mayo 20, 2024

Animes de ayer: Candy Candy


¡Hola a todos!

Hubo una vez, allá por la segunda mitad de los años 70, una serie de dibujos animada que estaba destinada a convertirse en un clásico del melodrama. Viajemos por un momento a aquella época, cuando en Europa empezaban a llegar los primeros animes recién traídos desde Japón, llenando las parrillas de las jóvenes cadenas televisivas con grandes obras como Mazinger Z, Dragon Ball, Heidi, Marco y muchos otros animes que quedaron en la memoria de muchos niños que hoy, con más de cincuenta años a las espaldas, todavía recuerdan con cariño. Una de las series clave dentro de este boom del anime en Europa, si bien a España llegó un poco tarde, fue la inolvidable Candy Candy, basada en el manga del mismo título que ya contaba con mucha popularidad en Japón.

Candy Candy es un manga shoujo escrito por Kyoko Mizuki (uno de los seudónimos de Keiko Nagita) e ilustrado por la mangaka Yumiko Igarashi. El manga se empezó a publicar en abril de 1975 en la revista Nakayoshi, la misma que años después publicaría grandes clásicos como Sailor Moon o Cardcaptor Sakura. Fue recopilada en nueve tomos, quedando cerrada la historia en el año 1979. El manga fue tan famoso que la Toei Animation lo adaptó en forma de serie anime y lo distribuyó a varios países, por lo que se hizo muy popular a nivel internacional. Ganó el Premio Kodansha Manga para shoujo en 1977 y las ventas del manga llegaron a los 13 millones de ejemplares.

La historia, narrada en forma de melodrama, nos traslada a Norteamérica, al año 1898, cuando la pequeña Candy es abandonada siendo tan sólo un bebé a las puertas del orfanato de la Señorita Pony, en medio de una nevada ocurrida durante la primavera boreal; de hecho, de ahí le viene su nombre: Candice White. Esa misma noche también es encontrada Annie, y ambas niñas crecerán como hermanas en el Hogar de Pony, un pequeño orfanato regentado por la amable señorita Pony y la hermana Lane.

A efectos de la reseña, voy a basarme principalmente en la serie animada, aunque teniendo en cuenta también el manga y la novela, pues hay algunos cambios entre las versiones. He tomado esa decisión basándome en el hecho de que somos muchos más los que hemos visto el anime que los que han leído el manga o leído la novela, aunque esta última debe considerarse la fuente oficial. Por suerte, estas diferencias son muy pequeñas y no alteran el transcurso de la historia, así que no os perderéis en lo más mínimo.


En el Hogar de Pony



La infancia de Candy en el orfanato es inmensamente dichosa. La pequeña crece feliz en plena naturaleza, rodeada de otros niños que están en su misma situación y arropada por el amor de la señorita Pony y la hermana Lane, a quienes tiene por madres. Candy es una niña que se sale de lo convencional, pues es revoltosa, juguetona y aventurera. Le gustan pasatiempos tales como tirar el lazo al estilo cowboy o trepar hasta lo alto de grandes árboles, algo que trae de cabeza a sus cuidadoras. Sin embargo, sus virtudes destacan por encima de todo lo malo que pudiera tener. Candy es alegre, abierta y sincera. Ante los problemas o adversidades toma una actitud positiva que siempre la lleva a salir airosa y a granjearse la simpatía de todo el mundo. Ni siquiera el hecho de que nadie la haya adoptado todavía parece importarle, pues es feliz en el Hogar de Pony y no echa de menos el tener unos padres.

Quien sí desea de todo corazón tener padres es Annie. Ella es todo lo contrario que Candy: tímida, débil, apocada y con tendencia a llorar por cualquier motivo. Ambas niñas han crecido juntas y se han vuelto inseparables, hasta el punto de prometer que jamás abandonarán el Hogar de Pony y que nunca se separarán la una de la otra. Pero ocurre que en su décimo cumpleaños (sexto cumpleaños en la novela y en el manga), a Candy se le propone ser adoptada por los Brighton, una familia rica, y ella rechaza el ofrecimiento para mantener la promesa que le había hecho a Annie. Los Brighton, al ver que Candy no desea ser adoptada, le hacen el mismo ofrecimiento a Annie y la niña acepta sin dudarlo; de esta manera, Candy ve su inocencia traicionada por los firmes deseos de su amiga de tener una familia. En el manga y en la novela esto ocurre justamente a la inversa, pues los Brighton desean adoptar a Annie desde el principio debido a su parecido con su difunta hija, y es la niña la que se resiste a aceptar la adopción, siendo Candy quien la anime a aceptarla.

El tiempo pasa y Candy espera cada día las cartas que Annie prometió escribirle a diario, pero estas cartas empiezan a escasear con el paso de los meses, hasta que un día llega una misiva en la que Annie le dice a Candy que deje de escribirle, pues su nueva madre no considera apropiado que nadie de su círculo social sepa que Annie se crio en un orfanato. Desolada, Candy huye corriendo a la Colina de Pony y es allí donde se encuentra por primera vez con un chico vestido a la usanza escocesa que toca una gaita. Candy queda absolutamente fascinada por la presencia de este chico, a quien bautiza como Príncipe de la Colina. El muchacho, sonriente y amable, consigue consolarla diciéndole:

¿Por qué lloras? Eres mucho más linda cuando ríes que cuando lloras.

Tras una breve conversación, el Príncipe desaparece dejando a Candy con la impresión de que todo ha sido un sueño, salvo por un broche que se ha desprendido de su ropa y que Candy guarda como su más preciado tesoro. A partir de ese momento, Candy hará todo lo posible por ser adoptada.


Acogida por la familia Lagan



Unos meses después de la partida de Annie (en el manga son cuatro años), Candy recibe la noticia de que el mayordomo de una familia adinerada, los Lagan, ha presentado a la señorita Pony una solicitud para contratar a una niña para que sea dama de compañía de Eliza, la hija de los señores. Candy, que desea ser adoptada por una buena familia, se siente decepcionada al ver que sólo la buscan como mera acompañante, pero tiene casi trece años y sabe que es demasiado mayor para ser mantenida en el Hogar de Pony. Al ver que el escudo de la familia se parece mucho al broche del Príncipe de la Colina, Candy acepta la propuesta con la esperanza de averiguar más sobre él y volverle a ver si es posible.

Durante el viaje, Candy se pregunta cómo será Eliza, imaginándose que será una niña hermosa pero frágil, un poco parecida a su querida Annie. Sin embargo, tanto Eliza como su hermano Neal son dos malcriados que la reciben arrojándole un cubo de agua a la cabeza. Desde ese momento, los dos hermanos no perderán la oportunidad de culpar a Candy de sus fechorías, de humillarla y de exponerla de malas formas. Cuentan para ello con el beneplácito de su madre, quien les consiente todo porque tampoco acepta la presencia de una huérfana viviendo en su casa. Pero a pesar de los muchos abusos y maltratos que recibe, Candy está decidida a convertirse en toda una dama, incluso tras haber sido reducida a la condición de sirvienta y estar obligada a vivir en los establos. Incluso llega a encontrarse una vez con Annie, quien viene de visita en calidad de hija de los Brighton, pero queda defraudada porque Annie finge no conocerla.

Por fortuna, cerca de la mansión de los Lagan viven tres jóvenes que se hacen muy buenos amigos de Candy. Ellos son Archibald y Alistair Cornwell (o Archie y Stair, como les conoce todo el mundo), dos hermanos muy diferentes entre sí pero que comparten un gran interés por Candy, ya que es distinta a todas las muchachas que suelen frecuentar. Un día, Eliza y Neal acusan a Candy de haber robado una cinta que Annie le dejó como obsequio, por lo que huye llorando sin fijarse hacia donde se dirige. Sus pasos la llevan a un portal de rosas que es la entrada a un hermoso jardín en el que abundan estas flores. Allí se encuentra con un joven que guarda un gran parecido con el Príncipe de la Colina, pero lo que más sorprende a Candy es que le diga la misma frase que el Príncipe le dijo en su día. Después de que el chico desaparezca sin decir nada, Candy observa que la insignia de la mansión es la misma que la de su broche.


Adoptada por la familia Ardlay



Un día, llega a casa de los Lagan una invitación para un baile que se celebrará en la mansión de los Ardlay. Por supuesto, los miembros de la familia Lagan están invitados, pero se sorprenden al descubrir que Candy también ha recibido no una, sino dos invitaciones para asistir. Han sido Archie y Stair quienes han invitado a Candy, cada uno por su lado, para que fuese al baile a pasar un rato con ellos. Allí conocerá al joven que vio en el portal de las rosas: es Anthony Brown, primo de Stair y Archie. 

Antes de continuar, hay que dedicar una palabras a la familia Ardlay, pues este clan va a jugar un papel importantísimo en la vida de Candy. Los Ardlay son una de las familias más poderosas de Estados Unidos, aunque su origen es escocés. Existen al menos tres ramas de la familia Ardlay, además de la rama principal: los Lagan, los Cornwell y los Brown. Por eso, Neal y Eliza son primos de Anthony, Stair y Archie y sus escudos familiares son muy parecidos. El liderazgo de la familia pasa de generación en generación entre los varones de la familia, y en la actualidad lo ostenta el misterioso tío abuelo William, a quien la mayoría de los Ardlay no conocen porque sus apariciones en sociedad son muy escasas y son pocos los que tienen trato directo con él. La cara visible de los Ardlay es la tía abuela Elroy, quien se encargó de la educación de Archie y Stair y es la responsable de que el honor de los Ardlay no se vea manchado. Esta mujer, pese a que no es malvada, tiende a dejarse llevar por las apariencias y el qué dirán, por lo que la veremos cometer muchas injusticias con Candy a causa de sus prejuicios.

Volviendo a la fiesta, los tres jóvenes anfitriones cuidan y colman de atenciones a Candy, y ella por fin puede disfrutar de su primer baile. Durante el vals, Candy le pregunta a Anthony si la recuerda y él confirma que sólo la conoce de su primer encuentro en el portal de las rosas; es lo más lógico, pues el recuerdo que Candy tiene del Príncipe es el de un joven de unos diecisiete años, pero ya ha pasado mucho tiempo desde aquel primer encuentro y el tiempo también ha pasado por él. Candy se siente un poco decepcionada, ya que estaba convencida de que Anthony era el mismo Príncipe que la consoló aquella vez en la Colina de Pony, pero cree que tal vez Anthony se ha olvidado de aquel primer encuentro. Además, la dulzura y amabilidad de Anthony despiertan en ella un cariño que poco a poco se va convirtiendo en amor por parte de ambos, ya que el muchacho adora a Candy.

Sin embargo, este amor puro e idílico molesta profundamente a los hermanos Lagan, sobre todo a Eliza, pues ella está encaprichada de Anthony y aspira a comprometerse con él algún día. Los hermanos no pararán de meter cizaña entre los dos y causar malentendidos, haciendo que Candy se harte y desee volver al Hogar de Pony. Desesperada, toma una barca sin vigilancia que está apostada en la orilla del río y la corriente la arrastra hasta unas cataratas, haciendo que el bote choque contra unas rocas y acabe hecho añicos. Por suerte, Candy no termina ahogada gracias a Albert, un joven trotamundos de espesa barba y gafas oscuras que se refugia en una casa abandonada en el bosque repleta de animales a los que cuida y con quienes convive. A partir de ese momento, se forjará entre los dos un vínculo muy especial que se mantendrá a lo largo de toda la historia, pues Albert aparecerá siempre en los momentos en los que Candy necesita más ayuda.

Tras descansar esa noche y recuperar fuerzas, Candy vuelve a la casa de los Lagan para aclarar todo aquel malentendido. Anthony, Stair y Archie se alegran de su regreso, pero Neal y Eliza están profundamente celosos del cariño que le muestran a la muchacha. Es entonces cuando deciden elaborar la trampa definitiva para que la echen de allí y no vuelvan a verla. Convencen a sus padres de que es una ladrona y, como castigo, Candy es enviada a trabajar a una hacienda en México. Por fortuna, un nuevo giro del destino hace salir airosa a Candy de la situación. En el viaje de camino a México, cuando está a punto de ser vendida por el hombre que la está llevando, Candy es "secuestrada" por George, el hombre de confianza del tío abuelo William, el cual, tras recibir las urgentes peticiones de Anthony, Stair y Archie, ha decidido adoptar a Candy pese al disgusto de la anciana tía abuela Elroy.

Son días hermosos y felices para Candy en casa de los Ardlay. La muchacha recibe a diario el cariño de sus amigos, y en especial el de Anthony, el tierno y romántico chico que ama cultivar rosas. De hecho, Anthony le hace a Candy un maravilloso regalo por su cumpleaños: cultiva una rosa especial y la llama Dulce Candy en honor a la muchacha. Todo parece indicar que su amor, puro y bonito, durará eternamente.

Pero llega el día de la presentación de Candy en sociedad ante los miembros de la familia y se organiza la clásica caza del zorro, deporte favorito de los nobles ingleses, y en la que van a participar también Anthony y Candy. Tras un paseo apartados del resto, Anthony atisba un pequeño zorro y trata de esquivarlo, con tan mala suerte que su caballo mete la pata en un cepo y el animal, enloquecido de dolor, se desboca y lanza al muchacho por los aires, cayendo de cabeza contra el suelo y recibiendo un violento golpe que lo mata al instante (en la novela, Anthony no trata de esquivar al zorro, sino que va persiguiéndole). Todo ante los ojos de Candy, que observa horrorizada la muerte de su amado. Tras el trágico acontecimiento, del que es culpada por toda la familia, Candy regresa al Hogar de Pony para reorganizar sus pensamientos y encontrar un poco de paz. Pero a los pocos días será requerida por el tío abuelo William, quien ha tomado la decisión de enviarla al prestigioso colegio Royal Saint Paul en Inglaterra, para que pueda convertirse en toda una dama.


En el Royal Saint Paul



Candy parte en un barco que la lleva a Inglaterra, coincidiendo en la travesía con un misterioso joven de largos cabellos al que en un primer momento confunde con Anthony al verlo de espaldas. Pero pronto se percata de que ambos chicos no tienen nada que ver. El comportamiento tosco y grosero de Terry Granchester está muy lejos de la amabilidad y galantería de Anthony, pues siempre que está con Candy se burla de ella o le pone motes.

