junio 07, 2013

Profecías de Juego de Tronos, Parte II


Seguimos con las profecías de Canción de Hielo y Fuego, que me dará para unas cuántas partes más porque así las voy estirando. Ya sabéis que podéis comentar lo que queráis y darme indicaciones o lo que sea, por si me estoy haciendo un taco (es lo que tienen las profecías, que se pueden interpretar de muchas maneras). Recuerdo a cualquier lector que la entrada está llenita de SPOILERS muy grandes, no aptos para quien no haya leído los cinco libros sacados hasta la fecha.


Allá vamos:



PROFECÍA DE LA CASA DE LOS ETERNOS


La Casa de los Eternos es un misterioso palacio de Qarth donde se producen visiones que hablan sobre el pasado, el presente y el futuro de aquel que se atreve a entrar por sus incontables puertas. Daenerys es invitada a entrar y, después de recorrer varias habitaciones, es testigo de una profecía muy curiosa.
Esta es una de las profecías más largas y crípticas de toda la saga, aunque sólo es profecía en una mínima parte, ya que muchos de los hechos que se anuncian ya habían ocurrido antes de la llegada de Daenerys. Pero la Casa de los Eternos ofrece visiones del pasado y del futuro entremezclándose. Lo más complicado es saber interpretar los símbolos, aunque algunos están tan claros que estremecen.


1) En una habitación había una mujer muy hermosa, desnuda, tendida en el suelo, con cuatro hombrecillos que reptaban sobre ella. Todos tenían rostros ratoniles afilados y manos diminutas y rosadas, como el sirviente que le había llevado la copa de color. Uno de ellos embestía entre los muslos de la mujer. Otro le atacaba los pechos con fiereza, le mordía el pezón con la boca húmeda y roja, le arrancaba jirones de carne y los masticaba.


Esta es la primera visión de Daenerys, y también la más enigmática. Algunos creen que la mujer es la propia Daenerys, pues justo antes de acabar su trayecto en la Casa de los Eternos, le ocurre lo siguiente:


Los Eternos la rodeaban, le tironeaban de la ropa, la rozaban con manos frías y secas, le pasaban los dedos por el pelo… Había perdido toda la fuerza de los músculos. No se podía mover. El corazón ya no le latía. Sintió en el pecho desnudo el tacto de una mano que le pellizcaba un pezón. Unos dientes le buscaron la piel tierna de la garganta. Una boca se posó sobre uno de sus ojos, lo lamió, lo chupó, lo empezó a morder…

A Daenerys no llegan a atacarla con tanta fiereza como a la mujer de la visión porque, por fortuna, Drogon se encarga de reducir a cenizas la Casa de los Eternos. Además, queda otra duda: Daenerys escapa de los Eternos, pero no ocurre lo mismo con la mujer de la visión. ¿Quién es entonces esa mujer desnuda que es consumida por los Eternos? ¿Quaithe de la Sombra? ¿O tal vez podría ser Melisandre?
También cabe la posibilidad de que se refiera a Catelyn Tully y que los ratones sean los Frey, aunque no llegan a matarla de esa manera. Otra versión es que la mujer representa los Siete Reinos, y los ratones son los cuatro reyes que se están disputando el Trono de Hierro.



2) Más adelante se tropezó con un festín de cadáveres. Los comensales, asesinados de las maneras más despiadadas, yacían tirados sobre las sillas volcadas y las mesas destrozadas, en medio de charcos de sangre coagulada. A algunos les faltaban miembros; a otros, la cabeza. Las manos cortadas agarraban copas ensangrentadas, cucharas de madera, trozos de ave asada o pedazos de pan. En un trono elevado había un hombre muerto con cabeza de lobo. Llevaba una corona de hierro y tenía en la mano una pierna de cordero, como si fuera el cetro de un rey. Sus ojos siguieron a Dany con una súplica muda.

En este caso, se anuncia un hecho que sucederá en Tormenta de Espadas. Se trata, nada más y nada menos, que de la Boda Roja, donde los Frey asesinan a todos los guerreros del norte. El hombre muerto con cabeza de lobo es Robb Stark, a quien decapitan y cosen a su cuerpo la cabeza de su lobo huargo Viento Gris, poniéndole después una corona a modo de burla.



3) Era una gigantesca sala de piedra, la más descomunal que había visto jamás. De los muros pendían los cráneos de dragones muertos, que parecían mirarla. En un trono elevado con púas estaba sentado un anciano vestido con opulencia, un anciano de ojos oscuros y cabello largo plateado.

-Que sea rey de huesos calcinados y carne chamuscada –le dijo a un hombre situado más abajo -. Que sea rey de las cenizas.

(…)

Aquel hombre tenía el mismo cabello que su hermano, pero era más alto, y sus ojos eran color índigo oscuro, no liliáceos.

-Aegon –le dijo el hombre del trono a una mujer que amamantaba a un recién nacido en una gran cama de madera -. ¿Qué mejor nombre para un rey?

-¿Compondrás una canción para él? –preguntó la mujer.

-Ya tiene una canción –replicó el hombre -. Es el príncipe que nos fue prometido; suya es la canción de hielo y fuego. –Al decir aquello alzó la vista, sus ojos se encontraron con los de Dany, y fue como si la viera al otro lado de la puerta -. Tiene que haber uno más –dijo, aunque no se sabía si hablaba con ella o con la mujer de la cama -. El dragón tiene tres cabezas.

Se dirigió hacia el asiento empotrado bajo la ventana, cogió un arpa y acarició las cuerdas plateadas.


Bien, aquí hay que hacer algunas aclaraciones. El rey en el trono, casi con toda seguridad, es Aerys II Targaryen, el Rey Loco. El hombre que está más abajo, que toca un arpa de cuerdas de plata, es el príncipe Rhaegar, junto con su esposa Elia Martell y su recién nacido hijo Aegon.
Sin embargo, ¿qué quiere decir el príncipe Rhaegar con sus palabras? ¿Por qué habla de un príncipe prometido? ¿Cuál es la Canción de Hielo y Fuego?
Melisandre y el maestre Aemon hablan sobre la Batalla por el Amanecer, en la que se enfrentarán los vivos contra los muertos (los Otros), la luz contra la oscuridad, el fuego contra el hielo. Sin embargo, aquí no se menciona al dragón para nada, aunque sí al príncipe prometido. Melisandre cree que ese príncipe, al que llama Azor Ahai, es Stannis Baratheon. En cambio, el maestre Aemon cree que pudo haber un error de interpretación y que el príncipe es, en realidad, una princesa: Daenerys.
Sin embargo, se puede ver de otra manera. Si aceptamos que se trata de un príncipe, ha de ser alguien que tenga sangre real corriendo por sus venas. El hecho de que sea suya la Canción de Hielo y Fuego, me hace suponer que ese príncipe tendrá algo que ver con el hielo y algo que ver con el fuego. Y esto me remite a Jon Nieve, ya que se le supone hijo de Lyanna Stark (hielo) y de Rhaegar Targaryen (fuego). Pero entonces, tenemos que hacernos otra pregunta: ¿Por qué se habla de un príncipe pero de un dragón con tres cabezas?
Pero de esta profecía hablaré más adelante en otra entrada.
Lo de que sea “rey de las cenizas” es todavía más extraño. Si entendemos “rey” por “reina”, todo tendría más sentido. Daenerys tiene tres fieros dragones que están dispuestos a sembrar el caos por donde quiera que pasen. Pero entonces, surge otra duda: ¿Por qué se refieren al recién nacido Aegon si la madre de los dragones es Daenerys?


4) Por fin llegó a la cima de la escalera. A su derecha había una hilera de amplias puertas de madera, todas abiertas. Eran de ébano y arciano, las vetas blancas y negras se entrelazaban en extraños dibujos. Eran muy hermosas, pero en cierto modo también resultaban aterradoras.

Esta visión se refiere a la Casa de Blanco y Negro, en la ciudad de Braavos, a donde irá Arya Stark en Festín de Cuervos.



5) -… la forma de las sombras… mañanas que aún no son… bebe de la copa de hielo… bebe de la copa de fuego…

-… madre de dragones… hija de tres…

-¿De tres? –No comprendía nada.

-… tres cabezas tiene el dragón… -El coro fantasmal retumbaba en su cabeza, pero los labios no se movían, no había aliento que agitara el aire quieto y azul -. … madre de dragones… hija de la tormenta… tres fuegos debes encender… uno por la vida, otro por la muerte, otro por amor… -Los susurros se convertían en una canción que se arremolinaba en su mente. El corazón le latía al unísono con el que flotaba ante ella, azul y podrido -. Tres monturas debes cabalgar… una hacia el lecho, otra hacia el terror y otra hacia el amor… -Las voces eran cada vez más altas, y Dany se dio cuenta de que el corazón le latía más despacio, de que su respiración era cada vez más lenta -. Tres traiciones conocerás… una por sangre, otra por oro y otra por amor…


Vale, vayamos por partes. El número tres forma parte de la simbología de la casa Targaryen: el dragón de tres cabezas, el matrimonio de Aegon el Conquistador formado por tres cónyuges, los vástagos legítimos del rey también suelen ser tres… Daenerys tenía dos hermanos, pero los ha perdido. No hay dragones de tres cabezas, pero sí que existen tres dragones. En Danza de Dragones, Daenerys consigue montar a lomos de Drogon. Ahora sólo queda saber para quién son los otros dos. ¿Uno para el recién aparecido Aegon Targaryen, hijo de Rhaegar? Entonces, ¿para quién es el tercer dragón?
Seguimos con los tres fuegos que debe encender. El “fuego por la vida” podría referirse a la pira de Khal Drogo, de la que nacieron sus dragones. El “fuego por la muerte” quizá se refiera a la desolación que provocan sus dragones, sobre todo Drogon, en Astapor y Meereen. Pero todavía no se sabe nada del “fuego por amor”, ni lo que eso quiere decir, a menos que Daenerys decida, en un arranque inesperado, inmolar a Daario Naharis por ser un capullo calenturiento.
Las tres monturas también son un misterio. La que va “hacia el lecho” se refiere a la plata, la yegua que Khal Drogo le regaló el día de su casamiento. La montura que marcha “hacia el terror” quizá se refiera a Drogon, una réplica exacta de Balerion, el Terror Negro. Una vez más, tampoco sabemos nada de la montura que la llevará “hacia el amor”… a menos que se refiera a Jon Nieve, de quien hablaré más tarde.
Y las famosas tres traiciones, que tantos quebraderos de cabeza le dan a Daenerys. La traición “por sangre” es la de Mirri Maz Duur, que mata a su hijo en su vientre mediante hechicería. La traición “por oro” es más oscura. Algunos creen que se refiere a Ben Plumm el Moreno, pero yo creo que podría tratarse del propio ser Jorah Mormont, que pasa informes sobre ella a Poniente para conseguir el indulto y recuperar sus tierras confiscadas. Y la traición “por amor”, que Daenerys atribuye a ser Jorah, creo que todavía está por revelarse.



