octubre 09, 2026

900 días: el caso de Anabel Segura

 


España, años 90. Aquella década se caracterizó, entre otras cosas, por la desaparición en misteriosas circunstancias de decenas de adolescentes. Hacía poco que se habían descubierto los cadáveres de las niñas de Alcásser, la joven Gloria Martínez se había esfumado como por ensalmo del centro psiquiátrico en el que estaba ingresada, y se seguía sin saber el paradero de las niñas de Aguilar de Campoo. Y fue en 1993, en un momento en el que el país todavía no había sanado de estas terribles heridas, cuando se produjo el secuestro de Anabel Segura, un caso que mantendría en vilo a la sociedad española durante dos largos años hasta su resolución.

Anabel Segura Follers, de veintidós años, cursaba 4º de Empresariales en Comillas ICADE, una universidad privada de Madrid. Era una joven de buena familia: su padre, José Segura Nájera, era director de Lurgi Española, una empresa de construcción de plantas industriales. Su madre era Sigrid Follers, a quien su padre había conocido en Alemania y con quien había tenido dos hijas: la propia Anabel y su hermana menor Alejandra. La familia tenía su residencia en la urbanización Intergolf, situada en el acomodado barrio de La Moraleja (Alcobendas), un lugar habitado principalmente por gente de alto standing. 

El 12 de abril de 1993, la familia Segura Follers estaba pasando unos días de asueto en el sur de España, concretamente en la región de Andalucía. Habían estado en Sierra Nevada esquiando y ahora se encontraban en Marbella, disfrutando de la Costa del Sol. Sin embargo, Anabel había vuelto a Madrid antes de lo previsto porque tenía que preparar unos exámenes. Aquel día prometía ser como cualquier otro. Aunque la joven tenía por costumbre levantarse temprano, comer algo y salir a correr, aquel día cambió su rutina y decidió estudiar un poco hasta el mediodía; a las 14:30 salió de su casa con la intención de hacer un poco de ejercicio, llevando consigo su walkman.

A la altura del Colegio Escandinavo, se encontró con Antonio, el conserje del colegio, al que saludó mientras seguía corriendo. Pero, en el momento en que el conserje entró de nuevo en el edificio para continuar con su trabajo, escuchó voces y gritos. Cuando salió, se dio cuenta de que había una furgoneta blanca de la que se habían bajado dos hombres que forcejearon con Anabel y la metieron en el interior del vehículo antes de salir de allí a toda velocidad. Durante el forcejeo, Anabel Segura luchó con todas sus fuerzas, oponiendo una resistencia feroz, al punto que perdió la chaqueta del chándal que llevaba anudada a la cintura y el walkman. El conserje regresó rápidamente al colegio para avisar de lo sucedido a las autoridades y, aunque no pudo dar la matrícula ni la marca de la furgoneta por no llevar las gafas puestas en el momento del incidente, al menos logró que la Policía diera comienzo a la investigación.

A pesar de que en aquel tiempo no existían las redes sociales, la desaparición de Anabel pronto llegó a los medios y conmocionó a la población española. La Brigada Provincial de Policía Judicial de Madrid se volcó en la investigación, y la familia Segura Follers se apoyó mucho en la figura de Rafael Escuredo, expresidente de la Junta de Andalucía y abogado, que asumió el papel de portavoz oficial de la familia.



El 14 de abril, los padres de Anabel reciben la primera llamada de los secuestradores a las 20:00 horas, y fue Escuredo quien contestó aquella llamada y recogió la demanda de los delincuentes: querían 150 millones de pesetas (algo más de 900.000 € actuales) a cambio de devolver sana y salva a Anabel. En paralelo a aquellas conversaciones, los padres de Anabel ofrecieron una recompensa de 15 millones de pesetas a quien pudiera darle una pista sobre el paradero de Anabel. No escatimaron en gastos para buscar a su hija, pues llegaron a contratar a expertos privados en secuestros.