Al llegar a Inglaterra se encuentra con sus amigos Stair y Archie, que también han sido enviados a estudiar al Saint Paul. En el colegio, Candy conoce a Patty O'Brien, una chiquilla algo tímida pero muy amable, y se reencontrará con Annie, aunque al principio tendrá problemas con ella. Annie sigue negándose a dirigirle la palabra a Candy porque no quiere que la gente sepa que se conocen desde sus días en el orfanato. Además, su motivo para estudiar en el Saint Paul no es otro que el de estar más cerca del chico del que se ha enamorado, Archie, y acabará reprochándole a Candy que él no le haga caso porque está enamorado de ella. Por otro lado, y por desgracia para nuestra protagonista, los Lagan también han enviado a sus hijos Neal y Eliza al colegio, y ya sabemos que no dejarán de incordiarla y hacerle jugarretas siempre que puedan. Y, para completar el grupo de rostros conocidos, Candy volverá a ver a Albert, quien ahora trabaja en el zoológico de Londres.

Durante la hora de misa, Candy encuentra a Terry, el chico al que conoció en el barco. Su actitud atrevida y descarada, demostrando que no le teme a la autoritaria hermana Gray, quien dirige el internado, llama su atención. Pronto averigua que Terry es hijo del Duque de Granchester, un noble que hace generosos donativos al colegio y cuya palabra parece pesar lo suficiente como para que su hijo Terry no reciba ningún castigo a pesar de sus constantes faltas de respeto a la autoridad y de estar quebrantando siempre las normas. A pesar de todo, Candy descubre que no es un mal chico en absoluto. Terry puede ser burlón y descarado, pero no acepta las injusticias y no soporta la falsedad en las personas; de ahí que más de una vez defienda a Candy de las fechorías de Eliza y Neal, aunque luego vuelva a meterse con ella. Una noche, Candy entra accidentalmente en la habitación de Terry y descubre que es hijo de la famosísima actriz de teatro Eleanor Baker, lo que convierte a Terry en un hijo ilegítimo del Duque de Granchester. Furioso por la intromisión de la muchacha en su vida privada, Terry hace jurar a Candy que no desvelará su secreto a nadie.

El recuerdo de Anthony sigue poblando los pensamientos de Candy en las noches, y más cuando cree ver la sombra de un jinete que se pierde entre los árboles. Sumida en un trance, sale corriendo tras el sonido de los cascos para detener al que cree que es Anthony, tropezando en las escaleras y cayendo desmayada. Terry, que es quien llevaba las riendas del caballo, deja a Candy en la enfermería para que reciba ayuda, pero no se le escapa que durante todo el tiempo ella susurra una y otra vez el nombre de Anthony.

Aunque la intención del tío abuelo William era que Candy estudiara y se convirtiera en una señorita respetable, lo cierto es que Candy tiene problemas para encajar en el rígido sistema educativo británico. Como se guía por su propia brújula moral, que la vuelve intolerante hacia todo lo que considere una injusticia, tiende a meterse en problemas por saltarse las reglas continuamente y por interferir en las órdenes y castigos que imparte la hermana Gray. Por eso, cuando insulta a la monja por castigar a Patty por introducir una tortuga en el colegio a sabiendas de que las mascotas están prohibidas, Candy es enviada a una celda de castigo y se le prohíbe disfrutar del festival de mayo, que esperaba con ansias.


Vacaciones en Escocia



Gracias al oportuno tío abuelo William, que le envía unos disfraces de Romeo y Julieta, Candy consigue escapar y camuflarse en el festival de mayo, pasando desapercibida ataviada con ambos trajes. Ese mismo día, Terry descubre su secreto y la invita a bailar sobre la colina. Candy es feliz a su lado, pero entonces se le ocurre sacar a relucir el recuerdo de Anthony, lo que molesta profundamente a Terry. Para molestar a Candy, insinúa que Anthony es un muchacho débil y apocado, pero Candy se resiente contra él y le reprocha insultar a un joven que ha muerto. A pesar de todo, Candy no puede ocultar la atracción que empieza a sentir por Terry.

Archie, celoso por las atenciones que su amiga le prodiga a Terry, le pide que deje de verle porque no lo soporta y termina confesando su amor por ella. Annie, que lo escucha todo, le echa en cara a Candy que todos la quieran y prefieran a ella, como pasaba en el orfanato con la señorita Pony y la hermana Lane. Por desgracia, sus palabras llegan a oídos de Eliza, quien confirma sus humildes orígenes y pretende ridiculizarla ante todo el alumnado por ser una huérfana. Sin embargo, y aunque podría haberse enfadado con ella por sus duras palabras, Candy arregla el entuerto haciendo ver a Annie su error y que ella siempre estará ahí para ayudarla. Por su parte, Archie acabará por comprender que el corazón de Candy no le pertenece y le pide perdón.

Llegan las vacaciones de verano y el grupo de amigos viaja a Escocia. Allí, en una vieja mansión, Terry se reconcilia con su madre gracias a la intervención de Candy. En una manera un poco brusca de devolverle el favor, Terry obliga a Candy a montar con él a caballo. Candy está aterrada, el caballo galopa cada vez más veloz, y las imágenes de la tragedia vuelven a dibujarse ante sus ojos, haciéndola llorar. Pero Terry no se detiene, ya que está decidido a que Candy supere su trauma de una vez por todas. Debe olvidar su pasado y dejar de vivir de los recuerdos de Anthony, pues le impiden vivir y disfrutar del presente. Finalmente, Candy comprende lo que Terry intenta decirle y asume que no puede aferrarse al recuerdo de alguien que no regresará jamás. Por otra parte, empieza a entender el alma herida de Terry, quien fue abandonado por su madre y recibe el rechazo continuo de su padre, haciendo que entre los dos nazca una nueva relación mucho más cercana.

Pero los problemas continúan para nuestra protagonista, ya que Eliza, que está enamorada de Terry, sigue haciéndole la vida imposible. Con motivo de haberla salvado en el lago, Eliza invita a Terry a una fiesta que dará en su honor, pero él no aparece porque prefiere estar en compañía de Candy, cosa que Eliza descubre al ir a buscarlo a la mansión. La maliciosa muchacha traza la que será su venganza definitiva.

A una semana de que acaben las vacaciones, Candy y Terry están pasando un momento a solas en la campiña. Terry invita a Candy a bailar y, de repente, la besa apasionadamente. Candy se lo toma muy mal y le da una bofetada por considerarlo un atrevido; Terry le devuelve la bofetada y se marcha. Sin embargo, ninguno de los dos podrá olvidar lo que ha sucedido entre ellos.

De vuelta en el colegio, Candy recibe una carta de Terry citándola al anochecer en los establos. Allí ambos se dan cuenta de que se trata de una encerrona, pues Terry ha recibido otra carta, supuestamente de Candy, en la que le pide que se reúna con ella esa noche. En ese momento llega la hermana Gray, junto a Neal y Eliza, y los descubre. Todo ha sido una artimaña de Eliza con la intención de que echen a Candy del colegio. Frente a la inminente expulsión de la muchacha, Terry se interpone y asume toda la culpa, aceptando su expulsión y marchándose a Estados Unidos. No le gusta la vida acomodada que lleva junto a su padre, al que no aprecia, y va a tratar de ganarse la vida por sí mismo ejerciendo su mayor vocación: ser actor de teatro. Cuando Candy descubre que Terry se ha ido, decide seguir su ejemplo y deja atrás el internado para regresar a América y encontrar su propio camino.


Candy White enfermera



El viaje de vuelta a Estados Unidos se convierte en una auténtica odisea para Candy, pues se ve obligada a ir de polizón en un barco. Una vez de regreso en el hogar de Pony, Candy descubre que Terry pasó por allí para conocer el lugar donde ella había crecido y ver con sus propios ojos la colina de Pony de la que Candy tantas veces le había hablado. La muchacha siente la necesidad de ayudar a los demás, y así es como se da cuenta de que su vocación es ser enfermera. Por ello, ingresa en la Escuela de Enfermería Mary Jane para obtener la titulación que le permita desempeñar dicho trabajo. En la escuela conocerá, entre otras compañeras, a Frannie Hamilton, una estricta y severa estudiante a quien no le agrada Candy por considerarla impertinente y charlatana.

A pesar de su inicial falta de habilidad, Candy consigue poco a poco convertirse en una buena enfermera, destacando por su bondad, su alegría y su empatía con los pacientes. El inminente estallido de la Gran Guerra en Europa lleva a Mary Jane a enviar a cuatro de sus mejores alumnas a trabajar en el hospital de Chicago, donde andan escasos de personal, y entre éstas se encuentra Candy. Sin embargo, aunque aprecia el reconocimiento por ser una buena enfermera, no puede evitar sentir miedo al descubrir que en el hospital también tendrá que aprender técnicas quirúrgicas; esto le hace entender que podrían necesitarla en el frente algún día y quieren prepararla para el caso de que eso suceda.

En Chicago, Candy volverá a encontrarse con sus amigos y también con los hermanos Lagan. También descubre que Terry está en la ciudad, pues dará una función benéfica con la compañía y la muchacha hará todo lo posible por verlo, a pesar de que terceras personas intentarán impedírselo. Aquí es cuando entra en escena Susanna Marlowe, una joven actriz de la compañía de teatro donde también está Terry, y que está locamente enamorada de su compañero, por lo que no permite que ninguna mujer se le acerque. De hecho, es Susanna la que intercepta las cartas que Candy le ha escrito a Terry y quien evita que se encuentren en el hotel donde se hospedan los actores tras la función, aunque después lamenta lo que hace. Es curioso el carácter de Susanna, ya que ella hace esas cosas movida por los celos y por el miedo: celos hacia Candy porque sabe que Terry la ama, y miedo de perder la escasa influencia que tiene sobre Terry, pues sabe que no puede llamar su atención si no es dando lástima. Sin embargo, los remordimientos pueden con ella y suele arrepentirse de sus actos, lo que hace que sea difícil odiarla.

Durante varios meses, tanto Candy como Terry intentan encontrarse pero, por algún motivo u otro, nunca lo consiguen. Es como si el destino quisiera ponerles a prueba separándoles justo cuando más cerca están el uno del otro. Sólo se ven de manera fugaz cuando Candy, tras encontrar una carta que le dejó Terry, corre a la estación de trenes para despedirse de él desde el andén. Cuando regresa, el director del hospital reúne a las alumnas de Mary Jane y solicita una voluntaria para viajar a Europa y ayudar a los heridos de la guerra. Todo parece indicar que Candy será la elegida, pero Frannie se le adelanta y se ofrece voluntaria sin el menor asomo de duda. Candy se despide de ella, admirada por su valor y agradecida por haber aprendido de ella la seriedad y el compromiso que necesita la profesión de enfermera.

Pero Candy no tiene tiempo para estar ociosa, pues empiezan a llegar a su hospital los primeros heridos de guerra. Uno de estos heridos no es otro que Albert, quien ha perdido la memoria tras el estallido del tren en el que viajaba. Candy se hace cargo de su amigo dándole la mejor de las atenciones; pero cuando el director le informa de que le van a dar el alta por su buen estado físico, decide alquilar un pequeño apartamento en el que viven juntos fingiendo ser hermanos; su intención es seguir cuidando de él hasta que recupere la memoria, aunque los médicos dudan de que pueda recuperarla algún día.


Reencuentro con Terry



Entretanto, Terry, que está enterado de dónde vive Candy, invita a la muchacha a una representación teatral de Romeo y Julieta, que tendrá lugar en Broadway. Pero nuevamente la desgracia se ceba con ellos, ya que en el ensayo de la obra, uno de los focos se precipita sobre Terry, quien es salvado en el último momento por Susanna. Como precio por su audacia, Susanna pierde una pierna y su carrera como actriz queda truncada para siempre. Aunque Terry no ha tenido la culpa de su accidente, la madre de Susanna malmete entre él y su hija para que Terry asuma su responsabilidad y compense a Susanna casándose con ella, aduciendo que es lo mínimo que le debe. Esta situación pone a Terry entre la espada y la pared, pues una parte de él se culpa por lo que le ha ocurrido a Susanna.

Candy y Terry se reencuentran por fin, pero es un encuentro tenso y desapasionado. Terry oculta sus preocupaciones, pero Candy se da cuenta de que le ocurre algo. Al llegar al teatro, se entera de lo que ha ocurrido con Susanna y decide ir a visitar a la muchacha al hospital para hablar con ella. Susanna está tan desesperada que no encuentra otra salida que suicidarse saltando de la azotea del hospital, en la creencia de que su existencia es lo único que se interpone entre Candy y Terry. Pero Candy la encuentra a tiempo e impide la tragedia. Conmovida por la situación de Susanna y tras percatarse de que le falta una pierna, comprende los sentimientos de la actriz y decide, pese a que su corazón se rompe en pedazos, renunciar a Terry para que ellos puedan casarse. Los dos se encuentran en la salida del hospital para vivir una de las despedidas más tristes y desgarradoras, en un abrazo que marca el fin de su amor.

Candy arde de fiebre y se desmaya en la estación de tren. Los encargados de la estación descubren que tiene una carta que la identifica como miembro de los Ardlay, gracias a lo cual avisan a la familia y Archie va a buscarla. Allí, y estando todavía convaleciente, se entera de que Stair se alistó en el ejército como piloto, dejando a Patty completamente desconsolada. La tía abuela Elroy no quiere a Candy en su casa y ella acepta marcharse; de todas formas, Albert la espera impaciente.

Pero ocurre que Albert sufre un accidente y es atropellado por un coche mientras compraba ingredientes para prepararle a Candy una comida especial. El incidente, por fortuna, no es grave, pero será el motivo por el que poco a poco acabe recuperando la memoria. Mientras tanto, Candy se refugia en el trabajo para no pensar en Terry. Cuando el director del hospital le propone ser trasladada a una unidad móvil donde atenderá a los trabajadores de las nuevas líneas ferroviarias, Candy no duda ni un instante y acepta ir. Esta nueva aventura no será nada fácil para nuestra protagonista, pues los hombres que trabajan en las vías son rudos y violentos, y harán hasta lo imposible para obligarla a marcharse. Pero gracias a la ayuda de sus amigos, Candy consigue regresar a casa con esta prueba superada.


Desenlace



Un tiempo después, ya estando otra vez en Chicago, Candy salva a Neal de llevarse una paliza en la calle y le ayuda tras un accidente provocado por el inconsciente muchacho, haciendo que éste empiece a sentir algo por ella. Neal intenta cortejar a Candy a su manera, que suele ser tratando de obligarla a que le acepte una cita o siendo grosero con ella. Pero, por muchas veces que Candy le rechace, él parece decidido a hacerla suya de una manera o de otra. Eliza se da cuenta de que pasa algo raro y, molesta, vuelve a tramar otra manera de que Candy se aleje de ella para siempre. Convence a su madre para que hable con el director del hospital para que despidan a Candy y le impidan trabajar en cualquier otro hospital de Chicago. Por desgracia, la influencia de la señora Lagan acobarda al director y éste expulsa a Candy, quien se encuentra sin trabajo de la noche a la mañana. Por suerte para ella, podrá seguir ejerciendo su profesión en la Clínica Feliz, un curioso consultorio que atiende todo tipo de casos y cuyo doctor fue el que ayudó a Albert tras su accidente.