6) Viserys gritó cuando el oro fundido le corrió por las mejillas y le llenó la boca.


No hay ningún misterio en esta visión. Daenerys fue testigo directo de la horripilante muerte de su hermano Viserys.



7) Un señor alto de piel cobriza y cabellera como oro blanco cabalgaba bajo el estandarte de un semental fiero, mientras a su espalda se veía una ciudad en llamas.

El corcel rojo es el estandarte de la Casa Bracken, que son banderizos de los Tully. Tywin Lannister envió a sus tropas a quemar las tierras y el castillo de Jonos Bracken. Otra interpretación es que se trate de una visión de cómo habría sido Rhaego, el hijo de Daenerys y Khal Drogo, convertido en el Semental que Cabalga el Mundo.



8) Los rubíes brotaban como gotas de sangre del pecho de un príncipe moribundo, que caía de rodillas en el agua y murmuraba, con su último aliento, el nombre de una mujer.

La muerte del príncipe Rhaegar Targaryen, a quien Robert Baratheon reventó el pecho con su maza en el Tridente.



9) Una espada roja brillaba como el ocaso en la mano de un rey de ojos azules que no proyectaba sombra alguna.

Actualmente, el único rey que posee una espada roja es Stannis Baratheon, aunque respecto a la existencia de varias espadas de fuego también hay muchas teorías. Ahora mismo, Stannis está en el Muro. Esa mención a los ojos azules me parece sospechosa, ya que es la característica más llamativa de los Caminantes Blancos. ¿Nos jugamos algo a que Stannis muere y acaba convertido en uno de los Otros?



10) Un dragón de tela se mecía entre dos pértigas mientras la multitud aplaudía.

Hmmm, más inquietante de lo que parece. El dragón vuelve a remitir a la simbología Targaryen, pero el hecho de que sea de tela resulta un poco extraño. Y todavía más si nos fijamos en una conversación entre Daenerys y Jorah Mormont después de que se destruya la Casa de los Eternos:


-Pero las cosas que vi…

-Un hombre muerto en la proa de un barco, una rosa azul, un banquete de sangre… ¿qué significa eso, khaleesi? Y un dragón de tela, según me contasteis. Por favor, decidme, ¿qué significa un dragón de tela?

-El dragón de una compañía de títeres –explicó Dany -. Los titiriteros los utilizan en sus espectáculos, para que los caballeros tengan algo contra lo que pelear.

En mi opinión, George Martin nos está adelantando la aparición del príncipe Aegon, el hijo de Rhaegar. Sin embargo, hay algo que no está del todo claro. El hecho de que sea un dragón de tela puede querer decir que es un falso dragón o, lo que es lo mismo, un falso Targaryen. Si el dragón de tela es Aegon, la compañía de títeres es la Compañía Dorada, liderada por Jon Connington. Y los dos titiriteros que lo utilizarán en su espectáculo (la guerra) podrían ser Illyrio Mopatis y Varys el eunuco, que conspiran en la sombra para subirlo al Trono de Hierro. Pero entonces hay que hacerse otra pregunta más evidente: Si Aegon es un falso Targaryen… ¿a qué familia de “dragones” pertenece?



11) Desde una torre humeante, una gran bestia de piedra emprendía el vuelo, echando fuego sombrío por la boca…

Posiblemente se trate del dragón de piedra de Rocadragón, el mismo que quiere resucitar Melisandre utilizando la sangre de un rey. ¿Es posible que reviva?



12) Su plata trotaba por la hierba hacia un arroyo oscuro, bajo un mar de estrellas.

Visión de la yegua que cabalgó como khaleesi de Khal Drogo.



13) En la proa de un barco se alzaba un cadáver, con ojos brillantes en el rostro muerto y una sonrisa triste en los labios grises.

Otra profecía inquietante. ¿Por qué un cadáver tendría una “sonrisa triste”, si se supone que los muertos no sienten nada? Algunos han creído ver en este muerto a Euron o a Victarion Greyjoy. Incluso se da un curioso juego de palabras con su apellido: Grey-joy. Alegría gris, sonrisa gris, sonrisa triste, labios grises.



14) Una flor azul crecía en una grieta de un muro de hielo, e impregnaba el aire de un olor dulce…

La rosa invernal es la flor de Lyanna Stark, las mismas flores que lucía en la corona que el príncipe Rhaegar le entregó al ganar el torneo de Harrenhal. El hecho de que crezca en un muro de hielo es muy significativo porque en el Muro, el único Stark que hay es Jon Nieve. No es muy arriesgado afirmar que Jon Nieve es hijo de Lyanna Stark.



15) Una niñita corría descalza hacia una casa grande con la puerta roja.

La propia Daenerys de niña, cuando vivía en la casa de la puerta roja de Braavos.



16) Mirri Maz Duur aullaba entre las llamas, mientras le surgía un dragón de la cabeza.

La muerte en la pira de la maegi, que da origen al nacimiento de los dragones de Dany.



17) Un caballo plateado arrastraba el cadáver ensangrentado de un hombre desnudo.

El envenenador de vinos que trató de matarla, y que fue condenado a ser arrastrado desnudo atado a la plata de Daenerys.



18) Un león blanco corría por un campo de hierba, más alta que una persona.

La piel de este león fue el regalo que Khal Drogo le hizo a Daenerys.



19) Diez mil esclavos alzaban las manos manchadas de sangre mientras ella cabalgaba como el viento entre ellos, a lomos de su plata.

-¡Madre! –gritaban -, ¡Madre, Madre! –Le tiraban de la capa, del dobladillo de la falda, del pie, de la pierna, del pecho… La querían, la necesitaban, el fuego, la vida, y Dany buscaba el aliento y abría los brazos para entregarse a ellos.

Daenerys libera a los esclavos de Yunkai y ellos le dan el nombre de Mhysa, que significa “Madre”.



Bueno, hasta aquí por hoy! Os dejo esta profecía para el fin de semana. El lunes colgaré la profecía dedicada a la famosa Canción de Hielo y Fuego, a ver si consigo esclarecer algo.

junio 03, 2013

Profecías de Juego de Tronos, Parte I


Una de las cosas que caracterizan a la saga de Canción de Hielo y Fuego, aparte de las batallas, las innumerables traiciones y un maravilloso elenco de personajes, es el número de profecías que encontramos en sus capítulos. Hay unos cuántos personajes entre los principales que, en un momento u otro, tienen visiones o se encuentran con una persona que les relata una profecía. Y, como toda buena profecía, éstas están contadas en un lenguaje críptico, con multitud de símbolos que a veces cuesta mucho interpretar.

Bien, yo he decidido echar un vistazo a esas profecías. He releído los libros, me he pasado por foros, he contrastado opiniones, lo he hablado con otros fans de Canción y, después de pensarlo mucho, os traigo algunas conclusiones. Por supuesto, estoy abierta a todo tipo de correcciones (las profecías pueden interpretarse de muchas maneras), así que acepto sugerencias. Además, voy a reproducir los pasajes donde se encuentran, para que vosotros mismos los leáis.

Por razones obvias, esta entrada va a estar plagada de SPOILERS, así que quien no haya leído los libros, que ni se acerque.

Estas son las profecías más importantes de Canción de Hielo y Fuego:



PROFECÍA DE MIRRI MAZ DUUR

La maegi Mirri Maz Duur es una mujer que utiliza la magia de sangre a petición de Daenerys, quien le pide que salve a Khal Drogo de las fiebres que ha contraído al infectársele una herida. Sin embargo, Mirri Maz Duur sacrifica al bebé que Dany lleva en su vientre y deja a Khal Drogo en estado vegetativo. Cuando Daenerys le pregunta cuándo volverá a ser el que era, recibe la siguiente respuesta:

Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este –replicó Mirri Maz Duur -. Cuando los mares se sequen y las montañas se mezan como hojas al viento. Cuando tu vientre vuelva a agitarse y des a luz un niño vivo. Entonces volverá, no antes.

Esta profecía parece bastante radical y tajante, sin opción a réplica. A lo largo de la novela, también se nos dice que Daenerys no volverá a tener hijos vivos, de modo que asume su papel como “madre” de los dragones, los únicos hijos que tendrá jamás. Sin embargo, algunos fans han creído ver indicios de que la profecía de Mirri Maz Duur podría estar debilitándose. La clave está en saber comprender los símbolos de dicha profecía.


1) Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este.

Algunos fans opinan que esta frase se refiere a Quentyn Martell, el hijo del príncipe Doran Martell, que viene desde Lanza del Sol (Poniente) y muere en Meereen, una ciudad del este.


2) Cuando los mares se sequen.

Quizá se refiera al Mar de Hierba de los dothrakis, que se está secando.


3) Y las montañas se mezan como hojas al viento.

Los dragones de Daenerys destruyeron dos enormes pirámides en Meereen (montañas), y sus cenizas vuelan en el viento como hojas, lo que podría ser la tercera parte de la profecía de Mirri.


Según estas teorías, es posible que la maldición de Mirri Maz Duur esté desapareciendo, lo que significa que Daenerys pronto podría estar en disposición de concebir un hijo vivo. Lo que no sé es cómo se las va a arreglar Martin para hacer revivir a Khal Drogo…



PROFECÍA DE QUAITHE DE LA SOMBRA

Quaithe de la Sombra es una misteriosa mujer con la cara cubierta por una máscara de laca roja, con la que Daenerys se encuentra en Qarth. Ella es la que le hace las primeras advertencias para que abandone la ciudad.