El 16 de abril, los secuestradores realizan otra llamada, que también recibe Escuredo, exigiendo el pago del dinero. El problema es que la familia sólo había conseguido reunir sesenta y tres millones de la cantidad exigida (unos 380.000 €), hecho que enfurece a los secuestradores y les hace cortar la llamada. Volverían a llamar tres días después para renegociar el rescate, aceptando la cantidad reunida y dando la ubicación exacta de dónde debía dejarse el dinero: el kilómetro 126 de la N-II, sito en Guadalajara. Los secuestradores son muy claros al respecto: no quieren policía ni gente extraña por los alrededores. Sólo deben dejar allí el dinero y después les llamarán para decirles dónde van a dejar a Anabel. Pero la Policía no se deja engañar y monta un dispositivo en zonas aledañas para vigilar los movimientos de los secuestradores. El dinero se deposita en una bolsa en el lugar indicado, pero pasan las horas y nadie viene a buscarla. Se detecta por las cercanías una furgoneta blanca, pero ésta pertenece a un guarda forestal que no tiene relación alguna con el caso.

El 29 de abril reciben otra llamada de los secuestradores, en la que dicen que no recogieron el dinero por haberse dado cuenta de que había policías por los alrededores. Tras amenazar con matar a Anabel si seguían jugando con ellos, organizan otra recogida para el 6 de mayo con un nuevo punto de entrega, esta vez cerca de Tarancón (Cuenca). Hay que tener en cuenta que, hasta el momento, los secuestradores no habían aportado ni una sola prueba de que Anabel Segura estuviese viva, a pesar de las reiteradas peticiones de la familia. Su estrategia consistía en dar largas continuamente, jugando con la desesperación de los padres de Anabel. Y, pese a sus amenazas, la Policía vuelve a montar otro operativo en las cercanías del punto de encuentro, pero el resultado vuelve a ser el mismo. Nadie pasa a recoger la bolsa.

La siguiente llamada se produce el 22 de junio, tras una emisión de Código Uno, un programa de televisión de los 90 que abordaba sucesos criminales reales que aún no habían sido solucionados por la Policía. Durante la llamada, la familia Segura Follers muestra una gran firmeza y le dice a los secuestradores que no verán una sola peseta hasta que no se les entregue una prueba de que Anabel está viva. A pesar del enfado de los secuestradores, estos envían la prueba dos días después de aquella llamada. Esta prueba resulta ser una cinta de cassette en la que se oye a una mujer diciendo que sus captores no la tratan mal y despidiéndose de sus padres y su hermana. Tras la grabación, uno de los secuestradores asegura que, si no se cumplen sus peticiones, en treinta días ejecutarán a Anabel sin más miramientos.

Sin embargo, a partir de aquí empiezan a cambiar las cosas. Esta última llamada resulta ser lo bastante larga como para localizar el punto desde el que se realiza, que resulta ser una cabina telefónica del distrito de Vallecas. Pero también se descubre algo desgarrador, y es que la familia se da cuenta de que aquella voz no es la de su hija Anabel. Esto sólo les deja con dos opciones: o aquellas llamadas las hacían dos impostores que se hacían pasar por los verdaderos secuestradores, o Anabel estaba muerta.



Mientras tanto, la Policía seguía analizando la cinta, que arrojó bastantes más pistas de las que pudiera parecer a simple vista. A pesar de las limitaciones de los equipos tecnológicos de la época, se consiguen captar varios sonidos de fondo. Después de las amenazas, se oyen varias canciones del álbum Aidalai de Mecano sobre las que habían grabado el mensaje, lo que hace suponer que los secuestradores no son profesionales. También se oyen las voces de unos niños jugando, el chirrido de una puerta y el timbre de una casa, pero lo que capta la atención de los investigadores es la frase "pimientos coloraos", un modismo lingüístico que parecía propio de Vallecas. Sin embargo, por el momento esta pista no les conduce a ninguna parte. En septiembre de 1994, la Policía solicita permiso para reproducir la cinta de la voz del secuestrador a presos de confianza en diferentes cárceles con la esperanza de que alguien pudiese reconocerla. También se recurre a la BKA, la Policía alemana, donde el doctor Hermann Künzel, un experto en análisis de voz, recibe las grabaciones para poder estudiarlas.