Por su parte, Albert encuentra a Terry ebrio en un bar y se lo lleva para tranquilizar su ánimo alterado. Tras recuperar la cordura, ambos hablan de lo que le ha pasado a Terry y lo ha llevado a ese lamentable estado. Albert lo anima a luchar por su sueño, tal como lo está haciendo Candy, quien a pesar de las vicisitudes por las que pasa, siempre le sonríe a la vida. Para entonces, Albert ha recuperado ya sus recuerdos, pero se siente incapaz de decírselo a Candy. Decide que es mejor marcharse y le deja una nota de despedida, lo que deja confundida a nuestra protagonista. Pero la desdicha vuelve a golpear a Candy cuando se entera de que su querido amigo Stair ha muerto en la guerra, alcanzado por el fuego enemigo. Después del funeral, se despide de Patty, que se marcha a Florida con su abuela.

Los problemas no dejan de perseguir a Candy dondequiera que vaya. Ni siquiera se ha recuperado por la muerte de Stair y la marcha de Albert cuando recibe noticias de la familia Ardlay para que se persone en la mansión. Al parecer, Eliza ha visto que un matrimonio entre Candy y Neal podría resultar beneficioso para los Lagan. La explicación es simple: al ser Candy la hija adoptiva del tío abuelo William, algún día heredará la fortuna familiar, y los Lagan quieren recibir la herencia obligándola a casarse con el caprichoso Neal. Tanto los Lagan como la tía abuela Elroy afirman que se trata de una orden directa del tío abuelo William y que Candy debe aceptarla, pero ella no se deja embaucar y exige ver al tío abuelo para pedirle explicaciones. Será George, el hombre de confianza del patriarca, quien la lleve ante él. Candy descubre entonces que el tío abuelo William, el hombre al que le debe tanto, no es otro que Albert.

William Albert Ardlay es el actual cabeza de familia del clan de los Ardlay, pero cuando fue nombrado como tal era demasiado joven y no se sentía preparado para aceptar tal responsabilidad. Él quería experimentar una vida libre, en pleno contacto con la naturaleza, y viajar por el mundo sin ataduras de ningún tipo, pero haciendo el bien a los demás. La tía abuela Elroy se lo consintió y se hizo cargo de todo hasta que el muchacho fuera presentado en sociedad. Albert y Candy dan un paseo y recuerdan cada uno de los momentos que pasaron juntos.

Ante tantas emociones, Candy decide tomarse unos días de descanso en el Hogar de Pony mientras Albert se ocupa de los Lagan. Un tiempo después, Candy corre por la colina de Pony, emocionada ante la idea de estar de nuevo en su hogar, cuando un sonido familiar llega a sus oídos. Es una gaita, y quien la toca no es otro que Albert, ataviado con el traje tradicional escocés. Candy finalmente descubre que Albert es también el Príncipe de la Colina. Él, su primer amor, ha estado todo este tiempo a su lado, protegiéndola, velando por ella. La serie acaba con todos los amigos de Candy reuniéndose en el Hogar para brindar por Candy y celebrar la vida, disfrutando de una fiesta de bienvenida. Candy se siente en paz por fin, tranquila, como la cálida brisa de la colina. Ahora sabe que es más fuerte que nunca y siente que al fin es liberada de toda preocupación.


Y este es el final de las aventuras de la pequeña pecosa, lo que no significa que todo el mundo se hubiera quedado conforme con esto. Ciertamente, el final del anime resultó un tanto decepcionante para gran parte del público, ya que esperaban un final feliz más acorde con la idea de pareja que tenían para Candy. En Europa, países como Francia e Italia llegaron a tal punto de adoración que se llegaron a publicar cómics que continuaban la historia de Candy, sin que sus autoras originales tuvieran nada que ver. De hecho, se puede notar que muchas de las viñetas son calcadas de las originales, pero con otros escenarios y textos más acordes a lo que el fandom demandaba.

Fue muchísimo más sonado el caso de Italia. Cuando se emitió el final original de la serie, los encargados de la retransmisión pensaron que, dado el alto contenido dramático y preocupados porque los fans podrían sentirse decepcionados ante un final en el que el amor no triunfaba, lo mejor era extender la serie un poco más creando un final alternativo por medio de la edición y el reciclaje de escenas de otro episodio. Candy se entera por los periódicos de que Terry se ha separado de Susanna, algo que la pone muy contenta. Viaja a Nueva York, donde se encuentra con Terry en la estación de tren, y ambos se funden en un abrazo y prometen no separarse nunca más.

Por si esto fuera poco, resulta que el final de la novela, y que es el que podríamos considerar como verdaderamente canónico, tampoco ayuda mucho a dilucidar la situación amorosa de Candy. En la novela, Candy rememora sus vivencias pasadas mientras hace alusión a su presente, en el que está casada y es feliz junto a la persona que ama. Lo que ocurre es que en ningún momento menciona el nombre de su misterioso marido, refiriéndose a él como "mi amado" (anohito en el original, que vendría a significar 'aquel a quien tú y yo conocemos'), lo que ha dado pie a un torbellino de especulaciones acerca de quién podría ser el amado de Candy. He visto auténticas peleas en grupos de fans que podrían haber terminado muy mal si quienes se tiran esos improperios se vieran las caras. Y lo más curioso es que Keiko Nagita dejó en la incógnita el nombre del amado de Candy pensando precisamente en sus fans, pues estaba convencida de que, haciendo esto, cualquiera podría imaginarse a su candidato preferido al lado de Candy y así todos estarían contentos.

El furor por Candy Candy llevó también a la creación y difusión de todo tipo de merchandising de la protagonista, como muñecas, bolsos, pegatinas, kits de enfermería, libros, material de papelería, agendas, diarios... También impulsó su adaptación en live action en Corea del Sur, donde se rodó una película en 1981, y en Indonesia una serie basada parcialmente en la historia original, rodada en 2007. No nos olvidamos, por supuesto, de las famosas OVAs que siempre salen en Japón cuando uno de sus animes se hace popular. De Candy Candy existen tres OVAs, dos del año 1978 y una del 1992, y en ellas se narran aventuras ya vividas por Candy y una pequeña aventura inédita.

Sin embargo, no todo lo que envuelve a Candy Candy es bonito. Somos muchos los que querríamos ver un remake de la entrañable Candy, pero parece ser que eso será imposible debido a la ruptura entre las autoras que, a día de hoy, sigue haciendo imposible que Candy Candy vea la luz en forma de manga o anime. En su día, nadie podía presagiar que Candy se convertiría en la gallina de los huevos de oro que cualquier escritor o mangaka persigue. Tras un par de décadas en las que se vendía prácticamente todo lo que tuviera el sello de Candy, llega el año 1995 y el contrato con la Kodansha expira, quedando en manos de las dos autoras la gestión de los derechos sobre la obra. Al principio todo parece ir bien, pues ambas acuerdan que ninguna podrá publicar o comercializar un producto sobre Candy sin la autorización, supervisión y consentimiento de la otra. Pero Keiko Nagita descubre que Yumiko Igarashi está comercializando unas maquinitas llamadas 'El club de impresión de Candy', que tomaban fotos instantáneas con la imagen de nuestra heroína. También relanza en Hong Kong el manga y, además, da luz verde para un drama radiofónico que será lanzado por entregas. Todo esto sin informar ni involucrar a Nagita. La autora demandó a Igarashi y en ese momento estalla un litigio que durará la friolera de quince años, provocando la desaparición de todo el material de Candy Candy. No se llegó a un acuerdo amistoso, de modo que en el año 2000, el Tribunal Supremo le dio la razón a Nagita. A día de hoy, la escritora puede publicar lo que crea oportuno bajo el título de Candy Candy, sin utilizar el material gráfico de Igarashi. Por otra parte, Igarashi no puede publicar nada, ni remotamente parecido, a la imagen de Candy sin el consentimiento de Nagita.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! Espero que os haya gustado este monográfico de Candy, uno de los personajes de manga y anime al que le tengo un cariño muy especial, y creo que tiene muchos puntos para que vosotros también la queráis.

¡Hasta pronto!

marzo 02, 2024

El Rincón del Lector XII: El Color Púrpura

 

¡Hola a todos!

De un tiempo a esta parte, y pese a mis muchas obligaciones laborales, me he visto en la obligación de levantarme más temprano que de costumbre para hacer tareas relacionadas con mi trabajo. Sin meterme en detalles, lo único que importa es que dispongo de varios ratos de tiempo muerto para dedicarlos a la lectura. De los tres libros que recibí como regalo de Navidad, he decidido empezar por El Color Púrpura por la gran carga emocional que tiene para mí. La historia de las hermanas Celie y Nettie me pareció tan conmovedora en su día que, cuando supe de la existencia de una novela, la pedí como regalo especial. Quería revivir con ella los mismos momentos emotivos que sentí al ver la película, comprobar si los personajes eran tan maravillosos e inolvidables como me los habían pintado. Esta es mi reseña y crítica al respecto. ¡Espero que os guste!



Título: El Color Púrpura

Autor: Alice Walker

Editorial: DeBolsillo

Nº de páginas: 218 págs.

Año: 1982

Sinopsis: Esta es la historia de dos hermanas: Nettie, que ejerce como misionera en África, y Celie, que vive en el Sur de Estados Unidos, casada con un hombre al que odia y abrumada por la vergüenza de haber sido violada quien cree que es su padre. A lo largo de treinta años ambas mantienen vivos el recuerdo y la esperanza de reencontrarse, mientras vuelcan sus sentimientos en unas cartas conmovedoras, poniendo el foco en las vivencias familiares y las duras injusticias cotidianas.


RESEÑA (sin spoilers)

Cuando llega a nosotros una historia tan dura, fuerte y conmovedora como El Color Púrpura, uno sabe que se ha encontrado con algo que lo marcará de por vida. Mi primer acercamiento fue a través del cine, de la mano de Steven Spielberg, quien llevó esta novela a la gran pantalla en el año 1985 de una manera tan magistral que me parece inconcebible que no se llevara el Oscar a la Mejor Película de aquel año. Ya he dicho varias veces que adaptar un libro a película o serie no es nada fácil, pues por el camino se pierden muchos detalles que, por su particularidad, son prácticamente imposibles de adaptar por una cámara. Sin embargo, a veces me topo con excepciones y, para mi felicidad, esta película fue una de ellas. La novela, en cambio, me dejó un poco más fría en ese aspecto, pero no sé si se debe al estilo de escritura de la autora o al hecho de haberlo leído estando enamorada de la película, algo que quizá contribuyó a enfriar un poco mi entusiasmo por él.

Pero vamos a ver esto poco a poco.

La historia nos traslada a Estados Unidos, a principios del siglo XX. Celie, una muchacha negra de catorce años y narradora en primera persona de la mayor parte de la novela, comienza a escribir cartas dirigidas a Dios porque no tiene a nadie más a quien confiarle su sufrimiento. Y es que, pese a su corta edad, Celie ya ha sufrido en sus carnes el dolor del abuso sexual a manos de su propio padre quien, al no encontrar desahogo en su esposa enferma, utiliza a Celie y pretende hacer lo mismo con su hermana menor Nettie, algo que Celie impide ofreciéndose ella misma para que su padre deje en paz a la niña. De estas recurrentes violaciones, Celie se queda embarazada dos veces, y en ambas ocasiones su padre entrega a los niños después de nacer, dejando a Celie dudando acerca de su destino.

Tras la muerte de su esposa, el hombre se vuelve a casar y obliga a Celie a casarse con un completo desconocido, un hombre viudo al que ella llama "Míster" y para quien a partir de ese momento tendrá que llevar la casa, criar a sus hijos y realizar las duras tareas del campo. Su marido también la golpea y abusa de ella, pero Celie no tiene fuerza ni valor para enfrentarse a él o cambiar su destino. En un mundo en el que no ha recibido más que palizas, abusos y humillaciones, la única que le profesa amor sin límites es su hermana Nettie, quien vive con ella una temporada buscando refugio de la persecución de su padre. Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que Míster se acerque también a Nettie, por lo que ésta se ve obligada a huir, no sin antes prometerle a Celie que le escribirá con regularidad. Pero el tiempo pasa y Celie no recibe ninguna carta, así que piensa que Nettie ha muerto.

Las cosas cambiarán para Celie cuando entren en su vida dos mujeres formidables de gran carácter. Una de ellas es Sofía, la que se convertirá en esposa de su hijastro Harpo, una joven que desde muy temprana edad también ha tenido que luchar contra el desprecio y maltrato de sus propios parientes varones, sólo por tener un carácter fuerte y no dejarse pisotear. Sofía es todo lo que Celie no es: fuerte, indomable, llena de energía. No permite que nadie la someta ni consiente impertinencias de nadie, llegando a recurrir a la violencia física si la golpean, algo que la meterá en muchos problemas que iremos descubriendo a lo largo de la novela.

La otra mujer es Shug Avery, una cantante de blues que, además, es amante recurrente del marido de Celie, quien está loco por ella. Una noche, Míster trae a Shug, enferma, a su casa para cuidarla. Desde el primer momento, Celie queda fascinada por la bella y segura de sí misma mujer. Durante la convalecencia de Shug, Celie se encarga de cuidarla y ambas se hacen muy buenas amigas, llegando a volverse casi inseparables. Es Shug quien le enseña a Celie que el amor físico no tiene nada que ver con la violencia que ella ha vivido toda su vida, y esta lección calará muy hondo en Celie, llevándola a iniciar un gran cambio con el objetivo de alcanzar su propia emancipación para no tener que depender de nadie más que de sí misma.

Como habéis podido comprobar, esta novela tiene una temática bastante sensible y dura. Sin embargo, me ha sorprendido lo poco que me ha afectado a nivel emocional. El Color Púrpura tiene la virtud de no darle apenas descanso a sus personajes en lo que a sufrimiento se refiere. Puede suceder algo bueno en una de las cartas, pero a la siguiente veremos que la balanza vuelve a caer del lado del dolor, la injusticia, el racismo, la violencia y la humillación. En ese sentido, Alice Walker no le da apenas tregua a sus personajes, pues les hace pasar por una ristra de calamidades tal que uno no comprende cómo son capaces de soportarlo. Supongo que es una manera de mostrarnos la fortaleza interior del ser humano, con especial hincapié en el pueblo afroamericano y sobre todo las mujeres de raza negra, que aquí son víctimas recurrentes de todo lo malo que le puede suceder a una persona. Con todo, vuelvo a decir, me resulta incomprensible que me haya afectado tan poco lo que les sucede a estos personajes. Tal vez sea porque, con tanto sufrimiento, una ya se acostumbra a verlo y lo normaliza, lo ve como "cosas que pasan", por decirlo de forma cruda. La otra razón podría ser, y siento repetirme, que sigo pensando en cómo lo mostró la película y lo mucho que me impactó en su momento.

