Aquí es cuando entra en escena Susanna Marlowe, una joven actriz de la compañía de teatro donde también está Terry, y que está locamente enamorada de su compañero, por lo que no permite que ninguna mujer se le acerque. De hecho, es Susanna la que intercepta las cartas que Candy le ha escrito a Terry y quien evita que se encuentren en el hotel donde se hospedan los actores tras la función, aunque después lamenta lo que hace. Es curioso el carácter de Susanna, ya que ella hace esas cosas movida por los celos y por el miedo: celos hacia Candy porque sabe que Terry la ama, y miedo de perder la escasa influencia que tiene sobre Terry, pues sabe que no puede llamar su atención si no es dando lástima. Sin embargo, los remordimientos pueden con ella y suele arrepentirse de sus actos, lo que hace que sea difícil odiarla.

Durante varios meses, tanto Candy como Terry intentan encontrarse pero, por algún motivo u otro, nunca lo consiguen. Es como si el destino quisiera ponerles a prueba separándoles justo cuando más cerca están el uno del otro. Sólo se ven de manera fugaz cuando Candy, tras encontrar una carta que le dejó Terry, corre a la estación de trenes para despedirse de él desde el andén. Cuando regresa, el director del hospital reúne a las alumnas de Mary Jane y solicita una voluntaria para viajar a Europa y ayudar a los heridos de la guerra. Todo parece indicar que Candy será la elegida, pero Frannie se le adelanta y se ofrece voluntaria sin el menor asomo de duda. Candy se despide de ella, admirada por su valor y agradecida por haber aprendido de ella la seriedad y el compromiso que necesita la profesión de enfermera.

Pero Candy no tiene tiempo para estar ociosa, pues empiezan a llegar a su hospital los primeros heridos de guerra. Uno de estos heridos no es otro que Albert, quien ha perdido la memoria tras el estallido del tren en el que viajaba. Candy se hace cargo de su amigo dándole la mejor de las atenciones; pero cuando el director le informa de que le van a dar el alta por su buen estado físico, decide alquilar un pequeño apartamento en el que viven juntos fingiendo ser hermanos; su intención es seguir cuidando de él hasta que recupere la memoria, aunque los médicos dudan de que pueda recuperarla algún día.


Reencuentro con Terry



Entretanto, Terry, que está enterado de dónde vive Candy, invita a la muchacha a una representación teatral de Romeo y Julieta, que tendrá lugar en Broadway. Pero nuevamente la desgracia se ceba con ellos, ya que en el ensayo de la obra, uno de los focos se precipita sobre Terry, quien es salvado en el último momento por Susanna. Como precio por su audacia, Susanna pierde una pierna y su carrera como actriz queda truncada para siempre. Aunque Terry no ha tenido la culpa de su accidente, la madre de Susanna malmete entre él y su hija para que Terry asuma su responsabilidad y compense a Susanna casándose con ella, aduciendo que es lo mínimo que le debe. Esta situación pone a Terry entre la espada y la pared, pues una parte de él se culpa por lo que le ha ocurrido a Susanna.

Candy y Terry se reencuentran por fin, pero es un encuentro tenso y desapasionado. Terry oculta sus preocupaciones, pero Candy se da cuenta de que le ocurre algo. Al llegar al teatro, se entera de lo que ha ocurrido con Susanna y decide ir a visitar a la muchacha al hospital para hablar con ella. Susanna está tan desesperada que no encuentra otra salida que suicidarse saltando de la azotea del hospital, en la creencia de que su existencia es lo único que se interpone entre Candy y Terry. Pero Candy la encuentra a tiempo e impide la tragedia. Conmovida por la situación de Susanna y tras percatarse de que le falta una pierna, comprende los sentimientos de la actriz y decide, pese a que su corazón se rompe en pedazos, renunciar a Terry para que ellos puedan casarse. Los dos se encuentran en la salida del hospital para vivir una de las despedidas más tristes y desgarradoras, en un abrazo que marca el fin de su amor.

Candy arde de fiebre y se desmaya en la estación de tren. Los encargados de la estación descubren que tiene una carta que la identifica como miembro de los Ardlay, gracias a lo cual avisan a la familia y Archie va a buscarla. Allí, y estando todavía convaleciente, se entera de que Stair se alistó en el ejército como piloto, dejando a Patty completamente desconsolada. La tía abuela Elroy no quiere a Candy en su casa y ella acepta marcharse; de todas formas, Albert la espera impaciente.

Pero ocurre que Albert sufre un accidente y es atropellado por un coche mientras compraba ingredientes para prepararle a Candy una comida especial. El incidente, por fortuna, no es grave, pero será el motivo por el que poco a poco acabe recuperando la memoria. Mientras tanto, Candy se refugia en el trabajo para no pensar en Terry. Cuando el director del hospital le propone ser trasladada a una unidad móvil donde atenderá a los trabajadores de las nuevas líneas ferroviarias, Candy no duda ni un instante y acepta ir. Esta nueva aventura no será nada fácil para nuestra protagonista, pues los hombres que trabajan en las vías son rudos y violentos, y harán hasta lo imposible para obligarla a marcharse. Pero gracias a la ayuda de sus amigos, Candy consigue regresar a casa con esta prueba superada.