Pero lo que va a provocar un avance en la resolución del caso será su difusión mediática. En noviembre de 1994 se emitieron fragmentos de la grabación en el programa ¿Quién sabe dónde?, presentado por Paco Lobatón, y en la misma emisión se ofrecieron sesenta millones de pesetas a las personas que pudieran dar alguna pista que llevara a identificar la voz del secuestrador. Esto resulta ser un punto crucial, porque la emisión pública de aquella grabación generó una avalancha de llamadas de las que unas tres mil fueron más o menos tenidas en cuenta. Se hace lo mismo en varias emisoras de radio con la intención de mantener vivo el interés público por la desaparición de Anabel.

Finalmente, en mayo de 1995 aparece por fin una pista clave. Un vecino de Escalona (Toledo) llamó a la Policía para decir que él conocía al secuestrador de Anabel Segura. Se trataba de Emilio Muñoz Guadix, alias el Facha, un repartidor vallecano que trabajaba para una empresa de paquetería. Todas las pistas apuntaban hacia él: vivía en el pueblo toledano de Pantoja, su empresa había hecho trabajos en La Moraleja, tenía una furgoneta blanca, cerca del primer punto elegido para el pago en Guadalajara vivía un hermano suyo, estaba casado con Felisa García y tenía dos hijos. No tenía un expediente limpio: a los diecinueve años había pisado la cárcel por llevar a cabo atracos armado con una escopeta. Además, los investigadores encontraron un detalle curioso. Semanas después del secuestro de Anabel Segura, Emilio había denunciado la pérdida de su DNI, lo que le sirvió de excusa a la Policía para llamarle, grabar su voz y compararla con la del secuestrador. La vigilancia sobre él se intensificó, llegando a pinchar los teléfonos de sus padres y de su hermano, quien le acusaba de ser un asesino. En una de aquellas llamadas, se captó una conversación entre Felisa y su cuñado en la que ésta reconocía haber sido cómplice del delito al haber grabado la cinta imitando la voz de Anabel Segura. Pero, aun con todas estas pruebas, la Policía se mantuvo vigilante durante varias semanas hasta que el 28 de septiembre de 1995 le detuvieron en plena calle Orense de Madrid, y todo fue tan rápido que no le dio tiempo a reaccionar.

Mientras la Policía detenía a Felisa en su hogar, no se tardó en dar con el segundo secuestrador implicado. Se supo que el cómplice de Emilio era Cándido Ortiz Añón, amigo de la infancia y fontanero de profesión, que se había mudado hacía poco tiempo a Escalona. Los tres fueron arrestados y puestos a disposición judicial, pero quedaba por saber lo más importante: ¿Dónde estaba Anabel?



Tenemos que retrotraernos al 12 de abril. Era lunes de Pascua y la casualidad quiso reunir a dos viejos amigos: Emilio y Cándido. Mientras tomaban algo en un bar cercano, ambos tuvieron tiempo de ponerse al día con sus vidas. Al parecer, su situación económica era bastante precaria. Emilio había sido despedido de la empresa de paquetería, tenía deudas que pagar y se le estaba acabando el dinero. Entre trago y trago, Emilio le comentó a Cándido que tenía un plan para conseguir mucho dinero de una manera rápida y fácil: un secuestro exprés. Convenció a Cándido de que le acompañara hasta La Moraleja; su intención era coger a una chica de aquella zona, llevársela, pedir un rescate por ella, cobrarlo y entregarla, todo ello en un corto período de tiempo. La primera persona a la que vieron fue Anabel Segura, a la que abordaron con la excusa de preguntarle una dirección y se la llevaron en su furgoneta.