-Debéis salir de esta ciudad cuanto antes, Daenerys Targaryen, o no os dejarán salir jamás.
-¿Y adónde queréis que vaya? –preguntó Dany. Sentía un cosquilleo en la muñeca, allí donde Quaithe la había tocado.
-Para ir al norte tenéis que viajar hacia el sur. Para llegar al oeste debéis ir hacia el este. Para adelantaros tendréis que retroceder, y para tocar la luz debéis pasar bajo la sombra.
“Asshai –pensó Dany -. Quiere que viaje a Asshai.”
-¿Los asshaítas me darán un ejército? –quiso saber -. ¿Conseguiré oro en Asshai? ¿Conseguiré barcos? ¿Qué encontraré en Asshai que no pueda encontrar en Qarth?
-La verdad –respondió la mujer de la máscara.

Bien, partimos de la pregunta más obvia: ¿Por qué Dany piensa inmediatamente en Asshai? Quaithe no menciona la ciudad, pero tampoco niega que sea Asshai el destino al que la Madre de Dragones tiene que ir si quiere regresar triunfante a los Siete Reinos. Asshai es una ciudad situada en el Mar de Jade, próxima a Valyria, el hogar ancestral de los Targaryen. Valyria es una región con un pasado muy oscuro. Al parecer, la magia oscura provocó una explosión y mucha gente se convirtió en piedra; los pocos supervivientes que quedaron se mudaron a Poniente. ¿A qué se refiere Quaithe cuando le dice a Dany que tiene que “pasar bajo la sombra”? ¿Querrá decir que la verdad se oculta bajo las ruinas de Valyria?

Otra parte poco clara es la referencia a “tocar la luz”. ¿Podría referirse a una vela de vidriagón, como la vela negra del archimaestre Marwyn de Antigua? Sin embargo, sabemos que de ese tipo de velas tendría que haber cuatro: tres negras y una verde. ¿Dónde están esas velas? ¿Será la verde más poderosa que las negras? ¿La luz de la vela le mostrará la verdad de su pasado y su futuro?

Más adelante, en Meereen, Daenerys vuelve a encontrarse con Quaithe de la Sombra, que vuelve a dejarle unas extrañas palabras:

Escuchadme, Daenerys Targaryen. Las velas de cristal están ardiendo. Pronto vendrá la yegua pálida, y después de ella los otros. Kraken y llama oscura, león y grifo, el hijo del sol y el bufón del dragón. No confiéis en ninguno. Recordad a los Eternos. Tened cuidado con el senescal perfumado.

Esta profecía resulta un poco más fácil de interpretar, porque los símbolos están bastante claros.


1) Las velas de cristal están ardiendo.

Las velas de cristal son las velas de obsidiana, como la del maestre Marwyn de Antigua, que anuncian el regreso de la magia.


2) Pronto vendrá la yegua pálida, y después de ella los otros.

Se refiere a la yegua que montaba el astapori que padecía la colerina sangrienta y provocó la epidemia en Meereen.


3) Kraken y llama oscura, león y grifo, el hijo del sol y el bufón del dragón.

El kraken y la llama oscura son Victarion Greyjoy y el sacerdote Moqorro, que forman parte de la Flota de Hierro. El león y el grifo son Tyrion Lannister y Jon Connington, pues son los blasones de sus respectivas Casas. En cuanto al hijo del sol y el bufón del dragón, es posible que se refiera a Quentyn Martell y a Aegon Targaryen.


4) Tened cuidado con el senescal perfumado.

Algunos creen que se trata de Reznak mo Reznak, el senescal de Daenerys. También se barajan otros personajes como Illyrio Mopatis y Varis. Otra posibilidad es que se refiera al barco en el que viaja Tyrion Lannister desde Volantis, y que lleva ese nombre.



De momento, hasta aquí la primera parte de las profecías. Os pido que tengáis paciencia si tardo un poco en subir al blog, pero es que estoy liada con los exámenes de alemán, inglés y Alto Valyrio, y no se puede estar a todo. Que los Siete os guarden!!

mayo 31, 2013

El Rincón del Gamer III: Catwoman


Entre la gran oferta de videojuegos que nos ofrece el mercado, el jugador poco experto puede dejarse llevar por el oro que le meten por los ojos sin darse cuenta de que le van a hacer tragar un cubo de mierda en cuanto llegue a casa y encienda la consola. Y es que entre los videojuegos se ocultan auténticos tesoros que son poco promocionados, porque la mayor carga de marketing se la llevan videojuegos de pésima calidad que se han sacado siguiendo el tirón de una moda. Este es el caso que os ofrezco hoy. Señoras y señores, con todos ustedes, Catwoman.





Título: Catwoman
Creador: EA Games
Distribuidor: Sony
Plataforma: PlayStation 2
Año: 2004












Catwoman es lo que podríamos calificar como un “producto del momento”. Siguiendo el tirón de las películas de superhéroes como Batman, Superman, Spiderman, Hellboy, Linterna Verde, Thor, Los Vengadores, X-Men, y un largo etcétera, pues era lógico que la villana felina más famosa de todos los tiempos tuviera su propia versión en la gran pantalla, aunque pasara sin pena ni gloria. El caso es que, cuando una idea se hace popular entre el público, los asesores de publicidad ven un filón de oro y empiezan a explotar todas las vías posibles para ver cuál es la más rentable. Esto se traduce en artículos de los que te aburres al cabo de un año: películas, disfraces, cómics que ofrecen nuevas versiones, material remasterizado y/o actualizado (el único que se salva), figuritas de colección y videojuegos. Lo malo es que todos estos productos sólo buscan saciar la necesidad del momento, por lo que no van a perdurar en el tiempo; conscientes de eso, los creadores tampoco ofrecen un producto digno de conservar.

Esto es lo que ocurre con Catwoman. Se nos pone delante un videojuego planteado de tal forma que sigue la trayectoria de la película. Patience Phillips es una diseñadora tímida y modosita que trabaja para Hedare Beauty, una importante empresa de cosméticos. Una noche, descubre que los fabricantes están introduciendo una toxina perjudicial en una nueva crema antienvejecimiento, y los sicarios de Hedare la despachan tal y como vimos en el film. Mientras yace en un vertedero, el gato Midnight se acerca a ella y le insufla su aliento, devolviéndole la vida y dándole nuevos poderes y habilidades felinas. Ha nacido Catwoman.
 
El juego es tan simple que no hay ni guías en la red para los que están perdidos. Es más, aunque seas poco habilidoso, te lo pasarás en menos de tres días si le dedicas un poco de tiempo. Es muy facilito, así que no implica ningún tipo de desafío. Casi todo se basa en trepar por paredes, rejillas y muros y, de vez en cuando, columpiarse en algún travesaño que hay por ahí. Ah, y las batallas “épicas” que aparecen de vez en cuando, pero de eso me voy a ocupar a continuación.
 
El jugador manejará a Catwoman, evidentemente. Los controles de nuestra chica gato no son tan sencillos como parece, y a la larga resultan más bien incómodos. Los ataques son movimientos de Capoeira y saltitos con los que podremos abatir a los flojuchos policías y vigilantes que vienen a incordiarnos de vez en cuando. El uso del látigo está muy limitado, porque lo único para lo que sirve es para atrapar a un enemigo y lanzarlo contra unas cajas o un montón de barriles. O para agarrarse a algunos salientes. Además, tampoco es fácil de manejar; a veces, si mueves un poco el joystick para hacer un movimiento para agarrar algo, Catwoman lo hace girar a su alrededor como si estuviera en pleno festival bondage. Pequeños errores de comando, supongo.
 
El problema es que el juego está plagado de errores. Los diseños de personajes, dejando aparte a Catwoman, son simples a la par que penosos. Todos los tíos tienen las mismas caras, sin expresión alguna; hasta la voz es la misma para todos. Y no digo que se tenga que hacer a todos los enemigos bien diferenciados, pero no estaría mal variar un poco, aunque fuera en las voces o en los modos de ataque. Que son todos iguales, joé. Hacia el final del juego también nos encontramos con guardaespaldas femeninas, que son un poco más durillas de roer, pero que también son tan inexpresivas como los hombres.
 
Los enemigos de final de fase son también un poco raros. Son los mismos que en la película: el tipo que mata a Patience, Laurel Hedare (sale dos veces) y el detective Lone, que no se parece en nada al actor que lo interpretaba en la película. Las batallas contra estos jefazos son para mear y no echar gota. Ya te da una idea lo cutre de la batalla cuando ves que el enemigo tiene una barra de vida sobre la cabeza; ahí ya ves por dónde van a ir los tiros. Las peleas son las mismas para todos: el jefazo corre a atacarte y tú tienes que apartarte para que no te dé, coges con el látigo un objeto arrojadizo y se lo tiras para que se quede atontado, momento que aprovechas para zurrarle patadas y todo lo que se te ocurra. Cuando llega el final de la batalla, se ve una escena en la que Catwoman, en pie ante el caído, lo coge con el látigo y le da una patada giratoria. En fin.
 
El juego se divide en seis fases con dos pantallas cada una, excepto la última, que sólo tiene una. Catwoman sólo tiene que recorrer las fases siguiendo de vez en cuando el rastro verde de Midnight (un gato dejando olor y huellas verdes??). Es decir, no hay mapas, lo cual lo vuelve todo muy confuso. A veces te quedas atascado en alguna fase que no parece tener salida y tienes que buscar una ruta alternativa o darte cabezazos contra la pared, frustrado y cabreado por la mierda de juego al que estás jugando. Lo único claro es que, al principio de la fase, te plantean unos objetivos de movimientos que debes cumplir, aunque si no los cumples todos tampoco pasa nada, porque sólo sirven para darte diamantes cuando acabes. A lo largo de las pantallas, a veces encontraremos una especie de ojos de gato, el símbolo de Catwoman, que debemos recoger, aunque no se nos dice para qué sirven; supongo que será para conseguir diamantes con los que comprar nuevos movimientos o para acumular puntos y desbloquear imágenes. Es igual de confuso que todo lo demás.
 