Desenlace



Un tiempo después, ya estando otra vez en Chicago, Candy salva a Neal de llevarse una paliza en la calle y le ayuda tras un accidente provocado por el inconsciente muchacho, haciendo que éste empiece a sentir algo por ella. Neal intenta cortejar a Candy a su manera, que suele ser tratando de obligarla a que le acepte una cita o siendo grosero con ella. Pero, por muchas veces que Candy le rechace, él parece decidido a hacerla suya de una manera o de otra. Eliza se da cuenta de que pasa algo raro y, molesta, vuelve a tramar otra manera de que Candy se aleje de ella para siempre. Convence a su madre para que hable con el director del hospital para que despidan a Candy y le impidan trabajar en cualquier otro hospital de Chicago. Por desgracia, la influencia de la señora Lagan acobarda al director y éste expulsa a Candy, quien se encuentra sin trabajo de la noche a la mañana. Por suerte para ella, podrá seguir ejerciendo su profesión en la Clínica Feliz, un curioso consultorio que atiende todo tipo de casos y cuyo doctor fue el que ayudó a Albert tras su accidente.

Por su parte, Albert encuentra a Terry ebrio en un bar y se lo lleva para tranquilizar su ánimo alterado. Tras recuperar la cordura, ambos hablan de lo que le ha pasado a Terry y lo ha llevado a ese lamentable estado. Albert lo anima a luchar por su sueño, tal como lo está haciendo Candy, quien a pesar de las vicisitudes por las que pasa, siempre le sonríe a la vida. Para entonces, Albert ha recuperado ya sus recuerdos, pero se siente incapaz de decírselo a Candy. Decide que es mejor marcharse y le deja una nota de despedida, lo que deja confundida a nuestra protagonista. Pero la desdicha vuelve a golpear a Candy cuando se entera de que su querido amigo Stair ha muerto en la guerra, alcanzado por el fuego enemigo. Después del funeral, se despide de Patty, que se marcha a Florida con su abuela.

Los problemas no dejan de perseguir a Candy dondequiera que vaya. Ni siquiera se ha recuperado por la muerte de Stair y la marcha de Albert cuando recibe noticias de la familia Ardlay para que se persone en la mansión. Al parecer, Eliza ha visto que un matrimonio entre Candy y Neal podría resultar beneficioso para los Lagan. La explicación es simple: al ser Candy la hija adoptiva del tío abuelo William, algún día heredará la fortuna familiar, y los Lagan quieren recibir la herencia obligándola a casarse con el caprichoso Neal. Tanto los Lagan como la tía abuela Elroy afirman que se trata de una orden directa del tío abuelo William y que Candy debe aceptarla, pero ella no se deja embaucar y exige ver al tío abuelo para pedirle explicaciones. Será George, el hombre de confianza del patriarca, quien la lleve ante él. Candy descubre entonces que el tío abuelo William, el hombre al que le debe tanto, no es otro que Albert.

William Albert Ardlay es el actual cabeza de familia del clan de los Ardlay, pero cuando fue nombrado como tal era demasiado joven y no se sentía preparado para aceptar tal responsabilidad. Él quería experimentar una vida libre, en pleno contacto con la naturaleza, y viajar por el mundo sin ataduras de ningún tipo, pero haciendo el bien a los demás. La tía abuela Elroy se lo consintió y se hizo cargo de todo hasta que el muchacho fuera presentado en sociedad. Albert y Candy dan un paseo y recuerdan cada uno de los momentos que pasaron juntos.

Ante tantas emociones, Candy decide tomarse unos días de descanso en el Hogar de Pony mientras Albert se ocupa de los Lagan. Un tiempo después, Candy corre por la colina de Pony, emocionada ante la idea de estar de nuevo en su hogar, cuando un sonido familiar llega a sus oídos. Es una gaita, y quien la toca no es otro que Albert, ataviado con el traje tradicional escocés. Candy finalmente descubre que Albert es también el Príncipe de la Colina. Él, su primer amor, ha estado todo este tiempo a su lado, protegiéndola, velando por ella. La serie acaba con todos los amigos de Candy reuniéndose en el Hogar para brindar por Candy y celebrar la vida, disfrutando de una fiesta de bienvenida. Candy se siente en paz por fin, tranquila, como la cálida brisa de la colina. Ahora sabe que es más fuerte que nunca y siente que al fin es liberada de toda preocupación.


Y este es el final de las aventuras de la pequeña pecosa, lo que no significa que todo el mundo se hubiera quedado conforme con esto. Ciertamente, el final del anime resultó un tanto decepcionante para gran parte del público, ya que esperaban un final feliz más acorde con la idea de pareja que tenían para Candy. En Europa, países como Francia e Italia llegaron a tal punto de adoración que se llegaron a publicar cómics que continuaban la historia de Candy, sin que sus autoras originales tuvieran nada que ver. De hecho, se puede notar que muchas de las viñetas son calcadas de las originales, pero con otros escenarios y textos más acordes a lo que el fandom demandaba.

Fue muchísimo más sonado el caso de Italia. Cuando se emitió el final original de la serie, los encargados de la retransmisión pensaron que, dado el alto contenido dramático y preocupados porque los fans podrían sentirse decepcionados ante un final en el que el amor no triunfaba, lo mejor era extender la serie un poco más creando un final alternativo por medio de la edición y el reciclaje de escenas de otro episodio. Candy se entera por los periódicos de que Terry se ha separado de Susanna, algo que la pone muy contenta. Viaja a Nueva York, donde se encuentra con Terry en la estación de tren, y ambos se funden en un abrazo y prometen no separarse nunca más.