También me ha chocado un poco la abrupta división de la novela en lo que parecen ser dos partes. La primera de ellas, por supuesto, nos es contada por la propia Celie, mientras que la segunda se centra en Nettie, cuya huida y desventuras la llevan a embarcarse en un emocionante periplo por África, donde ejercerá de misionera en el pueblo de los olinkas. A través de ella conoceremos las grandes dificultades que tenían los misioneros para acercarse a las tribus africanas y traerles todo aquello de lo que gozaba el hombre occidental, pero también nos sirve para descubrir que el regreso a los orígenes no significa que vaya acompañado del sentido de la pertenencia a cierto lugar o costumbres, pues la clave está en la adaptación. Tanto Nettie como los misioneros a los que acompaña son negros, pero en África no son muy diferentes del temido hombre blanco que destruye bosques para construir carreteras o siembra árboles extraños para utilizarlos en su próxima guerra. Las costumbres americanas de Nettie son vistas con recelo por los olinkas, que no entienden por qué las niñas deben recibir una educación si no la van a necesitar cuando se casen. Todo redunda en hacer que la mujer siempre esté sometida, da igual que la acción discurra en América o en la lejana África.

Y es que la gran razón de ser de El Color Púrpura es el feminismo.

Es importante resaltar el fuerte sesgo feminista que tiene la novela, algo que la autora no pretende ocultar en ningún momento. Algún crítico la ha definido como 'suave utopía feminista', donde Celie, la eternamente oprimida, se fortalece gracias al afecto de otras mujeres y lucha por liberarse de los grilletes de su vida doméstica. Parece que la moraleja de la historia fuera que las mujeres sólo pueden encontrar amor, comprensión y cariño en otras mujeres, ya que los hombres son débiles e inútiles en el mejor de los casos, y violadores o maltratadores en el peor. Y no es que esto me parezca mal, ya que soy consciente de que Walker ha retratado una sociedad que en aquel tiempo se caracterizaba por un feroz racismo y un machismo galopante; de ahí que la mujer negra sufra de lo que el feminismo llama doble opresión: discriminación por ser mujer y por ser negra, incluso por parte de gente de su propia raza. Pero me hubiera gustado que hubiese al menos más hombres buenos alrededor de estas mujeres, al menos para compensar tanto dolor y maldad. En el sentido en que nos es presentado El Color Púrpura, podemos considerar esta obra como un canto de admiración por las mujeres negras oprimidas, cuyo valor intrínseco las ha llevado a luchar con uñas y dientes para hacerse oír y respetar, para enfrentarse a quienes tanto daño les hicieron. Como dice la propia Celie hacia el final de la novela: "Soy pobre, soy negra, puede que fea y no sé guisar, dice una voz a todo el que quiera oírla. Pero aquí estoy".

Pese a que la historia llama la atención, es emotiva y cruda, sensible y dura al mismo tiempo, los pequeños detalles que parecen salirse de contexto han hecho imposible que me haya emocionado tanto con su lectura como lo hice en su día al ver la película. Insisto en que no se trata de una mala novela, y estoy segura de que a muchos les entusiasmará su lectura, pero a mí no me ha calado tan hondo como esperaba. El diablo, como se suele decir, está en los detalles, y son esas pequeñas diferencias y salidas de contexto las que me han apartado poco a poco del libro.

Se podría decir que no adoro esta novela, pero tampoco la odio. Podría haber sido mejor, pero no está nada mal.

¡Hasta pronto!

enero 06, 2024

Propósitos de Año Nuevo y cómo llevarlos a cabo

 

¡Hola a todos!

¡Y feliz 2024! Empezamos un nuevo año con más ganas que nunca de comernos el mundo, de hacer mil cosas, de darle una vuelta a todo y cambiar nuestra vida a mejor. Es el momento de hacer la lista de propósitos para el año nuevo y de prometernos a nosotros mismos que esta vez no será como otros años, que cumpliremos dichos propósitos. Sin embargo, estoy segura de que las buenas intenciones nos durarán, a lo sumo, tres semanas y todo volverá a ser como antes. Es así. No es algo de lo que sentirse orgulloso, pero tampoco hay necesidad de torturarse, puesto que ya esto nos ha pasado muchas veces. Pero, ¿por qué no podemos cumplir los propósitos de Año Nuevo? O, mejor aún, ¿cómo podríamos cumplirlos este año?

A estas alturas, muchos nos apresuramos a dejar atrás todo lo que no nos ha gustado del año que acaba de pasar. Empieza un año nuevo, queremos renovarnos, hacer cosas diferentes y plantarle cara al futuro con ganas y buena actitud. Es aquí donde entran en escena los propósitos de Año Nuevo, esos objetivos personales que nos marcamos a finales de diciembre y que suponen una motivación para empezar el año, aunque luego lo más probable es que no se cumplan, bien por falta de tiempo, dinero o ganas. Esto no debería desanimarnos, pues creo que puede dársele un enfoque positivo a la situación. En vez de marcarnos muchos propósitos, quizá lo mejor sería ponernos pocos pero que nos veamos capaces de cumplirlos. En vez de decir "este año voy a viajar más", podríamos decir "este año voy a ahorrar para viajar a ese lugar al que siempre he soñado ir".

Vamos a ver cuáles son los principales propósitos para Año Nuevo y algunas formas de llevarlos a cabo.


1. Hacer ejercicio

Empezamos con todo un clásico dentro de los propósitos de Año Nuevo. Creo que no hay nadie en este mundo que no se haya planteado alguna vez empezar a hacer más ejercicio. La sociedad en la que vivimos tiende cada vez más al sedentarismo, a la comodidad extrema, al hacer lo menos posible o con el menor esfuerzo. Nos hemos acostumbrado a trabajar sentados frente a una pantalla durante ocho horas y no encontramos tiempo para salir a dar un buen paseo o mover nuestros agarrotados músculos. En enero, los gimnasios se llenan de nuevos miembros que ansían quemar esas grasas acumuladas tras un año entero de inmovilidad, pero es igual de habitual que en los meses sucesivos baje el nivel de asistencia por aburrimiento, porque el esfuerzo que hay que hacer es notorio y porque es mucho más fácil rendirse y seguir con lo de siempre, que cuesta menos.

Si queremos llevar a cabo este propósito, hay que plantearse ir poco a poco y aumentar el ritmo a medida que nos vamos acostumbrando. Una jornada intensiva en el gimnasio el primer día hará recular a cualquiera que no haya hecho flexiones en veinte años. ¿Por qué no empezar por algo más suave? Unos minutos de cardio al día e ir aumentando semana a semana. Salir a correr tres veces por semana y, poco a poco, todos los días. Hacer pesas e ir subiendo la intensidad. Os sorprenderíais de lo que sois capaces de hacer con tiempo y disciplina. El ejercicio es salud, así que estaréis invirtiendo en vosotros mismos. Pero no se puede empezar una casa por el tejado. Comenzad desde abajo, poco a poco, pero sin rendiros. Convertidlo en una costumbre más y conseguiréis introducir el hábito del ejercicio en vuestra rutina diaria.


2. Perder peso y hacer dieta

Otro clásico, pero hay que tener cuidado con este porque hay que tener en cuenta muchos factores y es uno de los que más nos frustra no poder cumplir. Si hemos llegado a la conclusión de que tenemos que perder peso, es porque sabemos que no estamos siguiendo unos hábitos de vida saludables. Quizá comemos muy poca verdura, abusamos de las grasas, comemos más dulces de los que deberíamos... Esos malos hábitos nos indican que estamos llevando a cabo una mala dieta; en otras palabras, que no nos estamos nutriendo todo lo bien que tendríamos que hacer. El cuerpo echa en falta los nutrientes que nos faltan y recoge los que le introducimos de más, lo que se traduce en gordura y los problemas que puede acarrear, como enfermedades cardiovasculares. Como, además, queremos ver resultados más pronto que tarde, nos metemos en dietas muy estrictas y poco saludables que nos hacen perder una barbaridad de kilos, pero que nos harán recuperarlos en cuanto dejemos la dieta, sufriendo lo que se llama "efecto rebote".

Bien, pues aquí voy a ofrecer mi punto de vista como persona que lleva ya un año siguiendo una nueva dieta. En primer lugar, si vais a hacer un cambio en vuestra dieta, tenéis que tener siempre presente que es por vuestra salud. Id al médico y hablad con él de vuestros hábitos alimentarios, o poneos en contacto con un nutricionista que os pueda orientar. Mi consejo es que sigáis la dieta mediterránea, rica en verduras, cereales y carnes blancas, y veréis que se os abrirá un mundo nuevo de posibilidades. En vez de freír ese filete, mejor hazlo a la plancha; en vez de acompañarlo con patatas fritas embadurnadas en salsa, hazte una buena ensalada con verduras o legumbres. Y, en segundo lugar, os hará falta tener mucha disciplina. Es como con el ejercicio: si no sois personas disciplinadas y os proponéis en serio cambiar, volveréis a los malos hábitos en un abrir y cerrar de ojos.


3. Aprender algo nuevo

 Aprender cosas siempre es algo muy positivo. No sólo por lo estimulante que es adentrarse en un mundo nuevo y aprender de él, sino también por los efectos tan buenos que puede ejercer sobre nosotros, como abrir nuestra mente, mejorar nuestras habilidades e, incluso, conocer a otras personas y enfoques diferentes. Por eso a principios de año aumenta el número de alumnos que se apunta a cursos de idiomas, floristería, cocina, marketing, costura, programación... Un solo vistazo en Internet y tendremos a nuestra disposición una enorme cantidad de cursos de formación, de casi cualquier cosa que nos podamos imaginar. De todos los propósitos de Año Nuevo, este quizá sea uno de los más fáciles de llevar a cabo, ya que el aprender a hacer algo no tiene por qué ser algo agotador. Además, cuando se trata de algo que nos gusta, tendemos a poner más empeño en ello y no necesitamos sacar fuerzas extra para llevar a cabo esta nueva actividad.

Si estáis decididos a aprender algo nuevo, mi consejo sería que os lanzarais a algo que penséis que os puede gustar, pero que quede fuera de lo que estáis acostumbrados. Si os gusta el mundo de las manualidades, ¿por qué no os atrevéis con un curso básico de costura o de bricolaje? Si sois un poco tímidos, ¿qué os parece un curso de interpretación, clases de baile o aprender a debatir en público? Hay cursos para todos los gustos, y lo mejor es que muchos los podemos encontrar gratis en Internet. No hay excusa que valga, amigos. Yo, este año, me he propuesto aprender sobre etiqueta y protocolo, porque es algo que me gusta mucho y creo que da una imagen muy elegante. ¿Y vosotros?


4. Dejar de fumar o beber menos

Este propósito también es uno de los más repetidos a estas alturas de año, por obvias razones. Como yo no he fumado en mi vida y no bebo alcohol ni siquiera en situaciones sociales, nunca he tenido que hacerme este propósito, aunque se puede aplicar también a otros vicios como comer demasiados dulces o abusar del café. Cuando adquirimos un vicio, es importante que tengamos en cuenta de que se trata de algo que, por mucho que nos guste o mucho placer que nos aporte, es algo que es malo para nuestra salud, y a la larga vamos a padecer sus efectos. Antes de dejar atrás un vicio, es importante que nos preguntemos por qué nos hemos metido en él. ¿Fumamos porque todos a nuestro alrededor lo hacen y nos hemos sentido influenciados por el ambiente? ¿Bebemos de más porque creemos que así nos lo pasamos mejor cuando salimos por las noches? ¿Abusamos del chocolate porque tenemos la necesidad de llenar un vacío interior con comida basura? Si os sentís familiarizados con estas preguntas, quizá es que habéis adquirido un vicio como una manera de evitar sentir ciertas emociones; en estos casos, lo mejor sería consultarlo con un especialista para asegurarnos de que la cosa no se agrave con el tiempo.

En cualquier caso, la disciplina vuelve a ser la clave para llevar a cabo este buen propósito. Si queréis dejar atrás los malos vicios, tiene que saliros del corazón. Tenéis que estar convencidos de que hay algo que estáis haciendo mal y queréis cambiar. Pero los cambios son duros, tenedlo en cuenta, y los primeros pasos siempre son los más difíciles. Por eso es necesario ser constantes en nuestro empeño y no rendirnos a la primera de cambio. Si veis que os cuesta mucho dejar un vicio o habéis recaído varias veces, quizá sea mejor hablarlo con nuestro médico para que nos recete algún medicamento que nos ayude a controlar la ansiedad. Pero los milagros no existen, sino que nosotros mismos los creamos. Si queréis dejar atrás definitivamente ese vicio que os atormenta, tendréis que ser muy fuertes.


5. Adquirir un nuevo pasatiempo

Este propósito va de la mano con el de aprender nuevas cosas, pero no es exactamente igual. Aunque aprender algo puede convertirse en una nueva afición, hay quien ve los cursos de aprendizaje como algo que no se sale de lo académico, por lo que los enfocan hacia su enriquecimiento personal y laboral. Un pasatiempo es una actividad que realizamos por puro placer, para aliviar el estrés y distraer nuestra mente de los problemas cotidianos. No tiene que suponer aprender algo nuevo: si se nos da bien el bordado, nos sentiremos bien llevando a cabo esa actividad tan familiar para nosotros. La adquisición de un nuevo pasatiempo implica que tendremos que dedicarle tiempo, primero para aprenderlo y después para desarrollarlo. Y dinero, por supuesto. Hay aficiones que requieren de una mayor inversión económica que otras (y esto los fans de Warhammer 40K lo saben muy bien), pero eso no tiene por qué hacernos desistir de llevar a cabo algo nuevo que nos interesa.

Aquí, considero que la clave para cumplir este propósito es tanto la constancia como el ahorro. Para empezar un pasatiempo nuevo, es necesario invertir un poco en él. Haced cuentas y calculad cuánto podéis destinar a vuestra nueva afición; es posible, incluso, que ya tengáis muchos de los materiales necesarios para empezar. Y, una vez lo tengáis todo, es momento de dar rienda suelta a vuestra creatividad y divertiros. Si os habéis planteado iniciar un hobby este año, espero que lo disfrutéis mucho.


6. Viajar más

Este propósito podría venir de la mano del anterior, ya que el viajar puede considerarse también como un pasatiempo. Pero, ojo: requiere de una mayor inversión. Si nuestra idea de viajar implica hacer vuelos al extranjero, es posible que no nos salgan las cuentas o que no sepamos en qué se nos va el dinero y acabemos gastando de más. En cambio, podemos optar por viajar a lo largo y ancho de nuestro país, algo que, además de ser más barato, tiene otros beneficios: no tenemos que aprender otros idiomas, no necesitamos sacarnos un pasaporte, es más fácil encontrar alojamientos baratos y, como colofón, descubriremos que nuestra tierra tiene rincones preciosos que no tienen nada que envidiar a los que hay en otras partes del mundo.