Y eso es todo lo que ofrece el videojuego de Catwoman, que es muy poco a mi entender. No te emociona nada, ni la historia ni la jugabilidad del personaje. Los escenarios son decorados urbanos grises y aburridos, y la banda sonora es casi nula. El único momento en que consigue gustarte la música es en la segunda pantalla del Centro de Interpretación, cuando suena de fondo una pieza de música clásica. Los enemigos y personajes secundarios tampoco emocionan y son más fáciles de matar que una mosca. Básicamente se trata de trepar por ahí, colgarse de barras, menear las caderas, dar patadas a todo lo que se mueve y agitar un poco el látigo. Tenemos que soportar de vez en cuando las típicas frases de “¿Te ha comido la lengua el gato?” y cosas así, que provocan más sonrojo que sensualidad. Además, el juego se hace muy corto y muy cansino, aunque parezcan términos opuestos. No es algo por lo que merezca la pena un desembolso de dinero tan gordo como el que me he llegado a encontrar.
 

mayo 27, 2013

Un pequeño cuento

 
 
Antes de empezar, confieso que este cuento no es mío. De hecho, puede que vosotros lo hayáis oído o leído en algún sitio, pero todo esto tiene una explicación. Hace unas semanas, mi abuelo lo contó a la hora de comer como si fuera un chiste, porque la verdad es que la temática se puede adaptar a un chiste perfectamente. Pero yo he decidido rescatarlo, pulirlo un poco y darle otro enfoque más de cuento ligero que de chanza.

Me he permitido el lujo de darle un toque ligeramente medieval, para lo que me he valido de un lenguaje sacado del Amadís de Gaula (si no lo habéis leído, ya es hora de que lo busquéis en vuestra librería y le echéis un vistazo). No se parece mucho a mi estilo, porque yo soy más de escribir novela que cuento, pero he querido hacer un pequeño esfuerzo porque creo que la historia lo vale. Espero que os guste, aunque admito comentarios para mejorar, porque eso es lo que quiero.

Además, quiero que este cuento quede como un pequeño homenaje a mi abuelo, a quien quiero mucho porque fue uno de los que más me apoyó cuando decidí estudiar Historia. Gracias, abueliño!


Aquí va:



Hubo en Bretaña, a principios de nuestra era, un rey que gobernaba su reino con mano de hierro. Estaba casado con una hermosa y respetable mujer que le había dado dos hijos. El mayor casó con la hija del rey de Escocia y siempre destacó por ser un buen justador y un bravo guerrero que dirigió muchas veces los ejércitos de su padre, el rey. El menor, mucho más apuesto que su hermano, nunca quiso casarse, aunque las damas más hermosas del reino suspiraban por él. Su retraimiento e inclinación al estudio dieron a pensar que el joven quería llevar una vida más recogida. Todos consideraban que una persona de su grandeza y linaje no debía quedar sin esposa.
 
El rey, de edad bastante avanzada, no quería terminar sus días sin haberse asegurado de que su hijo menor encontraría una buena esposa a la que él mismo daría su visto bueno. Un día, mientras el príncipe estudiaba en sus aposentos, el rey hizo su aparición. Al verle, el príncipe hincó la rodilla en tierra y le besó las manos con respeto.
 
-Padre, ¿qué queréis de mí?
 
-Hijo mío, he de hablar contigo –dijo el rey -. He reflexionado mucho acerca de tu situación y he decidido que es hora de que conciertes tus esponsales. Es necesario que te cases para garantizar que nuestra dinastía no perecerá una vez yo desaparezca de este mundo.
 
-Pero, padre –dijo el príncipe, agachando la cabeza -. Yo no deseo casarme todavía. No estoy preparado para entregar mi corazón a una mujer.
 
-Hijo, ya que Dios ha querido que nacieses en el seno de una familia honorable, sólo queda que con el mismo cuidado y diligencia con que tu hermano honró a mi persona, así lo hagas tú. Y sabe que es cosa hecha. Pronto aparecerán ante ti las mejores doncellas que el mundo puede ofrecerle a un príncipe de tu linaje, y tú escogerás a una para que sea tu esposa. Es mi voluntad que se haga así.
 
El príncipe, sabiendo que no debía contrariar a su padre, consintió.
 
-Padre, haré lo que me mandéis, pero os ruego que me deis un tiempo para que pueda elegir a una buena doncella que sea de vuestro agrado y del mío.
 
-Así sea. Tendrás un año a partir de hoy.
 
Al cabo de un tiempo, el príncipe empezó a recibir la visita de innumerables doncellas, hijas de condes, de duques y de reyes, que aspiraban a contraer matrimonio con él. La mayoría de las doncellas eran muy hermosas y de renombradas virtudes, pero el príncipe no sentía nada especial por ninguna de ellas. En cambio, empezó a sentir inclinación por una doncella de la casa de la reina. En secreto, obtuvo de ella la promesa de matrimonio. El príncipe, lleno de júbilo, buscó a su padre para comunicarle la feliz noticia.
 
-Padre –le dijo -, he hecho lo que me pedisteis.
 
-¿Has encontrado a una muchacha de tu agrado?
 
-Así es, y deseo casarme con ella.
 
-¿Y quién será mi futura nuera?
 
-Una buena doncella que sirve a mi madre y cuyas virtudes te complacerán.
 
El rey quedó espantado ante las palabras de su hijo, y de inmediato se negó a darle su bendición para el matrimonio. El príncipe, enojado por el repentino cambio de parecer de su señor padre, le preguntó qué motivo tenía para impedir su casamiento.
 
-Hijo, no puedes casarte con la doncella que has elegido, puesto que es hija mía.
 
-¡Cómo! –exclamó el príncipe -. ¿La mujer que quiero es mi hermana?
 
-Sí, pues yo amé a su madre y de los dos nació esa muchacha. Es la verdad.
 
El príncipe se marchó con gran dolor y durante un tiempo no quiso ver a nadie, de modo que ninguna dama fue recibida por él. Pero al final tuvo que abandonar su encierro y volver a la corte, como exigía el rey, y el príncipe fue obligado a retomar su tarea de buscar una esposa que contentase a su padre. Sin embargo, las doncellas que a él le agradaban no contaban con la aprobación del rey, quien siempre le respondía:
 
-No puedes casarte con esa doncella, pues es hija mía.
 
El príncipe estaba desolado. Sospechaba que su padre le mentía cuando le decía que algunas de las doncellas a las que escogía como prometidas eran sus hermanas, pero no tenía manera de saberlo. Tenía miedo de amar a una mujer que tuviera lazos de sangre con él, y más de una vez manifestó su deseo de ingresar en un monasterio para dedicarse a Dios antes que cometer un pecado contra la naturaleza.
 
Pero una mañana, mientras el príncipe caminaba por la orilla del río, conoció a una muchacha lavandera. Como la doncella era muy hermosa, y el príncipe también, y además se había divulgado por todas partes del reino la fama de su gallardía, en cuanto se miraron se sintieron dominados por un gran amor.
 
La lavandera recogió en una cesta la ropa que estaba lavando. Cuando se puso de pie, se le cayó de la cesta un hermoso pañuelo bordado. Se inclinó para recogerlo, pero el príncipe, que estaba junto a ella, quiso hacer lo mismo. En el suelo se encontraron sus manos, y el príncipe tomó la de la lavandera y se la apretó. La lavandera se puso encarnada, y mirando al príncipe con ojos amorosos, le dio las gracias.
 
El príncipe regresó al castillo y pidió audiencia a su padre, que le recibió en sus aposentos. Con gran alegría descubrió su secreto amor y le suplicó que esta vez le concediera licencia para casarse con la muchacha que había elegido su corazón. El padre, temeroso de que hubiera escogido a alguna moza de baja estofa, le preguntó por la identidad de la doncella. El príncipe no podía mentir a su padre y se lo dijo, y el rey comprendió que, una vez más, ese matrimonio era imposible.
 
-No puedes casarte con esa doncella, pues es hija mía.
 
El príncipe abandonó los aposentos del rey ciego de ira y de tristeza. Su amada le aguardaba fuera de la cámara. El príncipe la tomó de la mano y ambos se dirigieron a los aposentos donde se acogía la reina.
 
La reina guardaba sus joyas en un cofre cuando fue sorprendida por la llegada de su hijo, que traía consigo a la lavandera. El príncipe se arrojó desesperado a sus pies.
 
-Madre, os suplico que me ayudéis, pues soy muy desgraciado –le dijo.
 
Con lágrimas en los ojos descubrió la verdad a su madre y le preguntó si era cierto que el rey era el padre de aquella muchacha a la que amaba más que a sí mismo y con la que quería casarse. La reina, sintiendo piedad por sus lágrimas, le dijo:
 
-Hijo, no puedo mentirte. Durante muchos años, el rey ha compartido lecho con muchas mujeres de este reino. Lo que él te dijo acerca de esta hermosa muchacha bien podría ser cierto.
 
-Madre –dijo el príncipe -, yo sólo os pido consejo para mi alma y que me dejéis renunciar a mi nombre y linaje. Si no puedo casarme con la muchacha que ha elegido mi corazón, me iré para siempre y no volveréis a verme nunca más. Pediré a los monjes que me acojan en el monasterio, pues prefiero dedicar mi vida a Dios antes que pecar casándome con mi hermana. Y, aun así, ¿cómo voy a vivir sin ella, que es quien me da fuerza para que mi corazón siga latiendo? Si no hallo un remedio pronto, no me podré salvar de la muerte.
 
La reina cerró los ojos, pensando en las palabras del príncipe. Conocía bien a su hijo y sabía que no iba a cambiar de opinión. La reina también comprendió que la humilde lavandera amaba de verdad al príncipe. Ella se echó a sus pies y le juró que nunca tanto había lamentado saber que era hija de rey, porque ahora el hombre al que más amaba nunca podría ser suyo.
 
-Señora, os lo ruego, ayudadnos –le suplicó llorando -. Si es la voluntad de Dios que vuestro hijo y yo no estemos juntos, no me rebelaré. Pero os juro que prefiero morir ahora que vivir toda una vida sin su amor. ¿Qué será de mí sin el hombre al que quiero por esposo? Ojalá la muerte me lleve pronto para que no vea cómo me arrancan de los brazos de mi señor, que es también mi hermano.
 