Por si esto fuera poco, resulta que el final de la novela, y que es el que podríamos considerar como verdaderamente canónico, tampoco ayuda mucho a dilucidar la situación amorosa de Candy. En la novela, Candy rememora sus vivencias pasadas mientras hace alusión a su presente, en el que está casada y es feliz junto a la persona que ama. Lo que ocurre es que en ningún momento menciona el nombre de su misterioso marido, refiriéndose a él como "mi amado" (anohito en el original, que vendría a significar 'aquel a quien tú y yo conocemos'), lo que ha dado pie a un torbellino de especulaciones acerca de quién podría ser el amado de Candy. He visto auténticas peleas en grupos de fans que podrían haber terminado muy mal si quienes se tiran esos improperios se vieran las caras. Y lo más curioso es que Keiko Nagita dejó en la incógnita el nombre del amado de Candy pensando precisamente en sus fans, pues estaba convencida de que, haciendo esto, cualquiera podría imaginarse a su candidato preferido al lado de Candy y así todos estarían contentos.

El furor por Candy Candy llevó también a la creación y difusión de todo tipo de merchandising de la protagonista, como muñecas, bolsos, pegatinas, kits de enfermería, libros, material de papelería, agendas, diarios... También impulsó su adaptación en live action en Corea del Sur, donde se rodó una película en 1981, y en Indonesia una serie basada parcialmente en la historia original, rodada en 2007. No nos olvidamos, por supuesto, de las famosas OVAs que siempre salen en Japón cuando uno de sus animes se hace popular. De Candy Candy existen tres OVAs, dos del año 1978 y una del 1992, y en ellas se narran aventuras ya vividas por Candy y una pequeña aventura inédita.

Sin embargo, no todo lo que envuelve a Candy Candy es bonito. Somos muchos los que querríamos ver un remake de la entrañable Candy, pero parece ser que eso será imposible debido a la ruptura entre las autoras que, a día de hoy, sigue haciendo imposible que Candy Candy vea la luz en forma de manga o anime. En su día, nadie podía presagiar que Candy se convertiría en la gallina de los huevos de oro que cualquier escritor o mangaka persigue. Tras un par de décadas en las que se vendía prácticamente todo lo que tuviera el sello de Candy, llega el año 1995 y el contrato con la Kodansha expira, quedando en manos de las dos autoras la gestión de los derechos sobre la obra. Al principio todo parece ir bien, pues ambas acuerdan que ninguna podrá publicar o comercializar un producto sobre Candy sin la autorización, supervisión y consentimiento de la otra. Pero Keiko Nagita descubre que Yumiko Igarashi está comercializando unas maquinitas llamadas 'El club de impresión de Candy', que tomaban fotos instantáneas con la imagen de nuestra heroína. También relanza en Hong Kong el manga y, además, da luz verde para un drama radiofónico que será lanzado por entregas. Todo esto sin informar ni involucrar a Nagita. La autora demandó a Igarashi y en ese momento estalla un litigio que durará la friolera de quince años, provocando la desaparición de todo el material de Candy Candy. No se llegó a un acuerdo amistoso, de modo que en el año 2000, el Tribunal Supremo le dio la razón a Nagita. A día de hoy, la escritora puede publicar lo que crea oportuno bajo el título de Candy Candy, sin utilizar el material gráfico de Igarashi. Por otra parte, Igarashi no puede publicar nada, ni remotamente parecido, a la imagen de Candy sin el consentimiento de Nagita.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! Espero que os haya gustado este monográfico de Candy, uno de los personajes de manga y anime al que le tengo un cariño muy especial, y creo que tiene muchos puntos para que vosotros también la queráis.

¡Hasta pronto!

marzo 02, 2024

El Rincón del Lector XII: El Color Púrpura

 

¡Hola a todos!

De un tiempo a esta parte, y pese a mis muchas obligaciones laborales, me he visto en la obligación de levantarme más temprano que de costumbre para hacer tareas relacionadas con mi trabajo. Sin meterme en detalles, lo único que importa es que dispongo de varios ratos de tiempo muerto para dedicarlos a la lectura. De los tres libros que recibí como regalo de Navidad, he decidido empezar por El Color Púrpura por la gran carga emocional que tiene para mí. La historia de las hermanas Celie y Nettie me pareció tan conmovedora en su día que, cuando supe de la existencia de una novela, la pedí como regalo especial. Quería revivir con ella los mismos momentos emotivos que sentí al ver la película, comprobar si los personajes eran tan maravillosos e inolvidables como me los habían pintado. Esta es mi reseña y crítica al respecto. ¡Espero que os guste!



Título: El Color Púrpura

Autor: Alice Walker

Editorial: DeBolsillo

Nº de páginas: 218 págs.

Año: 1982

Sinopsis: Esta es la historia de dos hermanas: Nettie, que ejerce como misionera en África, y Celie, que vive en el Sur de Estados Unidos, casada con un hombre al que odia y abrumada por la vergüenza de haber sido violada quien cree que es su padre. A lo largo de treinta años ambas mantienen vivos el recuerdo y la esperanza de reencontrarse, mientras vuelcan sus sentimientos en unas cartas conmovedoras, poniendo el foco en las vivencias familiares y las duras injusticias cotidianas.