El hecho de viajar debería implicar, a mi modo de ver, algo más profundo que el hecho de visitar otro país o región. Cuando viajamos, vamos dispuestos a conocer otro modo de vivir y ver las cosas. Vamos a conocer otras culturas, otros parajes, otras comidas... Es una oportunidad magnífica para aprender y llenarnos la cabeza de nuevas sensaciones, de ahí que resulte un propósito muy estimulante. Pero, claro está, no podemos pasarnos la vida viajando porque nuestro bolsillo se resentiría. Además, el objetivo del viaje es conocer un mundo nuevo y volver para contarlo.


7. Dedicar tiempo de calidad

No nos damos cuenta, pero el tiempo es el bien más valioso del que disponemos, y regalárselo a alguien a quien queremos es uno de los mayores actos de amor que existen. En estos tiempos que vivimos, en los que el trabajo ocupa gran parte de nuestros días, es complicado encontrar tiempo de calidad para invertir en nuestros seres queridos. ¿Cuántos nos hemos olvidado de llamar a nuestros abuelos porque estamos pensando en cosas relacionadas con el trabajo? ¿Cuántas veces nuestros hijos nos han pedido jugar y les hemos dicho que no porque siempre hay otras cosas que hacer? ¿Cuándo fue la última vez que quedamos con un amigo para tomar un café y ponernos al día? Dedicar tiempo de calidad a nuestra familia y amigos es uno de los mejores propósitos que podemos tomar este año, y vale la pena ponerle todo nuestro empeño.

Buscar tiempo hoy en día no es fácil. Tenemos tantas responsabilidades que los días se nos hacen cortos, pero siempre podemos encontrar tiempo para dedicar a los demás. Una buena planificación del tiempo y evitar la pereza nos ayudarán a no procrastinar y a sacar ese tiempo tan necesario para nuestros seres queridos. Pronto empezaréis a ver resultados y podréis invertir el tiempo en quien más os quiere. Lo mismo ocurre con la pareja, con el añadido de que necesita un cuidado especial y continuado. Para tener una relación de pareja sana, sería interesante organizar citas o momentos especiales para no perder la chispa. Si lo que queremos es darle prioridad a nuestras amistades, podemos intentar unirnos a planes que nos ayuden a salir de la rutina y hacer saber a nuestro círculo que nos importa.


8. Cuidar nuestro bienestar

Dedicarle tiempo a los demás es algo maravilloso, como hemos podido ver en el apartado anterior, pero tampoco debemos descuidarnos a nosotros mismos. En el mundo en el que vivimos, vivir sin estrés parece todo un reto. No se trata de no sentir estrés, sino de saber cómo gestionarlo. Cuando sentimos demasiado estrés, es el momento de echar el freno y empezar a actuar de otra manera. El estrés puede fácilmente derivar en ansiedad o depresión, y es importante no dejar que eso suceda. Por eso es tan importante dedicarnos a nosotros mismos, encontrar tiempo para descansar, para olvidarnos del trabajo o de ciertas responsabilidades, para relajarnos y encontrar la paz mental. La falta de descanso no nos ayudará a conseguir nuestros propósitos de Año Nuevo; por eso, es posible que este sea uno de los mejores propósitos que nos podemos plantear llevar a cabo.

¿Y qué podemos hacer para cuidar nuestro bienestar? Hay muchas formas de quitarnos el estrés: un baño relajante, preparar nuestra comida favorita en nuestro día libre, dar un largo paseo por el campo o la playa, escuchar música relajante, meditar... Nuestros pasatiempos serán nuestros mejores aliados en este propósito, sobre todo si son actividades tranquilas que nos relajan y nos ayudan a despejar la mente. Lo importante es darnos cuenta de que hay que limitar las cosas que nos provocan estrés (estar muy pendiente del teléfono, no dejar de pensar en el trabajo...) y centrarnos en lo que de verdad nos llena espiritualmente. Ser feliz es el objetivo que debemos marcarnos, y para ello es necesario, una vez más, tener una buena autodisciplina y muchas ganas de seguir adelante.


Estos son, a grandes rasgos, los propósitos que todos nos hemos hecho alguna vez. Sin embargo, es difícil cumplirlos todos. Muchas veces nos planteamos los objetivos del nuevo año llevados más por la euforia y la ilusión que por verdadera voluntad de cambiar algo en nuestras vidas. Plantearnos grandes retos nos hace que sea imposible cumplirlos, acarreando con ello la correspondiente frustración y bajada de autoestima. Además, si son objetivos poco realistas o inalcanzables, la motivación bajará rápidamente.

¿Qué hacer entonces para cumplir nuestros propósitos de Año Nuevo? Pues aquí os van unos consejos:

1. Ponte como reto dos o tres propósitos y trata de llevarlos a cabo uno por uno. Así, podrás enfocarte en lo que de verdad deseas cambiar de tu vida.

2. Escribe tus propósitos en un papel o en un lugar donde suelas apuntar las cosas importantes, para que puedas leerlos siempre que necesites un empujoncito.

3. Haz una buena planificación semanal y mensual. De este modo, podrás llevar a cabo mejor tus objetivos y verás tus progresos.

4. No lo dejes para mañana. Empieza hoy mismo, sin dudarlo. Cuanto más tiempo dejes pasar entre el dicho y el hecho, antes perderás las ganas de cumplir tus objetivos. La disciplina y la constancia serán tus mejores aliados.

5. Date una recompensa cuando logres cumplir un objetivo, ya sea un caprichito, una experiencia o, simplemente, reconociendo todo el esfuerzo que has puesto para conseguirlo.

6. No te obsesiones por no cumplir tus propósitos de Año Nuevo. Trabaja en ellos cuanto te sea posible, pero no descuides tu salud mental. Recuerda que el objetivo principal de los propósitos es hacernos felices.


¡Feliz 2024 a todos, amigos! ¡Gracias por estar ahí!


noviembre 04, 2023

Vagando por la Historia: Juana la Loca


Locura.

Según el diccionario, la locura es un trastorno o perturbación patológicas de las facultades mentales, y también se refiere a una acción imprudente, insensata o poco razonable que realiza una persona de forma irreflexiva o temeraria. Hubo bastantes reyes y gobernantes a lo largo de la Historia que ostentaron el apelativo de "loco" (tengo una entrada al respecto sobre algunos de ellos), pero creo que muy pocos o ninguno lo llevó en relación a la locura de amor.

Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, llegó a nosotros como paradigma de la mujer poderosa que, por ambición y capricho de sus parientes y por haber tenido la mala fortuna de enamorarse de un impenitente mujeriego, fue despojada de su corona y sus títulos y fue encerrada en un convento mientras otros disponían de sus reinos a su antojo. Lo cierto es que no habríamos sabido prácticamente nada de Juana la Loca de no ser por los románticos nostálgicos del siglo XIX, quienes veían en la Edad Media una fuente de inspiración constante para dar rienda suelta a su imaginación exaltada. ¿Y qué podría ser más atractivo para un romántico que una reina cuyo amor por su esposo era tan grande que incluso había perdido la razón por ello? Fue en el siglo XIX cuando se le puso el apelativo de la Loca, pues en su época nunca nadie la llamó así, pero fue este título el que la haría trascender con el paso de los siglos. Aunque en época actual se está intentando despojarla de tan infamante título, no sería mala idea repasar un poco su vida para comprobar por nosotros mismos si la reina Juana I era una persona tan cuerda como cualquier otra, o si en realidad sí padecía una enfermedad mental que en su época fue catalogada como locura.



Juana nace en Toledo el 6 de noviembre de 1479. Era la tercera hija del matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. La precedieron Isabel y Juan y, cuando nació, la reina Isabel andaba empeñada en la reconstrucción del reino tras la guerra civil que asoló Castilla, lo que pasaba por reafirmar el papel de la monarquía castellana y su autoridad como persona. Pero, aunque la Historia la quiere representar como una fanática religiosa, la reina Isabel siempre fue una madre amorosa que supo encontrar el equilibrio entre el buen gobierno del reino con el cuidado de su casa y familia. Se ocupó personalmente de la educación de todos sus hijos, algo insólito para la época, y eligió para ellos amas y preceptores a los que les daba instrucciones sobre qué materias enseñar a cada uno de sus vástagos.

Educar a los infantes no era tarea fácil, pues las obligaciones del gobierno traían frecuentes separaciones entre padres e hijos. Pero, pese a sus grandes ocupaciones, siempre trataban de hacerlas compatibles con el cuidado de los hijos. De la reina Isabel se dice que solía hilar en la rueca para descansar la mente de los asuntos de gobierno, y que tanta era su afición a la costura que se encargaba de remendar personalmente las camisas del rey y los príncipes. Estas labores, junto con la artesanía del bordado y la cocina, fueron aprendidas por todas las hijas de los Reyes Católicos, pero no quiere decir que se descuidaran sus aptitudes intelectuales. Tanto Isabel como Fernando eran muy cultos y con gran sensibilidad artística; la propia reina Católica se había hecho con una gran colección de pintura, una biblioteca y frecuentaba la compañía de grandes hombres de letras y ciencias. Como además se pretendía entablar alianzas con los grandes reinos europeos de la época, ambos vieron como primera necesidad preparar bien a sus hijos en idiomas, humanidades, música, pintura y diplomacia.

De todos los hijos de Isabel y Fernando, Juana era tal vez la más parecida a su abuela paterna, Juana Enríquez. Se la describe como muy hermosa, de pelo castaño, tez tostada y dueña de unos grandes y rasgados ojos verdes. Era también muy inteligente, y de esto nos habla el sabio Luis Vives, quien afirmaba que Juana hablaba en latín con la misma fluidez que su lengua materna. Su personalidad aparece descrita con frecuencia como “enérgica”, lo que nos habla de una muchacha dotada de un carácter bastante fuerte y quizá difícil de domeñar una vez desatado. Este rasgo de su personalidad distaba mucho de la educación que había recibido. Como tercera hija, no era muy probable que accediera al trono, por lo que su instrucción estuvo más enfocada en hacer de ella una buena esposa. Como futura archiduquesa de Austria, se la enseñó a expresarse correctamente en francés, pero no se le permitía hacerse cargo de su propia casa ni de sus criados, y no se consideró la opción de enseñarle a manejar territorios, ya que no se contemplaba que pudiera necesitar tales conocimientos en el futuro. Pero lo que preocupaba a su madre era el escepticismo religioso de su hija y su poca devoción por el culto y los ritos cristianos. Y es que el carácter de Juana tendía a mostrarse cambiante, alternando episodios de risas y alegría extrema con otros de llanto y melancolía; lo mismo sucedía con la religión, ya que lo mismo Juana desdeñaba la idea de rezar y asistir a misa como que manifestaba su deseo de profesar en un convento.

Sin embargo, no era el convento lo que sus padres tenían pensado para ella. Después de que los Reyes Católicos consiguieran la unidad peninsular gracias a la Reconquista y el descubrimiento de América, su presencia y fuerza política les concedió un gran protagonismo en Europa, pero también les granjearía problemas con otros reinos, como fue el caso de la poderosa Francia. Con el fin de asegurar objetivos diplomáticos y estratégicos, los Reyes Católicos entablaron para sus hijos diversas alianzas matrimoniales con las principales casas europeas. Isabel fue prometida a Alfonso, príncipe heredero de Portugal y único hijo del rey Juan II, y a la repentina muerte de este volvió a contraer matrimonio, esta vez con su primo, el ya rey Manuel I. El príncipe Juan, único vástago varón de los Reyes Católicos, contrajo matrimonio con la archiduquesa Margarita de Austria, hija de Maximiliano I de Habsburgo, pero esta unión pronto quedaría rota tras la prematura muerte del joven a causa de unas fiebres. La infanta María contrajo matrimonio en 1500 con Manuel I, viudo de su hermana mayor, y su unión fue feliz y prolífica. En el caso de Catalina, se perseguía la alianza con Inglaterra, así que se la prometió con el príncipe Arturo, primogénito de Enrique VII, pero a su temprana muerte volvió a casarse con su hermano menor, el futuro rey Enrique VIII. Y en el caso que nos ocupa, Juana casó con Felipe de Habsburgo, hijo de Maximiliano I y hermano de Margarita, con lo cual Juana y su hermano se convertían así en cuñados.

El 21 de agosto de 1496, Juana embarca en Laredo y parte rumbo a Flandes. La travesía fue una auténtica odisea, a tal punto que tuvieron que buscar refugio en Portland, Inglaterra, hasta que el clima mejorase. Al fin la comitiva llega a Rotterdam el 8 de septiembre, pero Juana aún tardaría un mes en encontrarse con su futuro marido. Esto se debió a la fuerte oposición que los consejeros de Felipe mostraban hacia su unión con la infanta castellana, viendo como más provechosa una unión con Francia. Sin embargo, el encuentro se produjo en octubre de 1496, y fue tal la atracción que sintieron los contrayentes que fueron incapaces de aplazar su boda por más tiempo, de manera que la efectuaron en aquel mismo momento, sin protocolo alguno, por mano del capellán Diego Ramírez de Villaescusa, que formaba parte del séquito de la infanta. Así fue como Juana se convirtió en Archiduquesa de Austria.



A partir de aquel día, para Juana se abrió un mundo nuevo muy diferente de todo lo que había conocido hasta el momento. La corte flamenca, desinhibida, frívola e individualista, poco o nada tenía que ver con la austeridad de la corte castellana, y la joven Juana, que por entonces sólo tenía diecisiete años, se dejó encandilar de buena gana. Si antes tenía poca afición a oír misa y confesarse, ahora tenía mucha menos. A todo esto, se suma el amor profundísimo que sentía por Felipe, quien, pese a ser un marido impuesto por razones de estado, era joven y guapo. Aunque el apelativo de Hermoso le vendría más tarde (se lo puso el rey de Francia hacia 1501, durante una visita oficial de los archiduques), la fama de Felipe de galán con las damas de la corte lo precedía. Todos conocían de sobra su afición a las mujeres, y el matrimonio con Juana no le disuadió de seguir haciendo su voluntad. Los celos de Juana, que no estaba dispuesta a permitir los devaneos de Felipe, le causaron no pocas preocupaciones a Felipe y le hicieron perder pronto el interés por su esposa.

En cualquier caso, Juana cumplió con lo que se esperaba de ella cuando dio a luz a su primogénita Leonor en 1498 y a Carlos en 1500, con lo cual la sucesión quedaba asegurada. Curioso es el caso del nacimiento del futuro Carlos I de España, pues está bastante extendida la creencia de que vino al mundo en un retrete. Juana vigilaba a su esposo todo el tiempo y, pese al avanzado estado de gestación de su segundo embarazo, se empecinó en ir a una fiesta que se celebraba en el palacio de Gante. En cierto momento de la noche, tuvo retortijones y tuvo que ir al escusado, y allí mismo dio a luz al que sería emperador del Sacro Imperio.