La reina miró a uno y a otro, acarició el rostro de su hijo y le preguntó:
 
-Hijo mío, ¿amas a esta doncella? ¿Quieres tomarla por mujer?
 
-Sí, madre. Es lo que más deseo en el mundo.
 
La reina sonrió.
 
-Pues cásate con ella, que el rey no es tu padre.
 
El príncipe se quedó asombrado por las palabras de su madre, pero la reina le dijo que no se preocupara por eso. Le dijo que debía marcharse sin más demora, porque el rey no permitiría que se casara con la lavandera. Antes de que se fuera, lo estrechó entre sus brazos y lo besó muchas veces.
 
El príncipe, una vez pasada la sorpresa inicial, sintió una gran alegría al oír las palabras de su madre. Le dio las gracias mil veces y le pidió que los bendijera. La reina bendijo al príncipe y a la lavandera y les dijo que partieran en seguida, pues el rey no tardaría en enterarse de su ausencia.
 
El príncipe y la lavandera lograron escapar de la ira del rey. Se casaron en secreto y vivieron en una modesta casa en una aldea remota, sin dejar de amarse jamás.

 

mayo 24, 2013

Catalina Parr, la Superviviente Hábil

 
 




A comienzos de 1543, las sombras de la ejecución de Catalina Howard empezaron a disiparse. El rey Enrique VIII obtuvo una victoria militar sobre los escoceses, comenzó a ofrecer fiestas en palacio y, en el plano personal, empezó a fijarse en cierta dama de la corte llamada Catalina Parr, una viuda de unos treinta y un años famosa por sus buenas maneras y su intachable reputación. Sus buenas condiciones la hacían apta para convertirse en la sexta consorte del rey, pero se trataba de una unión dispareja. Ella estaba enamorada de otro hombre y se dedicó a su Dios.

Catalina Parr nació alrededor de 1512 y era la hija mayor de sir Thomas Parr de Kendal y de Maud Greene, una heredera de Northamptonshire. Su madre había sido dama de honor de Catalina de Aragón, y probablemente Catalina Parr se llamaba así por ella. Aunque recibió una educación convencional, es de sobra conocida su dedicación al estudio. De hecho, uno de sus logros más importantes fue el de aprender latín siendo adulta, una labor extremadamente complicada. El hecho de que Catalina Parr tuviera el deseo de perfeccionarse, ya que no había recibido la educación excepcional de una princesa, la hace más admirable e interesante.

Catalina Parr estuvo casada dos veces antes de prometerse con Enrique VIII. Su primer marido fue Edward Borough, con quien se casó en 1529, aunque murió muy pronto. Como no tenía más opción que volver a casarse, Catalina contrajo matrimonio con lord Latimer, un grande del norte que por entonces tenía unos cuarenta años y una salud muy delicada. Mientras estuvo casada, comenzó a ponerse en contacto con los aspectos más evangélicos de la religión anglicana, lo que la favorecería en el futuro a ojos del arzobispo Cranmer.

Pero los intereses de Catalina Parr también tenían su parte más mundana. Estando todavía casada con lord Latimer, se enamoró de Thomas Seymour, hermano de la difunta reina Juana Seymour. Bajo su fachada de mujer prudente y viuda virtuosa, Catalina Parr ocultaba las mismas pasiones que cualquier ser humano. Después de estar casada con un hombre débil y otro hombre veinte años más mayor que ella y además inválido, estaba dispuesta a usar la gran fortuna que le correspondería para contraer un último matrimonio conforme a sus propios deseos. Pero no contaba con ganarse los favores del rey Enrique VIII, quien empezó a cortejarla abiertamente. Cuando le pidió que se casara con él, Catalina se encontró dividida entre el amor y el deber. Al final triunfó el deber.

Catalina Parr nunca fue descrita por sus contemporáneos como una belleza. Los epítetos más favorecedores que se le dedican son los de grata, vivaz, amable y afable. Es posible que su edad y condición influyeran en esa calificación, ya que no se esperaba que las viudas de treinta años fueran beldades. Los retratos que nos han llegado de Catalina Parr muestran un rostro amable, de nariz corta, boca pequeña y frente ancha. Era muy alta, la más alta de las esposas de Enrique VIII, y tenía el pelo castaño claro, aunque es posible que utilizara tintes para aclararlo.

Aunque era de costumbres sencillas, Catalina Parr disfrutaba de los pequeños placeres de la vida. Le gustaba bailar y oír música, y tenía su propio conjunto de violones venecianos. Encargó a varios pintores que hicieran miniaturas de ella misma y del rey, una de las cuales fue pintada por la artista Margaret Horenbout. Era una apasionada de la ropa más fina y, sobre todo, de los zapatos. Le gustaban los galgos y los loros, mostraba interés por las flores y las hierbas de sus jardines, y tenía varios bufones enanos a los que protegía. A todo esto se añade un profundo amor por la literatura y por todas las ramas del saber, lo que le hizo ganarse la fama de reina erudita.

Al casarse con Enrique VIII y convertirse en madrastra de sus hijos, Catalina Parr tomó personalmente las riendas de la educación de los infantes, en especial la de Isabel y Eduardo. Mostró interés por todos ellos, incluso por la triste princesa María, quien contribuyó a que Catalina Parr se esforzara por mejorar sus conocimientos.

En 1544, Enrique tenía cincuenta y tres años y estaba muy enfermo. Catalina Parr actuaba con él más como una enfermera que como una compañera de lecho. Ya había estado casada antes con un hombre inválido, y trasladó esos conocimientos a los cuidados de su nuevo marido. Por las noches, Catalina dedicaba largas horas a distraer a Enrique mediante la lectura y hablando del tema que mejor sabía: la religión. Poco a poco, Enrique empezó a mejorar, lo suficiente como para embarcarse en una nueva campaña contra Francia. Antes de irse, nombró regente a Catalina Parr y le encomendó el cuidado de sus hijos.



 
"Ser Útil en Todo lo que Hago"
 
 
La reina Catalina Parr era vista por toda la corte como un modelo de piedad excepcional. Todos los días se reunía con sus damas para leer y discutir pasajes de la Biblia. Catalina Parr mostraba bastante interés por las ideas de la Reforma, a pesar del riesgo que corría, porque el propio Enrique VIII pisaba una línea muy fina entre la ortodoxia católica y las nuevas ideas protestantes, aplastando a aquellos que se aferraran demasiado al pasado o a las modernas tendencias luteranas.

Conocemos bien el pensamiento religioso de Catalina Parr porque, excepcionalmente para una mujer de su época, y aún más para una reina, era escritora y además publicó. Su primera obra se tituló Prayers and Meditations, un libro de oraciones que se hizo muy popular y que fue publicado en un formato pequeño pensado para que las mujeres pudieran leer en los oratorios. Es una obra profunda, pero simple y sincera. El éxito de esta obra llevó a Catalina a escribir un segundo libro, este más comprometido con las ideas de la Reforma y con un marcado acento adoctrinador. Sin embargo, tuvo el buen juicio de no publicar esta obra en vida del rey. The Lamentation of a Sinner era la prueba de que Catalina Parr se había convertido en luterana y, por lo tanto, en hereje.

En 1546, la persecución de los herejes se hizo más intensa, sobre todo para aquellos que estaban dentro de la corte. Cada comportamiento religioso era observado al milímetro y, muy pronto, los movimientos de la reina Catalina Parr empezaron a ser motivo de habladurías. Anne Askew, una luterana reconocida, fue arrestada y llevada a la Torre, donde la sometieron a atroces torturas para que revelara los nombres de grandes damas que eran sospechosas de herejía. En ningún momento mencionó el nombre de Catalina Parr, aunque no haría falta, porque la propia reina cometió un descuido que estuvo a punto de costarle muy caro.

La salud del rey lo volvía sumamente irritable en esa época y no le agradaba que lo contradijeran, especialmente una mujer. Quizá de manera un tanto imprudente, Catalina Parr se dedicó a darle sermones sobre religión e incluso llegaron a discutir por eso. Los cargos contra la reina empezaron a acumularse, y pronto comenzó a circular el rumor de que Catalina iba a ser arrestada. Una noche, un consejero anónimo dejó caer una copia de los cargos en la cámara de la reina. Cuando Catalina Parr leyó la carta, se sintió devastada por la revelación de lo que le aguardaba. Pero no se dejó llevar por el pánico. Escogió la única salida que tenía abierta como mujer: la humillación. Si quería librarse de un destino horrible, tendría que ser muy hábil y astuta. Y lo fue.

En plena noche, se dirigió a la habitación del rey. Como siempre, la conversación giró en torno al tema religioso pero, por una vez, Catalina Parr no sacó ninguna conclusión. Le dijo al rey que sus opiniones no debían ser tenidas en cuenta porque, después de todo, era una mujer y, como tal, era débil. Al hablar de religión, su único deseo era entretener al rey para distraerlo de su dolor. Su intención había sido la de aprender de él, no la de predicar. El rey la escuchó y, poco a poco, su resquemor desapareció.

Al día siguiente, una guardia de cuarenta hombres acudió a los jardines para arrestar a la reina, pero Enrique VIII, quien no los había avisado de su reconciliación, los despidió con cajas destempladas. Magnánima por su victoria, Catalina Parr le suplicó a su esposo que los perdonase. La vida del matrimonio real siguió un curso normal, aunque no sería por mucho tiempo. Enrique VIII estaba cada vez más enfermo y sufrió varias recaídas. El 28 de enero de 1547, a la edad de cincuenta y seis años, murió.

Aunque su pesar sin duda era sincero, es imposible no pensar que Catalina Parr por fin veía el cielo abierto. Después de todo, ahora tenía completa libertad para casarse con el hombre que quería. Imprudentemente, se comprometió con Thomas Seymour antes de que pasara un tiempo prudencial de luto por su difunto marido, lo que provocó un escándalo en la corte. Sin embargo, la boda tuvo lugar en los jardines de su mansión de Chelsea; la novia estaba radiante de felicidad al lado de su nuevo y atractivo esposo. La ardiente pasión que ambos se manifestaban estaba en boca de todos sus amigos y familiares, quienes nunca habían visto a Catalina Parr tan feliz. Y esa felicidad se completó cuando poco tiempo después anunció que estaba embarazada.