RESEÑA (sin spoilers)

Cuando llega a nosotros una historia tan dura, fuerte y conmovedora como El Color Púrpura, uno sabe que se ha encontrado con algo que lo marcará de por vida. Mi primer acercamiento fue a través del cine, de la mano de Steven Spielberg, quien llevó esta novela a la gran pantalla en el año 1985 de una manera tan magistral que me parece inconcebible que no se llevara el Oscar a la Mejor Película de aquel año. Ya he dicho varias veces que adaptar un libro a película o serie no es nada fácil, pues por el camino se pierden muchos detalles que, por su particularidad, son prácticamente imposibles de adaptar por una cámara. Sin embargo, a veces me topo con excepciones y, para mi felicidad, esta película fue una de ellas. La novela, en cambio, me dejó un poco más fría en ese aspecto, pero no sé si se debe al estilo de escritura de la autora o al hecho de haberlo leído estando enamorada de la película, algo que quizá contribuyó a enfriar un poco mi entusiasmo por él.

Pero vamos a ver esto poco a poco.

La historia nos traslada a Estados Unidos, a principios del siglo XX. Celie, una muchacha negra de catorce años y narradora en primera persona de la mayor parte de la novela, comienza a escribir cartas dirigidas a Dios porque no tiene a nadie más a quien confiarle su sufrimiento. Y es que, pese a su corta edad, Celie ya ha sufrido en sus carnes el dolor del abuso sexual a manos de su propio padre quien, al no encontrar desahogo en su esposa enferma, utiliza a Celie y pretende hacer lo mismo con su hermana menor Nettie, algo que Celie impide ofreciéndose ella misma para que su padre deje en paz a la niña. De estas recurrentes violaciones, Celie se queda embarazada dos veces, y en ambas ocasiones su padre entrega a los niños después de nacer, dejando a Celie dudando acerca de su destino.

Tras la muerte de su esposa, el hombre se vuelve a casar y obliga a Celie a casarse con un completo desconocido, un hombre viudo al que ella llama "Míster" y para quien a partir de ese momento tendrá que llevar la casa, criar a sus hijos y realizar las duras tareas del campo. Su marido también la golpea y abusa de ella, pero Celie no tiene fuerza ni valor para enfrentarse a él o cambiar su destino. En un mundo en el que no ha recibido más que palizas, abusos y humillaciones, la única que le profesa amor sin límites es su hermana Nettie, quien vive con ella una temporada buscando refugio de la persecución de su padre. Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que Míster se acerque también a Nettie, por lo que ésta se ve obligada a huir, no sin antes prometerle a Celie que le escribirá con regularidad. Pero el tiempo pasa y Celie no recibe ninguna carta, así que piensa que Nettie ha muerto.

Las cosas cambiarán para Celie cuando entren en su vida dos mujeres formidables de gran carácter. Una de ellas es Sofía, la que se convertirá en esposa de su hijastro Harpo, una joven que desde muy temprana edad también ha tenido que luchar contra el desprecio y maltrato de sus propios parientes varones, sólo por tener un carácter fuerte y no dejarse pisotear. Sofía es todo lo que Celie no es: fuerte, indomable, llena de energía. No permite que nadie la someta ni consiente impertinencias de nadie, llegando a recurrir a la violencia física si la golpean, algo que la meterá en muchos problemas que iremos descubriendo a lo largo de la novela.

La otra mujer es Shug Avery, una cantante de blues que, además, es amante recurrente del marido de Celie, quien está loco por ella. Una noche, Míster trae a Shug, enferma, a su casa para cuidarla. Desde el primer momento, Celie queda fascinada por la bella y segura de sí misma mujer. Durante la convalecencia de Shug, Celie se encarga de cuidarla y ambas se hacen muy buenas amigas, llegando a volverse casi inseparables. Es Shug quien le enseña a Celie que el amor físico no tiene nada que ver con la violencia que ella ha vivido toda su vida, y esta lección calará muy hondo en Celie, llevándola a iniciar un gran cambio con el objetivo de alcanzar su propia emancipación para no tener que depender de nadie más que de sí misma.

Como habéis podido comprobar, esta novela tiene una temática bastante sensible y dura. Sin embargo, me ha sorprendido lo poco que me ha afectado a nivel emocional. El Color Púrpura tiene la virtud de no darle apenas descanso a sus personajes en lo que a sufrimiento se refiere. Puede suceder algo bueno en una de las cartas, pero a la siguiente veremos que la balanza vuelve a caer del lado del dolor, la injusticia, el racismo, la violencia y la humillación. En ese sentido, Alice Walker no le da apenas tregua a sus personajes, pues les hace pasar por una ristra de calamidades tal que uno no comprende cómo son capaces de soportarlo. Supongo que es una manera de mostrarnos la fortaleza interior del ser humano, con especial hincapié en el pueblo afroamericano y sobre todo las mujeres de raza negra, que aquí son víctimas recurrentes de todo lo malo que le puede suceder a una persona. Con todo, vuelvo a decir, me resulta incomprensible que me haya afectado tan poco lo que les sucede a estos personajes. Tal vez sea porque, con tanto sufrimiento, una ya se acostumbra a verlo y lo normaliza, lo ve como "cosas que pasan", por decirlo de forma cruda. La otra razón podría ser, y siento repetirme, que sigo pensando en cómo lo mostró la película y lo mucho que me impactó en su momento.