Pero ni la maternidad fue capaz de mantener alejada a Juana de Felipe. Su pasión por él era tal que provocó alarma tanto en su marido como en todos los que la rodeaban, pues eran conocidos sus furiosos arrebatos de celos. Ya hemos hablado del carácter rebelde de Juana, que parece haber sido difícil de sobrellevar. Pero lo que en su madre se había visto como una virtud, en ella no lo era tanto. Se esperaba que una reina tuviera arrojo y un carácter fuerte, pero esta actitud era intolerable en una infanta o en una archiduquesa. Si a todo esto le sumamos que Juana pronto se vio desarraigada tanto de su tierra natal como de sus familiares, se explica que poco a poco entrara en un estado de depresión con altibajos que lo mismo le provocaban arrebatos de amor hacia Felipe, como peleas conyugales que el archiduque zanjaría encerrando a Juana en sus habitaciones de palacio y negándole su presencia.

Para Felipe hubiera sido muy sencillo mantener encerrada a Juana y seguir haciendo su voluntad, pero pronto habrían de cambiar las cosas. En el año 1497 moría Juan, el ansiado heredero de los Reyes Católicos, y su hermana mayor Isabel le seguiría un año después, a causa de un parto. El hijo de esta, el infante portugués Miguel de la Paz, habría sido el heredero de ambos reinos de no ser por su fatídica muerte en el año 1500. Así, gracias a una carambola del destino, Juana se convertía en princesa de Asturias y, por lo tanto, en heredera de las coronas de Castilla y Aragón.



En noviembre de 1501, la pareja emprendió camino hacia Castilla por tierra desde Bruselas para ser jurados por las cortes de Toledo, pero el viaje se hizo tan lento que no llegarían hasta seis meses después. Pese al impresionante futuro que le aguardaba en España, Felipe ansiaba regresar a su tierra. Despreciaba la rudeza de los castellanos, añoraba el refinamiento de la corte flamenca y no estaba dispuesto a quedarse con el papel de segundón que la condición de heredera de su esposa le acarreaba. Sus alardes de lujo y ostentación en la corte castellana fueron, además, vistos con gran desagrado. Por eso, antes siquiera de que acabara el año, Felipe partió hacia Flandes alegando que los asuntos de gobierno le reclamaban, dejando sola y embarazada a Juana, que no pudo hacer nada por retenerle.

En 1503 nació en Alcalá de Henares un príncipe al que Juana llamó Fernando en honor a su padre. En cuanto se recuperó del parto, empezó con los preparativos para marchar de vuelta a Flandes con su marido. Sus padres trataron por todos los medios de impedir que partiera, pues no querían que marchara sin conocer a sus súbditos ni ser jurada por las cortes de Zaragoza. Sin embargo, Juana vio este impedimento como una especie de confinamiento forzoso. Ella quería estar junto a Felipe, que era su esposo, al que se debía por completo. La situación provocó muchos conflictos entre los propios Reyes Católicos. La reina Isabel, quizá pensando más como madre que como reina, trataba de dar explicación a los arrebatos de su hija y disculpaba su proceder ante las grandes personalidades de la corte; Fernando, en cambio, desconfiaba de que su hija pudiera ser una buena reina para Aragón.

Es en este contexto cuando se produce el conocido episodio del Castillo de la Mota. Convencida por su madre, Juana había consentido en retrasar un poco su partida hacia Flandes y la había acompañado a Medina del Campo. Caía una fortísima nevada, por lo que se dio orden de elevar el puente, cerrar los portones y detener la marcha hasta que el tiempo mejorase. Juana, enloquecida porque pensaba que la iban a retener allí indefinidamente, incurrió en desacato, salió al patio en plena nevada y llamó la atención de todo el castillo con sus gritos y alaridos, exigiendo que la dejaran volver con su marido. Alarmados por el escándalo, los criados avisaron a la reina, que trató de convencer a Juana, sin éxito, de que entrara otra vez al castillo. A la mañana siguiente, incapaz de seguir reteniéndola, la propia Isabel dio orden de que la comitiva partiera para Flandes.

No volverían a verse. El 26 de noviembre de 1504 fallecía Isabel la Católica en el castillo de la Mota. Su cadáver fue amortajado con hábito de San Francisco y fue llevado a Granada. En su testamento dejaba dispuesto que Juana y Felipe fueran reconocidos como reyes de Castilla. Don Fernando debía ocuparse del gobierno hasta que la nueva reina tomase posesión de la Corona, y también podría tomar las riendas del gobierno en el caso de que Juana no pudiera o no quisiera gobernar, hasta la mayoría de edad del príncipe Carlos.

Pero este acuerdo no satisfizo lo más mínimo a Felipe, que ansiaba el poder y deseaba derrotar a su suegro a como diera lugar, y de nuevo consiguió ganarse la voluntad de Juana amenazándola con no volver a dejarla traspasar el umbral de su alcoba si no le obedecía. En respuesta a este movimiento, Fernando de Aragón respondió casándose con la jovencísima Germana de Foix. Este matrimonio tenía varios objetivos: el primero, conseguir una alianza firme con Francia, su acérrima enemiga (Germana era sobrina del rey Luis XII), y gracias a esto, debilitar la postura de Felipe. El segundo, conseguir descendencia masculina a quien legarle sus posesiones, ya que la Corona de Aragón pasaba directamente al heredero varón; si llegara a tener un hijo, Fernando se aseguraría de que su yerno jamás tocara sus posesiones en Aragón y el Mediterráneo. Así pues, se hacía indispensable un pacto entre los dos para evitar más rencillas. Y así, un año después de la muerte de Isabel la Católica, se llevó a cabo la Concordia de Salamanca, por la cual Fernando y Felipe se repartían el gobierno de Castilla y las rentas reales. Debido a los trastornos que se apreciaban en Juana, ambos dispusieron que gobernara Felipe y, en ausencia de este, se ocuparía Fernando.

Los nuevos reyes de Castilla partieron desde Flandes para establecerse, esta vez de forma definitiva, en sus nuevos dominios. Una vez en Castilla, Felipe comenzó una auténtica ofensiva para librarse de su suegro e incapacitar a Juana. Si bien es cierto que el estado mental de Juana no era el más óptimo, personajes como el arzobispo Jiménez de Cisneros no vieron en ella la lacra de la locura que le achacaba su marido. Se desvivía en demasía por su esposo, pero también tenía momentos de gran lucidez en los que tomaba decisiones acertadas o pedía que le hablaran de los últimos momentos de su madre. Después de visitarla varias veces y hablar con ella, Cisneros se opuso a que Juana fuera incapacitada, pero esto no detuvo a Felipe. Consiguió ganarse el favor de la nobleza castellana y aprovechó sus apoyos para apartar a Fernando de Aragón y quedar él como dueño de la Corona de Castilla. Esto quedaría acordado en los Acuerdos de Villafáfila.

Sin embargo, ese mismo año Felipe el Hermoso moría en Burgos, en el Palacio de los Condestables. Las circunstancias de su muerte siguen sin estar del todo claras. Unos creían que había sido envenenado por un sicario de Fernando el Católico; otros creen que contrajo unas fiebres tras haber disputado un partido de pelota. Sea como fuere, y pese a todos los desvelos de Juana, no hubo manera de salvarle la vida. Murió el 25 de septiembre de 1506, a los veintiocho años.



Juana mandó embalsamar el cuerpo de Felipe al uso de Flandes y ordenó que lo expusieran en la cartuja de Miraflores, donde ella iba a verlo cada dos o tres días. Como el deseo de Felipe era ser enterrado en Granada, Juana dio orden de que se organizara una comitiva que la llevaría a atravesar los campos de Castilla con el cadáver insepulto de su marido, lo que a ojos del pueblo produjo una penosa impresión. Sin embargo, esta maniobra podía obedecer a tres cosas: la primera, que el peregrinaje nocturno era más fácil que hacerlo de día por el calor (aunque esto podría quedar invalidado cuando nos damos cuenta de que el peregrinaje se llevó a cabo en invierno); la segunda, y quizá la más probable, que mientras tanto se aseguraba de que ni su padre ni la nobleza intentaban volver a casarla con otro hombre. Un nuevo matrimonio podría traer más hijos que le disputarían la herencia a su hijo Carlos, y eso era algo que Juana no quería; y la tercera, que al ir de pueblo en pueblo, esquivando las grandes ciudades, se cuidaba de ponerse en las manos de algún noble que quisiera controlarla. Con todo, y a pesar del empeño de Juana, nunca llegaría a Granada; en Torquemada hubo que hacer un alto para que la reina diese a luz a su última hija, Catalina.

En cuanto al gobierno del reino, los nobles crearon un Consejo de Regencia para gobernar provisionalmente el reino, presidido por Cisneros. Se sabe que, pese a que no le gustaban los asuntos de estado, la reina Juana trató de gobernar por sí misma, quitando los privilegios que su marido le había dado a los flamencos, e incluso llegó a prohibir que el cardenal entrara a palacio. En 1507, padre e hija se entrevistaban y el encuentro terminó con Fernando asumiendo el poder en Castilla como gobernador del reino. En 1509 dio órdenes de que Juana fuese llevada a Tordesillas, donde vivirá el resto de su vida, retirada de la política y de la vida cortesana. En realidad, su situación parece ser la de tantas otras reinas viudas de la época, que dejaban atrás todo lo que les ataba al mundo y se retiraban a alguna de sus posesiones para llevar una vida más tranquila y recogida. Con todo, Juana no dejó de ser reina nunca, ya que las cortes nunca la desposeyeron de su título. Pero Fernando quería evitar que se crease un partido nobiliario en torno a su figura, por lo que mandó que nunca saliera de Tordesillas y que fuese vigilada en corto por los Marqueses de Denia, de los que se decía que la maltrataban y le hacían padecer penurias y necesidades.

En 1516 muere Fernando el Católico, lo que dejaba a Juana como heredera también de la Corona de Aragón. El cambio más significativo es la visita de sus hijos mayores, Leonor y Carlos, que viene a Castilla para tomar el poder sobre los reinos. Parece bastante claro que Juana no quería gobernar, de manera que estuvo dispuesta a cederle a su hijo las riendas del gobierno mientras que en los documentos siguieran apareciendo los dos. Pero sucede algo que vendría a traer problemas, y es que una serie de ciudades castellanas (con la excepción de Burgos) se levantan contra su hijo y la toman a ella como referente. A finales de 1520, los lideres de las Comunidades toman Tordesillas, hablan con Juana sobre su situación y le piden que tome cartas en el asunto. Juana solo accedió en retirar las mercedes que se les habían concedido a los flamencos (muchos de ellos habían sido compañeros de francachelas de su difunto marido), pero se negó a firmar ningún tratado que pudiese perjudicar a su hijo Carlos. Al no conseguir nada de ella, los Comuneros fueron derrotados y Juana, una vez restablecido en su cargo el marqués de Denia, volvió a su encierro.

La vida de doña Juana se deterioró progresivamente, como testimoniaron los pocos que consiguieron visitarla en su palacio de Tordesillas. Durante años vivió con su hija Catalina, hasta que esta tuvo que abandonar el palacio para casarse con el rey de Portugal. Desde ese momento, los episodios depresivos se sucedieron con más frecuencia, a pesar de las visitas constantes de sus hijos y sus nietos. Sufrió una caída que la dejó muy mermada e inútil de ambas piernas, por lo que sus problemas de higiene personal se vieron agravados. En sus últimos años, se dice que empezó a tener visiones, lo que, conforme a la mentalidad de la época, le dio fama de estar endemoniada. Para entonces, su nieto Felipe dio orden a Francisco de Borja que la visitara para ver si los rumores eran ciertos. El 12 de abril de 1555, doña Juana moría en su confinamiento en Tordesillas.

La versión oficial del siglo XVI fue que la reina Juana había sido retirada del trono debido a su incapacidad mental para reinar, pero esta enfermedad mental nunca nos queda del todo clara. Se cree que pudo haber padecido melancolía, trastorno depresivo severo, psicosis, esquizofrenia heredada o un trastorno esquizoafectivo. Es muy posible que el confinamiento forzoso y los constantes maltratos a los que estuvo sometida por otras personas agravaran su estado mental. A día de hoy, la opinión mayoritaria es que Juana fue una víctima de las ambiciones de su padre, su marido y su hijo, lo que no deja de ser cierto, y cada vez se alejan más de la visión romántica de la reina que enloqueció por amor.


octubre 19, 2023

Vagando por la Historia: Los juicios de Salem

 

Se acerca Halloween, la noche de brujas por excelencia en medio mundo, y no van a ser pocos los niños y adultos que se disfracen de brujas, vampiros y fantasmas para celebrar de una manera jocosa la noche más terrorífica del año. La exaltación del más allá y de lo mágico nos parece algo divertido, pero esto no ha sido siempre así. Entre 1692 y 1693, diecinueve personas fueron ahorcadas y una aplastada bajo una montaña de rocas en los juicios por brujería de Salem. Fue uno de los casos de caza de brujas más sonados de la Historia. Casi siempre que se habla de brujería, posesiones y pactos con el Demonio, los juicios de Salem están entre los más destacados, no tanto por la veracidad de las historias que consiguieron acabar con la vida de veinte personas, sino por el terror y la histeria colectivas ante un enemigo que sólo existía en sus cabezas y que acabó por darle triste fama al pueblo de Salem.




Brujas en el viejo continente

En Europa, desde el siglo XIII hasta el XVII, decenas de miles de personas fueron ejecutadas o linchadas por ser presuntas servidoras del Demonio. A cambio de los servicios al Maligno, se suponía que conseguían algún tipo de beneficio, tal como un poder mágico que les permitía tener más salud o riquezas que cualquier otra persona. Y también se creía que ese misterioso poder, llamado maleficio, tenía por objetivo hacer daño, provocar enfermedades y otros males al prójimo. Para todas las religiones, pero especialmente para el Cristianismo, la caza de brujas se convirtió en una obsesión. Y es que a estas personas dotadas de poderes mágicos se les atribuían ritos blasfemos realizados en grupo o aquelarres, así como actos obscenos e inmorales que se alejaban de la piedad de Dios.