Aunque ahora apenas tenía relación con sus hijastros, Catalina Parr siguió preocupándose por ellos e incluso permitió a la princesa Isabel que pasara una temporada en su casa con ella y su esposo. Sin embargo, Thomas Seymour empezó a tomarse ciertas libertades con lady Isabel, a la que robaba besos, le pellizcaba las nalgas y la sorprendía en su habitación cuando estaba a medio vestir. Para Catalina, que por entonces estaba embarazada de seis meses, fueron motivos más que suficientes para discutir con su veleidoso marido y mandar a la muchacha de vuelta a la corte.

En 1547, Catalina Parr se retiró al castillo de Sudeley. Desde allí, entabló una larga correspondencia con Thomas Seymour acerca de su avanzado estado de gestación. El 30 de agosto se puso de parto y dio a luz a una niña a la que llamó Mary. Pero, al igual que para otras muchas mujeres de la época, la maternidad fue la perdición de Catalina Parr. Como Juana Seymour, cayó enferma de fiebre puerperal y sufrió delirios durante varios días. Se recobró lo suficiente como para dictar su testamento, pero el 5 de septiembre murió. Catalina Parr tenía treinta y seis años. Había sido la consorte del rey Enrique VIII durante tres años y medio y había estado casada con Thomas Seymour, su cuarto esposo, quince meses. Fue enterrada con honores de reina, pero no de la manera que Enrique VIII habría aprobado, porque a Catalina Parr se le hizo el primer funeral real protestante de Inglaterra.
 
 


mayo 20, 2013

Catalina Howard, la Coqueta Frívola

 
 



Catalina Howard se crió en la pobreza, a pesar del esplendor de su linaje Howard, que descendía de Eduardo I a través de los duques de Norfolk. Nació en 1520 en el seno de una familia muy prolífica y era prima carnal de Ana Bolena. Cuando era pequeña, fue llevada a Chesworth, a la casa de Agnes, la viuda duquesa de Norfolk. Como otras grandes damas de su época, la duquesa Agnes era considerada una figura responsable a la que se podía confiar el cuidado de las jóvenes, pero es bien cierto que una casa en la que había tantos adolescentes se prestaba a todo tipo de escándalos de naturaleza sexual, y Catalina no estuvo excluida de estos.

Su primer romance fue con el músico Henry Mannox, que intentó seducir a aquella muchacha de quince años entre las lecciones de clavicordio y laúd, aunque al parecer la relación se limitó a manoseos furtivos en la cámara de la capilla de la duquesa. Finalmente, se le apartó de Catalina, aunque no por su escasa moralidad, sino porque no se le consideraba un buen partido para ella.

El siguiente romance de Catalina fue con el caballero Francis Dereham. Sus encuentros con Catalina tenían lugar en la casa de la viuda de Norfolk y le hacía frecuentes visitas por la noche en su habitación. Hay motivos para pensar que esta relación sí recibió mayores muestras de aliento, ya que fue consumada sexualmente. Como tenían la costumbre de llamarse “esposa” y “marido”, es muy posible que entre ellos existiera un precontrato de matrimonio. Pero Dereham, si bien de mejor cuna que Mannox, tampoco resultaba un partido especialmente brillante, y el amor de Catalina por él parece haberse enfriado durante la estancia de Dereham en Irlanda, en especial cuando ella se trasladó a la corte y conoció al galante Thomas Culpeper en la cámara privada del rey.

Una vez que Enrique VIII empezó a demostrar interés por ella, los Howard empujaron a Catalina a los brazos del rey. El hecho de que existiera un precontrato de matrimonio con Dereham, algo que era equivalente a un compromiso serio, fue olvidado por el momento, ya que Enrique estaba deseando librarse de Ana de Clèves y ardía en deseos de tomar por esposa a aquella jovencita coqueta y burbujeante. La visitó durante varias noches hasta que por fin se publicó el acta de divorcio. El 28 de julio de 1540, Enrique VIII se casó con su prometida en Surrey. En sus votos matrimoniales, Catalina juró vivir con su esposo en la salud y en la enfermedad, “hasta que la muerte nos separe”.

Del aspecto físico de Catalina Howard nos ha llegado muy poca información. Se dice que era de estatura muy baja, aún más que la difunta reina Catalina de Aragón, y que su belleza no era demasiado llamativa. No obstante, poseía la gracia y la sensualidad de una jovencita que ha sido muy tempranamente iniciada en el amor. Sabía cómo agradar y complacer a los hombres, aunque eso no quiere decir que repartiera sus favores sexuales a la ligera. Era más bien como una seductora Lolita que había atrapado el corazón de un hombre mucho más mayor que ella.

Para Enrique VIII, Catalina Howard era su rosa sonrojada sin una espina. Estaba loco de amor por ella. Le prodigaba su afecto a todas horas y le hacía caros y numerosos regalos. Catalina recibía a diario magníficas joyas, broches y piedras preciosas que hacían sus delicias, además de un vasto ropero compuesto por multitud de vestidos de seda, raso y terciopelo. También le fueron entregados numerosos castillos, dominios y mansiones que habían pertenecido a la difunta Juana Seymour y a Thomas Cromwell. Catalina aceptaba esos regalos como si en verdad tuviera derecho a ellos. Y Enrique estaba tan enamorado de ella que nada le parecía suficiente para agasajarla, fascinado como estaba por su joven esposa.

En cambio, los sentimientos de Catalina Howard hacia el rey son algo más turbios. No se puede decir que no sintiera nada por Enrique, pero más que amor deberíamos creer que se trataba de la impresión que la figura del rey causaba en todos sus súbditos, aumentada además por el aura religiosa que le confería el haberse proclamado cabeza de la Iglesia en Inglaterra. En otras palabras, los sentimientos de Catalina no eran de amor romántico, sino de reverencia y gratitud. Además, hay que tener en cuenta que Enrique VIII no era en esa etapa de la vida un hombre maduro deseable. Había engordado desmesuradamente con el paso de los años debido a una dieta poco saludable basada en carne y vino, y además tenía ulceraciones en las piernas que le causaban un gran dolor. Es obvio pensar que una jovencita como Catalina Howard no se sintiese demasiado atraída por él.

No obstante, la joven reina estaba demasiado ocupada divirtiéndose como para pensar en su anciano esposo. Uno de sus pasatiempos favoritos era la danza, que practicaba a menudo con sus damas de honor. En las ocasiones especiales, tras el banquete, Catalina bailaba para su esposo, que apenas podía moverse debido a sus piernas enfermas. A veces, Enrique sólo podía contemplar cómo bailaba, escogiendo a sus jóvenes caballeros. Hacia 1541, Enrique VIII volvió a sufrir una recaída que le obligó a postrarse en cama durante varios días. Durante ese tiempo, Catalina Howard pudo hacer lo que le dio la gana.


"Ningún Otro Deseo que el Suyo"
 
 
Mientras el rey padecía, Catalina reanudó su relación con Thomas Culpeper. Fue una acción muy inconsciente y temeraria por parte de ambos, pero sobre todo por parte de Catalina, ya que era la clase de muchacha que pierde fácilmente la cabeza por un hombre atractivo. Ingenuamente, pensaba que no hacía nada malo en buscar el placer por su propia cuenta mientras el rey no se enterase. De lo tórrido de esta relación se conserva una carta de amor escrita por la propia Catalina de su puño y letra, y destinada a Culpeper, al que insta a visitarla lo antes posible. La firma, tan conmovedora como indiscreta, no deja lugar a dudas de su pasión: “Vuestra en tanto siga la vida, Catalina”.

Pero Enrique VIII no sabía nada de esto. Partió al norte con la reina Catalina para apaciguar los territorios donde conservaban obstinadamente las antiguas prácticas religiosas y para establecer un arreglo con su sobrino Jacobo V, rey de los escoceses. Se celebraron ceremonias pomposas en cada etapa del viaje, y Catalina Howard ejerció su papel ceremonial perfectamente. Cuando el séquito real llegó a Hampton Court, el rey expresó solemnemente su agradecimiento por la felicidad que le había traído la reina.

Fue su último momento de dicha con Catalina. Las mismas tramas que la habían catapultado al trono de Inglaterra ahora también la destruirían. Su pasado travieso y su presente indiscreto eran un plato demasiado jugoso como para dejarlo escapar. John Lascelles, un caballero de la corte, le contó a Cranmer los detalles del pasado de Catalina Howard en casa de la viuda de Norfolk. Esto sirvió para convencer al arzobispo de tres cosas: El pasado de la reina distaba mucho de ser intachable, podría haber estado prometida con otro hombre y, lo que más temía, tenía que decirle al rey Enrique VIII que su rosa no era tan pura como él pensaba.

Al principio, Enrique se indignó ante las acusaciones contra su esposa, que tachó de calumnias nacidas de la envidia. Sin embargo, instó a Cranmer a que llegara al fondo del asunto. El arzobispo reunió diversas pruebas que demostraban la ligereza de costumbres de Catalina y, cuando se impuso la horrible verdad, Enrique VIII se quedó desolado. Pasaba de la ira a la tristeza en un santiamén. En un momento se compadecía, y al siguiente pedía que le trajeran una espada para acabar él mismo con su esposa. Finalmente, se echó a llorar al verse burlado.

Entretanto, se debía lograr que la reina Catalina hiciera una confesión. Cranmer interrogó a la reina y ella se derrumbó por completo. Paralizada por el terror y el sentimiento de culpa, la desdichada Catalina confesó que había mantenido relaciones sexuales con Francis Dereham antes de casarse y con Thomas Culpeper después de su matrimonio con el rey. Pocos días más tarde, fue arrestada y retenida en Hampton Court; sus antiguos amantes no tardaron en seguirla.

El 24 de noviembre de 1541, Catalina Howard fue acusada de haber llevado una vida licenciosa y abominable, y de aparentar inocencia para inducir al rey a amarla. Fue llevada a la Torre, en la que también habían encerrado a muchos parientes suyos que habían tomado parte en su encumbramiento. El único que se salvó fue su tío, el duque de Norfolk, que se arrastró miserablemente ante Enrique VIII para quedar libre de culpa. El duque de Norfolk había sido uno de los primeros en enganchar su carro a la buena estrella de Catalina; ahora, en su momento de máxima necesidad, la abandonó sin ningún remordimiento.