También me ha chocado un poco la abrupta división de la novela en lo que parecen ser dos partes. La primera de ellas, por supuesto, nos es contada por la propia Celie, mientras que la segunda se centra en Nettie, cuya huida y desventuras la llevan a embarcarse en un emocionante periplo por África, donde ejercerá de misionera en el pueblo de los olinkas. A través de ella conoceremos las grandes dificultades que tenían los misioneros para acercarse a las tribus africanas y traerles todo aquello de lo que gozaba el hombre occidental, pero también nos sirve para descubrir que el regreso a los orígenes no significa que vaya acompañado del sentido de la pertenencia a cierto lugar o costumbres, pues la clave está en la adaptación. Tanto Nettie como los misioneros a los que acompaña son negros, pero en África no son muy diferentes del temido hombre blanco que destruye bosques para construir carreteras o siembra árboles extraños para utilizarlos en su próxima guerra. Las costumbres americanas de Nettie son vistas con recelo por los olinkas, que no entienden por qué las niñas deben recibir una educación si no la van a necesitar cuando se casen. Todo redunda en hacer que la mujer siempre esté sometida, da igual que la acción discurra en América o en la lejana África.

Y es que la gran razón de ser de El Color Púrpura es el feminismo.

Es importante resaltar el fuerte sesgo feminista que tiene la novela, algo que la autora no pretende ocultar en ningún momento. Algún crítico la ha definido como 'suave utopía feminista', donde Celie, la eternamente oprimida, se fortalece gracias al afecto de otras mujeres y lucha por liberarse de los grilletes de su vida doméstica. Parece que la moraleja de la historia fuera que las mujeres sólo pueden encontrar amor, comprensión y cariño en otras mujeres, ya que los hombres son débiles e inútiles en el mejor de los casos, y violadores o maltratadores en el peor. Y no es que esto me parezca mal, ya que soy consciente de que Walker ha retratado una sociedad que en aquel tiempo se caracterizaba por un feroz racismo y un machismo galopante; de ahí que la mujer negra sufra de lo que el feminismo llama doble opresión: discriminación por ser mujer y por ser negra, incluso por parte de gente de su propia raza. Pero me hubiera gustado que hubiese al menos más hombres buenos alrededor de estas mujeres, al menos para compensar tanto dolor y maldad. En el sentido en que nos es presentado El Color Púrpura, podemos considerar esta obra como un canto de admiración por las mujeres negras oprimidas, cuyo valor intrínseco las ha llevado a luchar con uñas y dientes para hacerse oír y respetar, para enfrentarse a quienes tanto daño les hicieron. Como dice la propia Celie hacia el final de la novela: "Soy pobre, soy negra, puede que fea y no sé guisar, dice una voz a todo el que quiera oírla. Pero aquí estoy".

Pese a que la historia llama la atención, es emotiva y cruda, sensible y dura al mismo tiempo, los pequeños detalles que parecen salirse de contexto han hecho imposible que me haya emocionado tanto con su lectura como lo hice en su día al ver la película. Insisto en que no se trata de una mala novela, y estoy segura de que a muchos les entusiasmará su lectura, pero a mí no me ha calado tan hondo como esperaba. El diablo, como se suele decir, está en los detalles, y son esas pequeñas diferencias y salidas de contexto las que me han apartado poco a poco del libro.

Se podría decir que no adoro esta novela, pero tampoco la odio. Podría haber sido mejor, pero no está nada mal.

¡Hasta pronto!

enero 06, 2024

Propósitos de Año Nuevo y cómo llevarlos a cabo

 

¡Hola a todos!

¡Y feliz 2024! Empezamos un nuevo año con más ganas que nunca de comernos el mundo, de hacer mil cosas, de darle una vuelta a todo y cambiar nuestra vida a mejor. Es el momento de hacer la lista de propósitos para el año nuevo y de prometernos a nosotros mismos que esta vez no será como otros años, que cumpliremos dichos propósitos. Sin embargo, estoy segura de que las buenas intenciones nos durarán, a lo sumo, tres semanas y todo volverá a ser como antes. Es así. No es algo de lo que sentirse orgulloso, pero tampoco hay necesidad de torturarse, puesto que ya esto nos ha pasado muchas veces. Pero, ¿por qué no podemos cumplir los propósitos de Año Nuevo? O, mejor aún, ¿cómo podríamos cumplirlos este año?

A estas alturas, muchos nos apresuramos a dejar atrás todo lo que no nos ha gustado del año que acaba de pasar. Empieza un año nuevo, queremos renovarnos, hacer cosas diferentes y plantarle cara al futuro con ganas y buena actitud. Es aquí donde entran en escena los propósitos de Año Nuevo, esos objetivos personales que nos marcamos a finales de diciembre y que suponen una motivación para empezar el año, aunque luego lo más probable es que no se cumplan, bien por falta de tiempo, dinero o ganas. Esto no debería desanimarnos, pues creo que puede dársele un enfoque positivo a la situación. En vez de marcarnos muchos propósitos, quizá lo mejor sería ponernos pocos pero que nos veamos capaces de cumplirlos. En vez de decir "este año voy a viajar más", podríamos decir "este año voy a ahorrar para viajar a ese lugar al que siempre he soñado ir".