Identificar a una bruja tenía un método que, bajo nuestra perspectiva, parece de lo más absurdo y simplista, pero en la época suponía una auténtica ciencia, hasta el punto de que tenía su propio manual: el Malleus Maleficarum, también llamado Martillo de Brujas, escrito por los monjes inquisidores Heinrich Kramer y Jakob Sprenger. Según este libro, las brujas solían ser mujeres de edad mayor que estaban dotadas de una serie de poderes que les habían sido otorgados por el mismo Demonio, tales como causar tormentas, destruir plantaciones e incluso provocar impotencia sexual en los varones. De las brujas también se decía que eran capaces de volar ya que, al no tener alma, su cuerpo era mucho más ligero que el de una persona normal. También se pensaba que podían adquirir diversas formas, o incluso volverse espectros invisibles. Aunque hubo hombres acusados de hechicería, lo cierto es que la mayoría de las acusadas fueron mujeres, y esto tiene su explicación: en la época, se pensaba que la mujer era de talante más débil que el hombre y, por lo tanto, más proclive a ser manipulada y seducida por los influjos demoníacos.

En Europa, por tanto, ya existía toda una tradición en la persecución de brujas, que se dio de forma bastante notable en países como Alemania, Suiza, Inglaterra, Francia o los Países Bajos, es decir, en países que experimentaron grandes reformas religiosas. El calvinismo y el luteranismo abrieron una brecha social que amenazó la hegemonía de la Iglesia Católica entre los siglos XVI y XVII. En este contexto de alta polarización, se desató una auténtica persecución de supuestas brujas, debido a ese ansia de legitimarse ante los feligreses, pues ambas corrientes necesitaban justificar su predominio capturando y ejecutando a los siervos de Satanás en el mundo. Las acusaciones se convirtieron en una herramienta para resolver disputas políticas o rencillas personales. No es casualidad, por tanto, que la mayor caza de brujas se hubiera llevado a cabo en los años de la Reforma y la Contrarreforma hasta que, a partir de 1650, las cazas de brujas empezaron a ir a menos, y ya en 1700 nos encontramos con que prácticamente habían desaparecido del viejo continente.

Pero no así en otros lugares del mundo.



El Diablo llega a Nueva Inglaterra

La colonia de la bahía de Massachussets fue fundada en 1620, consolidándose como tal a lo largo de la década siguiente con la llegada de unos veinte mil inmigrantes, la mayoría procedentes de Inglaterra. Establecieron su colonia en Plymouth y desarrollaron relaciones de amistad con los nativos wampanoag. Los peregrinos se habían marchado voluntariamente de su Inglaterra natal debido a las diferencias de carácter religioso entre los puritanos y la Iglesia anglicana fundada por Enrique VIII. Los puritanos creían que la Iglesia de Inglaterra era demasiado jerárquica y de moral laxa, por lo que decidieron partir rumbo a Nueva Inglaterra en busca de libertad religiosa en la Nueva Jerusalén que pretendían recrear, libre y purificada de los males que aquejaban a la religión anglicana.

Alrededor del año 1692, ya existían fuertes tensiones tanto en la ciudad como en el pueblo de Salem, dos lugares situados a unos treinta kilómetros al norte de Boston, y separadas entre sí por apenas diez kilómetros. Los habitantes de Salem Village estaban resentidos por la mayor riqueza y prosperidad que había en Salem Town, nutrida gracias a la gran actividad comercial de su puerto marítimo, así como por su presunción al pretender controlar los asuntos del pueblo.

El pueblo de Salem, una comunidad de apenas quinientas personas dedicadas en su mayor parte a las labores agrícolas, carecía de gobierno civil propio y estaba bajo la jurisdicción de la ciudad de Salem. En aquella pequeña comunidad, dos familias luchaban por el control del poder político y religioso del pueblo. Por un lado estaba la familia Putnam, que deseaban una mayor independencia respecto a la ciudad de Salem y eran cercanos a las familias campesinas; por el otro, estaban los Porter, conectados con los prósperos comerciantes de Salem Town y partidarios de que se mantuviera el control económico que esta ciudad ejercía sobre el pueblo.

Pero, ¿cómo se aplicaba ese control? Por poner algunos ejemplos, los campesinos de Salem Village no tenían derecho a ponerle precio a sus cultivos, ni tampoco los impuestos que debían abonar, sino que eran los comerciantes de la ciudad los que decidían esos asuntos. En cuestión religiosa, todos los habitantes de Salem Village tenían la obligación de asistir a los servicios religiosos dominicales, pero Salem Town se negó durante muchos años a permitir que el pueblo contara con su propia sala de reuniones para tal efecto, de modo que los aldeanos tenían que viajar a la ciudad todos los domingos, sin importar las inclemencias del tiempo, algo que llegaron a resentir.

Finalmente, el pueblo de Salem pudo contratar a su propio ministro. No tuvieron demasiada suerte con el primero, ya que se marchó en cuanto descubrió que no iban a pagarle. El segundo ministro, George Burroughs, se encontró con el mismo problema y dimitió, pero decidió permanecer en el pueblo. Un tercer ministro también dimitió, y esto contribuyó a empeorar la reputación del pueblo entre los ciudadanos de Salem, quienes pintaban a los aldeanos como contenciosos y mezquinos. Finalmente, en 1689, un hombre llegó para convertirse en el ministro que tanto anhelaban. Se trataba de Samuel Parris, un comerciante al que no le había ido bien ni en sus estudios en el Harvard College, ni en sus negocios. Con veinte años, tuvo que hacerse cargo de la plantación de azúcar que su padre tenía en Barbados; sin embargo, un terrible huracán destruyó sus terrenos y Parris decidió vender una parte y regresar a Boston. Como sus negocios no le rentaban demasiado, parece ser que se hizo ministro como segunda opción profesional, y en Salem Village se le presentó la oportunidad de formar su propia iglesia como reverendo, gracias a la intervención y patrocinio de la poderosa familia Putnam.

Parris resultó ser una elección realmente desafortunada. Era un comerciante fracasado y amargado, resentido con los que triunfaban en el mundo del comercio, que se dedicó a avivar las hostilidades locales. Sus sermones convirtieron las rencillas entre dos pueblos en una auténtica lucha entre las fuerzas del bien y del mal. En la mente de sus seguidores empezó a dibujarse la idea de que Salem Town era un lugar corrupto y pecaminoso que estaba dominado por el Diablo, y amenazaba el bienestar de Salem Village. Si a esto añadimos la llegada a Massachussets de miembros de colonias cristianas minoritarias como los cuáqueros, y los continuos ataques de los indios wanpanoag en represalia contra los colonos por su descontrolado expansionismo en sus tierras, se puede entender el clima de tensión que existía en aquella pequeña localidad.

Fue en medio de estas tensiones, en febrero de 1692, cuando la hija del reverendo, Betty Parris y su prima Abigail Williams, de nueve y once años respectivamente, empezaron a sufrir unos ataques extraños y antinaturales. Se contorsionaban de manera que sus brazos, cuellos y espaldas giraban de formas imposibles. Fueron vistas arrastrándose por el suelo, escondiéndose debajo de los muebles, gritar de dolor, hacer ruidos extraños similares a ladridos y lanzar objetos por los aires. A veces se quedaban muy calladas, como si no pudieran hablar; otras veces, parecía que se ahogaban y se quejaban de que algo invisible las mordía y las pellizcaba. Al poco tiempo, otra niña de unos once años, Ann Putnam, empezó a sufrir el mismo tipo de ataques, y la siguieron Elizabeth Hubbard, luego Mary Walcott, Mercy Lewis y Mary Warren, que mostraban los mismos signos de delirio y posesión. El reverendo Parris hizo que el médico William Griggs examinara a su hija y a su sobrina, pero como éste no encontró nada físico ni tenía explicación para tales desvaríos, decidió que aquello era cosa de brujería. Una de las vecinas de los Parris le recomendó a Tituba, la criada, que hiciera un pastel de brujas con harina y orina de las dos niñas y que se lo diera de comer al perro; si el animal presentaba los mismos síntomas que las niñas, era señal de que estaban embrujadas. Tituba lo hizo, pero lo único que consiguió fue que su amo, el reverendo Parris, se enterara y calificara el acto de blasfemia. Parris, además, presionó mucho a las niñas para que revelasen quién les había lanzado aquel hechizo, y las niñas señalaron a tres mujeres: Tituba, Sarah Good y Sarah Osborne. Y así fue como empezó el frenesí de la caza de brujas en Salem.



Los juicios de Salem

Antes de hablar de los hechos, el juicio y las acusadas, sería interesante detenerse un momento para ahondar en la forma de pensar que imperaba en la rígida y supersticiosa sociedad puritana. Hablamos de una gente que abogaba por una lectura literal de la Biblia y por una estricta adhesión a las Escrituras a la hora de dirigir la propia vida. Los puritanos se oponían a todas las fiestas y a toda forma de entretenimiento por considerarlo cosa mundana y alejada de Dios. Todo lo que no apareciera en la Biblia, o que al menos pudiera justificarse con ella, no era de Dios y, por lo tanto, debía rechazarse. Por todo esto, no puede sorprender que creyeran a pies juntillas en la existencia de las brujas o hechiceras, pues la propia Biblia les exhortaba a buscarlas y matarlas (Éxodo 22:18 "No dejarás con vida a ninguna hechicera"). Lo que estaba escrito en la Biblia era real, pues era la Palabra de Dios.

Los documentos legales y los testimonios de la época establecen que había una serie de ciudadanos que, con todo, no creían en la brujería, pero la mayoría sí lo hacía y estaban convencidos de su existencia. Esto se debe a la imperiosa necesidad del ser humano por dar explicación a lo aparentemente inexplicable. Si una persona piadosa, un niño o una joven novia enfermaban y morían de repente, podía atribuirse a la voluntad divina, pero también podía explicarse fácilmente por la brujería y el influjo del Diablo. Si alguien tenía un desacuerdo con un vecino y luego este vecino enfermaba o sufría una desgracia, se podía acusar al primero de haberle lanzado un hechizo maligno, y esta clase de acusaciones eran tomadas como ciertas, siendo a veces innecesario que se dieran más pruebas para sentenciar al acusado.

En cualquier caso, la conclusión más previsible de una acusación de brujería era la culpabilidad del acusado, pues se entendía que nadie presentaría una acusación tan grave contra otro sin tener una buena razón. Es evidente el enorme peligro que suponía esta creencia, y lo cierto es que dio pie a que los acusadores tuvieran el convencimiento de que el tribunal no necesitaría más pruebas que su propio testimonio, pero hay que decir que los tribunales trataban de sopesar las pruebas objetivas antes de dictar una sentencia condenatoria, aunque pesase más aquel paradigma de "culpable hasta que se demuestre lo contrario". Este fue el caso de los juicios de Salem, en los que más de doscientas personas fueron acusadas de brujería en el pueblo y la ciudad de Salem, en Andover, Ipswich y Topsfield; treinta de ellas fueron declaradas culpables y veinte fueron ejecutadas, la mayoría en la horca.

Todo empezó, como decíamos, cuando las niñas Betty Parris y Abigail Williams acusaron a tres mujeres de ser las culpables de su tormento y delirio.

Tituba fue una esclava traída junto con su marido desde Barbados por Samuel Parris, quien la tenía como criada para que cuidara de sus hijas. La leyenda y la literatura la acabaron convirtiendo en la "bruja negra de Salem", que contaba historias terroríficas a las niñas Parris y les enseñaba rituales de magia vudú; lo más probable, sin embargo, es que fuese de ascendencia arahuaca y que no supiera apenas nada de vudú, pues lo poco que sabemos de ella respecto a la magia tiene referencias europeas, no caribeñas ni africanas. Es posible que las niñas hubiesen puesto en práctica un inofensivo juego de adivinación, como echar una clara de huevo en un vaso con agua para predecir el futuro, y que una de ellas viese algo que le asustó, dando lugar a la primera crisis de pánico de Betty Parris.

Tituba fue la primera en confesar que practicaba brujería, aunque este testimonio le fue arrancado por su amo Samuel Parris a golpes. En sus confesiones, afirmó haber visto al Diablo en el bosque tomando varias formas, como la de un hombre negro, un cerdo y un perro. El Diablo, según dijo, la había encontrado y le había hecho firmar en un libro negro donde reconoció las firmas de Sarah Good y Sarah Osborne, junto con otras siete rúbricas que no logró identificar. Su testimonio resultó tan convincente y aterrador que sembró la semilla del caos en el pueblo de Salem.

La segunda acusada fue Sarah Good, una mujer pobre que se había visto reducida a la indigencia por no haber podido hacer frente a una deuda de su primer marido, lo que la llevó a perder su hogar y tener que mendigar comida, trabajo y refugio a sus vecinos. Los lugareños la describían como una criatura sucia, de mal genio y con tendencia a mantenerse separada del resto de la aldea, algo que era visto con suspicacia en la estricta comunidad puritana. Tenía la mala costumbre de murmurar maldiciones contra los vecinos que no le prestaban su caridad. Samuel Parris se apiadó de ella y la acogió en su casa durante una temporada, pero después la expulsó por "conducta maliciosa" e ingratitud. Es bastante probable que estas rencillas hubieran acabado por condenar a Good a una muerte injusta. Fue acusada de brujería por Betty Parris y Abigail Williams, quienes afirmaron haber sido mordidas, pellizcadas y maltratadas por su malvado influjo. Fue ahorcada en 1692.

La tercera víctima de estos primeros juicios fue Sarah Osborne. A diferencia de las otras dos acusadas, era la viuda de un terrateniente que la había dejado bien situada económicamente. Su difunto marido era hermano de una mujer que se había casado con un miembro de la prominente familia Putnam, y estos reprochaban ciertos aspectos de su actitud. Se cree que, tras la muerte de su marido, se casó con un sirviente y robó la herencia de sus hijos. Además, no había asistido a la iglesia en tres años, alegando una larga enfermedad, y sus litigios legales con los Putnam, a los que había perjudicado financieramente, tampoco la ayudaron. Al igual que las otras dos, fue acusada de provocar pellizcos y pinchazos "como de agujas de tejer" a las niñas afectadas. Sin más pruebas que ese testimonio, Osborne fue detenida y enviada a la cárcel de Boston mientras duraron sus exámenes y juicios. No llegó a ser ejecutada porque, al estar su enfermedad en un estado muy avanzado, murió en prisión antes de que se emitiera la sentencia.

Como practicar la brujería no era sólo un pecado, sino también un delito, los magistrados Jonathan Corwin y John Hathorne celebraron varias audiencias para investigar el caso. Y sucedió que tanto Sarah Osborne como Sarah Good defendieron su inocencia a capa y espada, pero esta última acusó a Osborne de ser una bruja. Tituba hizo lo propio al confesar (recordemos que Parris la golpeó para obligarla a ello) que era una sierva del Diablo, y que las otras dos mujeres también eran brujas a las que se les había encomendado la misión de acabar con los puritanos.