En febrero de 1542, Catalina Howard se estaba preparando para morir. Aunque se le rindieron los honores debidos a una reina, sabía que no volvería a salir de allí si no era para morir. Dereham y Culpeper fueron condenados a ser cortados vivos, ahorcados, destripados y descuartizados por haber cometido traición. A Catalina se la condenó a ser decapitada. La noche anterior a su ejecución, pidió que le trajeran a su habitación el cadalso del verdugo, y se pasó toda la noche practicando cómo debía colocarse.

A la mañana siguiente fueron a buscarla. Al igual que había hecho Ana Bolena, pidió que su ejecución fuera privada, pero no se le concedió. Tuvo que ser llevada al patíbulo en brazos, pues estaba tan débil que no podía ni mantenerse en pie. Una vez allí, pronunció un corto discurso y, como tantas veces había practicado aquella noche, se ubicó en el tajo y el hacha cayó sobre ella implacablemente. Su cuerpo fue llevado a la capilla de Saint Peter ad Vincula, donde yacía también el cuerpo de Ana Bolena. Catalina Howard había sido reina de Inglaterra poco más de dieciocho meses, y es posible que no hubiese llegado todavía a su vigésimo primer cumpleaños.
 
 


mayo 15, 2013

Ana de Clèves, la "Hermana" del Rey

 
 



A comienzos de 1538 se inició formalmente la búsqueda de una nueva reina de Inglaterra. Enrique VIII, habiendo enviudado de Juana Seymour, sentía la necesidad de tener al lado una esposa y compañera. El secretario Thomas Cromwell, consejero del rey, siendo testigo del cambiante panorama internacional, que se enturbiaba a ojos vista debido a la expansión de las nuevas ideas luteranas, consideró prudente realizar un acercamiento a los países en los que más proliferaba el movimiento reformista para buscar apoyos contra posibles represalias del Papado. Así, consiguió convencer a Enrique VIII de que era preferible celebrar un matrimonio que conviniera a las necesidades de Inglaterra. La candidata elegida para ser la nueva consorte real fue la flamenca Ana de Clèves.

El ducado de Clèves estaba situado en el Bajo Rin. El matrimonio del duque Juan III de Clèves con María, heredera de los ducados de Jülich y Berg, dio cuatro hijos de los que Ana, nacida el 22 de septiembre de 1515, era la segunda. El origen de Ana no carecía de distinción, pues descendía de una larga línea de princesas alemanas que se remontaba muy atrás en el tiempo. El hermano de Ana, el duque Guillermo de Clèves, era líder de los protestantes alemanes de occidente, y Cromwell entendía que una unión con los estados luteranos podría ayudar a contrarrestar la amenaza que suponía para Inglaterra la Francia católica y el Sacro Imperio Romano.

El mundo donde se crió Ana de Clèves estaba muy alejado de otras cortes europeas renacentistas, donde se abrazaban las letras y las artes. Al contrario que otras mujeres como Catalina de Aragón o Ana Bolena, Ana de Clèves recibió una educación muy pobre en comparación. Pese a estar en un territorio luterano, fue instruida en la fe católica. No sabía leer ni escribir en otro idioma que el propio, y tampoco sabía cantar ni tocar instrumento alguno. En resumen, no estaba preparada para entrar en un mundo de intrigas tan sofisticado como la corte inglesa, ni para complacer a un marido corpulento y quisquilloso como Enrique VIII.

Pero en aquel momento no se pensaba en eso. Los planes de matrimonio se alentaron al recibir los informes sobre la virtud y modestia de Ana. Sin embargo, no se sabía nada de su aspecto físico. Los enviados ingleses a Clèves que iban a inspeccionar a Ana se encontraron con una desconcertante escena: Ana y su hermana Amelia aparecieron envueltas en un hábito grande que ocultaba sus formas y con un velo que les tapaba la cara. El duque de Clèves accedió a que se pintara un retrato de Ana, y desde Inglaterra fue traído el pintor Hans Holbein, que realizó el hermoso retrato que podemos ver hoy en día en el Louvre. Mientras tanto, se empezaron a preparar las habitaciones y residencias que habría de ocupar la futura esposa del rey.

El viaje de Ana de Clèves a Inglaterra causó muchos problemas, pero finalmente llegó a buen puerto. El rey Enrique la estaba esperando impaciente desde hacía demasiado tiempo y su imaginación había empezado a alborotarse. El retrato que le había dado Holbein alimentaba sus pensamientos y ya se creía enamorado de aquella misteriosa mujer. Estaba ansioso y quería conocerla inmediatamente para averiguar si era como la había pintado su fantasía. Pero su entusiasmo se vino abajo en el mismo momento en que la miró a los ojos. La entrevista posterior tampoco ayudó a mejorar la primera impresión, puesto que Ana apenas hablaba inglés y parecía confundida. De aquel encuentro nos queda el escueto comentario que Enrique VIII le hizo a Cromwell: “No me gusta”.

Al parecer, el problema residía en el aspecto físico de Ana de Clèves. ¿Era tan espantosa como se decía? Viendo su retrato, donde se muestra a una mujer de apariencia dulce y tierna, parece difícil de creer. Pero las descripciones de sus contemporáneos van hacia otros derroteros que el cuadro no muestra. Se decía que aparentaba más edad de la que tenía en realidad, que era alta y delgada, con un semblante decidido y resuelto. Tenía la frente alta, ojos separados de pesados párpados y un marcado mentón. En cambio, parece ser que su nariz era levemente bulbosa. Puede que su tez, de un tono que tendía a oscurecerse, provocara la decepción del rey. No era tan hermosa como la gente había afirmado, aunque su gesto firme contrarrestaba la falta de belleza. Ana era solemne, pero el problema radicaba en que no era tan joven y bella como se le había prometido a Enrique. En otras palabras, no sentía atracción sexual alguna hacia Ana de Clèves.

A pesar de todo, como se temía ofender al duque de Clèves, el matrimonio se llevó a cabo en 1540. Ana parecía ilusionada con su casamiento, pero Enrique mostraba signos evidentes de ira y de una decepción infantil. No había nada que le agradara de su nueva esposa, a la que ni siquiera quería molestarse en conocer mejor. Ante este panorama, la noche de bodas no auguraba nada bueno. Resulta muy claro que el encuentro fue un absoluto fracaso desde el punto de vista del rey. Según él, la reina Ana tenía el vientre y los pechos flojos, de modo que le hacía sospechar que no era virgen. Una burda excusa para enmascarar el hecho más importante: No había podido consumar el matrimonio.

 
"Dios me Envió para Cumplir el Bien"
 
 
Ante estos hechos, es lógico que nos preguntemos qué pensaba Ana de Clèves de todo esto. Al parecer, y afortunadamente para ella, vivía protegida de la humillación gracias a su profunda ignorancia de los hechos de la vida. Aunque parezca difícil de creer, Ana no tenía ni la menor idea de lo que un hombre y una mujer hacían en el lecho. Cuando le preguntaron qué hacía con el rey en la cama, su inocente respuesta fue: “Cuando él viene a la cama, me besa y me toma de la mano y me dice “buenas noches, querida”, y de mañana me besa y me dice “adiós, querida”. ¿No es eso suficiente?”. Tal ignorancia no era una condición universal; de hecho, una de las obligaciones de una madre era preparar a sus hijas en cuestiones sexuales. Pero Ana de Clèves era diferente. Su madre, profundamente religiosa, le había negado una correcta educación mundana. Sin embargo, es muy posible que esa ignorancia la protegiera de una indebida mortificación personal.

En los primeros días del nuevo matrimonio, al menos la corte estaba feliz con la restauración de la casa de la reina. Ana de Clèves ocupó su puesto en la corte y hasta se le permitió emplear a compatriotas suyos en puestos importantes. Sin embargo, seguía habiendo ingleses pugnando por obtener un puesto en la casa de la reina, y la familia que más se benefició fueron los Howard. Entre las damas de la reina Ana, había una bonita muchacha llamada Catalina Howard, que muy pronto empezaría a resultarle atractiva al rey Enrique.

Entretanto, la situación nacional en 1540 no había mejorado demasiado. Los hechos más turbulentos en Inglaterra estaban relacionados con los asuntos religiosos y su impacto en la política. Los católicos, encabezados por el obispo Stephen Gardiner, seguían lidiando contra los reformistas, liderados por el arzobispo Cranmer. Además, Cromwell estaba viendo cómo su buena estrella empezaba a desvanecerse, sobre todo cuando Enrique VIII se enamoró de la joven Catalina Howard y manifestó su deseo de deshacerse de Ana de Clèves, a la que Cromwell había propuesto para el matrimonio. Falsamente, Cromwell fue acusado de herejía sacramental y fue llevado a la Torre de Londres. Se le quitaron todas sus propiedades y títulos nobiliarios. A pesar de haber servido al rey fielmente durante diez años, sus cartas suplicando piedad no ablandaron al monarca. Fue sentenciado a muerte, pese a que no había pruebas en su contra.

El siguiente paso para el divorcio era asegurarse la cooperación de la reina Ana. Como razón principal para conseguir el acta de anulación del matrimonio, Enrique VIII esgrimía el argumento de la no consumación, pero se corría el riesgo de que Ana de Clèves contara una versión distinta a la del rey.

La reina Ana no tenía ni la menor idea del destino que la aguardaba. Cuando se le comunicó la noticia de su destitución, escuchó a los comisionados sin alterarse y, después de reflexionar, les dijo que acataría la voluntad del rey. Ana de Clèves acababa de enviar la respuesta que tenía más probabilidades de gustar a Enrique VIII, presentándose como una mujer sumisa, que aceptaba sus decisiones sin oponerse en ningún momento. Enrique VIII siempre se había mostrado generoso con quienes acataban sus deseos; fue generoso ahora con Ana de Clèves.

Se le concedió precedencia sobre todas las demás damas de Inglaterra, excepto la reina y las princesas María e Isabel. Recibió un magnífico conjunto de mansiones y propiedades, muchas de las cuales se le habían confiscado al caído Cromwell, y recibió rentas muy altas. Como condición, debía naturalizarse como súbdita del rey y llevar una buena vida como su “hermana” adoptiva. Aunque se temía la reacción del duque de Clèves, la propia Ana envió una carta a su hermano instándole a acatar la voluntad de Enrique; era mucho más probable que a ella le fuera bien en el futuro si obedecía en vez de ayudar a encabezar una rebelión.