Vamos a ver cuáles son los principales propósitos para Año Nuevo y algunas formas de llevarlos a cabo.


1. Hacer ejercicio

Empezamos con todo un clásico dentro de los propósitos de Año Nuevo. Creo que no hay nadie en este mundo que no se haya planteado alguna vez empezar a hacer más ejercicio. La sociedad en la que vivimos tiende cada vez más al sedentarismo, a la comodidad extrema, al hacer lo menos posible o con el menor esfuerzo. Nos hemos acostumbrado a trabajar sentados frente a una pantalla durante ocho horas y no encontramos tiempo para salir a dar un buen paseo o mover nuestros agarrotados músculos. En enero, los gimnasios se llenan de nuevos miembros que ansían quemar esas grasas acumuladas tras un año entero de inmovilidad, pero es igual de habitual que en los meses sucesivos baje el nivel de asistencia por aburrimiento, porque el esfuerzo que hay que hacer es notorio y porque es mucho más fácil rendirse y seguir con lo de siempre, que cuesta menos.

Si queremos llevar a cabo este propósito, hay que plantearse ir poco a poco y aumentar el ritmo a medida que nos vamos acostumbrando. Una jornada intensiva en el gimnasio el primer día hará recular a cualquiera que no haya hecho flexiones en veinte años. ¿Por qué no empezar por algo más suave? Unos minutos de cardio al día e ir aumentando semana a semana. Salir a correr tres veces por semana y, poco a poco, todos los días. Hacer pesas e ir subiendo la intensidad. Os sorprenderíais de lo que sois capaces de hacer con tiempo y disciplina. El ejercicio es salud, así que estaréis invirtiendo en vosotros mismos. Pero no se puede empezar una casa por el tejado. Comenzad desde abajo, poco a poco, pero sin rendiros. Convertidlo en una costumbre más y conseguiréis introducir el hábito del ejercicio en vuestra rutina diaria.


2. Perder peso y hacer dieta

Otro clásico, pero hay que tener cuidado con este porque hay que tener en cuenta muchos factores y es uno de los que más nos frustra no poder cumplir. Si hemos llegado a la conclusión de que tenemos que perder peso, es porque sabemos que no estamos siguiendo unos hábitos de vida saludables. Quizá comemos muy poca verdura, abusamos de las grasas, comemos más dulces de los que deberíamos... Esos malos hábitos nos indican que estamos llevando a cabo una mala dieta; en otras palabras, que no nos estamos nutriendo todo lo bien que tendríamos que hacer. El cuerpo echa en falta los nutrientes que nos faltan y recoge los que le introducimos de más, lo que se traduce en gordura y los problemas que puede acarrear, como enfermedades cardiovasculares. Como, además, queremos ver resultados más pronto que tarde, nos metemos en dietas muy estrictas y poco saludables que nos hacen perder una barbaridad de kilos, pero que nos harán recuperarlos en cuanto dejemos la dieta, sufriendo lo que se llama "efecto rebote".

Bien, pues aquí voy a ofrecer mi punto de vista como persona que lleva ya un año siguiendo una nueva dieta. En primer lugar, si vais a hacer un cambio en vuestra dieta, tenéis que tener siempre presente que es por vuestra salud. Id al médico y hablad con él de vuestros hábitos alimentarios, o poneos en contacto con un nutricionista que os pueda orientar. Mi consejo es que sigáis la dieta mediterránea, rica en verduras, cereales y carnes blancas, y veréis que se os abrirá un mundo nuevo de posibilidades. En vez de freír ese filete, mejor hazlo a la plancha; en vez de acompañarlo con patatas fritas embadurnadas en salsa, hazte una buena ensalada con verduras o legumbres. Y, en segundo lugar, os hará falta tener mucha disciplina. Es como con el ejercicio: si no sois personas disciplinadas y os proponéis en serio cambiar, volveréis a los malos hábitos en un abrir y cerrar de ojos.


3. Aprender algo nuevo

 Aprender cosas siempre es algo muy positivo. No sólo por lo estimulante que es adentrarse en un mundo nuevo y aprender de él, sino también por los efectos tan buenos que puede ejercer sobre nosotros, como abrir nuestra mente, mejorar nuestras habilidades e, incluso, conocer a otras personas y enfoques diferentes. Por eso a principios de año aumenta el número de alumnos que se apunta a cursos de idiomas, floristería, cocina, marketing, costura, programación... Un solo vistazo en Internet y tendremos a nuestra disposición una enorme cantidad de cursos de formación, de casi cualquier cosa que nos podamos imaginar. De todos los propósitos de Año Nuevo, este quizá sea uno de los más fáciles de llevar a cabo, ya que el aprender a hacer algo no tiene por qué ser algo agotador. Además, cuando se trata de algo que nos gusta, tendemos a poner más empeño en ello y no necesitamos sacar fuerzas extra para llevar a cabo esta nueva actividad.