Como cabe imaginar, tal revelación provocó el pánico de toda la aldea de Salem, y los síntomas de las tres primeras niñas empezaron a propagarse entre otras jóvenes del pueblo, al mismo tiempo que otras acusaciones a diversos miembros de la comunidad. Lo curioso es que aquí no se hizo discriminación entre clases a la hora de señalar a alguien como culpable de brujería. Tanto Tituba como Sarah Good y Sarah Osborne eran pobres y/o marginadas sociales (Osborne no era pobre, pero el hecho de no ir a la iglesia y el haber cohabitado con un sirviente antes de casarse le habían hecho perder el respeto de la comunidad), pero ahora no hubo reparos en acusar a miembros de familias respetables o de comportamiento que se tenía por intachable a ojos de todos, lo que sumió al pueblo de Salem en un estupor del que se vieron incapaces de salir, ya fuese por miedo a la brujería o por temor a ser señalado.

En las semanas siguientes, cada vez más y más personas pasaron a engrosar la lista de acusados por brujería. Curiosamente, muchos de los acusados eran enemigos de la familia Putnam, una de las principales acusadoras en muchos casos. En mayo de 1692, el gobernador de la provincia de la bahía de Massachussets Sir William Phips ordenó que se convocara un tribunal en Salem Town para escuchar a los acusados. Pero esto no significa que los acusados tuviesen derecho a un abogado que les aconsejase o preparase su defensa, sino que tendrían que defenderse ellos mismos y demostrar su inocencia. Lo tenían muy complicado, y más todavía si a esto le sumamos que el tribunal aceptó la "evidencia espectral" como prueba concluyente de ser una bruja. En otras palabras, que si una presunta víctima denunciaba haber visto el espectro del acusado atacándola con pellizcos y mordiscos durante un sueño o una visión, el acusado era hallado culpable y condenado por brujería sin más, porque todos sabían que el Diablo le confería a las brujas el poder de convertirse en espectros malignos.

Los juicios de Salem pasaron a convertirse en una auténtica farsa que, de no ser porque muchas personas inocentes fueron ejecutadas, hubieran sido objeto de mofa y censura. No sólo empezaron a volar las acusaciones aleatorias a cualquiera y por las razones más estúpidas, sino que también los acusadores hicieron uso de sus dotes teatrales para dar mayor veracidad a sus palabras. Las niñas empezaron a hacer aspavientos, a convulsionar y gritar de dolor en medio de los juicios, delante de magistrados y jueces. Fingían ataques epilépticos que sólo se detenían cuando quien las tocaba era la bruja en cuestión, y llegaron a imitar los movimientos de manos de las acusadas para dar a entender que ésta las manejaba con hilos invisibles como si fueran marionetas. Pero lejos de frenar estas actuaciones, el tribunal las consideró como una prueba más de la culpabilidad de las brujas. Ante la práctica imposibilidad de defensa y el hecho de que a los acusados se les ofrecía la absolución si testificaban contra otros individuos, hubo acusadas que confesaron ser brujas y señalaron a otras de ser siervas del Diablo. En cambio, los que siguieron confesando su inocencia y se negaron a acusar a otros, sufrieron la pena capital.



Persiste la locura

Ante este panorama, cabe preguntarse si los habitantes de Salem no se daban cuenta de la injusticia que se estaba cometiendo contra sus conciudadanos. Posiblemente muchos así lo sintieran, pero era tal el miedo que reinaba en aquel ambiente que fueron pocas las voces discordantes que se atrevieron a denunciar estos hechos, más que nada porque era muy probable que acabasen siendo acalladas de la peor de las maneras. Esto fue lo que le ocurrió a John Proctor, un rico granjero y tabernero que criticó lo que estaba sucediendo y terminó acusado y ahorcado. También declararon culpable a su mujer, pero su ejecución se aplazó porque estaba embarazada.

Fueron también muy sonados los casos de Rebecca Nurse y Martha Corey. La familia Nurse había estado involucrada en una serie de disputas con la familia Putnam, quien acusó a una anciana Rebecca Nurse de presentarse en forma de espectro para acosar a los miembros de la familia. Rebecca era conocida en todo Salem por su benevolencia y piedad, y porque no había nadie en el pueblo que pudiera decir algo malo de ella. Los propios magistrados manifestaron sus dudas de que Rebecca Nurse fuese una bruja, pero el hecho de que la pequeña Ann Putnam y otras niñas prorrumpieran en ataques en su presencia, sumado al alboroto que se formó cuando se iba a proclamar su inocencia, acabaron por condenar a Nurse a la horca; cinco días después, la seguiría la ya nombrada Sarah Good.

El caso de Martha Corey también provocó sorpresa en la comunidad de Salem, pues también era una mujer de reconocidas virtudes. Al contrario que la mayoría de sus vecinos, Martha nunca había apoyado los juicios de brujas porque no creía que existieran, y además expresaba abiertamente su creencia de que los acusadores estaban mintiendo; al enterarse de esto, Ann Putnam y Mercy Lewis de inmediato la acusaron de brujería. Durante su proceso, Martha Corey nunca dudó que sería exonerada. Instó a los jueces que se guiaran por el sentido común y no creyeran en el testimonio de unos niños histéricos, pero no fue consciente del grado de paranoia del pueblo. En el juicio, las niñas dijeron que estaban siendo controladas por ella y que veían junto a Corey la presencia de un hombre susurrándole al oído y un pájaro amarillo en su mano. Esto fue prueba suficiente para persuadir al jurado de su culpabilidad. Fue ahorcada en 1692 a los setenta y dos años, junto a otras siete personas, incluyendo a Mary Eastie, hermana de Rebecca Nurse.

Su marido, Giles Corey, fue el único que alzó la voz para defender a su esposa, algo que le llevó a ser también acusado de brujería. Pero Giles se negó a someterse a un juicio, por lo que su proceso se agilizó y fue directamente condenado a muerte. La principal razón que le llevó a tomar esta decisión fue que, si alguien que estaba siendo juzgado confesaba su culpabilidad, sus bienes y patrimonio serían confiscados, mientras que si no lo hacía, sus bienes pasarían a sus herederos. Giles Corey fue ejecutado mediante un método conocido como la tortuga, que consistía en colocar al reo acostado entre dos planchas de madera, con la cabeza sobresaliendo, e ir añadiendo rocas hasta provocarle la muerte por aplastamiento. Se dice que, cuando el sheriff le preguntaba cómo iba a rogar, Corey sólo respondió pidiendo más peso. Tras su muerte, sus tierras pasaron a sus hijos en vez de ser arrebatadas por la familia Putnam, que había iniciado la acusación.

Otro de los acusados fue George Burroughs, quien había sido pastor en el pueblo de Salem y que viajó desde Maine, donde vivía, para hacer frente a la acusación de que era el líder de las brujas juzgadas. Tampoco se libró: fue ahorcado junto a otras cuatro personas en agosto de 1692. Antes de su ejecución, se arrodilló para recitar un padrenuestro que casi le valió el indulto, pues se creía que aquellos que tenían pactos con el Diablo no podían rezar. Sin embargo, un ministro congregacional llamado Cotton Mather, que había tenido algunos encontronazos doctrinales con Burroughs y que también estaba presente, aseguró que el condenado no era un ministro ordenado y que a menudo el Diablo se transformaba en un ángel de luz. Con todo, a Cotton Mather hay que reconocerle el haber puesto en duda la validez de las evidencias espectrales, algo que su padre Increase Mather también compartía diciendo que más valía que escapasen diez presuntos brujos que condenar a un inocente.

Curiosamente, una de las personas que se salvó de la horca fue Tituba. A pesar de ser esclava y de haber confesado sus crímenes, Tituba no fue juzgada ni recibió la pena capital, sino que fue encerrada en la cárcel, y más tarde puesta en libertad. Posiblemente se hubiera retractado de su confesión en presidio, lo que le valdría las represalias de Samuel Parris, quien no pagó su fianza y la dejó presa hasta que un año después alguien la compró y se la llevó junto con su marido. A partir de ahí, su rastro se pierde por completo.

Con el tiempo, se empezó a ver que las evidencias espectrales resultaban ser pruebas muy flojas como para condenar a alguien a muerte. De acuerdo al libro bíblico de I Juan 4:1 ("Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas son salidos en el mundo"), era posible que hubiera espíritus malignos influenciando a los acusadores para condenar a buenos cristianos. También podría haber tenido mucho que ver el hecho de que intentaran acusar de brujería a la propia mujer del gobernador Phips, lo que le llevó a poner freno a la situación. Con todo, muchos de los acusados confesaron ser brujos con la esperanza de obtener clemencia (Santiago 5:16 "Confiesen sus pecados unos a otros, y oren unos por otros, para que sean sanados"), pero los que no fueron ahorcados o no murieron en presidio, más tarde se retractaron, explicando que sólo habían confesado con ese propósito y no porque fuesen brujos. Cuando esto sucedió, el tribunal se vio en una posición sumamente incómoda. A medida que su afán por condenar chocaba con un creciente coro de oposición a los procedimientos, el gobernador se dio cuenta de que tenía que suspender los juicios y reevaluar la situación.

En mayo de 1693, los juicios de Salem se suspendieron y se concedieron indultos a los acusados que seguían en la cárcel. El triste acontecimiento se saldó con la ejecución de diecinueve personas en la horca, un muerto por aplastamiento, otros muertos en la cárcel a la espera de juicio y más de doscientas personas con su reputación irremediablemente dañada. Los acusadores nunca tuvieron que rendir cuentas porque nadie dudaba de la existencia de las brujas y de su capacidad para hacer daño, ni de Satanás y su capacidad para engañar y destruir. Al final, los acusadores siguieron con sus vidas como si nada hubiera pasado.



Conclusión

Una vez pasó la histeria colectiva y las aguas volvieron a su cauce, uno no puede dejar de preguntarse qué fue de aquellos que consiguieron salvarse de la ejecución. La mayoría, pese a la suspensión de los juicios y a los indultos concedidos, vieron sus reputaciones tan tocadas que no tuvieron otra opción que trasladarse a otro lugar para labrarse una nueva vida, cuando no tener que seguir viviendo con el estigma del suceso. En 1696, tres años después de los últimos juicios, el Tribunal General decretó un día de ayuno y arrepentimiento por los juicios de Salem. Los jueces que habían participado en los procesos se arrepintieron públicamente y pidieron perdón a las familias y a la comunidad. La propia Ann Putnam, que había destacado por acusar a varias mujeres de practicar sobre ella la brujería, se arrepintió y pidió perdón de corazón, asegurando que el Diablo la había movido a acusar a personas inocentes. A partir de 1700, los familiares presentaron peticiones al gobierno de Massachussets para que anularan las condenas y exoneraran a los condenados, pero ni siquiera así se consiguió que los exoneraran a todos. Sería en el año 2022 cuando se aclararían por fin los nombres de todos los condenados.

Los juicios de Salem fue uno de los acontecimientos más infames de la religión y la humanidad, más todavía por la gran cantidad de mitos que se generaron a partir del suceso. Uno de los más persistentes es que en Salem hubo quema de brujas, cuando esto es rotundamente falso: todas las acusadas fueron ahorcadas. También se creía que las ejecuciones se llevaban a cabo en un lugar llamado Gallows Hill, evocando imágenes sobre una sombría caminata de la muerte hacia lo alto de una colina, pero se demostró que las ejecuciones se habían llevado en la parte baja, conocida como Proctor's Ledge. También se ha afirmado que la mayoría de las mujeres condenadas eran pobres y marginadas, pero ya hemos visto que personas de todas las clases sociales fueron acusadas y condenadas, mujeres y hombres (incluso dos perros), por cualquier motivo. No había discriminación. George Burroughs fue condenado porque parecía tener una fuerza antinatural, otra mujer fue condenada porque podía caminar por las polvorientas calles de Salem sin ensuciarse, y Martha Corey fue ejecutada como bruja por negar la existencia de la brujería.

A lo largo de los años, se han desarrollado varias teorías para tratar de explicar qué fue lo que condujo al pueblo de Salem a aquel estado de histeria y temor desaforado por las brujas. Se ha especulado mucho acerca de lo que pudo haber provocado aquellos extraños ataques en la pequeña Betty Parris y su prima Abigail Williams, que fueron los que dieron comienzo a todo el suceso. Se cree que pudo deberse a un consumo accidental de estramonio, una planta extremadamente venenosa, también conocida como datura o planta del diablo. También se ha barajado la posibilidad de que las niñas hubiesen padecido encefalitis letárgica, una forma atípica de encefalitis que se caracteriza por la alta fiebre, cefaleas, dolor de garganta, visión doble, respuestas físicas y mentales retardadas, inversión del sueño, catatonia, fatiga, temblores y psicosis, en casos desafortunados.

Pero la teoría más extendida es la intoxicación por el hongo del cornezuelo del centeno, que contiene alcaloides y dietilamida del ácido lisérgico, más conocido como LSD. Un consumo excesivo y accidental de este hongo podía darse a través del pan, ya que en la época no se conocía el hongo ni el mal que podía provocar. Los efectos del ergotismo o envenenamiento por cornezuelo pueden traducirse en alucinaciones, convulsiones y contracción arterial (el hongo es un potente vasoconstrictor), que puede conducir a la necrosis de los tejidos y la aparición de gangrena. La enfermedad empezaba con un frío intenso que después se convertía en una quemazón aguda. Muchas víctimas lograban sobrevivir, pero quedaban mutiladas, pudiendo llegar a perder todas sus extremidades. A esta enfermedad también se la conocía como "fuego de San Antonio".

Hasta ahora, todas estas teorías podrían explicar los ataques de las dos chiquillas, pero no explican la histeria colectiva que siguió después. Muchos expertos y estudiosos opinan que, si aceptamos que Betty Parris y Abigail Williams pudieron haber sido intoxicadas por cornezuelo, el comportamiento de otras niñas acusadoras tiene más que ver con la imaginación y la mentira que con un hongo venenoso, lo que no deja de ser cierto. En el caso de que Betty Parris y Abigail Williams mintieran, no se conocen los motivos que las llevaron a acusar a tres mujeres inocentes de practicar brujería. Se ha barajado la posibilidad de que las niñas tuvieran acceso a un libro escrito por Cotton Mather en el que relataba la historia de tres niños de una familia de Boston que, debido a sus ataques y convulsiones para los que no había explicación, habían sido "embrujados".

Sea esto verdad o no, tal vez para las niñas no fue más que una travesura que se les escapó de las manos. La causa más probable de la histeria colectiva fue la creencia religiosa en brujas que habían aparecido para lastimar a los puritanos, unida a las tensiones sociales que ya había entre Salem Town y Salem Village. Todo esto provocó que terminaran acusándose unos a otros, lo que demuestra los peligros de las ideologías que necesitan del sesgo de confirmación para prosperar. Los habitantes de Massachussets ya creían en las brujas porque la religión de la América colonial lo fomentaba; no necesitaban cornezuelo ni ninguna otra cosa. Sólo necesitaban la manifestación física de lo que ya sospechaban que era cierto y actuar en consecuencia.