Sin embargo, el plan no salió tan bien como esperaban. Una vez tuvieron a Anabel en su poder, se dieron cuenta de que no tenían ni la menor idea de qué hacer con ella. Sometieron a la joven a un interrogatorio y ella les dijo que sus padres tenían dinero, pero que no estaban en Madrid. Esto puso muy nerviosos a Emilio y a Cándido, quienes empezaron a bombardear a llamadas a la familia de Anabel sin recibir una sola respuesta. Durante varias horas deambularon por las carreteras de Madrid, Ávila y Toledo, consternados por el imprevisto. No tenían ningún lugar donde mantener retenida a Anabel durante varios días y, para acabar de rematar, ella les había visto las caras, había hablado con ellos y sería capaz de identificarlos en una rueda de reconocimiento. La ilusión del dinero fácil se desvaneció y fue sustituida por un pánico terrible a ser detenidos. Aquella noche se detuvieron junto a una fábrica de ladrillos abandonada en Numancia de La Sagra (Toledo), mataron a Anabel estrangulándola con una cuerda y ocultaron el cuerpo en uno de los hornos de la fábrica. Los dos amigos se separaron y volvieron cada uno a sus casas.

Emilio regresó a su casa en Pantoja, donde Felisa atendía la churrería familiar en los bajos de la casa. En los días siguientes, Felisa descubrió largos cabellos rubios en el chaquetón de su marido, al mismo tiempo que por la televisión hablaban del secuestro de una joven de La Moraleja. A pesar de que Anabel ya estaba muerta, Emilio no cejó en su empeño de conseguir el dinero, y fue ahí cuando empezaron las llamadas a la familia para negociar el rescate de Anabel. Ante la insistencia de la familia de la chica por tener una prueba de vida, Emilio obligó a Felisa a punta de cuchillo a grabar un mensaje fingiendo ser Anabel. Después de esto, vino un silencio absoluto. Resignado a no cobrar nunca aquel dinero, Emilio esperó a que pasara el tiempo para que las cosas se calmaran y el caso se olvidara para siempre. Sin embargo, los padres de Anabel pusieron tanto empeño y recursos en buscar a su hija y procurar que el caso no cayera en el olvido, que finalmente llevó a la detención de los asesinos de Anabel Segura. La misma noche en que Emilio fue arrestado, confesó de inmediato su implicación en el crimen, así como la localización del cadáver de Anabel. Novecientos días después de su desaparición, por fin la habían encontrado.

Así terminó la pesadilla de la familia Segura Follers, quien no había dejado de alimentar una llama de esperanza por recuperar a su hija sana y salva. Hacía poco que acababan de liberar a Maria Àngels Feliu Bassols, la farmacéutica de Olot, quien había estado secuestrada casi quinientos días, siendo su secuestro el más largo de la historia de España sin móvil político, y este caso infundió ánimos a la familia al ver que podía resolverse el secuestro de forma satisfactoria. Pero esto, al final, no sería así. Si la manera de acabar con Anabel fue cruel y aberrante, más lo fue mantener viva la esperanza de una familia durante más de novecientos días.

En enero de 1998 comenzó el juicio contra Emilio Muñoz y Cándido Ortiz por el secuestro y asesinato de Anabel Segura. La Audiencia Provincial de Toledo los condenó a treinta y nueve años de prisión a cada uno, pero el Tribunal Supremo elevó la pena a cuarenta y tres años y diez meses al añadir otros cargos relacionados con el crimen. Emilio, considerado el autor principal, fue condenado por secuestro y asesinato, entre otros delitos; en cuanto a Cándido, que participó en la planificación y ejecución del secuestro, recibió la misma condena. Por su parte, Felisa García fue condenada inicialmente a seis meses de cárcel, pero el Tribunal Supremo también aumentó su pena a dos años y cuatro meses por un delito de encubrimiento. En junio de 2009, Cándido falleció en la cárcel de Ocaña a consecuencia de un infarto; en ese tiempo, ya había disfrutado de algunos permisos penitenciarios. En cuanto a Emilio, permaneció en prisión hasta 2013, cuando la derogación de la Doctrina Parot le permitió salir de la cárcel de Herrera de La Mancha después de dieciocho años de encierro. De Felisa, lo poco que se sabe es que, una vez cumplida su condena, se distanció emocional y físicamente de Emilio, buscando permanecer en el anonimato tanto como le fue posible.

En 1999, el Ayuntamiento de Alcobendas erigió en honor de Anabel Segura un centro cívico que lleva su mismo nombre. Sus padres, que a día de hoy ya han fallecido, donaron un busto de Anabel al ayuntamiento para honrar su memoria y que la gente no olvidara jamás su triste historia.



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