Si estáis decididos a aprender algo nuevo, mi consejo sería que os lanzarais a algo que penséis que os puede gustar, pero que quede fuera de lo que estáis acostumbrados. Si os gusta el mundo de las manualidades, ¿por qué no os atrevéis con un curso básico de costura o de bricolaje? Si sois un poco tímidos, ¿qué os parece un curso de interpretación, clases de baile o aprender a debatir en público? Hay cursos para todos los gustos, y lo mejor es que muchos los podemos encontrar gratis en Internet. No hay excusa que valga, amigos. Yo, este año, me he propuesto aprender sobre etiqueta y protocolo, porque es algo que me gusta mucho y creo que da una imagen muy elegante. ¿Y vosotros?


4. Dejar de fumar o beber menos

Este propósito también es uno de los más repetidos a estas alturas de año, por obvias razones. Como yo no he fumado en mi vida y no bebo alcohol ni siquiera en situaciones sociales, nunca he tenido que hacerme este propósito, aunque se puede aplicar también a otros vicios como comer demasiados dulces o abusar del café. Cuando adquirimos un vicio, es importante que tengamos en cuenta de que se trata de algo que, por mucho que nos guste o mucho placer que nos aporte, es algo que es malo para nuestra salud, y a la larga vamos a padecer sus efectos. Antes de dejar atrás un vicio, es importante que nos preguntemos por qué nos hemos metido en él. ¿Fumamos porque todos a nuestro alrededor lo hacen y nos hemos sentido influenciados por el ambiente? ¿Bebemos de más porque creemos que así nos lo pasamos mejor cuando salimos por las noches? ¿Abusamos del chocolate porque tenemos la necesidad de llenar un vacío interior con comida basura? Si os sentís familiarizados con estas preguntas, quizá es que habéis adquirido un vicio como una manera de evitar sentir ciertas emociones; en estos casos, lo mejor sería consultarlo con un especialista para asegurarnos de que la cosa no se agrave con el tiempo.

En cualquier caso, la disciplina vuelve a ser la clave para llevar a cabo este buen propósito. Si queréis dejar atrás los malos vicios, tiene que saliros del corazón. Tenéis que estar convencidos de que hay algo que estáis haciendo mal y queréis cambiar. Pero los cambios son duros, tenedlo en cuenta, y los primeros pasos siempre son los más difíciles. Por eso es necesario ser constantes en nuestro empeño y no rendirnos a la primera de cambio. Si veis que os cuesta mucho dejar un vicio o habéis recaído varias veces, quizá sea mejor hablarlo con nuestro médico para que nos recete algún medicamento que nos ayude a controlar la ansiedad. Pero los milagros no existen, sino que nosotros mismos los creamos. Si queréis dejar atrás definitivamente ese vicio que os atormenta, tendréis que ser muy fuertes.


5. Adquirir un nuevo pasatiempo

Este propósito va de la mano con el de aprender nuevas cosas, pero no es exactamente igual. Aunque aprender algo puede convertirse en una nueva afición, hay quien ve los cursos de aprendizaje como algo que no se sale de lo académico, por lo que los enfocan hacia su enriquecimiento personal y laboral. Un pasatiempo es una actividad que realizamos por puro placer, para aliviar el estrés y distraer nuestra mente de los problemas cotidianos. No tiene que suponer aprender algo nuevo: si se nos da bien el bordado, nos sentiremos bien llevando a cabo esa actividad tan familiar para nosotros. La adquisición de un nuevo pasatiempo implica que tendremos que dedicarle tiempo, primero para aprenderlo y después para desarrollarlo. Y dinero, por supuesto. Hay aficiones que requieren de una mayor inversión económica que otras (y esto los fans de Warhammer 40K lo saben muy bien), pero eso no tiene por qué hacernos desistir de llevar a cabo algo nuevo que nos interesa.

Aquí, considero que la clave para cumplir este propósito es tanto la constancia como el ahorro. Para empezar un pasatiempo nuevo, es necesario invertir un poco en él. Haced cuentas y calculad cuánto podéis destinar a vuestra nueva afición; es posible, incluso, que ya tengáis muchos de los materiales necesarios para empezar. Y, una vez lo tengáis todo, es momento de dar rienda suelta a vuestra creatividad y divertiros. Si os habéis planteado iniciar un hobby este año, espero que lo disfrutéis mucho.


6. Viajar más

Este propósito podría venir de la mano del anterior, ya que el viajar puede considerarse también como un pasatiempo. Pero, ojo: requiere de una mayor inversión. Si nuestra idea de viajar implica hacer vuelos al extranjero, es posible que no nos salgan las cuentas o que no sepamos en qué se nos va el dinero y acabemos gastando de más. En cambio, podemos optar por viajar a lo largo y ancho de nuestro país, algo que, además de ser más barato, tiene otros beneficios: no tenemos que aprender otros idiomas, no necesitamos sacarnos un pasaporte, es más fácil encontrar alojamientos baratos y, como colofón, descubriremos que nuestra tierra tiene rincones preciosos que no tienen nada que envidiar a los que hay en otras partes del mundo.

El hecho de viajar debería implicar, a mi modo de ver, algo más profundo que el hecho de visitar otro país o región. Cuando viajamos, vamos dispuestos a conocer otro modo de vivir y ver las cosas. Vamos a conocer otras culturas, otros parajes, otras comidas... Es una oportunidad magnífica para aprender y llenarnos la cabeza de nuevas sensaciones, de ahí que resulte un propósito muy estimulante. Pero, claro está, no podemos pasarnos la vida viajando porque nuestro bolsillo se resentiría. Además, el objetivo del viaje es conocer un mundo nuevo y volver para contarlo.