Así terminó formalmente el cuarto matrimonio de Enrique VIII, para asombro de toda Europa. Ana de Clèves solamente había sido reina durante seis meses escasos. Pero es muy posible que para ella la soltería fuese la mejor opción. Tenía una posición envidiable y prácticamente absoluta libertad de movimientos en su nueva tierra. Además, aunque todavía fuera virgen, al menos se libraba de los peligros que en la época acarreaba la maternidad, como le había sucedido a la infortunada Juana Seymour. Hasta su muerte, en 1557, siguió viviendo apaciblemente en Inglaterra como la “buena hermana del rey”.
 
 


mayo 13, 2013

Juana Seymour, la Madre Amada

 



Juana Seymour, nacida en 1509, provenía de una familia de respetable e incluso rancio abolengo, de la que incluso se decía que por sus venas corría sangre normanda. Sir John Seymour, padre de Juana, fue nombrado caballero por Enrique VII en la batalla de Blackheath y, desde ese prometedor comienzo, empezó a gozar del favor real. Provenía de una familia de ocho hijos, y luego su propia esposa, Margery Wentworth, daría a luz a diez hijos: seis varones y cuatro mujeres. Todo eso era auspicioso para Juana, ya que en la época la aptitud de una mujer para tener hijos se juzgaba por el registro de su familia.

Los Seymour pueden no haber sido particularmente grandes, pero las relaciones íntimas con la corte los habían vuelto astutos y mundanos. La figura masculina dominante en la vida de Juana, aún más que su propio padre, fue la de su hermano mayor Edward, descrito como un joven muy inteligente, que además fue paje de la hermana del rey Enrique VIII, Mary Tudor. Otro de los hermanos de Juana, Thomas Seymour, que tenía fama de ser muy atractivo, tendrá un papel destacado más adelante como marido de una de las reinas de Enrique VIII, Catalina Parr.

En medio de una vasta familia como los Seymour, ¿qué podía ofrecer Juana aparte de su supuesta fertilidad? Fue a sus veinticinco años cuando empezó a llamar la atención del rey. Se la describe en muchas ocasiones como una mujer de sumo encanto, tanto en el aspecto como en el carácter. Era de mediana estatura y dueña de una piel blanca e inmaculada, muy del gusto de la época. Según Holbein, que nos ha dejado su retrato, tenía una gran nariz y una boca firme de labios apretados, pero también tenía un rostro oval que resultaba atractivo. La impresión predominante que da su retrato es de una mujer sensata. Todos los contemporáneos coinciden en resaltar su inteligencia, su dulzura y su virtud. En suma, Juana Seymour era exactamente la clase de mujer elogiada por los manuales contemporáneos de la conducta correcta, así como Ana Bolena había sido la clase de mujer que desaconsejaban.

No se sabe con seguridad la fecha en la que se empezó a proyectar la sustitución de Ana Bolena por Juana Seymour. Después de haber dado a luz a una niña y haber abortado dos veces, Ana Bolena había perdido ya todo el interés del rey Enrique VIII. Asimismo, su temperamento encendido cada vez le causaba más problemas con su esposo, y Enrique empezó a fijarse en Juana, una de sus jóvenes damas de honor, que llamaba la atención por su virtud y modestia. Fueron muchos los lores que, encabezando la facción “antibolena”, apoyaron la causa de Juana Seymour para que ascendiera al trono, e incluso se recibió el apoyo exterior del propio Carlos V de Alemania.

Al igual que al comienzo de su relación con Ana Bolena, el amor de Enrique y Juana tenía que ser llevado en secreto al principio, aunque no tardó en ser descubierto. Incluso se compuso una balada burlesca sobre el asunto, de la que Enrique advierte a su enamorada para que no le preste atención. El rey también le envía regalos para mostrarle su favor, pero Juana los devolvió todos con palabras humildes. La ruborosa inocencia de Juana tuvo la virtud de inflamar aún más la pasión de Enrique, que la elogió por su modestia.

En este aspecto, resulta muy atractivo ver cómo Polonio (aquí representado por Edward Seymour) prepara a su Ofelia en sus modales de doncella para su maduro príncipe. Pero Juana Seymour no necesitaba realmente que le indicaran que debía mantenerse firme. Probablemente, la joven no estaba fingiendo en sus maneras. Es decir, representaba sin artificio alguno esa pureza que un hombre sentimental admiraba en una mujer.

Juana Seymour se mantuvo al margen durante todo el proceso de destitución, juicio y ejecución de su predecesora, Ana Bolena. Se alojó en la casa de sir Nicholas Carew, en Croydon, y más tarde en una mansión cercana a Whitehall. El 20 de mayo de 1536, solamente veinticuatro horas después de la ejecución de Ana, Enrique VIII y Juana Seymour se comprometieron secretamente en Hampton Court. El matrimonio se celebró diez días después de manera rápida y discreta, y Juana se convirtió así en reina de Inglaterra.

 
"Obligada a Obedecer y Servir"
 
La felicidad de Enrique VIII era más que evidente, y tenía sobrados motivos. Después de dos matrimonios que le habían traído más quebraderos de cabeza que alegrías, ahora por fin podía afirmar que ese nuevo matrimonio era “bueno y legal”. Exhibió a Juana Seymour a sus súbditos con gran deleite, y también mandó arreglar para ella las habitaciones reales, con sus iniciales y sus propios emblemas. El carácter conciliador y afectuoso de Juana también revirtió positivamente en Enrique, ya que la nueva reina se interesó por sus hijastras, especialmente por María, y contribuyó a que las muchachas volvieran a ser tenidas en cuenta por su padre.

La clave del carácter de Juana Seymour estaba en su sumisión. Su reputación de buena y virtuosa se difundió por el extranjero, y el contraste con la difunta Ana Bolena la favorecía mucho. Y así como Enrique VIII era muy feliz a su lado, es muy posible que Juana también fuera dichosa. Cierto que el matrimonio no era más que otra manera de someterse a “la ley”, y la figura del rey era equivalente a un sol que iluminaba la vida de cada súbdito, una criatura a la que amar y temer al mismo tiempo, casi equiparable a Dios, pero esto no impide que la reina Juana no amara sinceramente a su esposo.

La corte de la reina Juana fue tan espléndida como decorosa. Era muy estricta en cuanto a los trajes de sus damas, algo que tenía en común con las dos reinas que la habían precedido y que no dejaba de tener su lógica. Un puesto en la corte desde el que dos damas se habían elevado al rango de consorte real probablemente parecía más ventajoso que nunca, y era necesario mantener el decoro para impedir que otra llamara en exceso la atención del rey. No obstante, la vida en la corte se desarrolló de un modo más familiar gracias a la rehabilitación de las princesas María e Isabel, con las que Juana actuó como una madre benevolente.

Pero fuera de la corte se fraguó un conflicto de máxima gravedad: la rebelión en el norte. El Peregrinaje de Gracia se convirtió en la esencia de un enorme descontento popular con muchos factores: la indignación de los grandes lores ante el excesivo poder que estaba alcanzando Cromwell, la elevación de los impuestos y, sobre todo, los cambios religiosos ordenados por el arzobispo Cranmer y que el pueblo no era capaz de asimilar por lo fugaz e incierto de la situación. En particular, el cierre forzoso de los monasterios por parte de los comisionados del rey proporcionó un foco más para ese descontento.

En 1536 hubo un levantamiento en Louth que se inició con el encarcelamiento de dos recaudadores ejecutados por los rebeldes, que exigieron al rey otros sacerdotes y consejeros más aristocráticos que le asesoraran. Enfurecido, Enrique VIII rechazó todas las demandas e instó a los rebeldes a que cesaran en su actitud si no querían ser ejecutados por traición. Pero el levantamiento se produjo y se difundió rápidamente entre el vulgo, que se reunió para llevar a cabo el Peregrinaje de Gracia, que tenía como misión restaurar la fe católica. Finalmente, el levantamiento se saldó con la ejecución de un buen número de habitantes de cada pueblo, que fueron colgados de árboles o descuartizados sin ningún miramiento por atreverse a desafiar la voluntad del rey.

A pesar de que la tradición quiere mostrarnos a Juana Seymour como el paradigma de la reina protestante, lo cierto es que no fue así. Ella, tan común en ese aspecto como en otros, nunca sintió interés por el nuevo credo luterano, y seguía practicando la fe católica. Es más, parece que se concienció con la suerte de los católicos en Inglaterra e incluso trató de mediar con Enrique VIII para que no suprimiera los monasterios, aunque fue severamente reprendida por el rey, que la instó a que no se metiera en sus asuntos. Pero la irritabilidad de Enrique pasó pronto, porque en 1537, después de las festividades de Año Nuevo, Juana anunció que esperaba un hijo.

Una vez más, se hicieron todos los preparativos necesarios para recibir al nuevo príncipe. Se organizaron justas, se adecuaron aposentos necesarios, se encargó una nueva cuna al orfebre. El rey incluso mandó preparar un sitial de la Jarretera para su hijo en la capilla de San Jorge, en Windsor. El 9 de octubre, Juana Seymour se puso de parto y dio a luz al ansiado príncipe de Gales. Fue bautizado con el nombre de Eduardo, y se dice que Enrique VIII lloró al tenerlo entre sus brazos. Dios aprobaba y bendecía su matrimonio entregándole ese hijo; al menos, ese fue su parecer.

Pero poco podría disfrutar la reina Juana de su recién nacido hijo. Se recuperó lo suficiente como para asistir al bautizo del niño, pero a los pocos días cayó enferma de fiebre puerperal. Esa fiebre de parto, si se convertía en septicemia, era la principal causa de mortalidad maternal antes de que se entendieran la naturaleza de la higiene y el curso de la infección. La septicemia se instaló y con ella vino el delirio. La mañana del 24 de octubre de 1537, después de una penosa agonía, Juana Seymour murió. Tenía veintiocho años y había sido reina menos de dieciocho meses.