7. Dedicar tiempo de calidad

No nos damos cuenta, pero el tiempo es el bien más valioso del que disponemos, y regalárselo a alguien a quien queremos es uno de los mayores actos de amor que existen. En estos tiempos que vivimos, en los que el trabajo ocupa gran parte de nuestros días, es complicado encontrar tiempo de calidad para invertir en nuestros seres queridos. ¿Cuántos nos hemos olvidado de llamar a nuestros abuelos porque estamos pensando en cosas relacionadas con el trabajo? ¿Cuántas veces nuestros hijos nos han pedido jugar y les hemos dicho que no porque siempre hay otras cosas que hacer? ¿Cuándo fue la última vez que quedamos con un amigo para tomar un café y ponernos al día? Dedicar tiempo de calidad a nuestra familia y amigos es uno de los mejores propósitos que podemos tomar este año, y vale la pena ponerle todo nuestro empeño.

Buscar tiempo hoy en día no es fácil. Tenemos tantas responsabilidades que los días se nos hacen cortos, pero siempre podemos encontrar tiempo para dedicar a los demás. Una buena planificación del tiempo y evitar la pereza nos ayudarán a no procrastinar y a sacar ese tiempo tan necesario para nuestros seres queridos. Pronto empezaréis a ver resultados y podréis invertir el tiempo en quien más os quiere. Lo mismo ocurre con la pareja, con el añadido de que necesita un cuidado especial y continuado. Para tener una relación de pareja sana, sería interesante organizar citas o momentos especiales para no perder la chispa. Si lo que queremos es darle prioridad a nuestras amistades, podemos intentar unirnos a planes que nos ayuden a salir de la rutina y hacer saber a nuestro círculo que nos importa.


8. Cuidar nuestro bienestar

Dedicarle tiempo a los demás es algo maravilloso, como hemos podido ver en el apartado anterior, pero tampoco debemos descuidarnos a nosotros mismos. En el mundo en el que vivimos, vivir sin estrés parece todo un reto. No se trata de no sentir estrés, sino de saber cómo gestionarlo. Cuando sentimos demasiado estrés, es el momento de echar el freno y empezar a actuar de otra manera. El estrés puede fácilmente derivar en ansiedad o depresión, y es importante no dejar que eso suceda. Por eso es tan importante dedicarnos a nosotros mismos, encontrar tiempo para descansar, para olvidarnos del trabajo o de ciertas responsabilidades, para relajarnos y encontrar la paz mental. La falta de descanso no nos ayudará a conseguir nuestros propósitos de Año Nuevo; por eso, es posible que este sea uno de los mejores propósitos que nos podemos plantear llevar a cabo.

¿Y qué podemos hacer para cuidar nuestro bienestar? Hay muchas formas de quitarnos el estrés: un baño relajante, preparar nuestra comida favorita en nuestro día libre, dar un largo paseo por el campo o la playa, escuchar música relajante, meditar... Nuestros pasatiempos serán nuestros mejores aliados en este propósito, sobre todo si son actividades tranquilas que nos relajan y nos ayudan a despejar la mente. Lo importante es darnos cuenta de que hay que limitar las cosas que nos provocan estrés (estar muy pendiente del teléfono, no dejar de pensar en el trabajo...) y centrarnos en lo que de verdad nos llena espiritualmente. Ser feliz es el objetivo que debemos marcarnos, y para ello es necesario, una vez más, tener una buena autodisciplina y muchas ganas de seguir adelante.


Estos son, a grandes rasgos, los propósitos que todos nos hemos hecho alguna vez. Sin embargo, es difícil cumplirlos todos. Muchas veces nos planteamos los objetivos del nuevo año llevados más por la euforia y la ilusión que por verdadera voluntad de cambiar algo en nuestras vidas. Plantearnos grandes retos nos hace que sea imposible cumplirlos, acarreando con ello la correspondiente frustración y bajada de autoestima. Además, si son objetivos poco realistas o inalcanzables, la motivación bajará rápidamente.

¿Qué hacer entonces para cumplir nuestros propósitos de Año Nuevo? Pues aquí os van unos consejos:

1. Ponte como reto dos o tres propósitos y trata de llevarlos a cabo uno por uno. Así, podrás enfocarte en lo que de verdad deseas cambiar de tu vida.

2. Escribe tus propósitos en un papel o en un lugar donde suelas apuntar las cosas importantes, para que puedas leerlos siempre que necesites un empujoncito.

3. Haz una buena planificación semanal y mensual. De este modo, podrás llevar a cabo mejor tus objetivos y verás tus progresos.

4. No lo dejes para mañana. Empieza hoy mismo, sin dudarlo. Cuanto más tiempo dejes pasar entre el dicho y el hecho, antes perderás las ganas de cumplir tus objetivos. La disciplina y la constancia serán tus mejores aliados.

5. Date una recompensa cuando logres cumplir un objetivo, ya sea un caprichito, una experiencia o, simplemente, reconociendo todo el esfuerzo que has puesto para conseguirlo.

6. No te obsesiones por no cumplir tus propósitos de Año Nuevo. Trabaja en ellos cuanto te sea posible, pero no descuides tu salud mental. Recuerda que el objetivo principal de los propósitos es hacernos felices.


¡Feliz 2024 a todos, amigos! ¡Gracias por estar ahí!